lunes, noviembre 15, 2004

DERROTAS Y HUMILLACIONES

La ciudad alta de Bérgamo, una plácida maravilla del Renacimiento lombardo y veneciano, está protegida por una muralla intacta. Nunca nadie, en siete siglos, se molestó en asaltar o sitiar la ciudadela. La ciudad baja, en la llanura, no es menos tranquila.
En Bérgamo, a unos 40 kilómetros de Milán, se vive bien; quizá, con un punto de sopor. Los jóvenes bergamascos huyen cada fin de semana hacia las discotecas de la vecina Brescia en busca de un poco de animación. Todo lo cual no explica para nada la furia que caracteriza a los tifosi del Atalanta, el equipo de Bérgamo, y su odio ancestral al Brescia.
Toda esa rabia de la ciudad tranquila se debe tal vez a una sobredosis de derrotas. El Atalanta es un figurante del calcio que esta temporada, recién ascendido a Primera, no ha ganado aún ningún partido y cierra la cola de la clasificación.
Las derrotas y la furia engendran humillaciones. Como aquélla sufrida hace pocos años en San Siro. Los bergamascos, llamados motorini por los milaneses porque viajan a la gran ciudad en manadas de ciclomotores, quemaron el autocar del Inter en su estadio. El Inter es otro de los demonios del Atalanta. La razón, dicen, es que ambos equipos comparten colores, azul y negro, y lucen camisetas idénticas. Así de tontas son esas cosas. Los interistas, en la segunda vuelta, intentaron quemar el autobús bergamasco, pero la policía, avisada, lo impidió. Entonces tuvieron una idea. Se les ocurrió una barbaridad que dio la vuelta al mundo: introdujeron en la tribuna un ciclomotor y lo arrojaron sobre el césped. Fue casi un linchamienteo simbólico de los motorini, una burla grotesca.
Ayer se disputó el derby Atalanta-Brescia, uno de esos encuentros de alto riesgo en los que suele verse de todo menos fútbol. La estación de tren de Bérgamo y el estadio municipal fueron tomados por la policía y aun así no se pudo evitar la violencia. Dos horas antes de que se empezara a jugar ya había porrazos. Dos horas después del final seguían los disturbios. Entre tanto, el partido había concluido con un miserable empate a cero. Entre ambos equipos sumaron un tiro a puerta, flojo y a las manos del portero.
El entrenador del Atalanta, Andrea Mandorlini, dice pertenecer a la larga lista de discípulos del gran Zdenek Zeman y, como otros muchos técnicos modestos del calcio, proclama que la regeneración pasa por el juego de ataque. Es la moda de este año. Si Zeman hace maravillas en el Lecce alineando tres puntas, la solución a todos los males debe ser ésa. Zeman, sin embargo, sólo hay uno. Y sólo él dispone de un atacante como Bojinov. Sus presuntos discípulos diseñan unas tácticas ofensivas que no tienen nada que envidiar al viejo catenaccio. Y eso lo reconoce el propio técnico de Lecce: en Italia se está volviendo al cerrojo, con el ridículo añadido de las ínfulas de vistosidad.
Debe de tener razón Zeman cuando dice que la Liga de 20 equipos, máxima expresión del negocio futbolístico, sólo produce tedio y amargura. El tedio se ve en partidos como el que ayer enfrentó al Lecce con sus enemigos de la Juventus sobre un césped impracticable por la lluvia. En otro tiempo se habría aplazado. Ahora no se puede: el calendario está lleno. Hubo que jugar y ganó la Juve de Fabio Capello, aburrida y mortífera a partes iguales.
La amargura es la de quienes no ganan nunca, como el Atalanta. En Bérgamo, casi todo el mundo es del Milan. El pobre Atalanta acaba siendo poco más que una excusa para liar la bronca y salir en televisión. Una lástima.

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