miércoles, abril 13, 2005

EL "PARTIDO DE LA LECHE"

El Parma-Lazio, que ayer se resolvió a favor de los romanos, solía ser el partido de la leche. Ahora es el partido de la ruina. Parma y Lazio disfrutaron de una década dorada gracias a sus respectivos propietarios, Parmalat y Cirio, productores de leche y, según se ha sabido últimamente, de balances falsos; tras la quiebra fraudulenta de ambos grupos, las dos sociedades futbolísticas no tienen detrás más que afición y acreedores. O aficionados-acreedores, porque miles de tifosi del Parma invirtieron en acciones y bonos de Parmalat. Aquello de que con las desgracias futbolísticas sólo se perdía el apetito pertenece al pasado. Ahora también se pueden perder los ahorros.

Las infelicidades de los lácteos ha permitido al Inter saquear sus vestuarios y dejarlos aún más desnudos. A mitad de temporada, la Bienamada de Milán ha despojado al Parma del brasileño Adriano (que ya era a medias del Inter, pero eso no tiene nada que ver: al Inter le gusta pagar dos veces por la misma cosa) y a la Lazio del serbio Stankovic, en una maniobra tan inteligente como carroñera.

Parma y Lazio ocupan el quinto y sexto lugar en la clasificación, puestos solventes que honran a sus jugadores, capaces de soportar sin desfallecimientos una descomposición empresarial que les ha transformado en precarios de lujo. Los del Lazio tendrán que cobrar al menos cinco meses de sueldo en acciones de la sociedad; ya se verá con qué tipo de papel inservible son pagados los del Parma. Todos están en venta.

Lo que ha hecho el Inter, cuarto, ha sido descabezar en pleno campeonato a sus dos principales rivales y asegurarse la última plaza de Liga de Campeones. Y encima han tenido que darle las gracias. Los romanos y los parmesanos necesitan ahora mismo todo lo que puedan rebañar para pagar al menos una parte de los impuestos que adeudan y regularizar en lo posible sus atrasos con los futbolistas; de lo contrario, la UEFA y Federcalcio podrían desclasificarles y condenarles a seguir la ruta de la Florentina. O sea, la muerte y algo peor, la resurrección en las categorías regionales.

Si no lo hubiera hecho el Inter, lo habría hecho otro. Los negriazules, simplemente, tenían más prisa por lo del cuarto puesto. Juve y Milan también quieren su parte de los despojos lácteos, y parece probable que en junio se sumen a la pelea por el defensa holandés Stam, la última joya que el Lazio guarda en la cómoda.

Quizá ayer, en el antiguo partido de la leche, se vislumbró el futuro del calcio italiano. Acaso en adelante los diarios deportivos tendrán que incluir páginas financieras para informar a los aficionados sobre la evolución de la Liga. Tal como están las cosas, detrás de cada emisión de bonos hay un fichaje; una caída en bolsa implica un traspaso; una suspensión de pagos te deja sin cuenta corriente y, además, sin goles.

viernes, abril 08, 2005

FÚTBOL SIN PIEDAD por Santiago Segurola (abril de 2000)

Las rodillas siempre fueron un problema. Maradona podía asombrarnos con su tobillo destruido, con su escandalosa barriga, con el tabique de plata, pero Ronaldo necesitaba de unas ruedas perfectas para recordarnos que era un verdadero aspirante a la quinta corona. El heredero, en fin, de Pelé, Di Stéfano, Cruyff y Maradona. Ninguno de ellos necesitó tanto de la plenitud física como Ronaldo, el único de los cinco que no ha gobernado el campo. El gobierno de Ronaldo se ha establecido con el gol, no con el juego, no con el tejido del equipo. Otra cosa es que su relación con el gol haya sido ilimitada, ajena a las barreras que se imponen a cualquier delantero centro.Que se sepa, Ronaldo ha sido el único delantero centro capaz de generar una tangible sensación de peligro allá donde tuviera el balón. En el área, en sus proximidades, en las bandas, de espaldas a la portería, en su propio campo, existía la posibilidad de la proeza. Es decir, del gol. Goles tremendos que requerían de esfuerzos intensísimos, de unas piernas de velocista capaces de esquivar patadas, de ganar un metro, de girar violentamente, de dirigirle a la portería frente a cualquier obstáculo. Goles que exigían rodillas de acero. Pero esas rodillas siempre le han discutido el carácter homérico de sus goles.
Esas rodillas estaban llamadas a quebrarse. Quiebra real y metafórica. Por un lado, lo decía su largo expediente de lesiones, algunas de ellas producto de su veloz transformación física. El niño que creció en la miseria del barrio de Bento Ribeiro, que ingresó en el Sao Cristovao con 14 años, que hizo correr la leyenda de sus goles por todo Río, fue traspasado al Cruzeiro por cinco millones de pesetas con 16 años. Le cambió el cuerpo y la vida. Se enfrentó a una exigencia brutal para un muchacho que se convirtió en el eje de un negocio grandioso. Sus dos agentes abandonaron su trabajo como oficinistas bancarios para poner en marcha una formidable maquinaria comercial. Con 17 años, Ronaldo fue fichado por el PSV Eindhoven, que pagó 700 millones de pesetas al Cruzeiro. Dos años después, el Barcelona desembolsó 2.700 millones. Con 20 años, le llegó el traspaso al Inter (4.000 millones).
Por aquellas fechas, Nike le contrató por un periodo de diez años, a razón de 300 millones de pesetas anuales. Alrededor de Ronaldo se estableció un séquito imponente de familiares, agentes, administradores, amigos de primera y última hora, rubias deseosas de notoriedad y un ejército de periodistas. Sobre las rodillas de Ronaldo se levantó un codicioso imperio mercantil que le exigía jugar 80 partidos al año y atentar contra su salud en nombre de la selección, de su equipo, de una marca, del imparable negocio que él alimentaba con sus goles sobrehumanos.
Le avisaron sus rodillas en el PSV, en el Barça y en el Inter. Le estalló el cuerpo en la víspera de la final del Mundial. A nadie le importó. Jugó maltrecho, muy enfermo, aquel desdichado partido contra Francia. Lo que no dijo el silencioso Ronaldo, lo proclamó su cuerpo. En esas rodillas de cristal, en un organismo en continúa rebelión, se encuentran las huellas del abuso que se ha cometido con Ronaldo. Las temibles señales de un fútbol sin piedad.

miércoles, abril 06, 2005

LA HERIDA DE LA VERGÜENZA por Santiago Segurola

Una ciudad orgullosa, profundamente marcada por tensiones, éxitos y fracasos, se enfrenta hoy al recuerdo de una tragedia que pretende enterrar en la memoria. A Liverpool llegó ayer el Juventus de Turín, con menos estrellas que recuerdos de una desastrosa tarde del 29 de mayo de 1985, en el decrépito estadio Heysel de Bruselas, escenario aquel día de la tragedia que acabó con la edad de la inocencia en el fútbol. Empujados por el alcohol y una violencia incontenible, cientos de hooligans del Liverpool se lanzaron contra los aficionados de la Juve ubicados en uno de los fondos del estadio. Faltaba poco más de una hora para el comienzo del encuentro y todo lo que sucedió después fue un monumento a la indignidad. La macabre acometida de los vándalos ingleses se cobró la vida de 39 espectadores, todos ellos italianos, excepto un aficionado belga. Al lado del recuerdo poco importan los nombres de Ibrahimovic, Buffon, Del Piero, Emerson o Trezeguet. Se diría que han llegado para remitir al Liverpool, al fútbol en general, a la evidencia de un drama abrumador.
Un rosario de deficiencias ayudó a los hooligans en el crimen: apenas había policías, las barreras metálicas no existían, los tornos no funcionaban, los muros estaban agrietados. Ése era el estado del viejo Heysel, elegido por la UEFA como escenario de la esperadísima final de la Copa de Europa. A un lado, los reds de Liverpool, a la conquista de su quinto título, conducidos por el gran Kenny Dalglish. Enfrente, la Juve que había servido como espinazo de la selección italiana que ganó el Mundial 82, entre ellos los inolvidables Scirea, Cabrini, Tardelli, Gentile, coronados por dos futbolistas excepcionales: el francés Platini y el polaco Boniek. La Juve, que nunca había logrado la Copa de Europa, era la clase de equipo capaz de acabar con la supremacía del Liverpool, el equipo más eficaz de aquellos días, quizá no el más espectacular, pero sí el más confiado en un estilo que mezclaba la energía tradicional del fútbol inglés con el elaborado juego que había dado fama al Ajax una década antes. Pero aquella final nunca se recordará por lo que sucedió en el campo, y hasta añade más sombras a la tragedia que el partido se disputase frente a los cadáveres depositados junto al terreno de juego -venció la Juve gracias a un inexistente penalti sobre Boniek, pero nadie habla de aquella victoria en Turín-, sino por la carnicería que se vivió antes del encuentro, en una vigilia que los jugadores recuerdan con horror porque las noticias les llegaban sin ningún filtro al vestuario. Sabían que había muertos, los vieron cuando entraron en el campo, los tuvieron al lado durante todo el encuentro y, así y todo, jugaron. Ahora, 20 años después, el Liverpool y el Juventus se enfrentan por primera vez desde la tragedia. Y en la ciudad inglesa un silencio espeso trata de impedir que aflore el recuerdo de un suceso que ha marcado al club, a sus hinchas, al fútbol inglés, a toda Inglaterra.
Pocos equipos sienten con tanta nitidez el compromiso de su hinchada. En una ciudad marcada por el antagonismo entre el Everton y el Liverpool, los reds aprovecharon sus éxitos en los años sesenta y setenta para convertirse en el emblema de una región que representa todas las contradicciones de la vieja Inglaterra. Lugar de acogida de miles y miles de emigrantes irlandeses y escoceses, puerto imperial, escenario de tensiones sociales de tintes dickensianos y a la vez motor creativo capaz de producir el fenómeno pop a través de los Beatles. Liverpool vivía el fútbol apasionadamente. Cuando la economía empezó a derrumbarse y el thatcherismo abrió fracturas sociales irreparables, el Liverpool era el orgullo de la ciudad, el equipo bandera del fútbol europeo, una excusa de felicidad para una región que se hundía en la pobreza. ¿Cómo recordarles a sus hinchas que fueron los protagonistas del horror de Heysel? ¿Cómo recordarlo a una gente que ha vivido otras pesadillas inconcebibles? ¿Cómo aceptar el dolor que causaron precisamente a los aficionados del equipo que hoy juega en el legendario Anfield? El peso de la desgracia, seguramente de la culpa, es tan grande que parece enterrado en algún confín inexpugnable de la memoria colectiva del Liverpool.
No hay placas en Anfield, ni recordatorios de lo que sucedió en Heysel. No es fácil aceptar tanta responsabilidad por un hecho que sacó al fútbol de la ingenuidad y le convirtió en la metáfora más cruda de la violencia social. Sin embargo, pocos equipos son más respetuosos con su historia con el Liverpool, pocos están más enraizados con su comunidad y con los hombres que le hicieron grande, con el entrenador Shankly, con el himno que marca a fuego el vínculo entre los hinchas y sus jugadores -You'll never walk alone (Nunca caminaréis solos)-, con la victoria y también con otras desgracias tan impresionantes como las de Heysel. Junto a la estatua de Shankly, aparecen los nombres de los 96 hinchas que murieron aplastados y asfixiados el 15 de abril de 1989 en el estadio de Hillsborough, en Sheffield, en la semifinal de la Copa inglesa, esta vez no por la acción de la hinchada rival, sino por la incompetencia y la ineficacia de las autoridades del fútbol y de la policía. Murieron en una ratonera, contra la valla que separaba el campo del graderío, por el exceso de gente y porque se tomaron todas las medidas equivocadas para impedir la masacre. Es como si aquella tragedia, protagonizada exclusivamente por los hinchas del Liverpool, funcionara como un mecanismo de expiación de la culpa anterior, la de Heysel, la que avergüenza al Liverpool y sus aficionados. Hoy, los jugadores de ambos equipos, portarán brazaletes negros, pero no ha habido ningún acto institucional de los dos clubes, ni se ha conmemorado una de las fechas más infames de la historia del fútbol. La herida no se ha cerrado en estos veinte años. Es tan profunda que pretende ocultarse tras el más espeso de los silencios.

lunes, abril 04, 2005

ES UNA PERO SON CUATRO por Eduardo Galeano

"El caso de Gran Bretaña es el más asombroso en el tema de la desigualdad de derechos en los Campeonatos Mundiales de Fútbol. Según me explicaron en la infancia, Dios en uno pero es tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nunca pude entenderlo. Y todavía no consigo entender tampoco por qué Gran Bretaña es una, pero son cuatro [Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte]; mientras que Suiza o España, pongamos por caso, siguen siendo nada más que una a pesar de las diversas nacionalidades que las integran".

Eduardo Galeano, escritor uruguayo, en El fútbol. A sol y sombra. Buenos Aires, Catálogos, 1995: artículo "Numeritos", pág. 228.

domingo, abril 03, 2005

¿EL OPIO DE LOS PUEBLOS? por Eduardo Galeano

¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan". Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del '78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió "este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre".

Eduardo Gaelano es escritor uruguayo

sábado, abril 02, 2005

RENACERÁN LAS ILUSIONES

Algunas cosas valen aún la pena. El talento alegre de Kaká, por ejemplo. O la increíble longevidad deportiva de Roberto Baggio, que, con 37 años, sigue fabricando goles hermosos. O el espíritu de los jugadores del Lazio, que no se rinden pese a ignorar dónde estarán dentro de unos meses. O el recuerdo de aquel Roma que durante algún tiempo hizo un fútbol de embeleso. Hay que buscar motivos para amar el Calcio porque lo que pide el estómago es olvidarse del estadio, dejar la prensa deportiva en el quiosco y encender la televisión sólo en casos de emergencia.
El aficionado italiano vive tiempos de asco, estupor y melancolía. El asco lo causan los ultras, con sus chantajes, sus amenazas y sus negocietes sucios. Y algunos directivos, con su devoción por derrochar el dinero ajeno cuando se les acaba el propio. Los fiscales sospechan que el ex presidente del Lazio, Sergio Cragnotti, lanzó de forma fraudulenta una emisión de bonos de su empresa, Cirio, para pagar primas de futbolistas; si eso resulta cierto, miles de pequeños ahorradores perdieron su dinero para que un puñado de millonarios pudiera cambiar de ferrari. El aficionado, a veces, siente también un secreto asco de sí mismo: ¿por qué ha cerrado los ojos durante tantos años?, ¿por qué pide más y más fichajes estelares sin pensar en quién los pagará?
El estupor es producido por la constatación de que, en efecto, se ha llegado a esto: a una deuda astronómica, a un fraude sistemático, a una colección de banquillos que cuestan oro y valen plomo, a una ultraderecha que no necesita presentarse a las elecciones porque ya manda en los estadios.
Luego, se derrama la melancolía de las despedidas inminentes. ¿Huirá Totti a la galaxia de Florentino? ¿Quién se quedará con la poesía de Cassano, el despliegue de Emerson, la autoridad de Samuel? ¿Qué será del Roma y el Lazio? ¿Dónde acabará el Parma? ¿Ha llegado el punto y final del Nápoles? Muchos sueños se romperán las próximas semanas.
Hace falta depurar y sanear a fondo, aunque sea a costa de limitar la competición y retornar al diálogo interminable entre el Milan y la Juve con el Inter como espectador doliente. El Milan perdía ayer por 0-2 y empató en el séptimo minuto del descuento; quizá esas cosas signifiquen algo. Pero llegará el verano y renacerán las ilusiones más disparatadas. Porque hay enfermedades que no tienen remedio. Y porque algunas cosas valen aún la pena.

viernes, abril 01, 2005

Historias del Calcio. SIN SONRISAS

Lapo Elkann

Lapo Elkann dice que al Juventus le hace falta una sonrisa. Y "jugadores simpáticos que alivien un clima demasiado tenso". Él sabrá. Lapo Elkann es, además de joven, multimillonario y consejero de la Fiat, nieto de Gianni Agnelli, hermano del vicepresidente de la Juve y copropietario de la sociedad. A Lapo le apetece ser presidente de la empresa futbolística de la familia, lo que hace suponer que lo será pronto. Por eso resultan especialmente graves sus palabras, que atentan contra el espíritu mismo de la Vieja Señora del calcio. En el Juventus no se sonríe, se trabaja. Ahí está el lema fundacional: Delectando fatigamur. Por el sufrimiento al placer.

Y ahí están Antonio Giraudo y Luciano Moggi, el administrador delegado y el director general del Juventus, dos tipos de aspecto tan siniestro que parecen elegidos en un casting. Giraudo no está para ñoñerías. "Sin ninguna sonrisa, el Juventus ha ganado en estos 10 años cinco títulos de Liga, ha disputado 16 finales y ha vencido en ocho, ha obtenido dos balones de oro y es, según L'Equipe, el primer equipo de Europa por resultados deportivos", masculló tras leer los comentarios de Lapo.

Y añadió: "Nuestro estilo sin sonrisas es típico de los turineses: me viene a la mente Vittorio Ghidella (el gran patrón de Fiat Auto en los años 70 y 80), que sonreía poquísimo pero dominaba el 60% del mercado italiano y generaba beneficios inmensos".

Ese no fue el único sarcasmo de Giraudo a costa de la familia Agnelli. Como Lapo Elkann había sugerido la conveniencia de fichar a Antonio Cassano, "que tuvo una infancia difícil y es difícil de manejar, pero hace sobre el césped cosas extraordinarias y es muy simpático", el administrador delegado soltó todo el buen humor que llevaba dentro. "La Juventus es una de las sociedades más sólidas a nivel económico, sin que los Agnelli se hayan visto obligados a invertir durante una década. Las declaraciones de Lapo Elkann, miembro autorizado de la familia, nos ayudan de hecho a sonreír, porque al referirse a programas tan ambiciosos como el que incluiría la adquisición de Cassano nos permiten suponer que la familia pondrá dinero en el club, como han hecho todos estos años los Berlusconi, los Moratti o los Abramovich".

Si Giraudo trata así a uno de los propietarios, no cuesta demasiado suponer cómo tratará al resto del mundo. Disciplina piamontesa y mala leche a raudales. Delectando fatigamur. Ese es el auténtico espíritu juventino, el que se viste de blanco y negro porque no está para chorradas de colores.

Y, sin embargo, podía haber sido de otra forma. El Juventus comenzó jugando con camiseta rosa, gorrito blanco y corbata. Cuando las primeras camisetas se gastaron (y las coñas de los rivales empezaron a hacerse insufribles), los dirigentes juventinos eligieron como color definitivo el rojo, vibrante, agresivo y optimista. Y pidieron a un amiguete inglés, John Savage, delantero del Nottingham Forest, que hiciera llegar a Turín un paquete de zamarras de su club. Savage traspasó el encargo a un comerciante local, quien, presumiblemente, pensó que aquellos italianos no iban a viajar a Inglaterra para quejarse y les remitió un cargamento de camisetas que no vendía ni a tiros: las blanquinegras del Notts Country, el segundo equipo de la ciudad. Cuenta Renato Tavella, uno de los fundadores de la Juve, que aquel equipamiento suscitó "poco entusiasmo". En cualquier caso, el tendero de Nottingham acertó en su intuición. Lo pagado, pagado estaba. Y las franjas negras y blancas quedaron para siempre.

Luego, unas semanas antes de que Benito Mussolini tomara el poder, Edoardo Agnelli se hizo con la presidencia de la Juventus. Organizó el club como una dependencia de la Fábrica Italiana de Automóviles de Turín, hizo ver a los jugadores que la camiseta era un mono de trabajo y dio paso a la primera edad de oro juventina. Ahora, por más que diga Lapo, es tarde para cambiar. La Vieja Señora nunca ha estado de humor para sonrisas.

Enric González es autor de Historias del Calcio

martes, marzo 22, 2005

COSAS QUE PASAN

El pasado 6 de enero, Paolo di Canio causó cierta sensación (sobre todo, en el extranjero) al saludar a la manera fascista, brazo en alto y ojos desencajados, a los tifosi de su equipo, el Lazio, durante la turbulenta conclusión de un derby frente al Roma. Poco después, Di Canio, gran admirador de Mussolini, fue multado por ese gesto con 10.000 euros. Y, aunque ese dinero vendría a equivaler al gasto anual en revisiones de su Ferrari azul, varios dirigentes de uno de los principales partidos italianos, Alianza Nacional, se ofrecieron a organizar una colecta para que Di Canio no tuviera que desembolsar un céntimo "por hacer algo perfectamente honorable".
Para aclarar un poco estos fenómenos, acaso desconcertantes para el observador, puede ser útil hablar de Daniela di Sotto.
El nombre de Daniela di Sotto empezó a ser conocido el 23 de febrero de 1971, cuando un grupo revolucionario lanzó varios cócteles molótov en el interior de la sede del Movimiento Social Italiano, el partido fascista, en el barrio de Cinecittá. Los agresores atrancaron las puertas para que nadie pudiera huir. Entre los militantes fascistas que sufrieron las heridas más graves estaba Daniela: las llamas prendieron en su cabello y le afectaron gran parte del cuerpo.
Comenzaban los años de plomo. Acababan de fundarse las Brigadas Rojas y los dos terrorismos, el rojo y el negro, se enzarzaron en una espiral de violencia. En el bando fascista, Daniela di Sotto figuraba en primera fila siempre que hiciera falta.
Hoy, más delgada y con ropa más elegante, pero con el mismo carácter tremendo y la misma simpatía brusca, Daniela di Sotto es una gran figura del Lazio: preside peñas, establece corte cada 15 días en la tribuna de honor del estadio Olímpico, protagoniza tertulias futbolísticas radiofónicas y no pierde oportunidad de desafiar a los enemigos romanistas. Su espíritu bélico y sus ideas se han trasladado a la grada.
Daniela di Sotto es, además de un tótem de los tifosi radicales del Lazio, la esposa de Gianfranco Fini, vicepresidente del Gobierno, ministro de Asuntos Exteriores, presidente de Alianza Nacional (antiguo Movimiento Social Italiano) y líder del postfascismo. O, como dijo Silvio Berlusconi el otro día a un alcalde de AN y del Inter, "fascismo a secas, porque la vergüenza está en el interismo, no en la ideología".
Algunas pequeñas cosas explican cosas más grandes.
(Una nota de fútbol real: el martes, ante el Oporto, Adriano marcó tres goles para el Inter. El primero, de rebote; el segundo, de remate exquisito; el tercero, en estallido de furia adriánica. Una progresión perfecta. El ariete brasileño demostró, cuando había que hacerlo, su condición de auténtico grande. Ayer se retiró lesionado en el Inter-Fiorentina y la afición negriazul sufrió un escalofrío.

domingo, marzo 20, 2005

EL ARTE DE LA USURA

"El 1-0 es el fútbol italiano", dice el técnico Gigi Simoni. Y añade: "Fabio Capello es nuestro entrenador más representativo". Con la llegada de Capello al Juventus, la sociedad futbolística italiana por excelencia, ha resurgido la esencia cicatera del calcio. La Juve se ha clasificado para la siguiente fase de la Liga de Campeones con cinco victorias consecutivas por 1-0 y por esa misma vía se mantiene destacado a la cabeza de la Liga. Todo eso con jugadores como los uruguayos Olivera y Zalayeta, que apenas dejaron recuerdo en España.
El Juventus de Trappatoni ganó el scudetto de 1982 con nueve 1-0 en 30 partidos. El Milan de Capello ganó el scudetto de 1994 con otros nueve 1-0, esa vez en 34 encuentros, pero con un ratio gol-puntos aún mayor: marcó 36 (uno cada cien minutos) y encajó sólo 15. Juventus y Capello estaban condenados a unirse ante el altar de la victoria mínima, y así ha sido. El equipo de la Fiat no ha proporcionado esta temporada ni un cuarto de hora de fútbol mínimamente vistoso, pero ha elevado la usura a la categoría de arte.
Capello suele ejercer un poder casi absoluto en los clubes que entrena. No hay presidente que se resista a sus deseos. En el Real Madrid cambió medio equipo. En el Roma consiguió que le trajeran a Emerson, Cassano, Chivu y demás. Los Agnelli fueron igualmente generosos: para hacerse cargo del Juventus quiso a Emerson, a Cannavaro y a Ibrahimovic, y los tuvo. Pero el gran dictador del calcio posee, además, un notable talento para obtener altos rendimientos de futbolistas que, bien mirados, no son gran cosa.
En el Juventus están Nedved (Balón de Oro 2003), Ibrahimovic, Buffon, Emerson y Cannavaro. Pero también Camoranesi, Blasi, Zalayeta y Olivera, tipos con un historial mediocre y un talento mediano. En Sevilla recordarán a Zalayeta como un jugador del montón. Muchos aficionados del Atlético no llegarán siquiera a recordar a Olivera, otro uruguayo que llegó por carambola y gratis, calentó ocasionalmente el banquillo del Manzanares y se fue como había venido. Con estas cañas, Capello ha tejido un equipo espeso y calculador, que se cierra atrás como una ostra. Puro calcio. Gigi Simoni, un veterano técnico italiano, asegura que el 1-0 y Capello constituyen la esencia del fútbol nacional. "Nuestro objetivo consiste en ganar sin arriesgar y damos mucha importancia a la defensa", declaró el jueves a La Repubblica, "porque lo principal es la victoria. A los entrenadores se les despide porque pierden, nunca porque el juego sea feo. Capello tiene el mejor palmarés y es el técnico más representativo".
La Vieja Señora, como es conocida la filial futbolística de la Fiat, cuenta con una larguísima tradición de efectividad, por la vía civil o la penal. Donde no llegan el carácter y el cerrojo, llegan la benevolencia de los árbitros o la ciencia farmacéutica. A mediados de los 90, cuando se hizo con una Copa de Europa y tres de sus 27 títulos de Liga, disponía de estrellas como Zidane, Deschamps, Vialli y Del Piero, pero contaba también en el vestuario con un médico que suministraba generosas dosis de EPO y otras sustancias dopantes.

miércoles, marzo 02, 2005

ANTONIO CASSANO, POETA

Ya que hablamos de poesía, de fugacidad inolvidable, recordemos que entre los poetas hay de todo.
Foix vigilaba la caja de la pastelería familiar en Sarrià y Panero era mediopensionista de manicomio. Baudelaire se autodestruyó y Rimbaud destruyó a otros con su negocio de esclavismo.
Hablando de lo mismo, Beckenbauer, que de joven fue el mejor medio centro de todos los tiempos, se refugió después en la cueva del libero, donde no se falla nunca porque toda la responsabilidad es de los marcadores; Cruyff, que fue Cruyff, hizo en el Ajax lo que nadie había hecho desde Di Stefano, dio una gran Liga al Barça y luego pasó años pegado a la línea izquierda, presto a sacar de banda; Pelé lo fue todo porque el Gobierno brasileño le declaró intransferible y le reservó para los grandes acontecimientos internacionales.
Éstos arriba mencionados fueron poetas inmortales, destinados a custodiar la Academia.
Hubo otros que murieron en cuanto perdieron de vista el balón. Best se abrazó al alcohol, como Garrincha. Maradona se sostuvo con cocaína. Gascoigne ni se abrazó ni se sostuvo: se abalanzó a mitad de carrera sobre la cerveza y los triglicéridos.
El calcio dispone hoy de dos jóvenes poetas.
Kaká, de 22 años, en el Milan, es guapo, longilíneo, culto, de vida equilibrada y de movimiento vertical sobre el césped; seguramente disfrutará de una larga vida deportiva, ganará títulos, recibirá honores y administrará su gloria con inteligencia.
Cassano, de 21 años, en el Roma, es un delantero decididamente feo y payaso. Viene del sur, de Bari, una zona pobre de tradición griega y albanesa. Los objetivos de los fotógrafos le persiguen durante el partido: pide la botella de agua para remojar al masajista, rompe a patadas el banderín de la esquina, se quita la camiseta o se baja los pantalones, según exija la ocasión, y disfruta intensamente el fútbol.
Uno teme que Antonio Cassano, poeta, pertenezca a la estirpe de los malditos. Un tipo como él no puede crear tanta belleza y quedar impune. La poesía es condensación, compresión de códigos en unos pocos signos. Y a eso se dedica Cassano en ese palmo cuadrado del área hacia el que confluyen el portero y un par de defensas y en el que un segundo es una vida.
Cassano no es de los que rematan al bulto: eso es periodismo. Tampoco piensa en cómo ha llegado ahí el balón y en cómo marcar: eso es novela.
Por supuesto, no busca el penalti: eso es ensayo.
Los pies de Cassano intuyen y sienten: adivinan dónde hay un vacío, cuánto se puede esperar, quién está en cada lugar y por qué. Y, mientras marca, ríe. Además de feo, es cruel y desconsiderado.
A Cassano, poeta, habrá que disfrutarlo mientras dure.
Para los amantes de cosas menos efímeras, también en el Roma está Francesco Totti, que, a día de hoy, es el mejor futbolista del mundo. Aunque quede feo decir cosas tan gruesas de forma tan brusca.

lunes, febrero 28, 2005

EL HOMBRE IMPASIBLE

Dino Zoff siempre parece a punto de recitar el monólogo de Kurtz en El corazón de las tinieblas: "El horror, el horror...". Es un hombre impasible, correctísimo, con un orgullo frío que se intuye sin verse y con un velo de tristeza sobre los ojos. Siempre fue así. Quizá por genes, quizá por educación, quizá porque nació en la atormentada Gorizia en un momento, el 28 de febrero de 1942, en que la comarca estaba a punto de dejar de ser italiana para convertirse en un reducto nazi-fascista acosado por los partisanos de Tito y escenario de matanzas atroces. El niño Zoff debió de contemplar cosas tremendas.
Fue un portero de una especie, la de los Iríbar y los Yashin, hoy prácticamente extinguida. Tipos altos y secos que situaban una barrera con un arqueo de cejas, que no movían las dos manos si les bastaba con una y que siempre aparecían como por casualidad en la trayectoria del balón. A Zoff no le fue nada mal como futbolista. Ganó unos cuantos títulos con el Juventus, ganó el Campeonato de Europa de selecciones en 1968 y en 1982, con 40 años, alzó en el estadio Bernabeu el trofeo de campeón del mundo.
Le quedó, sin embargo, una amargura. En el Mundial de México 70, uno de los momentos supremos en la historia del fútbol, le sustituyó Albertosi, que formaba parte del Cagliari de Gigi Riva y parecía más participativo que el hombre impasible. También tuvo que sufrir la bochornosa derrota frente a Haití en Alemania 74. En cualquier caso, cuando se retiró, había batido todas las marcas posibles -entre ellas, la de la imbatibilidad internacional: cero goles entre septiembre de 1972 y junio de 1974- y figuraba para siempre entre los más grandes.
Era normal que acabara siendo seleccionador. Lo anormal fue lo que ocurrió. Toda la historia acumulada por Zoff se le desplomó encima en la final del Europeo de 2000, Francia-Italia. Los italianos habían mantenido el empate a un gol hasta el minuto 90 frente a la Francia del mejor Zidane y en la prórroga llegó el gol de oro de Trezeguet. Mala suerte. Zoff no perdió la compostura en la desgracia, felicitó al rival y se comportó como siempre. Il Cavaliere Silvio Berlusconi, que carece de las virtudes de Zoff y aquel día tuvo necesidad de demostrarlo, hizo unas declaraciones furibundas contra aquel seleccionador "aficionado" que no había sabido "frenar" a Zidane y había constituido "una verguenza".
Esas cosas no se le dicen a Zoff. "Me han faltado al respeto como trabajador y no puedo consentirlo", dijo el hombre impasible a la mañana siguiente. Y se fue. Berlusconi, como es costumbre, negó haber dicho lo que había dicho, pero el asunto fue portada de todos los periódicos, incluyendo uno tan ajeno al fútbol como el Financial Times de Londres.
La mala suerte persigue a Zoff desde entonces. Hace seis jornadas se hizo cargo del Fiorentina y sufrió cinco derrotas consecutivas. El sábado, frente al Udinese, el equipo en el que debutó en 1961, el Fiorentina se adelantó por 2-0. Y entonces se rompió Bojinov, que es, junto a Rooney, el mejor delantero joven europeo, recién fichado al Lecce para dar al equipo la agresividad que le faltaba. Luego, como era de esperar, el Udinese empató y dejó al Fiorentina a dos puntos del descenso.
El club violeta, que en 2002 descendió por quiebra a la Tercera División y en mayo pasado regresó a la máxima categoría, se asoma de nuevo al borde del abismo. Y con el Fiorentina está Zoff, que justamente hoy cumple 62 años, con la impasibilidad de siempre y con esos ojos que parecen haber visto de cerca el horror.

lunes, febrero 21, 2005

PREGUNTENLE A LUCIANO

La dietrología es, como se sabe, una ciencia estrictamente italiana que estudia las causas ocultas de los acontecimientos. En Italia nada es evidente y nada ocurre porque sí. A partir de cualquier nimiedad se puede reconstruir una trama conspirativa que se hace más y más oscura hasta desembocar en el misterio. Quizá porque se trata de una sociedad dominada por un puñado de familias, quizá porque el interés privado prima sobre el colectivo, quizá porque la estética prima sobre la ética o porque el italiano ama la fantasía y el secreto, éste es un país abundante en claves ocultas y casos nunca resueltos.
El calcio es, en este sentido, un reflejo de la vida nacional. La gente hablará hoy del partidazo de Totti frente al Livorno, del enésimo empate del Inter en el último minuto, del sorpasso del Milan a la Juventus y de la situación peligrosa del Fiorentina. Pero esos asuntos serán desmenuzados como epifenómenos, porque lo que ocurre sobre el césped tiene la misma entidad que las sombras en la cueva de Platón: es sólo un reflejo de la verdad. Y la verdad, en el calcio, es sólo una. La verdad se llama Luciano Moggi y es un señor calvo residente en Turín.
Luciano Moggi es una de las pocas personas que saben por qué ocurre lo que ocurre. Muchos aficionados del Ascoli se asombraron, el 24 de noviembre de 1979, por el parcialísimo arbitraje que habían sufrido en su encuentro liguero contra el Roma. Tenían que haber preguntado al asesor del presidente del Roma, un tal Luciano Moggi, que había cenado la víspera, en un reservado discreto, con el trío arbitral. Algunos rivales del Nápoles en la Copa de la UEFA de 1989 se extrañaban también de la benevolencia de los árbitros hacia el equipo blancoceleste sin pararse a pensar en quiénes serían las bellas señoritas que acompañaban a su hotel a los responsables de dirigir el partido. ¿Por qué no preguntaron al director deportivo del Nápoles? Era Luciano Moggi, un hombre muy conocido en la ciudad.
Entre 1991 y 1993, los árbitros parecieron mirar con especial cariño al Torino. Cuando la sociedad propietaria del club quebró, los jueces se interesaron por ciertos gastos no identificados y el contable, con el rigor propio del oficio, dio detalles: había que pagar las prostitutas y los regalos para los árbitros y de todo eso se encargaba el director general. Los jueces no tuvieron más remedio que preguntar, por una vez, al director general, Luciano Moggi, quien expresó gran extrañeza al descubrir todo aquello: él siempre había estado convencido de que las señoritas que contrataban eran "traductoras-acompañantes". Y qué menos podía hacer el Torino que traducir-acompañar a los árbitros, sobre todo los extranjeros. Luciano Moggi fue condenado a cuatro meses de arresto y una multa de tres millones de liras.
En el Lazio de 1980, condenado a la retrocesión porque varios de sus jugadores estaban implicados en un negocio de apuestas sobre los resultados de los partidos, también había un director deportivo llamado Luciano Moggi.
La Juventus fue condenada hace unos meses por dopar a sus jugadores, pero ha recurrido la sentencia. El actual director general del club es un antiguo empleado ferroviario, calvo, feo e inteligentísimo, que posee la habilidad suprema de ironizar sobre sí mismo riéndose al mismo tiempo de los demás. "Cuando negocio", dice, "prefiero el puñal; la pistola hace demasiado ruido". Se trata, obviamente, de Luciano Moggi.

sábado, febrero 12, 2005

EL FÚTBOL por Eduardo Galeano

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

Eduardo Galeano es escritor uruguayo

viernes, febrero 11, 2005

SEGÚN ALBERT CAMUS

"Lo mejor que sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol".

Albert Camus. Escritor francés

lunes, enero 31, 2005

CONSIDERACIONES SOBRE EL ARTE

Los dos entrenadores de aquella final de Wembley, Johan Cruyff y Vujadin Boskov, están retirados. Varios jugadores, como Mancini, Koeman y Stoichkov, se han convertido en entrenadores de cierto prestigio. Sólo un protagonista de aquella final de 1992 entre Sampdoria y Barcelona sigue haciendo lo que hacía entonces, y haciéndolo muy bien. Gianluca Pagliuca, 38 años, en la actualidad portero del Bolonia, detuvo ayer todos los balones parables y un par de imparables y arruinó la tarde al Milan, y quizá la temporada. Pagliuca y sus compañeros vencieron 0-1 en San Siro y pusieron las cosas un poco más fáciles al Juventus, que ganó e incrementó hasta los ocho puntos su ventaja sobre el Milan.
A Pagliuca le quedan estas pequeñas satisfacciones. En materia de grandes disgustos puede considerarse un experto. Perdió la Copa de Europa de 1992 en la prórroga, por aquel disparo de Koeman que sigue alimentando los sueños más dulces del barcelonismo y agria los insomnios de los genoveses. Perdió en los penaltis, con la selección, la final del Mundial de 1994, contra Brasil. Y en el Mundial siguiente perdió de nuevo por penaltis un encuentro de cuartos de final contra Francia, la selección anfitriona que alzó finalmente el trofeo.
Con un poco más de suerte, Pagliuca podría haber pasado a la historia como uno de los mejores porteros de todos los tiempos. No le ayudaron ni sus clubes, Génova, Bolonia, Sampdoria, Inter y de nuevo Bolonia, sociedades con aspiraciones limitadas o, en el caso del Inter, excesivas, ni los recurrentes fracasos de la selección italiana, ni su propio carácter: la vida de Pagliuca apenas ofrece material de interés periodístico, es decir, carece de escándalos, tragedias, heroicidades y romances sonados. Pagliuca es, simplemente, un tipo que trabaja de portero y ha mantenido durante dos décadas la categoría de maestro en su oficio. En cierta forma, podría ser definido como un futbolista modélico.
Aquí, sin embargo, topamos con unas cuantas cuestiones complicadas. ¿Qué significa el fútbol? ¿Puede contener elementos comparables a los que definen una obra de arte? Y si fuera así, ¿cuáles son los méritos que distinguen la artesanía del arte?
Simplifiquemos: mientras Pagliuca exhibía su oficio en San Siro, un puñado de niñatos caprichosos, propensos a las rabietas violentas y a los gestos antideportivos, fabricaban arte en el Olímpico de Roma. Totti, Cassano, Montella, De Rossi y Mancini dieron patadas y empujones, simularon faltas, provocaron al contrario, discutieron con el árbitro y, entre tanto, jugaron 45 minutos maravillosos. El Roma perdía 0-2 en el descanso. Acabó ganando 3-2 al Messina gracias a un fútbol de trazos fulgurantes que parecían carecer de sentido vistos uno a uno y, en conjunto, poseían toda la expresividad que se puede extraer a un balón golpeado con el pie.
Las jugadas de Totti y Cassano en el área son como los animales que dibujaba Picasso, o como las maderas pintadas de Brancusi. Tienen todos los atributos de la realidad y uno más, misterioso, que las eleva por encima de lo real. Son cosas que no se pueden describir y que hay que ver.
Pagliuca será siempre un ejemplo para los futbolistas jóvenes. Fabio Capello, cuando entrenaba al Roma, intentaba que los jóvenes se apartaran de Totti y Cassano porque su comportamiento nunca fue un buen ejemplo para nadie. Pagliuca cumple siempre con solvencia. El dúo romanista, en cambio, tiene jornadas infames.
Pagliuca y el Bolonia ganaron en Milán, se alejaron de la cola y decidieron quizá la temporada: hicieron grandes titulares para los anuarios. Totti y Cassano sólo se llevaron tres puntos predecibles frente al Messina y dejaron un rastro de magia sobre la hierba. Pagliuca hizo algo importante. Totti y Cassano hicieron algo esencial.

lunes, enero 17, 2005

Historias del Calcio. CUENTOS DE HADAS

En el fútbol existe una categoría profesional desconocida en otros sectores de la actividad económica. Es la del modesto. Hay clubes modestos, equipos modestos y jugadores modestos, aunque cualquier definición de la modestia resulte vaga. A más de un modesto se ha visto conduciendo un Ferrari. En todo caso, se puede decir que el Udinese es la encarnación misma de la mesocracia más modesta del calcio. El club, uno de los veteranos en Italia (se fundó en 1896 dentro de un gimnasio de esgrima), ha tenido rachas pretenciosas, como cuando en los 80 fichó a un Zico ya bastante baqueteado, y ha disfrutado de momentos de relativa brillantez, como en los 90 con el goleador alemán Bierhof, pero se mantiene en el grupo de los permanentemente amenazados por la Segunda División.

Esta temporada, con toda su modestia, el Udinese juega bien y ocupa la tercera posición en la tabla. El técnico, Luciano Spalletti, dispone a su gente de una forma poco habitual, que sobre la pizarra parece un un 3-5-2 y que en el césped se resume en un bloque muy compacto de ocho, organizado por un chileno talentoso llamado Pizarro, y en dos atacantes sueltos, Di Natale y Iaquinta. Ayer plantaron cara al Milan en San Siro y marcaron primero, aunque la cosa acabara en 3-1. A la gente le gusta que los modestos tengan sus momentos de gozo y sus cuentos de hadas. La de Iaquinta, por ejemplo, es una historia tierna. Hasta en Udine se calientan el corazón con el interés del Barça por Iaquinta, un delantero fortachón y cumplidor, muy querido por sus compañeros, que cumpliría el sueño de su vida si llegara a jugar en un estadio como el Camp Nou.

Los más bonitos cuentos de hadas, sin embargo, ocurren en los palacios. Las Cenicientas necesitan príncipes y mucho boato para realizarse. Y en el calcio no hay nada más regio y lujoso que el Milan, el reino encantado de Il Cavaliere Berlusconi. Es justo ahí, bajo las almenas de Milanello, donde se desarrolla la más hermosa y edificante fábula del año.

En Zamora recordarán, sin duda, a Harvej Esajas, un holandés grandullón que en 1999 recaló en el equipo de la ciudad. Esajas había sido de niño una promesa juvenil del Ajax y pasó por el Groningen y el Feyenoord, pero la suerte no le sonrió. Ni siquiera en Zamora, donde se rompió el tendón de Aquiles y dejó de jugar al fútbol. Se quedó por allí, entre la depresión y la sonrisa, consiguió un empleo como lavaplatos y engordó hasta más allá de los 100 kilos. En un campeonato de modestia, Esajas tendría medalla segura.

En 2002 viajó a Milán para visitar a un viejo amigo de cuando el Ajax juvenil, Clarence Seedorf, surinamés como él. Y Seedorf decidió rescatarle. Le llevó a Turín y le arregló una semana de prueba en el Torino, donde le dijeron, con toda franqueza, que su talento como centrocampista de contención era inservible con tanta grasa encima y con una lesión mal curada. Le diagnosticaron como "irrecuperable". Seedorf no cejó y le colocó, con 27 años y 101 kilos, en la sección primavera (o sea, gente bastante joven) de la sociedad milanesa.

Esajas trabajó, trabajó y trabajó. Perdió 15 kilos, jugó de vez en cuando con los primavera y recuperó la autoestima. Esta semana, en el minuto 87 de un partido de Copa que el Milan de verdad, el de Shevchenko y Kaká, tenía ya ganado, Harvej Esajas, 30 años, debutó en uno de los equipos más poderosos del planeta y casi dio un pase de gol. "Esajas lleva un año trabajando con una dedicación absoluta y merece un premio: hay que felicitar al chico por su fuerza de voluntad", dijo el técnico Carlo Ancelotti. Esajas no figura en la plantilla oficial del Milan y es improbable que asome de nuevo en las alineaciones. Pero nadie le quitará a esa Cenicienta sus tres minutos de gloria, ni a Seedorf y Ancelotti el momento en que se portaron como hadas buenas.

Enric González es autor de Historias del Calcio

lunes, enero 10, 2005

Historias del Calcio. FASCISTAS


Las gradas de los estadios italianos abundan en símbolos fascistas. Los cánticos racistas y las pancartas antijudías no son ninguna novedad. Hasta ahora, sin embargo, no se había conseguido trasladar el espíritu fascista al terreno de juego. El primero en lograrlo, con éxito rotundo, fue Paolo di Canio, que el pasado jueves jugó con la saña de un matamoros y redondeó la épica guerrera del derby Lazio-Roma saludando brazo en alto a la afición. El público lacial, de gran tradición negra, se derritió de júbilo. Y desde entonces le llueven bendiciones a Di Canio, homenajeado por muchos como salvador del entusiasmo y la pureza viril en el calcio. Se trata de un fenómeno alarmante, que acaso dice alguna cosa sobre la situación general del país.

Di Canio ha sido siempre un tipo pintoresco. El viejo delantero, de 36 años, ya demostró durante sus años en Inglaterra que era capaz de cometer grandes barbaridades (le cayeron 11 partidos de sanción por agredir a un árbitro) y de mostrar reacciones de gran generosidad (se negó a marcar un gol hecho cuando vio que el portero se había hecho daño, lo que le valió un Premio Fair Play de la UEFA), pero el carácter disparatado se le ha acentuado con los años. Esta temporada ha regresado al club de sus amores, el Lazio, con una rabia que va más allá de la simple competitividad de los futbolistas profesionales.

El hombre simpatiza con el fascismo. En su autobiografía se define como nacionalista, patriota y admirador de Benito Mussolini, y, para dejar las cosas más claras, lleva la palabra Dux tatuada en el brazo. En Roma ha encontrado un ambiente ideal. El Lazio, considerado el club más filofascista del calcio, padece una grave crisis financiera y deportiva desde que quebró su anterior propietario, el holding lácteo-financiero Cirio, y la nueva gestión ha optado por una retórica agresiva y belicista como fórmula para conectar con los aficionados. A los jugadores, por ejemplo, se les llama gladiadores. Y se les exige que "salgan a morir".

No puede extrañar que Paolo di Canio preparara el siempre paroxístico derby romano viendo Braveheart. Ni que llevara bajo la camiseta albiceleste otra con una inscripción ad hoc: "Existen sólo dos formas de volver del campo de batalla, con la cabeza del enemigo... o sin la propia". Se reventó durante el partido, marcó un gol extraordinario, provocó a los contrarios (él les llama enemigos) hasta exasperarles, dirigió como un caudillo a unos compañeros de equipo sobrerrevolucionados (los gemelos Filippini debían haber sido expulsados y quizá procesados por agresión) y al final, en el momento de la victoria, hizo lo previsible. Saludó brazo en alto.

En el Estadio Olímpico puede pasar de todo. Se ha convertido en un estadio sin ley. El tipo que abrió la cabeza del árbitro Frisk en el primer encuentro europeo nunca ha sido identificado, lo que abona la sensación de impunidad de quien traspasa las puertas de un recinto en el que subsiste un obelisco con el nombre de Benito Mussolini. En el derby del jueves alguien arrojó un petardo al césped que dejó aturdidos a Totti y al árbitro. No pasó nada. No pasó tampoco nada el año pasado, cuando los ultras de ambos bandos se pusieron de acuerdo para obligar a suspender el partido como demostración de que allí mandaban ellos, no el árbitro o la policía. En realidad sí pasa, porque tanto Roma como Lazio han sufrido esta temporada sanciones europeas. Las sanciones, sin embargo, abonan los sentimientos de injusticia y persecución que, a su vez, refuerzan a los fascistas.

La Federación Italiana ha abierto una investigación sobre el gesto de Di Canio. Por el momento, sin embargo, lo más perceptible es una admiración difusa por parte de los clubes rivales, que envidian de forma más o menos explícita el carisma y la capacidad de liderazgo del capitán del Lazio. Y un coro de elogios y palabras comprensivas hacia el "gesto espontáneo" y de "entusiasmo viril" de Di Canio, por parte de personalidades como el ministro de Comunicación, el presidente regional o el director de los servicios informativos de la RAI. Todos ellos pertenecen a Alianza Nacional, un partido que se definía fascista hasta que descubrió la elegancia social del llamado posfascismo y las ventajas de formar parte del Gobierno.
Di Canio podrá alegar, ante la federación, que lo suyo fue un saludo posfascista, perfectamente inocente en una época posmussoliniana.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, enero 08, 2005

SEGÚN HORACIO FERRER

"El fútbol es la única actividad bella que el ser humano desarrolla con los pies"

Horacio Ferrer es poeta uruguayo

lunes, diciembre 13, 2004

Historias del Calcio. EL SUEÑO DE UN NIÑO DE LIVORNO

Dinero, celebridad y comodidad son las tres llamadas irresistibles de los tiempos que corren. Existe, sin embargo, un tipo que no cedió al reclamo y prefirió, en cambio, un sueño. Se llama Cristiano Lucarelli, tiene 29 años, juega como delantero centro y en su ciudad será recordado por muchas generaciones. Pagó mil millones de liras, digamos cien millones de las antiguas pesetas, por una oportunidad: la oportunidad de realizar sus sueños y pasar a la historia. Y no falló.

Entre quienes guardarán en la memoria las gestas de Lucarelli no figuran, seguramente, los aficionados del Valencia, que le soportaron durante una temporada mediocre en 1998-1999. Tampoco tendrá monumentos a la entrada de los estadios del Perugia, el Cosenza, el Padua, el Lecce y el Torino, todos los equipos por los que pasó en diez años de carrera profesional. Ni quedará en los anales de la selección italiana. Su carrera internacional terminó en 1997, cuando, con la Sub-21, marcó un gol a Moldavia y se quitó la camiseta azurra para mostrar a las cámaras de televisión, en riguroso directo, la que llevaba debajo: una con la efigie del Che Guevara. Por alguna razón, aquello molestó a la Federcalcio. No volvió a ser convocado, ni con los jóvenes ni con los mayores.

Lucarelli es de Livorno y comunista, lo que equivale, casi, a decir de alguien que es de Osaka y tiene los ojos rasgados. El Partido Comunista Italiano nació en Livorno, el puerto industrial de Toscana, en 1921. Y la ciudad siempre ha sido de izquierdas. Como Lucarelli, que se ha puesto en el móvil la melodía de Bandiera Rossa. Nació en un barrio marítimo de mala fama conocido como Shanghai, hijo de un estibador portuario militante del partido y del sindicato. El niño Cristiano estuvo rodeado desde el principio de banderas rojas, por el PCI, y granas, por el Livorno. De mayor quería ser el delantero del Livorno que marcara el gol del ascenso a Primera. Hoy recuerda que, pese a su pasión total por el Livorno, tenía una esquina del alma con los colores del Inter, "porque ellos tampoco ganaban nunca". Lo cual da una idea del personaje y del Livorno, una de las sociedades con menos historial del calcio. Ganó una Copa en 1987, y ya está. Por resumir: desde 1949 merodeaba entre Segunda, en las temporadas triunfales, y Regional, en las normales.

En primavera de 2003, Lucarelli estaba en el Torino y su representante, el abogado Carlo Pallavicino, le estaba buscando nuevo equipo. Las ofertas, todas de clubes de Primera, eran razonables: casi un millón de euros por año. Pero resultó que el Livorno subió a Segunda. Y Lucarelli le encargó a Pallavicino que le encontrara un puesto en su equipo del corazón, donde no había jugado nunca. El Livorno no podía pagar más que unos cientos de miles. Lucarelli aceptó, renunciando a sueldos que ascendían a más del doble, a la fama televisiva de otros clubes y a la comodidad de un puesto secundario. El propio Carlo Pallavicino ha publicado un libro sobre esa decisión y sobre lo que ocurrió después. "Quedaos con los mil millones", se titula.

Lo que ocurrió después fue que Cristiano Lucarelli volvió a su ciudad y vistió el grana de su equipo convertido en el jugador mejor pagado del Livorno y en símbolo del sueño secreto de decenas de miles de livorneses: poner el pie en Primera, 55 años después. Lucarelli, un hombre con más pasión que capacidad reflexiva, se echó la responsabilidad a la espalda como si nada y jugó como nunca en busca del sueño de su infancia.

El día en que marcó el gol número 25 de la temporada, el milagro estaba hecho. El Livorno ascendió.

Lucarelli anotó ayer otros dos tantos que valieron tres puntos. El presidente de la República, el impecable Carlo Azeglio Ciampi, livornés y livornista, debió celebrarlo por todo lo alto. El Livorno se acercó un poco más a la mitad de la tabla y al objetivo de la permanencia.

Cristiano Lucarelli es un tipo que ha cumplido sus sueños, que vive entre los suyos y que será recordado por muchísimo tiempo en su ciudad. Y sólo ha pagado mil millones de liras por todo eso.

Enric González es autor de Historias del Calcio

jueves, noviembre 18, 2004

LO DICE BENEDETTI

"Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es por ahora la unica prueba fiable de la existencia de Dios"

Mario Benedetti, escritor uruguayo

lunes, noviembre 15, 2004

DERROTAS Y HUMILLACIONES

La ciudad alta de Bérgamo, una plácida maravilla del Renacimiento lombardo y veneciano, está protegida por una muralla intacta. Nunca nadie, en siete siglos, se molestó en asaltar o sitiar la ciudadela. La ciudad baja, en la llanura, no es menos tranquila.
En Bérgamo, a unos 40 kilómetros de Milán, se vive bien; quizá, con un punto de sopor. Los jóvenes bergamascos huyen cada fin de semana hacia las discotecas de la vecina Brescia en busca de un poco de animación. Todo lo cual no explica para nada la furia que caracteriza a los tifosi del Atalanta, el equipo de Bérgamo, y su odio ancestral al Brescia.
Toda esa rabia de la ciudad tranquila se debe tal vez a una sobredosis de derrotas. El Atalanta es un figurante del calcio que esta temporada, recién ascendido a Primera, no ha ganado aún ningún partido y cierra la cola de la clasificación.
Las derrotas y la furia engendran humillaciones. Como aquélla sufrida hace pocos años en San Siro. Los bergamascos, llamados motorini por los milaneses porque viajan a la gran ciudad en manadas de ciclomotores, quemaron el autocar del Inter en su estadio. El Inter es otro de los demonios del Atalanta. La razón, dicen, es que ambos equipos comparten colores, azul y negro, y lucen camisetas idénticas. Así de tontas son esas cosas. Los interistas, en la segunda vuelta, intentaron quemar el autobús bergamasco, pero la policía, avisada, lo impidió. Entonces tuvieron una idea. Se les ocurrió una barbaridad que dio la vuelta al mundo: introdujeron en la tribuna un ciclomotor y lo arrojaron sobre el césped. Fue casi un linchamienteo simbólico de los motorini, una burla grotesca.
Ayer se disputó el derby Atalanta-Brescia, uno de esos encuentros de alto riesgo en los que suele verse de todo menos fútbol. La estación de tren de Bérgamo y el estadio municipal fueron tomados por la policía y aun así no se pudo evitar la violencia. Dos horas antes de que se empezara a jugar ya había porrazos. Dos horas después del final seguían los disturbios. Entre tanto, el partido había concluido con un miserable empate a cero. Entre ambos equipos sumaron un tiro a puerta, flojo y a las manos del portero.
El entrenador del Atalanta, Andrea Mandorlini, dice pertenecer a la larga lista de discípulos del gran Zdenek Zeman y, como otros muchos técnicos modestos del calcio, proclama que la regeneración pasa por el juego de ataque. Es la moda de este año. Si Zeman hace maravillas en el Lecce alineando tres puntas, la solución a todos los males debe ser ésa. Zeman, sin embargo, sólo hay uno. Y sólo él dispone de un atacante como Bojinov. Sus presuntos discípulos diseñan unas tácticas ofensivas que no tienen nada que envidiar al viejo catenaccio. Y eso lo reconoce el propio técnico de Lecce: en Italia se está volviendo al cerrojo, con el ridículo añadido de las ínfulas de vistosidad.
Debe de tener razón Zeman cuando dice que la Liga de 20 equipos, máxima expresión del negocio futbolístico, sólo produce tedio y amargura. El tedio se ve en partidos como el que ayer enfrentó al Lecce con sus enemigos de la Juventus sobre un césped impracticable por la lluvia. En otro tiempo se habría aplazado. Ahora no se puede: el calendario está lleno. Hubo que jugar y ganó la Juve de Fabio Capello, aburrida y mortífera a partes iguales.
La amargura es la de quienes no ganan nunca, como el Atalanta. En Bérgamo, casi todo el mundo es del Milan. El pobre Atalanta acaba siendo poco más que una excusa para liar la bronca y salir en televisión. Una lástima.

lunes, noviembre 08, 2004

LA HERENCIA DE TRUENO

Gigi Riva acaba de cumplir 60 años. Rombo di Tuono, Estruendo de Trueno, el mejor futbolista italiano del último medio siglo, que jugó siempre en el Cagliari porque no le apetecía dejar su pobrísima Cerdeña natal para ser empleado de un equipo del norte rico, sigue siendo un tipo de una pieza: áspero, sarcástico y decente. Fuma tanto como cuando jugaba, o sea, mucho, y mantiene los mismos valores. A este hombre, las defensas contrarias le rompieron los dos peronés y sólo se le oyó un lamento: que en el hospital le quitarían los cigarrillos. El fútbol, ha dicho esta semana, es sólo un juego, un entretenimiento sin más importancia. Pero si te pagan por jugar eres un profesional del asunto y te dejas el pellejo en el césped. Sin quejas y sin discusiones.
A Riva le gustaba que le trataran como a un adulto. Una noche, en vísperas de un partido importante, el entrenador entró en su habitación y encontró a la mitad de equipo jugando al póker bajo una humareda de espanto. El entrenador sólo dijo una frase antes de irse: "Abrid la ventana". Al día siguiente, Riva y los suyos jugaron como nunca y ganaron.
Valeri Bojinov, un chaval espontáneo y exuberante, se distingue en muchas cosas de Rombo di tuono. Tiene la sensatez de no fumar, por ejemplo. Y nunca se quedará en su pueblo, porque lo dejó ya a los 13 años. El Lecce se lo llevó de Bulgaria cuando era un niño y el Tribunal de Menores otorgó su tutela al responsable de los juveniles de la sociedad. Ha vivido desde entonces en una especie de internado futbolístico. Debutó en Primera a los 15, ha padecido la agonía del descenso y la euforia del ascenso y hoy, con 18 años y ya internacional en la selección búlgara del ex barcelonista Hristo Stoichkov, es junto al brasileño Adriano el máximo goleador de la Liga italiana.
Bojinov está ahora a las órdenes de Zdenek Zeman, el héroe romántico que denunció el dopaje en el calcio y pagó por decir la verdad. Zeman es de la escuela de Riva: un fumador enamorado del sur y del fútbol de ataque, un tipo serio y severo que no gasta dos palabras si le basta con una. El otro día, en el Olímpico, Bojinov marcó e hizo lo impensable: corrió hacia el banquillo y le estampó un beso a Zeman. Los demás jugadores dieron por supuesto que Bojinov sería despellejado. Pero a Zeman sólo se le escapó algo que pareció una sonrisa.
El jueves, durante el partidillo de entrenamiento, Zeman le pegó un grito a Bojinov y éste respondió mal. Zeman se hizo el sordo. Al día siguiente, el joven búlgaro se presentó en su oficina para pedir perdón y leyó en público una nota conmovedora en la que agradeció al entrenador todo lo que le estaba enseñando y en la que dio por supuesto que sería "merecidamente" relegado al banquillo.
Pero Zeman sacó ayer a Bojinov como titular ante el Palermo. Y el chaval se lo agradeció con dos goles.
Bojinov es un gran futbolista y será un fenómeno. Quizá llegue a ser también un hombre. Como Riva, Zeman y otros especímenes similares, cada vez más raros.

lunes, octubre 25, 2004

Historias del Calcio. DESGRACIA GRANA

El Torino no ha ganado ninguno de sus últimos cuatro partidos y lleva 273 minutos sin marcar. Después de cinco victorias consecutivas en el arranque del campeonato y cuando parecía tener casi al alcance de la mano el sueño del retorno a Primera, el viejo Toro atraviesa una fase triste. Pero esto no es nada. El club más desgraciado de todos los tiempos ha sufrido cosas muchísimo peores. La tifosería grana sabe encajar cualquier adversidad.

¿Qué otra sociedad futbolística tiene un santuario como el de Superga? Ahí está el monumento a los muertos de 1949, un maravilloso grupo de jugadores desaparecido en un instante. El avión que devolvía al gran Torino de un amistoso en Lisboa -en el que a punto estuvo de viajar Kubala, recién huido del Este y en tratos para fichar por la que era la mejor formación del planeta- se extravió en la niebla cuando iba a aterrizar y se estrelló contra el monte Superga. No hubo supervivientes. Y se abrió un hueco en el corazón de Turín que en parte ocupó la Juventus, el club de la Fiat.

Mi amigo Lorenzo me recordó que hubo otro momento negro en la historia grana. Este mes se cumplen 37 años. Fue un 15 de octubre cuando voló Gigi Meroni, la mariposa grana. Pocos futbolistas fueron tan amados y criticados como Meroni, un tipo peculiar, irremediablemente libre. Quizá en su debut alguien recordó que el piloto del avión de Superga se llamaba también Meroni. Un Meroni rompió el alma del Toro y otro Meroni se la devolvió: con aquel tipo flaco en el extremo -le daba igual la derecha que la izquierda- los grana parecían destinados a recuperar la primacía turinesa.

Gigi Meroni pertenecía a la categoría de los Garrincha y los Best. Era un genio loco que regateaba tres veces al mismo contrario si pensaba que ese engorro resultaba estéticamente apropiado para un juego que sólo entendía él; que sorteaba de forma humillante al contrario y luego se paraba a consolarle -el insigne Dino Zoff recuerda una de esas ocasiones-; que escandalizaba a la pacata Italia de la época dejándose barba, viviendo amancebado con una chica polaca y pintando cuadros de cierto mérito. Medio país le adoraba y el otro medio le detestaba. Muchos le culparon de la derrota contra Corea en el Mundial de Inglaterra 66 pese a que no jugó. La Gazzetta dello Sport desencadenó una furiosa campaña contra Meroni.

Y, sin embargo, quienes le vieron jugar no le olvidan.

El 15 de octubre de 1967, al concluir un partido, Gigi Meroni fue atropellado por un joven de 18 años, tifoso del Toro, que acababa de sacarse el carnet. Después de llorar a Meroni, cuyo féretro fue expuesto en el centro del estadio, la afición fue a animar al conductor, hundido en una depresión espantosa. Aquel muchacho que mató a una mariposa de 24 años se llamaba Attilio Romero y es hoy presidente del Torino. ¿Cómo podría parecerle grave una simple racha sin goles?

Enric González es autor de Historias del Calcio

lunes, octubre 04, 2004

PENAS CON GRANDEZA EN NAPOLI

En Turín nadie sabía gran cosa de aquel tipo renegrido y cabezón que habían fichado los Agnelli. El Juventus de 1957 acababa de cerrar una temporada muy mediocre, con un noveno puesto, y el público exigía a la Fiat que reforzara el equipo. La sociedad automovilística de los Agnelli trajo a una estrella, John Charles, el gigantesco ariete galés llegado desde el Leeds United. Y a ese otro, argentino, a cuya presentación acudieron unos pocos. Esos pocos hicieron bien. El Cabezón salió al césped arrastrando los pies y con las medias caídas, vio las gradas semivacías, escuchó cuatro aplausos mal contados y decidió presentarse: se colocó el balón sobre el pie izquierdo y dio tres vueltas enteras al campo, corriendo y saludando, sin que el cuero tocara el suelo. Los diarios de Nápoles relataron la hazaña al día siguiente. Y desde ese día los napolitanos soñaron con tener para sí a ese genio irreverente y burlón que, como Garrincha, se paraba a esperar al contrario para hacerle otro túnel o para reírsele en la cara.
Omar Enrique Sivori, El Cabezón, era un tipo difícil de soportar. Pero el Nápoles le esperó hasta 1965, cuando, ya con un Balón de Oro bajo el brazo y en declive, llegó por fin al sur. Hacía falta. Como hacía falta, 18 años después, Diego Armando Maradona, otro cabezón genial y teatrero, hecho a medida para la ciudad más histriónica de Italia, que es como decir del mundo. Nápoles ama el espectáculo, los gestos solemnes, la risa, la burla. Por eso amaba al grandilocuente naviero Acquille Lauro, alcalde de la ciudad y propietario del club en los 50, que pagó al Atalanta 105 millones de liras, una barbaridad, por el sueco Hasse Jeppson, quizá sólo para permitirse una broma y presentarle a los suyos como "O Banco e Napule", "el Banco de Nápoles".
El Nápoles, quebrado y adquirido en liquidación judicial por el magnate cinematográfico Aurelio de Laurentiis ("vamos a demostrar que el Norte no es mejor que el Sur", dijo), malvive hoy en la mitad de la tabla del grupo B de la Tercera División, con la amargura añadida de asistir a un renacimiento del fútbol sureño: Lecce, Palermo, Messina, Cagliari y Reggina, cinco clubes terroni en Primera, lo nunca visto en el calcio.
Los gestos, sin embargo, siguen siendo grandiosos. Al partido de presentación en el estadio San Paolo, 50.000 personas acudieron para decir que estaban ahí pese a todo. De Laurentiis les correspondió a la napolitana. ¿Que ninguna televisión quería emitir en directo los encuentros de un club de Tercera? Vale. El productor de cine compró de una tacada los derechos de todos los clubes de Segunda, que sí se emiten, y con el paquete en la mano se fue a negociar con Sky, la televisión del magnate de los medios Rupert Murdoch. Desde el próximo miércoles, el Nápoles volverá a las pantallas.
Más allá del gesto, la realidad es cruda. El Nápoles venció ayer, por fin, su primer encuentro de la temporada, un 1-2 agónico en el campo del Lanciano, abarrotado: más de 6.000 espectadores, un máximo histórico.

domingo, octubre 03, 2004

EL DEMONIO DEL MEDIODÍA por Javier Marías (Eurocopa 2000)

Con Holanda como sola excepción, la primera fase de la Eurocopa ha dejado en escena a un elenco descaradamente meridional: Italia, Francia, Portugal, España, Rumania, Yugoslavia y -por Mahoma- Turquía. Menos mal que ya nadie se acuerda -ni siquiera yo mismo apenas- de que hace mil años existía una competición llamada, si no me equivoco, la Copa Latina, porque quizá tendríamos la levemente frustrante sensación de haber desembocado de repente en ella y andarnos sólo por el Mediodía.Algo malo y algo bueno indica este predominio. Tras la derrota de Alemania por 0-3 ante Portugal, le puse un fax de pésame a Paul Ingendaay, corresponsal cultural en España del Frankfurter Allgemeine Zeitung. Más que su eliminación a las primeras de cambio -gajes del oficio o azar-, lo que me parecía merecedor de condolencias era el bagaje goleador de la Máquina Acorazada: un solitario tanto a favor en tres partidos delataba a un equipo apático y falto de codicia, o -aún más raro y aún peor- falto de insistencia. Es el síntoma más llamativo de la extraña inversión de papeles que se está produciendo en los Países Calurosos Bajos. Porque, ¿acaso no va también contra la tradición que Portugal golee sin despeinarse, cuando lo normal era verlo como si hubiese pasado por una peluquería de Jerry Lewis y sin meter bola en la red? ¿O que Dinamarca se largue sin dejar un mísero gol y con su portero haciendo aspavientos para disimular? ¿No es anómalo que en seguida tengamos a todos los nórdicos fuera, a los británicos fuera, fuera a los centroeuropeos, y fuera eslavos con la sureña excepción? ¿No resulta insólito que España, tras comenzar pusilánime como siempre, se sobreponga con heroicidad a base de trompicados goles útiles, en vez de los habituales y elegantes goles superfluos e inútiles, como aquel sexto de Kiko ante Bulgaria en el último Mundial? ¿No es absurdo que Holanda, en lugar de convencer y perder, venza y aburra como si sus jugadores del Barça aún sufrieran del mal vangálico? (No quiero alarmar a los culés, pero tiene pinta de enfermedad irreversible y crónica).
Para los aficionados con sentido de la historia no es grato del todo tener por delante siete encuentros vitales sin Alemania ni Inglaterra en ellos, sin rusos ni checos ni húngaros ni polacos ni escoceses embriagados. El lado bueno del asunto es el momentáneo triunfo de los equipos disparatados, vehementes e improvisadores. Se lleva la palma Yugoslavia, a la que ya hay que agradecer que nos haya permitido contemplar trece goles en dos partidos demenciales, es decir, de los que invitan a regresar al estadio. Lo mismo puede aplicarse a Portugal, aunque su engañosa serenidad lo haga parecer más sensato y organizado. Rumania y Turquía llevan lo descabellado en sus botas. Si las selecciones caóticas y desobedientes acaban ganando, y dado el mimetismo reinante de las fórmulas victoriosas, es posible que la próxima temporada nos encontremos el continente lleno de enfrentamientos imprevisibles y desaforados. Ojalá.
A Ingendaay le dije, para consolarlo, que no se perdiera el Yugoslavia-España del día siguiente, porque sería "histérico, y por tanto divertido". Y en efecto, España se ha apuntado a la corriente: un poco tarde, pero con entusiasmo y espectacularidad. Una vez que el ultimísimo golpe de dados le fue propicio, se la siente ahora como unos de esos caballos que vienen desde atrás a galope tendido (me perdone la comparación Savater) y se imponen, casi desbocados, en la recta final. Pero para seguir en la dinámica enloquecida y vistosa, es preciso que Camacho mantenga bajo los palos a Cañizares o a Molina, de los que no recuerdo una sola parada en lo que va de Eurocopa, en vez de optar por Casillas, el único de los tres que no se limita a interceptar centros y recoger cesiones, sino que además evita goles. De ese modo nos aseguraremos por lo menos un par de tantos en contra por partido. También debe mantener a Salgado, que garantiza alguno en contra y alguno de billar sucio a favor.
Debe evitar a toda costa a los tibios Aranzábal y Fran, y quizá a Hierro, en exceso aseado y aplomado para la pertinente histeria colectiva. Conviene que no falten nunca Raúl, Alfonso, Mendieta y Sergi, porque pierden tantos balones como recuperan, obsequian tantos regates atolondrados como exquisitos, se pegan tantas carreras innecesarias como eficaces por huracanadas. Y, por supuesto, jamás debe faltar Guardiola. No porque comparta con los anteriores la hiperactividad y la aceleración insensata o sensata (él es sensato siempre), sino porque, como también a esos cuatro, le gusta jugar al fútbol. Se ve que lo pasa en grande, eso se nota. Esta sensación, por absurdo que en principio parezca, no la transmiten muchos jugadores hoy día. Casi ningún italiano, casi ningún francés (Zidane hastiado de la Juventus), sólo Figo en Portugal (es cosa distinta de ser buen futbolista: lo son Del Piero, Rui Costa, Mijatovic), sólo el viejo Hagi en Rumania; y ningún yugoslavo, ningún alemán, ningún nórdico, sólo Owen en Inglaterra, probablemente por su juventud.
Guardiola ya no es muy joven, pero se le ve disfrutar enormemente, y quienes disfrutan no desean que los partidos terminen nunca; por eso son capaces de recoger malamente un balón en el centro del campo y, con el agua al cuello, aún sacarle placer al último pase del día, es decir, medirlo, bombear adecuadamente, tocar ese postrero y agónico balón con gozo. Lo que vino después ya lo hemos visto setecientas veces y lo que te rondaré morena, sobre todo ahora que por fin tenemos para la historia un golito más, famoso, que sí fue gol nuestro, no como los de Cardeñosa y Míchel contra Brasil (el uno fallado, el otro no concedido), ni como los de Arconada, Zubizarreta y Molina a favor de Francia, Nigeria y Noruega respectivamente. Pero además: cuando acabó el tiempo con su 4-3 increíble y llegó el momento de los descontrolados gestos que tanto dicen sobre quienes los hacen, hubo dos que me llamaron en especial la atención. Mientras sus compañeros se revolcaban sobre la hierba, Iván Helguera, muy educado y sobrio -pasó algún tiempo en Italia-, estrechaba ceremoniosamente las manos del medroso árbitro y sus auxiliares. Guardiola, por su parte, era el que con mayor emoción se abrazaba a todos, en particular con Raúl y Hierro, eternos rivales. Además de ser un extraordinario futbolista que incluso en un mal día debe estar en el campo, además de disfrutar con su oficio, parece un tipo de lo más cariñoso. Ésos siempre caen bien y no hay que herirlos. Hay que cuidarlos.

miércoles, septiembre 22, 2004

VERGÜENZA EN NÁPOLES

Sobre la estupidez humana se ha escrito bastante. El tema, por desgracia, resulta inagotable. Un grupo de seguidores del Nápoles (no aficionados al fútbol, sino seguidores en el sentido de ir tras el equipo) devastó el sábado el estadio Partenio de Avelino, protagonizó varias batallas campales, una de ellas en pleno césped, y dejó en el asfalto un muchacho medio muerto que anoche seguía en estado crítico. El subjefe de la policía local fue agredido y sufrió un infarto. La pequeña ciudad de Avelino, en los Apeninos, padeció horas de terror. Las imágenes avergüenzan.
Pero no vayamos a creer que toda esa violencia fue gratuita: es que era un derbi regional. Ah, claro, Y además, explican los tifosi napolitanos, hubo un problema de entradas, más caras de lo que esperaban. Con toda lógica, los muchachos resolvieron el problema cargando contra la policía, entrando en tromba en el estadio y encaramándose a lo alto de la tribuna para arrojar bengalas y sillas. Lo que habría hecho cualquiera. Uno de ellos, un chico de 20 años, Sergio Escolano, de 20 años, quizá inocente, se desplomó desde un voladizo hasta la calle en una caída de una veintena de metros. Según algunos testimonios, la ambulancia tardó hasta media hora en recoger su cuerpo roto: era imposible acceder a él porque las peleas proseguían alrededor. Luego, unos cien imbéciles saltaron al campo e hicieron huir a la policía, que dejó tras sí una nube lacrimógena. El partido se suspendió sine die.
Nápoles y Avelino padecen una tasa de paro altísima, son ciudades inmersas en la tradición sureña de violencia, la gente del Nápoles soporta mal la vida en Segunda y el casi descenso a Tercera del pasado año... Todos estos argumentos inundan la prensa italiana. Sobre la estupidez humana, en efecto, se escribe bastante. Pero no pasa nada: el domingo próximo, los imbéciles que asolaron Avelino volverán al estadio. Quizá algún directivo les salude como fieles entre los fieles. En el azul celeste de la camiseta napolitana queda la mancha negra.
En cuanto al fútbol, una nota de normalidad: después de exhibición de Highbury (0-3 contra el Arsenal en Champions), el Inter, auténtica unidad de medida del calcio, empató tristemente a cero en el Giuseppe Meazza con la Sampdoria. La estoica hinchada del club azul y negro vivió sus 90 minutos de tedio y volvió a su habitual sufrimiento.
El Juventus es el poderío de la burguesía industrial. El Milan es la genialidad de una extraña combinación de aristocracia y proletariado. El Inter, el tercer grande, es la paciente clase media, aderezada con un punto de masoquismo. Es la sociedad que dejó escapar a Roberto Carlos y fue burlada por Ronaldo, es el equipo que cayó en semifinales de la pasada Champions sin perder ningún partido y quedó segundo de la Liga (tercero el anterior); es, en fin, el club que contrató como entrenador a Héctor Cúper, un especialista en derrotas heroicamente arrancadas de las fauces de la victoria.
El juego del Inter suele ser el mejor termómetro del calcio y, a juzgar por lo visto ayer, el fútbol italiano sigue asfixiado entre marcajes, presiones, astucias y faltas lejos del área. Todo el partido fue jugado como un larguísimo último minuto en campo contrario. No estaba el gran Chistian Vieri, pero da igual: fue una lástima.

sábado, junio 26, 2004

NUESTRO JUEGO por Manuel Alegre

1. Según el padre António Vieira, a quien Fernando Pesoa ha llamado "emperador de la lengua portuguesa", existe una "línea matemática" entre Portugal y España. O sea: una metáfora. Salazar, que desconfiaba de Franco, firmó con él el Pacto Ibérico. Entonces, una muralla separaba ambos pueblos. Mientras duraron las dictaduras, España era el país geográficamente más cercano y culturalmente más lejano. De vez en cuando jugaban las selecciones. Normalmente, España ganaba. Escuchábamos las transmisiones por la radio, con los locutores intentando engañarnos. De ese tiempo quedó una célebre frase: "Portugal ataca y España marca". Son traumas que no se olvidan.
En 1947, en Lisboa, Portugal ganó a España por 4-1. Salazar, que quería que todos los portugueses desconfiaran de España como él, celebró la victoria como un hecho histórico. Pero con las dictaduras estuvimos siempre perdiendo, aun cuando una de nuestras selecciones ganaba a la otra, Portugal una sola vez y España muchas más.
2. Portugal comenzó a ganar a España por 1-0 cuando hizo la revolución mientras España se quedó por la transición como, con gran fair play, reconoció Juan Luis Cebrián en su magnífico libro Francomoribundia. Al entrar en la CEE, España empató. Ahora gana por 2-1 porque ha tenido el coraje de retirar sus tropas de Irak.
3. El Pacto Ibérico nos ha separado. La democracia nos ha acercado. Y el fútbol, también. Con Figo jugando en España, pasamos a ser primero del Barcelona y después del Real Madrid. Y con Camacho en Lisboa ciertamente hubo madridistas apoyando al Benfica.
El problema viene ahora. Somos hermanos, estamos en la Unión Europea, pero en este juego la línea matemática del padre Vieira deja de ser una metáfora. No vamos a resucitar los fantamas del pasado. No es una guerra; es peor, es un partido de fútbol entre Portugal y España; una fiesta, pero una fiesta en la que uno va a tener que matar y el otro morir.
Apenas un juego. Nuestro juego. Pero ya he subvertido al gran Antonio Machado: "Anoche, cuando dormía, / soñé, bendita ilusión, / que mi Portugal vencía, / España de mi corazón".
4. Es cierto que España tiene a Raúl, Morientes, Valerón, Vicente, Casillas... Pero Portugal tiene a los hombres del Oporto, campeón de Europa. Tiene un arma secreta llamada Cristiano Ronaldo, si Scolari no lo deja en el banquillo. Y tiene a Figo, que anduvo solo con el Madrid a sus espaldas. Tal vez está un poco cansado. Pero no tanto como Raúl. Por eso espero que, al final, sea la selección portuguesa la que consuele fraternalmente a la selección de España. Al final, es apenas un juego. Nuestro juego. Sólo un juego de fútbol, aunque hoy, domingo, no hay nada tan importante en el mundo como este juego a vida o muerte entre Portugal y España.

FÚTBOL Y MAGIA por Manuel Alegre

1. W. B. Yeats, el gran poeta irlandés, decía que se puede preparar un discurso como quien hace un poema. Lo mismo puede ocurrir en el fútbol. No es sólo una cuestión de técnica, sino también de tensión interior, "instinto" ha dicho Nuno Gomes, "razones inexplicables", lo que Herberto Helder ha llamado "estado de poema" y que para un futbolista quizá sea el "estado de gol". Una especie de estado de gracia, una inspiración, un soplo que viene de dentro. Pero que sólo funciona cuando la técnica, como subrayaba Ezra Pound, se transforma en una segunda naturaleza. Es lo que permite al poeta, en momentos excepcionales, reencontrar la relación mágica con el mundo a través de la palabra. O a un futbolista, como hizo Nuno Gomes, irse a la derecha y rematar en vez de hacer una pared con Figo, que le había dado el pase y se desmarcaba hacia la izquierda llevando los defensas atrás. Es algo que se decide en una centésima de segundo. Viene de dentro, de la voz no se sabe de quién, que dice al futbolista "¡remata!" y al poeta, cada vez más ajeno, casi sin intervenir, y aconseja el ritmo, después la primera palabra, finalmente el poema. Me gustaba describir un gol como aquel poema que Nuno Gomes ha marcado. Tal vez hay otros más bonitos. Pero ninguno con aquella intensidad, capaz de hacer al país saltar y, al mismo tiempo, gritar: ¡Gol! Como si cada uno de nosotros hubiera sido el autor. Como si todos juntos estuviéramos rematando con el pie de Nuno Gomes. Momento incomparable, que sólo raramente acontece en el amor, en la poesía, en el fútbol y en muchas otras pocas circunstancias de la vida. Algo que, como fenómeno colectivo, tal vez sólo el fútbol sea capaz de provocar.
2. ¿El fútbol se juega con once? El fútbol se juega con todos. Todo el país ha jugado contra Inglaterra, a excepción de una media docena de la casta superior, que todos sabemos quiénes son. El fútbol se juega con todos. Y no sólo con el alma, sino con todo el cuerpo. No hay un trozo de mí que no me duela. Han sido 120 minutos más los penaltis. Cuando me he dado cuenta, estaba dando la mano a los vecinos de la izquierda, ahora amigos íntimos, y al vecino de la derecha, mi compañero de infancia, el juez Afonso de Melo, todos con las manos dadas. No ha sido sólo Ricardo el héroe de la noche, que ha apartado a Nuno Valente y decidió marcar. Hemos sido todos nosotros. Millones de pies en el pie derecho de Ricardo. El fútbol se juega con el alma, el fútbol se juega con el cuerpo, el fútbol se juega con todo. Y no sólo los que estaban en el estadio, sino los que estaban en casa, en los cafés, en la calle, delante de grandes pantallas. De fuera sólo estaban esa media docena a los que no les gusta compartir con el pueblo la fiesta y el sufrimiento.
Me han dicho que Durao Barroso, por superstición, tenía la misma corbata. Yo me he puesto la misma camisa de las victorias ante Rusia y España. Sólo el fútbol era capaz de hacerme jugar lado a lado con el primer ministro contra el equipo de su amigo y mi estimado enemigo Tony Blair. Sólo el fútbol puede juntar adversarios irreductibles. O hacer que se abracen como hermanos los que nunca se habían visto antes. Juegan todos, los que saben y los que no saben. A quien les gusta y a quien no les gusta. Es el único juego total. Y no es totalitario porque libera. Los goles de Postiga y Rui Costa (gran jugador) han sido más que goles: fueron una liberación. Una victoria electoral es festejada sólo por quien gana. Una victoria de la selección (a excepción de los mismos de siempre) es de todos. Contra "nuestros hermanos". Y no hay nada mejor que ganar a un hermano. Contra los viejos aliados. Y no hay nada mejor que ganar a un aliado que se empeña en cantar Rule Britania. Ahora fueron a cantar para casa. El fútbol también es subversivo. Se puede transformar súbitamente en un movimiento de liberación antiimperialista. Pero es más que eso. Al final del partido he visto lágrimas en los ojos de dos jóvenes ingleses que habían pasado todo el tiempo cantando. Les di la mano. Otros me han dado la enhorabuena. Estaban tristes. Pero más tarde los vi danzando con los portugueses. Fútbol es esas lágrimas, esa fiesta, esa complicidad. Además de devolvernos la perdida magia de la relación con lo sagrado. Gracias fútbol, gracias selección, gracias Ricardo, gracias Postiga, gracias Rui Costa, gracias Scolari, gracias a todos, gracias Figo, que sigues siendo mi ídolo y a veces eres tan incomprendido.

Manuel Alegre es Vicepresidente del Parlamento portugués, escritor y poeta

domingo, junio 20, 2004

LA EURO INCERTIDUMBRE por Manuel Rivas

Un bombero inglés, adiestrado en el control de los impulsos, ha atizado el incendio de los hordas en el Algarve; Berlusconi se erige en portavoz de Dios en Bruselas, los suecos encarnan la pasión sureña, Croacia es un lugar tan real como Francia y hoy se enfrentan la saudade de España y la furia de Portugal... ¿Qué está pasando?

Casi nadie vive en la certeza. Y lo más asombroso es que se reconoce esa docta ignorancia, ese estadio budista. El lenguaje deportivo, antaño tan contundente, tan similar en general al sermón y la arenga, plagado en la victoria del nefasto plural mayestático de primera persona, de ese enjaezado Nosotros que caracolea en las locuciones con razón o sin ella, ese lenguaje vetusto, esa construcción autoritaria, ese resto del fascismo cultural, ese lenguaje cautivo se libera, regatea la forma imperativa y parece ir desplazándose lenta pero mayoritariamente hacia el espacio mixto del sentir y el pensar, hacia lo existencial.

El espacio portugués está favoreciendo otra forma de hablar y escribir del fútbol. Quizás influye la voluntad de estilo en el hablar popular. Las palabras son parte esencial de la composición del aire. La impresión es que se ha creado una atmósfera que repele lo contundente y nos aproxima a la idea de que la verdad tiene siempre pequeñas dimensiones. Como el balón.

Ésta es la Eurocopa de la Incertidumbre. El gran stand by europeo. La duda como ley. La quiebra de lo tautológico. El crepúsculo de lo apodíptico, de las afirmaciones sin retorno. La debacle de lo incondicional. La puesta en ridículo de lo grandilocuente.

El escupitajo de Totti escenifica el fin de una época. En el imperio del lenguaje apodíptico, de la adhesión incondicional, su gesto sería disculpado e incluso jaleado. No faltaría un ¡Totti por la patria! y una viril defensa del pendenciero frente a los afeminados de lo políticamente correcto. Pero la tímida revolución del lenguaje se acelera en lo iconográfico y lo que muestra la cámara no es ya visto como delación, sino como un trabajo de ironía: desenmascarar al villano que usurpa el lugar del héroe.

Hay un lenguaje deportivo todavía preso en la jaula de hierro de un patriotismo cazurro, antiliberal. Todavía ocupa calles, geográficas y mentales, de manera intidimidatoria: el superhombre etílico agrupado en mesnadas, afirmando su identidad en el odio al otro. Todavía en alguna caverna se vocea un providencialismo de Dios, patria (o club) y gol. Pero hay más pereza que fe en la conservación de esos hábitos. Por supuesto, la mística de los colores, el fundamentalismo futbolístico, actúa como cobertura de intereses, propicia áreas de ceguera a la corrupción y desvía la atención de los problemas reales de la gente.

Todo eso está ahí, es más o menos sabido, y existe una visión cínica que pretende presentar ese paisaje como inevitable, innato, propio de la naturaleza del fútbol. Pero lo que define al fútbol no son sus taras. El fútbol necesita detractores insobornables que no soportan el opiáceo y cuando empieza el partido se levantan y dicen a la manera del gran Benito Ferreiro en muy histórica circunstancia: "¡Voy a mear!". El fútbol necesita esa crítica radical porque sus enemigos están dentro. Y porque el hemisferio del sentimiento no debe perder las conexiones con la razón.
El buen periodismo deportivo es mejor que el buen periodismo general. No sé si ha mejorado el fútbol, pero si que ha mejorado el lenguaje del fútbol. Las crónicas, los comentarios, las transmisiones, las tertulias se pueblan con preguntas, matices, toques de humor. El balón es la metáfora del planeta, pero también de un guisante que rueda por un mantel de hule. Se cuenta cada vez mejor lo imprevisible, la trama humana. Frente a la apodíptica autoritaria, el lenguaje del fútbol avanza, como el balón, en clave sentipensante. Poético, sin pasarse. El exceso retórico merece el regate de una bicicleta ultraísta al modo de Adriano del Valle: "Como soy un poeta tan modernista y nuevo / ahora me agacho y pongo un huevo".

Hoy hay un partido en el estadio Da Luz. Esta noche vuelve a nacer el fútbol. Habrá emoción, mucha, aunque será un partido laico. Habrá cánticos y consignas en las gradas, pero los momentos más intensos serán los silenciosos, cuando en la Luz sólo se escuche el fado del cuero, la lengua absuelta del balón. En esta Eurocopa de la Incertidumbre, España jugará con saudade y Portugal con furia. ¿O era al revés?

Manuel Rivas es escritor.

domingo, junio 13, 2004

LOS NOMBRES DE LOS FUTBOLISTAS por Unai Elorriaga

Los nombres de los futbolistas son un poco como tortugas con zapatillas de estar en casa. Con zapatillas de estar en casa a cuadros, claro, rojos y verdes.
Quiero decir que los nombres de los futbolistas son extraños pero familiares. Son extraños, como las tortugas, para qué negarlo, con un caparazón y cuatro patas que salen de no se sabe dónde y con una cabeza con ojos de viejo, nariz de viejo y boca de viejo. Pero poco a poco se hacen familiares, como las zapatillas de estar en casa, a cuadros, rojos y verdes.
La cuestión es que te sientas delante de la televisión, verdad, delante de la Eurocopa, y empiezan a desfilar por tus ojos nombres curiosos, nombres que ni te imaginabas, nombres que dan saltos como si fueran a rematar de cabeza y te dicen mírame, mira que nombre tan vistoso soy. Y cuando es la selección de Grecia, aparece, por ejemplo, Costas Katsouranis, fíjate qué nombre. Fíjate qué tortuga. Y empiezas a pensar en el nombre, y en las personas que han llevado ese nombre, hasta desembocar en Costas, y sabes, perfectamente, que un tío abuelo de Costas tuvo una barba blanca, larga, y que fue óptico en un pueblo del interior, pongamos que en Tríkala, y que después de sus horas de trabajo repartía carbón, ya se sabe, somos muchos de familia y comida no regalan. Los domingos hacía cestas para vender.
Y cuando es la selección de Holanda, aparece Wilfred Bouma, y sabes que también fue un Bouma, con otro nombre de pila seguramente, quien en 1923 viajó al punto más septentrional de Finlandia. Simplemente por capricho, para ser el primero en dejar allí una caja con un papel dentro. En el papel escribió: "Y ahora para casita otra vez." Lo más curioso es que cuando hizo un agujero en la nieve para meter su caja, encontró otra caja, con otro papel escrito.
Y cuando es la selección de Inglaterra, aparece Jamie Carragher, y empiezas a pensar en la familia Carragher, y algo te dice que, con semejante apellido, en alguna parte de Inglaterra (Londres seguramente) existe un Carragher que ha vestido de traje y corbata desde los seis años y que pertenece a un partido político y ocupa un cargo de responsabilidad en alguna parte y que todas las tardes o anocheceres o incluso noches se acerca al club donde es seguramente como en las películas con té con sillones con periódicos. Y estás seguro de que ese Carragher no deja de pensar qué desgracia, un pariente futbolista que es lo mismo que farandulero.
Y cuando es la selección de la República Checa, aparece Milan Baros, que es el nombre más auténtico de toda la Eurocopa, dónde va a parar. Y está claro que algún Baros fue panadero, en el siglo XIX por ejemplo. Y que hubo un día en el que hizo un pan de arcilla, y lo pintó como los demás panes. Y, qué casualidad, el pan de arcilla le tocó al ferretero que tenía dos hijas modistas y no pagaba el pan hacía siete días. El panadero Baros no tenía muy claro todavía qué era el fútbol.
Y cuando es la selección de Croacia, aparece, ni más ni menos, este nombre: Dado Prso. Y rápidamente nos viene a la memoria aquel Prso (Goran Prso, creo que se llamaba) que se dedicaba, alrededor de 1920, a descifrar inscripciones. Y llegó a su taller un tal Bouma, un holandés que había encontrado una caja en el punto más septentrional de Finlandia, con un papel dentro, con una inscripción que no entendía. Goran Prso le dijo que era fácil, que aquello era ruso y que significaba: "Va a ser difícil que Rusia gane la Eurocopa de Portugal, con ese calor".
Goran Prso murió en 1941. Dado Prso nació en 1974. Lo que no sé es si eran familia. Se parecen un poco, eso sí.

Unai Elorriaga es escritor y Premio Nacional de Literatura 2002

FÚTBOL Y UTOPÍA por Manuel Alegre

Que Sophia me perdone, pero el fútbol, como la poesía, no se explica, implica. Fútbol es pasión. Algo oscuro y mágico, mezcla de fiesta y sufrimiento, un "acre placer de las dolores", citando al viejo Garrett. Ha sido ese lado del fútbol el que llevó a Bill Shankly, mentor del gran Liverpool de los años setenta, a una célebre frase: "El fútbol no es un caso de vida o muerte, es mucho más que eso". O ha inspirado el poema de Carlos Drummond de Andrade: "¿Se juega el fútbol en el estadio? / El fútbol se juega en la playa,/ el fútbol se juega en la calle,/ el fútbol se juega en el alma". Es así y nadie lo ha dicho tan bien: el fútbol se juega en el alma. Lo saben los poetas a los que les gusta el fútbol y también los políticos, incluso a los que no les gusta, como parece que era el caso de Salazar y Franco, que, sin embargo, lo utilizaron.

Hace tiempo he visto un documental sobre la forma en que Hitler, Mussolini y Franco se han servido del fútbol. Pero también he visto el ejemplo del primer jugador austriaco, Mathias Sindelar, que, después de la anexión de su país, se negó a integrar la selección alemana y terminó siendo asesinado. Tiene hoy un monumento y es venerado como un símbolo de la resistencia austriaca.

Alfonso de Melo, en su notable Historia de la Selección Nacional de Fútbol, Cinco Escudos Azuis, recientemente publicada, cuenta un episodio poco conocido: el 30 de enero de 1938, antes de empezar un Portugal-España, algunos jugadores de la selección portuguesa se negaron a hacer el saludo fascista. Azevedo, del Sporting, no estiró los dedos; Quaresma, del Belenenses, se quedó firme, Simões y Amaro, también del Belenenses, levantaron los puños y fueron detenidos e interrogados por la policía política. Se estaba en plena guerra civil en España y éste fue un acto de gran coraje y simbolismo.

Las dictaduras han utilizado el fútbol. Todos lo sabemos. Pero tal vez sea tiempo de reflexionar sobre la irresistible promiscuidad que, en democracia, se verifica entre política y fútbol. La política se sirve del fútbol como nunca. Pero los dirigentes del fútbol también se sirven de la política. Lo que no es bueno ni para el fútbol ni para la política, mucho menos para la democracia. Con la connivencia de los media, principalmente de las televisiones, asistimos a una especie de futbolización de la vida, lo que degrada el fútbol y no mejora la vida. Tal vez sea una consecuencia de estos tiempos de vacío, de crisis de valores y convicciones, de la propia muerte de las utopías. Pero no diabolicemos el fútbol, el fútbol que continúa siendo fiesta, que se juega en el alma y que tanto nos implica. En el último Campeonato de Europa, hijos de inmigrantes de segunda y tercera generación, después de las brillantes victorias de Portugal, han descubierto sus raíces, se han envuelto en la bandera nacional y gritaron el orgullo de ser portugueses. Éste es el otro lado del fútbol, su fuerza, su contagio, su magia. Sin causas, las personas, sobre todo los jóvenes, concentran en el club o en la selección sus sueños y esperanzas. El club y la selección son una nueva forma de utopía. Tanto más intensa cuanto más grande es la duda sobre el futuro personal y la sensación de que el país tiene cada vez menos peso en los destinos del mundo. Lo que provoca dos sentimientos contradictorios; por un lado, un exacerbado patriotismo, y por otro, un nuevo cosmopolitismo, una especie de nueva Internacional, la Internacional del fútbol.

Es lo que ocurre ahora, cuando se inicia la Eurocopa. En cada selección se proyectan los sueños, la nostalgia y la esperanza de otro tiempo, otra vida, otra grandeza. Para mi generación, eso era la revolución. Para muchos, hoy, es la selección. Menos mal que la selección, por lo menos la selección, galvaniza y moviliza. Yo, portugués, me confieso: a pesar del aprovechamiento sin pudor del eslogan Força Portugal por la coalición de derechas, estoy de alma y corazón con la selección nacional, aquélla a quien Tavares da Silva llamó un día "el equipo de todos nosotros". Estaré con todos los que van a vestir la camiseta de Portugal. Por amor al fútbol. Porque el fútbol implica. Porque, se quiera o no, el fútbol es una forma de utopía. Y porque el poeta tiene razón: el fútbol se juega en el alma.


Manuel Alegre es vicepresidente del Parlamento portugués, escritor y poeta