viernes, abril 07, 2006

EL FÚTBOL “ES” UN LENGUAJE CON SUS POETAS Y PROSISTAS por Pier Paolo Pasolini


Aviso, hoy “droga dura”. Después de dudarlo mucho tiempo me decido a colgar el ensayo futbolístico-literario del polifacético Pier Paolo Pasolini. Il calcio “è” un linguaggio con i suoi poeti e prosatori fue publicado en Il Giorno, el 3 de enero 1971. Al final, aunque resulte algo extenso (y muy interesante), voy a subirlo en una única entrada.

En el debate sobre los problemas lingüísticos que artificialmente distancian a literatos de periodistas y a periodistas de futbolistas, fui preguntado por un atento periodista, para el “Europeo”: pero en la rotativa mis respuestas han resultado un poco reducidas y flojas (¡debido a las exigencias periodísticas!). Como el tema me gusta, desearía retomarlo con un poco de calma y con la plena responsabilidad de lo que digo. ¿Qué es una lengua? “Un sistema de signos”, responde, de la manera más exacta hoy, un semiólogo.

Pero ese “sistema de signos” no es sola y necesariamente una lengua escrito-hablada (ésta que usamos aquí ahora, yo escribiendo y tú, lector, leyendo).

Los “sistemas de signos” pueden ser muchos. Pongamos un caso: yo y tú, lector, nos encontramos en una habitación donde están presentes también Ghirelli y Brera, y tú quieres decirme de Ghirelli algo que Brera no debe escuchar. Entonces no puedes hablarme por medio del sistema de signos verbales, debes adoptar forzosamente otro sistema de signos: por ejemplo, el de la mímica: entonces empiezas a gesticular con los ojos y la boca, a agitar las manos, a hacer movimientos con los pies, etcétera. Eres el “cifrador” de un discurso “mímico” que yo descifro: eso significa que tenemos en común un código “italiano” de un sistema de signos mímico.

Otro sistema de signos no verbal es el de la pintura; o el del cine; o el de la moda (objeto de estudios de un maestro en este campo, Roland Barthes), etcétera. El juego del futball es un “sistema de signos”; es decir, una lengua, aunque no verbal. ¿Por qué hago este discurso (que quiero continuar esquemáticamente después)? Porque la querelle que enfrenta el lenguaje de los literatos con el de los periodistas es falsa. Y el problema es otro.

Veamos. Cada lengua (sistema de signos escritos-hablados) posee un código general. Pongamos el italiano: yo y tú, lector, al usar este sistema de signos, nos comprendemos, porque el italiano es nuestro patrimonio común, “una moneda de cambio”. Sin embargo, cada lengua está articulada en varias sublenguas, de las que cada una posee un subcódigo: así pues, los italianos médicos se comprenden entre sí -cuando hablan su jerga especializada- porque cada uno de ellos conoce el subcódigo de la lengua médica; los italianos teólogos se comprenden entre ellos porque poseen el subcódigo de la jerga teológica, etcétera.

También la lengua literaria es una lengua jergal que posee un subcódigo (en poesía, por ej., en vez de decir “speranza” se puede decir “speme”, pero ninguno de nosotros se sorprende de esta cosa extraña, porque todos sabemos que el subcódigo de la lengua literaria italiana requiere y admite que en poesía se usen latinismos, arcaísmos, palabras apocopadas, etc.).

El periodismo no es más una rama menor de la lengua literaria: para comprenderlo nosotros nos valemos de una especie de sub-subcódigo. En pocas palabras, los periodistas no son más que unos escritores, que, para vulgarizar y simplificar conceptos y representaciones, se valen de un código literario, digamos -por permanecer en el ámbito deportivo- de serie B. También el lenguaje de Brera es de serie B respecto al lenguaje de Carlo Emilio Gadda y de Gianfranco Contini.

Y el de Brera es, quizá, el caso más noblemente cualificado del periodismo deportivo italiano. Por lo tanto, no existe conflicto “real” entre escritura literaria y escritura periodística: es esta segunda la que, siendo servil como ha sido siempre, y enaltecida ahora por su empleo en la cultura de masas (¡que no es popular!), tiene pretensiones un poco soberbias, de parvenu. Pero pasemos al football.

El football es un sistema de signos, o sea un lenguaje. Tiene todas las características fundamentales del lenguaje por excelencia, el que nosotros nos planteamos en seguida como término de confrontación, o sea el lenguaje escrito-hablado.

De hecho, las “palabras” del lenguaje del fútbol se forman exactamente igual que las palabras del lenguaje escrito-hablado. Ahora bien, ¿cómo se forman estas últimas? Se forman a través de la llamada “doble articulación”, o sea a través de las infinitas combinaciones de los “fonemas”: que son, en italiano, las 21 letras del alfabeto.

Los «fonemas», por tanto, son las «unidades mínimas» de la lengua escrito-hablada. ¿Queremos divertirnos definiendo la unidad mínima de la lengua del fútbol? Veamos: “Un hombre que usa los pies para chutar un balón” es tal unidad mínima: tal “podema” (si queremos seguir divirtiéndonos). Las infinitas posibilidades de combinación de los “podemas” forman las “palabras futbolísticas”: y el conjunto de las “palabras futbolísticas” forma un discurso, regulado por auténticas normas sintácticas. Los “podemas” son veintidós (casi igual que los fonemas): las “palabras futbolísticas” son potencialmente infinitas, porque infinitas son las posibilidades de combinación de los “podemas” (en la práctica, los pases de balón entre jugador y jugador); la sintaxis se expresa en el “partido”, que es un auténtico discurso dramático.

Los cifradores de este lenguaje son los jugadores, nosotros, en las gradas, somos los descifradores: así pues, poseemos en común un código.

Quien no conoce el código del fútbol no entiende el “significado” de sus palabras (los pases) ni el sentido de su discurso (un conjunto de pases).

No soy ni Roland Barthes ni Greimas, pero como aficionado, si quisiera, podría escribir un ensayo mucho más convincente que esta mención, sobre la “lengua del fútbol”. Pienso, además, que se podría escribir también un bonito ensayo titulado Propp aplicado al fútbol: porque, naturalmente, como toda lengua, el fútbol tiene su momento puramente “instrumental”, rigurosa y abstractamente regulado por el código, y su momento “expresivo”.

En efecto, antes he dicho que toda lengua se articula en varias sublenguas, cada una de las cuales posee un subcódigo.

Pues bien, en la lengua del fútbol se pueden hacer también distinciones de este tipo: también el fútbol posee unos subcódigos, desde el momento que, de ser puramente instrumental, pasa a convertirse en expresivo.

Puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol come lenguaje fundamentalmente poético.

Para explicarme, pondré -anticipando las conclusiones- algunos ejemplos: Bulgarelli juega un fútbol en prosa: él es un “prosista realista”. Riva juega un fútbol en poesía: él es un poeta “realista”.

Corso juega un fútbol en poesía, pero no es un “poeta realista”: es un poeta un poco maudit, extravagante.

Rivera juega un fútbol en prosa: pero la suya es una prosa poética, de “elzevir”.

También Mazzola es un elzeviriano, que podría escribir en el Corriere della Sera: pero es más poeta que Rivera: de vez en cuando él interrumpe la prosa, e inventa en seguida dos versos fulgurantes.

Quiero aclarar que entre la prosa y la poesía no hacemos distinción de valor; la mía es una distinción puramente técnica.

Sin embargo, entendámonos: la literatura italiana, sobre todo la reciente, es la literatura de los “elzevirios”: ellos son elegantes y extremadamente estetizantes: su fondo es casi siempre conservador y un poco provinciano... en fin, democristiano. Entre todos los lenguajes que se hablan en un país, incluso los más jergales y difíciles, hay un terreno común: que es la “cultura” de ese país: su actualidad histórica.

Así, precisamente por razones de cultura y de historia, el fútbol de algunos pueblos es fundamentalmente en prosa: prosa realista o prosa estetizante (este último es el caso de Italia), mientras que el fútbol de otros pueblos es fundamentalmente en poesía.

En el fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: se trata de los momentos del “gol”. Cada gol es siempre una invención, es siempre una perturbación del código: todo gol es “ineluctabilidad”, fulguración, estupor, irreversibilidad. Precisamente como la palabra poética. El máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. En este momento lo es Savoldi. El fútbol que expresa más goles es el fútbol más poético.

También el “dribbling” es de por sí poético (aunque no “siempre” como la acción del gol). De hecho, el sueño de todo jugador (compartido por todo espectador) es salir del centro del campo, driblar a todos y marcar. Si, dentro de los límites permitidos, se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es precisamente ésta. Pero no sucede jamás. Es un sueño (que he visto realizado sólo en Maghi del pallone de Franco Franchi, que, aunque sea a nivel rústico, ha conseguido ser perfectamente onírico).

¿Quiénes son los mejores dribladores del mundo y los mejores goleadores? Los brasileños. Por lo tanto, su fútbol es un fútbol de poesía: de hecho, en él todo está basado en el dribbling y en el gol.
El catenaccio (encadenado) y la triangulación (que Brera llama geometría) es un fútbol de prosa: en efecto, está basado en la sintaxis, o sea en el juego colectivo y organizado: es decir, en la ejecución razonada del código. Su único momento poético es el contraataque, con el “gol” añadido (que, como hemos visto, no puede más que ser poético). En definitiva, el momento poético del fútbol parece ser (como siempre) el momento individualista (dribbling y gol; o pase inspirado).

El fútbol en prosa es el del llamado sistema (el fútbol europeo). El “gol” está encomendado a la “conclusión”, a ser posible de un “poeta realista” como Riva, pero debe derivar de una organización de juego colectivo, basado en una serie de pases “geométricos” ejecutados según las reglas del código (Rivera en esto es perfecto: a Brera no le gusta porque se trata de una perfección un poco estetizante, y no realista, como en los centrocampistas ingleses o alemanes).

El fútbol en poesía es el del fútbol latinoamericano. Esquema que para ser realizado debe requerir una capacidad monstruosa de driblar (cosa que en Europa es repudiada en nombre de la “prosa colectiva): y el gol puede ser inventado por cualquiera y desde cualquier posición. Si dribbling y gol son los momentos individualistas-poéticos del fútbol, es por eso que el fútbol brasileño es un fútbol de poesía. Sin hacer distinción de valor, sino en sentido puramente técnico, en México la prosa estetizante italiana ha sido vencida por la poesía brasileña.

Pier Paolo Pasolini, cineasta italiano (y escritor, y pintor, y crítico teatral, etc.)

lunes, abril 03, 2006

LUCIANO, CESARE Y LA TERCERA EDAD

El otro día, cuando terminó el entrenamiento, Luciano Spalletti le dijo a Okaka que se quedara en el campo. Mientras los demás jugadores del Roma cantaban bajo la ducha, Spalletti centraba balones y Okaka remataba de cabeza. Los dos solos, entre bromas, como un par de amigos. Okaka tiene 16 años y ayer jugó contra el Fiorentina. También jugaron Acquilani (22) y Rosi (18). De Rossi, que a los 22 se ha convertido en uno de los mejores medios centro del calcio, se quedó en el banquillo por lesión.

A mediados del segundo tiempo, cuando el Roma marcó el gol que igualaba el de Toni (el 26 de la temporada), Cesare Prandelli hizo cambios. Introdujo a Montolivo y llamó a Bojinov para conversar un instante. La cosa fue más o menos así: "¿Te va bien seguir por la izquierda?". "Sí, míster; estoy cómodo". "Pues tú, por la derecha, Montolivo". "Vale". Y el Fiorentina tomó la iniciativa al final.

La cosa, que concluyó en empate (1-1), permitió comprobar el buen trabajo de los dos técnicos más eficientes, dialogantes, imaginativos y honrados del campeonato italiano (Pillon, del Chievo, también estupendo, se queda por ahora un poco por debajo del dúo de moda). Uno, Prandelli, inventó a principios de curso un esquema eficaz basado en Toni, el prolífico hombre en punta. El otro construyó sobre la base de Totti, que para el Roma viene a ser como la suma de Ronaldo y Ronaldinho, y fue perdiendo piezas por el camino (Cassano se fue, Montella se rompió) hasta perder al propio Totti. ¿Qué hizo? Sacar a los chavales y enseñarles a jugar en movimiento continuo para que todos fueran a la vez creadores y ejecutores y la suma de su esfuerzo cubriera el hueco del gran Francé. Lo que salió, la llamada Banda de Hermanos, es uno de los equipos más humildes, esforzados y vistosos del torneo.

Fiorentina y Roma, Prandelli y Spalletti, compiten por el cuarto puesto. Los tres primeros, como siempre, están reservados para las tres hermanas. El scudetto lo ganará Fabio Capello, que se enfadó el sábado con Ibrahimovic. Capello lleva días enfadado. Le molesta que se vea el cartón de su supuesta magia y en las eliminatorias europeas, cuando su robusto y veterano cuadrado mágico (Cannavaro, Thuram, Vieira y Emerson) ha empezado a ir mal de bofe y ha dejado de gozar de lo que los italianos, con deliciosa discreción, llaman "sumisión psicológica" de los árbitros a la Juve, el cartón ha asomado por todas partes.

Roberto Mancini, el atildado técnico interista, tiene sólo 41 años y debería apostar por la juventud y la inventiva. Ocurre al contrario: parece fiarse sólo de jugadores cercanos a su generación. Sus hombres de confianza son Verón y Figo, treintañeros. Por no hablar de su mano derecha, Mihailovic, que a los 37 parece del otro lado de la frontera escatológica (en un sentido filosófico, no excrementicio).

A Carlo Ancelotti le gusta que su Milan juegue al ataque. Pero, si repasamos las partidas de nacimiento de los que alineó el sábado ante el Lecce, desde los venerables Costacurta (40 años) y Maldini (38) hasta los Cafú (35) y Rui Costa (33), se entiende que el Milan perdiera ante uno de los colistas.

En el momento culminante de la competición europea, los equipos italianos, mucho más vetustos que el Arsenal, el Barcelona o el Lyón, corren el riesgo de asfixiarse en la última cuesta. Ya pasó algo parecido la temporada pasada: lo del Milan frente al Liverpool no fue despiste, ni exceso de confianza ni mala suerte; fue, muy probablemente, un simple achaque.

Enric González es autor de Historias del Calcio

miércoles, marzo 29, 2006

CORTE DE MANGAS A LA ITALIANA por Raul Fain Binda


Los clubes, por tolerar a los violentos, dicen unos. La policía, que ampara a los ultras, creen otros. Las autoridades del fútbol italiano, que se lavan las manos, dicen por allá. Las del fútbol europeo, cuyas sanciones son patéticas, acotan por acá. En realidad, todos tienen razón. Y también se quedan cortos, porque todo el sistema hace agua.

En Italia piden a gritos la introducción del "sistema inglés", o una variente más estricta, como la holandesa.Este sistema requiere que la policía o los clubes, o ambos, conozcan a todos los espectadores, sepan donde están ubicados y tengan atribuciones para impedir su ingreso a los estadios, en caso de mala conducta.

Esto es imposible en Italia sin una profunda reforma de todo el sistema.

Estadios municipales
Ocurre que en Italia los clubes no son dueños de los estadios. Todos los clubes de Serie A y Serie B juegan en estadios municipales. El Inter y el Milan comparten el San Siro, pero no pueden mover un dedo para mejorar sus instalaciones y el campo de juego, cuyo mal estado crónico es una vergüenza.

Tampoco pueden responsabilizarse de la seguridad, ya que para eso necesitarían guardias profesionales, como en Inglaterra y Holanda, pero la policía no tolera esta competencia.
¿Instalar cámaras para individualizar y vigilar a los exaltados? Sí, es una buena idea, pero las leyes que protegen la privacidad de las personas impiden o por lo menos dificultan la presentación de las imágenes como evidencia en los tribunales.

Los clubes tienen las manos atadas aunque conozcan las malas intenciones de determinados individuos antes de ingresar al estadio. Si esas personas quieren comprar entradas, pueden hacerlo (en Inglaterra y Holanda se las negarían) y con ellas en su poder, ¿quién puede negarles el ingreso?

Impunidad en la tribuna
Ni la prevención ni la represión son eficaces en el marco del fútbol italiano. Cuando el inadaptado ha comprado la entrada a la que tiene "derecho", se incrusta con sus semejantes en las famosas "curvas" y allí es amo y señor. Puede arrojar lo que se le antoje (en una ocasión célebre hasta arrojó una motocicleta), sabiendo que la policía sólo intervendrá cuando la situación ya es incontenible.

Así, los municipios, los clubes y el gobierno se lavan las manos y dejan la responsabilidad a la policía, que por supuesto toma la línea del menor esfuerzo.

Blindaje político
Los grupos ultras son, en realidad, bandas de choque político, fascistas en algunos clubes, comunistas en otros, con todos los contactos y protectores que cabe imaginar.

De los policías italianos se puede decir muchas cosas, pero nunca que sean estúpidos.Lo primero que hacen los policías es negociar con los ultras los términos de la convivencia. En la práctica, la policía muchas veces termina protegiendo a los ultras, al mantener separados a los grupos rivales. Sus intervenciones, siempre brutales, sólo ocurren cuando la tribuna está en llamas.

Los perros de la violencia
Estos arrebatos de celo policial provocan a los ultras a nuevas reafirmaciones de su poder, como cuando cuatro jefes de la hinchada del Roma ingresaron a la cancha, en el derby ante el Lazio, y presentaron un ultimátum a Francesco Totti para que retirara al equipo. Si no lo haces largamos a los perros, le dijeron. Totti accedió, por supuesto. ¿Qué otra cosa podía hacer?

La identificación de los grupos ultras con ideologías políticas tiene en Italia una importancia más decisiva que en otros países con identidades similares. En las tribunas bravas del estadio Olímpico de Roma, o en el San Siro de Milán, el primer objetivo es político. Los colores del club vienen después.

Otro lavado
El primer ministro Silvio Berlusconi, también propietario del club AS Milan (y jefe de Adriano Galliani, número 2 del Milan y presidente de la Lega Calcio) ha prometido legislación para corregir todas estas deficiencias.

Excelente, aunque conviene tener en cuenta que los italianos todavía están esperando otras importantes reformas prometidas hace tiempo por Berlusconi. Lo único concreto, hasta ahora, ha sido la orden a los árbitros de todas las divisiones del fútbol italiano, de suspender de inmediato los partidos cuando los proyectiles comiencen a caer al campo.

Los gobernantes italianos deben tener las manos más limpias del mundo, después de tantos lavados.

martes, marzo 28, 2006

EL FANTASMA DE ADRIANO

Un espectro recorre los estadios italianos. Se llama Adriano Leite Ribeiro y no mete un gol ni a tiros. Convertido en el fantasma de sí mismo, acosado por una jauría rival, Adriano resopla, empuja, cae, se levanta, vuelve a intentarlo, y así pasa un partido, y luego otro, y otro. Lleva tres goles este año, tres goles facilones contra dos adversarios facilones, Cagliari y Sampdoria. El gol se le ha olvidado.

Adriano no es un bluff. Quien le vió jugar cuando era Adriano, no su fantasma, sabe lo que vale. Sufre, sin embargo, de dos males graves: uno, la ansiedad por jugar; dos, la ciclotimia. Un delantero no tiene por qué entender el juego. Es probable que la mayoría de los medios aficionados sepan más que Hugo Sánchez, Muller o Romario. A un ariete le basta el instinto porque en su oficio no se piensa, se actúa: hay que adivinar por dónde llegará el balón y soltar el cuerpo e ir en busca del gol. Hacen falta un pie exquisito, una coordinación sobrehumana, una cabeza a prueba de porrazos y un punto de maldad; para pelotear están los otros.

Cuando Adriano no encuentra la portería, se empeña en ir para atrás. Eso dice mucho de su pundonor, pero no sirve de nada. Dar un pase en corto en el círculo central sin tener un plan en la cabeza es como pintar un palote sin saber que es una i. Y mientras está detrás no está delante, vagueando a la espera de un rebote, como hacen los arietes en sus días tontos. Tampoco le salen ya aquellas cabalgadas de 40 metros, porque cuando llega al área dispara contra el línier. Cuanto más falla, más se desespera y más penoso resulta verle bufar, como una ballena que gime y busca una vía de fuga mientras la despedazan los cachalotes.

Cuando le salen las cosas parece el jugador total, el concepto platónico del futbolista. Cuando le salen mal, hace lo necesario para que le salgan peor. Su ciclotimia no es nueva. El Inter lo compró al Flamengo en 2000, con 18 años, y se lo llevó a un Trofeo Bernabéu para exhibirle. Dado que hablamos del Inter, fue cedido al Fiorentina. Al año siguiente se interesó por él el Parma, que gastó en el sueldo de Adriano sus ahorros. Fue Sacchi, por entonces director deportivo del Parma, quien se empeñó. "Espero no equivocarme", dijo Sacchi, "porque es un fenómeno, pero hace cuatro meses que le sigo y hace cuatro meses que juega asquerosamente mal".

Adriano se recuperó, salvó al Parma y volvió al Inter. Con algún pequeño bache, había funcionado gloriosamente bien hasta ahora. Hizo a la afición regalos de los que no se olvidan, como cuando fue a Brasil para enterrar a su padre, volvió, fue casi directamente del avión al campo y arrasó. Demasiado hermoso para ser eterno.

Su entrenador, il bello Roberto Mancini, habla de "problema psicológico". Lo es. Si Adriano se sometiera a un psicoanálisis, el bloqueo quizá se resolviera en cuanto se nombrara a Zico. Zico fue el ídolo de Adriano y sigue siéndolo. Alguien debería decirle a Adriano que, aunque tire las faltas casi tan bien como Zico, no trabaja de capitán general, sino de infante de asalto, y que no debe obsesionarse con el fútbol. Debe convencerle de que basta esperar. De que lo suyo es tener paciencia, como los predadores o los vendedores de seguros.

Enric González es autor de Historias del Calcio

jueves, marzo 23, 2006

SEGÚN AUSTER


Hace tiempo publiqué esta cita en el blog y hoy me apetece vorlverla a subir. La frase me parece cojonuda, Auster superlativo.

"El fútbol es un milagro a través del cual Europa encontró una forma de odiarse sin destrozarse".

Paul Auster, escritor estadounidense

lunes, marzo 20, 2006

ZAPPING

Para muchos aficionados españoles, en general para quienes no tifan por el Barcelona o por el Villarreal, la Liga de Campeones se ha convertido en una cuestión estética, en un asunto más filosófico que pasional.

Hay quien se traga el sapo y, en nombre de la patria, apoya al equipo español que sigue vivo. Hay también quien no se traga nada y desea que el rival eterno sufra una eliminación de lo más dolorosa.

Patrias y rencillas al margen, la actitud contemplativa de quien está ya fuera puede inducir al zapping en las próximas eliminatorias.

Nuestro afán de servicio nos impele a ofrecer una pequeña guía sobre las situaciones en las que resulta aconsejable detenerse en un partido disputado por el Juventus de Fabio Capello, el Milan de Carlo Ancelotti o el Inter de Roberto Mancini.

- El Juventus pierde por 1-0. La Juve tiene algo de Mae West: cuando es buena, es muy buena; cuando es mala, es mejor. Y saca toda su maldad cuando le toman ventaja.

La Vieja Señora no está habituada a perder y con un gol en contra se eriza, araña, patalea y padece una agonía. Ningún equipo sufre de una forma tan carnal como el Juventus. Tiembla el mentón de Capello, Nedved cae muerto al borde del área por un soplido del defensa, Emerson y Vieira sudan y empujan como posesos...

El Juventus suele acabar remontando -por pura chiripa si hace falta, como ante el Werder Bremen-, pero, mientras pierde, ofrece un espectáculo de los que cortan el aliento.

Muy aconsejable para sadomasoquistas.

- El Milan gana por 2-0. El Milan dispone de un mecanismo interno muy sencillo: un compás, Pirlo; un muelle, Kaká, y dos percutores, a elegir entre Shevchenko, Gilardino e Inzaghi.

Pero el equipo es grandote, culón, de timón lento. Le cuesta frenar si adquiere ventaja, por lo que suele arrollar por goleada a los adversarios -los cuatro goles al Bayern Múnich-, pero también le cuesta virar cuando las cosas se tuercen -la remontada del Liverpool en la final de Estambul-.

Más que del entrenador, el problema procede de la defensa, muy veterana, muy acostumbrada a marcar el centro de gravedad y con tanto peso específico que atrae hacia sí al resto del equipo.

El Milan tiene talento para regalar y una cierta carencia de agilidad, física y mental. Con un 2-0 a favor, puede marcar tres más o puede acabar perdiendo.

Muy aconsejable para los amantes de los marcadores sensacionales.

- El Inter gana por 1-0.

El Inter sabe jugar al fútbol. Mancini no ha inventado nada, pero cuenta con un buen ventilador, Verón, que da oxígeno a las alas, Figo y Stankovic, y al poderoso, ciclotímico e imprevisible Adriano.

Lo que pasa es que el Inter es más auténtico cuando duda, cuando se fía porque va con ventaja, cuando descubre sus flancos. En esos momentos le vienen los suspiros y las melancolías y puede ocurrir de todo. Puede marcar otros dos goles con dos zarpazos lánguidos o puede complicarse muchísimo la vida.

En ese momento del 1-0, de luz incierta, resalta además el juego como medio centro del argentino Cambiasso, una madraza generosa que lo hace todo sin decir nada, que cubre todos los huecos y perdona todos los errores.

Para el Inter, Cambiasso es casi una señal del cielo: después de tanto tiempo vendiendo joyas y comprando churros o caballeros venidos a menos por la edad, el pivote de la selección albiceleste llegó casi regalado del Madrid y resultó una maravilla.

El partido en el que el Inter va un paso por delante en el marcador resulta, en definitiva, muy aconsejable para los aficionados al suspense.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, marzo 19, 2006

LA PULGA SALTÓ AL VACÍO por Julio César Iglesias



El mal que en su día se llevó a Lou Gehrig, El Orgullo de los Yanquis, ha terminado con la vida de Jimmy Johnstone, el orgullo de Glasgow. Por culpa de algún druida sin escrúpulos o por oscuras razones de la biología, el hombrecito de las piernas de acero se ha ido de este mundo con las arterias de chapa.

Muchos años antes, el pequeño Jinky, a quien los chicos llamaban La Pulga, había reconciliado con el fútbol a la última promoción de seguidores de Alfredo Di Stéfano. En el intento de ganar la sexta copa de Europa, el Madrid venía de eliminar brillantemente en semifinales a aquel Milan de Rivera, Trapattoni, Amarildo, Maldini y Altafini que hacía pensar en un ensueño renacentista; la última fantasía muscular de Lorenzo de Medici. Pero en la final llegó el Inter de Helenio Herrera, con su Mazzola ensortijado, su patente de Corso y su genial percusionista Luis Suárez, y acabó con la reunión y con la carrera de don Alfredo.

Poco después, agrandado en su camiseta, el Inter viajaba a Lisboa para jugar una nueva final. Enfrente estaría el Celtic, un animoso equipo escocés que sólo merecía el beneficio de la duda. Pronto se supo que los agoreros estaban equivocados: los anillos verdes de la camiseta del Celtic eran en realidad los anillos de la serpiente. Desde los primeros minutos, el defensa lateral Gemmill se apoderó de la banda y empezó a desplegar un fútbol tozudo y apremiante. Cuando los chicos de don Helenio quisieron darse cuenta estaban rodeados.

Entonces apareció por la derecha un jugador esmirriado que sin duda habría hecho fortuna pidiendo limosna en el atrio de cualquier parroquia. Tenía una inquietante cabeza de insecto; nariz ansiosa, barbilla de aguja y cuatro pelos movedizos como antenas. Sólo su uniforme salvaba tan desmedrada visión atlética, pero no resolvía totalmente el problema estético de su figura: pálido amarillento de los pies a la cabeza, con sus ojos minúsculos y sus bandas de hortaliza, parecía, más que una auténtica pulga amaestrada, la alegoría de un cebollino.

En cuanto recibió la pelota comprobamos que utilizaba su propia insignificancia como un segundo disfraz. Manejaba, uno por uno, todos los recursos del relámpago y, armado de su rapidez, su potencia y su brillo, era el diablo con espuelas.

Nunca olvidaremos su triple victoria de aquella noche: levantó la Copa de Europa, nos devolvió la fe y reclamó para todos los seres diminutos un lugar en el Olimpo.

En una empresa para elefantes, Jinky reivindicó el encanto de ser pulga.

jueves, marzo 16, 2006

EL EGO DEL VIRREY por Rodolfo Chisleanschi

Sobre el paso por el Atleti, con pena y sin gloria, de Carlos Bianchi, el entrenador que lo ganó todo en Argentina (Liga), en Suramérica (Libertadores) y en el mundo (Intercontinental).


Antes que con sus circunstancias, cada ser humano convive con su ego, que tiene tamaños variables en cada caso y cuyas ambiciones no siempre coinciden exactamente con los deseos más íntimos de su dueño. En septiembre de 2003, todavía como entrenador del Boca Juniors, Carlos Bianchi viajó a España para disputar un par de partidos amistosos contra el Barcelona y el Atlético de Madrid. Por entonces, concedió algunas entrevistas a medios españoles, en las que expresó con claridad que su proyecto vital, el día que abandonara el club de la Ribera porteña, no contemplaba trabajar en Europa, sino disfrutar de sus hijos y nietos en Buenos Aires. Más aún, se ocupó de remarcar su escaso aprecio por el fútbol que se juega a este lado del mundo e incluso puso en duda la eficiencia organizativa de los clubes españoles.

Su discurso sonó creíble porque parecía reflejar sus verdaderos sentimientos y, para quien lo hubiese escuchado, resultó sorprendente que, menos de dos años más tarde, aceptara la propuesta del Atlético para aventurarse lejos de su barrio y sus afectos.

¿Por qué lo hizo? El propio Bianchi se encargó una y otra vez de negar el factor económico como motivo. Y se antoja poco probable que una personalidad tan fuerte como la suya se dejara influir hasta tal punto por familiares, amigos o representantes.

¿No será acaso que, seguramente sin darse cuenta, permitió que fuese su ego el que tomara la decisión por él? Porque a ese ego apabullado durante años por los elogios en Argentina y Suramérica, sin duda le faltan, en el aspecto profesional, un par de condecoraciones para sentirse plenamente satisfecho. Una, dirigir a la selección albiceleste: sufrió una nueva postergación a finales de 2004, cuando desde la Asociación del Fútbol Argentino se le hizo saber que no era el hombre elegido para reemplazar a Marcelo Bielsa. Otra, tras su fracaso en el Roma en la temporada 1996-1997, es triunfar en un club europeo, y fue el Atlético el que le ofreció la revancha.

Pero, si el ego, incluso el más fuerte, tiene apetencias diametralmente opuestas a las de la persona que lo alimenta, suele plantearse una dura competencia interna que puede derivar en cortocircuitos de difícil resolución. Cómo explicar, si no, el errático e inesperado comportamiento de Bianchi durante sus meses en Madrid. Porque el ya ex entrenador del Atlético contradijo todos sus antecedentes. Si en Buenos Aires se mueve como pez en el agua, en Madrid se recluyó en su casa, sin que se le conociera ningún intento por integrarse en el entorno. Si en sus anteriores experiencias supo manejarse con maestría con los medios, aquí se mostró huraño, distante, intratable. Si una de sus bazas principales siempre fue la complicidad con sus dirigidos, en el Atlético se ganó el desprecio de buena parte de su plantilla. Si la claridad y firmeza en sus ideas le llevó a cosechar un sinfín de triunfos con otras camisetas, con la rojiblanca sumó una duda tras otra a la hora de dar forma al equipo. Si en Argentina nunca alardeó de sus éxitos, a este lado del Atlántico los usó como justificante para cada decisión tomada.

La impresión final es que este hombre gris que pasó por Madrid poco tiene que ver con el Virrey que gobernó un decenio de fútbol en Argentina. Tal vez, porque el verdadero Bianchi nunca dejó de jugar con sus nietos en su barrio de Buenos Aires. Aquí sólo conocimos a su ego.

lunes, marzo 13, 2006

LAS TRES HERMANAS

Aquí están otra vez las tres hermanas del calcio. Juventus, Milan y posiblemente Inter, si el martes supera su partido pendiente con el Ajax, pisan por enésima vez los cuartos de final de la Liga de Campeones. Las tres hermanas viven junto a los Alpes y llevan un vestido con franjas negras. Por lo demás, no hay en el mundo hermanas menos parecidas.

La mayor, la Vecchia Signora, blanca y negra, se hace pasar a veces por la reina de Turín. No lo es. La Juve es más italiana que turinesa. Si trasladara su estadio a Palermo o a Roma, tendría quizá más espectadores que en el gélido de los Alpes. A diferencia de otras sociedades, crecidas en un ámbito geográfico determinado y ligadas a un cierto paisaje, el Juventus fue desde joven un equipo de empresa. La empresa, Fiat, era de Turín. Pero era también el estandarte industrial de toda Italia y recogía a personas de todas las procedencias, mayormente del Sur.

Pese a todos sus esfuerzos, nunca alcanzó una hegemonía indiscutible en los sentimientos de sus convecinos, que hoy siguen amando aún el sueño romántico del Torino. Los sucesivos magnates Agnelli educaron al equipo de la empresa familiar en la disciplina, el esfuerzo y el orden, todo ello de tradición piamontesa, y lo uncieron al yugo de Fiat. Luego alzaron la bandera blanquinegra e invitaron a todos los italianos a cobijarse bajo ella. Si alguien tuviera interés en descubrir no cómo son los italianos, sino cómo querrían ser, haría bien en escudriñar el alma ambiciosa, tenaz, seca y prepotente del Juventus.

La hermana mediana, roja y negra, nació en 1899, dos años después que la Signora, y salió medio extranjera. Como la fundó un inglés, Alfred Ormonde Edwards, fue bautizada con un nombre inglés, Milan, acento en la primera sílaba, y no con el nombre italiano de su ciudad, Milano. No está muy clara la razón, pero desde el principio -avasallador, con un primer scudetto en 1901 que rompió el dominio del Génova- prefirió la compañía de los obreros. En la ciudad más burguesa de Italia, el Milan, como sus colores, se convirtió en símbolo del proletariado. Hasta los años 50, cuando el dinero empezó a marcar diferencias entre un club y otro, no tuvo como presidente a un patrón, a un empresario o, por utilizar el término local, un potente.

El carácter de la hermana mediana definió, por exclusión, el de la hermana menor. El Internazionale, más conocido como Inter, azul y negro, nació en 1908 de una costilla burguesa del Milan. Un grupo de patrones y profesionales, hartos de no mandar en el club de su ciudad, lo abandonaron y fundaron otro. Si el Milan era alegre, optimista, pobretón y un poco hortera, el Inter se convirtió de forma inexorable en casi lo contrario: lo suyo fue el dinero, malgastado; el pesimismo, la derrota elegante y una especie de permanente angustia existencial que reflejaba, acaso, las dudas de una clase dominante o las dudas de todo un país: si el Inter es también conocido como La Bienamada será por algo.

El Milan, la hermana proletaria, ha pasado por la Segunda División, una tragedia que las otras dos nunca han vivido. También ha pasado por las manos de Silvio Berlusconi, lo que alguno podría considerar no menos trágico. Hay que reconocer, sin embargo, que el hombre más rico de Italia se ajusta como un guante a la tradición milanista y que su gestión como presidente del Milan -otra cosa es la presidencia del Gobierno- muestra pocos fallos. Berlusconi es optimista, chistoso y un pelín farsante, como la peña de currantes que constituyeron la primera masa social. Impuso desde el principio de su mandato una norma fundamental: si él ponía dinero, y lo ponía, el técnico y los jugadores debían poner de su parte un fútbol bello y agresivo. Esa ley interna ha funcionado durante más de un cuarto de siglo y ha dado, además de éxitos, continuidad a la tradición milanista.

El Milan, que pasó meses muy malos tras la desgracia del año pasado en la final de Estambul, vuelve a intentarlo. Por su pasado, por su estilo y por su indestructible ánimo proletario, sería hermoso que dispusiera de una nueva oportunidad.

Enric González es autor de Historias del Calcio

viernes, marzo 10, 2006

CREER EN DIOS


"Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina, es por ahora la única prueba fiable de la existencia de Dios".

Mario Benedetti, escritor uruguayo

miércoles, marzo 08, 2006

PROTEGER A UN GENIO por Santiago Segurola

Segurola relata el soberbio partido de Lionel Messi en Stamford Bridge ante el Chelsea de Jose Mourinho.
Nota: Una duda, si se llama Lionel ¿por qué lo llaman Leo y no Lio?

El fútbol está contenido en el cuerpo de un pequeño jugador, un chico de 18 años que podría pasar desapercibido en cualquier calle. Es la magia de este juego maravilloso, abierto a la excelencia de un Nijinski de 1,90, como Van Basten, o la magia de un imberbe, de aspecto adolescente, apenas 1,68 de estatura, pero un gigante en toda regla. Se llama Leo Messi y hay todo el derecho a pensar que estamos ante un jugador excepcional, la aparición más fulgurante de los últimos años, figura indiscutible a una edad que sólo se permite a los privilegiados. A esa edad, sólo genios del calibre de Pelé o Maradona dominaban los partidos de la manera en que Messi lo hizo en Londres. No merece la pena entrar en comparaciones. De eso se encargará el futuro, con toda la carga de incertidumbres que eso significa en el fútbol. El presente ya está escrito. De Stamford Brige emergió una gran estrella.

La actuación de Messi hay que medirla en todos los órdenes. Es en partidos acomo el de ayer donde se observa al jugador en las condiciones más extremas de dificultad. Todo lo que se podía exigir a Messi, o a cualquiera de los astros que se asomaron al encuentro, se condensó en Stamford Bridge: dos excelentes equipos, la más exigente de las eliminatorias, la atención mundial, un campo infame que multiplicó las complicaciones a los jugadores, la tensión siempre, la violencia en muchas ocasiones. Un partido para futbolistas trascendentes no sólo por la técnica, el oportunismo o el carácter competitivo. Un partido, en definitiva, para proclamarse rey del fútbol. A eso se dedicó Messi durante todo la noche.

Las condiciones del encuentro le podían animar a la deserción. Del Horno le golpeó de tal manera durante la primera media hora que a nadie hubiera extrañado el repliegue de Messi. Podría haber buscado refugio en su juventud, o en la jerarquía del Barça, donde todavía no tiene los galones de Ronaldinho o Eto'o. Podría haber cuidado sus piernas, machacadas por las patadas de los defensas del Chelsea. Un gran jugador cualquiera tenía las excusas necesarias para dejar cuatro detalles y pasar con buena nota. Pero lo que hizo Messi fue inolvidable. En una demostración pocas veces vista de habilidad, inteligencia y coraje, destrozó al Chelsea ante el estupor de la hinchada inglesa, que reaccionó como suele suceder cuando un futbolista produce pánico. Por debajo de los abucheos que le dedicaron en cada jugada, se manifestó el pavor de los aficionados ingleses ante la arrolladora demostración de Messi.

No es posible dominar un partido de este calibre con 18 años. El fútbol tiene muy pocos precedentes, y los que se recuerdan están referidos a genios. Pelé, en la final del Mundial de 1958; Maradona, en el Mundial juvenil de 1979 y en las noches gloriosas de Boca; quizá Cruyff en la célebre eliminatoria de desempate frente al Benfica -año 1969- o George Best en Lisboa, también ante el equipo portugués, tres años antes. Y en los dos últimos casos se trataba de jugadores de 20 años, con una acreditada experiencia en la competición internacional. La hazaña de Messi es la un muchacho que debutó como titular en la Liga en noviembre. No fue una aparición cualquiera. Irrumpió en el Bernabéu y fue decisivo en la sonada victoria del Barça frente al Madrid.

La diferencia con aquel encuentro es que, en Londres, Messi estuvo a una distancia sideral de los demás. Fue el mejor y el más valeroso en el partido más difícil posible. En cada jugada mezcló la habilidad para superar a los defensas con un coraje casi insensato, con otra particularidad: nunca se quejó de la intolerable violencia que padeció. Ese carácter inalterable es otra característica singular de Messi, una cualidad impagable por lo que supone de deportividad y respeto al juego. Ahora le toca al fútbol respetarle a él. Un jugador como Messi es el tesoro más valioso que puede encontrarse. No puede quedar sometido al imperio de la violencia. El fútbol se encuentra ante una obligación imperativa: proteger a Messi, proteger a un genio.

lunes, marzo 06, 2006

LA REVOLUCIÓN DE EPAMINONDAS

Los espartanos disponían de la mejor infantería de la antigua Grecia. Sus soldados eran valientes, austeros y disciplinados y dejaron en la memoria el sacrificio de las Termópilas. Tenían un defecto, sin embargo: cargaban con un tradicionalismo casi congénito que les impedía innovar sus tácticas. Lo hacían todo como siempre. Sus propios orígenes míticos establecían un orden eterno: decían haber sido un pueblo levantisco y caótico hasta que el rey Licurgo les dio unas leyes inmutables. Según Plutarco, Licurgo adivinó el punto débil de Esparta y "prohibió que se realizaran frecuentes campañas militares contra un mismo enemigo para evitar que éste aprendiera el arte del combate".

Tebas fue enemiga de Esparta. En 371 ya había aprendido todo lo necesario de los espartanos y, bajo el mando de un genio llamado Epaminondas, realizó sus propias invenciones: creó una unidad de élite compuesta por 150 parejas homosexuales, la colocó a la izquierda de la formación de falanges -el flanco derecho era hasta entonces el más fuerte- y se habituó a atacar con columnas de 50 filas de profundidad. En la batalla de Leuctra, Tebas acabó con Esparta.

El ejemplo de Esparta ha sido siempre tenido en cuenta por los estrategas. Fabio Capello, leído e informado, sabe que la mayor flaqueza de su Juventus, una máquina de guerra que juega de memoria y ataca sin respiro, es la previsibilidad. Tiene grandes dificultades cuando el contrario lo imita y añade un poco de imaginación.

Cuando Capello abandonó el Roma para mudarse a Turín, hace casi dos años, dejó un equipo espartano. Estaba lleno de genios, pero se había habituado a moverse de manera determinada. Ni el efímero Prandelli, ni Voeller, ni Del Neri ni Conti hallaron el truco para reordenar una herencia envenenada: el Roma era una peña de tipos locos que podían cometer cualquier disparate, pero no imaginar un juego sin tres puntas y medio centro, el que, con Capello, les había dado su único scudetto contemporáneo. Hasta cierto punto, la suya fue una crisis espartana.

Hasta que llegó Luciano Spalletti para ejercer de Epaminondas. La primera mitad del curso presentó las mismas dificultades, agravadas por la ruptura con Cassano, que añoraba la tradición capellista. Cuando se fue, sólo quedó un delantero decente en la plantilla, Montella. Pero Montella se rompió. La crisis era tan grave que cualquier experimento, por peligroso que fuera, estaba justificado. En su revolución, Spalletti no echó mano de parejas homosexuales, sino de centrocampistas. ¿Había dejado Capello la herencia de las tres puntas? Pues se acabaron: portero, cuatro defensas y seis medios. En la pizarra, la posición teórica de ariete le tocó al gran Totti. En la realidad, el Roma adoptó el mecanismo de un motor de seis cilindros, con los pistones subiendo y bajando continuamente y sin dar al contrario puntos de referencia.

El fantasma de Capello quedó olvidado, el juego volvió a embelesar y el Roma encadenó once victorias ligueras consecutivas, batiendo las marcas del calcio. La última, la mejor: a domicilio, en el derby contra el Lazio, pese a la ausencia de Totti. La Gazzetta dello Sport decía ayer que el prodigioso magma centrocampístico de Spalletti disponía de un precedente en el mítico Honved, húngaro, de los 50. Nada más y nada menos.

Este texto fue cerrado antes de que se disputara el Roma-Inter de anoche. Fuera cual fuese el resultado, Spalletti-Epaminondas se había convertido ya en el entrenador del año y en la única alternativa auténtica a Capello-Licurgo.

Enric González es autor de Historias del Calcio

Nota: El partido Roma-Inter concluyó con empate a un gol.

sábado, marzo 04, 2006

CASSANO, UN FICHAJE DE PESO por Diego Torres


Diego Torres publica este reportaje en El País a vueltas con el fichaje, y el estado físico, de Cassano.

"Cinco millones de euros". Cuando a Rosella Sensi le comunicaron la primera oferta que Florentino Pérez hizo por Cassano, el único delantero que le quedaba en condiciones, se sintió engañada: "¡Por menos de diez se queda cortando el césped del jardín de mi padre!".

La Dottoressa, menuda pero enérgica, de 33 años, vivía sus días más difíciles como administradora del Roma. Una semana antes, tras la derrota ante el Palermo, se dispuso a hacer historia: bajó al vestuario y se convirtió en la primera mujer-revulsivo en la historia del calcio. Irrumpió a gritos en la nube de vapor de duchas y futbolistas desnudos: "¡Si fuera un hombre, tendría los cojones hasta el suelo de vosotros!". Su cara estaba hinchada y tensa como una ciruela. Los jugadores sintieron algo parecido al pavor. Luciano Spalletti, el técnico, asintió compungido. Rosella se volvió hacia él: "¡Esto también va para usted! ¡Quiero que los concentre a todos hasta que ganen un partido!".

El Roma enfilaba el descenso y Rosella, en Navidad, debió firmar el traspaso de Cassano por cinco millones. El club de su padre, Franco, se quedó sin el ídolo y sin el dinero que necesitaba. Pero ella pasó un detalle por alto: hacía semanas que nadie había visto a Cassano en el club. Se marchó sin despedirse. Y estaba gordo.

El día que se fue Cassano inició el Roma la serie de victorias más prolongada del fútbol italiano. Desde entonces ha ganado once partidos de Liga y, ante el Juventus, dos de Copa. Del descenso pasó a pelear por la Champions. Los jugadores, que habían vivido de espaldas a la crisis, se ligaron con efecto mágico. Gente como Mancini, que nunca asistió a una cena de trabajo, comenzaron a invitar a todo el equipo. La primera victoria, contra el Chievo, liberó a la plantilla del confinamiento impuesto por la Dottoressa al tiempo que inspiró nostalgia de la vida en común. Los jugadores comenzaron a quedarse en Trigoria tras los entrenamientos para compartir la comida, charlar y tirarse bolas de pan. Totti y el argentino Cufré se convirtieron en los pilares morales del equipo.

Dos meses después de llegar a Madrid, Cassano no exhibe la misma progresión que sus ex colegas. Los médicos del Madrid están preocupados porque no responde a la dieta. Se manifiesta igual de refractario a las imposiciones cuartelarias que a las recomendaciones paternales. Desconfía de toda autoridad y su tripa encoge y se infla como un elástico. Fiel a su trayectoria, en fin. El verano pasado, Spalletti le confesó a un amigo su preocupación: "Antonio es incapaz de ponerse límites al comer".

Cuando el Roma inició la pretemporada, Cassano se incorporó tan fuera de forma que sorprendió a todos. El más sorprendido fue un central del Bolzano, de Tercera Regional, que, en un amistoso, comprobó que el genio de Bari era incapaz de eludir su marcaje. Spalletti tomó nota. Antes de ser traspasado, jugó sólo cinco partidos. Dejó de entrenarse en noviembre. Durante un mes y medio vivió recluido en su casa con su novia, Rosaria, y su madre, Giovanna.

(...)

En un equipo como el Madrid, sobrado de medias puntas y segundas puntas, la presencia de Cassano es inútil. La explicación oficial de su contratación la da el director de fútbol, Benito Floro: "Fue por la incertidumbre que se creó con la lesión de Raúl en un momento en el que no se sabía si pasaría o no por el quirófano".

Con Raúl recuperado, Cassano parece un actor de reparto. El club se planteó su fichaje como un negocio. La directiva vio en él una inversión sin riesgos: no había manera de devaluarlo por debajo de los cinco millones. Ahora le buscan mercado en Italia a cambio del doble. Los agentes aseguran que allí lo siguen considerando un fenómeno.

El único problema de Cassano es deportivo: hoy está fuera del Mundial. Y, si sigue sin jugar, no valdrá más en agosto de lo que costó en diciembre.

viernes, marzo 03, 2006

EL LOCUTOR por Eduardo Galeano

A raiz de una de las frases del post anterior he encontrado este pequeño relato de Galeano.

-Sólo tres personas han dejado mudo el estadio de Maracaná: el Papa, Frank Sinatra y yo.

Lo dijo Alcides Ghiggia, sacando pecho, y no mintió.

Poco faltaba para el fin del partido. Ghiggia se escabulló por la punta derecha y clavó el gol que hizo campeón del mundo al Uruguay. Después del pitazo final, mientras caía el sol y caía todo lo demás, el público siguió sentado en las tribunas. Un pueblo tallado en piedra, gigantesco monumento a la derrota: doscientos mil brasileños, la mayor multitud jamás reunida en un estadio de fútbol, no podían moverse, ni hablar, ni creer. Muchos se quedaron hasta la medianoche, inmóviles, mudos, atónitos. Nuestro Hiroshima, tituló un diario de Río de Janeiro, al día siguiente, exagerando un poquito.

Isaías Ambrosio estaba allí. Él había sido uno de los albañiles que habían construido aquel estadio, el más grande del mundo, y había recibido una entrada de regalo. Pasó el tiempo. Isaías seguía sentándose en el mismo lugar que había ocupado, en las gradas de Maracaná. Y cada tarde trasmitía, aferrado a un micrófono, el gol de la tragedia nacional. De lunes a viernes lo trasmitía, una vez y otra y otra. Isaías repetía la jugada de Ghiggia, paso a paso, para la audiencia de una radio imaginaria, o para él, o para nadie. Llevaba medio siglo en eso, desde aquella tarde: con voz impostada, gritaba el gol, o más bien lo lloraba, y volvía a gritarlo, a llorarlo, ante el inmenso estadio vacío, como en la tarde anterior y en la tarde siguiente y en todas las tardes.

Eduardo Galeano, escritor uruguayo

miércoles, marzo 01, 2006

Y EL PAISITO CALLÓ MARACANÁ



"Fue la primera vez en mi vida que escuché algo que no fuera ruido. Sentí el silencio".

Juan Alberto Schiaffino, jugador uruguayo autor del primer gol de la Selección de Uruguay en la final del Mundial Brasil 1950.


“Sólo tres personas han dejado mudo el estadio de Maracaná: el Papa, Frank Sinatra y yo”.

Alcide Ghiggia, jugador uruguayo que marcó el gol del triunfo de Uruguay en la final del Mundial Brasil 1950, el Maracanazo.

martes, febrero 28, 2006

TEORÍA DEL GOLPE

Habrá quien se acuerde de Fernández, Montero Castillo y Aguirre Suárez, que allá por los 70 fueron antecesores de los Latin Kings y otras bandas violentas hispanoamericanas. Aunque su condición de futbolistas les impedía portar armas en el campo, resultaban de lo más peligroso. Su equipo, el Granada, daba miedo. Amancio no debe de haberse olvidado de aquel Granada. Una tarde de 1974, en Los Cármenes, Fernández le mandó al hospital de una patada. El parte médico indicó que la puntera había entrado tan hondo en el muslo que la herida parecía una cornada de toro.

Quien se acuerde de aquellos dos uruguayos y de aquel paraguayo se acordará también de Goikoetxea, el centrocampista del Athletic que cumplió 23 partidos de sanción por romper a Maradona y aún tuvo tiempo de romper además a Schuster.

Estos días, en Italia, se teoriza en abundancia sobre golpes, patadas y codazos. Desde que el peroné de Totti dijo basta, el domingo pasado, no hay quien carezca de ideas propias sobre la peligrosidad de la entrada por detrás o el manotazo en los ojos. El maestro Gianni Mura explicaba ayer en La Repubblica que la última moda es el rodillazo en los riñones cuando se salta de cabeza: limpio, doloroso y difícilmente visible para el árbitro.

Una opinión valiosa y autorizada es la de Pietro Vierchowod, El Zar, un defensor espléndido que ganó un scudetto con el Roma (1983), otro scudetto y una Recopa con el Sampdoria (1991) y, a los 37 años, una Copa de Europa con el Juventus (1996). Jugó hasta los 40 y se dice que los tobillos machacados de Marco van Basten, prematuramente jubilado, llevaban la marca indeleble de los tacos de Vierchowod. Maradona le llamaba Hulk y procuraba evitarle. Vierchowod jugaba bien y pegaba fuerte. Él mismo lo reconoce: "En mi época se daban más patadas que ahora. Quien quería hacer daño hacía daño y, como máximo, se llevaba una amonestación".

Sin embargo, El Zar -el apodo salió del origen ucraniano y de lo mucho que mandaba en el área- considera que, pese al laxismo arbitral de años atrás, pese a las cornadas del trío suramericano del Granada y pese a todas las brutalidades que se veían en los campos, incluidas las suyas propias, antes el fútbol era menos peligroso. La teoría del golpe de Vierchowod propone incluso un culpable de todos los males contemporáneos: Arrigo Sacchi. ¿Por qué? Por la defensa zonal que Sacchi y el Milan pusieron de moda.

Antes, explica Vierchowod, se marcaba al hombre. El marcador intentaba no despegarse de su víctima en todo el partido y, cuando hacía falta pegar, le tenía a mano. Podía apuntar bien y controlar la fuerza de la patada o, mucho más a menudo, poner una simple zancadilla. Ahora no funciona así. Los defensas cubren una zona determinada, con bastante frecuencia cercana al centro del campo, y cuando se les escapa alguien "arrancan desde lejos para interceptarlo", explica El Zar, por lo que, "cuando alcanzan al adversario, le caen encima a gran velocidad". "Si estás lejos, careces de alternativas y, cuando pegas, las consecuencias son ruinosas", dice.

Podría ser que Vierchowod tuviera razón. Uno prefiere no pensar, en ese caso, qué habría ocurrido si Aguirre Suárez, Goiko o el propio Vierchowod hubieran tenido que ganarse la vida haciendo defensa zonal. Van Basten usaría muletas. Y Amancio habría acabado como Joselito.

Enric González es autor de Historias del Calcio

viernes, febrero 24, 2006

EL BOMBO por Manuel Vicent

Hay que preguntarse qué hace aquí todavía Manolo el del Bombo en medio de esta guerra tan moderna. Cuando la mayoría de los jóvenes españoles mide 1´80, está absolutamente vitaminada y tiene la mente metida en un ordenador, este gordo arago-valenciano con chapela de falso vasco, cuyo olor a rancio echa de espaldas, se ha erigido en estandarte de la raza sin otro mérito que dar mazazos a un pandero en las gradas de los estadios cuando juega la selección nacional. Hay que preguntarse también qué pintaba ese toro publicitario saliendo de los vestuarios como de un chiquero antes de iniciarse los partidos de España en la última Eurocopa. Sin duda alguien ha creído que ese morlaco negro es el símbolo de la furia española y que el equipo nacional va a absorber el genio de sus criadillas, pero ya se sabe que el destino del toro es ser burlado, escarnecido, sangrado y vencido en la plaza. Aun con toda su altivez el toro en España es un perdedor nato y a quien quiera correr su suerte en los negocios, en el deporte o en el amor que Dios lo ampare: ni la falsa euforia subvencionada de Manolo el del Bombo podrá librarle de la ignominia. Por fortuna este país comienza a tener una mentalidad atlética que se va alejando al mismo tiempo de la tauromaquia y de la caspa. Cada día son más los españoles que prefieren no ser tenidos como toreros ni como astados. Ninguno de nuestros jugadores pensará que va a ser corrido y apuntillado en el césped. Por otra parte el comportamiento de las masas en los estadios es un capítulo fundamental de la sociología. Los ingleses que fundaron el fútbol son también los creadores de la nueva estética de los hinchas. Éstos entonan cánticos guerreros en las gradas sin importarles la victoria o la derrota y aunque alrededor del estadio algunos violentos sacian su frustración arrasando la vida pacífica de los tenderos o sajando con navaja a las tribus enemigas, esas corales que ya todos imitan son la forma más ligera que adopta la guerra moderna. Los bombardeos constituyen una actividad muy pedestre comparados con aquellas partidas de ajedrez con que se dirimían antiguamente algunos pleitos entre condados. Ahora la agresividad del alfil equivale a los bocados que se dan los financieros. El resto es deporte: un modo de descargar el erotismo electrizado de las masas. En medio de esta estética Manolo el del Bombo y ese toro de huevos tan rancios no son sino residuos de la caspa nacional.

Manuel Vicent es escritor

martes, febrero 21, 2006

LOS COLORES SAGRADOS

David Mellor fue uno de los últimos retoños de la revolución thacherista. Dirigió varios ministerios a principios de los noventa y alcanzó una notable influencia en el Partido Conservador. Quizá llegó a soñar con instalarse en el 10 de Downing Street, aunque su físico irremediablemente viscoso causara dentera a gran parte de los británicos. La prensa descubrió que tenía una amante y eso suele ser fatal en Westminster, pero habría sobrevivido de alguna forma (como Paddy Ashdown, que tras un lío con la secretaria fue nombrado virrey en los Balcanes) si la amante en cuestión no hubiera revelado un secreto fatal: en sus momentos de pasión sexual, Mellor vestía la camiseta del Chelsea. Eso desbordó la tolerancia del electorado. La cosa resultaba demasiado ridícula incluso para los curtidos lectores del Sun o el News of the World.

No se sabrá nunca, probablemente, si el presidente de la República italiana, el anciano y respetado Carlo Azeglio Ciampi llevaba bajo el frac la camiseta del Livorno el día que asumió el cargo, o si alguna vez retozó vestido de ariete livornés. Da igual: si se supiera, su popularidad sería aún más alta. En Italia, la devoción a los colores futbolísticos está por encima de todo y llega a la alcoba, a la tumba y más allá.

No hay ideología que valga cuando se trata de calcio. Ahí está el ejemplo de Ignazio la Russa, uno de los dirigentes de la postfascista Alianza Nacional. La Russa fue uno de esos jóvenes fascistas que, allá por los setenta, merodeaba por la plaza Euclide, en el Parioli romano, con un pastor alemán y una porra en el bolsillo, y organizaba expediciones punitivas contra los rojos. Ahora está en la derecha de la derecha y mantiene las viejas fidelidades. Fue uno de los asistentes al entierro de Romano Mussolini, el último hijo del dictador. Su perilla mefistofélica y su vozarrón rasposo no podían faltar en la ceremonia. Pero La Russa es del Inter. El otro día le preguntaron si no le dolía que su equipo jugara en más de una ocasión sin alinear un solo italiano. "Con tal de que ganen, pueden ser todos extranjeros, negros y comunistas", respondió.

Ese espíritu se extiende a casi todos los dirigentes políticos. Walter Veltroni, alcalde de Roma y gran esperanza de los Demócratas de Izquierda (antiguo PCI), es del Juventus (hasta cierto punto, eso equivaldría a un Gallardón culé) y nadie se lo recrimina, porque lo primero es lo primero. El presidente de su partido, Massimo d'Alema, es del Roma, y ya pueden aparecer en el estadio olímpico pancartas a favor del Duce, de los hornos crematorios o del fin del mundo: su fe no titubea.

Lo mismo pasa con Berlusconi y el Milan. O con el líder de los postfascistas, Gianfranco Fini, que, pese a un remota afinidad con el Bolonia, el club de su ciudad natal, levanta la bandera del Lazio. Lo de Fini tiene poco mérito: el núcleo duro de la afición lazial es mussoliniano, el delantero Di Canio lleva tatuajes fascistas y saluda brazo en alto, y una de las jefas de las bandas de tifosi del Lazio, una mujer que guarda siempre una pistola en el bolso, resulta ser la señora Fini.

Queda la excepción democristiana, un magma centrista y clerical que se alinea a la izquierda de la derecha y a la derecha de la izquierda y guarda distancias con el calcio. Los Rutelli, Casini y Follini no son futboleros. Como Romano Prodi, que se dedicaba al ciclismo y ahora corre maratones. Prodi sigue encabezando los sondeos y quizá, tras las elecciones del 9 y el 10 de abril, se convierta en el nuevo presidente del gobierno. Es posible. Pero se hace extraño imaginarlo. ¿Un líder sin colores? ¿Uno que no ha vestido nunca la camiseta de sus amores en el momento del éxtasis? Habrá que ver si los italianos confían en un tipo tan raro.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, febrero 19, 2006

¿ADIÓS AL MUNDIAL?


Francesco Totti, uno de los personajes preferidos de este blog, ha caído lesionado. Una rotura de peroné sufrida en el partido contra el Empoli podría dejarlo fuera del Mundial de Alemania. Aseguran en Italia que en dos meses volvería a entrenar en los campos de Trigoria y en apenas tres estaría jugando. Sin embargo, los plazos para llegar a la cita alemana se presentan demasiado ajustados.

Desde aquí desearle al jugador, para mí, con más talento de Italia (y a su vez una de las cabezas peor amuebladas y no sólo por la facilidad con la que pierde los papeles) que se recupere, que llegue al Mundial y haga de su fútbol un motivo más para disfrutar del Campeonato del Mundo.

Francé Totti, c'e solo un capitano.

Nota: La imagen de la lesión es desagradable por eso he preferido no poner la foto, no obstante, si alguien tiene interés puede ver la secuencia aquí.

PARTISANOS por Julio César Iglesias

Bien plantados ante César, los chicos de Víctor Muñoz se habían organizado en dos líneas de contención para prevenir la estampida del Real Madrid. Deberían resistir el asedio de un abigarrado tropel en el que coincidirían la energía detonante de Ronaldo, la elegancia musical de Zidane, el ímpetu bronco de Baptista y, para completar la manada, la furia elástica de una fiera de adrenalina llamada Robinho; una síntesis de guepardo y antílope que reunía las cualidades del cazador y la presa. Si lograban contenerlos durante un cuarto de hora, tendrían la final en la mano.

Unidos por la necesidad, repasaron mentalmente la secuencia de tareas: al principio, cerrar filas; después, contener, acosar y perseguir al contrario en todas las rutas del juego. Dicho y hecho: a los diez segundos habían interceptado el primer pase, y a los treinta, el primer tiro.

De pronto, a los cuarenta, Cicinho, el gato con botas, vino por el ángulo. Con su zancada deslizante se presentó en el tercer cuarto de cancha. Luego cargó los pulmones y fue al encuentro de la pelota con la mirada fija. En una milimétrica sucesión de movimientos, tensó las fibras, acortó los pasos, enfocó la escuadra y logró integrar en la acción de correr la acción de tirar.

Su gol abrió la eliminatoria, inflamó el Bernabéu y provocó un curioso efecto secundario: por si se trataba de un desafío, Roberto Carlos despertó de su sueño invernal. También los espectadores intercambiaron un gesto de sorpresa; en aquel minuto de ensueño y de pesadilla, Cicinho había reivindicado el linaje más ilustre de defensas laterales.

Hace unos treinta años, los laterales, esos partisanos de ocasión, fueron, más que un recurso natural, un arma secreta. Bajo la influencia de Helenio Herrera, los grandes equipos aligeraban la delantera para reforzar la defensa y, puestos a empezar por alguna parte, eliminaron a los extremos. Con ello aceptaban un dudoso intercambio que consistía en cortarse las alas para afilarse las uñas. Encontraron una sola fórmula de compromiso para compensar el desajuste: reeducarían a los defensas laterales. Desde su demarcación natural deberían transformarse en profesionales de la sorpresa; atacarían irregularmente, sin previo aviso, y sus despliegues serían la viva representación de una carrera de relevos. Así empezó la nueva estirpe.

Con su aparición, Cicinho nos ha devuelto el perfil azulado de Facchetti, la llegada serena de Gerets y la cabeza voladora de Conejo Tarantini. Aún más, su disparo tuvo la prestancia artillera de los zambombazos de Eder y su cuerpo dejó en el aire la huella borrosa de un flechazo.

Para él, la línea de banda es una línea de goma. Por ella se desdobla y se estira como nadie. ¡Ci...ci...nho...oh...oool!

miércoles, febrero 15, 2006

Y EL RECUERDO LARGO por Javier Marías

Nota: En julio de 2005 conocimos, gracias al muy recomendable Futblog Mundial 2006 de Daniel Martínez, la existencia de otro Mundial, más que alternativo, complementario, el Mundial Cultural. El Comité Organizador de Alemania 2006 lo estaba gestando junto a distintas organizaciones culturales germanas con la intención de desarrollar actividades todo el año hasta la finalización del Mundial. Informaba Daniel entonces de la puesta en marcha de una “campaña que comenzaba con 5.000 avisos gigantescos en estaciones de trenes, sitios históricos y zonas peatonales con poemas sobre fútbol que se podrían leer en todo el país durante el verano. Estos poemas eran textos creados especialmente para esta iniciativa por distintos escritores como Ulrike Draesner, Péter Esterházy y los premios Nóbel Günter Grass (...) y Elfriede Jelinek. Los 8 motivos diferentes se encuentran, en alemán, en la pagina de arte y pueden enviarse como postales electrónicas”. Exposiciones, debates, encuentros entre intelectuales amantes del fútbol compondrían el programa de esta iniciativa.

En enero de 2006 se ha producido en este foro el encuentro entre algunos escritores que no ocultan su amor al fútbol. Uno de ellos, Javier Marías, ofrece esta reflexión que convertida en gran artículo para su columna de EPS no me resisto a colgar.


A mediados de enero nos reunimos en Berlín, invitados por el Comité Cultural del próximo Mundial de Alemania, unos cuantos escritores europeos aficionados al fútbol, y durante tres jornadas, a veces acompañados por ex-jugadores, árbitros, federativos y hasta la estrella local del fútbol femenino, Nia Künzer, hablamos de manera algo artificial del deporte que más nos gusta. La manera natural es otra, y no se diferencia en nada de la de cualquier otro aficionado, de la profesión que sea. (...)

Entre los escritores estaban el húngaro Esterházy, los suecos Mankell y Enquist, el inglés Tim Parks, el italiano Riccarelli, y estaba previsto el polaco Kapuscinski, ausente al final por convalecencia. En algún momento se reconoció la muy escasa literatura que hay sobre los futbolistas, lo mismo que el escaso cine, a diferencia de lo que sucede con los boxeadores, por ejemplo. Yo supongo que es debido al carácter tan colectivo del juego, y también a algo indudable: las películas o libros más o menos biográficos de deportistas, actores, cantantes, compositores y artistas en general suelen ser plomíferos, y responden a un patrón casi invariable: un inicio divertido que relata los primeros pasos del biografiado y su lucha por el éxito, una parte central de conflictos y envanecimientos, y una final a menudo deprimente, con el héroe convertido en piltrafa por culpa del desamor, el alcohol, las drogas o la decadencia profesional, y la consiguiente pérdida del favor del público. Recuerdo soporíferas películas sobre Schumann y Schubert, y Cole Porter (pese a ser Cary Grant quien lo encarnaba), y la cantante Gertrude Lawrence, e Isadora Duncan, y Picasso, y más recientemente sobre Cassius Clay y Ray Charles. Dudo que vaya a ver la que se estrena ahora sobre Johnny Cash, pese a ser un ídolo mío de juventud y madurez.

Y sin embargo los futbolistas, o los deportistas en su conjunto, tienen por fuerza un destino algo trágico. Se retiran como tarde a los treinta y tantos años, una edad juvenil hoy en día, y a la que los escritores suelen ser aún “promesas”. Ha habido entre éstos numerosos casos de enorme fama más tarde desaparecida sin rastro, como entre los demás tipos de artistas. Nadie les asegura el talento a lo largo de la vida entera, y menos aún la fidelidad de los lectores o espectadores, que se cansan pronto. Pero al menos tienen la posibilidad de conservar ambas cosas hasta la vejez extrema. Un futbolista, por el contrario, sabe que no será nunca más de lo que ya fue. Y aún más inquietante: de la mayoría no volvemos a saber nada, una vez abandonan los terrenos de juego. Los que se convierten en entrenadores y siguen en el candelero son una minoría. Aún más escasos los que pasan a ser dirigentes, como Beckenbauer o Hoenness o Butragueño, al que produce cierta melancolía ver en un papel que no le cuadra, como da pena ver a Pelé de figurón en galas o a Maradona en plan locutor televisivo o activista político irreflexivo. Aún más lástima da saber que Puskas ya no reconoce a casi nadie, en su natal Hungría. Pero al menos de ellos algo se sabe, se va sabiendo. Sobre la inmensa mayoría, un gran silencio, roto sólo de tarde en tarde por una noticia trágica, como el suicidio de su compatriota Kocsis, hace ya muchos años, que triunfó en el Barça y acerca de cuya trayectoria “civil” he sentido siempre curiosidad, qué lo llevó a eso. Todos ocuparon portadas, fueron admirados y vitoreados, muchos aficionados vivimos semanalmente pendientes de sus hazañas y bendijimos sus nombres cuando marcaron algún gol decisivo. Hagan lo que hagan luego, los futbolistas están condenados, en plena juventud, a haber sido lo máximo en el pasado, y a un probable futuro olvido, lo cual es como decir que llevan en sus venas la melancolía. Todavía hay muchos escritores que los desprecian, porque les parece vulgar y detestan el fútbol. No se dan cuenta de que, como los héroes antiguos, todos los jugadores son gente novelesca, a su pesar: gente con apoteosis breve, y el recuerdo largo.

Javier Marías, escritor.

lunes, febrero 13, 2006

EL RETORNO DE CARLETTO

Cuando Carletto Mazzone empezó a entrenar al Ascoli, en 1968, Pelé estaba en su mejor momento. Hace 779 partidos de eso, una eternidad. Mazzone tiene 68 años y, al final de la temporada pasada, después de perder su equipo de entonces, el Bolonia, la promoción de permanencia, le prometió a su mujer que nunca más. Y se retiró para siempre. Hasta ayer. Mazzone asumió el martes la dirección técnica del Livorno, su equipo número 17, y ayer se sentó en el banquillo. Sólo un tipo como él podía desembarcar en Livorno en pleno funeral y organizar una fiesta con el difunto aún caliente.

Cuesta comprender lo que ha ocurrido esta semana en Livorno. El comportamiento del presidente, Aldo Spinelli, no se explica ni con chistes fáciles sobre su apellido, que significa porros. El Livorno está haciendo una campaña estupenda, ocupa una posición de Copa de la UEFA y ha jugado algún partido de los que se recuerdan. No ganaba desde principios de año, pero en esas semanas había perdido un solo encuentro. Roberto Donadoni, el antiguo artista del Milan, se ha construido un prestigio sólido gracias a su trabajo en la muy obrera e izquierdista ciudad portuaria de Toscana.

¿Qué hizo mal Donadoni? Quizá el problema consiste en que vota a Berlusconi. El caso es que a Spinelli, el lunes pasado, se le subió el apellido a la cabeza. El Livorno había empatado en casa con el Messina por un error arbitral y se le ocurrió que toda la culpa era de Donadoni. Empezó a hablar en público sobre su inminente despido. Cuando Donadoni le telefoneó, se excusó con una afonía. En realidad, estaba entrando en directo en el programa más futbolero de la televisión italiana, el Juicio de Biscardi, para seguir poniendo al técnico a caer de un burro. Donadoni, genio y figura, dimitió y se marchó de Livorno como un señor.

En la plantilla sentó mal el asunto. Lucarelli, la gran estrella, el máximo goleador, el que rechazó mil millones de liras para jugar en el equipo de su ciudad natal, el hombre que alza la bandera del Che Guevara y tiene la grada a sus pies, comentó que, visto lo visto, él también se iría en cuanto terminara el campeonato.

Una vez metida la pata hasta el fondo, ¿qué podía hacer Spinelli? Pues llamar a Mazzone. Al viejo Carletto no hay afición que se le resista. En 2001, con el Brescia, tuvo un derby apuradísimo con los vecinos del Atalanta de Bergamo. Los locales perdían 1-3, pero el Brescia marcó. Y marcó otra vez. Con el 2-3, exaltadísimo, prometió que, si los suyos empataban, iba a ir personalmente a la tribuna ocupada por los ultras del Atalanta, bastante conocidos por su violencia y sus nostalgias fascistas. En el último minuto de la prórroga, el Atalanta empató. Mazzone corrió hacia la curva rival y gritó como un poseso: "¡Vuestros muertos, racistas, fascistas, cornudos!". Al llegar la policía, se dejó llevar mansamente. "¡Qué a gusto voy a cumplir esta sanción!", suspiró.

Con estos precedentes, Mazzone tiene que caer bien a los livorneses. Ha entrado, sin duda, con buen pie: el Livorno ganó ayer al Fiorentina, la revelación del campeonato, con dos goles de Lucarelli. La afición, gruñona al principio, acabó entregada. A ver qué ocurre en adelante. Habrá menos sensatez que con Donadoni. Disparates sí habrá muchos. Todos los que hagan falta.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, febrero 11, 2006

EL GOL Y LA MEMORIA (2 y final) por Andrés Neuman


Mundiales. Como Italia 90, mi último mundial argentino, en el que la selección llegó, nuevamente, a jugar la final contra Alemania. Aquel mundial había sido la crónica de una decadencia anunciada: el equipo nacional era casi el mismo, pero cuatro años más desencantado; y su tótem, Maradona, no era el mismo sino uno más gordo, lesionado y mascando quizá su inminente tragedia. Aquélla fue una triste manera de despedirme del país y del gran fútbol. Poco después mi familia abandonó Argentina y, para el mundial siguiente, el equipo que veía por la televisión, al calor del verano, vestía de rojo e invocaba una vaporosa furia como principal argumento ganador.

Jorge Valdano, que es quien mejor comprende (como lo supo Grecia) que el deporte es un síntoma de muchas otras cosas, publicó hace unos años el primer tomo de ese acto de redención que fueron los Cuentos de fútbol. El año anterior, en 1994, había tenido lugar el siguiente mundial en Estados Unidos. Aquél fue el segundo adiós de Maradona, que, como todos los mitos, nunca se retiraba del todo. Y lo más curioso es que, acaso sin saberlo, en el mismo año de la consagración de Maradona, Valdano había escrito un artículo en la Revista de Occidente que, en cierto modo, definía la fatalidad de su compañero de selección. Al margen del asombro que causó que un futbolista conviviese con la élite intelectual en las páginas de una publicación académica, aquel artículo sobre el miedo escénico comenzaba afirmando que “el jugador es un actor obligado a representar una obra desconocida frente a un adversario que se empeña en impedírselo”. Eso fue, precisamente, lo que le sucedió al 10 argentino: personaje adorado, actor de sí mismo sobre el césped, él estaba obligado a desempeñar cada partido su papel de genio. Y, como alguna vez le he oído decir a Valdano, ser Maradona no debía de ser fácil para Maradona. Ahora bien, ¿quién le impidió serlo hasta el final, quién se empeñó en que Diego dejase de ser él? Propongo tres posibles respuestas, todas ciertas a mi juicio: los defensas rivales; la FIFA y sus extraños reglamentos, que toleran o castigan según a quién, según qué y según cuándo; y Maradona mismo. Su personaje escénico.

Ante el próximo Mundial. Muy distinto, hoy día, resulta ya el personaje de los mejores futbolistas nacionales. Los ídolos españoles se comportan como deben dentro y fuera del campo. Por eso nunca caerán como otros ídolos pero, tal vez por eso, tampoco volarán nunca tan alto. (...) Esperemos poder mirar los partidos con otros ojos, y perseguir los viajes imprevistos del balón, y acaso ver por fin una final sin bostezar, pendientes de las estrellas sobre el césped. Y sólo así, tal vez, podamos al fin sentirnos como los poco viriles pero sin duda felices amantes de aquel poema de Rilke -David y Saúl- y exclamar frente a la pelota: somos casi como un astro que gira.

Andrés Neuman, escritor argentino

viernes, febrero 10, 2006

EL GOL Y LA MEMORIA (1/2) por Andrés Neuman


Extracto del artículo publicado en la revista literaria Mercurio, Junio 2002

(...)
Los mundiales. Quimeras babilónicas que se repiten, como mucho, tres veces por década. Con tanta espera, es más fácil soñar. Y me atrevería a afirmar que, en Argentina, los mundiales son otra cosa. Un acontecimiento que tiene menos que ver con el fútbol que con otras cosas como el pisoteado orgullo nacional, las ansias de venganza histórica o la distracción política. En España no es tan corriente encontrar a un aficionado cuyo sueño consista en golear a Inglaterra en revancha por el desastre de la Armada Invencible, o que aguarde impaciente el partido en el que darle un baño al imperio alemán, pongamos por caso. Si a eso añadimos que, por el momento, para los españoles las finales mundialistas no son más que esos partidos internacionales que se siguen sin demasiado ardor por la televisión, se comprende la diferencia de dimensión entre las selecciones de un país y otro. En Argentina, desgraciadamente, las proezas en el césped han servido en más de una ocasión para cubrir el ruido de las torturas en los sótanos.

Ése fue mi primer mundial, aunque ya no me acuerde: Argentina 78. Nuestra selección era fantástica como nunca y, probablemente, no mereció ganar. Pero Videla necesitaba un gol urgente para su genocidio, aunque fuese en fuera de juego y contra cualquier reglamento. El pueblo argentino se echó entonces a la calle, a celebrar que pronto no habría nada que celebrar, excepto funerales sin cadáveres. Por eso fue, quizá, tan simbólico el título conquistado ocho años después, en México 86. La sensación de la gente era, más o menos, que después de las Malvinas (Mundial 82) y del horror habían llegado la paz, la democracia y Maradona. Sus goles contra Inglaterra habían tenido lugar, incluso, en el orden exacto: primero se había burlado de la prepotente estatura de Shilton, el portero inglés, estirando el antebrazo en la cima del salto; y después, por si quedaban dudas, le había demostrado al ejército defensivo inglés de qué color era la bandera del talento. Qué útiles, en el campo y fuera de él, que son los enemigos: como escribió Eduardo Galeano sobre los árbitros en El fútbol a sol y sombra, cuanto más se odian, más se necesitan. Por eso Maradona, además de un imposible cuento fantástico en diez segundos, con aquel gol zigzagueante acababa de escribir, sin saberlo, el nuevo Martín Fierro. Todo un poema épico que, además de ser relatado hasta la saciedad en las calles, venía a terminar de dibujar el espejismo de la reconstrucción.

Me recuerdo, tras el mundial de México, hojeando la prensa en busca de reportajes sobre la selección. Y recuerdo también aquellas fotos de aquel anciano que, con el tiempo, se me iría también divinizando. Aquel anciano cuyo rostro, entonces, no reconocí del todo. Las noticias alternaban fútbol y literatura. El mes de agosto de 1986 iba entibiándose. Maradona acababa de levantar la copa, y Borges acababa de agachar la cabeza. Por aquel entonces, leía yo novelas de aventuras, de misterio o de terror. Dentro del colegio -donde no había alumnas- buscaba una amiga en la pelota. Fuera de él, pasaba muchas horas en los potreros emulando al dios Diego o, más modestamente, al Chino Tapia. Son muchos los domingos que recuerdo parecidos a aquel cuento de Roberto Fontanarrosa, ése en el que decenas de personajes sólo atienden a una cosa, el balón, para finalmente contemplar cómo su día se pincha en una rama o se pierde detrás de algún coche.

Continúa

Andrés Neuman, escritor argentino

miércoles, febrero 08, 2006

ÁFRICA ES LA REVOLUCIÓN por Raúl Fain Binda

Los europeos prestan más atención a la Copa de África de Naciones que a la Copa América. Esto se debe, entre otras cosas, al interés de millones de inmigrantes de origen africano y sus descendientes, cuyo reclamo se hace sentir en los ratings de la televisión y el tiraje de los diarios. (La Copa América llega de contramano a los medios, porque los partidos se juegan cuando los europeos duermen). Pero las emisoras, los diarios y los sitios de internet también tienen otro público que atender, un interés mayoritario, y no dedicarían tanto espacio a la Copa de África si no tuvieran otra razón de peso. Esa razón es uno de los anzuelos periodísticos más antiguos: el fermento revolucionario.

La revolución

Los europeos dan mucha importancia al fútbol africano porque su realidad actual es revolucionaria. Las revoluciones siempre despiertan más interés que los regímenes establecidos. O decadentes, si ustedes quieren.

Desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, el fútbol africano está sacudido por formidables convulsiones, reflejadas hace poco en la clasificación para el mundial de países supuestamente atrasados futbolísticamente: Togo, Angola y Costa de Marfil, donde además se libra una guerra civil paralizante.

La eliminación del torneo mayor de Nigeria, Camerún, Senegal, Marruecos y Egipto, vista al principio como un signo de debilidad de esos países, es en realidad la consecuencia del avance de la segunda fila del fútbol africano.

El débil al poder

Los procesos revolucionarios se caracterizan por este tipo de saltos bruscos, que desafían el orden establecido. Esto abre oportunidades para los individuos y organizaciones que en circunstancias normales sabrían perfectamente cuál es "su lugar".

En fútbol, el orden establecido es (¿o era?) el predominio de cuatro o cinco naciones europeas y sudamericanas, en una especie de "mercado cerrado". En este mercado, y cuando las normas en las ligas europeas lo permitieron, tres países sudamericanos, Brasil, Argentina y Uruguay, fueron los proveedores tradicionales de "mano de obra especializada".

Ahora es diferente. El caso Bosman abrió las compuertas y ahora el mercado africano ofrece mano de obra capaz a un costo muy bajo.

Africanos europeos

Las crónicas desde Egipto sobre esta Copa de África mencionan al camerunés Samuel Eto'o, el marfileño Didier Drogba, el egipcio Mido y los nigerianos Kanu y Jay-Jay Okocha, en un contexto que parece señalarlos como las máximas estrellas del fútbol africano.

Esto pasa por alto a buena parte del seleccionado francés de fútbol, mayoritariamente africano: Vieira es senegalés; Zidane es hijo de inmigrantes argelinos.

Y no olvidemos al legendario Eusebio (64 años el próximo miércoles), que es de Mozambique.

Falacia desmentida

El caso de Zidane desmintió una de las grandes falacias del fútbol: que África era capaz de producir grandes jugadores negros pero ninguno árabe. Se suponía que la cultura árabe reprimía la expresión individual, que el caos de las sociedades negras era más fértil para el fútbol.

El verdadero estímulo no es el caos, sino la pasión, exacerbada por la necesidad. La mejor cuna del fútbol es humilde, es pobre.

Fertilidad de la miseria

Hay algo en el fútbol que se nutre de la miseria, o mejor dicho, del deseo de escapar de ella. Este es el gran secreto de la fabulosa creatividad del fútbol brasileño, en un gigantesco país donde se dan todos los ingredientes necesarios: tradición, pasión, buen gusto, organización, recursos, ambición y también el motor misterioso de la miseria.

Sin el estímulo de la miseria, la estructura del fútbol brasileño no sería capaz de engendrar a jugadores como Ronaldinho.

Daría a Kaká, como no, pero nunca a Ronaldinho. ¿Ven la diferencia?

El fútbol africano está en pañales en comparación con el latinoamericano, pero le sobra vitalidad y el espolón de la miseria pica más fuerte.

Vigencia de la mafia

Los mafiosos fueron los primeros en advertirlo, como siempre.

En estos días han circulado numerosas denuncias e informes periodísticos sobre casos de abuso de adolescentes africanos, atraídos con la promesa de jugar en los grandes clubes europeos. Los gestores o intermediarios les prometen el futuro, que deben pagar por adelantado. Las familias reúnen como pueden el dinero para el pasaje y la "gestión" del agente.

Algunos de esos jóvenes terminan jugando en clubes de Bélgica o Francia, pero la mayoría se desloma en trabajos serviles en las cocinas de los ricos.

lunes, febrero 06, 2006

EL ADIÓS DE LOS MOSQUETEROS

Antonio Giraudo ha tenido asuntillos de droga, como Mick Jagger. Luciano Moggi se las ha visto con la justicia, como Keith Richards. Y Roberto Bettega es un señor tan tieso como Charlie Watts. Son los viejos rockeros de la Triada, los Rolling Stones del calcio. "Giraudo, Moggi y Bettega son como los tres mosqueteros", dice Fabio Capello, y yo soy el cuarto, D'Artagnan". Es otro punto de vista. Los tres máximos dirigentes del Juventus son más antipáticos que los mosqueteros, pero tienen tantos enemigos como ellos. Porque después de 12 años llevando los asuntos de la Vieja Señora turinesa, a estos Rolling sólo les soportan en su casa, y no del todo: John y Lapo Elkann, dos de los herederos del imperio Agnelli y, por tanto, copropietarios de la sociedad, detestan la imagen arrogante y sarcástica que la Triada ha conferido a la sociedad.

Lo que pasa es que son buenos en lo suyo. Antonio Giraudo, 54 años, consejero delegado, ha manejado las cuentas de forma irreprochable. Sin pedir un euro a los Agnelli ha construido sucesivas plantillas vencedoras y rentables; cuando se ha visto en apuros, ha sabido hacerle un tocomocho al pardillo de turno. En el calcio, tal papel suele corresponder a los dirigentes del Inter. Un ejemplo: en 2004, Giraudo (y Moggi) convencieron al Inter para llevarse a Turín a Cannavaro, uno de los dos mejores centrales italianos, a cambio de Carini, el mejor portero uruguayo de su urbanización. Giraudo pasó apuros cuando fue procesado por dopar a los jugadores, pero en segunda instancia el caso se cerró sin condenas.

Luciano Moggi, 68 años, director deportivo, carece de rivales en su especialidad. Dirigió la política de contrataciones en el Nápoles, el Lazio, el Roma y el Torino antes de recalar en el Juventus, y su olfato para reconocer talentos (su hijo, casualmente, ejerce como intermediario) sólo es comparable a su cariño hacia los árbitros: les invita a cenar, les proporciona traductoras-acompañantes cuando son extranjeros (en 1993 fue condenado a cuatro meses de arresto; resultó que las traductoras-acompañantes prestaban a los colegiados unos servicios linguísticos de naturaleza no verbal) y nunca olvida un cumpleaños arbitral.

Roberto Bettega, 54 años, ex jugador y vicepresidente, ha ganado carácter con los años. Como futbolista fue un goleador suave y elegante. Ahora, como directivo, prefiere dar leña: el otro día, después del encuentro de Copa en el Olímpico, no quiso abandonar el palco sin pegarle un coscorrón a un pobre diplomático argentino que, por lo visto, celebraba con demasiado entusiasmo la victoria romanista en la eliminatoria.

Parece, y esa es la noticia, que los Dalton juventinos se separan. Giraudo quiere hacerse rico, al menos tanto como lo es ya Moggi, y tiene preparados unos cuantos negocios inmobiliarios para después de junio. Más adelante cuenta con encargarse de la remodelación de los estadios italianos si el Campeonato de Europa de 2012 es adjudicado, como se espera, a Italia. Bettega se quedará. Y Moggi, parece, se trasladará a Milán para hacerse cargo del Inter o, más probablemente, del Milan. Ya ha comido con Silvio Berlusconi para hablar del sueldo. El cuarto mosquetero, Capello, asegura que no dejará el Juventus mientras sigan los otros tres. Para entendernos, se larga también en junio. No quiere especular sobre el futuro, pero se le ponen tiernos los ojitos de tiranosaurio cuando le hablan de Madrid.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, febrero 04, 2006

FÚTBOL AFRICANO: MATERIA POÉTICA por Miguel Bayón


Las viajeras no tanto (a no ser que tengan una probada capacidad para ponerse en jarras y evitar abordajes y otros efectos colaterales), pero los viajeros por África deberían siempre ver por allí algún partido de fútbol. No quiero destripar tramas ni desenlaces, pero puedo dar unas pistas de por qué es importante esa asistencia. Ante todo, unas consideraciones teñidas de globalización. La Copa de África, recientemente celebrada en Senegal, fue protagonizada
por vez primera enteramente por jugadores que actúan en Europa. Y desde hace años no pocas selecciones africanas tienen técnico europeo. Es decir, el fútbol africano de elite evoluciona, en teoría, hacia parámetros similares al que vemos por aquí.

Eso, en teoría. Pero en África no valen, ni para viajar ni para nada, las teorías o las previsiones. El fútbol de los africanos, incluso el de sus selecciones "europeizadas", no tiene que ver con
el nuestro. Seguro que los técnicos han conseguido introducir en esos jugadores de elite una preocupación por el sistema (sea lo que sea eso, Dios bendito) y hasta por la importancia de la defensa. Pero a la hora de la verdad los jugadores africanos ejercen su derecho a la amnesia. No en vano es un continente cuyas almas sobreviven porque logran no atiborrarse de memoria: si se acordaran de todo lo que les ha pasado, era para morirse, así que hacen muy bien en
sobrellevarlo con ligereza y echándole plena atención al carpe diem. No cuento el colorido de las gradas, el buen humor y la picaresca que en general reinan alrededor de un partido africano; aunque a veces haya trifulcas a la europea, o un régimen como el hutu ruandés de 1994 pueda organizar un genocidio a base de reclutar y fascistizar a los ultras futbolísticos y prometerles víctimas propiciatorias para su hambre de violencia.

El viajero debe hacer la experiencia, repito. Y estar muy abierto a lo que no comprende. Me he encontrado sorprendido de comentarios de lectores (sobre todo de lectoras) de mi novela "Mulanga" ante una escena en la que los jugadores de un equipo mean en corro en el círculo central para marcar el territorio.

Cosas así se ven con alguna normalidad en África. De vez en cuando cae un rayo que afecta misteriosamente sólo a una mitad del campo y por tanto a un solo equipo. O, ejemplo de la superprofesional Copa de Africa, el ex guardameta y ahora técnico de Camerún, Nkono
(que jugó de portero en España), fue golpeado por sus rivales senegaleses que sospechaban que había hecho magia contra ellos; la Confederación Africana le acabó levantando la sanción por "comportamiento escandaloso y provocativo", es decir por hacer magia. Todo el mundo en África sabe que la actitud mingitoria, el rayo y lo que hiciese o no Nkono están a la orden del día y tienen que ver con que las cosas funcionan con hechizos, desde el sida al poder.

El viajero deberá tener eso en cuenta, y que le sirva para entender y disfrutar. Si un viajero se asoma al fútbol africano (sea en un estadio o en un descampado, sea viendo a jugadores más o menos uniformados o a chavales descalzos) echará de menos el orden y los tiquismiquis
que caracterizan el fútbol de cualquier nivel en Europa. Pero de inmediato verá que el público aplaude los detalles, es decir la belleza: se parecen a los aficionados degustadores de lo que hacía
Curro Romero. Y ese gusto por la belleza del público africano (de estadio o de baldío) va emparejado con la gozosa vivencia de la fe: todos y cada uno de los espectadores, y probablemente de los protagonistas del partido, están convencidos de que, nada más arrancar
la jugada, va a culminar en un gol que va a abatir de pura belleza el universo mundo, que no lo podrá "aguantá".

Ya, ya sé. Me diréis que a los diez minutos público y jugadores tendrían que haber aprendido al ver el fracaso de tantas maravillas soñadas. Pero África se sustenta en que las cosas allá no son así, el aprendizaje no es así, la memoria y los reflejos paulovianos son de otra manera. La fe puede con todo. Una fe que es una esperanza. Y una esperanza que es una poesía. Porque ésa es la esencia del fútbol africano: su carácter poético.

Sociológicamente, puede parecerse a lo que antes (¿sólo antes, de verdad?) eran los toros en España: un chaval soñaba con triunfar en la Monumental o en la Maestranza, y ese sueño era también lo que los cursis llaman ahora "promoción social". Pero igual que el maletilla no buscaba sólo el bienestar material, sino también la gloria y la belleza, los africanos insisten en demostrarnos, mientras rueda un balón, que la fantasía, el juego, nos hacen no sólo sobrevivir, sino sobre todo vivir.

jueves, febrero 02, 2006

AÑO DOS

Hoy hace dos años que colgué en este blog el primer artículo de las Historias del Calcio que Enric González publica todos los lunes en las páginas de El País. Aquel primer artículo se llamaba “Espaguetis para el Milan” y en él se contaba la situación que se vivía en ese momento en la Liga italiana y las perspectivas de futuro inmediato que se le abrían a los grandes equipos del calcio. El autor le daba su toque a una historia que terminaba uniendo a los terroni que se quedaron en el sur (SCC Napoli) y a los que emigraron al norte rico para ganarse la vida y triunfar (AC Milan), los unos al borde del abismo de la Tercera y los otros tocando el cielo como campeones de Europa.

Desde entonces muchas cosas han cambiado en el calcio. El Milan ya no es aquel equipo majestuoso, rey de Europa, que se permitía mirar por encima del hombro a cualquiera de sus rivales con ese aire aristocrático que le daba el fútbol que practicaba. En mayo de 2005 sufrió una de las derrotas más dolorosas que se recuerdan, la Final de la Copa de Europa, que ganó antes del descanso y perdió en los penaltis. El Juventus, después de aquella temporada de juego más o menos vistoso (con todas las reservas que esto tiene cuando se habla del equipo turinés) fracasaba por una defensa que hacía aguas. Contrató a Fabio Capello y, obviamente, todo cambió. Desde entonces el rottweiler bianconero destroza a sus victimas con dentelladas letales, su presa una vez mordida no se escapa jamás. En el campeonato doméstico no hay quien le tosa. El Inter sigue siendo él mismo, una pazzia. Divertido como ninguno, aspirante a todo, ganador de casi nada. Seguramente ofrecerá los momentos más esperpénticos del campeonato, seguirá siendo la sal de un circo poco dado a las alegrías. Y además tiene a Adriano. El Roma se despedía en aquellos momentos del olimpo. En este tiempo transcurrido ha coqueteado seriamente con el descenso, ha vivido turbulencias internas y ha sufrido las consecuencias fatales que suele dejar la marcha de Capello en un equipo. Sus huestes acabaron extenuadas, exprimidas por il capo. Hoy, envuelto en un halo de frenesí atacante y comandado por el capitano Totti, quiere volver a saborear días de vino y rosas (suerte Roma). El Lazio, aún convaleciente del escándalo Cirio, busca de nuevo su lugar entre polémicas fascistoides. El Fiorentina ha vuelto. Al Torino no le dejaron.

Fuera del calcio estos dos años han dado para mucho. El terror en Madrid, cambio de gobierno en España, la reelección de Bush, la muerte de Juan Pablo II, Londres atacada, el adiós a las armas del IRA, un tsunami se lleva más de 200.000 personas en su camino, la legalización de los matrimonios gays en España, miles de muertos en Irak, el inicio de un ciclo blaugrana, un nuevo oscar para el cine español, desastre de la Selección en la Eurocopa, Nueva Orleans se hunde, el retorno de las dos Españas, la muerte de Arafat y la victoria de Hamás en las urnas, el Estatut, Fernando Alonso campeón del mundo de Fórmula 1, el Liverpool vuelve a ser campeón de Europa, ... y tantas otras.

Y seguirán pasando, y como hay tiempo para casi todo, en este sitio se seguirá hablando de historias que tienen que ver con aquello que, como decía Valdano, es la cosa más importante entre las cosas menos importantes.