lunes, agosto 13, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (4/10) por Enric González

Arsenal vs Tottenham, la rivalidad

Dial Square

El Arsenal nació, como el Palace y el West Ham, en unos talleres, los de Woolwich Arsenal, donde se fabricaban piezas de fundición para el ejército. La llegada de dos buenos futbolistas del Nottingham Forest, Beardsley y Bates, a la fábrica del norte de Londres, en 1886, fue el elemento decisivo para que 15 obreros del arsenal crearan un club. Decidieron llamarle el Dial Square, pero tras unos cuantos partidos el nombre les pareció poco viril y lo cambiaron por el de Royal Arsenal, una combinación del barrio (Royal Oak) y de la fábrica (Woolwich Arsenal). Las camisetas, como en el caso del Palace, fueron prestadas, en este caso por el Nottingham Forest, y por esa razón el Arsenal adoptó el color rojo. El campo de Hihgbury fue alquilado y después adquirido a un colegio religioso (que les prohibió por contrato tocar un balón en Viernes Santo o Navidad) y doce años más tarde, en 1925, nivelado ante las protestas de los rivales: el gol sur estaba cinco metros más alto que el gol norte.

Antes que el Arsenal había nacido en el norte de Londres, en 1882, otro club, el llamado Hotspur (espuela caliente), que captó enseguida el interés de la gran comunidad judía de Golders Green. Luego hablaremos más extensamente de los Spurs. La rivalidad entre ambos equipos de la zona norte se convirtió en enemistad eterna en 1919, por una cacicada de los llamados gunners o, en castizo, gooners, en referencia a las armas que fabricaba el arsenal. La dirección de la Liga inglesa decidió ampliar de 20 a 22 el número de equipos en Primera División, y la solución obvia era que ascendieran los dos mejores clasificados de Segunda, como de costumbre, sin que esa temporada descendiera nadie. Dos clubes de Londres, el Chelsea y el ya llamado Tottenham Hotspur, eran los últimos de Primera. Ese año, sin embargo, Liverpool y Manchester United habían amañado su partido para perjudicar al Chelsea, por lo que se decidió dejar de lado las clasificaciones. El dueño del Liverpool era a la vez presidente de la Liga y, cosas de la vida, íntimo amigo del entrenador del Arsenal, que había terminado quinto en Segunda División; el hombre del Liverpool amañó una votación entre los representantes de los clubes, tras la que el Arsenal se vio ascendido a Primera y los Spurs descendidos a Segunda. Vergüenza eterna.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

sábado, agosto 11, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (3/10) por Enric González

Charlton Athletic y West Ham

The Valley

Los enemigos de los eagles son otra gente modesta, la del Charlton Athletic, cuyo grito de guerra es: “¡En pie si odias al Palace”!. Los del Charlton lucen una espada en su escudo rojo y se llaman a sí mismo valiants o, más comúnmente, addicks. La rivalidad entre eagles y addicks se enconó cuando el estadio de los segundos, el Valley, fue cerrado por peligro de desplome, en 1895. El Charlton se vio obligado a jugar como realquilado durante siete años en el terreno del Palace. Fue una situación muy incómoda para ambos: tantos años de greña para acabar compartiendo vestuario. Los dos equipos se disputan desde siempre la hegemonía en el sureste. La tradición obrera del auténtico este de Londres, el East End, recae sin embargo en un club que se considera a sí mismo del norte y lleva la palabra oeste en su nombre: el West Ham.



El West Ham fue fundado en 1895, como equipo de los astilleros Thames Ironworks y también con los colores del Villa de Birmingham: azul y burdeos. Nació en el corazón del East End, junto al río, pero en 1904 se desplazó unos kilómetros hacia el norte y se instaló en su actual estadio de Upton Park. Los hammers, cuyo origen industrial y obrero pervive en su escudo (dos martillos cruzados) y en su fidelísima afición, son gente estable (han tenido sólo ochenta entrenadores en más de un siglo) y orgullosa. Su año de gloria fue 1966. La selección inglesa ganó la final de la Copa del Mundo en Wembley gracias a los goles de dos hammers, Hurst y Peters, y al talento defensivo de otro hammer, el malogrado Bobby Moore. El West Ham suele caer simpático.

Con el Arsenal sucede más bien lo contrario. El Arsenal es el club más potente y glorioso de Londres. Para muchos, es también el más mezquino y el más favorecido por la fortuna.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

jueves, agosto 09, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (2/10) por Enric González

Crystal Palace


Como de costumbre, conviene remontarse a la Exposición Universal de 1851. Los 200 trabajadores que instalaron el palacio acristalado que albergó la exposición permanecían juntos de lunes a sábado, en jornadas de 12 horas, y optaron por prolongar su comunión hasta el domingo para practicar el deporte que muchos de ellos, gente descendida del norte, habían conocido en Manchester, Leeds, Newcastle o Nottingham. En 1854 hubo que desmontar el palacio de su emplazamiento en Kensington y transportarlo hacia Dulwich, al sureste de la ciudad, donde fue instalado de nuevo. (Dulwich es una zona bonita, tranquila y fatalmente aburrida. Margaret Thatcher poseía una mansión en el barrio y a ella se encaminó en otoño de 1990, tras entregar su dimisión a Isabel II. Al cabo de unos meses, desesperada del hastío, regresó al centro de Londres). En Dulwich, pues, aquellos 200 trabajadores reconstruyeron el edificio y siguieron jugando al fútbol, y en 1861 se constituyeron en club. En 1871, el Crystal Palace fue uno de los quince equipos que participaron en la primera edición de la copa de football association (el football a secas es una variante de lo que conocemos como rugby). El Palace no ganó. De hecho, el Palace nunca gana, pero eso tiene poca importancia. El club funcionó de forma intermitente hasta que en 1905 se formó por segunda vez, tan justo de dinero que pidió auxilio al Aston Villa de Birmingham y recibió una caja de camisetas con los colores azul y burdeos del club de las Midlands. Con esos colores se quedó. Conviene saber que el Palace guarda un respeto instintivo ante el Real Madrid. El equipo de Di Stéfano y Gento se avino a jugar en el partido inaugural del estadio del Palace, Selhurst Park, en los años cincuenta, ganó por 3 a 4, y marcó una profunda impresión entre los aficionados locales. La gente del Palace, que gusta llamarse a sí misma the eagles (las águilas), es gente habituada a la derrota y a medrar en las divisiones inferiores. En su larga historia sólo han disfrutado de unos años de gloria, en los ochenta, una década en la que llegaron a clasificarse para jugar una competición europea, la Copa de la UEFA. Pero en el último momento las autoridades del fútbol continental concedieron el perdón al Liverpool, sancionado por la violencia de sus hooligans en la espantosa noche de Heysel, y decidieron que el equipo de Anfield Road tomara el puesto que le correspondía al Palace. La gente del palacio de cristal carga con una dura tradición de penas.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

martes, agosto 07, 2007

HISTORIAS DE LONDRES. UN ASUNTO GRAVE (1/10) por Enric González

Hoy comienzo a colgar una serie de fragmentos del capítulo “Un asunto grave”, el cual está recogido en el libro Historias de Londres (Altair viajes, 1999) de Enric González, y que ha estado descatalogado hasta que, por fin, ha sido reeditado este año por RBA (mil gracias a Paloma por rebuscar durante estos años bibliotecas en busca de un ejemplar disponible, no era fácil). Este capítulo recoge semblanzas de los clubes más representativos de la capital inglesa y de cómo se vive el fútbol en esta ciudad tan especial. Para que no sea excesivamente largo los iré subiendo poco a poco, normalmente cada fragmento estará referido a uno de los clubes londinenses, aunque las referencias de actualidad están realizadas al año 1999. A continuación dejo como introducción el comienzo del capítulo, donde queda de manifiesto el título del mismo. Merece (mucho) la pena.




Una tarde, en la barra del Bunch of Grapes, escuché el diálogo que mantenían un hombre indignado y un hombre desolado.

- Tú y yo somos judíos- dijo el hombre indignado.
El hombre desolado asintió levemente, con la mirada clavada en el fondo de la pinta.
- Tú eres judío- insistió el indignado-. Tú eres judío- repitió.
El rostro de la desolación se mantuvo en silencio.
-¿Tú sabes lo que significa ser judío? ¿Tú conoces la historia de los judíos?
El desolado hizo un gesto de impotencia.
El indignado crispó la boca y los puños.
- Tú eres judío. Entonces –casi escupió- ¿Cómo puedes ser del Arsenal?
El desolado siguió silencioso, masticando su espantosa traición.

El fútbol es un asunto de la máxima gravedad en Londres. Como dijo el clásico, el fútbol no es un asunto de vida o muerte: es algo más serio que todo eso. Hay gran afición por el críquet, y son inenarrables las transmisiones radiofónicas de ese deporte en el que pasan horas sin que ocurra nada, en el que todo se interrumpe a media tarde para que los jugadores tomen el té y en el que los encuentros pueden durar varios días. Admito que, pese a las denodadas explicaciones de Iñigo Gurruchaga y de David Sharrock, nunca pillé el intríngulis del asunto. También hay mucha afición por el rugby. Pero el fútbol es el fútbol. Aunque uno no sienta especial interés por las cuestiones balompédicas, suele acabar sabiendo cuál es su tribu y cuáles son sus colores. O al menos cuáles no son sus colores. Y si uno es judío, lo propio es ser blanco como un lirio, ser un lillywhite, ser un spur. Forzando las cosas se puede ser un don, incluso un hammer, pero jamás un gooner.

El fútbol londinense tiene dos cunas, la escuela religiosa y el taller, y está ligado al moderno desarrollo de la ciudad. El balón cayó en la ciudad en el último cuarto del siglo XIX, procedente del norte industrial, y proporcionó banderas y signos de identidad a los barrios extremos, las zonas de aluvión agregadas a Londres durante el largo reinado victoriano. También forjó enemistades eternas. Como la del Arsenal, los rojos gooners, y el Tottenham, los blancos spurs, en la populosa ladera que desciende desde Hampstead hacia el Támesis.

Enric González es autor de Historias de Londres, editado por RBA (2007).

sábado, julio 21, 2007

CUANDO EL AMOR ES MUNDIAL por Ariel Scher


No fue ningún amigo ni ningún enemigo, sino él, él mismo, quien se puso ese nombre absurdo que resucita como una propiedad cada exactos cuatro años. "Yo soy El Hombre que Ama a los Mundiales", le dice riéndose pero sin hacer broma a su mujer -que escucha ese pronunciamiento desde los días antiguos de noviazgo-, y a sus hijos -que crecieron oyendo esa extraña definición-, y a sus nietos -que se convencen de que el abuelo está loco-, y a quien quiera escucharlo, o sea a gente escasa porque El Hombre que Ama a los Mundiales vive en el principio del siglo veintiuno, o sea en un tiempo en el que pocos escuchan a pocos. "Yo soy el Hombre que Ama a los Mundiales" repite como una proclama, invadido por una mística que le transforma el alma en una pelota y el cerebro en una colección de apellidos de mil orígenes. No miente: ama a los Mundiales. Y, aunque no se enreda buscando causas, ahora que se mira bien mayor cree que ese amor es grande porque constituye una de las cuestiones que en su vida larga siempre tuvieron que ver con el encanto. Y porque está seguro, además, de que un hombre sigue siendo un hombre en la medida en que no pierde la capacidad de sentirse encantado. Eso es lo que todavía le pasa.
Todo empezó en 1934. Tenía diez años y perseguía las noticias discontinuas del segundo Mundial de la historia, el que se hizo en la Italia de Benito Mussolini. Alguien le enseñó al mismo tiempo que el fascismo era repugnante y que el fútbol era fantástico. Su ídolo no fue ningún jugador campeón, sino el austríaco Mathias Sindelar, un fabuloso delantero al que llamaban "el Mozart del fútbol". Cuando Sindelar y su esposa se suicidaron, en 1939, ante la irrupción del nazismo, El Hombre que Ama a los Mundiales, por entonces un pibe, lagrimeó sin que nadie lo viera durante casi una semana.
Estaba por casarse en 1950, cuando Uruguay certificó que la existencia siempre esconde asombros y le ganó a Brasil la final mundial en el Maracaná. De ser posible, hubiera convocado a Obdulio Varela, el capitán oriental, como testigo de matrimonio. No se dio el gusto, pero logró una especie de revancha en 1954, cuando empezó a decirle Pancho a su primer hijo, en homenaje a Ferenc "Pancho" Puskas, la estrella de Hungría, que ese año perdió la final pero ganó la historia.
Pelé lo nacionalizó brasileño desde que en Suecia, en 1958, convirtió a la pelota en un caramelo. Y, cuatro calendarios después, Garrincha le ratificó esa ciudadanía cuando esquivó a los rivales y al aire para ser campeón. Los años pasaron y El Hombre que Ama a los Mundiales se hizo amigo anónimo del inglés Charlton, del alemán Beckenbauer, del holandés Johan Cruyff. Cuando Pelé y su ballet se quedaron con el Mundial ''70, aplaudió media hora encerrado en su dormitorio; cuando Maradona le puso el cielo entre los ojos bailando a unos cuantos ingleses, corrió hasta pisar la vereda y, en vez de gritar, lloró.
Los últimos años le exigieron duplicar el sentimiento. La verdad es que sufrió desengaños repetidos. Los torneos se llenaron de partidos carentes de placer y la avaricia de los dueños del negocio cargó de mugre a un juego que podría ser más limpio. Aún así, persistirá. Más allá de las broncas, en esa pelota que rueda está una porción entrañable de su vida. Por eso, ante un nuevo campeonato, enciende la memoria y agita el corazón. El Hombre que Ama a los Mundiales palpita lo que viene. Y siente que, por todo y pese a todo, es hora de volver a vivir su viejo y gran amor.
Ariel Scher, periodista argentino

miércoles, julio 18, 2007

EL CÉSPED por Mario Benedetti


Hoy de un comentario "hago" una actualización. Fragmento del cuento "El Césped" que Benedetti incluyó en su libro 'Despistes y Franquezas'. Gracias a Javier por la referencia. Y gracias (muchas) a Tentada por hacerme el trabajo y por dejarse tentar por Benedetti, que no es mala tentación, ni mucho menos, aunque sea para hablar de fútbol.

"Desde la tribuna es un tapete verde. Liso, regular, aterciopelado, estimulante. Desde la tribuna quizá crean que, con semejante alfombra, es imposible errar un gol y mucho menos errar un pase. Los jugadores corren como sobre patines o como figuras de ballet. Quien es derrumbado, cae seguramente en un colchón de plumas, y si se toma, doliéndose, un tobillo, es porque el gesto forma parte de una pantomima mayor. Además, cobran mucho dinero simplemente por divertirse, por abrazarse y treparse unos sobre otros, cuando el que se queda bajo ese sudoroso conglomerado hizo el gol decisivo. O no decisivo, es lo mismo. Lo bueno en treparse unos sobre otros mientras los rivales regresan a sus puestos, taciturnos, amargos, cabizbajos, cada uno con su barata soledad a cuestas. Desde la tribuna es tan disfrutable el racimo humano de vencedores como el drama particular de cada vencido...”
Mario Benedetti, escritor uruguayo

lunes, julio 16, 2007

CAMBALACHE por Mario Benedetti

Hoy un cuento de Benedetti. Lo tituló como el famoso tango de Enrique Santos Discepolo y está recogido en una magnífica recopilación de pequeños relatos que, con forma de cartas sin destinatarios, llamó 'Buzón de Tiempo' (Alfaguara, 1999). Por motivos varios, libro imprescindible (para mí, claro).


Aquel equipo de futbol, rioplatense (no daré más detalles ya que lo que importa es la anécdota y no el nombre de los actores), llegó a Europa sólo 24 horas antes de su primer partido con una de las más prestigiosas formaciones del Viejo Continente (tampoco aquí daré más detalles). Apenas tuvieron tiempo para una breve sesión de entrenamiento, en una cancha más o menos marginal, cuyo césped era un desastre.

Cuando por fin entraron al verdadero campo de juego (el field, como dicen algunos puristas) quedaron estupefactos ante las descomunales dimensiones del estadio, las trubunas repletas y vociferantes y también ante la atmósfera helada de un enero implacable.

Como es habitual, se alinearon los dos equipos para escuchar y cantar los himnos. Primero fue, lógicamente, el del local, que fue coreado por público y jugadores, seguido por una cerrada ovación.

Luego vino el de los nuestros. La grabación era espantosa, con una desafinación realmente olímpica. No todos los jugadores conocían la letra en su totalidad, pero al menos coreaban la estrofa más conocida. Sólo uno de los deportistas, casualmente un delantero, aunque si se acordaba del himno, decidió cantar en su reemplazo el tango cambalache: "Que el mundo fue y será una porquería, /ya lo sé, /en el quinientos seis/y en el dos mil también". Sólo en el palco oficial, unos pocos aplaudieron por compromiso.

Cuando concluyó esa parte de la ceremonia, y antes del puntapié inicial, que estuvo a cargo de un arrugado actor del cine mudo, los jugadores rioplatenses rodearon al delantero díscolo y le reprocharon duramente que cantara un tango en lugar del himno. Entre otros amables epítetos, le dijeron: traidor, apátrida, saboteador y cretino. El incidente tuvo inesperadas repercusiones en el partido. Por lo pronto, los otros jugadores evitaban pasarle la pelota al saboteador, de modo que éste, para hacerse con ella, debía retroceder casi hasta las líneas defensivas, y luego avanzar y avanzar, eludiendo a los fornidos adversarios y pasándola luego (porque no era egoísta) al que estaba mejor colocado para tirar al arco.

Los europeos jugaron mejor, pero faltaban pocos minutos para el final y ninguno de los equipos había logrado perforar la valla contraria.

Así, hasta el minuto 43 del segundo tiempo. Fue entonces que el apátrida recogió la pelota de un falso rebote y comenzó su desafiante carrera hacia el arco adversario. Penetró en el área penal, y en vista de que hasta ahora sus compañeros habían desaprovechado las buenas ocasiones que él les brindara, dribleó con tres geniales vaivenes a dos defensas, y cuando el guardameta salió despavorido a cubrir su valla, el cretino amagó que patearía con la derecha pero lo hizo con la izquierda, descolocando totalmente al pobre hombre e introduciendo el balón en un inalcanzable ángulo de la escuadra. Fue el gol del triunfo.

El segundo partido tuvo lugar en otra ciudad (no entro en detalles), en un estadio igualmente impresionante y con sus tribunas de bote en bote. Allí también llegó el momento de los himnos. Primero el local y luego el de la visita. Aunque la banda sonora, iba por otro rumbo, los 18 jugadores, perfectamente alineados y con la mano derecha sobre el corazón, entonaron el tango Cambalache, cuya letra si era sabida por todos.

Aunque se ganó también ese partido (no recuerdo exactamente el resultado), los indignados dirigentes resolvieron suspender la gira europea y sancionar económicamente a todos los jugadores, sin excepción, acusándoles de traidores, apátridas, saboteadores y cretinos.

Mario Benedetti, escritor uruguayo.

martes, julio 10, 2007

LA DIGNIDAD DEL MEJOR




De forma casual me encontré hace un día con un personaje en el que no había reparado y, la verdad, del que no sabía mucho hasta hace nada. Mathias Sindelar, el que dicen mejor jugador de la historia de Austria. Me da un poco de vergüenza haber prestado atención a esta historia releyendo el artículo de Manuel Alegre y no antes, pero por su grandeza queda agregado a la galería de iconos de este blog.

Austriaco y judío, familia humilde de origen, comenzó a jugar en las calles, como casi todos los grandes, ganándose el apodo de “El hombre de papel", dicen que por su levedad y la facilidad para esquivar a los rivales. En el campo profesional jugó en el Hertha y en el Wiener Austria, equipos de su ciudad natal, pero donde verdaderamente brilló a nivel mundial fue con la selección nacional austriaca. Formó parte del Wunderteam, algo así como “el equipo maravilloso”, que a mediados de los años 30 convulsionó el fútbol europeo y mundial por la calidad que desplegaban, venciendo a todo rival que se ponía en su camino, incluso a la selección del Gran Hermano alemán.

Con el Anschluss, la anexión de Austria a la Alemania nazi, se obligaría a los jugadores austriacos a formar parte de la selección germana que jugaría el Campeonato del Mundo Francia 1938. Sindelar, el director de aquella orquesta, el “Mozart del fútbol” lo llamaban, se negó. Tal vez si la mayor parte de sus compatriotas hubiera adoptado esa actitud le hubiera servido a este país para no quedar marcado por la Historia, formando parte activa de aquella locura o barbarie colectiva a pesar del papel de victima adoptado en la postguerra, que está anclado todavía en la política y la sociedad austriaca. No obstante, hoy y aquí es fácil decirlo.

Esta oposición, su condición de judío, la delación de un ex compañero, hicieron que Sindelar se convirtiera en una pieza apetecible para la gula del régimen liderado por su compatriota Adolf Hitler. En 1939, apareció muerto en su casa junto a su esposa, la italiana Camilla Castagnola, según el escasamente aclarado informe oficial por inhalación de gas. Suicidio, aunque el destino parecía estar marcado desde aquel día en que el mejor futbolista de la historia de Austria decidió el verdadero valor que tenía su dignidad.

lunes, julio 09, 2007

FÚTBOL Y UTOPÍA por Manuel Alegre

Mathias Sindelar, posiblemente el mejor jugador austriaco de la historia

Que Sophia me perdone, pero el fútbol, como la poesía, no se explica, implica. Fútbol es pasión. Algo oscuro y mágico, mezcla de fiesta y sufrimiento, un "acre placer de las dolores", citando al viejo Garrett. Ha sido ese lado del fútbol el que llevó a Bill Shankly, mentor del gran Liverpool de los años setenta, a una célebre frase: "El fútbol no es un caso de vida o muerte, es mucho más que eso". O ha inspirado el poema de Carlos Drummond de Andrade: "¿Se juega el fútbol en el estadio? / El fútbol se juega en la playa,/ el fútbol se juega en la calle,/ el fútbol se juega en el alma". Es así y nadie lo ha dicho tan bien: el fútbol se juega en el alma. Lo saben los poetas a los que les gusta el fútbol y también los políticos, incluso a los que no les gusta, como parece que era el caso de Salazar y Franco, que, sin embargo, lo utilizaron.

Hace tiempo he visto un documental sobre la forma en que Hitler, Mussolini y Franco se han servido del fútbol. Pero también he visto el ejemplo del primer jugador austriaco, Mathias Sindelar, que, después de la anexión de su país, se negó a integrar la selección alemana y terminó siendo asesinado. Tiene hoy un monumento y es venerado como un símbolo de la resistencia austriaca.

Alfonso de Melo, en su notable Historia de la Selección Nacional de Fútbol, Cinco Escudos Azuis, recientemente publicada, cuenta un episodio poco conocido: el 30 de enero de 1938, antes de empezar un Portugal-España, algunos jugadores de la selección portuguesa se negaron a hacer el saludo fascista. Azevedo, del Sporting, no estiró los dedos; Quaresma, del Belenenses, se quedó firme, Simões y Amaro, también del Belenenses, levantaron los puños y fueron detenidos e interrogados por la policía política. Se estaba en plena guerra civil en España y éste fue un acto de gran coraje y simbolismo.Las dictaduras han utilizado el fútbol. Todos lo sabemos. Pero tal vez sea tiempo de reflexionar sobre la irresistible promiscuidad que, en democracia, se verifica entre política y fútbol. La política se sirve del fútbol como nunca. Pero los dirigentes del fútbol también se sirven de la política. Lo que no es bueno ni para el fútbol ni para la política, mucho menos para la democracia. Con la connivencia de los media, principalmente de las televisiones, asistimos a una especie de futbolización de la vida, lo que degrada el fútbol y no mejora la vida. Tal vez sea una consecuencia de estos tiempos de vacío, de crisis de valores y convicciones, de la propia muerte de las utopías. Pero no diabolicemos el fútbol, el fútbol que continúa siendo fiesta, que se juega en el alma y que tanto nos implica. En el último Campeonato de Europa, hijos de inmigrantes de segunda y tercera generación, después de las brillantes victorias de Portugal, han descubierto sus raíces, se han envuelto en la bandera nacional y gritaron el orgullo de ser portugueses. Éste es el otro lado del fútbol, su fuerza, su contagio, su magia. Sin causas, las personas, sobre todo los jóvenes, concentran en el club o en la selección sus sueños y esperanzas. El club y la selección son una nueva forma de utopía. Tanto más intensa cuanto más grande es la duda sobre el futuro personal y la sensación de que el país tiene cada vez menos peso en los destinos del mundo. Lo que provoca dos sentimientos contradictorios; por un lado, un exacerbado patriotismo, y por otro, un nuevo cosmopolitismo, una especie de nueva Internacional, la Internacional del fútbol.

Es lo que ocurrirá cuando se inicie la Eurocopa. En cada selección se proyectan los sueños, la nostalgia y la esperanza de otro tiempo, otra vida, otra grandeza. Para mi generación, eso era la revolución. Para muchos, hoy, es la selección. Menos mal que la selección, por lo menos la selección, galvaniza y moviliza. Yo, portugués, me confieso: a pesar del aprovechamiento sin pudor del eslogan Força Portugal por la coalición de derechas, estoy de alma y corazón con la selección nacional, aquélla a quien Tavares da Silva llamó un día "el equipo de todos nosotros". Estaré con todos los que van a vestir la camiseta de Portugal. Por amor al fútbol. Porque el fútbol implica. Porque, se quiera o no, el fútbol es una forma de utopía. Y porque el poeta tiene razón: el fútbol se juega en el alma.

Manuel Alegre, ex-vicepresidente del Parlamento portugués, escritor y poeta.

domingo, julio 01, 2007

CATEDRALES PAGANAS por Santiago Segurola

Hablaban del concierto que se va a celebrar hoy en honor a Diana de Gales en el nuevo estadio de Wembley. Al ver como ha quedado finalmente este recinto "histórico" del deporte británico y mundial me he acordado de este artículo de Santiago Segurola que publicó con motivo del Campeonato del Mundo Alemania 2006. Hoy me apetecía rescatarlo, me parece interesantísimo.



Si el fútbol es la nueva religión pagana, según la inolvidable cita de Manuel Vázquez Montalbán, sus estadios deberían acreditarse como las nuevas catedrales contemporáneas. Como en la arquitectura religiosa, los estadios han atravesado todas las épocas hasta convertirse en aparatosos signos de la modernidad y de la trascendencia de un deporte que ya no lo es. Hace tiempo que el fútbol ha traspasado la frontera del juego y sus consecuencias. Ya no es el misterioso deporte que se juega con los pies, ni el generador de pasiones incontenibles, ni el refugio ocioso de la clase obrera, ni tan siquiera la bandera de una pequeña comunidad adscrita a sus colores. El fútbol es la representación de casi todas las cosas imaginables, una especie de universo paralelo donde se desarrollan todas las actividades posibles. Es deporte, política, negocio, tecnología, medicina, arte, violencia, fraude, emoción, pensamiento, belleza y fealdad. Se ha escapado de sus límites porque nada le ha contenido desde su nacimiento. El juego que idearon los privilegiados estudiantes de Eton, fue abrazado como suyo por los obreros que comenzaban a disfrutar de sus primeras horas libres en las tardes de los sábados. Desde ahí, su imparable crecimiento le ha llevado a una posición que hasta los norteamericanos quieren comprender. El fútbol se ha convertido en el símbolo de nuestro tiempo, para lo bueno y para lo malo.

Aunque los intelectuales se resistieron durante mucho tiempo a la evidencia de su importancia social, desdén inexplicable porque no se puede vivir de espaldas a lo que es fundamental para la gente, la certeza de la trascendencia del fútbol ya no admite dudas. Puesto que es uno de los grandes símbolos de nuestro tiempo, requiere de la simbología que lo identifique como religión universal. Los estadios hacen ese trabajo. Lo hicieron con modestia en los primeros años del siglo XX, en recintos sin pretensiones que sólo pretendían acoger a las pequeñas comunidades: una ciudad o un barrio. En estos lugares se jugó hasta que el fútbol dio noticias de lo que sería la globalidad. También fue pionero en esto. Cuando el fútbol traspasó el barrio y las ciudades, y después los países, y los continentes, cuando en un pueblo de Uganda se puede ver a un niño con la camiseta del Barça o del Madrid, cuando una antena parabólica capta en la selva amazónica los partidos de Old Trafford o San Siro, entonces no hay manera de disimular que el fútbol es más que fútbol.

La Copa del Mundo comienza el viernes en Múnich, en un estadio que impresiona desde fuera como sólo lo pueden hacer las construcciones destinadas a definir una época. Con su forma de colchón flotante, el estadio es la consagración del nuevo interés de la arquitectura por el deporte, y especialmente por el fútbol. En el mejor de los casos, los estadios habían sido recintos funcionales, con algunos toques distintivos en ocasiones. El arco de San Mamés pertenece a esa categoría creativa. Hay otros pocos y viejos estadios que añaden brillantes toques arquitectónicos, pero su tiempo ha pasado. En esos estadios adorados por los aficionados, no hay sitio para la comodidad, ni para la tecnología, ni para la seguridad. San Mamés es el viejo fútbol, privado de las adherencias que lo han convertido en un fenómeno abrumador. El estadio de Múnich, diseñado por los suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron -autores, entre otros proyectos, de la Tate Modern de Londres- escenifica el triunfo de un nuevo modelo, donde la vanguardia artística se implica en el negocio. No es sorprendente que en el mundo fenicio donde se mueve el fútbol actual, el estadio se vea privado de su nombre durante un mes. Allianz, la compañía de seguros que adquirió los derechos para registrar su nombre en el estadio durante 30 años, no podrá utilizarlos en los próximos 30 días. Durante este plazo, la FIFA dispone en exclusiva de esos derechos. Eso es el fútbol en estos días, un inmenso escenario, fundamentalmente económico, que requiere templos a su medida, donde los arquitectos más prestigiosos compiten en una carrera que no siempre produce resultados satisfactorios. Es más, la mayoría de las veces apunta hacia un horizonte excesivo en las formas y vacío en el fondo. Será la señal del fin de otro imperio. El del fútbol.

sábado, junio 23, 2007

DIEGUITO por Mario Benedetti

Por si a alguien le queda duda, a Diego Armando Maradona

Hoy tu tiempo es real,
nadie lo inventa.
Y aunque otros olviden tus festejos,
las noches sin amor quedaron lejos
y lejos el pesar que desalienta.

Tu edad de otras edades se alimenta,
no importa lo que digan los espejos,
tus ojos todavía no están viejos
y miran sin mirar más de la cuenta.

Tu esperanza ya sabe su tamaño
y es por eso que no habrá quién la destruya.
Ya no te sentirás sólo ni extraño.
Vida tuya tendrás, y muerte tuya.
Ha pasado otro año
y otro año le has ganado a tus sombras
¡Aleluya!

Mario Benedetti es escritor uruguayo

miércoles, junio 20, 2007

ESPEJISMOS FUTBOLÍSTICOS por Vicente Verdú


(...)

El partido se desarrolla sin libreto, a diferencia del cine, el teatro o el telefilme; cuenta pues con los componentes de una aventura de la que se ignora el proceso y, sobre todo, el final. El marcador, justiciero, inapelable y total. De esa manera el espectáculo deportivo y significativamente el partido de fútbol (donde la predicción es notablemente menor, debido a las dificultades de control con el pie y a las inevitables irregularidades del campo) se presenta como la vida misma expuesta a lo largo de la cancha.

La justicia, el azar, el esfuerzo, la colaboración entre amigos o familiares, la adversidad, la suerte, acuden al campo como atributos capitales de la vida misma. El espectador sigue el espectáculo y obtiene una doble gratificación posible: la oportunidad estética del buen juego (no siempre garantizada pero crecientemente promovida por los clubes-espectáculo), y la vivencia de una vida "real" en paralelo: fuera de sí pero afectando emotivamente el interior. Con una ventaja impagable: cuanto sucede en la cancha nos afecta de verdad pero en la conclusión el daño recibido es "de mentira". La decepción de un mal resultado amarga la velada pero nada comparable a un revés familiar.

De esa manera el juego se hace doblemente: se juega dentro y fuera del césped, se juega con las emociones de verdad (para degustarlo mejor) y de mentira (cuando son negativas) para protegernos de su falso dolor. Los aficionados sufren así, se desesperan, confían, se desalientan, se ven recompensados por la justicia o por el destino tal cómo ocurre fuera del recinto pero la dosis que se recibe en el encuentro se desvanece sin consecuencias poco después.

En cuanto a todo el proceso de vivencia como hincha, el ciudadano recibe de su equipo un aporte estatutario que no encuentra en su discurrir normal. Su equipo le representa y actúa por él dentro de un nivel superior, a una altura inalcanzable. La adherencia de un aficionado a un club grande eleva simbólica o psicológicamente su talla, le reconforta integrado en una empresa común.Los equipos de fútbol en la Liga española y otras participantes en la Champions League son conjuntos cuajados de figuras estelares, multimillonarios en dólares, internacionalmente famosos, planetariamente deseados, profesionalmente reverenciados. La luminosidad de esta conjunción convierte el espectáculo del fútbol en una experiencia extraordinaria que si traspasa lo real en cuanto a sus grandes metáforas, no lo anula, sin embargo, por completo.

El partido toma de lo real los caracteres del drama pero desborda lo común en cuanto que cada encuentro es motivo de transmisiones en las que participan cientos de millones de oyentes y telespectadores. Gentes de todas las clases que, al igual que cada uno de nosotros, comulga con el mismo suceso. Un suceso tan excepcional que nos asciende, tan global que nos trasciende.

De esta manera el fútbol nos electriza, nos exalta. Porque incluso los reveses que se padecen en cuanto aficionado tienen el carácter, dentro de la hinchada o en toda la nación, de las grandes derrotas bélicas. El fútbol, grande en sí, multiplica nuestras proporciones, nuestros registros emocionales e imaginarios y nos ingresa en un ámbito de fascinación ¿Una ilusión? ¿Una niñada? Efectivamente. El mundo está puerilizado y tiende cada día más a esta condición. Es necesario hacerse niño para cultivar la ilusión de un hincha. Pero cuando esta misma ilusión es, además, vivida masivamente y las ciudades se detienen, las calles se desertizan y los actos políticos o la justicia se aplazan a causa del partido, algo serio y real ocurre a la vez.

El fútbol, más que otros deportes, ha logrado este nuevo sortilegio. Ha conseguido introducirse en lo social con un efecto hiperreal: más real que lo real sin ser precisamente de este mismo mundo. Una nueva naturaleza real/irreal en el ejercicio de vivir infantilmente y asociada a otros casos de clonación o remedo de lo real que definen en conjunto una nueva etapa del sistema que he llamado "capitalismo de ficción", en un intento de definir el nuevo y transparente estilo del mundo.

Vicente Verdú es escritor y periodista. Extracto del artículo "Espejismos deportivos" en EXIT, Imagen & Cultura nº 15 , agosto/septiembre/octubre 2004

lunes, junio 11, 2007

LO DICE GALEANO

Retomando. Hoy intento cogerle el pulso al blog después de unos días sin saber si seguir subiendo artículos o dejarlo aparcado. Para continuar rescato una "vieja" cita de Eduardo Galeano que argumenta (que no justifica), en gran medida, el sentido de esta página. Siempre magistral, Galeano es uno de los iconos de este blog. No hacía falta jurarlo.

PD: Gracias

"El mundo intelectual siempre ha adoptado una actitud despectiva y arrogante con el fútbol y todo lo que este deporte desata como pasión colectiva. Este juego ha sido condenado por intelectuales de derecha e izquierda. En la derecha, porque, dicen, es la prueba de que el pueblo piensa con los pies; y en la izquierda, porque creen que el fútbol tiene la culpa de que la gente no piense. Por suerte, en estos últimos años la actitud ha cambiado. Muchos intelectuales han salido del armario, como dicen de los homosexuales. Tenían vergüenza de su pasión y ahora ya la muestran y hablan de ella.

Siempre, claro está, que se juegue bien. Me refiero a esos partidos en los que se juega por jugar y no por ganar. El balompié es un deporte que sirve para limpiar el alma y cuidar el cuerpo."

Eduardo Galeano es escritor uruguayo

lunes, mayo 28, 2007

Historias del Calcio. ÚLTIMAS NOTICIAS


Fin de curso en el calcio. Estas son las últimas noticias.

1. El Inter, campeón, concluye la temporada con unas cifras de vértigo. Acumula 97 puntos, 22 más que el segundo clasificado; ha ganado 30 partidos, empatado siete y perdido sólo uno. Ha marcado 80 goles. Es un resultado asombroso, después de tantos años de miseria. La sociedad organiza una gran fiesta, pero los jugadores optan por celebrar el éxito a su manera. En el entrenamiento del sábado, Toldo y Materazzi se lían a puñetazos. Córdoba pega una patada a Ibrahimovic. Ibrahimovic, la estrella arrebatada al Juventus el año pasado, se fotografía con Luciano Moggi, el gran corruptor, y se ofrece públicamente al Milan. Adriano concluye su exhaustiva investigación sobre las discotecas milanesas justo a tiempo para la fiesta; acto seguido se marcha de vacaciones a Brasil para efectuar ulteriores investigaciones nocturnas. Perspectivas óptimas para el año próximo.

2. El Juventus, campeón de la Serie B, regresa a la máxima categoría. El entrenador, Didier Deschamps, lo celebra dimitiendo. Había pedido los fichajes de Gerrard (Liverpool), Toni (Fiorentina) y De Rossi (Roma), pero llega Iaquinta (Udinese). Buffon, el portero-mito, parece también dispuesto a marcharse. El portazo de Deschamps es acogido con fruición por la directiva: "No impediremos que se vaya". Los jugadores se declaran desolados. La directiva quiere que vuelva Marcello Lippi, pero el técnico campeón del mundo prefiere seguir en paro hasta que juzguen a su hijo Davide, acusado de pertenecer a la red mafiosa de Luciano Moggi. La fiesta juventina es aún más amarga que la interista.

3. El pequeño Chievo, representante de un barrio de Verona, acompaña a Ascoli y Messina a la Serie B. Es una de las sociedades más simpáticas, cuenta con los tifosi más pacíficos y hasta ahora desconocía el sabor del peor trago: siempre había subido, peldaño a peldaño, hasta alcanzar hace siete años la Serie A. Su propietario y presidente, el pastelero Luca Campedelli, de 38 años, encaja con dignidad un desastre que pareció improbable hasta el último minuto. Hace honor a su padre, el pastelero Luigi Campedelli, de quien heredó el club. El lema del patriarca Campedelli está enmarcado en las oficinas: "Es mejor callar y parecer tonto, que abrir la boca y despejar cualquier duda al respecto".

4. Totti anota dos goles en el último partido, frente al Messina, y alcanza los 26. Sólo Van Nistelrooy parece en condiciones de arrebatarle la bota de oro. Lo de Totti tiene su mérito: juega con una placa metálica y un montón de clavos en una pierna, es un centrocampista reconvertido en ariete y ha fallado siete penaltis (el último, ayer).

5. El Redemptoris Mater gana la Clericus Cup, la liga vaticana. Los futbolistas del Redemptoris forman parte del Camino Neocatecumenal del español Kiko Argüello (los llamados kikos) y se alzan con la final gracias a un gol de penalti injusto que provoca una tangana. El árbitro, tras varias tarjetas amarillas, disculpa las protestas de la derrotada Universidad Lateranense: son curas, pero esto es una final, explica. Matiocco, el jugador más popular del Red Mat (nombre con que se conoce al Redemptoris), no juega el partido decisivo, pero desde la grada le animan lo mismo: "Juegue bien, juegue mal, Matiocco cardenal".

Este corresponsal concluye sus historias, da las gracias y se despide.

Enric González es autor de Historias del Calcio


NOTA: Reconozco que me ha recorrido un extraño frío cuando he leído la última frase que Enric González ha dejado en su pieza de hoy. Tengo la impresión que no hay mucho lugar a las dudas, esto se acaba.

No he leído nada al respecto sobre lo que parece un final. No sé si Enric desarrollará su trabajo como corresponsal en otro lugar del mundo, si se ha cansado de deleitar semanalmente con esas historias que hacen del calcio, o del fútbol, algo muy distinto a lo que se estila en tantas páginas de periódicos (por no hablar de otros medios), o si es que abandona El País. Ni idea. Tal vez me esté equivocando y tan sólo sea la despedida de la temporada, pero tengo la impresión que no es así.

Este blog se creó para ir guardando, para consumo propio, esos extraños artículos, irónicos y divertidos, brillantes e ilustrados, que un día descubrí en las páginas de Deportes de El País, y que desde ese momento me hicieron totalmente dependiente de su lectura semanal obligatoria. Ahora me planteo si tiene sentido continuar esto sin las Historias (así, con mayúsculas) que se han ido robando cada lunes. Probablemente siga, y continúe recogiendo pequeños o grandes relatos que pretendan hacer del fútbol algo más que una mera banalidad, en muchos casos carente de cualquier sentido próximo a lo racional. Ahora mismo no lo sé, ya que acabo de leer el artículo y sacar esa conclusión.

En definitiva, si así fuera (ojalá que no) sólo quería dejar constancia de mi admiración y gratitud por el placer que Enric González me ha proporcionado estos años desde su rincón de los lunes, descubriendo tantas historias paralelas y transversales en torno al mundo del fútbol y, simultáneamente, a un país tan “sui generis” como Italia. Y es que, aparcando clichés y tópicos que giran (no sin razón) en torno al periodismo “futbolístico”, estas Historias iban mucho más allá de todo eso, algo que, sin duda alguna, muchos de los que por aquí pasaron van a echar mucho de menos, estoy seguro.

Por todo, y esperando seguir leyéndolo, sólo quería decirle a “ese corresponsal”: gracias por todas y cada una de las Historias del Calcio que nos ha regalado.

JM Román

lunes, mayo 21, 2007

Historias del Calcio. LA EXPIACIÓN Y LA SOBERBIA




El fútbol no se parece a la vida. El fútbol, como la literatura o la música, flota por encima de las leyes de la física, la biología y la moral. Es una ficción soñada por un demente y ahí, probablemente, radica su gracia.

No hablamos del trabajo de quienes lo juegan o lo estudian. Eso es otra cosa. Las libretas de Benítez no dieron el éxito al Liverpool en la final de Estambul contra el Milan ni bastó el esfuerzo de sus futbolistas para explicar aquella galopada hacia el empate y la victoria, pero sin libretas y sin esfuerzo (y una fe ciega) no habrían llegado a ninguna parte.

El mérito del Juventus queda fuera de discusión. Atravesar de punta a punta el infierno de la Serie B en un solo año resulta muy difícil incluso para un equipo abundante en campeones. Y hacerlo con un lastre de nueve puntos negativos complica más las cosas. Ayudaron las rebajas disciplinarias (la penalización inicial era de 30 puntos) y alguna benevolencia arbitral (ningún árbitro quiso cargar con la responsabilidad de retardar el regreso de la Señora, la reina del calcio), pero eso no limita la condición heroica de quienes se quedaron en el equipo para luchar y enfangarse. Tipos como Del Piero, Nedved y Buffon se han ganado el reconocimiento eterno de la parroquia blanquinegra.

Alessandro del Piero, de 32 años, futuro dirigente de la sociedad turinesa, exultó al concluir el partido contra el Arezzo. El 1-5 les colocaba de nuevo en la Serie A. Del Piero, con 20 goles esta temporada, fue el mejor símbolo del mejor Juventus: recordó que se había "expiado una pena" y se declaró "absolutamente feliz". Dijo lo que había que decir, con una sonrisa. Quizá no sea el mejor futbolista italiano de su generación, pero es de largo el más inteligente y el más simpático.

Era necesario recordar que la Juve había tenido que expiar las culpas de su ex director general, Luciano Moggi. No bajó de categoría por arte de magia, sino como castigo por varias temporadas de manipulación arbitral, corrupción de dirigentes federativos y, en palabras de un fiscal, "comportamiento típicamente mafioso". Era necesario expiar para redimirse. Y las desgracias no fueron sólo deportivas: la muerte de Romeo, el viejo utillero; el intento de suicidio de Pessotto; la tragedia que acabó con la vida de dos muchachos del equipo juvenil, ahogados en un estanque junto al campo de entrenamiento...

Los futbolistas y la renovada directiva ya han cumplido. Más allá, en el universo forjado por los sueños de un demente, hay quien no ha cambiado. El sábado, un centenar de tifosi se congregaron en el centro de Turín para negarlo todo. Moggi no hizo nada malo, el Juventus jamás gozó de favores arbitrales, todo fue una conspiración. Habrá quien lo crea toda su vida. No importa. La soberbia irracional suele costar muy cara en la realidad. En el mundo onírico del fútbol sale casi gratis. Sólo un puñado de personas celebraron la difícil proeza del ascenso, y lo hicieron de la peor forma. Lástima. El equipo de la redención merecía algo más.

El nuevo utillero, Franco Monetta, fabricó unas camisetas para celebrar el retorno. Eran de color rosa, el color fundacional del Juventus, y llevaban la inscripción "B...astA". El entrenador, Didier Deschamps, no quiso ponerse la camiseta conmemorativa. "El rosa es feo; en Francia, es el color de los maricones", dijo. Inteligencia, tacto y humildad. Si hay que guiarse por Deschamps, la Juve, el club más glorioso del calcio, ha vuelto a la Serie A con toda su simpatía de siempre.

Enric González es autor de Historias del Calcio

lunes, mayo 14, 2007

Historias del Calcio. JOE RED


Cuando un equipo llega a enero ya en situación desesperada, suele cambiar de entrenador. También tiene la opción de conseguir por unos meses a un futbolista curtido, un campeón capaz de elevar la moral de sus compañeros, dirigirles sobre el campo y asumir la responsabilidad en los momentos decisivos. El Parma parecía desahuciado y tomó ambas medidas: contrató a un nuevo técnico y logró que el Manchester United le cediera una pieza contrastada de su plantilla.

Claudio Ranieri, veterano trotamundos, se sentó en el banquillo del Parma el 12 de febrero. El calcio estaba conmocionado por los disturbios de Catania, en los que perdió la vida, en circunstancias aún confusas, un policía. En esos días de luto, Ranieri llegó, lució su habitual sonrisa y lanzó un escueto mensaje a la plantilla y al público: "Desde ahora, a muerte". Es difícil meter más la pata con menos palabras. En Parma se prepararon a hacer el viaje desde Guatemala a Guatepeor.


Sólo quedaba confiar en el futbolista recién llegado desde Manchester. Había que tener fe en ese hombre, que había debutado el 21 de enero y había hecho justo lo que se esperaba de él: puso orden, marcó un gran gol e hizo que el Parma lograra su primera victoria en 10 partidos. Demostró que podía jugar como centrocampista, como punta y como extremo. Su experiencia se lo permitía.


En las semanas siguientes, el nuevo líder del equipo se lo echó todo a la espalda. ¿Un penalti a favor en el último minuto? Ningún problema, ahí estaba Joe para marcar. ¿Un gol imposible en el minuto 91? Ningún problema, Joe cazaba un balón al vuelo fuera del área y hacía un destrozo en la red del Livorno. Joe corría, sonreía, distribuía balones sin fallar nunca, animaba a los demás y resolvía marcadores. Ayer consiguió su noveno gol. Y el Parma empezó a pensar que la salvación estaba hecha.


Joe, el héroe tranquilo y cargado de experiencia, acaba de cumplir 20 años. Nació en Nueva Jersey, hijo de inmigrantes italianos. La familia regresó a Italia y colocó al chico en los alevines del Parma, donde creció como futbolista. Aquél era un Parma potente. Su propietario, el magnate Calisto Tanzi, dueño del holding alimentario Parmalat, reunió en el equipo a gente como Buffon, Cannavaro, Thuram y Crespo. Aquéllos fueron los ídolos del pequeño Joe. En 2004 se produjo el desastre: se descubrió que Parmalat era un colosal fraude financiero, el magnate Tanzi fue a la cárcel y la sociedad futbolística, comisariada por el Gobierno al igual que el resto del holding, liquidó todo lo vendible. Uno de los que se fueron al final de esa temporada negra fue el pequeño Joe. El Manchester United se lo llevó por sólo 200.000 libras esterlinas.


El nombre de Joe es Giuseppe Rossi, el más común en Italia. En Estados Unidos le llamaban Joe, y en Manchester tradujeron también el apellido: Joe Red. Alex Ferguson le hizo debutar de inmediato en el primer equipo y no le tuvo nunca en el banquillo: si no era titular con los mayores, lo era con los juveniles. En la temporada 2005-06 marcó 26 goles en 26 partidos. Luego fue cedido al Newcastle, para que siguiera fogueándose en el campeonato más competitivo del mundo. Ferguson le definió de forma categórica: "En las cercanías del área es el jugador más eficaz de todo el club". Sabiendo lo que tienen los red devils, eso fue más que un elogio.


Giuseppe Rossi, Joe Red, volverá a Inglaterra en junio. El Manchester United necesita a futbolistas curtidos como él, capaces de manejarse igual de bien en los grandes espacios británicos y en las estrechas callejuelas del calcio para alcanzar la cima europea.


Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, mayo 12, 2007

LA INCREIBLE LIGA DE MR O'CONELL por Victorio Duque de Seras

Ahora que corren muy malos tiempos para la causa.




27 de abril de 1935. Al día siguiente se juega el último partido de Liga. El Betis Balompié necesita la victoria en Santander para proclamarse campeón. El entrenador bético, Patrick O'Connell, y su jugador Larrinoa, que habían pertenecido al equipo cántabro, se acercan al hotel donde está concentrado el Racing para saludar y "sondear" el ambiente.


-Vosotros ya no os jugáis nada. Mañana no os mataréis para ganarnos, ¿no?, pregunta O'Connell.
-Lo siento, míster. El Madrid nos está presionando para que os ganemos. Nuestro presidente, José María de Cossío, que es madridista, nos da mil pesetas por cabeza si os ganamos.
No había otra opción: había que ganar en el terreno de juego. Patrick O'Connell (Dublín, 1887-Londres, 1959) recordó seguramente entonces aquel partido entre el Manchester United y el Liverpool que pasó a la historia del fútbol inglés como el más corrupto de su historia: el conocido como The fixed match (el partido amañado). Corría el año 1915 y Patrick O'Connell era el capitán del Manchester. Un grupo de jugadores de ambos equipos quedó en un pub de Manchester, y acordaron cruzar una apuesta de 8 a 1 a que el resultado final del encuentro iba a ser de 2-0 a favor del United. El partido, disputado el Viernes Santo de 1915, quedó 2-0. El capitán O'Connell tuvo la ocasión de engordar el marcador de penalti. Pero lo lanzó cerca del banderín de córner...
Alguien debió de irse de la lengua y ocho jugadores fueron suspendidos a perpetuidad. Dos de ellos murieron en la Primera Guerra Mundial, y cinco fueron perdonados al reconocer el fraude. Sólo uno, Enoch Knocher West, cumplió el castigo al mantener su inocencia toda la vida. Hoy, su nombre está en el cuadro de honor de los jugadores del Manchester United junto a los de Beckham, Cantona, Best o Bobby Charlton. O'Connell, curiosamente, salió libre sin cargos.
O'Connell, el medio centro defensivo del Manchester, se había hecho famoso al ganar la Triple Corona (torneo entre selecciones británicas) unos años antes con Irlanda por primera vez en su historia. Lo consiguió en lo que se llamó El Partido de los 9 Hombres y Medio. Aquel encuentro lo disputaron Irlanda y Escocia. A poco de empezar, Irlanda perdió a un hombre por lesión. Al no haber cambios siguieron con diez. Momentos más tarde rompen un brazo a O'Connell. El irlandés decide seguir el partido y ganar el torneo.
La vida de O'Connell tuvo siempre un destino: el fútbol. Un destino que le hizo dejar a su numerosa familia a principio de los años veinte en Inglaterra, y entrenar en España al Racing de Santander, al que logró clasificar brillantemente para la disputa del primer Campeonato de Liga en 1928. Tras pasar por el Oviedo recaló en el Betis en 1932 y en el Barcelona en 1935.
El 18 de Julio de 1936, el entrenador del Fútbol Club Barcelona pasa las vacaciones en Irlanda. Dos meses más tarde no duda en dirigirse a Barcelona a continuar su labor. Si había sobrevivido a una Guerra Mundial jugando al fútbol, podía sobrevivir a una absurda guerra civil entrenando. El republicano declarado O'Connell es protagonista de la famosa gira del Barça por México durante la contienda fratricida. Ese protagonismo le cuesta la salida del país, adonde regresa en 1940, no se sabe cómo, para entrenar al Betis y al Sevilla, instalándose definitivamente en la capital hispalense. Concretamente, en la calle Progreso número 29.
En todos esos años, la familia O'Connell, que vivía en Manchester, recibía de vez en cuando un giro postal con dinero de España. Su hijos idolatraban las fotos de un padre al que no conocían, y al que consideraban un héroe. Un 12 de junio de 1949, en Dublín, España se enfrenta a Irlanda. Un joven aficionado irlandés preguntó a la delegación española, tras el partido, si conocían a un tal O'Connell que había entrenado en España.
-Soy su hijo Daniel, y hace un tiempo que no sabemos nada de él.
Guillermo Eizaguirre, el seleccionador, es sevillano. Le dice que O'Connell vive en Sevilla. Aquel aficionado irlandés reúne el dinero suficiente y un año más tarde viaja en busca del padre desconocido, al que no veía desde hacía treinta años. Ese viaje está contado por el propio Daniel en un relato titulado Viaje a Sevilla en Tercera Clase.
Al llegar, lo que Daniel soñaba como un cálido recibimiento se torna en trato frío y distante. O'Connell le cita en el Parque de María Luisa. Lo primero que hace su padre no es preguntarle por la familia, sino por la marcha del Manchester United. Daniel es presentado en sociedad en Sevilla como el sobrino de O'Connell. Los indicios se convierten en certezas en la cabeza del joven. Empieza a entender que su padre tiene otra familia en Sevilla. Las preguntas del recién llegado se suceden vertiginosamente:
-Papá, ¿cómo es España?
-España es como un partido de fútbol en el que los dos equipos intentan corromper al árbitro.
-Papá, ¿cómo es Sevilla?
-Sevilla es un lugar donde la gente vive como si se fuera a morir esta noche.
-Papá, ¿es cierto que ganaste la Liga con el Betis?
-Sí. Un 28 de Abril de 1935, en Santander. Ganamos 0-5. Era la Feria de Abril, la fiesta de aquí.
-Papá...
Daniel nunca se atrevió a hacerle a su padre la pregunta definitiva. El mito se había humanizado cruelmente en aquel viaje a Sevilla. La madre de Daniel nunca lo supo o nunca lo quiso saber, y amó al ausente capitán del Manchester United hasta el fin de sus días. El 28 de abril de 2007, Feria de Abril. En Sevilla se inaugura un monumento al equipo del Betis que llevó la Liga a la Feria en 1935. Gracias, Mr. O'Connell.

lunes, mayo 07, 2007

Historias del Calcio. EL FINAL DE LA PRIMAVERA


En Sicilia hay dos primaveras. Una, estacional, se repite cada año con un estallido de luz y aromas. La otra es anímica y de periodicidad irregular. Se habla de primavera siciliana cada vez que brota en la isla una llamarada de resistencia cívica contra la mafia, o cuando repunta fugazmente la economía, o cuando los equipos de fútbol locales obtienen algún éxito. Esa primavera del ánimo suele ser efímera.


Dos años atrás, en 2005, el calcio siciliano empezó a disfrutar de una primavera deliciosa. Palermo y Messina se encontraron en la Serie A y un soplo de aire cálido llenó los estadios. Las gradas de Palermo y Messina vibraban de entusiasmo. El aparente renacimiento se completó en 2006 con el ascenso del Catania. Tres equipos en la máxima categoría: sólo la región más rica de Italia, Lombardía, tenía con el Inter, el Milan y el Atalanta un peso igual al de Sicilia.


Una historia edificante simbolizó esa primavera. Fue la de Giuseppe Sculli, un prometedor muchacho siciliano que jugaba en el Verona y acababa de alcanzar la internacionalidad sub 21. Sculli era nieto de Giuseppe Morabito di Africa, uno de los principales jefes de la mafia calabresa, la N'drangheta. Tras 12 años en paradero desconocido, Morabito di Africa fue detenido en el estadio del Verona: la policía supuso, con acierto, que el mafioso no resistiría la tentación de ver jugar a su nieto y distribuyó agentes entre el público.


El joven Sculli fue fichado por Luciano Moggi para el Juventus, pero la detención del abuelo le hundió anímicamente. Lucianone, que, como se supo después, tenía mucha mano en muchas cosas, decidió que a Sculli le convenía un periodo de rehabilitación en el Messina. Allí jugaba Gaetano d'Agostino, hijo de un arrepentido de la Cosa Nostra y, como tal, condenado a muerte por la mafia. D'Agostino tenía la misma edad que Sculli y se había visto obligado a abandonar el Roma, en el que se entrenaba con escolta, por causas más graves que las de Sculli. Los aficionados acogieron con calor a los dos muchachos. D'Agostino, centrocampista, y Sculli, atacante, recuperaron un buen nivel. Este espacio recogió la historia de los dos refugiados en septiembre de 2005.


La buena temporada del hijo del arrepentido y del nieto del jefe mafioso llamó la atención de otros equipos. Un año después, sus destinos se separaron. D'Agostino se fue al Udinese. Ayer jugó y perdió frente al Cagliari. Sculli se fue al Génova, a punto de ascender a la Serie A, pero ayer no jugó. Lleva tiempo sin hacerlo.


Poco después de llegar a Génova, Giuseppe Sculli fue acusado de asociación para delinquir (típico delito mafioso) por un juez de Reggio Calabria. Luego, fue acusado de participar en una campaña de amenazas contra los habitantes de Bruzzano Zefirio, un pueblecito calabrés, encaminada a conseguir la reelección de la alcaldesa Rosa Marrapodi, presunto peón de la N'drangheta.
Sculli está pendiente de proceso. No juega porque también se descubrió que, cuando formaba parte del Crotone, había amañado un partido para que ganara el rival, precisamente el Messina. El pasado 28 de noviembre, la justicia deportiva le descalificó por ocho meses.


La primavera de Sculli, aquel chico que parecía la víctima inocente de los delitos de su abuelo, duró muy poco. También resultó breve la primavera del Messina, que ayer, vencido 0-1 por un Inter desganado, perdió toda esperanza de salvación. El Messina, como el Ascoli, penará en la Serie B la temporada próxima. El Catania, castigado por los terribles disturbios de febrero, en los que murió un policía, está a sólo tres puntos del descenso. Y el Palermo, que allá por diciembre parecía aspirar al scudetto, lucha por conseguir una plaza en la Copa de la UEFA.


Se acabó la primavera de Sicilia.


Enric González es autor de Historias del Calcio

martes, mayo 01, 2007

Historias del Calcio. EL BAÑO

Tras el derby mediocre de ayer, 0-0 y a casa, el Roma y el Lazio cierran la temporada. Ya está todo vendido. El Roma terminará segundo y clasificado para la Liga de Campeones; el Lazio, tercero o cuarto, jugará los preliminares de ese torneo. Los romanistas quedan por delante de sus rivales y, en teoría, deberían estar más contentos. En realidad, no lo están. El alivio llegará con el tiempo, cuando los años difuminen ciertos recuerdos y resalten otros. Los resultados se guardan en la memoria y amarillean como el papel. Las leyendas metropolitanas gozan de vida propia y no se marchitan jamás.

La gente giallorossa tiene aún clavada en el corazón la estaca de Manchester. Aquel 7-1 dejó por los suelos su discreto prestigio internacional y propició decenas de chistes. Menos abrumador, pero no menos doloroso, fue el rotundo 3-0 con que el Lazio ganó el derby de la primera vuelta. Aunque la clasificación final favorezca al Roma, los enfrentamientos directos y el 7-1 inglés pintan una sonrisa en los labios laziales.

Pero hay que tener en cuenta el baño. Lo del baño ocurrió el 10 de diciembre, inmediatamente después del primer derby de la temporada. Delio Rossi, el entrenador del Lazio, prometió a sor Paola, monja de gran autoridad entre los tifosi del equipo, que, en caso de victoria, se daría un chapuzón en la fuente del Gianicolo. No le importaba el frío: Rossi, por entonces aún muy discutido por el despido de Paolo di Canio (el de los saludos fascistas), quería demostrar que estaba dispuesto a dar la salud por la bandera blanquiceleste.

Delio Rossi cumplió su palabra. Esa misma noche, con el cuerpo caldeado por la victoria, el técnico subió al Gianicolo y, rodeado de cámaras, se zambulló en el agua. Concluida la experiencia y bien envuelto en un albornoz, comentó que el agua de la fuente no estaba tan fría como esperaba.

A la mañana siguiente, el diario El Romanista (el nombre hace innecesaria una explicación sobre su tendencia) salió a la calle con un titular en romanesco: "A Delio Rossi, ce sei cascato!". ¿En qué trampa había caído el pobre Rossi? El diario lo explicaba con todo lujo de detalles.

Según El Romanista, en cuanto el árbitro silbó el final, unos 40 romanistas corrieron hacia el Gianicolo y descargaron su frustración sobre la fuente. Por decirlo de otra forma, orinaron en ella hasta deshidratarse. Poco después llegó Rossi. Y encontró el agua calentita.

No existen imágenes de la hazaña mingitoria y es posible que no ocurriera. Pero la broma, cierta o falsa, dio la vuelta al ruedo en todos los medios informativos. La leyenda del baño templado circulará mientras existan tifosi.

Delio Rossi no prometió nada para el derby de ayer. Y difícilmente volverá a proclamar urbi et orbe su intención de bañarse en una fuente romana. El hombre se equivocó en eso.

Durante todo el año ha confirmado, por otra parte, que es la gran revelación de los banquillos. Fue un jugador mediocre y se estrenó como técnico profesional en 1993, con la Salernitana: el público le pitó ya en el primer partido amistoso y, sin embargo, esa temporada consiguió el ascenso a la Serie B. Pasó sin pena ni gloria por el Foggia (1995) y el Pescara (1996) y en 1997 regresó a la Salernitana: logró un nuevo ascenso, a la Serie A. Se declara alumno de Zeman, profeta del fútbol ofensivo, y saca petróleo de cualquier plantilla. Lo demostró el año pasado, llevando al Lazio a la Copa de la UEFA, y lo ha demostrado éste, enganchando el equipo a la Champions.

Carece de carisma y su sentido de la higiene resulta discutible. En cuanto a lo demás, sabe lo que se hace.

Enric González es autor de Historias del Calcio

viernes, abril 27, 2007

Historias del Calcio. FIN DE SIGLO


Hay quien dice que, en términos históricos, el siglo XX concluyó el 9 de noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín y el fin de la utopía comunista. También se puede pensar que el siglo XXI comenzó el 11 de septiembre de 2001 con el primer ataque terrorista a gran escala. En esos mismos términos, quizá el siglo XX del calcio concluyó ayer, 22 de abril de 2007, con el 15º scudetto del Inter.

La historia contemporánea tenía una deuda pendiente con La Bienamada, la segunda institución futbolística más popular de Italia, por detrás del Juventus y por delante del Milan. No se podía cerrar el siglo de los horrores sin asistir a un irrepetible doble portento: el Inter campeón y la Juve, su gran rival, en Segunda. Nunca más veremos algo así. Es de suponer que el Inter se coserá, algún día, un nuevo scudetto sobre la camiseta. Pero (salvo nueva contratación de Luciano Moggi como director general) el Juventus no volverá a caer en el pozo.
Ha sido una temporada redentora. Hacía falta que la sociedad turinesa pagara por años de abusos. El descubrimiento de los amaños de Moggi fue casual (el teléfono interceptado de un mafioso) y podría no haber ocurrido, lo que subraya su calidad casi milagrosa. La afición juventina ha soportado un castigo severo; a cambio, no tendrá que soportar reproches la temporada próxima. El Juventus ha pagado y está limpio. La Vieja Señora podrá retomar con tranquilidad su vocación victoriosa. También se ha redimido el Inter: hacía falta que ganara de una vez para terminar con cientos de chistes viejos sobre su impotencia.
Dado que la vida nunca es perfecta, el Inter ha obtenido el scudetto igual que la última vez. Como en 1989, La Bienamada se ha salido de la tabla. Todo estaba ya cantado en febrero. El Inter no sabe dar drama a sus victorias.
Esto último es una reflexión típicamente interista. El aficionado negriazul siempre encuentra objeciones. Esta vez hay muchas: faltaba el Juventus en el campeonato, pasó lo que pasó en Valencia, se perdió el partido con el Roma, el título llegó en campo ajeno... Se trata, tal vez, de falta de costumbre. A ganar se aprende ganando. Y a perder, perdiendo.
En materia de derrotas, como se sabe, el interista es experto. En el pasado reciente cuenta con dos obras maestras del género. La del 26 de abril de 1998 se distingue por una crudeza estilizada: en el encuentro decisivo para el título, a falta de tres jornadas, se enfrentan el Juventus y el Inter, separados por un punto. En el momento decisivo, el defensa Iuliano derriba a Ronaldo dentro del área con una fogosidad casi sexual. El árbitro, Ceccarini, deja seguir el juego y en la misma jugada, segundos después, pita un penalti a favor del Juventus. Inolvidable.
Desde el punto de vista del desarrollo argumental, lo del 5 de mayo de 2002 fue todavía mejor. Jornada final del campeonato. Inter, 69 puntos; Juventus, 68; Roma, 67. El Inter debe ganar al Lazio en el Olímpico para asegurarse el scudetto y la afición laziale desea con todas sus fuerzas la victoria del adversario: no quiere que una carambola de último minuto favorezca al Roma. El Olímpico se entrega al Inter desde el primer momento y los jugadores del Lazio cooperan. Marcan Vieri y Di Biagio para el Inter, pero Poborsky, que no entiende de las cosas romanas, marca dos goles para el Lazio. El Inter percibe la inminencia de la tragedia y, siguiendo su instinto, se arroja de cabeza hacia ella. Simeone, ex interista, casi sin querer y sin celebrarlo, firma el 3-2. La cosa acaba en 4-2 con las dos aficiones amargadas. La del Inter, más, evidentemente. El scudetto de 2002 fue para el Juventus. El Roma quedó segundo.
El mal sabor de boca duró hasta ayer mismo.


Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, abril 22, 2007

¡AL SUELO, QUE VIENE MOURINHO! por Julio César Iglesias


Desde los mentideros del Bernabéu llega un rumor que huele a gomina: el Madrid quiere cambiar a Capello por Mourinho. Quizá se trate del clásico infundio primaveral, o más exactamente de un soplo para mover el banquillo, pero algunos de los mayores disparates que recordamos comenzaron así: un bulo para tantear a la afición, una cita en la ruta del bacalao, un par de comisiones bajo mano y ahí llega el tipo que se tragó la estaca.

Por si el supuesto se confirma, es oportuno decir que esta criatura tan enfadada representa un caso de transformismo sin precedentes. Durante su etapa como traductor de Bobby Robson en Barcelona fue un chico encantador: sonreía por precaución, llevaba de la mano a los niños que buscaban un lugar en la foto y tonteaba con los periodistas como un novio; era el perfecto candidato a un puesto de venta de limonada. Luego volvió a su país, hizo campeón al Oporto, declaró que en tres años había conseguido tanto como el Barça en un siglo, se caló la gorra de plato, se bordó unos galones en la bocamanga y dos días después se había convertido en el chusquero más zafio del cuartel. ¿Sufrió un empacho de celebridad o llevaba dentro el personaje desde la infancia?

Estaba cantado que alguien como él sólo podría ser el paladín de algún nuevo rico. De pronto apareció Roman Arkadievich Abramovich, uno de esos rusos sin pasado que empiezan vendiendo petróleo y terminan comprando un equipo inglés, y le hizo una oferta que no pudo rechazar.

Ya en Londres tardó poco en orientarse: descubrió rápidamente el bolsillo en que guardaba la chequera su patrón, empezó a pedirle futbolistas de carga y montó un equipo italiano en mitad de la Premier League. Ahora dicen que el hombre del mazo ha echado cuentas y está mordiéndose la lengua: es cierto que el Chelsea ha ganado algún título, pero, a despecho de una inversión descomunal y de su estricto cumplimiento de las peticiones del entrenador, no consigue superar el juego del Liverpool y se bate en retirada ante el Manchester United. Desde el fondo de su conciencia, es decir, desde su cuenta corriente, este mecenas con aire de bibliotecario ha decidido que José Mourinho no ha sido una buena operación: entre periodistas y acreedores le ha valido dos docenas de enemigos y le ha salido tan caro como el divorcio. Por eso ha dicho que la caja fuerte queda precintada; que no piensa gastar ni un penique más en corredores de maratón.

Si Mourinho viene, lo probable es que el Bernabéu siga siendo el teatro más aburrido de la capital y que el espectáculo siga estando en la sala de prensa. Salvo que cambie mucho, este hombre con piel de almendruco ofrece una dudosa garantía: dará portadas, pero dará sueño.

Conclusión: fichar a Mourinho es comprar a Capello por segunda vez. En resumen, una capellada.


Nota: Con respecto al artículo, y sin quitarle un ápice al personaje que él mismo se ha creado, creo que es de recibo reconocer todo lo conseguido por Mourinho con el Oporto, donde lo ganó absolutamente todo, como con el Chelsea, porque no sólo un inmenso talonario da los títulos deseados como insinua el autor.

martes, abril 17, 2007

Historias del Calcio. GRUÑIDO



Había que ver las caras al día siguiente, cuando el estupor empezaba a disiparse y la magnitud del desastre se perfilaba con claridad. La avalancha de chistes (el patrocinio de Seven Up...) y el sarcasmo de los rivales dolían, pero lo que más oprimía el pecho era la conciencia del pecado indeleble. Pasarán los años y el 7-1 seguirá ahí, una mancha eterna en los anales. Luciano Spalletti quiso que la plantilla al completo diera la cara y cada uno farfulló el mantra que le correspondía: "Hay que preservar la unidad" (Totti), "Todo nos salió mal y a ellos todo bien" (Panucci), "con el 2-0 tuvimos demasiada prisa por marcar" (De Rossi), "nos faltan suplentes" (Spalletti). Qué se le va a hacer. La mecánica más fina del calcio reventó en Old Trafford: un muelle por aquí, una tuerca por allá. Un reloj destripado. Una lástima.

Gattuso convive con Maldini, Pirlo, Seedorf, Kaká y Ronaldo. Cuando habla, todos escuchan
Por alguna razón, el desastre del Roma en Manchester y el éxito del Milan en Múnich generaron una misma reflexión, quizá deprimente, en numerosos comentarios: el hombre que marca la diferencia, el futbolista italiano más relevante en el calcio de hoy, es uno de esos tipos tan listos que prefieren pasar por tontos, torpes y obcecados. Se trata, como es obvio, de Gennaro Gattuso.


Él sigue empeñado en preservar su mala fama. Tras un partido de Italia en el pasado Mundial, un periodista le comentó que había sido el jugador más destacado de la selección. Cualquier otro habría respuesto con una ñoñez de manual. Gattuso, no. "No empecemos insultando al fútbol", masculló. Pero la evidencia empieza a ser demasiado meridiana como para ocultarla tras un par de gruñidos. El mismo Carlo Ancelotti lo reconoce: "En una escala del 1 al 10, la importancia de Gattuso en el Milan es de 10. Gattuso es el alma del equipo".


Los amigos le llaman Rino. Los tifosi, Ringhio (gruñido). Los puristas del fútbol le retirarían, si pudieran, la licencia federativa. Muchos le consideran un descendiente no evolucionado de los Stiles, los Vogts, los Stielike: perros de presa, sicarios al servicio del técnico. El respeto que se le depara en el vestuario de Milanello indica, sin embargo, que Ringhio es algo más que eso. Gattuso convive con un tótem viviente como Maldini, un delineante mudo como Pirlo, un ególatra hiperactivo como Seedorf y un par de talentos como Kaká y Ronaldo y, cuando él habla, los demás escuchan. Cuando grita, los demás reaccionan. Cuando bromea, los demás ríen.


Su presencia basta para relajar tensiones. Como Goliath para el Capitán Trueno, Biscúter para Carvalho, Sancho Panza para el Quijote o Haddock para Tintín, representa la comedia, la humanidad, el alma. Nació en Marina de Schiavonea, Calabria profunda, y cuando le fichó el Glasgow Rangers cenaba cada noche en un restaurante italiano; se casó, como corresponde, con la hija del dueño y, a su regreso a Italia, se construyó una mansión de indiano en Marina de Schiavonea.


Un futbolista con barba es ridículo o especial. Sólo se recuerdan los especiales: el último Best, el gran Hulshoff del Ajax, el belga Gerets, el doctor Sócrates. Con su barba, su autoironía, sus pies cuadrados y sus ojos de Martínez Soria, Ringhio parecía condenado al chiste. Se ha convertido, en cambio, en una prueba viviente de que en el fútbol, como en cualquier otro oficio, es posible aprender y mejorar, incluso cuando el talento natural es limitado. Gennaro Gattuso, campeón del mundo, de Europa y de Italia, se retirará algún día con un palmarés asombroso.


Un secreto: no tiene los pies cuadrados. Un dato estadístico: no es un jugador violento. Una evidencia: a él nunca le meterán siete.


Enric González es autor de Historias del Calcio

miércoles, abril 11, 2007

Historias del Calcio. EL CÓDIGO DEL PRESTIDIGITADOR


El fútbol es un lenguaje. Y en el calcio nadie domina ese lenguaje mejor que el Roma. Es una cuestión de estilo: la precisión con que la nube de centrocampistas desarrolla el diálogo; la riqueza del monólogo interior que se lee en Totti, participe o no en el juego; la fluidez sintáctica en situaciones espesas. También es cuestión de inventiva: un equipo sin ariete es un equipo sin desarrollo lineal, obligado a renunciar a la sencillez argumental y a moverse en espirales. El técnico, Luciano Spalletti, no se asemeja en nada a Julio Cortázar. Su fútbol, sin embargo, luce las hechuras de Rayuela.

Para Spalletti, el balón es como La Maga de Rayuela: un elemento imprescindible, porque lo inspira todo, pero no siempre visible. El movimiento de la nube de centrocampistas (Pizarro, De Rossi, Perrotta, Totti) se basa en el código del prestidigitador. Los dedos nunca son más rápidos que la vista, y los futbolistas no son más rápidos que el balón. Pero es hermoso creerlo. El truco consiste en desviar la atención: cuando la pelota está aún atrás, entre los pies de Pizarro, el espectador ya mira hacia delante, hacia esos tipos que se cruzan en diagonal, tratando de adivinar la carambola. La defensa rival, como el espectador, se distrae por un segundo. Por eso el balón parece llegar de ninguna parte al lugar menos previsto. A veces no pasa nada. Pero todo pasa muy rápido. Eso es el Roma.

El Inter es una conciencia atormentada, una redención imposible. Tiene de su parte la razón y actúa con la mejor voluntad. Desarrolla un juego de factura clásica, amplio, de gran respiración. No pierde nunca. El scudetto ya es suyo. Como en Crimen y castigo, sin embargo, el principal protagonista del calcio es perseguido por una sombra. Como Raskolnikov, el Inter creyó hacer justicia acabando con un personaje mezquino y corruptor (la vieja usurera sería en este caso el Juventus de Luciano Moggi). Ahora se descubre obsesionado por la Juve, a la que en cierta forma ha suplantado. Aún no sabemos cómo, pero sabemos que la novela interista desemboca en un purgatorio siberiano.

El Milan es un texto larguísimo, inacabado, crepuscular, en el que los vestigios de un pasado glorioso conviven con un proyecto indefinido. En su novela se desconoce el argumento, se reflexiona sobre la modernidad y se añora un tiempo mejor mientras se busca el futuro. Hasta los héroes jóvenes, como Kaká, padecen la erosión de la nostalgia. Las joyas de Milanello relucen con la tristeza dorada de un baile austrohúngaro. El técnico Carlo Ancelotti posee algo similar al mejor novelón infumable de todos los tiempos: El hombre sin atributos, de Robert Musil.

El Lazio ya es tercero. Nadie se explica el portento de una narración espléndida trenzada con mimbres toscos. Comenzó con puntos de penalización, es un club técnicamente en la ruina, la grada pita al presidente y no hay forma de disipar la imagen de institución filofascista. A falta de otra explicación convincente, debe ser cosa de talento. Como Las hijas de Rebeca: Dylan Thomas, un genio borracho, escribió para el cine la historia de unos rebeldes galeses disfrazados de mujer; la historia no se filmó (hasta mucho más tarde, y mal) y el artefacto quedó en el aire, colgado de su propia magia. El Lazio y sus bucaneros son Las hijas de Rebeca: una extraña delicia.

Enric González es autor de Historias del Calcio

lunes, abril 02, 2007

Historias del Calcio. UN ASUNTO DE FAMILIA


Los países de tradición católica no suelen ser puritanos. El mecanismo de la confesión y la penitencia genera conciencias elásticas. Por eso el Vaticano vive pendiente de España e Italia: teme que el escepticismo religioso nos lleve a la amoralidad y la indecencia, sin estaciones intermedias. Y hace algo parecido a una oferta. Vale con que no vayan a misa, viene a decir, pero protejan la familia tradicional. En esta defensa, la Iglesia católica utiliza argumentos relacionados con la moral, la historia, la pedagogía, la psicología, la sociología y el derecho. Quizá resulten convincentes en el caso español. En Italia, sin embargo, podrían bastar tres palabras: economía, Agnelli, Juventus.

En Italia, el país más mediterráneo del Mediterráneo, el Estado no inspira devoción. Ni siquiera temor. Viene a ser una cosa útil para colocarse o colocar a los parientes. La justicia es lenta y errática, la política es indescriptible, el pueblo de al lado cae muy lejos y cae antipático, los ideales sólo son buenos mientras duran y todo es negociable. La auténtica fe se deposita en la familia, la nuclear y la clánica. Italia es un país de empresas familiares y de asuntos familiares. La cosa, a su modo, funciona. Y emana una extraña naturalidad. ¿Por qué la gente simpatiza con los Corleone de El padrino? No por los crímenes, ni por su código de honor, sino porque son una familia de aroma italiano.

¿Qué habría sido de Italia si el primer Agnelli o el primer Barilla no se hubieran casado? Muchas dinastías industriales fracasan, pero las que sobreviven se hacen casi indestructibles gracias a la fuerza de la sangre y a los lazos del clan. Esto de la sangre suena a burrada, pero es la única explicación posible ante ciertos fenómenos. Ahí está el caso de John y Lapo Elkann, dos muchachos neoyorquinos, crecidos en Brasil y educados entre Francia e Inglaterra. Su madre es una Agnelli y su abuelo fue Gianni Agnelli, el imponente Avvocato; ellos sufren aún cierta dificultad para expresarse en italiano.

John tenía 22 años cuando ingresó en el consejo de Fiat. Tenía 28 en 2004, cuando, a la muerte del tío-abuelo Umberto, fue nombrado vicepresidente y cabeza de familia. Apoyado en Luca Cordero di Montezemolo, el fiel consigliere que asumió temporalmente la presidencia para dar un poco de aire al muchacho, John se concentró en las empresas familiares. Fiat, que todos daban por muerta, resucitó. El diario La Stampa se renovó con éxito. Ferrari siguió siendo Ferrari.

Quedaba la Juve, un asunto de familia desde que Edoardo Agnelli asumió, en 1923, su presidencia. Era un asunto sentimental de los viejos Agnelli, no daba dinero y causaba muchas preocupaciones. El año pasado dio el disgusto definitivo con la corrupción y el descenso de categoría. John y Lapo no simpatizaban con el régimen de Antonio Giraudo, consejero delegado, y Luciano Moggi, director general. Lapo, por dislexia, lapsus freudiano o simple mala leche, les llamaba Caín y Babel. Tras el escándalo, lo normal habría sido mantener el Juventus hasta su vuelta a la Serie A y venderlo a buen precio para reforzar otras actividades. Al fin y al cabo, John y Lapo, a diferencia de su abuelo o de Berlusconi, no son muy futboleros.

Esta semana, con la Vieja Señora en camino del ascenso, los Elkann-Agnelli han efectuado una fortísima ampliación de capital en el Juventus: 105 millones de euros, 70 de los cuales son de la familia, que pondrá también una de sus marcas, New Holland, en las camisetas, lo que les costará otros 33 millones. Y se declaran dispuestos a seguir pagando hasta que el club vuelva a la élite mundial.

¿Por qué? Porque el Juventus es un asunto de familia. Y con la familia no se juega. No hay otra explicación plausible.

Enric González es autor de Historias del Calcio