Este blog nace en 2004 para recoger los mejores artículos de ENRIC GONZÁLEZ en El País, El Mundo, o donde le dé la gana. A partir de ahí, aquí cabe todo aquello que pueda robar a quien quiera que escriba algo, lo que sea, que no me haga sentir imbécil cuando se hable de fútbol. JM Román
martes, febrero 21, 2006
LOS COLORES SAGRADOS
No se sabrá nunca, probablemente, si el presidente de la República italiana, el anciano y respetado Carlo Azeglio Ciampi llevaba bajo el frac la camiseta del Livorno el día que asumió el cargo, o si alguna vez retozó vestido de ariete livornés. Da igual: si se supiera, su popularidad sería aún más alta. En Italia, la devoción a los colores futbolísticos está por encima de todo y llega a la alcoba, a la tumba y más allá.
No hay ideología que valga cuando se trata de calcio. Ahí está el ejemplo de Ignazio la Russa, uno de los dirigentes de la postfascista Alianza Nacional. La Russa fue uno de esos jóvenes fascistas que, allá por los setenta, merodeaba por la plaza Euclide, en el Parioli romano, con un pastor alemán y una porra en el bolsillo, y organizaba expediciones punitivas contra los rojos. Ahora está en la derecha de la derecha y mantiene las viejas fidelidades. Fue uno de los asistentes al entierro de Romano Mussolini, el último hijo del dictador. Su perilla mefistofélica y su vozarrón rasposo no podían faltar en la ceremonia. Pero La Russa es del Inter. El otro día le preguntaron si no le dolía que su equipo jugara en más de una ocasión sin alinear un solo italiano. "Con tal de que ganen, pueden ser todos extranjeros, negros y comunistas", respondió.
Ese espíritu se extiende a casi todos los dirigentes políticos. Walter Veltroni, alcalde de Roma y gran esperanza de los Demócratas de Izquierda (antiguo PCI), es del Juventus (hasta cierto punto, eso equivaldría a un Gallardón culé) y nadie se lo recrimina, porque lo primero es lo primero. El presidente de su partido, Massimo d'Alema, es del Roma, y ya pueden aparecer en el estadio olímpico pancartas a favor del Duce, de los hornos crematorios o del fin del mundo: su fe no titubea.
Lo mismo pasa con Berlusconi y el Milan. O con el líder de los postfascistas, Gianfranco Fini, que, pese a un remota afinidad con el Bolonia, el club de su ciudad natal, levanta la bandera del Lazio. Lo de Fini tiene poco mérito: el núcleo duro de la afición lazial es mussoliniano, el delantero Di Canio lleva tatuajes fascistas y saluda brazo en alto, y una de las jefas de las bandas de tifosi del Lazio, una mujer que guarda siempre una pistola en el bolso, resulta ser la señora Fini.
Queda la excepción democristiana, un magma centrista y clerical que se alinea a la izquierda de la derecha y a la derecha de la izquierda y guarda distancias con el calcio. Los Rutelli, Casini y Follini no son futboleros. Como Romano Prodi, que se dedicaba al ciclismo y ahora corre maratones. Prodi sigue encabezando los sondeos y quizá, tras las elecciones del 9 y el 10 de abril, se convierta en el nuevo presidente del gobierno. Es posible. Pero se hace extraño imaginarlo. ¿Un líder sin colores? ¿Uno que no ha vestido nunca la camiseta de sus amores en el momento del éxtasis? Habrá que ver si los italianos confían en un tipo tan raro.
Enric González es autor de Historias del Calcio
domingo, febrero 19, 2006
¿ADIÓS AL MUNDIAL?

Francesco Totti, uno de los personajes preferidos de este blog, ha caído lesionado. Una rotura de peroné sufrida en el partido contra el Empoli podría dejarlo fuera del Mundial de Alemania. Aseguran en Italia que en dos meses volvería a entrenar en los campos de Trigoria y en apenas tres estaría jugando. Sin embargo, los plazos para llegar a la cita alemana se presentan demasiado ajustados.
Desde aquí desearle al jugador, para mí, con más talento de Italia (y a su vez una de las cabezas peor amuebladas y no sólo por la facilidad con la que pierde los papeles) que se recupere, que llegue al Mundial y haga de su fútbol un motivo más para disfrutar del Campeonato del Mundo.
Francé Totti, c'e solo un capitano.
Nota: La imagen de la lesión es desagradable por eso he preferido no poner la foto, no obstante, si alguien tiene interés puede ver la secuencia aquí.
PARTISANOS por Julio César Iglesias
Unidos por la necesidad, repasaron mentalmente la secuencia de tareas: al principio, cerrar filas; después, contener, acosar y perseguir al contrario en todas las rutas del juego. Dicho y hecho: a los diez segundos habían interceptado el primer pase, y a los treinta, el primer tiro.
De pronto, a los cuarenta, Cicinho, el gato con botas, vino por el ángulo. Con su zancada deslizante se presentó en el tercer cuarto de cancha. Luego cargó los pulmones y fue al encuentro de la pelota con la mirada fija. En una milimétrica sucesión de movimientos, tensó las fibras, acortó los pasos, enfocó la escuadra y logró integrar en la acción de correr la acción de tirar.
Su gol abrió la eliminatoria, inflamó el Bernabéu y provocó un curioso efecto secundario: por si se trataba de un desafío, Roberto Carlos despertó de su sueño invernal. También los espectadores intercambiaron un gesto de sorpresa; en aquel minuto de ensueño y de pesadilla, Cicinho había reivindicado el linaje más ilustre de defensas laterales.
Hace unos treinta años, los laterales, esos partisanos de ocasión, fueron, más que un recurso natural, un arma secreta. Bajo la influencia de Helenio Herrera, los grandes equipos aligeraban la delantera para reforzar la defensa y, puestos a empezar por alguna parte, eliminaron a los extremos. Con ello aceptaban un dudoso intercambio que consistía en cortarse las alas para afilarse las uñas. Encontraron una sola fórmula de compromiso para compensar el desajuste: reeducarían a los defensas laterales. Desde su demarcación natural deberían transformarse en profesionales de la sorpresa; atacarían irregularmente, sin previo aviso, y sus despliegues serían la viva representación de una carrera de relevos. Así empezó la nueva estirpe.
Con su aparición, Cicinho nos ha devuelto el perfil azulado de Facchetti, la llegada serena de Gerets y la cabeza voladora de Conejo Tarantini. Aún más, su disparo tuvo la prestancia artillera de los zambombazos de Eder y su cuerpo dejó en el aire la huella borrosa de un flechazo.
Para él, la línea de banda es una línea de goma. Por ella se desdobla y se estira como nadie. ¡Ci...ci...nho...oh...oool!
miércoles, febrero 15, 2006
Y EL RECUERDO LARGO por Javier Marías
En enero de 2006 se ha producido en este foro el encuentro entre algunos escritores que no ocultan su amor al fútbol. Uno de ellos, Javier Marías, ofrece esta reflexión que convertida en gran artículo para su columna de EPS no me resisto a colgar.
A mediados de enero nos reunimos en Berlín, invitados por el Comité Cultural del próximo Mundial de Alemania, unos cuantos escritores europeos aficionados al fútbol, y durante tres jornadas, a veces acompañados por ex-jugadores, árbitros, federativos y hasta la estrella local del fútbol femenino, Nia Künzer, hablamos de manera algo artificial del deporte que más nos gusta. La manera natural es otra, y no se diferencia en nada de la de cualquier otro aficionado, de la profesión que sea. (...)
Entre los escritores estaban el húngaro Esterházy, los suecos Mankell y Enquist, el inglés Tim Parks, el italiano Riccarelli, y estaba previsto el polaco Kapuscinski, ausente al final por convalecencia. En algún momento se reconoció la muy escasa literatura que hay sobre los futbolistas, lo mismo que el escaso cine, a diferencia de lo que sucede con los boxeadores, por ejemplo. Yo supongo que es debido al carácter tan colectivo del juego, y también a algo indudable: las películas o libros más o menos biográficos de deportistas, actores, cantantes, compositores y artistas en general suelen ser plomíferos, y responden a un patrón casi invariable: un inicio divertido que relata los primeros pasos del biografiado y su lucha por el éxito, una parte central de conflictos y envanecimientos, y una final a menudo deprimente, con el héroe convertido en piltrafa por culpa del desamor, el alcohol, las drogas o la decadencia profesional, y la consiguiente pérdida del favor del público. Recuerdo soporíferas películas sobre Schumann y Schubert, y Cole Porter (pese a ser Cary Grant quien lo encarnaba), y la cantante Gertrude Lawrence, e Isadora Duncan, y Picasso, y más recientemente sobre Cassius Clay y Ray Charles. Dudo que vaya a ver la que se estrena ahora sobre Johnny Cash, pese a ser un ídolo mío de juventud y madurez.
Y sin embargo los futbolistas, o los deportistas en su conjunto, tienen por fuerza un destino algo trágico. Se retiran como tarde a los treinta y tantos años, una edad juvenil hoy en día, y a la que los escritores suelen ser aún “promesas”. Ha habido entre éstos numerosos casos de enorme fama más tarde desaparecida sin rastro, como entre los demás tipos de artistas. Nadie les asegura el talento a lo largo de la vida entera, y menos aún la fidelidad de los lectores o espectadores, que se cansan pronto. Pero al menos tienen la posibilidad de conservar ambas cosas hasta la vejez extrema. Un futbolista, por el contrario, sabe que no será nunca más de lo que ya fue. Y aún más inquietante: de la mayoría no volvemos a saber nada, una vez abandonan los terrenos de juego. Los que se convierten en entrenadores y siguen en el candelero son una minoría. Aún más escasos los que pasan a ser dirigentes, como Beckenbauer o Hoenness o Butragueño, al que produce cierta melancolía ver en un papel que no le cuadra, como da pena ver a Pelé de figurón en galas o a Maradona en plan locutor televisivo o activista político irreflexivo. Aún más lástima da saber que Puskas ya no reconoce a casi nadie, en su natal Hungría. Pero al menos de ellos algo se sabe, se va sabiendo. Sobre la inmensa mayoría, un gran silencio, roto sólo de tarde en tarde por una noticia trágica, como el suicidio de su compatriota Kocsis, hace ya muchos años, que triunfó en el Barça y acerca de cuya trayectoria “civil” he sentido siempre curiosidad, qué lo llevó a eso. Todos ocuparon portadas, fueron admirados y vitoreados, muchos aficionados vivimos semanalmente pendientes de sus hazañas y bendijimos sus nombres cuando marcaron algún gol decisivo. Hagan lo que hagan luego, los futbolistas están condenados, en plena juventud, a haber sido lo máximo en el pasado, y a un probable futuro olvido, lo cual es como decir que llevan en sus venas la melancolía. Todavía hay muchos escritores que los desprecian, porque les parece vulgar y detestan el fútbol. No se dan cuenta de que, como los héroes antiguos, todos los jugadores son gente novelesca, a su pesar: gente con apoteosis breve, y el recuerdo largo.
Javier Marías, escritor.
lunes, febrero 13, 2006
EL RETORNO DE CARLETTO
Cuesta comprender lo que ha ocurrido esta semana en Livorno. El comportamiento del presidente, Aldo Spinelli, no se explica ni con chistes fáciles sobre su apellido, que significa porros. El Livorno está haciendo una campaña estupenda, ocupa una posición de Copa de la UEFA y ha jugado algún partido de los que se recuerdan. No ganaba desde principios de año, pero en esas semanas había perdido un solo encuentro. Roberto Donadoni, el antiguo artista del Milan, se ha construido un prestigio sólido gracias a su trabajo en la muy obrera e izquierdista ciudad portuaria de Toscana.
¿Qué hizo mal Donadoni? Quizá el problema consiste en que vota a Berlusconi. El caso es que a Spinelli, el lunes pasado, se le subió el apellido a la cabeza. El Livorno había empatado en casa con el Messina por un error arbitral y se le ocurrió que toda la culpa era de Donadoni. Empezó a hablar en público sobre su inminente despido. Cuando Donadoni le telefoneó, se excusó con una afonía. En realidad, estaba entrando en directo en el programa más futbolero de la televisión italiana, el Juicio de Biscardi, para seguir poniendo al técnico a caer de un burro. Donadoni, genio y figura, dimitió y se marchó de Livorno como un señor.
En la plantilla sentó mal el asunto. Lucarelli, la gran estrella, el máximo goleador, el que rechazó mil millones de liras para jugar en el equipo de su ciudad natal, el hombre que alza la bandera del Che Guevara y tiene la grada a sus pies, comentó que, visto lo visto, él también se iría en cuanto terminara el campeonato.
Una vez metida la pata hasta el fondo, ¿qué podía hacer Spinelli? Pues llamar a Mazzone. Al viejo Carletto no hay afición que se le resista. En 2001, con el Brescia, tuvo un derby apuradísimo con los vecinos del Atalanta de Bergamo. Los locales perdían 1-3, pero el Brescia marcó. Y marcó otra vez. Con el 2-3, exaltadísimo, prometió que, si los suyos empataban, iba a ir personalmente a la tribuna ocupada por los ultras del Atalanta, bastante conocidos por su violencia y sus nostalgias fascistas. En el último minuto de la prórroga, el Atalanta empató. Mazzone corrió hacia la curva rival y gritó como un poseso: "¡Vuestros muertos, racistas, fascistas, cornudos!". Al llegar la policía, se dejó llevar mansamente. "¡Qué a gusto voy a cumplir esta sanción!", suspiró.
Con estos precedentes, Mazzone tiene que caer bien a los livorneses. Ha entrado, sin duda, con buen pie: el Livorno ganó ayer al Fiorentina, la revelación del campeonato, con dos goles de Lucarelli. La afición, gruñona al principio, acabó entregada. A ver qué ocurre en adelante. Habrá menos sensatez que con Donadoni. Disparates sí habrá muchos. Todos los que hagan falta.
Enric González es autor de Historias del Calcio
sábado, febrero 11, 2006
EL GOL Y LA MEMORIA (2 y final) por Andrés Neuman

Mundiales. Como Italia 90, mi último mundial argentino, en el que la selección llegó, nuevamente, a jugar la final contra Alemania. Aquel mundial había sido la crónica de una decadencia anunciada: el equipo nacional era casi el mismo, pero cuatro años más desencantado; y su tótem, Maradona, no era el mismo sino uno más gordo, lesionado y mascando quizá su inminente tragedia. Aquélla fue una triste manera de despedirme del país y del gran fútbol. Poco después mi familia abandonó Argentina y, para el mundial siguiente, el equipo que veía por la televisión, al calor del verano, vestía de rojo e invocaba una vaporosa furia como principal argumento ganador.
Jorge Valdano, que es quien mejor comprende (como lo supo Grecia) que el deporte es un síntoma de muchas otras cosas, publicó hace unos años el primer tomo de ese acto de redención que fueron los Cuentos de fútbol. El año anterior, en 1994, había tenido lugar el siguiente mundial en Estados Unidos. Aquél fue el segundo adiós de Maradona, que, como todos los mitos, nunca se retiraba del todo. Y lo más curioso es que, acaso sin saberlo, en el mismo año de la consagración de Maradona, Valdano había escrito un artículo en la Revista de Occidente que, en cierto modo, definía la fatalidad de su compañero de selección. Al margen del asombro que causó que un futbolista conviviese con la élite intelectual en las páginas de una publicación académica, aquel artículo sobre el miedo escénico comenzaba afirmando que “el jugador es un actor obligado a representar una obra desconocida frente a un adversario que se empeña en impedírselo”. Eso fue, precisamente, lo que le sucedió al 10 argentino: personaje adorado, actor de sí mismo sobre el césped, él estaba obligado a desempeñar cada partido su papel de genio. Y, como alguna vez le he oído decir a Valdano, ser Maradona no debía de ser fácil para Maradona. Ahora bien, ¿quién le impidió serlo hasta el final, quién se empeñó en que Diego dejase de ser él? Propongo tres posibles respuestas, todas ciertas a mi juicio: los defensas rivales; la FIFA y sus extraños reglamentos, que toleran o castigan según a quién, según qué y según cuándo; y Maradona mismo. Su personaje escénico.
Ante el próximo Mundial. Muy distinto, hoy día, resulta ya el personaje de los mejores futbolistas nacionales. Los ídolos españoles se comportan como deben dentro y fuera del campo. Por eso nunca caerán como otros ídolos pero, tal vez por eso, tampoco volarán nunca tan alto. (...) Esperemos poder mirar los partidos con otros ojos, y perseguir los viajes imprevistos del balón, y acaso ver por fin una final sin bostezar, pendientes de las estrellas sobre el césped. Y sólo así, tal vez, podamos al fin sentirnos como los poco viriles pero sin duda felices amantes de aquel poema de Rilke -David y Saúl- y exclamar frente a la pelota: somos casi como un astro que gira.
Andrés Neuman, escritor argentino
viernes, febrero 10, 2006
EL GOL Y LA MEMORIA (1/2) por Andrés Neuman

Extracto del artículo publicado en la revista literaria Mercurio, Junio 2002
(...)
Los mundiales. Quimeras babilónicas que se repiten, como mucho, tres veces por década. Con tanta espera, es más fácil soñar. Y me atrevería a afirmar que, en Argentina, los mundiales son otra cosa. Un acontecimiento que tiene menos que ver con el fútbol que con otras cosas como el pisoteado orgullo nacional, las ansias de venganza histórica o la distracción política. En España no es tan corriente encontrar a un aficionado cuyo sueño consista en golear a Inglaterra en revancha por el desastre de la Armada Invencible, o que aguarde impaciente el partido en el que darle un baño al imperio alemán, pongamos por caso. Si a eso añadimos que, por el momento, para los españoles las finales mundialistas no son más que esos partidos internacionales que se siguen sin demasiado ardor por la televisión, se comprende la diferencia de dimensión entre las selecciones de un país y otro. En Argentina, desgraciadamente, las proezas en el césped han servido en más de una ocasión para cubrir el ruido de las torturas en los sótanos.
Ése fue mi primer mundial, aunque ya no me acuerde: Argentina 78. Nuestra selección era fantástica como nunca y, probablemente, no mereció ganar. Pero Videla necesitaba un gol urgente para su genocidio, aunque fuese en fuera de juego y contra cualquier reglamento. El pueblo argentino se echó entonces a la calle, a celebrar que pronto no habría nada que celebrar, excepto funerales sin cadáveres. Por eso fue, quizá, tan simbólico el título conquistado ocho años después, en México 86. La sensación de la gente era, más o menos, que después de las Malvinas (Mundial 82) y del horror habían llegado la paz, la democracia y Maradona. Sus goles contra Inglaterra habían tenido lugar, incluso, en el orden exacto: primero se había burlado de la prepotente estatura de Shilton, el portero inglés, estirando el antebrazo en la cima del salto; y después, por si quedaban dudas, le había demostrado al ejército defensivo inglés de qué color era la bandera del talento. Qué útiles, en el campo y fuera de él, que son los enemigos: como escribió Eduardo Galeano sobre los árbitros en El fútbol a sol y sombra, cuanto más se odian, más se necesitan. Por eso Maradona, además de un imposible cuento fantástico en diez segundos, con aquel gol zigzagueante acababa de escribir, sin saberlo, el nuevo Martín Fierro. Todo un poema épico que, además de ser relatado hasta la saciedad en las calles, venía a terminar de dibujar el espejismo de la reconstrucción.
Me recuerdo, tras el mundial de México, hojeando la prensa en busca de reportajes sobre la selección. Y recuerdo también aquellas fotos de aquel anciano que, con el tiempo, se me iría también divinizando. Aquel anciano cuyo rostro, entonces, no reconocí del todo. Las noticias alternaban fútbol y literatura. El mes de agosto de 1986 iba entibiándose. Maradona acababa de levantar la copa, y Borges acababa de agachar la cabeza. Por aquel entonces, leía yo novelas de aventuras, de misterio o de terror. Dentro del colegio -donde no había alumnas- buscaba una amiga en la pelota. Fuera de él, pasaba muchas horas en los potreros emulando al dios Diego o, más modestamente, al Chino Tapia. Son muchos los domingos que recuerdo parecidos a aquel cuento de Roberto Fontanarrosa, ése en el que decenas de personajes sólo atienden a una cosa, el balón, para finalmente contemplar cómo su día se pincha en una rama o se pierde detrás de algún coche.
Continúa
Andrés Neuman, escritor argentino
miércoles, febrero 08, 2006
ÁFRICA ES LA REVOLUCIÓN por Raúl Fain Binda
La revolución
Los europeos dan mucha importancia al fútbol africano porque su realidad actual es revolucionaria. Las revoluciones siempre despiertan más interés que los regímenes establecidos. O decadentes, si ustedes quieren.
Desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, el fútbol africano está sacudido por formidables convulsiones, reflejadas hace poco en la clasificación para el mundial de países supuestamente atrasados futbolísticamente: Togo, Angola y Costa de Marfil, donde además se libra una guerra civil paralizante.
La eliminación del torneo mayor de Nigeria, Camerún, Senegal, Marruecos y Egipto, vista al principio como un signo de debilidad de esos países, es en realidad la consecuencia del avance de la segunda fila del fútbol africano.
El débil al poder
Los procesos revolucionarios se caracterizan por este tipo de saltos bruscos, que desafían el orden establecido. Esto abre oportunidades para los individuos y organizaciones que en circunstancias normales sabrían perfectamente cuál es "su lugar".
En fútbol, el orden establecido es (¿o era?) el predominio de cuatro o cinco naciones europeas y sudamericanas, en una especie de "mercado cerrado". En este mercado, y cuando las normas en las ligas europeas lo permitieron, tres países sudamericanos, Brasil, Argentina y Uruguay, fueron los proveedores tradicionales de "mano de obra especializada".
Ahora es diferente. El caso Bosman abrió las compuertas y ahora el mercado africano ofrece mano de obra capaz a un costo muy bajo.
Africanos europeos
Las crónicas desde Egipto sobre esta Copa de África mencionan al camerunés Samuel Eto'o, el marfileño Didier Drogba, el egipcio Mido y los nigerianos Kanu y Jay-Jay Okocha, en un contexto que parece señalarlos como las máximas estrellas del fútbol africano.
Esto pasa por alto a buena parte del seleccionado francés de fútbol, mayoritariamente africano: Vieira es senegalés; Zidane es hijo de inmigrantes argelinos.
Y no olvidemos al legendario Eusebio (64 años el próximo miércoles), que es de Mozambique.
Falacia desmentida
El caso de Zidane desmintió una de las grandes falacias del fútbol: que África era capaz de producir grandes jugadores negros pero ninguno árabe. Se suponía que la cultura árabe reprimía la expresión individual, que el caos de las sociedades negras era más fértil para el fútbol.
El verdadero estímulo no es el caos, sino la pasión, exacerbada por la necesidad. La mejor cuna del fútbol es humilde, es pobre.
Fertilidad de la miseria
Hay algo en el fútbol que se nutre de la miseria, o mejor dicho, del deseo de escapar de ella. Este es el gran secreto de la fabulosa creatividad del fútbol brasileño, en un gigantesco país donde se dan todos los ingredientes necesarios: tradición, pasión, buen gusto, organización, recursos, ambición y también el motor misterioso de la miseria.
Sin el estímulo de la miseria, la estructura del fútbol brasileño no sería capaz de engendrar a jugadores como Ronaldinho.
Daría a Kaká, como no, pero nunca a Ronaldinho. ¿Ven la diferencia?
El fútbol africano está en pañales en comparación con el latinoamericano, pero le sobra vitalidad y el espolón de la miseria pica más fuerte.
Vigencia de la mafia
Los mafiosos fueron los primeros en advertirlo, como siempre.
En estos días han circulado numerosas denuncias e informes periodísticos sobre casos de abuso de adolescentes africanos, atraídos con la promesa de jugar en los grandes clubes europeos. Los gestores o intermediarios les prometen el futuro, que deben pagar por adelantado. Las familias reúnen como pueden el dinero para el pasaje y la "gestión" del agente.
Algunos de esos jóvenes terminan jugando en clubes de Bélgica o Francia, pero la mayoría se desloma en trabajos serviles en las cocinas de los ricos.
lunes, febrero 06, 2006
EL ADIÓS DE LOS MOSQUETEROS
Lo que pasa es que son buenos en lo suyo. Antonio Giraudo, 54 años, consejero delegado, ha manejado las cuentas de forma irreprochable. Sin pedir un euro a los Agnelli ha construido sucesivas plantillas vencedoras y rentables; cuando se ha visto en apuros, ha sabido hacerle un tocomocho al pardillo de turno. En el calcio, tal papel suele corresponder a los dirigentes del Inter. Un ejemplo: en 2004, Giraudo (y Moggi) convencieron al Inter para llevarse a Turín a Cannavaro, uno de los dos mejores centrales italianos, a cambio de Carini, el mejor portero uruguayo de su urbanización. Giraudo pasó apuros cuando fue procesado por dopar a los jugadores, pero en segunda instancia el caso se cerró sin condenas.
Luciano Moggi, 68 años, director deportivo, carece de rivales en su especialidad. Dirigió la política de contrataciones en el Nápoles, el Lazio, el Roma y el Torino antes de recalar en el Juventus, y su olfato para reconocer talentos (su hijo, casualmente, ejerce como intermediario) sólo es comparable a su cariño hacia los árbitros: les invita a cenar, les proporciona traductoras-acompañantes cuando son extranjeros (en 1993 fue condenado a cuatro meses de arresto; resultó que las traductoras-acompañantes prestaban a los colegiados unos servicios linguísticos de naturaleza no verbal) y nunca olvida un cumpleaños arbitral.
Roberto Bettega, 54 años, ex jugador y vicepresidente, ha ganado carácter con los años. Como futbolista fue un goleador suave y elegante. Ahora, como directivo, prefiere dar leña: el otro día, después del encuentro de Copa en el Olímpico, no quiso abandonar el palco sin pegarle un coscorrón a un pobre diplomático argentino que, por lo visto, celebraba con demasiado entusiasmo la victoria romanista en la eliminatoria.
Parece, y esa es la noticia, que los Dalton juventinos se separan. Giraudo quiere hacerse rico, al menos tanto como lo es ya Moggi, y tiene preparados unos cuantos negocios inmobiliarios para después de junio. Más adelante cuenta con encargarse de la remodelación de los estadios italianos si el Campeonato de Europa de 2012 es adjudicado, como se espera, a Italia. Bettega se quedará. Y Moggi, parece, se trasladará a Milán para hacerse cargo del Inter o, más probablemente, del Milan. Ya ha comido con Silvio Berlusconi para hablar del sueldo. El cuarto mosquetero, Capello, asegura que no dejará el Juventus mientras sigan los otros tres. Para entendernos, se larga también en junio. No quiere especular sobre el futuro, pero se le ponen tiernos los ojitos de tiranosaurio cuando le hablan de Madrid.
Enric González es autor de Historias del Calcio
sábado, febrero 04, 2006
FÚTBOL AFRICANO: MATERIA POÉTICA por Miguel Bayón

Las viajeras no tanto (a no ser que tengan una probada capacidad para ponerse en jarras y evitar abordajes y otros efectos colaterales), pero los viajeros por África deberían siempre ver por allí algún partido de fútbol. No quiero destripar tramas ni desenlaces, pero puedo dar unas pistas de por qué es importante esa asistencia. Ante todo, unas consideraciones teñidas de globalización. La Copa de África, recientemente celebrada en Senegal, fue protagonizada
por vez primera enteramente por jugadores que actúan en Europa. Y desde hace años no pocas selecciones africanas tienen técnico europeo. Es decir, el fútbol africano de elite evoluciona, en teoría, hacia parámetros similares al que vemos por aquí.
Eso, en teoría. Pero en África no valen, ni para viajar ni para nada, las teorías o las previsiones. El fútbol de los africanos, incluso el de sus selecciones "europeizadas", no tiene que ver con
el nuestro. Seguro que los técnicos han conseguido introducir en esos jugadores de elite una preocupación por el sistema (sea lo que sea eso, Dios bendito) y hasta por la importancia de la defensa. Pero a la hora de la verdad los jugadores africanos ejercen su derecho a la amnesia. No en vano es un continente cuyas almas sobreviven porque logran no atiborrarse de memoria: si se acordaran de todo lo que les ha pasado, era para morirse, así que hacen muy bien en
sobrellevarlo con ligereza y echándole plena atención al carpe diem. No cuento el colorido de las gradas, el buen humor y la picaresca que en general reinan alrededor de un partido africano; aunque a veces haya trifulcas a la europea, o un régimen como el hutu ruandés de 1994 pueda organizar un genocidio a base de reclutar y fascistizar a los ultras futbolísticos y prometerles víctimas propiciatorias para su hambre de violencia.
El viajero debe hacer la experiencia, repito. Y estar muy abierto a lo que no comprende. Me he encontrado sorprendido de comentarios de lectores (sobre todo de lectoras) de mi novela "Mulanga" ante una escena en la que los jugadores de un equipo mean en corro en el círculo central para marcar el territorio.
Cosas así se ven con alguna normalidad en África. De vez en cuando cae un rayo que afecta misteriosamente sólo a una mitad del campo y por tanto a un solo equipo. O, ejemplo de la superprofesional Copa de Africa, el ex guardameta y ahora técnico de Camerún, Nkono
(que jugó de portero en España), fue golpeado por sus rivales senegaleses que sospechaban que había hecho magia contra ellos; la Confederación Africana le acabó levantando la sanción por "comportamiento escandaloso y provocativo", es decir por hacer magia. Todo el mundo en África sabe que la actitud mingitoria, el rayo y lo que hiciese o no Nkono están a la orden del día y tienen que ver con que las cosas funcionan con hechizos, desde el sida al poder.
El viajero deberá tener eso en cuenta, y que le sirva para entender y disfrutar. Si un viajero se asoma al fútbol africano (sea en un estadio o en un descampado, sea viendo a jugadores más o menos uniformados o a chavales descalzos) echará de menos el orden y los tiquismiquis
que caracterizan el fútbol de cualquier nivel en Europa. Pero de inmediato verá que el público aplaude los detalles, es decir la belleza: se parecen a los aficionados degustadores de lo que hacía
Curro Romero. Y ese gusto por la belleza del público africano (de estadio o de baldío) va emparejado con la gozosa vivencia de la fe: todos y cada uno de los espectadores, y probablemente de los protagonistas del partido, están convencidos de que, nada más arrancar
la jugada, va a culminar en un gol que va a abatir de pura belleza el universo mundo, que no lo podrá "aguantá".
Ya, ya sé. Me diréis que a los diez minutos público y jugadores tendrían que haber aprendido al ver el fracaso de tantas maravillas soñadas. Pero África se sustenta en que las cosas allá no son así, el aprendizaje no es así, la memoria y los reflejos paulovianos son de otra manera. La fe puede con todo. Una fe que es una esperanza. Y una esperanza que es una poesía. Porque ésa es la esencia del fútbol africano: su carácter poético.
Sociológicamente, puede parecerse a lo que antes (¿sólo antes, de verdad?) eran los toros en España: un chaval soñaba con triunfar en la Monumental o en la Maestranza, y ese sueño era también lo que los cursis llaman ahora "promoción social". Pero igual que el maletilla no buscaba sólo el bienestar material, sino también la gloria y la belleza, los africanos insisten en demostrarnos, mientras rueda un balón, que la fantasía, el juego, nos hacen no sólo sobrevivir, sino sobre todo vivir.
jueves, febrero 02, 2006
AÑO DOS
Hoy hace dos años que colgué en este blog el primer artículo de las Historias del Calcio que Enric González publica todos los lunes en las páginas de El País. Aquel primer artículo se llamaba “Espaguetis para el Milan” y en él se contaba la situación que se vivía en ese momento en la Liga italiana y las perspectivas de futuro inmediato que se le abrían a los grandes equipos del calcio. El autor le daba su toque a una historia que terminaba uniendo a los terroni que se quedaron en el sur (SCC Napoli) y a los que emigraron al norte rico para ganarse la vida y triunfar (AC Milan), los unos al borde del abismo de la Tercera y los otros tocando el cielo como campeones de Europa.
Desde entonces muchas cosas han cambiado en el calcio. El Milan ya no es aquel equipo majestuoso, rey de Europa, que se permitía mirar por encima del hombro a cualquiera de sus rivales con ese aire aristocrático que le daba el fútbol que practicaba. En mayo de 2005 sufrió una de las derrotas más dolorosas que se recuerdan, la Final de la Copa de Europa, que ganó antes del descanso y perdió en los penaltis. El Juventus, después de aquella temporada de juego más o menos vistoso (con todas las reservas que esto tiene cuando se habla del equipo turinés) fracasaba por una defensa que hacía aguas. Contrató a Fabio Capello y, obviamente, todo cambió. Desde entonces el rottweiler bianconero destroza a sus victimas con dentelladas letales, su presa una vez mordida no se escapa jamás. En el campeonato doméstico no hay quien le tosa. El Inter sigue siendo él mismo, una pazzia. Divertido como ninguno, aspirante a todo, ganador de casi nada. Seguramente ofrecerá los momentos más esperpénticos del campeonato, seguirá siendo la sal de un circo poco dado a las alegrías. Y además tiene a Adriano. El Roma se despedía en aquellos momentos del olimpo. En este tiempo transcurrido ha coqueteado seriamente con el descenso, ha vivido turbulencias internas y ha sufrido las consecuencias fatales que suele dejar la marcha de Capello en un equipo. Sus huestes acabaron extenuadas, exprimidas por il capo. Hoy, envuelto en un halo de frenesí atacante y comandado por el capitano Totti, quiere volver a saborear días de vino y rosas (suerte Roma). El Lazio, aún convaleciente del escándalo Cirio, busca de nuevo su lugar entre polémicas fascistoides. El Fiorentina ha vuelto. Al Torino no le dejaron.
Fuera del calcio estos dos años han dado para mucho. El terror en Madrid, cambio de gobierno en España, la reelección de Bush, la muerte de Juan Pablo II, Londres atacada, el adiós a las armas del IRA, un tsunami se lleva más de 200.000 personas en su camino, la legalización de los matrimonios gays en España, miles de muertos en Irak, el inicio de un ciclo blaugrana, un nuevo oscar para el cine español, desastre de la Selección en la Eurocopa, Nueva Orleans se hunde, el retorno de las dos Españas, la muerte de Arafat y la victoria de Hamás en las urnas, el Estatut, Fernando Alonso campeón del mundo de Fórmula 1, el Liverpool vuelve a ser campeón de Europa, ... y tantas otras.
Y seguirán pasando, y como hay tiempo para casi todo, en este sitio se seguirá hablando de historias que tienen que ver con aquello que, como decía Valdano, es la cosa más importante entre las cosas menos importantes.
lunes, enero 30, 2006
EL SECRETO DE LA 'AMATRICIANA'
Jim O'Neill, jefe del servicio de estudios del gran banco de negocios Goldman Sachs, ha dicho esta semana que Italia, desde el punto de vista económico, está en las últimas. Los italianos, según O'Neill, sólo pueden ofrecer al progreso mundial "la comida y un poco de fútbol interesante". Eso eleva, sin duda, la tensión de la Liga de Campeones, ya que se puede interpretar que, si no la ganan el Juventus, el Inter o el Milan, y con un juego al menos "interesante", el Producto Interior Bruto de la pobre Italia perderá uno de sus dos pilares y en adelante no tendrá que expresarse en euros, sino en raciones de risotto y bucatini alla amatriciana (pasta).Tal vez la situación no sea tan grave. Silvio Berlusconi dice siempre que Italia es el país más rico y feliz del mundo. Lo cual es falso, pero tampoco del todo. Éste es un país peculiar, lleno de corrientes subterráneas y fenómenos inexplicables.
Como el del Roma. Dicen que la institución menos racional del calcio es la pazza Inter, el equipo loco por definición. Al Roma se le atribuye la condición de mágico. Digamos que si se consiguiera un híbrido llamado Rominter nos encontraríamos muy cerca de la enajenación absoluta.
El caso es que el Roma se pasó casi toda la primera vuelta serpenteando por la mitad de la tabla, entre crisis histéricas y momentos de lucidez furibunda. Cassano se había convertido en un tumor, el vestuario era una pena, el goleador Montella se lesionó y a Mancini, el extremo que Fabio Capello siempre ha querido llevarse a la Juve, se le notaba herido en cuerpo y alma. Mancini, un brasileño riguroso al estilo Emerson, de los que creen que el fútbol y la samba no son necesariamente la misma cosa, era el último amigo de Cassano. Y suspiraba por largarse a Turín con el padre-padrone Capello.
Se fue Cassano a Madrid y, por razones que a la ciencia se le escapan, Mancini se puso de inmediato a correr por la banda; Perrotta recuperó la profundidad de sus tiempos del Chievo; el viejo Tommasi, del que nadie esperaba que volviera a tocar un balón después de que le reventaran una rodilla, se erigió en agitador del juego ofensivo, y De Rossi empezó a comportarse como el gran medio centro que dicen que será y aún no es. Todos estos fenómenos simultáneos no deberían haber generado un beneficio apreciable porque, lesionados Montella y Nonda, no quedaba en el banquillo otro delantero que Okaka, un chaval de 16 años. Spalletti demostró ser un técnico inspirado cuando decidió que su equipo iba a jugar con un único delantero y que ese delantero sería Totti.
Desde entonces, el Roma lleva ocho victorias consecutivas. El miércoles, en los cuartos de final de la Copa de Italia, los mágicos, sin Totti, en un campo tan difícil como el del Juventus y bajo una nevada de espanto, le colaron tres goles en diez minutos. Ayer fueron tres al Livorno, una de las revelaciones de la temporada: dos goles de Totti y una asistencia de Totti, que lleva ya 13 tantos en la Liga y sigue medio lesionado. Vuelve a ser un placer ver jugar a esa pandilla de locos tan dotados para la razzia: asaltan la puerta contraria como una banda comanche, al galope feroz, en un desorden aparentemente salvaje pero muy eficaz. Cuando se desatan, son incontenibles. Ya se ha dicho otras veces. Insistamos. Entre los grandes futbolistas que se ganan la vida en Italia, nacionales y extranjeros, no hay nadie más grande que Totti. Ése, me temo, es un secreto que sólo en Roma se conoce bien. Como la receta de la amatriciana o la verdad sobre la economía italiana.
Enric González es autor de Historias del Calcio
sábado, enero 28, 2006
PEQUEÑA TEORÍA DE UN GOL (2 y final) por Ximo Brotons
Lo cierto es que los goles son la salsa del fútbol, pero también es verdad que una millonada de tantos no asegura un buen partido de fútbol. De ahí la opinión de Cappa, que fue ayudante de Valdano en el gran Tenerife de mediados de los 90. Es verdad que algunos partidos de pocos goles han podido ser un partido emocionante. Pero esto es porque además del buen juego hubo ocasiones de marcar: sin estos momentos previos al gol, que las jugadas elaboran buscando la portería contraria, no puede haber nada bonito en el fútbol. Después, si hay suerte y la pelota entra, se produce el éxtasis, pero como éste siempre suele estar acompañado de ciertos sentimientos de venganza o resquemor hacia el adversario conviene no dejarse cegar por el objetivo. Por eso, el gol más fantástico y que más han querido emular todos los jugadores de fútbol fue un gol que no fue gol: un disparo que se inventó Pelé un día soleado del Mundial de México 70 desde el centro del campo en un partido contra Uruguay, y que no entró en las redes de la portería ajena por muy poco.
Aunque aquel balón no se coló en las redes, todo el grito victorioso del ¡gol! está en ese gesto y en esa pelota que vuela hacia el cielo y cae. Los antiguos griegos se referían a la ocasión propicia para aprovechar los goces de la vida con el nombre de kairós. No quiero ser falsamente bonachón y decir que lo que cuenta es la intención y no el resultado. No, el resultado importa y mucho, pero más que el resultado lo que de verdad importa es la manera como se consigue, que por lo demás suele favorecer a la corta y a la larga los buenos resultados. Esa bonita y eficaz manera de aprovecharse del kairós es lo que enseñan las jugadas que pueden no acabar en gol, como aquella inolvidable de Pelé, pero que señalan el camino ideal para hacer goles que no sólo signifiquen el triunfo personal de un jugador sino que a la vez sirvan como homenaje victorioso al juego que se practica.
El gol que Zinedine Zidane marcó el 15 de mayo en Glasgow al Bayern Leverkusen (Vila-Matas, a pesar de ser culé, estará de acuerdo conmigo en que estas zetas mágicamente árabes emparentan al jugador francés, en más de un sentido, con aquella hermosa Sherezade que para no morir se pasó contando historias durante mil y una noches) fue un gol de esta clase. No sólo supuso a la postre el triunfo del Real Madrid sino que por añadidura supuso la victoria de la belleza futbolística, tantas veces ausente de los rectángulos de juego, y que en día como éstos, ¡en una Final de la Copa de Europa, además! nos devuelve a quienes empezamos a disfrutar del fútbol siendo pequeños aquella emoción infantil e infinita que todos hemos tenido que abandonar de alguna forma al hacernos mayores.
Esa emoción infinitamente alegre, casi loca, incondicional y estruendosamente jubilosa es la emoción vital del gol, del fútbol, de la vida vivida a través de los verdes campos de césped de los estadios donde se juega al balompié. Cuando Zidane empalmó, con su bella zamarra blanca y su elegante giro corporal, el balón que Roberto Carlos había bombeado al área, no pensé nada. Quizás inconscientemente di ese balón por perdido; tal vez en la tercera gradería, entre miles de aficionados, lo podrían encontrar al final del partido. Pero no, ese balón dibujó una volea fulminante y entró como una exhalación en la escuadra derecha de la portería alemana. Fue un gol hermoso y decisivo. Inesperado, liberador, irrepetible.
Mientras celebraba la jugada que acababa de presenciar, Zidane empezó a correr hacia el público como al galope humano. Y mientras en televisión, sólo en televisión, repetían el gol, tuve que restregarme los ojos. Cuánto hacía que no veíamos un gol soñado. Cuánto tiempo llevábamos esperando poder decir: ¡Qué bonito!
Ximo Brotons es profesor de filosofía
viernes, enero 27, 2006
PEQUEÑA TEORÍA DE UN GOL (1/2) por Ximo Brotons
En la breve historia del deporte del balompié ha habido goles hermosos, goles audaces, goles aparentemente imposibles, goles de rebote, goles con la cabeza, con la espuela, de tacón. Recuerdo el inolvidable gol que Pelé fabricó en la final del Mundial de 1958, cuando tenía 17 años: recibió el balón en el borde del área, de espaldas a la portería, y tras hacerle lo que en la jerga futbolística llamamos un sombrero (pasarle el balón por encima del contrincante) al defensor que lo encimaba, remató de volea al fondo de la red. Está también el largo y caluroso gol de Maradona contra Inglaterra en el Mundial de 1986. Tras sortear a la carrera a varios jugadores desde el centro del campo el controvertido astro argentino se adentra en el área y encogido por la presión de tres defensores cruza la pelota al palo contrario de la portería.De la cantidad innumerable de goles que habremos visto los que disfrutamos del fútbol, estos goles espectaculares justifican en más de un sentido nuestra afición. Aquí espectacular equivale a monstruoso, a lo que se muestra y a lo que hay que ver: estos goles son los que nos sirven para decirles a quienes sólo ven vulgaridad y tedio en el juego del balompié que también en el césped futbolístico puede lograrse la belleza y la más noble emoción vital.
En la final de la Copa de Europa de este año que enfrentaba al Real Madrid contra el Bayern Leverkusen, celebrada en Glasgow el 15 de mayo con toda la incertidumbre y pasión propias de tan dichoso evento, aconteció uno de estos goles de los que alimentan nuestro no demasiadas veces correspondido amor por el buen fútbol. Su autor fue el mejor jugador actual del mundo, el francés de origen argelino Zinedine Zidane, y sobre los gloriosos segundos del antes y del después del hermoso momento que marcó ese gol fabuloso quisiera ofrecer una breve reflexión.
Empezaré describiendo la jugada que a la postre supuso el noveno triunfo del Real Madrid en la Copa de Europa. En un artículo publicado en El País, Javier Marías ha señalado que ese gol de Zidane pertenece a la categoría de lo sobrenatural, porque la jugada que lo inició no tenía la intención de llegar a portería y traspasar la meta contraria, sino que a través de cierto arrojo y cierto ímpetu la pelota fue aproximándose poco a poco hacia la portería alemana hasta que finalmente, como caído del cielo, Zidane pilló el balón rebotado en el borde izquierdo del área y con la semivolea más limpia y eficazmente hermosa que yo he presenciado jamás coló la pelota en la red. Como escribe Marías, fue un gol nacido del azar, algo improvisado, completamente inesperado, pero por todo eso mucho más conmovedor aún. Allí donde la suerte y la voluntad se juntan, decía el filósofo francés Georges Bataille, nace el amor que supera la angustia de la muerte. Tal encuentro amoroso y fugaz fue el que se produjo en el gol de Zidane, cuando éste impacta con su pie izquierdo el balón áereo que había salido rebotado, y lo manda haciendo una parábola casi mágica al jubiloso fondo de la red.
Ese partido lo ganó el Madrid 2-1, emulando en la victoria al legendario Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento, encumbrado precisamente en el vetusto Hampden Park de Glasgow en 1960, al vencer por 7-3 al Eintracht de Frankfurt. El rey de reyes había vuelto a triunfar.
Considero que el Gran Partido de Fútbol, el partido que mejor transmite ese ánimo y esa atmósfera, es la Final de la Copa de Europa. No creo que ni siquiera la final de un Mundial se le pueda igualar: ahí hay todavía demasiado patrioterismo en juego como para que la alegría del fútbol pueda explotar con todo su esplendor. Desde luego ha habido equipos excepcionales, el Brasil del 58, del 70 y del 82, la Holanda del 74, la Francia del 84 y del 98, la Argentina del 86, la Hungría del 54, etcétera. Pero yo me quedo con la promiscuidad cosmopolita de los clubes, que representan la pluralidad de una ciudad y no la homogeneidad de una nación.
La atmósfera de una final de Copa de Europa no tiene parangón, pues de algún modo viene a resumir y a encumbrar en un solo día y en un único partido al mejor equipo del año. Antes de empezar cada final europea recuerdo un poema de Keats en el que el joven poeta inglés declama algo así: ¡Oh tú, que has sentido el frío aire del invierno en tus mejillas, para ti la primavera florecerá y será tiempo de cosecha! No otra cosa distinta promete la liga invernal de fútbol que desemboca el tercer miércoles de mayo de todos los años en la gran finalísima de la Copa de Europa. El fútbol, pues, no es sólo un deporte. Es también, como dicen los ingleses, un romance, una historia de amor. Cada año empieza prometiendo leyendas y gloria, aunque en muchas ocasiones los partidos acaben enfriándose y tratemos de olvidar lo sucedido lo más rápidamente posible.
Pero si yo busco todos los años la prueba de mi amor por el fútbol en el partido ideal de la Final de la Copa de Europa, ¿qué buscamos cuando queremos marcar o celebrar un gol? O dicho con más sencillez: ¿qué es un gol? Un gol simboliza el triunfo de la vida sobre la muerte. Hay un cuento de Javier Marías en que se describe muy bien el simbolismo que marca la línea de gol. Ese límite que separa la victoria de la derrota, el triunfo de la decepción y, metafóricamente, la vida de la muerte, compendia toda la emoción del balompié. Bertrand Russell señala que la competición no desmiente la nobleza del juego cuando se establece un cierto respeto por el contrario. Creo que esta nobleza es la que le hizo decir a Camus que las lecciones de moral más importantes de la vida las había aprendido jugando al fútbol. Tal es el valor que los antiguos griegos atribuían a sus héroes caídos en desgracia: “No es un perdedor el que muere, sino un posible vencedor”.
Ximo Brotons es profesor de filosofía
miércoles, enero 25, 2006
POP EN MOVIMIENTO por Santiago Segurola

Dos meses después de la muerte de George Best he decidido poner un artículo que en su momento dejé "guardado" para no colapsar con tantos textos dedicados al genio de Belfast. Para mí es el mejor que se escribió, a modo de obituario, en aquellos días. Hoy me apetecía subirlo.
Mucho antes de que Inglaterra fabricara plastificados ídolos del fútbol, hubo un jugador de carne y hueso que representó perfectamente los excesos, las turbulencias y los cambios que generó su tiempo. Fue George Best, el chico que salió de los callejones de Cregagh, en Belfast, para convertirse en un fenómeno que trascendió la escena del fútbol. No son pocos quienes le señalan como el mejor futbolista británico, un genio a la altura de Pelé o Maradona, consideración excesiva para un jugador que sólo mantuvo tres años de brillo consistente. Tenía 22 años en 1968, cuando fue designado Balón de Oro tras conquistar la Copa de Europa con el Manchester. Era una celebridad dentro y fuera de los estadios, un futbolista con raptos geniales, intuitivo, regateador, valiente, astuto, estupendo pasador, con una arrancada incontenible y una delicada conducción de la pelota. Jugaba con los brazos pegados al cuerpo y los puños casi cerrados. Era el tobillo eléctrico y la cintura de goma lo que producía un fascinante efecto en los espectadores y un desastroso problema en sus marcadores. Pero todas estas cualidades, por raras que fueran, no le convirtieron en el ídolo singular que fue. Hubo regateadores antes que él, como Stanley Matthews, futbolistas con un dominio integral del juego, como su compañero Bobby Charlton -con quien mantuvo una difícil relación, en el mejor de los casos-, y elegantes goleadores como Jimmy Greaves o como Dennis Law. Best tenía mucho de todos ellos, pero añadía algo más: su identificación con una época vibrante. Mientras Matthews o Charlton representaban al discreto inglés de la clase trabajadora cuyas hazañas rara vez traspasaban las páginas de deportes, Best era el pop en movimiento. No sólo era un gran jugador, sino un héroe de la cultura de su tiempo. Conducía airosos deportivos, frecuentaba los clubes donde se citaban los músicos y los actores del swinging London de los años sesenta, era dueño de boutiques a la última moda, poseía una casa futurista a las afueras de Londres y no tenía rival con las mujeres: conquistador compulsivo y protagonista de desgraciados episodios de violencia. Un periódico de Lisboa le calificó como el quinto beatle después de destrozar al Benfica (1-5) en los cuartos de final de la Copa de Europa de 1966. Era verdad. El fútbol acababa de alumbrar la primera estrella pop, un ídolo masivo que interesaba a todo el mundo, el jugador que también desarrolló un nuevo personaje: el de la estrella autodestructiva que jamás alcanza su potencial como futbolista, pero que arrastra durante toda su vida una especie de poética maldita que agranda su leyenda.
Con 22 años alcanzó la cima y repentinamente comenzó su declive, alimentado por la bebida y el juego. Estaba destinado a la destrucción. Debutó con 17 años en el Manchester. A la misma edad comenzó a beber. No le ayudaron ni la fama ni la cultura del alcohol que prevalece en el fútbol británico. No le ayudó su asociación con la permisiva escena social del pop. No le ayudó la indulgencia que encontró a su alrededor. Era un rey. Podía hacer lo que quisiera. Con 24 años, cuando los jugadores entran en el apogeo de sus carreras, Best sólo era un futbolista de destellos, proyecto de juguete roto que se peleaba con los entrenadores, no acudía a los entrenamientos y comenzaba un triste peregrinaje de despedida por la serie Z del fútbol: Fulham, Stockport County, Hibernian, Dunstable Town, Los Ángeles Aztecas, San José Earthquakes y Bournemouth. La lista explica gráficamente el enorme desperdicio de talento y la inauguración de un género que se ha hecho muy relevante en dos lugares: Inglaterra y Argentina, países donde la figura del héroe caído genera una fascinación enfermiza. Es fácil asociar a Best con Maradona y bajar poco a poco los peldaños de la fama, de Paul Gascoigne a Charlie George, pasando por René Houseman en las calles de Buenos Aires o Stan Bowles delante de cualquier tugurio de apuestas en Londres. De todos ellos se contarán maravillosas historias futbolísticas y trágicos relatos personales, donde el alcohol, el juego o las drogas destrozaron sus carreras y sus vidas ante la morbosa avidez periodística. Los inadaptados siempre dan mucho juego en la prensa. Pocos lo han testimoniado mejor que Best. Después de su muerte comienza la hora del mito.
lunes, enero 23, 2006
COSECHA ROJINEGRA DEL 87
Hay un tipo de entrenador que puede ganarse en un minuto el respeto de sus jugadores: le basta tocar el balón y demostrar que, pese a los años, la barriga y en su caso el pitillo, aún lo hace mejor que cualquiera. Hay otro estilo, el del entrenador que nunca fue futbolista, que sólo alcanza a darle al cuero con la punta del zapato y que desde niño soñó con esquemas, métodos y pizarras llenas de flechas. Ése suele ser un pesado. Dentro de la escuela del técnico vocacional, plasta y pedante, la figura señera se llama Arrigo Sacchi.Quienes sufrieron sus clases teóricas aún las recuerdan como un galimatías interminable. En televisión, con su tonillo displicentemente didáctico y su retórica pseudocientífica, resultaba insufrible. Gianni Brera, uno de los mejores periodistas deportivos italianos de todos los tiempos (y un tipo que, además, sabía servir un balón a 30 metros), emitió sobre Sacchi un juicio negativo cuando fue nombrado seleccionador italiano: "En el Milan tuvo tres grandes ases holandeses. Me temo que sin ellos su fútbol parecerá caprichoso".
Sacchi no volvió a triunfar como en aquel quinquenio, 1987-1992, en el que el Milan se declaró inventor de cosas que llevaban tiempo inventadas, como la presión, el marcaje en zona, la disposición compacta, la rapidez, el 4-4-2 y demás y arrasó el mundo. El maestro Brera atribuyó el mérito de aquellos años de gloria rojinegra al talento de Van Basten, Gullit y Rijkaard y a la seriedad de Baresi, y uno tiende a compartir esa opinión.
Y, sin embargo, algo muy especial ocurrió en 1987 en el vestuario milanista. Entre quienes se sentaron aquel año ante la pizarra y aguantaron desde entonces el maniático detallismo teórico de Sacchi había cuatro centrocampistas, los cuatro titulares, Ruud Gullit, Frank Rijkaard, Carlo Ancelotti y Roberto Donadoni, que debieron de entender algo. También el delantero centro, el formidable Marco van Basten, sacó algún provecho de aquellas horas tediosas. Porque Rijkaard, Ancelotti, Donadoni y Van Basten y, en menor medida, Gullit (por cuestiones de carácter) constituyen una generación de técnicos imaginativos, hábiles y amantes del fútbol ofensivo.
El Milan parece estar cerrando un ciclo. Ancelotti ha ganado su scudetto y su Copa de Europa y ahora, pese a la victoria de ayer y pese a la ocasional brillantez, los Maldini, Cafú, Costacurta y Stam se han hecho viejos y el juego de ataque se despliega de forma bastante previsible. Lo más probable es que Ancelotti no siga la temporada próxima. Corresponde reconocer que ha sabido manejar un vestuario en el que no es él quien manda, sino el totémico Maldini; que ha sabido fichar por cuatro chavos talentos como Kaká; que ha sabido reconvertir a trescuartistas irredentos como Pirlo; que ha defendido el fútbol bonito, y que todo eso lo ha hecho con el propietario Berlusconi siempre en la chepa.
Berlusconi piensa en dos ex compañeros y amigos de Ancelotti, Van Basten (selección holandesa) y Rijkaard (Barcelona), para sustituirle. Como alternativa dispone de Donadoni, otro fruto de aquella excelente cosecha rojinegra del 87: está manejando muy bien al Livorno y goza de gran predicamento en la profesión. Fabio Capello, el anti-Sacchi surgido también del cuadro técnico milanista, le considera el entrenador italiano con más futuro.
Parece mentira que todo ese talento saliera de las clases de un entrenador que ya en 1985, al frente del Rimini, proclamó el más mezquino de los principios como base de sus teorías: "La magia en el fútbol es una fábula que convendría prohibir".
Enric González es autor de Historias del Calcio
sábado, enero 21, 2006
CAÍDO DEL CIELO por Javier Marías
Entre los goles admirables, los hay buenos, los hay grandes, los hay maravillosos y los hay sobrenaturales. Estos últimos siempre tienen algo, o mucho, de azaroso, de improvisado, de inesperado. Nunca será de esta categoría uno a balón parado. Tampoco los habrá así cuando sean intencionados, es decir, cuando la jugada vaya encaminada a buscar el gol desde su inicio o, digamos, cuando a más de un jugador, de los que intervienen en ella, se le pase por la cabeza que puede acabar en la red su toque o su pared o su pase. Los goles sobrenaturales tienen algo de gratuito, de impensable, de regalo. No en el sentido bajo en que se habla de un regalo del equipo rival, de un fallo o una pifia suya, sino en otro más noble de la palabra: tienen algo de regalo caído del cielo.
El gol de Zidane fue maravilloso porque tuvo lugar en una final de la Copa de Europa, porque fue el de la victoria a la postre, porque encerró dificultad y belleza enormes, porque lo metió un astro y no un secundario. Pero no habría sido sobrenatural, con todo, de no haber sido inesperado para todo el mundo, incluido Zidane hasta casi el último instante. El Madrid sacó un fuera de juego en su campo. Desde ese saque hasta la volea final (incluidos ambos) hubo catorce toques de madridistas, la mayoría destinados a conservar el balón, del que habían disfrutado poco durante la primera parte que ya concluía. Los locutores de televisión españoles hablaban de sus cosas, no atendían a esa circulación de la pelota, no la narraban. Míchel (más entendido y listo que su soporífero compañero, siempre en Babia) se fijó en un pase de Solari. 'Muy bueno', comentó distraído. Ese pase era el primero intencionado, pero no hacia el gol, sino hacia la profundidad tan sólo. Corrió Roberto Carlos, pilló el balón con apuros, lo impulsó sin pararlo hacia el centro del área, a ver qué salía, casi de espaldas, más preocupado por no perderlo ante el defensa que lo encimaba que por entregárselo en condiciones a nadie. Su toque volvió a no ser intencionado. El balón subió mucho, un globo, un despeje atacante casi. A nadie se le ocurrió todavía que eso pudiera acabar en gol. No al portero ni a los defensas del Leverkusen, a los que no dio tiempo a alarmarse. Pero tampoco a Roberto Carlos, ni a Zidane siquiera. Éste no buscó el balón, como se ha dicho, ni fue a colocarse donde previó que iba a caer. No, rondaba por el borde del área, y mientras el despeje-globo subió y subió, muy alto, aún no tuvo en su mente la idea del gol. ¿Cuándo le vino? ¿Cuándo se hizo aquello por fin intencionado? Exactamente cuando el balón dejó de elevarse y no empezó a caer todavía. Fue entonces cuando Zidane, que sabe de gravedad y ligereza, entendió que ya no haría más recorrido en el aire que el vertical hacia abajo. Y vio que caería justo donde él estaba. Sólo entonces se le ocurrió, sólo entonces lo decidió, si es que este último verbo puede aplicarse a lo que jamás fue meditado. Ni por los jugadores alemanes ni por los madridistas. Sólo entonces Zidane comprendió la naturaleza azarosa, improvisada, inesperada de aquel balón: era sobrenatural, un regalo caído del cielo. El resto lo puso él. Él parece también a veces caído del cielo. Por eso supo reconocerlo, y hacerlo carne, y luego verbo.
Javier Marías es escritor
miércoles, enero 18, 2006
EL EQUIPO por Manuel Vicent
Manuel Vicent es escritor
lunes, enero 16, 2006
COYOTES Y CORRECAMINOS
Esto parece una aventura del Coyote y el Correcaminos. Pasa el Juventus, bip, bip, y se pierde de vista en el horizonte. Inter y Milan, emboscados tras un recodo a la espera de un rival que ya ha pasado de largo, se turnan para zancadillearse a sí mismos y despeñarse por un barranco que viene a medir unos diez puntos. La distancia entre el líder y sus perseguidores, a mitad de temporada, es exageradamente amplia. Y eso no es lo peor. Si se advirtiera la posibilidad de un tropezón juventino, de una incertidumbre, de algo, los diez puntos de desventaja resultarían psicológicamente asumibles por los que van detrás. Lo peor es que la Juve parece destinada a irse cada vez más lejos. Fabio Capello ha creado por fin su obra maestra, un golem indestructible que ha ganado 17 de 19 partidos.
El único interés que le queda al asunto, en un sentido no deportivo, sino de entretenimiento, son las desgracias de los coyotes. Roberto Mancini, el técnico interista, estuvo muy gracioso la semana pasada cuando aseguró que a Capello y los juventinos les temblaban las piernas. "En cuanto pierdan unos cuantos puntos se vendrán abajo, y ellos lo saben", dijo. Al día siguiente fue el Inter el que empató a cero con el Siena y se vino abajo, dos puntos más abajo. El Juventus ganó tranquilamente en Palermo. Como ayer en casa frente al Reggina: bastaron el golito de Del Piero y la industriosidad de Emerson.
Ahora es cuando los coyotes echan mano de los milagrosos productos Acme. El Inter, una de las sociedades más tontamente gastonas del mundo, espera recibir un delantero del Udinese, Di Natale, este mismo mes, para compensar la ausencia de Martins (Copa de África), y planea encargar para junio a Ballack, la joya cesante del Bayern. Es fascinante ver cómo una entidad con uno de los delanteros más prestigiosos del mundo, Adriano, con una plantilla valorada en 188,5 millones de euros y con unos recursos financieros casi ilimitados gracias al petróleo del patrón, Massimo Moratti, tiene que echar mano cada enero de la tarjeta de crédito para remendar el equipo y seguir sin ganar nada.
El Milan suele ser más astuto que el Inter. Esa es la fama, al menos. Nadie lo diría después de la operación Vieri. En verano, el Inter hizo uno de los mejores negocios de su historia reciente al pagarle a Christian Vieri seis millones de euros con tal de que se largara. Cierto que el Inter sufre la compulsión de librarse de sus mejores futbolistas (los Ronaldo, Roberto Carlos, Pirlo, etcétera), pero el Milan tenía que haber sospechado: ni siquiera Moratti paga mil millones de las antiguas pesetas para perder de vista a un buen jugador. El Milan, sin embargo, contrató a Vieri. Le ha durado seis meses. La sociedad de Berlusconi, no se sabe con qué malas artes, ha conseguido colocarle en el Mónaco. Veremos cuántos partidos gana el Mónaco a partir de este momento.
Vieri fue un futbolista importante. Con el Inter llegó a marcar 24 goles en 23 partidos, un promedio sensacional. Pero hace tiempo de eso. Poco a poco se ha convertido en un tipo grandón, cargado de hombros y con las rodillas frágiles, que carga contra la portería contraria con el entusiasmo del Coyote y se deja caer en el área como quien se arroja al precipicio. Ya ni Acme lo incluye en el catálogo.
Por el bien del espectáculo, el Inter debería recomprar a Vieri. Es sólo una idea. Pero o alguien hace algo divertido, o nos quedan meses de rutina.
viernes, enero 13, 2006
UN DIABLO ANDA SUELTO por Rodolfo Chisleanschi
Hoy, cuando tiene apenas 17, a Sergio Agüero (Buenos Aires, 2-6-88) tampoco le achican los golpes de los centrales del fútbol argentino, poco sospechosos de delicadeza. Con la potencia de su remate ya ha logrado la recompensa de algún gol de falta, pero fundamentalmente, su frescura y desenfado han conquistado el corazón de los hinchas, que empiezan a reclamar su presencia en la selección que acudirá a Alemania el año próximo.
Sus números hablan, 8 goles, la mayoría golazos, en 12 partidos y el mejor promedio de calificaciones en todos los periódicos del país.
Los compañeros le miman, los rivales le temen, la afición de Independiente llena los campos para verle, los periodistas ya han agotado los elogios y los entendidos no dejan de lanzarle flores. "Su habilidad es natural, aunque su mayor virtud es la potencia física. Cuando está lanzado, no lo mueven", dice Francisco Ferraro, entrenador del sub 20 argentino que ganó el título mundial en Holanda (donde Agüero provocó un penalti en la final contra Nigeria). "Me recuerda a Romario", apuntó en su día César Luis Menotti, después de dirigirle durante unos meses a principios de este año. "Es un crack", resume Ricardo Bochini, icono del Independiente, un club que esgrime con orgullo su estilo de fútbol ofensivo, su "paladar negro". Nadie como el Bocha, dos décadas vistiendo la camiseta roja, conoce mejor al nuevo diablo. Le sigue los pasos desde infantiles y puede detallar cada una de sus características. De su técnica, explica: "Es una mezcla de potencia y habilidad. Lo mejor que tiene es el arranque y el freno, pero también pega seco, muy fuerte, a la pelota. Es diestro, pero se las arregla con la zurda". De sus movimientos en el campo, aclara: "Es mediapunta (segundo delantero), porque puede dar asistencias y arrancar desde atrás, pero no armador, porque para eso debería tener otra visión de juego".
Nadie se equivoca ni exagera. Basta con verle un par de veces. Agüero baja a buscar, se desmarca, cae a las bandas, toca, tira paredes, encara siempre, se va en velocidad o con regates cortos, pisa el área con decisión y define con una tranquilidad y fineza impropias para alguien de su edad. Contagia a su equipo e intimida a los rivales. Sin embargo, no fue un genio como Bochini sino un duro como Óscar Ruggeri el primero en confiar en él, cuando le hizo debutar en Primera con 15 años y un mes (récord en Argentina), antes que, por ejemplo, Maradona, Pelé, Ronaldo o Raúl. Fue el 5 de julio de 2003, ante San Lorenzo. Pero todavía era demasiado pronto. Su padre, Leonel Del Castillo, tuvo que esperar un tiempo más para ver cumplido su sueño de futbolista grande. Porque si no bastara con sus cualidades, Agüero cumple con varias de las premisas que suelen envolver la vida de los cracks suramericanos: origen humilde -aprendió a jugar en los campitos de Villa Los Eucaliptos, un barrio marginal al sur de Buenos Aires-, familia numerosa -el segundo de siete hermanos (Sergio lleva el apellido de su madre, quien era menor de edad en el momento del nacimiento)-, y, por supuesto, un padre que quiso y no pudo ganarse la vida detrás de una pelota.
El Kun, un apodo que se ganó de chico, cuando no se perdía las aventuras de un personaje de dibujos animados japonés, no por casualidad un pequeño demonio llamado Kun Kun, le resarcirá en breve de las penurias económicas pasadas y los sueños frustrados.
El Independiente ya rechazó un par de ofertas de clubes alemanes por el pase de su estrella, y dicen que el Chelsea estaría dispuesto a pagar hasta 30 millones de euros por llevar sus goles a Stamford Bridge. Su contrato acaba en 2008, aunque en Avellaneda se conforman con mantenerlo al menos hasta finales de 2006, "para ganar antes algún título", dice el presidente, Julio Comparada. Pero dirigentes e hinchas intuyen que será difícil, sobre todo si José Pekerman decide por fin llevarle al Mundial de Alemania. Por eso llenan las canchas, con añoranzas anticipadas, para no perderse ninguno de sus regates, sabedores que no habrá otro Bochini: el mito jugó 19 años con la camiseta de los diablos rojos, el nuevo demonio no llegará a cumplir los 19 tirando córners al segundo palo en el viejo estadio de Avellaneda.
miércoles, enero 11, 2006
UNA FIGURA INMENSA por Jorge Valdano
La gran cultura de fútbol está hecha de barrio, sentimiento y tradición. Toda expresión auténtica termina siendo una pertenencia colectiva que moviliza emociones misteriosas y profundas que a los fríos empresarios les cuesta detectar. Así es que la empresa, con mucho sentido común y poco sentido histórico, desalojó con impaciencia el banco del Barcelona dos partidos antes del final del campeonato para impedir el agradecimiento de la gente al entrenador que más satisfacciones les regaló. Quienes somos partidarios de la memoria tenemos dificultades para entender esa falta de grandeza y la necesidad de compensarla con una apresurada nostalgia a la figura inmensa de Johan Cruyff. Después de ocho años de manifiesta incompatibilidad de caracteres la relación hizo estrago. Odian al indomable, al caprichoso, al provocador, y lo odian tanto que se olvidaron de lo que logró y lo que representa. Como también le tienen miedo esperaron a que se cumplieran dos años sin ganar nada para asestarle el golpe que creían definitivo. Hace tiempo que Cruyff y la directiva empezaron una descarnada lucha por el poder; en realidad lo echaron para enseñarle quién manda, pero la decisión les salió por la culata y de pronto aprendieron que en el fútbol manda quien se sabe ganar el corazón de la gente.
Ahora dejaron al barcelonismo con una sensación de orfandad y hasta parece que la gran personalidad de Johan fuese la única depositaria del orgullo, el coraje y la autoestima de un club tan pero tan grande que es más que un club. De esa fragilidad sólo se sale ganando y ganar es mucho más difícil cuando resulta obligatorio.
Cruyff se va armado hasta los dientes por las estadísticas (sus números son los mejores de la historia del Barcelona) por las opiniones (su equipo logró hacer un fútbol incomparable) y por los sentimientos (la afición lo ama o lo odia como sólo se hace con los grandes ídolos). Si era duro vivir a su lado mucho más será aguantar a su fantasma.
El mejor Barcelona de Cruyff convertía un córner en una cesión a su propio arquero; lo sacaban en corto y tocando la pelota hacia atrás encontraban a Zubizarreta para volver a empezar. En medio de la consagración de la seriedad aquel equipo se divertía jugando y el talento de sus grandes figuras encontraba las condiciones para hacer eficaz el buen gusto. Tocaban con criterio, ritmo y gracia, de modo que perder el partido era sólo parte del problema, el problema entero era que te bailaban. El fútbol estaba de su lado y a lo mejor fue por eso que en aquellas tres ligas que se decidieron tirando el balón al aire como una moneda, el balón siempre les salió cara.
lunes, enero 09, 2006
EL HÉROE Y SU MEJOR AMIGO

Después del descanso navideño vuelve Enric González con sus Historias del Calcio.
Cuando habla de su impresionante currículo, Fabio Capello suele subrayar el scudetto ganado con el Roma. Ese vale más que otros títulos, porque el Roma carece del carácter simple y recio de otras instituciones más familiarizadas con la victoria. Roma es Roma: teatro, exageración, fantasía, victimismo, simpatía y un concepto peculiar del trabajo. El vestuario de Trigoria, el campo de entrenamiento romanista, suele tener alta la temperatura emocional. Cuando el Roma contrató a un muchacho caprichoso y genial llamado Antonio Cassano, en 2001, no sólo tuvo que buscarle un lugar en el campo. Eso fue relativamente fácil. Lo complicado fue encontrarle un papel en el imaginario colectivo. Ningún club del mundo tiene en sus filas un jugador tan influyente como Francesco Totti; para encontrar algo similar habría que remontarse, salvando las distancias, al Santos de Pelé. Totti es giallorosso de nacimiento, sólo ha jugado en el Roma, es con mucho el mejor futbolista de su equipo y de toda Italia y su contrato le ata al Roma hasta la jubilación. Por otra parte, un jugador tan competente como Totti carece de opciones de ganar nada importante en un Roma en crisis que, para satisfacer sus exigencias salariales, ha tenido que ir vendiendo año tras año el resto de sus figuras. Todo eso crea un ambiente especial. En el vestuario de Trigoria sólo se es alguien en relación a Totti.
Cassano, alocado pero no tonto, decidió enseguida lo que quería ser: el mejor amigo del protagonista. Compró su casa al lado de la de Totti. Quería bromear con Totti, salir a cenar con Totti, inventar jugadas con Totti y dejar claro que por detrás del héroe Totti sólo estaba él. Incluso en materia de ingresos. Cuando comenzó el tortuoso y fallido proceso de renovación de su contrato, Cassano insistió en que deseaba un salario ligeramente inferior al de Totti pero claramente superior al de los demás.
La tormenta magnética generada por la relación entre Totti y Cassano fue controlable mientras en el vestuario permanecieron un grupo de profesionales empeñados en entrenarse con seriedad, ganar todos los partidos posibles y volver temprano a casa: eran tipos como Capello, Emerson, Samuel, Aldair, Cafú. Pero esa gente se fue. El Roma perdió competitividad y estabilidad emocional, cada vez más volcada en la dependencia de Totti y en los caprichos de un Cassano que, sin la autoridad de Capello, desbarraba con creciente frecuencia.
Cassano quería ser el centro de la atención y ya no le bastaba serlo gracias al reflejo de Totti. También quería ganar, algo fuera del alcance de un Roma en desguace. Cassano ya no se limitaba a meter el dedo en el café ajeno o a mojar las camas de los demás: se quejaba, insultaba, molestaba, arrastraba los pies. No había quien le aguantara. Cuando Totti hizo lo único que podía hacer y se puso de lado de las víctimas de Cassano, es decir, de todos sus demás compañeros. Cassano se sintió víctima de una traición colosal: ¿cómo podía Totti darle la espalda?
Estos últimos meses, todo se redujo a encontrarle un nuevo equipo al enfurruñado Cassano. Podían ser Juventus o Inter, al final fue el Real Madrid. El chico de Bari Vecchia se largó sin despedirse y echando pestes de sus ex compañeros. De entre éstos, quien se mostró más amable fue Taddei, llegado en verano: "Yo apenas le traté, no tengo nada contra él", dijo. El último día de Cassano en Roma, el veterano Panucci organizó una cena con toda la plantilla para mejorar las relaciones y empezar a superar la pesadilla cassanesca. Cassano no acudió, evidentemente. No hizo falta. A Panucci se le ocurrió contratar a un imitador para amenizar la sobremesa, y el imitador resultó estar especializado en Cassano.
sábado, enero 07, 2006
EL COMPLEJO DEL NAÚFRAGO por Vicente Verdú
Ni faltan buenos jugadores, ni experiencia internacional, ni falta táctica, técnica o logística. Se encuentran bien alimentados, entrenados, queridos, estimulados monetariamente. Lo que falla en este artilugio es, probablemente, la sustancia interior: una molécula que se relacionaría más con el mundo del Estado y la idea de nación que con la cosmología del fútbol. Cuando en aquella final de la Champions iban a enfrentarse el Valencia y el Real Madrid, medio país respiró tranquilo. De haberse disputado el partido entre el Real y el Barça nadie sabe lo que habría sido el cruce de banderas y signos con sus respectivas identidades nacionalistas. París habría reflejado en la algarabía la tabarra de nuestro conflicto doméstico, la falta de cohesión entre unas y otras partes de España.
Y casi lo mismo indica la selección. Falta cohesión, se juega a impulsos individuales, a golpes fragmentarios, al modo de tirones sectoriales y sin un clamor único. La unidad de Francia, de Alemania, de Inglaterra es una hermosa condición alejada de los aires de nuestra selección que incluso sólo tímidamente muestra, en un ribete, los colores de la insignia común. Ni el coraje de Camacho o Aragonés ni sus soflamas patrióticas han logrado fraguar un equipo unitario donde el deseo de vencer traspase su geografía de punta a cabo. Exactamente, cuando vemos a España manotear y hacer aguas sobre el campo la razón es ésta: el conjunto no ha taponado las fugas locales para evitar la amenaza y el complejo del naufragio.
Vicente Verdú, escritor y periodista
martes, enero 03, 2006
GENIAL E INSOPORTABLE
Enric González presenta en El País al protagonista del mercado de invierno en la Liga española.
Antonio Cassano es un futbolista genial e impredecible, muy creativo y especialmente hábil en los pequeños espacios: uno de esos tipos que garantizan unos cuantos momentos inolvidables cada temporada y que parecen practicar un juego más sutil que el de sus adversarios, con otras reglas y otros objetivos. También es un hombre difícil, de buen corazón y carácter insoportable.
No sólo el vestuario del Roma suelta un suspiro de alivio al verle marchar. Los seguidores romanistas, que un año atrás le adoraban, están encantados de perderle de vista. Al mismo tiempo, toda Italia confía en que Cassano se asiente en el Madrid, recupere la forma y esté a punto para ayudar a la selección en el Mundial de Alemania. A Cassano se le quiere y se le odia.
Su infancia fue difícil. Nació el 12 de julio de 1982, mientras todo el vecindario celebraba el triunfo italiano en el Mundial español, en Bari Vecchia, el barrio viejo de una ciudad antigua, pobre, hermosa y violenta como Bari. Se acostumbró a jugar en aceras, patios y plazoletas diminutas, demasiado lejos de la escuela y demasiado cerca de la delincuencia juvenil. Jugara donde jugase, en su equipo tenía que alinearse un amigo cojo por la polio al que regalaba siempre un par de goles. Sin embargo, cuando el heroico Tomassi regresó al Roma el pasado verano, tras dos años de gravísima lesión y con un salario simbólico, Cassano le hacía túneles burlones en los entrenamientos y se reía: ése es el tipo de ambivalencia crispante que Fabio Capello definió como cassanada.
Jugó en el ProInter y en los juveniles del Bari. El 11 de diciembre de 1999 debutó en la Primera División con el Bari en un derby frente al Lecce. La semana siguiente, en el estadio San Nicola de Bari, contra el Inter de Milán, dio la victoria a su equipo con un gol exquisito. Desde ese momento, el muchacho excéntrico marcado por el acné estuvo en el punto de mira de los grandes del fútbol italiano. Y en 2001 fue el Roma campeón de Fabio Capello el que, por 60.000 millones de liras (unos 30 millones de euros), lo emparejó con Francesco Totti en una delantera de ensueño. Totti y Cassano se hicieron amigos fuera del campo y dentro de él firmaron algunos de los instantes más bellos que ha dado el fútbol en los últimos años. La autoridad paternal de Capello hizo que durante unas temporadas las cassanadas se mantuvieran en un límite tolerable.
Pero Capello se fue al Juventus. Y Cassano, que desde su excelente comportamiento con la selección en el Europeo de Portugal 2004 se daba por rehabilitado, entró en una espiral autodestructiva. Ninguno de los técnicos que se sucedieron en el banquillo del Roma pudo controlarle. Quería marcharse a Turín con Capello y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para quedar libre. La directiva del Roma aceptaba su marcha, pero no gratuita. Le exigía que renovara el contrato que expira en junio próximo para negociar un traspaso con el Juventus o con el Inter de Milán, los dos grandes pretendientes. Le presionó hasta límites muy discutibles, dejándole fuera de las convocatorias. En las raras ocasiones en que le permitieron jugar, como en una reciente eliminatoria de la Copa de la UEFA contra el Estrella Roja, Cassano se empeñó en ejecutar un penalti y lo bombeó de forma ridícula a las manos del portero. Toda Roma aprendió a odiar al chico del acné. Por fortuna para los romanistas, llegó el Madrid y todos suspiraron aliviados.
domingo, enero 01, 2006
EL PURITANISMO Y EL FÚTBOL INGLÉS por Raúl Fain Binda
Todo el mundo sabe que el fútbol inglés no descansa durante las fiestas de fin de año. Menos sabido es el porqué. La explicación tiene que ver con el puritanismo, como veremos más adelante.
Los clubes alemanes se toman seis semanas, a partir de la segunda semana de diciembre. Las ligas italiana, española y francesa son más discretas y sólo descansan dos semanas, abarcando el periodo de Navidad y Año Nuevo. La liga escocesa (que sólo tiene 12 equipos) introdujo un receso invernal en 1999, pero lo abandonó al terminar la temporada pasada, porque los clubes más pequeños sufrieron penurias económicas debido a la falta de ingresos.
Los clubes ingleses, por su parte, tienen su calendario más intenso durante las fiestas. Cuatro partidos en diez días, doce puntos en juego. No es cosa de chiste. No hay tiempo para rezar y apenas para brindar.
(...)
Puritanos y Navidad
Mis amigos del extranjero se preguntarán por qué la mentalidad puritana, responsable como es sabido de la programación de partidos los sábados en vez de los domingos (para honrar el día sagrado) es al mismo tiempo la causante de esta falta de respeto por el periodo navideño. ¿Acaso la Navidad no es sagrada? Pues no. Para los puritanos, la Navidad era algo diabólico.
Los puritanos, un movimiento reformista del siglo XVI, se propusieron purificar (de allí su nombre) a la Iglesia Anglicana de todas las perversiones heredadas de la Iglesia Católica. Todo lo que no estuviera mencionado en forma explícita en los Evangelios debía ser expurgado de los ritos. Y la Navidad era una de las peores perversiones, ya que la Iglesia Católica sólo decidió en el siglo V que Jesús había nacido un 25 de diciembre. Encima, eligió esa fecha para hacerla coincidir con los festejos paganos por el solsticio de invierno. De modo que los puritanos, que llegaron a dominar el parlamento (por esas cosas de la guerra civil, ustedes entienden), prohibieron la Navidad.
Lo mismo pasó en Estados Unidos, donde la influencia puritana fue muy importante: allí, la celebración pública de la Navidad estuvo prohibida hasta bien avanzado el siglo XIX.
Y el fútbol también
Los puritanos también prohibieron el fútbol (su frivolidad era criminal), a pesar de que Oliver Cromwell, el líder que ganó la guerra civil e hizo decapitar al rey Charles I, simpatizaba con sus raíces populares y hasta se dice que lo practicó asiduamente durante su juventud.
El puritanismo fue la expresión más virulenta del integrismo protestante, pero movimientos semejantes en otros países europeos también determinaron, por ejemplo, la tradición alemana de jugar los sábados en vez de los domingos.
En líneas generales, los protestantes juegan los sábados y los católicos los domingos.
De modo que la persecución puritana determinó, a la larga, una estrecha relación histórica y social entre dos de sus víctimas más populares, el fútbol y la Navidad.
La misma liturgia
Durante la primera Navidad que pasé en Londres, en 1980, el vínculo entre ambas instituciones me pareció tan poderoso que hasta llegué a pensar en el fútbol como parte integrante de la liturgia.
La simbiosis es más débil ahora, claro, y por eso se acentúan las presiones para introducir un receso invernal. Entre las razones invocadas figuran las siguientes:
-Daría a los jugadores más tiempo de recuperación, evitando graves lesiones en las postrimerías de la temporada.
-Ayudaría a los clubes que a esa altura todavía sigan en competiciones europeas.
-Facilitaría la preparación del equipo nacional en torneos importantes.
(...)
La resistencia
Muchos se oponen, sin embargo. No todos los clubes participan en los torneos europeos ni tienen varios jugadores en el seleccionado nacional. En realidad, apenas cuatro o cinco de los 20 clubes de la Premier League tienen razones poderosas para desear un descanso invernal de dos semanas.
Un fútbol como el inglés, con profundas raíces populares (cada pueblito con su equipito), resistirá el cambio.
En este país, con puritanos o sin puritanos, la Navidad y el fútbol son sagrados.