sábado, septiembre 08, 2007

LUTHER BLISSET, EL DELANTERO USURPADO por Juan Antonio Bermúdez

Repasando artículos antiguos he encontrado uno que "robé" hace casi dos años y que me pareció curioso e interesante. Hoy lo vuelvo a "robar".


En la temporada 1983-84, un patoso delantero jamaicano fichado por el Milán al Watford inglés contribuyó decisivamente con sus errores a la pésima campaña que terminó con la escuadra rossonera en la Serie B del calcio.

Los tifosi milaneses purgaron en él su frustración. Especialmente irritados, los neofascistas nunca pudieron admitir que aquel negro desgarbado que había llegado con honores de estrella cobrase más que sus colegas blancos y se retirase millonario tras sufrir (o fingir, eso nunca se aclaró) una lesión, dejando al equipo en la peor crisis de su historia reciente.

Muchos años después, fusilado por el sol de su Jamaica natal, Luther Blisset apuraba en ron las últimas liras de su contrato millardario, sin saber que estaba prestándole su nombre a uno de los fenómenos contraculturales más significativos e impactantes del cambio de milenio.

Y es que sobre 1993 unos cuantos estudiantes de Bolonia “la roja”, la capital histórica de la izquierda italiana, tomaron el nombre del mediocre pelotero jamaicano para firmar panfletos y reivindicar actos de guerrilla mediática, en lo que era el arranque del fenómeno Luther Blisset. El contexto de este segundo nacimiento de Blisset está muy bien definido: una izquierda intelectual vinculada a los centros sociales ocupados y a las redes culturales alternativas, embrión local de ciertas corrientes integradas luego bajo la inexacta etiqueta “antiglobalizadora”; una izquierda bien formada y a la vez curtida en el activismo de la lucha estudiantil.

La primera batalla de renombre ganada por este originario foco de acción de Luther Blisset en su guerrilla mediática se libró en el programa de televisión Chi l’ha visto, versión italiana y más morbosa de Quién sabe donde, en el que una llamada a nombre de Luther Blisset denunció la presunta desaparición del presunto ex-artista punky Harry Kipper, cerca de Udine, mientras viajaba en una bicicleta de montaña con la intención de trazar la palabra “ARTE”.

Entre los objetivos principales de este colectivo que comenzó a identificarse con el heterónimo múltiple Luther Blisset, hay que destacar así, sobre todo al principio, la puesta en cuestión de la infalible verdad difundida por los medios, el sabotaje desde dentro, con las mismas armas (la tergiversación, la manipulación, la no contrastación de fuentes) que tan a menudo les sirven a los propios mass media para construir la realidad a su antojo y conveniencia.

Pero el fenómeno fue enseguida más allá de esos furtivos fraudes mediáticos. Inmerso en el despegue de Internet, Luther Blisset encontró en la Red su medio ambiente ideal para crecer y multiplicarse. Además de las páginas virtuales o reales en las que se comentaba el asunto desde el escándalo o la fascinación o las dos cosas, Internet fue el cauce perfecto para miles de nuevas travesuras y nuevos textos rubricados por Blisset, perfilándose así definitivamente la naturaleza múltiple de la identidad del personaje.

Y mientras esto ocurría en la ingobernable república de Internet, los hipotéticos padres de la criatura, los cuatro veinteañeros boloñeses que fueron los primeros en utilizar el seudónimo Luther Blisset, convencieron a la todopoderosa casa Mondadori para publicar Q, una novela histórica escrita entre los cuatro. Q plantea un viaje por toda la Europa del siglo XVI, en pleno conflicto entre la modernidad del humanismo renacentista y el oscurantismo religioso heredado del medioevo que se resiste a desaparecer. Mezcla personajes y situaciones documentadas con leyendas de capa y espada, en un deslumbrante ejercicio de erudición y de fantasía, para trazar una parábola sobre el sentido de las grandes revoluciones sociales.

Sólo en Italia, el libro ha vendido casi 100.000 ejemplares, pero el número de lectores que han tenido acceso a Q es muy superior, ya que, desde la misma novela se daba permiso y se alentaba a fotocopiarlo (además de que ha estado disponible en varios lugares de Internet).

Con la edición en Mondadori, el proyecto Luther Blisset cumplía una de sus principales ambiciones: dar el salto desde la marginalidad a la cultura pop, llegar al corazón de la industria cultural. Pero lo más sorprendente fue la promoción de la novela, consistente en un “essere presenti, ma non apparire” (“hacerse presentes pero no aparecer”). Le interesa a Blisset una transparencia frente a los lectores pero una opacidad frente a los medios de comunicación. No se trata del aislamiento o la renuncia que han cultivado escritores como Onetti o Sallinger, sino de una peculiar forma de prestarse al juego de las actividades promocionales poniendo unos límites, para no degenerar en el tedioso culto al autor-personaje público. Luther Blisset, los cuatro Luther Blisset autores de Q, han concedido entrevistas y han hecho presentaciones públicas de sus libros, pero no han permitido que se difunda su imagen ni en fotografías ni en televisión, ni han filtrado detalles de su vida privada.

Y además le pusieron un plazo de vida a “su” Luther Blisset, el quinquenio que fue de 1994 a 1999, para no convertirlo en un autor-personaje más de los que criticaban. Desde entonces andan embarcados en un nuevo proyecto, el laboratorio de diseño literario Wu-ming.Otros Luther Blisset siguen vivos, sin embargo, en todo el mundo, firmando y manifestándose aquí y allá, fiel a su identidad múltiple y única que contribuye a poner en crisis la tiranía del artista como clarividente genio individual.

¿Y a aquél Luther Blisset jamaicano que hundió al Milán en segunda, chi l’ha visto?

Juan Antonio Bermúdez en Literaturas.com

domingo, septiembre 02, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (10/10) por Enric González

Y final.


Desistí de acudir a Stamford Bridge por un ojo, un ojo ensangrentado y que me pareció, por lo que entreví, medio arrancado de su cuenca. Fue un sábado por la tarde, temprano, en un pub de Hammersmith, poco antes de comenzar un partido del Chelsea. Yo estaba leyendo el macizo Guardian sabatino y no escuché nada anormal hasta que se rompieron vasos y botellas y saltó sangre. Las peleas londinenses no son como las mediterráneas: no hay insultos previos, ni griterío, ni bravuconadas, ni “pasa de esta raya si te atreves”, ni “que me sujeten que lo mato”. A veces no hay palabras. La violencia es súbita y fría. Cualquiera que salga un sábado por la noche puede estar casi seguro de ver golpes, en un bar, en la calle o en cualquier parte. No se trata, pues, de un fenómeno directamente ligado al fútbol. El ambiente en los estadios ha recuperado la normalidad tras años de batallas en las gradas, el público es familiar y no existe peligro alguno: se puede disfrutar sin riesgo de Highbury o Stamford Bridge, del siseo escéptico de White Hart Lane o del silencio del cualquier cancha en que juegue el Wimbledon, un equipo sin público que incluso ha considerado trasladarse a Dublín. Pero en las cercanías de cada estadio, igual que en otros países, hay incidentes ocasionales. Y el que me tocó a mí, el del ojo, me desalentó bastante.
Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

viernes, agosto 31, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (9/10) por Enric González

Wimbledon

Un caso aparte, distinto a todos, es el Wimbledon, un club inverosímil al que se quiere o se odia. Para empezar, lleva el nombre de uno de los barrios más selectos del oeste de Londres, célebre en todo el mundo por el torneo de tenis y por sus fastuosas mansiones, pero juega en un suburbio muy modesto del este. Es, además, un un club que se profesionalizó hace sólo dos décadas, que ha escalado todas las divisiones en un tiempo récord y que mima su cantera. Pero el toque especial, lo que distingue realmente al Wimbledon, es la rabia. Los dons tienen como colores el azul y el amarillo pero en cuanto tienen ocasión prefieren vestirse de negro, se llaman a sí mismo the crazy gang (la banda de locos), escuchan rap en el vestuario antes de saltar al césped, escupen sobre el campo contrario y nunca dan un balón por perdido ni una pierna por inalcanzable.

El jugador más simbólico de los dons fue Vinnie Jones, retirado hace unos años con el mayor expediente de sanciones de toda la historia del fútbol inglés. Un vídeo con sus consejos para aprender a jugar al fútbol se vendía, para que no cupieran dudas, en las estanterías de deportes violentos como el boxeo y el kárate. Ahí van algunas perlas del catecismo del padre Jones: “Cuando derribo a un rival, siempre me ofrezco a levantarlo. Le pongo las manos debajo de las axilas y le estiro con fuerza de los pelos”. “Cuando algún contrario se me acerca demasiado, le agarro por los testículos y le digo con voz suave: ¿Te importaría retirarte un poco?”. “Si leo en el diario que la mujer de un rival se ha largado con otro, se lo recuerdo oportunamente durante el partido”. Y es que, amigo hooligan, “la pasión, la insistencia y el entusiasmo deben conducirte a terrenos en los que causarás algunos problemas. Es la misma historia de siempre. ¿Querrías tener a Gary Lineker a tu lado en las trincheras o preferirías tener a Vinnie Jones? Porque al fin y al cabo, sabes que Vinnie Jones saldría de la trinchera y correría hacia el enemigo, mientras que Gary Lineker se sentaría y diría: Usted primero”.


Jones, que antes de ser futbolista trabajó de peón de albañil, se dedica ahora al cine, especializado en papeles de gángster y asesino. Tras su rostro plagado de cicatrices, prácticamente sin cejas a fuerza de golpes, se oculta, dicen, un hombre sensato y razonable.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

sábado, agosto 25, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (8/10) por Enric González

Chelsea

En el oeste de Londres, quien manda es el Chelsea. Un club irremediablemente pijo, hasta cierto punto artificial, insólitamente irregular, capaz de lo mejor y de lo peor.

El Chelsea fue el resultado de un mordisco de un perro. Pero vayamos al principio, a 1877, cuando se creó un estadio en Stamford Bridge. El estadio se utilizó para el críquet y el atletismo hasta 1904, año en que fue adquirido por los Mears, una familia de constructores. Los Mears querían crear el estadio polideportivo más importante de Inglaterra y una pieza esencial de su plan consistía en alquilarlo al equipo local de fútbol, el Fulham. Pero los directivos del Fulham prefirieron seguir en el ya viejo Cottage. Gus Mears, irritado, decidió vender el estadio a la Great Western Railway Company, para que lo utilizara como almacén de carbón y materiales ferroviarios. A un amigo de Mears, Frederick Parker, se le ocurrió una opción alternativa: si el Fulham rechazaba Stamford Bridge, se podría crear un equipo de cero. Mears, un tipo testarudo y de carácter feroz, no quiso ni debatir la propuesta. Parker citó a Mears poco después en el campo de orquídeas contiguo al estadio, propiedad también de la familia constructora, y el relato de ese encuentro, escrito por el mismo Parker, constituye la leyenda fundacional del Chelsea:

Me dijo que aceptaría la oferta de los ferrocarriles por el terreno. Yo, triste por la desaparición del estadio, caminaba lentamente a su lado cuando su perro, viniendo en silencio desde atrás, me mordió hasta hacerme sangrar. Le dije a su dueño: Su maldito pero me ha mordido, mire, y le mostré la sangre, pero él, en lugar de expresar preocupación alguna, dijo tranquilamente: Terrier escocés, siempre muerde antes de hablar. Lo absurdo de la frase me pareció tan divertido que, aunque cojo y sangrando, me eché a reir y le respondí que era el pez más fresco que había conocido. Un minuto más tarde, [Mears] me sorprendió con una palmada en la espalda y me dijo: Se ha tomado ese mordisco malditamente bien. La mayoría de los hombres habrían montado un escándalo. Mire, estoy de acuerdo con usted.

Stamford no se vendió al ferrocarril. Todo lo contrario: Mears contrató un arquitecto para que construyera una tribuna y puso en marcha la creación de un equipo, para el que se barajaron los nombres de Kensington FC y Stamford Bridge, hasta que finalmente se optó por el de Chelsea FC y por el color azul para la camiseta. La insistencia de Parker el dinero de Mears bastaron para convencer a los dirigentes de la Liga de que admitieran de inmediato al flamante Chelsea, incluso por delante del histórico Fulham. Desde entonces y hasta hoy, el Chelsea es el club del glamour, capaz de ganar por 7 a 0 y de perder por el mismo resultado, siempre imprevisible, siempre elegante, siempre incapaz de alcanzar los objetivos que le corresponden por lo abultado de su presupuesto y lo numerosos de su afición. Actualmente, presume de estadio confortable (dispone de hotel y varios restaurantes) y de éxito comercial (su tienda de recuerdos es mayor incluso que la del Manchester United), y aspira a convertirse al fin en uno de los grandes del continente.



Homenaje a Peter Osgood

Uno de los políticos más repelentes de la era Thatcher, el conservador David Mellor, vio su carrera en peligro al descubrirse que tenía una amante. Pero habría resistido en su ministerio si la señorita en cuestión no hubiera revelado a la prensa sensacionalista que Mellor vestía la camiseta azul del Chelsea durante sus embates amorosos. La imagen era demasiado grotesca, especialmente para los supporters del Chelsea. David Mellor tuvo que dimitir. A pesar de eso y de otras cosas, yo también soy un blue. Qué le voy a hacer.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

En este blog se colgó hace ya algún tiempo un articulazo de Santiago Segurola sobre el Chelsea de los años 60, por si a alguien le interesa.

jueves, agosto 23, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (7/10) por Enric González

Fulham y Queens Park Rangers




Craven Cottage

Otro club blanco (con franjas negras en la camiseta), antiguo y desafortunado, es el Fulham, nacido en 1879 por iniciativa del vicario de la parroquia de St. Andrews. Su estadio, Craven Cottage, está en una zona espléndida, al final de King’s Road, junto al Támesis, donde se unen Fulham y Chelsea. El Fulham es un club salido de la nada que escala con tesón las más altas cimas de la miseria, a fuerza de errores y mala suerte. Se equivocaron al elegir terreno de juego, como se verá más adelante, al hablar del Chelsea, y han protagonizado patinazos memorables, como el de 1968, cuando descendieron de la Primera a la Segunda División. La directiva anunció, cargada de soberbia, que las banderas que adornaban la tribuna del río seguirían siendo las de los clubes de Primera. “No vamos a comprar las banderas de los equipos de Segunda para usarlas sólo un año”, dijeron en la presentación de la temporada. En efecto, no hubiera valido la pena: al año siguiente estaban en Tercera. El Fulham se ha especializado en perder de forma dramática partidos de promoción para el ascenso. La adquisición del club por los Al Fayed, dueños de los almacenes Harrods y frustada familia política de la princesa Diana, ha reanimado las esperanzas de la institución más infeliz del oeste de Londres.

Si el Fulham soporta calamidades en el suroeste, el pupas del noroeste es el Queens Park Rangers, más conocido como QPR. Fundado en 1886 como fusión de los equipos de dos escuelas religiosas, sufrió la primera desgracia en 1908, cuando pidió el ingreso en la liga nacional tras quedar primero en la liga del sur. Los Spurs hicieron con el QPR lo mismo que el Arsenal había hecho con ellos: maniobraron en los despachos y consiguieron para sí el ascenso a la competición de toda Inglaterra, a pesar de haber quedado quintos y a mucha distancia de los rangers en la liga del sur. Desde entonces, la curiosa camiseta a rayas horizontales azules y blancas no ha conseguido ningún éxito.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

lunes, agosto 20, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (6/10) por Enric González

...y con los Spurs

Volvamos a los Spurs, los enemigos de los gooners. Nacieron en 1882 como Hotspur FC, como resultado de la fusión entre un club de críquet local y el equipo de fútbol de la escuela del barrio, cuyos alumnos eran mayoritariamente judíos. El color original era el azul marino, pero en 1899 se optó por la camiseta blanca, que dio origen al apodo de lillywhites, lírios blancos. Antes, en 1884, ya se había cambiado el nombre por el de Tottenham Hotspur. Y se había jugado, en 1887, el primer encuentro contra el Arsenal, abandonado “por falta de luz” a 15 minutos del final, cuando los Spurs dominaban por 2 a 1: la victoria de los blancos no pudo inscribirse en los anales.


Los Spurs, el club al que supuestamente deben pertenecer los judíos londinenses, tienen un bonito estadio –con una grada poco gritona y con tendencia a aplaudir o abuchear como si asistiera a una representación teatral universitaria- con un bonito nombre (White Hart Lane, Callejuela del Ciervo Blanco) y un bonito historial. Pero, pese a las inversiones de su dueño, el áspero Alan Sugar, creador de los hace tiempo muy populares ordenadores Armstrad, llevan años quedándose a las puertas del éxito.


Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

miércoles, agosto 15, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (5/10) por Enric González

A vuelta con los gooners...
Esa trampa (ver post anterior) fue el punto de partida de unos años prodigiosos para los gooners. En 1925 pusieron un anuncio en la prensa para buscar un entrenador y encontraron a un tal Herbert Chapman, que resultó ser el inventor del fútbol moderno. Hasta entonces, delanteros y defensas se amontonaban junto a las porterías, y el centro del campo era un desierto que se cruzaba a pelotazos. Chapman puso números en las camisetas e ideó la defensa en línea, con el resultado de que los delanteros se quedaron solos junto al portero y los árbitros tuvieron que aprenderse la regla del fuera de juego. Por aquellos días, el tren de vapor que transportaba a Londres a los equipos rivales del Arsenal emitía un pitido especial a su entrada en la estación de Charing Cross, para señalar que, incluso antes de apearse del ferrocarril, estaban ya en offside. El prestigio de los gooners se vio reforzado por otra victoria en los despachos: la estación de metro contigua a Highbury cambió su nombre de Gillespie Road por el de Arsenal. Una aportación adicional de Chapman, que resultó ser un dandy, se produjo en 1933, justo antes de un encuentro con el Liverpool. Ambos equipos vestían de rojo, y Chapman decidió que sus jugadores mantuvieran el rojo de sus camisetas, pero con mangas blancas. “Es más distinguido”, opinó.

Arsenal Station

Pese a sus muchos seguidores, su prestigio y su distinción, el Arsenal (su gente le llama The Arsenal, con artículo) se ha caracterizado hasta muy recientemente por jugar el fútbol que se considera típicamente inglés, el patadón adelante, la carrera y la melée en el barrizal del área, con el añadido de ser cicatero con los goles. El grito de guerra en Highbury sigue siendo aún hoy One nil to The Arsenal (uno a cero para el Arsenal), al margen de lamentable frases racistas y antisemitas. Personalmente, no sufro cuando el Arsenal pierde.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

lunes, agosto 13, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (4/10) por Enric González

Arsenal vs Tottenham, la rivalidad

Dial Square

El Arsenal nació, como el Palace y el West Ham, en unos talleres, los de Woolwich Arsenal, donde se fabricaban piezas de fundición para el ejército. La llegada de dos buenos futbolistas del Nottingham Forest, Beardsley y Bates, a la fábrica del norte de Londres, en 1886, fue el elemento decisivo para que 15 obreros del arsenal crearan un club. Decidieron llamarle el Dial Square, pero tras unos cuantos partidos el nombre les pareció poco viril y lo cambiaron por el de Royal Arsenal, una combinación del barrio (Royal Oak) y de la fábrica (Woolwich Arsenal). Las camisetas, como en el caso del Palace, fueron prestadas, en este caso por el Nottingham Forest, y por esa razón el Arsenal adoptó el color rojo. El campo de Hihgbury fue alquilado y después adquirido a un colegio religioso (que les prohibió por contrato tocar un balón en Viernes Santo o Navidad) y doce años más tarde, en 1925, nivelado ante las protestas de los rivales: el gol sur estaba cinco metros más alto que el gol norte.

Antes que el Arsenal había nacido en el norte de Londres, en 1882, otro club, el llamado Hotspur (espuela caliente), que captó enseguida el interés de la gran comunidad judía de Golders Green. Luego hablaremos más extensamente de los Spurs. La rivalidad entre ambos equipos de la zona norte se convirtió en enemistad eterna en 1919, por una cacicada de los llamados gunners o, en castizo, gooners, en referencia a las armas que fabricaba el arsenal. La dirección de la Liga inglesa decidió ampliar de 20 a 22 el número de equipos en Primera División, y la solución obvia era que ascendieran los dos mejores clasificados de Segunda, como de costumbre, sin que esa temporada descendiera nadie. Dos clubes de Londres, el Chelsea y el ya llamado Tottenham Hotspur, eran los últimos de Primera. Ese año, sin embargo, Liverpool y Manchester United habían amañado su partido para perjudicar al Chelsea, por lo que se decidió dejar de lado las clasificaciones. El dueño del Liverpool era a la vez presidente de la Liga y, cosas de la vida, íntimo amigo del entrenador del Arsenal, que había terminado quinto en Segunda División; el hombre del Liverpool amañó una votación entre los representantes de los clubes, tras la que el Arsenal se vio ascendido a Primera y los Spurs descendidos a Segunda. Vergüenza eterna.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

sábado, agosto 11, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (3/10) por Enric González

Charlton Athletic y West Ham

The Valley

Los enemigos de los eagles son otra gente modesta, la del Charlton Athletic, cuyo grito de guerra es: “¡En pie si odias al Palace”!. Los del Charlton lucen una espada en su escudo rojo y se llaman a sí mismo valiants o, más comúnmente, addicks. La rivalidad entre eagles y addicks se enconó cuando el estadio de los segundos, el Valley, fue cerrado por peligro de desplome, en 1895. El Charlton se vio obligado a jugar como realquilado durante siete años en el terreno del Palace. Fue una situación muy incómoda para ambos: tantos años de greña para acabar compartiendo vestuario. Los dos equipos se disputan desde siempre la hegemonía en el sureste. La tradición obrera del auténtico este de Londres, el East End, recae sin embargo en un club que se considera a sí mismo del norte y lleva la palabra oeste en su nombre: el West Ham.



El West Ham fue fundado en 1895, como equipo de los astilleros Thames Ironworks y también con los colores del Villa de Birmingham: azul y burdeos. Nació en el corazón del East End, junto al río, pero en 1904 se desplazó unos kilómetros hacia el norte y se instaló en su actual estadio de Upton Park. Los hammers, cuyo origen industrial y obrero pervive en su escudo (dos martillos cruzados) y en su fidelísima afición, son gente estable (han tenido sólo ochenta entrenadores en más de un siglo) y orgullosa. Su año de gloria fue 1966. La selección inglesa ganó la final de la Copa del Mundo en Wembley gracias a los goles de dos hammers, Hurst y Peters, y al talento defensivo de otro hammer, el malogrado Bobby Moore. El West Ham suele caer simpático.

Con el Arsenal sucede más bien lo contrario. El Arsenal es el club más potente y glorioso de Londres. Para muchos, es también el más mezquino y el más favorecido por la fortuna.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

jueves, agosto 09, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (2/10) por Enric González

Crystal Palace


Como de costumbre, conviene remontarse a la Exposición Universal de 1851. Los 200 trabajadores que instalaron el palacio acristalado que albergó la exposición permanecían juntos de lunes a sábado, en jornadas de 12 horas, y optaron por prolongar su comunión hasta el domingo para practicar el deporte que muchos de ellos, gente descendida del norte, habían conocido en Manchester, Leeds, Newcastle o Nottingham. En 1854 hubo que desmontar el palacio de su emplazamiento en Kensington y transportarlo hacia Dulwich, al sureste de la ciudad, donde fue instalado de nuevo. (Dulwich es una zona bonita, tranquila y fatalmente aburrida. Margaret Thatcher poseía una mansión en el barrio y a ella se encaminó en otoño de 1990, tras entregar su dimisión a Isabel II. Al cabo de unos meses, desesperada del hastío, regresó al centro de Londres). En Dulwich, pues, aquellos 200 trabajadores reconstruyeron el edificio y siguieron jugando al fútbol, y en 1861 se constituyeron en club. En 1871, el Crystal Palace fue uno de los quince equipos que participaron en la primera edición de la copa de football association (el football a secas es una variante de lo que conocemos como rugby). El Palace no ganó. De hecho, el Palace nunca gana, pero eso tiene poca importancia. El club funcionó de forma intermitente hasta que en 1905 se formó por segunda vez, tan justo de dinero que pidió auxilio al Aston Villa de Birmingham y recibió una caja de camisetas con los colores azul y burdeos del club de las Midlands. Con esos colores se quedó. Conviene saber que el Palace guarda un respeto instintivo ante el Real Madrid. El equipo de Di Stéfano y Gento se avino a jugar en el partido inaugural del estadio del Palace, Selhurst Park, en los años cincuenta, ganó por 3 a 4, y marcó una profunda impresión entre los aficionados locales. La gente del Palace, que gusta llamarse a sí misma the eagles (las águilas), es gente habituada a la derrota y a medrar en las divisiones inferiores. En su larga historia sólo han disfrutado de unos años de gloria, en los ochenta, una década en la que llegaron a clasificarse para jugar una competición europea, la Copa de la UEFA. Pero en el último momento las autoridades del fútbol continental concedieron el perdón al Liverpool, sancionado por la violencia de sus hooligans en la espantosa noche de Heysel, y decidieron que el equipo de Anfield Road tomara el puesto que le correspondía al Palace. La gente del palacio de cristal carga con una dura tradición de penas.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

martes, agosto 07, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (1/10) por Enric González

Hoy comienzo a colgar una serie de fragmentos del capítulo “Un asunto grave”, el cual está recogido en el libro Historias de Londres (Altair viajes, 1999) de Enric González, y que ha estado descatalogado hasta que, por fin, ha sido reeditado este año por RBA (mil gracias a Paloma por rebuscar durante estos años bibliotecas en busca de un ejemplar disponible, no era fácil). Este capítulo recoge semblanzas de los clubes más representativos de la capital inglesa y de cómo se vive el fútbol en esta ciudad tan especial. Para que no sea excesivamente largo los iré subiendo poco a poco, normalmente cada fragmento estará referido a uno de los clubes londinenses, aunque las referencias de actualidad están realizadas al año 1999. A continuación dejo como introducción el comienzo del capítulo, donde queda de manifiesto el título del mismo. Merece (mucho) la pena.




Una tarde, en la barra del Bunch of Grapes, escuché el diálogo que mantenían un hombre indignado y un hombre desolado.

- Tú y yo somos judíos- dijo el hombre indignado.
El hombre desolado asintió levemente, con la mirada clavada en el fondo de la pinta.
- Tú eres judío- insistió el indignado-. Tú eres judío- repitió.
El rostro de la desolación se mantuvo en silencio.
-¿Tú sabes lo que significa ser judío? ¿Tú conoces la historia de los judíos?
El desolado hizo un gesto de impotencia.
El indignado crispó la boca y los puños.
- Tú eres judío. Entonces –casi escupió- ¿Cómo puedes ser del Arsenal?
El desolado siguió silencioso, masticando su espantosa traición.

El fútbol es un asunto de la máxima gravedad en Londres. Como dijo el clásico, el fútbol no es un asunto de vida o muerte: es algo más serio que todo eso. Hay gran afición por el críquet, y son inenarrables las transmisiones radiofónicas de ese deporte en el que pasan horas sin que ocurra nada, en el que todo se interrumpe a media tarde para que los jugadores tomen el té y en el que los encuentros pueden durar varios días. Admito que, pese a las denodadas explicaciones de Iñigo Gurruchaga y de David Sharrock, nunca pillé el intríngulis del asunto. También hay mucha afición por el rugby. Pero el fútbol es el fútbol. Aunque uno no sienta especial interés por las cuestiones balompédicas, suele acabar sabiendo cuál es su tribu y cuáles son sus colores. O al menos cuáles no son sus colores. Y si uno es judío, lo propio es ser blanco como un lirio, ser un lillywhite, ser un spur. Forzando las cosas se puede ser un don, incluso un hammer, pero jamás un gooner.

El fútbol londinense tiene dos cunas, la escuela religiosa y el taller, y está ligado al moderno desarrollo de la ciudad. El balón cayó en la ciudad en el último cuarto del siglo XIX, procedente del norte industrial, y proporcionó banderas y signos de identidad a los barrios extremos, las zonas de aluvión agregadas a Londres durante el largo reinado victoriano. También forjó enemistades eternas. Como la del Arsenal, los rojos gooners, y el Tottenham, los blancos spurs, en la populosa ladera que desciende desde Hampstead hacia el Támesis.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

sábado, julio 21, 2007

CUANDO EL AMOR ES MUNDIAL por Ariel Scher


No fue ningún amigo ni ningún enemigo, sino él, él mismo, quien se puso ese nombre absurdo que resucita como una propiedad cada exactos cuatro años. "Yo soy El Hombre que Ama a los Mundiales", le dice riéndose pero sin hacer broma a su mujer -que escucha ese pronunciamiento desde los días antiguos de noviazgo-, y a sus hijos -que crecieron oyendo esa extraña definición-, y a sus nietos -que se convencen de que el abuelo está loco-, y a quien quiera escucharlo, o sea a gente escasa porque El Hombre que Ama a los Mundiales vive en el principio del siglo veintiuno, o sea en un tiempo en el que pocos escuchan a pocos. "Yo soy el Hombre que Ama a los Mundiales" repite como una proclama, invadido por una mística que le transforma el alma en una pelota y el cerebro en una colección de apellidos de mil orígenes. No miente: ama a los Mundiales. Y, aunque no se enreda buscando causas, ahora que se mira bien mayor cree que ese amor es grande porque constituye una de las cuestiones que en su vida larga siempre tuvieron que ver con el encanto. Y porque está seguro, además, de que un hombre sigue siendo un hombre en la medida en que no pierde la capacidad de sentirse encantado. Eso es lo que todavía le pasa.
Todo empezó en 1934. Tenía diez años y perseguía las noticias discontinuas del segundo Mundial de la historia, el que se hizo en la Italia de Benito Mussolini. Alguien le enseñó al mismo tiempo que el fascismo era repugnante y que el fútbol era fantástico. Su ídolo no fue ningún jugador campeón, sino el austríaco Mathias Sindelar, un fabuloso delantero al que llamaban "el Mozart del fútbol". Cuando Sindelar y su esposa se suicidaron, en 1939, ante la irrupción del nazismo, El Hombre que Ama a los Mundiales, por entonces un pibe, lagrimeó sin que nadie lo viera durante casi una semana.
Estaba por casarse en 1950, cuando Uruguay certificó que la existencia siempre esconde asombros y le ganó a Brasil la final mundial en el Maracaná. De ser posible, hubiera convocado a Obdulio Varela, el capitán oriental, como testigo de matrimonio. No se dio el gusto, pero logró una especie de revancha en 1954, cuando empezó a decirle Pancho a su primer hijo, en homenaje a Ferenc "Pancho" Puskas, la estrella de Hungría, que ese año perdió la final pero ganó la historia.
Pelé lo nacionalizó brasileño desde que en Suecia, en 1958, convirtió a la pelota en un caramelo. Y, cuatro calendarios después, Garrincha le ratificó esa ciudadanía cuando esquivó a los rivales y al aire para ser campeón. Los años pasaron y El Hombre que Ama a los Mundiales se hizo amigo anónimo del inglés Charlton, del alemán Beckenbauer, del holandés Johan Cruyff. Cuando Pelé y su ballet se quedaron con el Mundial ''70, aplaudió media hora encerrado en su dormitorio; cuando Maradona le puso el cielo entre los ojos bailando a unos cuantos ingleses, corrió hasta pisar la vereda y, en vez de gritar, lloró.
Los últimos años le exigieron duplicar el sentimiento. La verdad es que sufrió desengaños repetidos. Los torneos se llenaron de partidos carentes de placer y la avaricia de los dueños del negocio cargó de mugre a un juego que podría ser más limpio. Aún así, persistirá. Más allá de las broncas, en esa pelota que rueda está una porción entrañable de su vida. Por eso, ante un nuevo campeonato, enciende la memoria y agita el corazón. El Hombre que Ama a los Mundiales palpita lo que viene. Y siente que, por todo y pese a todo, es hora de volver a vivir su viejo y gran amor.
Ariel Scher, periodista argentino

miércoles, julio 18, 2007

EL CÉSPED por Mario Benedetti


Hoy de un comentario "hago" una actualización. Fragmento del cuento "El Césped" que Benedetti incluyó en su libro 'Despistes y Franquezas'. Gracias a Javier por la referencia. Y gracias (muchas) a Tentada por hacerme el trabajo y por dejarse tentar por Benedetti, que no es mala tentación, ni mucho menos, aunque sea para hablar de fútbol.

"Desde la tribuna es un tapete verde. Liso, regular, aterciopelado, estimulante. Desde la tribuna quizá crean que, con semejante alfombra, es imposible errar un gol y mucho menos errar un pase. Los jugadores corren como sobre patines o como figuras de ballet. Quien es derrumbado, cae seguramente en un colchón de plumas, y si se toma, doliéndose, un tobillo, es porque el gesto forma parte de una pantomima mayor. Además, cobran mucho dinero simplemente por divertirse, por abrazarse y treparse unos sobre otros, cuando el que se queda bajo ese sudoroso conglomerado hizo el gol decisivo. O no decisivo, es lo mismo. Lo bueno en treparse unos sobre otros mientras los rivales regresan a sus puestos, taciturnos, amargos, cabizbajos, cada uno con su barata soledad a cuestas. Desde la tribuna es tan disfrutable el racimo humano de vencedores como el drama particular de cada vencido...”
Mario Benedetti, escritor uruguayo

lunes, julio 16, 2007

CAMBALACHE por Mario Benedetti

Hoy un cuento de Benedetti. Lo tituló como el famoso tango de Enrique Santos Discepolo y está recogido en una magnífica recopilación de pequeños relatos que, con forma de cartas sin destinatarios, llamó 'Buzón de Tiempo' (Alfaguara, 1999). Por motivos varios, libro imprescindible (para mí, claro).


Aquel equipo de futbol, rioplatense (no daré más detalles ya que lo que importa es la anécdota y no el nombre de los actores), llegó a Europa sólo 24 horas antes de su primer partido con una de las más prestigiosas formaciones del Viejo Continente (tampoco aquí daré más detalles). Apenas tuvieron tiempo para una breve sesión de entrenamiento, en una cancha más o menos marginal, cuyo césped era un desastre.

Cuando por fin entraron al verdadero campo de juego (el field, como dicen algunos puristas) quedaron estupefactos ante las descomunales dimensiones del estadio, las trubunas repletas y vociferantes y también ante la atmósfera helada de un enero implacable.

Como es habitual, se alinearon los dos equipos para escuchar y cantar los himnos. Primero fue, lógicamente, el del local, que fue coreado por público y jugadores, seguido por una cerrada ovación.

Luego vino el de los nuestros. La grabación era espantosa, con una desafinación realmente olímpica. No todos los jugadores conocían la letra en su totalidad, pero al menos coreaban la estrofa más conocida. Sólo uno de los deportistas, casualmente un delantero, aunque si se acordaba del himno, decidió cantar en su reemplazo el tango cambalache: "Que el mundo fue y será una porquería, /ya lo sé, /en el quinientos seis/y en el dos mil también". Sólo en el palco oficial, unos pocos aplaudieron por compromiso.

Cuando concluyó esa parte de la ceremonia, y antes del puntapié inicial, que estuvo a cargo de un arrugado actor del cine mudo, los jugadores rioplatenses rodearon al delantero díscolo y le reprocharon duramente que cantara un tango en lugar del himno. Entre otros amables epítetos, le dijeron: traidor, apátrida, saboteador y cretino. El incidente tuvo inesperadas repercusiones en el partido. Por lo pronto, los otros jugadores evitaban pasarle la pelota al saboteador, de modo que éste, para hacerse con ella, debía retroceder casi hasta las líneas defensivas, y luego avanzar y avanzar, eludiendo a los fornidos adversarios y pasándola luego (porque no era egoísta) al que estaba mejor colocado para tirar al arco.

Los europeos jugaron mejor, pero faltaban pocos minutos para el final y ninguno de los equipos había logrado perforar la valla contraria.

Así, hasta el minuto 43 del segundo tiempo. Fue entonces que el apátrida recogió la pelota de un falso rebote y comenzó su desafiante carrera hacia el arco adversario. Penetró en el área penal, y en vista de que hasta ahora sus compañeros habían desaprovechado las buenas ocasiones que él les brindara, dribleó con tres geniales vaivenes a dos defensas, y cuando el guardameta salió despavorido a cubrir su valla, el cretino amagó que patearía con la derecha pero lo hizo con la izquierda, descolocando totalmente al pobre hombre e introduciendo el balón en un inalcanzable ángulo de la escuadra. Fue el gol del triunfo.

El segundo partido tuvo lugar en otra ciudad (no entro en detalles), en un estadio igualmente impresionante y con sus tribunas de bote en bote. Allí también llegó el momento de los himnos. Primero el local y luego el de la visita. Aunque la banda sonora, iba por otro rumbo, los 18 jugadores, perfectamente alineados y con la mano derecha sobre el corazón, entonaron el tango Cambalache, cuya letra si era sabida por todos.

Aunque se ganó también ese partido (no recuerdo exactamente el resultado), los indignados dirigentes resolvieron suspender la gira europea y sancionar económicamente a todos los jugadores, sin excepción, acusándoles de traidores, apátridas, saboteadores y cretinos.

Mario Benedetti, escritor uruguayo.

martes, julio 10, 2007

LA DIGNIDAD DEL MEJOR




De forma casual me encontré hace un día con un personaje en el que no había reparado y, la verdad, del que no sabía mucho hasta hace nada. Mathias Sindelar, el que dicen mejor jugador de la historia de Austria. Me da un poco de vergüenza haber prestado atención a esta historia releyendo el artículo de Manuel Alegre y no antes, pero por su grandeza queda agregado a la galería de iconos de este blog.

Austriaco y judío, familia humilde de origen, comenzó a jugar en las calles, como casi todos los grandes, ganándose el apodo de “El hombre de papel", dicen que por su levedad y la facilidad para esquivar a los rivales. En el campo profesional jugó en el Hertha y en el Wiener Austria, equipos de su ciudad natal, pero donde verdaderamente brilló a nivel mundial fue con la selección nacional austriaca. Formó parte del Wunderteam, algo así como “el equipo maravilloso”, que a mediados de los años 30 convulsionó el fútbol europeo y mundial por la calidad que desplegaban, venciendo a todo rival que se ponía en su camino, incluso a la selección del Gran Hermano alemán.

Con el Anschluss, la anexión de Austria a la Alemania nazi, se obligaría a los jugadores austriacos a formar parte de la selección germana que jugaría el Campeonato del Mundo Francia 1938. Sindelar, el director de aquella orquesta, el “Mozart del fútbol” lo llamaban, se negó. Tal vez si la mayor parte de sus compatriotas hubiera adoptado esa actitud le hubiera servido a este país para no quedar marcado por la Historia, formando parte activa de aquella locura o barbarie colectiva a pesar del papel de victima adoptado en la postguerra, que está anclado todavía en la política y la sociedad austriaca. No obstante, hoy y aquí es fácil decirlo.

Esta oposición, su condición de judío, la delación de un ex compañero, hicieron que Sindelar se convirtiera en una pieza apetecible para la gula del régimen liderado por su compatriota Adolf Hitler. En 1939, apareció muerto en su casa junto a su esposa, la italiana Camilla Castagnola, según el escasamente aclarado informe oficial por inhalación de gas. Suicidio, aunque el destino parecía estar marcado desde aquel día en que el mejor futbolista de la historia de Austria decidió el verdadero valor que tenía su dignidad.

lunes, julio 09, 2007

FÚTBOL Y UTOPÍA por Manuel Alegre

Mathias Sindelar, posiblemente el mejor jugador austriaco de la historia

Que Sophia me perdone, pero el fútbol, como la poesía, no se explica, implica. Fútbol es pasión. Algo oscuro y mágico, mezcla de fiesta y sufrimiento, un "acre placer de las dolores", citando al viejo Garrett. Ha sido ese lado del fútbol el que llevó a Bill Shankly, mentor del gran Liverpool de los años setenta, a una célebre frase: "El fútbol no es un caso de vida o muerte, es mucho más que eso". O ha inspirado el poema de Carlos Drummond de Andrade: "¿Se juega el fútbol en el estadio? / El fútbol se juega en la playa,/ el fútbol se juega en la calle,/ el fútbol se juega en el alma". Es así y nadie lo ha dicho tan bien: el fútbol se juega en el alma. Lo saben los poetas a los que les gusta el fútbol y también los políticos, incluso a los que no les gusta, como parece que era el caso de Salazar y Franco, que, sin embargo, lo utilizaron.

Hace tiempo he visto un documental sobre la forma en que Hitler, Mussolini y Franco se han servido del fútbol. Pero también he visto el ejemplo del primer jugador austriaco, Mathias Sindelar, que, después de la anexión de su país, se negó a integrar la selección alemana y terminó siendo asesinado. Tiene hoy un monumento y es venerado como un símbolo de la resistencia austriaca.

Alfonso de Melo, en su notable Historia de la Selección Nacional de Fútbol, Cinco Escudos Azuis, recientemente publicada, cuenta un episodio poco conocido: el 30 de enero de 1938, antes de empezar un Portugal-España, algunos jugadores de la selección portuguesa se negaron a hacer el saludo fascista. Azevedo, del Sporting, no estiró los dedos; Quaresma, del Belenenses, se quedó firme, Simões y Amaro, también del Belenenses, levantaron los puños y fueron detenidos e interrogados por la policía política. Se estaba en plena guerra civil en España y éste fue un acto de gran coraje y simbolismo.Las dictaduras han utilizado el fútbol. Todos lo sabemos. Pero tal vez sea tiempo de reflexionar sobre la irresistible promiscuidad que, en democracia, se verifica entre política y fútbol. La política se sirve del fútbol como nunca. Pero los dirigentes del fútbol también se sirven de la política. Lo que no es bueno ni para el fútbol ni para la política, mucho menos para la democracia. Con la connivencia de los media, principalmente de las televisiones, asistimos a una especie de futbolización de la vida, lo que degrada el fútbol y no mejora la vida. Tal vez sea una consecuencia de estos tiempos de vacío, de crisis de valores y convicciones, de la propia muerte de las utopías. Pero no diabolicemos el fútbol, el fútbol que continúa siendo fiesta, que se juega en el alma y que tanto nos implica. En el último Campeonato de Europa, hijos de inmigrantes de segunda y tercera generación, después de las brillantes victorias de Portugal, han descubierto sus raíces, se han envuelto en la bandera nacional y gritaron el orgullo de ser portugueses. Éste es el otro lado del fútbol, su fuerza, su contagio, su magia. Sin causas, las personas, sobre todo los jóvenes, concentran en el club o en la selección sus sueños y esperanzas. El club y la selección son una nueva forma de utopía. Tanto más intensa cuanto más grande es la duda sobre el futuro personal y la sensación de que el país tiene cada vez menos peso en los destinos del mundo. Lo que provoca dos sentimientos contradictorios; por un lado, un exacerbado patriotismo, y por otro, un nuevo cosmopolitismo, una especie de nueva Internacional, la Internacional del fútbol.

Es lo que ocurrirá cuando se inicie la Eurocopa. En cada selección se proyectan los sueños, la nostalgia y la esperanza de otro tiempo, otra vida, otra grandeza. Para mi generación, eso era la revolución. Para muchos, hoy, es la selección. Menos mal que la selección, por lo menos la selección, galvaniza y moviliza. Yo, portugués, me confieso: a pesar del aprovechamiento sin pudor del eslogan Força Portugal por la coalición de derechas, estoy de alma y corazón con la selección nacional, aquélla a quien Tavares da Silva llamó un día "el equipo de todos nosotros". Estaré con todos los que van a vestir la camiseta de Portugal. Por amor al fútbol. Porque el fútbol implica. Porque, se quiera o no, el fútbol es una forma de utopía. Y porque el poeta tiene razón: el fútbol se juega en el alma.

Manuel Alegre, ex-vicepresidente del Parlamento portugués, escritor y poeta.

domingo, julio 01, 2007

CATEDRALES PAGANAS por Santiago Segurola

Hablaban del concierto que se va a celebrar hoy en honor a Diana de Gales en el nuevo estadio de Wembley. Al ver como ha quedado finalmente este recinto "histórico" del deporte británico y mundial me he acordado de este artículo de Santiago Segurola que publicó con motivo del Campeonato del Mundo Alemania 2006. Hoy me apetecía rescatarlo, me parece interesantísimo.



Si el fútbol es la nueva religión pagana, según la inolvidable cita de Manuel Vázquez Montalbán, sus estadios deberían acreditarse como las nuevas catedrales contemporáneas. Como en la arquitectura religiosa, los estadios han atravesado todas las épocas hasta convertirse en aparatosos signos de la modernidad y de la trascendencia de un deporte que ya no lo es. Hace tiempo que el fútbol ha traspasado la frontera del juego y sus consecuencias. Ya no es el misterioso deporte que se juega con los pies, ni el generador de pasiones incontenibles, ni el refugio ocioso de la clase obrera, ni tan siquiera la bandera de una pequeña comunidad adscrita a sus colores. El fútbol es la representación de casi todas las cosas imaginables, una especie de universo paralelo donde se desarrollan todas las actividades posibles. Es deporte, política, negocio, tecnología, medicina, arte, violencia, fraude, emoción, pensamiento, belleza y fealdad. Se ha escapado de sus límites porque nada le ha contenido desde su nacimiento. El juego que idearon los privilegiados estudiantes de Eton, fue abrazado como suyo por los obreros que comenzaban a disfrutar de sus primeras horas libres en las tardes de los sábados. Desde ahí, su imparable crecimiento le ha llevado a una posición que hasta los norteamericanos quieren comprender. El fútbol se ha convertido en el símbolo de nuestro tiempo, para lo bueno y para lo malo.

Aunque los intelectuales se resistieron durante mucho tiempo a la evidencia de su importancia social, desdén inexplicable porque no se puede vivir de espaldas a lo que es fundamental para la gente, la certeza de la trascendencia del fútbol ya no admite dudas. Puesto que es uno de los grandes símbolos de nuestro tiempo, requiere de la simbología que lo identifique como religión universal. Los estadios hacen ese trabajo. Lo hicieron con modestia en los primeros años del siglo XX, en recintos sin pretensiones que sólo pretendían acoger a las pequeñas comunidades: una ciudad o un barrio. En estos lugares se jugó hasta que el fútbol dio noticias de lo que sería la globalidad. También fue pionero en esto. Cuando el fútbol traspasó el barrio y las ciudades, y después los países, y los continentes, cuando en un pueblo de Uganda se puede ver a un niño con la camiseta del Barça o del Madrid, cuando una antena parabólica capta en la selva amazónica los partidos de Old Trafford o San Siro, entonces no hay manera de disimular que el fútbol es más que fútbol.

La Copa del Mundo comienza el viernes en Múnich, en un estadio que impresiona desde fuera como sólo lo pueden hacer las construcciones destinadas a definir una época. Con su forma de colchón flotante, el estadio es la consagración del nuevo interés de la arquitectura por el deporte, y especialmente por el fútbol. En el mejor de los casos, los estadios habían sido recintos funcionales, con algunos toques distintivos en ocasiones. El arco de San Mamés pertenece a esa categoría creativa. Hay otros pocos y viejos estadios que añaden brillantes toques arquitectónicos, pero su tiempo ha pasado. En esos estadios adorados por los aficionados, no hay sitio para la comodidad, ni para la tecnología, ni para la seguridad. San Mamés es el viejo fútbol, privado de las adherencias que lo han convertido en un fenómeno abrumador. El estadio de Múnich, diseñado por los suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron -autores, entre otros proyectos, de la Tate Modern de Londres- escenifica el triunfo de un nuevo modelo, donde la vanguardia artística se implica en el negocio. No es sorprendente que en el mundo fenicio donde se mueve el fútbol actual, el estadio se vea privado de su nombre durante un mes. Allianz, la compañía de seguros que adquirió los derechos para registrar su nombre en el estadio durante 30 años, no podrá utilizarlos en los próximos 30 días. Durante este plazo, la FIFA dispone en exclusiva de esos derechos. Eso es el fútbol en estos días, un inmenso escenario, fundamentalmente económico, que requiere templos a su medida, donde los arquitectos más prestigiosos compiten en una carrera que no siempre produce resultados satisfactorios. Es más, la mayoría de las veces apunta hacia un horizonte excesivo en las formas y vacío en el fondo. Será la señal del fin de otro imperio. El del fútbol.