Antes de cada partido, en cada Copa del Mundo, los jugadores escuchan y tararean sus himnos patrios. Por regla general, salvo algunas excepciones, los himnos los invitan a matar y a morir. Esos cánticos marciales profieren terribles amenazas, convocan a la guerra, insultan a los extranjeros y exhortan a hacerlos picadillo o con gloria sucumbir en heroicos baños de sangre.
Ya vamos para el campeonato mundial número dieciocho. A lo largo de los Mundiales se ha visto que no faltan los jugadores dispuestos a actuar como obedientes soldados, siempre dispuestos a castigar con feroces patadas a los enemigos de la patria, y sobre todo a los que cometen la imperdonable ofensa de jugar lindamente. Pero, la verdad sea dicha, la gran mayoría de los jugadores no ha hecho caso a las órdenes que sus himnos imparten, ni a los delirios épicos de ciertos periodistas que compiten con los himnos, ni a las instrucciones carniceras de algunos dirigentes y directores técnicos, ni a los clamores guerreros de unos cuantos energúmenos en las gradas.
Ojalá los jugadores, o al menos la mayoría de los jugadores, se sigan haciendo los sordos en el Mundial que viene. Y que no se confundan a la hora de elegir entre la guerra o la fiesta.
Este blog nace en 2004 para recoger los mejores artículos de ENRIC GONZÁLEZ en El País, El Mundo, o donde le dé la gana. A partir de ahí, aquí cabe todo aquello que pueda robar a quien quiera que escriba algo, lo que sea, que no me haga sentir imbécil cuando se hable de fútbol. JM Román
jueves, noviembre 24, 2005
martes, noviembre 22, 2005
EL RETORNO DEL MALDITO
En Italia se lleva este año el delantero gigante. Luca Toni, el futbolista tocho que maduró tarde, mide 1,94 metros: ayer marcó otros dos goles -ya son 15 en el campeonato- y fue el principal responsable de que el Fiorentina venciera al Milan y alcanzara la segunda posición. Zlatan Ibrahimovic, la furia balcano-escandinava del Juventus, mide 1,92: el sábado fabricó un gol fabuloso desde la línea de medio campo que hundió al Roma y abrió camino a una goleada. Adriano Leite, única esperanza de un Inter que empieza peleando por el scudetto y acaba peleándose con su sombra, mide 1,89. Christian Vieri, que apura el final de su carrera en el Milan, mide 1,85. Alberto Gilardino, que en el Milan es ya más titular que Shevchenko, mide 1,84: como Toni, su pareja de baile en la selección, marcó dos goles en el Fiorentina-Milan aunque el segundo fuera anulado por razones vagas.
El tonelaje está de moda. Y hace soñar a los italianos. El dúo Toni-Gilardino, con Totti y Pirlo detrás, ha dado a la selección de Lippi una ferocidad considerable. Sólo falta que regrese Buffon (1,90) a la portería para completar un once de peso que la gente se sabe de memoria. En el dulce sopor de la sobremesa, los tifosi empiezan a sentir las emociones de una final mundialista contra Brasil.
Podría ser. Los sueños, sin embargo, requieren coherencia, como la literatura y la contabilidad. Y el esquema onírico falla si no encaja en los esquemas de 1982. ¿Dónde está hoy Paolo Rossi?
Rossi, máximo goleador en 1982 y encarnación del último gran éxito internacional del fútbol italiano, era un tipo relativamente canijo y dotado de un talento misterioso. Resultaba claro que sabia jugar. Lo que no estaba claro era el puesto que le correspondía en el campo. Empezó como extremo -en la tradición del bajito habilidoso del tipo Conti o Causio-, probó en la mediapunta y acabó en el área por falta de otras alternativas. En el área demostró ser un tipo peligroso. Tenía tanto peligro que se hundió a sí mismo: antes de la cita española fue descalificado por participar en el gigantesco fraude del Tottocalcio, la quiniela local. Rossi era uno de los futbolistas que amañaban partidos para que el resultado coincidera con su propia apuesta.
La federación le levantó el castigo para que pudiera jugar el Mundial. Hubo una gran polémica porque el hombre no podía estar en forma tras muchos meses en el dique seco. Luego, se puso a marcar goles y nadie se acordó ni de las apuestas, ni de las sanciones ni de la inactividad forzosa.
Para soñar de forma coherente con el Mundial del verano próximo, los italianos deben incluir en el relato a un maldito que llega a última hora, roba el puesto a un titular indiscutible y aporta las dosis de locura impredecible que permiten vencer, como entonces, a un Brasil superior. El maldito, esta vez, no puede ser otro que Antonio Cassano.
Cassano, feo, bajito y muy raro de carácter, criado en las calles más peligrosas de Bari y crecido en la exuberancia romana, es el gran ausente del actual campeonato. Los propietarios del Roma le ofrecieron renovar el contrato, que expira en junio. No aceptó las condiciones y desde entonces está proscrito. O no se le convoca o, para que duela más, se le convoca con los juveniles. Los romanistas han dejado de quererle. Todo el mundo supone que en enero, cuando se reabra el mercado, el Roma lo venderá al Juventus o al Inter para sacar algún beneficio del ídolo caído: la situación es demasiado triste para prolongarla hasta fin de temporada.
Cassano vuelve, Cassano viaja a Alemania, Cassano aporta a una selección de gran tonelaje unos vitales gramos de genio. La trama se desarrolla necesariamente así porque los sueños, a diferencia de la vida, han de tener algún sentido. En la vida real puede pasar cualquier cosa, como que gane Alemania. En los sueños juega Cassano y Alemania no gana nunca.
El tonelaje está de moda. Y hace soñar a los italianos. El dúo Toni-Gilardino, con Totti y Pirlo detrás, ha dado a la selección de Lippi una ferocidad considerable. Sólo falta que regrese Buffon (1,90) a la portería para completar un once de peso que la gente se sabe de memoria. En el dulce sopor de la sobremesa, los tifosi empiezan a sentir las emociones de una final mundialista contra Brasil.
Podría ser. Los sueños, sin embargo, requieren coherencia, como la literatura y la contabilidad. Y el esquema onírico falla si no encaja en los esquemas de 1982. ¿Dónde está hoy Paolo Rossi?
Rossi, máximo goleador en 1982 y encarnación del último gran éxito internacional del fútbol italiano, era un tipo relativamente canijo y dotado de un talento misterioso. Resultaba claro que sabia jugar. Lo que no estaba claro era el puesto que le correspondía en el campo. Empezó como extremo -en la tradición del bajito habilidoso del tipo Conti o Causio-, probó en la mediapunta y acabó en el área por falta de otras alternativas. En el área demostró ser un tipo peligroso. Tenía tanto peligro que se hundió a sí mismo: antes de la cita española fue descalificado por participar en el gigantesco fraude del Tottocalcio, la quiniela local. Rossi era uno de los futbolistas que amañaban partidos para que el resultado coincidera con su propia apuesta.
La federación le levantó el castigo para que pudiera jugar el Mundial. Hubo una gran polémica porque el hombre no podía estar en forma tras muchos meses en el dique seco. Luego, se puso a marcar goles y nadie se acordó ni de las apuestas, ni de las sanciones ni de la inactividad forzosa.
Para soñar de forma coherente con el Mundial del verano próximo, los italianos deben incluir en el relato a un maldito que llega a última hora, roba el puesto a un titular indiscutible y aporta las dosis de locura impredecible que permiten vencer, como entonces, a un Brasil superior. El maldito, esta vez, no puede ser otro que Antonio Cassano.
Cassano, feo, bajito y muy raro de carácter, criado en las calles más peligrosas de Bari y crecido en la exuberancia romana, es el gran ausente del actual campeonato. Los propietarios del Roma le ofrecieron renovar el contrato, que expira en junio. No aceptó las condiciones y desde entonces está proscrito. O no se le convoca o, para que duela más, se le convoca con los juveniles. Los romanistas han dejado de quererle. Todo el mundo supone que en enero, cuando se reabra el mercado, el Roma lo venderá al Juventus o al Inter para sacar algún beneficio del ídolo caído: la situación es demasiado triste para prolongarla hasta fin de temporada.
Cassano vuelve, Cassano viaja a Alemania, Cassano aporta a una selección de gran tonelaje unos vitales gramos de genio. La trama se desarrolla necesariamente así porque los sueños, a diferencia de la vida, han de tener algún sentido. En la vida real puede pasar cualquier cosa, como que gane Alemania. En los sueños juega Cassano y Alemania no gana nunca.
domingo, noviembre 20, 2005
SOBRE COMPATIBILIDADES. FÚTBOL Y LITERATURA SEGÚN JORGE VALDANO
“Leer un libro no sirve para jugar mejor al fútbol ni jugar un partido sirve para hacer mejor literatura. Dos juegos (fútbol y literatura) que tienen diferentes modos de expresión y que resultan compatibles a fuerza de ser distintos. Esa relación de amor-odio entre ambas disciplinas nace de la desconfianza que siempre ha tenido la mente con respecto al cuerpo. Los intelectuales se desmarcaron del fútbol por considerarlo una expresión popular menor, por deducir que era, como la religión, "el opio del pueblo", por desconfianza hacia la masa y, finalmente, por snobismo. Por su parte, el mundo del fútbol presumía de hombría en el peor sentido, esto es desde la exhibición de la brutalidad”.
sábado, noviembre 19, 2005
IRREMEDIABLEMENTE INGENUOS por Javier Marías
El autor rememora los clásicos duelos de pluma, ingenio y sentimiento con el que fuera su rival azulgrana, Manuel Vázquez Montalbán, aquellos que tanto hicieron disfrutar desde las páginas de El País cada vez que se producía un Madrid-Barça o un Barça-Real Madrid
Desde que murió Vázquez Montalbán, con quien solía compartir esta página los días de Madrid-Barça o Barça-Madrid, EL PAÍS no había vuelto a solicitarme unas líneas para celebrar el acontecimiento. Pensé que se me había decidido jubilar de la tarea por respeto a mi "pareja rival de hecho" de tantos años, y no me parecía mal esa medida. Ahora veo que probablemente ha sido un periodo de luto, eso que hoy tan poco se observa. Él no llegó a ver al Barcelona campeón de la última temporada, ni al descubrimiento madridista Eto'o vestido de azulgrana, ni disfrutó apenas de la inteligencia y el sosiego de Rijkaard, que han hecho de su equipo una maquinaria imperturbable, no sólo en el ganar sino asimismo en el perder, lo cual tiene incalculable mérito en un club más bien dado a la exasperación y a la histeria. Lo siento mucho por él, porque habría estado contento de ver lo que sus cambiantes pero eternos ídolos (los jugadores son simplemente eso, "nuestros jugadores", sin edad y en cualquier época) son capaces de hilvanar sobre la hierba.
En las dos temporadas transcurridas desde su muerte en Bangkok, yo me he puesto de luto por el Real Madrid, y no ha sido para menos. Ese tiempo llevamos sin ganar nada. Se echó de mala manera a Del Bosque, se fue Valdano, salió Hierro por la puerta trasera, vino un tal Queiroz del que nadie se acuerda, vino Camacho (un fichaje descabellado, abocado al fracaso), deambuló el honrado García Remón por el banquillo, apareció un brasileño con nombre de Gran Ducado que cree hablar español y al que sin embargo se entiende tan mal como a Saramago, y cuando nos explica el fútbol aún peor, yo creo; se trajo y se despidió a Owen sin que se sepa por qué, en ningún caso; se contrató a un extraño mecano que arrastra el pie, llamado Gravesen. El más imaginativo jugador del equipo, Guti, continúa sin ser titular fijo y estuvo a punto de ser arrojado al Atlético de Madrid, santo cielo. A Beckham se le tuvo dos años correteando sin ton ni son por el campo, en vez de dejarle centrar desde su banda, casi lo único que sabe hacer (pero de maravilla). Como suele ocurrir entre el Madrid y el Barça, la exasperación y la histeria se las ha trasladado el segundo al primero, y el primero le ha contagiado el aplomo al segundo.
Ambos clubes, mientras tanto, se han hecho más antipáticos. El Madrid se asemeja demasiado a una empresa a la que importan enormemente los beneficios y escasamente lo que ocurre en el césped y en las gradas. A los últimos canteranos de altura (Raúl, Guti, Casillas) se les nota decepcionados por la falta de herederos, y sin gente de la casa el Madrid emociona menos, porque la Liga Paulista puede divertir al público si no hay nada más apasionante que echarse a los ojos, pero ver a Ronaldo, Robinho, Roberto Carlos y Baptista contra Ronaldinho, Deco, Belletti y Silvinho, la verdad, no enciende. En cuanto al Barça, se ha convertido ya del todo en el equipo oficial de la Generalitat, y todo equipo de los gobernantes es, por así decirlo, un equipo sin alma, usurpado.
Así que sólo resta hacer abstracción de cuanto rodea hoy al fútbol y quedarse sólo con los jugadores, y, en lo que respecta a éstos, olvidarse de sus nombres y procedencias y fijarse sólo en que llevan puesto nuestro uniforme de siempre (bueno, eso el Barça sólo a medias, con ese absurdo pantalón rojo de este año, que no sé cómo su afición permite). Algo es algo, y ese algo es lo principal, misteriosamente. Porque estoy convencido de que cuando esta noche empiece el partido, los sentimientos será los mismos que cuando a un lado estaba Di Stéfano y al otro Kubala, a uno Netzer, o Butragueño y Míchel, y a otro Cruyff, o Marcial y Rexach; pese a todo. Tal como vinieron jugando ambos equipos, me daré con un canto en los dientes si el resultado es menos humillante que un 0-3 rotundo. Eso lo pienso ahora, en frío. Pero sé que en cuanto el balón eche a rodar, mis estúpidas esperanzas me harán clamar por un 3-0. Vázquez Montalbán lo sabía: el verde de la hierba, y sobre él el blanco y el azulgrana, borran todo escarmiento y nos llevan a ser siempre irremediablemente ingenuos.
Javier Marías, escritor
Desde que murió Vázquez Montalbán, con quien solía compartir esta página los días de Madrid-Barça o Barça-Madrid, EL PAÍS no había vuelto a solicitarme unas líneas para celebrar el acontecimiento. Pensé que se me había decidido jubilar de la tarea por respeto a mi "pareja rival de hecho" de tantos años, y no me parecía mal esa medida. Ahora veo que probablemente ha sido un periodo de luto, eso que hoy tan poco se observa. Él no llegó a ver al Barcelona campeón de la última temporada, ni al descubrimiento madridista Eto'o vestido de azulgrana, ni disfrutó apenas de la inteligencia y el sosiego de Rijkaard, que han hecho de su equipo una maquinaria imperturbable, no sólo en el ganar sino asimismo en el perder, lo cual tiene incalculable mérito en un club más bien dado a la exasperación y a la histeria. Lo siento mucho por él, porque habría estado contento de ver lo que sus cambiantes pero eternos ídolos (los jugadores son simplemente eso, "nuestros jugadores", sin edad y en cualquier época) son capaces de hilvanar sobre la hierba.
En las dos temporadas transcurridas desde su muerte en Bangkok, yo me he puesto de luto por el Real Madrid, y no ha sido para menos. Ese tiempo llevamos sin ganar nada. Se echó de mala manera a Del Bosque, se fue Valdano, salió Hierro por la puerta trasera, vino un tal Queiroz del que nadie se acuerda, vino Camacho (un fichaje descabellado, abocado al fracaso), deambuló el honrado García Remón por el banquillo, apareció un brasileño con nombre de Gran Ducado que cree hablar español y al que sin embargo se entiende tan mal como a Saramago, y cuando nos explica el fútbol aún peor, yo creo; se trajo y se despidió a Owen sin que se sepa por qué, en ningún caso; se contrató a un extraño mecano que arrastra el pie, llamado Gravesen. El más imaginativo jugador del equipo, Guti, continúa sin ser titular fijo y estuvo a punto de ser arrojado al Atlético de Madrid, santo cielo. A Beckham se le tuvo dos años correteando sin ton ni son por el campo, en vez de dejarle centrar desde su banda, casi lo único que sabe hacer (pero de maravilla). Como suele ocurrir entre el Madrid y el Barça, la exasperación y la histeria se las ha trasladado el segundo al primero, y el primero le ha contagiado el aplomo al segundo.
Ambos clubes, mientras tanto, se han hecho más antipáticos. El Madrid se asemeja demasiado a una empresa a la que importan enormemente los beneficios y escasamente lo que ocurre en el césped y en las gradas. A los últimos canteranos de altura (Raúl, Guti, Casillas) se les nota decepcionados por la falta de herederos, y sin gente de la casa el Madrid emociona menos, porque la Liga Paulista puede divertir al público si no hay nada más apasionante que echarse a los ojos, pero ver a Ronaldo, Robinho, Roberto Carlos y Baptista contra Ronaldinho, Deco, Belletti y Silvinho, la verdad, no enciende. En cuanto al Barça, se ha convertido ya del todo en el equipo oficial de la Generalitat, y todo equipo de los gobernantes es, por así decirlo, un equipo sin alma, usurpado.
Así que sólo resta hacer abstracción de cuanto rodea hoy al fútbol y quedarse sólo con los jugadores, y, en lo que respecta a éstos, olvidarse de sus nombres y procedencias y fijarse sólo en que llevan puesto nuestro uniforme de siempre (bueno, eso el Barça sólo a medias, con ese absurdo pantalón rojo de este año, que no sé cómo su afición permite). Algo es algo, y ese algo es lo principal, misteriosamente. Porque estoy convencido de que cuando esta noche empiece el partido, los sentimientos será los mismos que cuando a un lado estaba Di Stéfano y al otro Kubala, a uno Netzer, o Butragueño y Míchel, y a otro Cruyff, o Marcial y Rexach; pese a todo. Tal como vinieron jugando ambos equipos, me daré con un canto en los dientes si el resultado es menos humillante que un 0-3 rotundo. Eso lo pienso ahora, en frío. Pero sé que en cuanto el balón eche a rodar, mis estúpidas esperanzas me harán clamar por un 3-0. Vázquez Montalbán lo sabía: el verde de la hierba, y sobre él el blanco y el azulgrana, borran todo escarmiento y nos llevan a ser siempre irremediablemente ingenuos.
Javier Marías, escritor
jueves, noviembre 17, 2005
FÚTBOL, LA GUERRA O LA FIESTA (5/6) por Eduardo Galeano
En Medellín, una de las ciudades más violentas del mundo, nació y se desarrolló el proyecto "Fútbol por la paz", que durante algún tiempo funcionó con milagroso éxito. Mientras duró, demostró que no era imposible cambiar balazos por pelotazos.
El fútbol resultó ser el único lenguaje alternativo para las bandas armadas de los diversos barrios, acostumbradas a dialogar a tiros. Jugando al fútbol, los enemigos empezaron a conocerse entre sí, al principio de muy mala manera y en cada partido un poquito mejor. Y los muchachos empezaron a aprender que la guerra no es el único modo de vida posible.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
El fútbol resultó ser el único lenguaje alternativo para las bandas armadas de los diversos barrios, acostumbradas a dialogar a tiros. Jugando al fútbol, los enemigos empezaron a conocerse entre sí, al principio de muy mala manera y en cada partido un poquito mejor. Y los muchachos empezaron a aprender que la guerra no es el único modo de vida posible.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
miércoles, noviembre 16, 2005
UN SALUDO A LA BASURA
Permiso para romper un poco la línea seguida, pero quiero hacerme eco de algunas entradas que he podido leer en otros blogs futboleros (Notas de Fútbol, Perarnau blog, etc) en los que encuentro unanimidad, asombro, vergüenza ajena y repulsión hacia la telebasura deportiva (para ser justos futbolística) que está comenzando a imperar. Y me sumo a ellos.
Digo esto desde la incredulidad que me proporciona haber visto, reconozco que a ratos ya que no podía soportar hacerlo de una tirada, el programa Maracaná 05 de Cuatro. Incredulidad porque dicen que está hecho por la misma gente que nos dio tantas alegrías durante 15 años con El Día Después o con cualquier programa deportivo salido de la factoría Canal +, incredulidad por algunos de los personajes que se han embarcado en este proyecto (Paco González, Michael Robinson y Julio Maldonado), incredulidad porque, aunque no lo pareciera, el fútbol (Estudio Estadio, Estadio 2, retransmisiones de TVE, El Día Después, El Tercer Tiempo, retrasmisiones de Canal +, etc) había sido uno de los pocos ámbitos donde la calidad encontraba un pequeño resquicio en la televisión. Hoy parece que la nueva estrategia, acorde con los que tiempos que corren, es acabar con todo lo anterior y apostar por la nadería más absoluta, eso sí, con grandes dosis de zafiedad incorporada (El Rondo, Maracaná 05).
Viendo este programa me preguntaba qué estaría pasando por la cabeza de mi admirado Carlos Boyero, contertulio (espero que) circunstancial de Maracaná 05, cuando se vio sumido en ese espetáculo banal. Anoche quería seguir escuchándolo hablar de su amado Zidane, pero fue imposible. Por otro lado, ¿será verdad que Santiago Segurola se quitó del cartel?
¿Tan complicado era aprovechar la inercia de calidad dejada después de 15 años de grandes programas en Canal +? Espero que sólo fuera un mal día.
Ahora que lo pienso mejor, me temo que no. Pero tampoco es tan importante.
Digo esto desde la incredulidad que me proporciona haber visto, reconozco que a ratos ya que no podía soportar hacerlo de una tirada, el programa Maracaná 05 de Cuatro. Incredulidad porque dicen que está hecho por la misma gente que nos dio tantas alegrías durante 15 años con El Día Después o con cualquier programa deportivo salido de la factoría Canal +, incredulidad por algunos de los personajes que se han embarcado en este proyecto (Paco González, Michael Robinson y Julio Maldonado), incredulidad porque, aunque no lo pareciera, el fútbol (Estudio Estadio, Estadio 2, retransmisiones de TVE, El Día Después, El Tercer Tiempo, retrasmisiones de Canal +, etc) había sido uno de los pocos ámbitos donde la calidad encontraba un pequeño resquicio en la televisión. Hoy parece que la nueva estrategia, acorde con los que tiempos que corren, es acabar con todo lo anterior y apostar por la nadería más absoluta, eso sí, con grandes dosis de zafiedad incorporada (El Rondo, Maracaná 05).
Viendo este programa me preguntaba qué estaría pasando por la cabeza de mi admirado Carlos Boyero, contertulio (espero que) circunstancial de Maracaná 05, cuando se vio sumido en ese espetáculo banal. Anoche quería seguir escuchándolo hablar de su amado Zidane, pero fue imposible. Por otro lado, ¿será verdad que Santiago Segurola se quitó del cartel?
¿Tan complicado era aprovechar la inercia de calidad dejada después de 15 años de grandes programas en Canal +? Espero que sólo fuera un mal día.
Ahora que lo pienso mejor, me temo que no. Pero tampoco es tan importante.
lunes, noviembre 14, 2005
RAROS O MUY RAROS
Los grandes futbolistas se dividen en dos categorías: los raros y los muy raros. Los raros son los que viven en su propio mundo, con biorritmos absurdos y un discurso mental apenas comprensible. Gente como Garrincha, con un coeficiente intelectual tan bajo que apenas entendía las reglas del juego; como Romario, que vivía de noche y entre siesta y siesta marcaba goles mágicos; como Best o Maradona, que sólo interrumpían su metódico proceso de autodestrucción cuando saltaban al campo. Luego están los muy raros, los que poseen tal fortaleza mental que son capaces de vencer la duda, la fatiga, la rabia y el peso de su propio icono (la adulación masiva y la transformación en símbolo local o nacional son potencialmente fatales para un hombre joven) y mantienen fresca la voluntad de victoria durante toda su carrera. Di Stéfano, Pelé, Maldini, Beckenbauer, Charlton, Baresi o Shevchenko son ejemplos.
En el lado de acá, en el de la normalidad, se quedan los que, pese a unas exquisitas condiciones técnicas o un físico privilegiado, padecen, como casi todo el mundo, crisis de fe en sí mismos, o arrebatos de soberbia, o episodios abúlicos. O simple pereza. Por citar un caso: si Totti tuviera un cerebro a juego con sus piernas, sería el colmo. ¿Y si Ronaldo se entrenara como Maldini? Nunca se sabrá porque nunca se dará el caso.
Todo esto viene a cuento de Adriano. El delantero del Inter, de 24 años, acabó la temporada pasada en una forma espléndida, después de un verano donde había hecho una Copa de América sensacional con Brasil y en el otoño parecía por encima de cualquier rival. Era imparable. Tuvo incluso un detalle de los que definen a los grandes, a los muy raros: viajó a Brasil para enterrar a su padre y al regreso, casi directamente desde el aeropuerto, se unió a sus compañeros para jugar un partidazo en la Copa de Europa. Mente fuerte, dijo la gente. Un fenómeno.
Y entonces llegó una pequeña lesión, una nadería que le permitió descansar un par de jornadas. Se esperaba que volviera como un ciclón. Y, sin embargo, volvió irreconocible. El último gol en jugada de uno de los arietes más cotizados del planeta, un tipo por el que el Chelsea ofrecía 50 millones de euros, data del 4 de diciembre. En ese encuentro, contra el Messina, marcó tres. Después se apagó.
Desde entonces, Adriano lo intenta todo y no consigue nada. Es lento y previsible. El técnico interista, Roberto Mancini, se rindió a la evidencia y le dejó en el banquillo en un partido tan importante desde el punto de vista emocional como el derby contra el Milan.
Físicamente, está bien, lo que reduce el problema al ámbito mental. Dentro de ese ámbito, caben dos explicaciones: o no tiene confianza en sí mismo o padece el síndrome quiero-largarme-de-aquí, también conocido en San Siro como ronalditis. Ambas hipótesis le dejan fuera de la auténtica élite, la de los raros y muy raros que se portan como campeones incluso en las peores circunstancias. Hay, sin embargo, matices. La falta de confianza puede curarse del todo. La ronalditis es tratable con grandes dosis de dinero, adulación y caprichos, pero suele resultar crónica, con síntomas muy desagradables a la vista y graves efectos en el entorno del enfermo.
Habrá que esperar y estar muy atentos para comprobar si lo de Adriano tiene o no tiene arreglo.
En el lado de acá, en el de la normalidad, se quedan los que, pese a unas exquisitas condiciones técnicas o un físico privilegiado, padecen, como casi todo el mundo, crisis de fe en sí mismos, o arrebatos de soberbia, o episodios abúlicos. O simple pereza. Por citar un caso: si Totti tuviera un cerebro a juego con sus piernas, sería el colmo. ¿Y si Ronaldo se entrenara como Maldini? Nunca se sabrá porque nunca se dará el caso.
Todo esto viene a cuento de Adriano. El delantero del Inter, de 24 años, acabó la temporada pasada en una forma espléndida, después de un verano donde había hecho una Copa de América sensacional con Brasil y en el otoño parecía por encima de cualquier rival. Era imparable. Tuvo incluso un detalle de los que definen a los grandes, a los muy raros: viajó a Brasil para enterrar a su padre y al regreso, casi directamente desde el aeropuerto, se unió a sus compañeros para jugar un partidazo en la Copa de Europa. Mente fuerte, dijo la gente. Un fenómeno.
Y entonces llegó una pequeña lesión, una nadería que le permitió descansar un par de jornadas. Se esperaba que volviera como un ciclón. Y, sin embargo, volvió irreconocible. El último gol en jugada de uno de los arietes más cotizados del planeta, un tipo por el que el Chelsea ofrecía 50 millones de euros, data del 4 de diciembre. En ese encuentro, contra el Messina, marcó tres. Después se apagó.
Desde entonces, Adriano lo intenta todo y no consigue nada. Es lento y previsible. El técnico interista, Roberto Mancini, se rindió a la evidencia y le dejó en el banquillo en un partido tan importante desde el punto de vista emocional como el derby contra el Milan.
Físicamente, está bien, lo que reduce el problema al ámbito mental. Dentro de ese ámbito, caben dos explicaciones: o no tiene confianza en sí mismo o padece el síndrome quiero-largarme-de-aquí, también conocido en San Siro como ronalditis. Ambas hipótesis le dejan fuera de la auténtica élite, la de los raros y muy raros que se portan como campeones incluso en las peores circunstancias. Hay, sin embargo, matices. La falta de confianza puede curarse del todo. La ronalditis es tratable con grandes dosis de dinero, adulación y caprichos, pero suele resultar crónica, con síntomas muy desagradables a la vista y graves efectos en el entorno del enfermo.
Habrá que esperar y estar muy atentos para comprobar si lo de Adriano tiene o no tiene arreglo.
viernes, noviembre 11, 2005
LA ELÁSTICA, UN REGATE
Ronaldo ha explicado decenas de veces aquel regate angular con el que le anudó las neuronas a Delfí Geli en la Supercopa 96-97. Puestos a sacarle un parecido, bien podríamos decir que fue la radiografía de un relámpago. Un destello azul hacia la izquierda, enganchado a un resplandor blanquecino por la derecha. Ronaldo ha indicado que en Brasil llaman La Elástica a esa cinta quebrada, quizá porque sería un gesto sólo posible en quienes tienen el pie de hule. Después, aclaró que es una pieza catalogada en la arqueología del fútbol de su país, y que él la descubrió, como se descubre una joya familiar al fondo de un viejo baúl, en la videoteca de Rivelino, aquel 10 agitanado que usaba las guías de su enorme bigote de bucanero como telémetro. Con ellas lograba medir distancias y hacer puntería.
Conviene indicar que en España este pase magnético no era una experiencia nueva. Ya habíamos visto ese mismo recurso de prestidigitador en la chistera de Fernando Redondo, si bien esta versión tenía el dibujo invertido como corresponde a un actor zurdo; o sea, a uno de esos tipos misteriosos que ven el mundo al revés y juegan al otro lado del espejo. Redondo arrastraba el balón hacia la derecha, le cambiaba el perfil al defensor contrario, hacía una torsión corporal, escapaba por el otro costado, y atajaba hacia el palo por el callejón del 10.
Muchos años atrás, había hecho carrera con ese recurso su verdadero descubridor: el gran Mané Garrincha. Como todo pionero, aquel chueco de color café marcaba mucho más las aristas del invento. En vez de arrastrar la pelota en un solo viaje a un lado y a otro, él daba dos toquecitos, tip para dentro, tap para fuera; luego rompía hacia el banderín de córner derecho, y desde allí facturaba un centro sobre puerta que era tres cuartos de gol. En los días felices de la selección de Brasil, un tal Pelé se encargaba de firmar la diablura en la boca de gol.
Sabemos finalmente que cierta noche, en el Camp Nou, Romario de Sousa Faría encaró a Alkorta, y consiguió sintetizar aquella cinta en una sola curva excéntrica.
No hay otros antecedentes oficiales de esa pieza mágica. Quien quiera investigar más allá de lo visible tiene un solo camino. Debe perderse en los más lejanos arrabales de Brasil, buscar a los niños contrahechos, y poner atención a todos los ardides que utilizan para compensar sus penas.
Porque es indudable que un atleta perfecto jamás buscaría la salvacíón fuera de su propia musculatura.
Conviene indicar que en España este pase magnético no era una experiencia nueva. Ya habíamos visto ese mismo recurso de prestidigitador en la chistera de Fernando Redondo, si bien esta versión tenía el dibujo invertido como corresponde a un actor zurdo; o sea, a uno de esos tipos misteriosos que ven el mundo al revés y juegan al otro lado del espejo. Redondo arrastraba el balón hacia la derecha, le cambiaba el perfil al defensor contrario, hacía una torsión corporal, escapaba por el otro costado, y atajaba hacia el palo por el callejón del 10.
Muchos años atrás, había hecho carrera con ese recurso su verdadero descubridor: el gran Mané Garrincha. Como todo pionero, aquel chueco de color café marcaba mucho más las aristas del invento. En vez de arrastrar la pelota en un solo viaje a un lado y a otro, él daba dos toquecitos, tip para dentro, tap para fuera; luego rompía hacia el banderín de córner derecho, y desde allí facturaba un centro sobre puerta que era tres cuartos de gol. En los días felices de la selección de Brasil, un tal Pelé se encargaba de firmar la diablura en la boca de gol.
Sabemos finalmente que cierta noche, en el Camp Nou, Romario de Sousa Faría encaró a Alkorta, y consiguió sintetizar aquella cinta en una sola curva excéntrica.
No hay otros antecedentes oficiales de esa pieza mágica. Quien quiera investigar más allá de lo visible tiene un solo camino. Debe perderse en los más lejanos arrabales de Brasil, buscar a los niños contrahechos, y poner atención a todos los ardides que utilizan para compensar sus penas.
Porque es indudable que un atleta perfecto jamás buscaría la salvacíón fuera de su propia musculatura.
miércoles, noviembre 09, 2005
FÚTBOL, LA GUERRA O LA FIESTA (4/6) por Eduardo Galeano
Los estadios de fútbol son los únicos escenarios donde se abrazan los etíopes y los eritreos. Durante los torneos interafricanos, los jugadores de esas selecciones consiguen olvidar por un rato la larga guerra que periódicamente rebrota entre sus países.
Y después del genocidio que ensangrentó a Ruanda, el fútbol es el único instrumento de conciliación que no ha fracasado. Los hutus y los tutsis se mezclan en las hinchadas de los clubes y juegan juntos en los diversos equipos y en la selección nacional. El fútbol abre un espacio para la resurrección del respeto mutuo que reinaba entre ellos, antes de que los poderes coloniales, el alemán primero y el belga después, los dividiera para reinar.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
Y después del genocidio que ensangrentó a Ruanda, el fútbol es el único instrumento de conciliación que no ha fracasado. Los hutus y los tutsis se mezclan en las hinchadas de los clubes y juegan juntos en los diversos equipos y en la selección nacional. El fútbol abre un espacio para la resurrección del respeto mutuo que reinaba entre ellos, antes de que los poderes coloniales, el alemán primero y el belga después, los dividiera para reinar.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
martes, noviembre 08, 2005
LA "CUCHARA" DE TOTTI
"Mo je faccio er cucchiaio", dijo Totti. Y a Maldini le sonó tan raro como a cualquier lector español. Luego, cuando el tótem milanista tradujo mentalmente del romanesco al italiano, la cosa le sonó aún más marciana. En aquellas circunstancias, lo último que podía uno esperarse era un cucchiaio del romano más castizo desde Alberto Sordi. Maldini se quedó lívido.
Era el 29 de junio de 2000 y la semifinal Italia-Holanda del Europeo acababa de terminar en empate. Se jugaba en Holanda y los italianos, encerrados en el círculo central, hablaban de quién tiraba los penaltis. Di Biagio fue el primero en reconocer que la cosa imponía. "Francesco, yo tengo miedo", dijo. Y Francesco Totti, en su romanesco cerrado: "A quién se lo dices. ¿Has visto lo grande que es aquél?", resopló, señalando al portero Van der Saar. Di Biagio: "Pues sí que me animas". Entonces llegó la frase inmortal: "Nun te preoccupá, mo je faccio er cucchiaio". O sea, "no te preocupes, yo le hago la cuchara".
El gran jefe Maldini tenía la oreja puesta y al cabo de unos segundos, cuando comprendió, se dirigió con gran alarma hacia Totti. "¿Pero estás loco? Estamos en una semifinal del Europeo". Pero Totti ya tenía la idea clavada en el entrecejo: "Sí, sí, le hago la cuchara".
"Er cucchiaio", "la cuchara", es la marca de fábrica del mejor futbolista italiano. Un toque suave, por debajo del balón, que eleva la trayectoria unos metros y luego la deposita en el suelo, dentro de la portería. Una de esas jugadas caprichosas que pueden hacerse cuando se gana por mucho y queda muy poco partido. Una burla amable al contrario y un guiño al público. Una broma, algo que no se hace en el momento más crucial del año. Lo que pasa es que Totti es Totti. El capitán del Roma tendría poco de qué hablar con Einstein, pero la inconsciencia le da a su juego el toque de locura y genio de los grandes idiotas del fútbol: Totti forma parte de la dinastía de Garrincha, Best, Gascoigne, Cassano. Con la ventaja de no ser cojo, ni alcohólico, ni paranoico.
Cuando le tocó lanzar a Francé Totti, caminó hacia el punto de lanzamiento, miró a aquel portero holandés tan grande, se aproximó al cuero y lo acarició en el vientre. El balón partió en cámara lenta, como un globo de feria, hacia el centro del marco. Van der Saar, en cámara rápida, se había lanzado ya hacia un costado. Y el penalti entró como un suspiro, dulce, desmayado, con la miel de un beso y el ritmo preciso de un buen chiste.
Totti publicará el año próximo un manual de fútbol que se titulará, cómo no, "Mo je faccio er cucchiaio". Será su tercera obra, tras las memorables Los chistes sobre Totti contados por mí mismo y Los nuevos chistes sobre Totti contados por mí mismo. No los escribe él, pobrecito, pero en este caso no importa, porque los beneficios (una millonada) se destinan a beneficencia. Totti es, seguramente, el futbolista que más dinero ha aportado a obras de caridad, el que ha visitado más asilos y hospitales y el que más ha hecho por su ciudad.
Era el 29 de junio de 2000 y la semifinal Italia-Holanda del Europeo acababa de terminar en empate. Se jugaba en Holanda y los italianos, encerrados en el círculo central, hablaban de quién tiraba los penaltis. Di Biagio fue el primero en reconocer que la cosa imponía. "Francesco, yo tengo miedo", dijo. Y Francesco Totti, en su romanesco cerrado: "A quién se lo dices. ¿Has visto lo grande que es aquél?", resopló, señalando al portero Van der Saar. Di Biagio: "Pues sí que me animas". Entonces llegó la frase inmortal: "Nun te preoccupá, mo je faccio er cucchiaio". O sea, "no te preocupes, yo le hago la cuchara".
El gran jefe Maldini tenía la oreja puesta y al cabo de unos segundos, cuando comprendió, se dirigió con gran alarma hacia Totti. "¿Pero estás loco? Estamos en una semifinal del Europeo". Pero Totti ya tenía la idea clavada en el entrecejo: "Sí, sí, le hago la cuchara".
"Er cucchiaio", "la cuchara", es la marca de fábrica del mejor futbolista italiano. Un toque suave, por debajo del balón, que eleva la trayectoria unos metros y luego la deposita en el suelo, dentro de la portería. Una de esas jugadas caprichosas que pueden hacerse cuando se gana por mucho y queda muy poco partido. Una burla amable al contrario y un guiño al público. Una broma, algo que no se hace en el momento más crucial del año. Lo que pasa es que Totti es Totti. El capitán del Roma tendría poco de qué hablar con Einstein, pero la inconsciencia le da a su juego el toque de locura y genio de los grandes idiotas del fútbol: Totti forma parte de la dinastía de Garrincha, Best, Gascoigne, Cassano. Con la ventaja de no ser cojo, ni alcohólico, ni paranoico.
Cuando le tocó lanzar a Francé Totti, caminó hacia el punto de lanzamiento, miró a aquel portero holandés tan grande, se aproximó al cuero y lo acarició en el vientre. El balón partió en cámara lenta, como un globo de feria, hacia el centro del marco. Van der Saar, en cámara rápida, se había lanzado ya hacia un costado. Y el penalti entró como un suspiro, dulce, desmayado, con la miel de un beso y el ritmo preciso de un buen chiste.
Totti publicará el año próximo un manual de fútbol que se titulará, cómo no, "Mo je faccio er cucchiaio". Será su tercera obra, tras las memorables Los chistes sobre Totti contados por mí mismo y Los nuevos chistes sobre Totti contados por mí mismo. No los escribe él, pobrecito, pero en este caso no importa, porque los beneficios (una millonada) se destinan a beneficencia. Totti es, seguramente, el futbolista que más dinero ha aportado a obras de caridad, el que ha visitado más asilos y hospitales y el que más ha hecho por su ciudad.
viernes, noviembre 04, 2005
CUANDO FUERON REYES DE LONDRES por Santiago Segurola
Dos título de Liga en 100 años de historia no parece gran cosa para un club que ahora está de moda en Europa. El Chelsea lo conquistó con ocasión de su cincuentenario, en 1955, y en su centenario, 2005, tras haber vivido sus mejores momentos en los años sesenta. Casi por ubicación física, al Chelsea le correspondió un papel importante en el agitado Londres de aquellos días. Aunque su estadio no tenía ningún glamour -Stamford Bridge servía para el fútbol y para las carreras de galgos en su vieja pista de ceniza-, se alzaba en Fulham Road, en medio de uno de los barrios preferidos de la movida pop, al lado de King's Road, hervidero de nuevas tendencias. Allí tenía su cuartel Mary Quant, la creadora de la minifalda, y por allí pululaban o vivían buena parte de los músicos que hacían época: los Beatles y los Stones se dejaban caer por allí; Marianne Faithful y el fotógrafo David Bailey, también; las estrellas del cine británicas y norteamericanas frecuentaban el barrio. Y en el barrio estaba un equipo de fútbol que pretendía estar a la altura de los tiempos.
Aquel Chelsea se adelantó 25 años a lo que Ruud Gullit definió como fútbol sexy. Gullit intentó practicarlo con el equipo londinense en los años noventa. Con cierto éxito y con dinero para fichar a jugadores como Zola o Verón, precursores de la invasión de estrellas extranjeras. Pero en los años sesenta no había ningún extranjero. Era un equipo de ataque con varios de los jugadores más coloristas del fútbol británico. Uno de ellos era Alan Hudson, un centrocampista que llevaba el ingenio hasta la frontera de lo extravagante. Habitual de clubes, amigo de estrellas del pop, proclive a los excesos, su talante no cuadraba con el estilo marcial que Alf Ramsey pretendía en la selección inglesa, así que no dejó huella en el equipo nacional. Junto a Hudson brillaba el escocés Charlie Cooke, extremo en ocasiones, centrocampista en otras, genial siempre. Y en la delantera todos los focos apuntaban a Peter Osgood, un héroe para la hinchada. Era alto y fornido, de pelo ensortijado y moreno, con un aire a Tom Jones que hacía valer entre las habituales de los bares y clubes de King's Road. Sin tener la clase pura de Hudson y Cooke, ninguno representaba mejor los valores del Chelsea que Osgood. Dentro del campo y fuera. Su fama mereció el interés de Raquel Welch, que se dio un garbeo por el barrio en una visita a Londres en 1972, un año después de que el Chelsea derrotara al Madrid en la final de la Recopa. El Cuerpo quería conocer a Osgood y no se privó de visitar el vestuario en los momentos previos a un partido. Algunos jugadores de aquella generación todavía lo consideran el mejor momento de sus carreras.
El Chelsea no ganó ninguna Liga en esa época, pero se ganó fama de equipo juerguista y divertido frente al circunspecto Arsenal, tradicionalmente defensivo y alejado de las cosas mundanas. Mientras frecuentaban a los ídolos del pop, sacaban tiempo para jugar bien y satisfacer a una hinchada que pronto vio el desplome del equipo. Casi fue un derrumbe cultural. Con la caída de King's Road como centro neurálgico de la movida londinense se asistió a los peores años del Chelsea. Descendió a la Segunda División y tardó casi 15 años en establecerse con alguna firmeza en la Primera. Lo hizo cuando el fútbol se convirtió en un negocio y perdió buena parte de su imagen de pasatiempo para la clase obrera. En los años noventa se puso de moda el fútbol y la moda también alcanzó a los políticos, muchos de los cuales salieron del armario y confesaron sus preferencias. Algunas resultaban poco creíbles. El primer ministro, John Major, a quien no se le conocía especial pasión por el fútbol, se declaró hincha del Chelsea, como algunos otros políticos conservadores. Eran los años de Gullit, y luego de Zola y Verón. Buenos años futbolísticos que estuvieron a punto de enviar a la bancarrota al Chelsea, presidido entonces por Ken Bates. El destino del club parecía desesperado, pero algo le favorecía: Londres siempre es un mercado apetecible, y más para los nuevos barones de las grandes empresas rusas del petróleo, gas y derivados, gente como Roman Abramovich, que se encontró con el juguete perfecto, en la ciudad perfecta, en el barrio perfecto. En Chelsea.
Aquel Chelsea se adelantó 25 años a lo que Ruud Gullit definió como fútbol sexy. Gullit intentó practicarlo con el equipo londinense en los años noventa. Con cierto éxito y con dinero para fichar a jugadores como Zola o Verón, precursores de la invasión de estrellas extranjeras. Pero en los años sesenta no había ningún extranjero. Era un equipo de ataque con varios de los jugadores más coloristas del fútbol británico. Uno de ellos era Alan Hudson, un centrocampista que llevaba el ingenio hasta la frontera de lo extravagante. Habitual de clubes, amigo de estrellas del pop, proclive a los excesos, su talante no cuadraba con el estilo marcial que Alf Ramsey pretendía en la selección inglesa, así que no dejó huella en el equipo nacional. Junto a Hudson brillaba el escocés Charlie Cooke, extremo en ocasiones, centrocampista en otras, genial siempre. Y en la delantera todos los focos apuntaban a Peter Osgood, un héroe para la hinchada. Era alto y fornido, de pelo ensortijado y moreno, con un aire a Tom Jones que hacía valer entre las habituales de los bares y clubes de King's Road. Sin tener la clase pura de Hudson y Cooke, ninguno representaba mejor los valores del Chelsea que Osgood. Dentro del campo y fuera. Su fama mereció el interés de Raquel Welch, que se dio un garbeo por el barrio en una visita a Londres en 1972, un año después de que el Chelsea derrotara al Madrid en la final de la Recopa. El Cuerpo quería conocer a Osgood y no se privó de visitar el vestuario en los momentos previos a un partido. Algunos jugadores de aquella generación todavía lo consideran el mejor momento de sus carreras.
El Chelsea no ganó ninguna Liga en esa época, pero se ganó fama de equipo juerguista y divertido frente al circunspecto Arsenal, tradicionalmente defensivo y alejado de las cosas mundanas. Mientras frecuentaban a los ídolos del pop, sacaban tiempo para jugar bien y satisfacer a una hinchada que pronto vio el desplome del equipo. Casi fue un derrumbe cultural. Con la caída de King's Road como centro neurálgico de la movida londinense se asistió a los peores años del Chelsea. Descendió a la Segunda División y tardó casi 15 años en establecerse con alguna firmeza en la Primera. Lo hizo cuando el fútbol se convirtió en un negocio y perdió buena parte de su imagen de pasatiempo para la clase obrera. En los años noventa se puso de moda el fútbol y la moda también alcanzó a los políticos, muchos de los cuales salieron del armario y confesaron sus preferencias. Algunas resultaban poco creíbles. El primer ministro, John Major, a quien no se le conocía especial pasión por el fútbol, se declaró hincha del Chelsea, como algunos otros políticos conservadores. Eran los años de Gullit, y luego de Zola y Verón. Buenos años futbolísticos que estuvieron a punto de enviar a la bancarrota al Chelsea, presidido entonces por Ken Bates. El destino del club parecía desesperado, pero algo le favorecía: Londres siempre es un mercado apetecible, y más para los nuevos barones de las grandes empresas rusas del petróleo, gas y derivados, gente como Roman Abramovich, que se encontró con el juguete perfecto, en la ciudad perfecta, en el barrio perfecto. En Chelsea.
miércoles, noviembre 02, 2005
FÚTBOL, LA GUERRA O LA FIESTA (3/6) por Eduardo Galeano
Hay partidos que terminan en batallas campales, hay fanáticos que encuentran en el fútbol un buen pretexto para el ejercicio del crimen y en las gradas desahogan los rencores acumulados desde la infancia o desde la última semana. Como suele ocurrir, es la Civilización la que da los peores ejemplos de barbarie. Entre los casos de más triste memoria, se podría citar, por ejemplo, la matanza de 39 hinchas italianos del club Juventus a manos de los hooligans ingleses del Liverpool, hace poco menos de veinte años.
Pero, ¿eso da para decir que el fútbol incuba huevos de serpiente? En 1969, se llamó "guerra del fútbol" a la matanza entre hondureños y salvadoreños, porque la primera chispa de ese incendio se había encendido en los estadios. Pero la guerra venía, en realidad, de mucho antes. Y su nombre mentiroso logró ocultar una historia larga: la guerra fue la trágica desembocadura de más de un siglo de rencores entre dos pueblos vecinos, entrenados para odiarse mutuamente, pobres contra pobres, por sucesivas dictaduras militares fabricadas en la Escuela de las Américas.
El espejo no tiene la culpa de la cara, ni el termómetro tiene la culpa de la fiebre. Casi nunca proviene del fútbol, aunque casi siempre lo parece, la violencia que a veces hace eclosión en los campos de juego. Es revelador lo que está ocurriendo en la Argentina. La locura de las barras bravas no tiene nada de nuevo; pero se han multiplicado los líos, los balazos y los garrotazos, desde que se desencadenó esta última crisis que ha precipitado al país a una caída en picada y ha dejado a los argentinos pataleando en el aire.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
Pero, ¿eso da para decir que el fútbol incuba huevos de serpiente? En 1969, se llamó "guerra del fútbol" a la matanza entre hondureños y salvadoreños, porque la primera chispa de ese incendio se había encendido en los estadios. Pero la guerra venía, en realidad, de mucho antes. Y su nombre mentiroso logró ocultar una historia larga: la guerra fue la trágica desembocadura de más de un siglo de rencores entre dos pueblos vecinos, entrenados para odiarse mutuamente, pobres contra pobres, por sucesivas dictaduras militares fabricadas en la Escuela de las Américas.
El espejo no tiene la culpa de la cara, ni el termómetro tiene la culpa de la fiebre. Casi nunca proviene del fútbol, aunque casi siempre lo parece, la violencia que a veces hace eclosión en los campos de juego. Es revelador lo que está ocurriendo en la Argentina. La locura de las barras bravas no tiene nada de nuevo; pero se han multiplicado los líos, los balazos y los garrotazos, desde que se desencadenó esta última crisis que ha precipitado al país a una caída en picada y ha dejado a los argentinos pataleando en el aire.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
PERMÍTANME UNA LICENCIA...
UEFA Champions League, martes 1 de noviembre 2005
Real Betis Balompie 1 - Chelsea Football Club 0
Por eso es mi Currobetis.
Real Betis Balompie 1 - Chelsea Football Club 0
Por eso es mi Currobetis.
lunes, octubre 31, 2005
LA FURIA DE LOS MELANCÓLICOS
La furia de los melancólicos suele ser terrible, porque es una furia fría y metódica que nace de la voluntad. El Milan, el equipo más melancólico de Italia, arrolló al Juventus en San Siro, lo martirizó hasta matarlo y no tiró el cadáver al río porque lo impedía el reglamento. La superioridad milanista sobre el líder que se creía imbatible fue de las que se ven pocas veces en encuentros de gran nivel. Los diablos rojinegros hicieron mejor que la Vieja Dama de Turín todas las cosas que, supuestamente, la Vieja Dama hace mejor que nadie: presionar, agobiar, enervar: refinada disciplina inglesa. Ofrecieron además al público algún rasgo de su tradicional elegancia y una generosa ración de exquisiteces de Kaká. Parecían el Milan de otro tiempo.
El Milan, sin embargo, ya no es el Milan de hace unos años. Si el fútbol se jugara con la voz y no con el balón, el discurso rojinegro frente a la Juve habría sido el monólogo de Kurtz. Piensen en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. O en la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola, Apocalypse Now. Recuerden a Marlon Brando y su monólogo en la selva, ante el atónito Willar-Marlow: "El horror, el horror". Pónganse en el lugar del pobre Kurtz, un alma inteligente y compasiva, que lo ha visto y vivido todo en la selva y a quien los indígenas adoran como a una divinidad maligna.
El Milan es Kurtz. Sus jugadores lo han visto y vivido todo. Tipos como Maldini, Cafú, Costacurta, Stam, Seedorf y Vieri llevan demasiados años de fútbol pegados a la suela de las botas como para emocionarse a estas alturas; pero lo que distingue a los milanistas no es la experiencia, sino la calidad de la experiencia. Esta gente ganó una Copa de Europa en condiciones infames: empate a cero y penaltis, precisamente frente al Juventus. Esta gente perdió una Copa de Europa en condiciones no menos infames: el hundimiento de Estambul, ante el Liverpool, fue de los que dejan cicatriz. Esta gente lleva dentro la tristeza sosegada, la distancia, la incredulidad. La melancolía.
Su furia no surgió de las vísceras, sino del cerebro. Fue la reacción orgullosa de un equipo que (a diferencia del Juventus) puede soportar con tranquilidad una derrota en un encuentro de trámite, porque la vida es así, pero no en una noche de gala. Para eso ya tienen el recuerdo de Estambul. Los melancólicos de Milán siguen segundos, pero menos segundos que antes, a sólo dos puntos de los mastines de Capello. Habrá que ver ahora cómo supera el Juventus sus propias inseguridades.
El resto de la jornada deparó lo habitual: las estrecheces del Inter, el gol de Toni, las miserias del Parma. Y algo más: el retorno de un treintañero mileurista. Damiano Tommasi, 31 años, veronés, de oficio peón de brega en el centro del campo, llegó al Roma en 1996 y vivió el fracaso con Bianchi, la mediocridad con Mazzone, el furor con Zeman y el triunfo, el scudetto de 2001, con Capello. En la pretemporada de 2004, con el efímero Prandelli, se reventó una rodilla y los médicos pronosticaron que ya no volvería. Unos meses más tarde, además, expiraba su contrato. Tommasi hizo lo propio de un melancólico orgulloso: como ni siquiera él estaba convencido de poder recuperarse, se ofreció a renovar por el salario mínimo de la Liga Profesional, 1.500 euros mensuales. ¿Cómo podían negarse los propietarios del Roma?
Con ese sueldo fue al fisioterapeuta, al gimnasio, al entrenamiento. Y con ese sueldo reapareció ayer, después de 15 meses de cojera y salario mínimo, en la segunda parte de un encuentro que el Roma estaba empatando. Tommasi no hizo gran cosa, salvo un par de faltas feas y alguna carrera alocada, pero el Roma ganó. Y el mileurista, vencedor en una apuesta personal, se marchó muy feliz a casa.
El Milan, sin embargo, ya no es el Milan de hace unos años. Si el fútbol se jugara con la voz y no con el balón, el discurso rojinegro frente a la Juve habría sido el monólogo de Kurtz. Piensen en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. O en la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola, Apocalypse Now. Recuerden a Marlon Brando y su monólogo en la selva, ante el atónito Willar-Marlow: "El horror, el horror". Pónganse en el lugar del pobre Kurtz, un alma inteligente y compasiva, que lo ha visto y vivido todo en la selva y a quien los indígenas adoran como a una divinidad maligna.
El Milan es Kurtz. Sus jugadores lo han visto y vivido todo. Tipos como Maldini, Cafú, Costacurta, Stam, Seedorf y Vieri llevan demasiados años de fútbol pegados a la suela de las botas como para emocionarse a estas alturas; pero lo que distingue a los milanistas no es la experiencia, sino la calidad de la experiencia. Esta gente ganó una Copa de Europa en condiciones infames: empate a cero y penaltis, precisamente frente al Juventus. Esta gente perdió una Copa de Europa en condiciones no menos infames: el hundimiento de Estambul, ante el Liverpool, fue de los que dejan cicatriz. Esta gente lleva dentro la tristeza sosegada, la distancia, la incredulidad. La melancolía.
Su furia no surgió de las vísceras, sino del cerebro. Fue la reacción orgullosa de un equipo que (a diferencia del Juventus) puede soportar con tranquilidad una derrota en un encuentro de trámite, porque la vida es así, pero no en una noche de gala. Para eso ya tienen el recuerdo de Estambul. Los melancólicos de Milán siguen segundos, pero menos segundos que antes, a sólo dos puntos de los mastines de Capello. Habrá que ver ahora cómo supera el Juventus sus propias inseguridades.
El resto de la jornada deparó lo habitual: las estrecheces del Inter, el gol de Toni, las miserias del Parma. Y algo más: el retorno de un treintañero mileurista. Damiano Tommasi, 31 años, veronés, de oficio peón de brega en el centro del campo, llegó al Roma en 1996 y vivió el fracaso con Bianchi, la mediocridad con Mazzone, el furor con Zeman y el triunfo, el scudetto de 2001, con Capello. En la pretemporada de 2004, con el efímero Prandelli, se reventó una rodilla y los médicos pronosticaron que ya no volvería. Unos meses más tarde, además, expiraba su contrato. Tommasi hizo lo propio de un melancólico orgulloso: como ni siquiera él estaba convencido de poder recuperarse, se ofreció a renovar por el salario mínimo de la Liga Profesional, 1.500 euros mensuales. ¿Cómo podían negarse los propietarios del Roma?
Con ese sueldo fue al fisioterapeuta, al gimnasio, al entrenamiento. Y con ese sueldo reapareció ayer, después de 15 meses de cojera y salario mínimo, en la segunda parte de un encuentro que el Roma estaba empatando. Tommasi no hizo gran cosa, salvo un par de faltas feas y alguna carrera alocada, pero el Roma ganó. Y el mileurista, vencedor en una apuesta personal, se marchó muy feliz a casa.
sábado, octubre 29, 2005
ALBERTO ORMAETXEA. 'IN MEMORIAM' por Alfredo Relaño
El fútbol da también tipos así, discretos, sin ganas de llamar la atención, sin otro interés que hacer bien su oficio. Pasan por este juego dejando su buena huella y luego se van con la discreción con que llegaron. Les hacemos menos caso que a esos otros que saben llamar la atención, o que la llaman sin querer, porque tienen ese algo que les hace más a los ojos de los demás. Ahora que ha muerto Ormaetxea me asalta esa reflexión. Dos ligas con la Real, toda una proeza, y luego el olvido. Compárenlo con el jugo que Clemente supo sacar a las dos ligas que ganó con el Athletic. Cosas del fútbol, de la vida y de nosotros, los medios.
Dos ligas con la Real, decía, precedidas de otra que se escapó por los pelos por culpa de una derrota, la única de toda la Liga, en el campo del Sevilla, con dos goles de Bertoni. Jugaba bien aquella Real, que empezaba en Arconada y terminaba en López Ufarte, Le petit diable, le apodaron los franceses tras sus exhibiciones como juvenil en el Torneo de Mónaco. Buenos viejos tiempos en el estadio de Atocha, cuyo carácter entrañable no olvidará nadie que haya estado allí, con los txistus tocando el Txuri Urdin, con Alonso metiendo la pierna fuerte, Zamora conduciendo el juego, Satrústegui marcando los goles. Entusiasmo general.
Fue una buena camada de futbolistas y Ormaetxea la gestionó bien. No se daba importancia, era un tipo al estilo de Del Bosque, consciente de que el fútbol es de los futbolistas y de que el trabajo del entrenador se reduce a provocar y conservar las condiciones en las que cada uno de ellos pueda volcar lo mejor de su talento. En aquella Real había buenos jugadores, sí, pero además todos encontraron el sitio y el ambiente necesarios para expresar lo que llevaban dentro. Esa fue la obra de Ormaetxea. Luego no supo capitalizar su éxito, por su forma de ser. Pero el recuerdo de aquello es imborrable.
Dos ligas con la Real, decía, precedidas de otra que se escapó por los pelos por culpa de una derrota, la única de toda la Liga, en el campo del Sevilla, con dos goles de Bertoni. Jugaba bien aquella Real, que empezaba en Arconada y terminaba en López Ufarte, Le petit diable, le apodaron los franceses tras sus exhibiciones como juvenil en el Torneo de Mónaco. Buenos viejos tiempos en el estadio de Atocha, cuyo carácter entrañable no olvidará nadie que haya estado allí, con los txistus tocando el Txuri Urdin, con Alonso metiendo la pierna fuerte, Zamora conduciendo el juego, Satrústegui marcando los goles. Entusiasmo general.
Fue una buena camada de futbolistas y Ormaetxea la gestionó bien. No se daba importancia, era un tipo al estilo de Del Bosque, consciente de que el fútbol es de los futbolistas y de que el trabajo del entrenador se reduce a provocar y conservar las condiciones en las que cada uno de ellos pueda volcar lo mejor de su talento. En aquella Real había buenos jugadores, sí, pero además todos encontraron el sitio y el ambiente necesarios para expresar lo que llevaban dentro. Esa fue la obra de Ormaetxea. Luego no supo capitalizar su éxito, por su forma de ser. Pero el recuerdo de aquello es imborrable.
viernes, octubre 28, 2005
FÚTBOL, LA GUERRA O LA FIESTA (2/6) por Eduardo Galeano
El barón Pierre de Coubertin, fundador de las olimpíadas modernas, había advertido: "El deporte puede ser usado para la paz o para la guerra".
Al servicio de la guerra mundial que estaban incubando, Hitler y Mussolini manipularon el fútbol. En los estadios, los jugadores de Alemania y de Italia saludaban con la palma de la mano extendida a lo alto. "Vencer o morir", mandaba Mussolini, y por las dudas la escuadra italiana no tuvo más remedio que ganar las Copas del Mundo en 1934 y en 1938.
"Ganar un partido internacional es más importante, para la gente, que capturar una ciudad", decía Goebbels, pero la selección alemana, que lucía la cruz esvástica al pecho, no tuvo suerte. La guerra de conquista vino poco después; y el delirio de la pureza racial implicó también la purificación del fútbol: trescientos jugadores judíos fueron borrados del mapa. Muchos de ellos murieron en los campos alemanes de concentración.
Años después, en América latina, las dictaduras militares también usaron el fútbol, al servicio de la guerra contra sus propios países y sus peligrosos pueblos. En el Mundial del '70, la dictadura brasileña hizo suya la victoria de la selección de Pelé: "Ya nadie para a este país", proclamaba la publicidad oficial. En el Mundial del '78, en un estadio que quedaba a pocos pasos del Auschwitz argentino, la dictadura argentina celebró "su" triunfo, del brazo del infaltable Henry Kissinger, mientras sus aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo de la mar. Y en el '80, la dictadura uruguaya se apoderó de la victoria local en el llamado "Mundialito", un torneo entre campeones mundiales, aunque fue entonces cuando la multitud se atrevió a gritar, por primera vez, después de siete años de silencio obligatorio. Rugieron las tribunas: "Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar..."
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
Al servicio de la guerra mundial que estaban incubando, Hitler y Mussolini manipularon el fútbol. En los estadios, los jugadores de Alemania y de Italia saludaban con la palma de la mano extendida a lo alto. "Vencer o morir", mandaba Mussolini, y por las dudas la escuadra italiana no tuvo más remedio que ganar las Copas del Mundo en 1934 y en 1938.
"Ganar un partido internacional es más importante, para la gente, que capturar una ciudad", decía Goebbels, pero la selección alemana, que lucía la cruz esvástica al pecho, no tuvo suerte. La guerra de conquista vino poco después; y el delirio de la pureza racial implicó también la purificación del fútbol: trescientos jugadores judíos fueron borrados del mapa. Muchos de ellos murieron en los campos alemanes de concentración.
Años después, en América latina, las dictaduras militares también usaron el fútbol, al servicio de la guerra contra sus propios países y sus peligrosos pueblos. En el Mundial del '70, la dictadura brasileña hizo suya la victoria de la selección de Pelé: "Ya nadie para a este país", proclamaba la publicidad oficial. En el Mundial del '78, en un estadio que quedaba a pocos pasos del Auschwitz argentino, la dictadura argentina celebró "su" triunfo, del brazo del infaltable Henry Kissinger, mientras sus aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo de la mar. Y en el '80, la dictadura uruguaya se apoderó de la victoria local en el llamado "Mundialito", un torneo entre campeones mundiales, aunque fue entonces cuando la multitud se atrevió a gritar, por primera vez, después de siete años de silencio obligatorio. Rugieron las tribunas: "Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar..."
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
martes, octubre 25, 2005
EL EQUIPO DEL BARRIO
La cabeza de la clasificación de la Serie A suele ser tan previsible como una ensalada ilustrada: Juventus, Milan e Inter, rey, caballo y sota del calcio, como casi siempre. Justo detrás, Fiorentina: era de esperar, dado que los nuevos propietarios, los De la Valle, no querían revivir las angustias del curso pasado y contrataron a un ariete estupendo (Toni), a un buen técnico (Prandelli) y a unos cuantos gregarios finos. Lo insólito es lo que viene luego. En el pelotón de los aspirantes a arañar una competición europea está el Chievo, uno de los más curiosos fenómenos futbolísticos de este hemisferio.
Chievo no es una ciudad. Es un barrio periférico de Verona, una urbe mediana del noreste italiano. Para entendernos, hablamos de 2.500 habitantes en un área unas 20 veces más pequeña que Getafe y 100 veces menos divertida. La gente va a Verona por el lago Como, por los espectáculos de la Arena o para enternecerse con la tragedia de Romeo y Julieta. No se conocen corrientes turísticas hacia el estadio del Chievo, que, sin embargo, está casi al lado de la estación de ferrocarril. El Chievo es un prodigio surgido de cuatro calles y del entusiasmo de un sacerdote. Y, aunque su historia arranca de lejos, seguía siendo un club de aficionados cuando, en 1982, Italia ganó su última Copa del Mundo.
La primera imagen del Chievo es de 1929: unos cuantos entusiastas del barrio disputan el primer partido de fútbol en un campo que no es una pradera, sino un descampado lleno de arbustos, con el centro del terreno marcado por unos matorrales de singular altura. La segunda imagen, de 1931, corresponde al primer encuentro oficial. Uno de los jugadores del Chievo luce una redecilla en la cabeza con el fin de no estropearse el peinado.
Las demás secuencias son igualmente modestas. En 1948 las penurias económicas son tan grandes que tiene que cambiar los colores tradicionales, blanco y celeste, por el azul y el amarillo de unas camisetas que le salen gratis. En 1950 juega tan mal que en un encuentro con el Bardolino opta por retirarse del campo después de recibir el séptimo gol para no prolongar la humillación del puñado de seguidores.
Pero en 1958 el párroco, Silvio Venturi, logra que la diócesis preste fondos al club para crear un campo por fin llano y sin matojos, construido enteramente por gente del barrio. Se establece además una sede oficial en el bar La Pantalona. El cura Venturi marca un antes y un después. En 1966, el campo es destruido por el desbordamiento del río Adige, pero los vecinos lo arreglan en un par de meses. En 1975 se alcanza un éxito sin precedentes y el Chievo asciende a Primera Regional.
En 1990 el Chievo sube a Tercera División. En 1994, a Segunda. En 2000 llega al barrio un entrenador de la zona llamado Luigi del Neri y en el último partido de la temporada, contra la Salernitana, conquista una plaza en la Serie A, la cúspide del calcio.
Del Neri, ahora en el Palermo, ha hecho carrera desde entonces. El presente entrenador se llama Giuseppe Pillon, que en septiembre definió su proyecto con una sola frase: "Suframos lo menos posible". El equipo del barrio tiene a veteranos como Lorenzo d'Anna, de 33 años y diez en el equipo, y a muchachos como el nigeriano Obinna. Los dos marcaron ayer para vencer al Cagliari (2-1) y aupar al Chievo hasta la mejor posición de su historia. Fue un partido infumable, malísimo, sobre todo en la primera parte; si la plantilla hubiera sido la de 1950, quizá no habría saltado al césped tras el descanso para no seguir aburriendo a la hinchada. El caso es que el Chievo ganó y lleva cuatro jornadas invicto.
Lo normal es pensar que no durará. Pero lo mismo se pensó cinco años atrás, cuando un pobre equipo de barriada se coló en la élite. Y ahí sigue el Chievo.
Chievo no es una ciudad. Es un barrio periférico de Verona, una urbe mediana del noreste italiano. Para entendernos, hablamos de 2.500 habitantes en un área unas 20 veces más pequeña que Getafe y 100 veces menos divertida. La gente va a Verona por el lago Como, por los espectáculos de la Arena o para enternecerse con la tragedia de Romeo y Julieta. No se conocen corrientes turísticas hacia el estadio del Chievo, que, sin embargo, está casi al lado de la estación de ferrocarril. El Chievo es un prodigio surgido de cuatro calles y del entusiasmo de un sacerdote. Y, aunque su historia arranca de lejos, seguía siendo un club de aficionados cuando, en 1982, Italia ganó su última Copa del Mundo.
La primera imagen del Chievo es de 1929: unos cuantos entusiastas del barrio disputan el primer partido de fútbol en un campo que no es una pradera, sino un descampado lleno de arbustos, con el centro del terreno marcado por unos matorrales de singular altura. La segunda imagen, de 1931, corresponde al primer encuentro oficial. Uno de los jugadores del Chievo luce una redecilla en la cabeza con el fin de no estropearse el peinado.
Las demás secuencias son igualmente modestas. En 1948 las penurias económicas son tan grandes que tiene que cambiar los colores tradicionales, blanco y celeste, por el azul y el amarillo de unas camisetas que le salen gratis. En 1950 juega tan mal que en un encuentro con el Bardolino opta por retirarse del campo después de recibir el séptimo gol para no prolongar la humillación del puñado de seguidores.
Pero en 1958 el párroco, Silvio Venturi, logra que la diócesis preste fondos al club para crear un campo por fin llano y sin matojos, construido enteramente por gente del barrio. Se establece además una sede oficial en el bar La Pantalona. El cura Venturi marca un antes y un después. En 1966, el campo es destruido por el desbordamiento del río Adige, pero los vecinos lo arreglan en un par de meses. En 1975 se alcanza un éxito sin precedentes y el Chievo asciende a Primera Regional.
En 1990 el Chievo sube a Tercera División. En 1994, a Segunda. En 2000 llega al barrio un entrenador de la zona llamado Luigi del Neri y en el último partido de la temporada, contra la Salernitana, conquista una plaza en la Serie A, la cúspide del calcio.
Del Neri, ahora en el Palermo, ha hecho carrera desde entonces. El presente entrenador se llama Giuseppe Pillon, que en septiembre definió su proyecto con una sola frase: "Suframos lo menos posible". El equipo del barrio tiene a veteranos como Lorenzo d'Anna, de 33 años y diez en el equipo, y a muchachos como el nigeriano Obinna. Los dos marcaron ayer para vencer al Cagliari (2-1) y aupar al Chievo hasta la mejor posición de su historia. Fue un partido infumable, malísimo, sobre todo en la primera parte; si la plantilla hubiera sido la de 1950, quizá no habría saltado al césped tras el descanso para no seguir aburriendo a la hinchada. El caso es que el Chievo ganó y lleva cuatro jornadas invicto.
Lo normal es pensar que no durará. Pero lo mismo se pensó cinco años atrás, cuando un pobre equipo de barriada se coló en la élite. Y ahí sigue el Chievo.
sábado, octubre 22, 2005
MANDÍBULAS DE ROTTWEILER
El presidente de la Juventus, Franzo Grande Stevens, cree que el carácter del equipo tiene raíces históricas. El pequeño Piamonte, un reino belicoso e irreductible, se mantuvo independiente durante siglos y en el XIX encabezó la lucha contra los austriacos y la conquista del resto de Italia, unificada en 1870 bajo la corona de los Savoya de Turín. "Los piamonteses", dice, "dependían de su ejército, de ahí su disciplina, su sentido del ahorro, su sobriedad y su tenacidad, virtudes que permanecen y permean todas las instituciones locales, Juventus incluida". Esa tradición, más Fabio Capello, más la mejor plantilla en bastantes años, componen un rival temible.
La Vieja Señora del calcio blindada en la defensa, agobiante en el centro del campo, especuladora y avara se ha convertido en la reina del Campeonato, lidera con holgura la clasificación italiana y recuerda muchísimo a aquel Milan de 1994 que, entrenado por Capello, ganó el scudetto con sólo 15 goles en contra. Aquel Milan, después de racanear en todas las eliminatorias de la Copa de Europa, destrozó en la final (4-0) al Barcelona y acabó con la era del dream team de Johan Cruyff.
La clave de aquel Milan era un medio centro de contención, un antiguo central reciclado llamado Dessailly. La clave de esta Juventus es otro medio centro, Emerson, que hace mucho más que contener. Junto a Emerson, que Capello se llevó a Turín desde Roma pese a las ofertas del Madrid, Patrick Vieira, que vuelve al calcio después de hacerse un hombre y un líder en el Arsenal londinense, y sobre todo Ibrahimovic, el gigante serbo-sueco que desde su llegada ha fascinado a los italianos. Capello siempre consigue que le fichen lo que quiere y aceptó trabajar para el equipo de la familia Agnelli con la condición de que a sus órdenes estuvieran Emerson e Ibrahimovic. Ambos han funcionado a la perfección. No tuvo que exigir un portero porque ya lo tenía: Buffon, uno de los mejores del mundo, el hombre por el que La Vieja Señora hizo una locura -pagó por él 54 millones de euros- sin tener que arrepentirse jamás. Y disponía también del checo Nedved, el balón de oro en 2003, que, tras meses de baja forma, ha recuperado su habitual carga eléctrica.
Justo antes de comenzar la pasada temporada, Capello completó su jugada con Cannavaro. El central napolitano le salía muy caro al Inter y Roberto Mancini, que le suponía casi acabado, aceptó las presiones de la directiva y lo puso en venta. La Juventus no se lo pensó dos veces. Se quedó con Cannavaro, que disfruta ahora de una espléndida segunda juventud: no es muy alto, ni muy rápido, ni muy técnico, pero sabe dónde debe estar y dónde están los demás. Es decir, juega al fútbol.
El resto son milagros de Capello, prodigios que no pueden deberse solamente al talento y al olfato y en los que por fuerza intervienen los lavados de cerebro y la flor de todos los buenos técnicos. Porque Camoranesi es lo que es, un jugador mediano, y, sin embargo, combinado con Zebina, otra importación romana del professore Fabio, impone una barbaridad en la banda derecha. El uruguayo Zalayeta, tan lento y tímido antes, es ahora un perfecto tercer delantero, en rotación constante con Del Piero. Y Zambrotta, un carrilero de toda la vida, parece convencido de ser el nuevo Maldini.
Lo más llamativo, con todo, es la rabia colectiva de esta Juventus con mandíbulas de perro rottweiler: muerde al adversario desde el primer minuto y no lo suelta hasta que vuelve a la ducha. Pelea, persigue, insiste, aburre y gana. En la Liga no ha perdido un solo partido. La Vieja Señora sigue de un humor terrible esta temporada.
La Vieja Señora del calcio blindada en la defensa, agobiante en el centro del campo, especuladora y avara se ha convertido en la reina del Campeonato, lidera con holgura la clasificación italiana y recuerda muchísimo a aquel Milan de 1994 que, entrenado por Capello, ganó el scudetto con sólo 15 goles en contra. Aquel Milan, después de racanear en todas las eliminatorias de la Copa de Europa, destrozó en la final (4-0) al Barcelona y acabó con la era del dream team de Johan Cruyff.
La clave de aquel Milan era un medio centro de contención, un antiguo central reciclado llamado Dessailly. La clave de esta Juventus es otro medio centro, Emerson, que hace mucho más que contener. Junto a Emerson, que Capello se llevó a Turín desde Roma pese a las ofertas del Madrid, Patrick Vieira, que vuelve al calcio después de hacerse un hombre y un líder en el Arsenal londinense, y sobre todo Ibrahimovic, el gigante serbo-sueco que desde su llegada ha fascinado a los italianos. Capello siempre consigue que le fichen lo que quiere y aceptó trabajar para el equipo de la familia Agnelli con la condición de que a sus órdenes estuvieran Emerson e Ibrahimovic. Ambos han funcionado a la perfección. No tuvo que exigir un portero porque ya lo tenía: Buffon, uno de los mejores del mundo, el hombre por el que La Vieja Señora hizo una locura -pagó por él 54 millones de euros- sin tener que arrepentirse jamás. Y disponía también del checo Nedved, el balón de oro en 2003, que, tras meses de baja forma, ha recuperado su habitual carga eléctrica.
Justo antes de comenzar la pasada temporada, Capello completó su jugada con Cannavaro. El central napolitano le salía muy caro al Inter y Roberto Mancini, que le suponía casi acabado, aceptó las presiones de la directiva y lo puso en venta. La Juventus no se lo pensó dos veces. Se quedó con Cannavaro, que disfruta ahora de una espléndida segunda juventud: no es muy alto, ni muy rápido, ni muy técnico, pero sabe dónde debe estar y dónde están los demás. Es decir, juega al fútbol.
El resto son milagros de Capello, prodigios que no pueden deberse solamente al talento y al olfato y en los que por fuerza intervienen los lavados de cerebro y la flor de todos los buenos técnicos. Porque Camoranesi es lo que es, un jugador mediano, y, sin embargo, combinado con Zebina, otra importación romana del professore Fabio, impone una barbaridad en la banda derecha. El uruguayo Zalayeta, tan lento y tímido antes, es ahora un perfecto tercer delantero, en rotación constante con Del Piero. Y Zambrotta, un carrilero de toda la vida, parece convencido de ser el nuevo Maldini.
Lo más llamativo, con todo, es la rabia colectiva de esta Juventus con mandíbulas de perro rottweiler: muerde al adversario desde el primer minuto y no lo suelta hasta que vuelve a la ducha. Pelea, persigue, insiste, aburre y gana. En la Liga no ha perdido un solo partido. La Vieja Señora sigue de un humor terrible esta temporada.
viernes, octubre 21, 2005
FÚTBOL, LA GUERRA O LA FIESTA (1/6) por Eduardo Galeano
Hace poco murió el hombre más viejo de Inglaterra. La vida de Bertie Felstead había atravesado tres siglos: nació en el siglo diecinueve, vivió en el veinte, murió en el veintiuno.
Él era el único sobreviviente de un célebre partido de fútbol, que se jugó en la Navidad de 1915. Jugaron ese partido los soldados británicos y los soldados alemanes. Una pelota apareció, venida no se sabe de dónde, y se echó a rodar no se sabe cómo, entre las trincheras. Entonces el campo de batalla se convirtió en campo de juego, los enemigos arrojaron al aire sus armas y saltaron a disputar la pelota, todos contra todos y todos con todos.
Mucho no duró la magia. A los gritos, los oficiales recordaron a los soldados que estaban allí para matar y morir. Pasada la tregua futbolera, volvió la carnicería. Pero la pelota había abierto un fugaz espacio de encuentro entre esos hombres obligados a odiarse.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
Él era el único sobreviviente de un célebre partido de fútbol, que se jugó en la Navidad de 1915. Jugaron ese partido los soldados británicos y los soldados alemanes. Una pelota apareció, venida no se sabe de dónde, y se echó a rodar no se sabe cómo, entre las trincheras. Entonces el campo de batalla se convirtió en campo de juego, los enemigos arrojaron al aire sus armas y saltaron a disputar la pelota, todos contra todos y todos con todos.
Mucho no duró la magia. A los gritos, los oficiales recordaron a los soldados que estaban allí para matar y morir. Pasada la tregua futbolera, volvió la carnicería. Pero la pelota había abierto un fugaz espacio de encuentro entre esos hombres obligados a odiarse.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
lunes, octubre 17, 2005
EL CABALLERO Y LA DAMA
Hace dos años, cuando ya llevaba ocho en el Juventus, Alessandro del Piero renovó su contrato por cinco más. El futbolista tenía 28, vivía su mejor momento y obtuvo muy buenas condiciones económicas: 5,6 millones de euros por temporada más 2,3 por sus derechos de imagen. Ale estaba tan contento que pagó una página de publicidad en La Gazzetta dello Sport para anunciar personalmente la noticia de su unión vitalicia con la Vieja Señora del calcio. El titular del anuncio era gracioso: "Un caballero no abandona nunca a una dama".
El caballero Del Piero debió de pensar bastante en esa frase cuando, unos meses después, la dama en cuestión, convertida en una Rottenmeier con las facciones tremendas de Fabio Capello, empezó a darle leña. La llegada de Capello supuso para la Juve un retorno a los principios básicos de una sociedad metalúrgica -pertenece desde hace medio siglo a los Agnelli de la Fiat-, hosca y exigente. Del Piero era el futbolista mejor pagado, pero a Capello le pareció irregular. Y era cierto. Entre el caballero y el recién llegado Ibrahimovic la elección resultaba clara. Y Del Piero, desorientado y fallón, empezó a conocer de cerca el banquillo.
Capello fue un futbolista bastante malo desde el punto de vista técnico. No era de los que acarician el balón, sino de los que lo pisan, lo retuercen y, si es necesario, lo muerden. Pero tenía una voluntad de hierro y una mente despierta que le permitía captar las claves de cada partido. La voluntad y el conocimiento del fútbol, junto a un carácter de mil demonios y una ambición desmedida, le han permitido ser un entrenador de gran éxito.
Maneja la plantilla como un dictador y somete a cada futbolista a algo muy parecido a la tortura psicológica. Presiona, exige, amenaza, machaca y castiga hasta ser dueño de cuerpos y almas. Exprime a los jugadores hasta agotarles. A cambio, ofrece resultados. El día que Capello abandona un club se oye en el vestuario un gran suspiro de alivio.
Lo curioso es que, con el tiempo, sus víctimas suelen echarle en falta. Totti, Cassano y demás artistas del Roma brindaron cuando el tirano se largó por sorpresa a Turín. Un año después reconocían que nadie les había comprendido como Capello. Cassano no levantó cabeza desde que se fue y hoy, peleado con los propietarios del Roma y con casi todo el mundo, apartado del equipo y de la selección italiana, no sabe ya qué hacer para que le fiche el Juventus y reencontrarse con Capello. Puede ser un síndrome masoquista al estilo de Portero de noche. También puede ser que Capello entienda como nadie las flaquezas de los jugadores creativos.
Alessandro del Piero vivió desde el banquillo el título de Liga del curso pasado y esta temporada -ya siete victorias consecutivas- empezó igual. El Juventus funcionaba muy bien sin él. La exclusión, en su caso, resultaba especialmente dolorosa porque le alejaba de participar en el Mundial de 2006, el último de su carrera. El seleccionador, Marcello Lipi, que dirigió al equipo turinés en los días de mayor gloria de Del Piero, dijo la semana pasada que quien no jugara todas las semanas no podría ir a Alemania. Para Ale sólo parecía quedar una salida: buscarse un nuevo equipo en enero, tal vez en Inglaterra, y hacer valer ahí sus credenciales.
Había otra opción, casi imposible: reconquistar a la Vieja Señora. El sábado, Capello dio descanso a Trezeguet y sacó al campo a Del Piero. El Juventus jugó muy mal, pero Del Piero jugó muy bien e hizo algo extraordinario: robó el balón en el centro del campo, dribló a un par de contrarios, se metió en el área y marcó.
Capello sonrió en la banda e hizo otra muesca en su látigo: tras dos años de tortura, Del Piero era al fin suyo.
El caballero Del Piero debió de pensar bastante en esa frase cuando, unos meses después, la dama en cuestión, convertida en una Rottenmeier con las facciones tremendas de Fabio Capello, empezó a darle leña. La llegada de Capello supuso para la Juve un retorno a los principios básicos de una sociedad metalúrgica -pertenece desde hace medio siglo a los Agnelli de la Fiat-, hosca y exigente. Del Piero era el futbolista mejor pagado, pero a Capello le pareció irregular. Y era cierto. Entre el caballero y el recién llegado Ibrahimovic la elección resultaba clara. Y Del Piero, desorientado y fallón, empezó a conocer de cerca el banquillo.
Capello fue un futbolista bastante malo desde el punto de vista técnico. No era de los que acarician el balón, sino de los que lo pisan, lo retuercen y, si es necesario, lo muerden. Pero tenía una voluntad de hierro y una mente despierta que le permitía captar las claves de cada partido. La voluntad y el conocimiento del fútbol, junto a un carácter de mil demonios y una ambición desmedida, le han permitido ser un entrenador de gran éxito.
Maneja la plantilla como un dictador y somete a cada futbolista a algo muy parecido a la tortura psicológica. Presiona, exige, amenaza, machaca y castiga hasta ser dueño de cuerpos y almas. Exprime a los jugadores hasta agotarles. A cambio, ofrece resultados. El día que Capello abandona un club se oye en el vestuario un gran suspiro de alivio.
Lo curioso es que, con el tiempo, sus víctimas suelen echarle en falta. Totti, Cassano y demás artistas del Roma brindaron cuando el tirano se largó por sorpresa a Turín. Un año después reconocían que nadie les había comprendido como Capello. Cassano no levantó cabeza desde que se fue y hoy, peleado con los propietarios del Roma y con casi todo el mundo, apartado del equipo y de la selección italiana, no sabe ya qué hacer para que le fiche el Juventus y reencontrarse con Capello. Puede ser un síndrome masoquista al estilo de Portero de noche. También puede ser que Capello entienda como nadie las flaquezas de los jugadores creativos.
Alessandro del Piero vivió desde el banquillo el título de Liga del curso pasado y esta temporada -ya siete victorias consecutivas- empezó igual. El Juventus funcionaba muy bien sin él. La exclusión, en su caso, resultaba especialmente dolorosa porque le alejaba de participar en el Mundial de 2006, el último de su carrera. El seleccionador, Marcello Lipi, que dirigió al equipo turinés en los días de mayor gloria de Del Piero, dijo la semana pasada que quien no jugara todas las semanas no podría ir a Alemania. Para Ale sólo parecía quedar una salida: buscarse un nuevo equipo en enero, tal vez en Inglaterra, y hacer valer ahí sus credenciales.
Había otra opción, casi imposible: reconquistar a la Vieja Señora. El sábado, Capello dio descanso a Trezeguet y sacó al campo a Del Piero. El Juventus jugó muy mal, pero Del Piero jugó muy bien e hizo algo extraordinario: robó el balón en el centro del campo, dribló a un par de contrarios, se metió en el área y marcó.
Capello sonrió en la banda e hizo otra muesca en su látigo: tras dos años de tortura, Del Piero era al fin suyo.
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