jueves, diciembre 04, 2008

AMANCIO, EL DESCUBRIDOR DE 'LA QUINTA DEL BUITRE', ENTRE LA CRISIS DE LOS 30 Y EL ACNÉ JUVENIL por Julio César Iglesias

Parece ser que hoy 'La Quinta' cumple 25 años. Para celebrar la efeméride he buscado denodadamente el texto que "destapó" aquella historia, el famoso artículo de Julio César Iglesias titulado "Amancio y la quinta del Buitre", publicado un 14 de noviembre de 1983 en El País. Al final no lo he conseguido encontrar, pero sí este del 4 de diciembre de 1984, de título similar, curioso por el tiempo que narraba y que contenía aún ese aire profético sobre aquel fantástico grupo de jugadores. Eran tiempos de dudas para el entrenador encargado de "hacer" aquel equipo, la transición justo antes de la eclosión definitiva. Como decía Segurola refiriéndose a aquel artículo original, "(...) Si la profecía de Julio César Iglesias tenía sentido, aquel grupo de jugadores harían historia. La hicieron."





Hace casi seis meses que Amancio llegó del Castilla. Venía como siempre, tentando el suelo con la puntera antes de dar cada paso y bamboleándose un poco, a la usanza de los antiguos interiores izquierdos y de los vaqueros. Había ganado la Liga en Segunda, había descubierto a la Quinta del Buitre y seguía soñando con aquel pistolero llamado Fernández que le metió dos onzas de aluminio en el muslo. A primera vista, llegaba ligero de equipaje. Traía un librito con todas las páginas en blanco, sal vo una, en la que se leía "aquí mando yo". Le acompañaban dos colegas, Ramón Moreno Grosso, un hombre con vocación de acompañante, y Vorgic, el preparador físico, un yugoslavo que lleva en la mano izquierda un cronómetro y en la derecha un despertador.

Grosso seguía tan callado como de costumbre, tan resignado como siempre a gritar "¡viva!" cuando alguien grite "¡vivan lo novios!", tan resignado a resignarse. El yugoslavo tenía un discreto pasado como preparado físico de voleibol, lo que era una garantía de que, bien o mal preparados, los chicos aprenderían a cambiar las lámparas del saló en un solo salto. En principio eran un trío simpático y Amancio fue recibido por la afición como siempre se recibe a la gran esperanza blanca. "A por la séptima, Amaro", decían.

Seis meses después Juanito está amotinado, Lozano tiene morriña de Bruselas, Pineda se ha desvanecido, Ángel sigue ha ciendo Económicas, Stielike se ha hecho fuerte en el bunker, en la última línea defensiva; Butragueño, el Buitre, no juega; Santillana no salta, Salguero hace Derecho, los demás se preguntan "¿qué diablos pasa aquí?" y el Barcelona ha cogido cinco puntos de ventaja. Amancio piensa, Vorgic mira el reloj y marca un número de teléfono y Grosso, simplemente, mira. O alguien ha cometido un error muy grave o uno de los tres es un espía, ésa es la cuestión.

'Viejos' contra 'rockeros'

Veamos. Como todo entrenador del Real Madrid, él, Amancio, estaría sometido a tres vértigos: el de jugar, el de ganar y el de sobrevivir. Dadas las circunstancias, tenía tres fórmulas para armar al equipo: apostar por la vieja guardia, meter a la quinta o hacer un fifty-fifty, un combinado al 50%. Las tres fórmulas eran igualmente buenas. Sólo había una imposición: aplicar las fórmulas pronto.En el empeño de organizar un esquema de juego cabían de nuevo otras dos opciones. Una era mantener en el equipo el estilo de años anteriores y otra imponer el rock duro del Castilla.
El viejo estilo tenía la desventaja de ser aburrido y la ventaja de ser práctico. Curtidos en las duras temporadas anteriores, los veteranos jugaban al pie y solían garantizar 70 minutos de posesión de la pelota, docena y media de centros sobre puerta y un pressing casi continuo que, con alguna excepción, servía para demostrar al equipo contrario que aquí no se mueve nadie.
A este juego cabía ponerle una objeción estética: era monorrítmico, lento y rutinario; y había que reconocerle varios méritos: el balón era del Madrid, los jugadores se desenvolvían con una seriedad muy profesional y el equipo ganaba partidos, aunque los espectadores tuvieran la vaga sensación de que en la casa blanca ponían siempre la misma película.

En el viejo estilo todos los caminos conducían a Santillana. Centraba alguien, los hinchas alzaban los brazos al cielo, Santillana ascendía y uno murmuraba "Charly Santillana / ora pro nobis".
Los rockeros del Castilla tenían la obsesión de la velocidad, una inclinación a la geometría rápida y a los espacios libres. En la música de Martín Vázquez y compañía se valoraban la improvisación y la sorpresa, pero se des preciaba el riesgo.

En un buen día se ganaba por 6-0 y se daba un concierto inolvidable de fútbol. En un mal día la prisa se convertía en precipitación, los balones al espacio libre en pases a los defensas laterales del equipo contrario y los centros, al primer toque fallado, en un lateral que se te mete en la cocina.

En la canción de los niños, en aquella canción, la música era simple o barroca, según la fiebre según la inspiración y según cada cual; el estribillo era "deprisa, deprisa" y el sueño la séptima copa. Qué divertido, pero qué peligroso.

Dos promociones diferentes

Hace seis meses aparecieron, pues, ante los ojos de Amancio, dos promociones muy diferentes de jugadores. Una ya había cumplido los 30 años y otra estaba a punto de cumplir los 20. En el fútbol los 30 son también una edad ambigua en la que se es demasiado joven para presumir de viejo y demasiado viejo para presumir de joven. Una maldita edad fronteriza en la que el club empieza a contarte los garbanzos y a discutirte los contratos temporada por temporada.Frente a este agobio aplazado hasta junio estaban los niños del Castilla. Llegaban silbando, abrían la bolsa, sacaban los perfumes y te discutían el turno para entrar en la ducha. Qué divertido, pero qué peligroso.

Es probable que nunca en los últimos años el Real Madrid haya logrado reunir como entonces tanta calidad y con tanta variedad. Todo se reduciría al problema final de elegir y compaginar y, luego, al triple vértigo de jugar, ganar y sobrevivir. Nada menos.

Amancio comenzó a hacer pruebas en silencio. Se escudó en su hermetismo gallego y en todas las frases tópicas, pero inapelables, que figuran en el manual del entrenador español. Si alguien estaba quejoso o sorprendido por su exclusión del equipo, diría "sólo pueden jugar 11", "elijo a los que creo convenientes", "nadie tira piedras contra su propio tejado" o "la temporada es larga y todos tendrán su oportunidad antes o después".

Todos en el banquillo

Desde entonces casi todos sus jugadores han pasado por el banquillo y la seguridad de que todos pueden jugar es la seguridad de que cualquiera puede ser borrado de la lista. Quizá ahí estuviera el error: la perspectiva de entrar y salir continuamente del equipo no fue para ellos el valor del estímulo, sino el contravalor de la duda.En el fútbol profesional el principio de la igualdad de oportunidades tiene una desigual acogida. Muchos prefieren la injusticia al desorden: aceptan que exista una casta de 11 favoritos a condición de que sea posible, sólo posible, entrar un día en ella. Y, durante varios meses, la inseguridad ha tenido dos consecuencias: algunos se han limitado a desprenderse del balón a toda prisa por temor a perderlo, mientras otros han jugado para sí mismos.

Hace unas pocas semanas, por fin, Amancio pareció haber dado con un apunte de equipo, con un grupo estable de jugadores. En él hay dos tercios de veteranos y un tercio de jóvenes, hombres que están afrontando la crisis de los 30 y chicos que aún están curándose el acné juvenil.
Entre tanto, el Madrid ha perdido un poco su conciencia de campeón, la predisposición a ganar si ceden todos aquéllos que acaban ganando.Pero ese problema sólo puede resolverse con tiempo. Al fin y al cabo, un campeón no gana únicamente por su mayor calidad. Un campeón consigue ganar por la fuerza de la costumbre.