domingo, junio 28, 2009

MEDIÁTICOS por Carlos Boyero

Me da que a Boyero, extraño madridista y francotirador, no le habrá hecho demasiada gracia.


Creo escuchar de los débiles labios de ese futbolista admirable y con inequívoca pinta de ser una persona afortunadamente normal llamado Iniesta algo tan rotundo cuando llega el final de la película de Hitchcock protagonizada por el hercúleo Chelsea y el tan lírico como efectivo Barcelona: "Ha sido la hostia". Y esa expresión tan poco académica, tan vulgar, te suena a espontánea, realista, natural. Y piensas que están evolucionando esos impagables investigadores de la semántica que juegan al fútbol o lo comentan, que a la profunda filosofía que evidencia la tribu a lo largo del tiempo y expuesta con una fraseología tan compleja y nada repetitiva que incluye sentencias tan incontestables como: "El fútbol es así, una veces se gana y otras se pierde", "estamos en la línea positiva", "hay que seguir trabajando", "hemos jugado con intensidad", "estamos pasando un momento dulce", "fútbol es fútbol", "hay que sudar la camiseta", se ha añadido algo tan conceptual como "es un futbolista mediático", nada que ver con algo tan transparente, hormonal y castizo como "es un futbolista cojonudo".

Aplican calificación tan esotérica a un individuo de expresión grimosa, abrumadoramente consciente de que las cámaras van a publicitar sus gestos hasta el extenuamiento, un niñato con tanta habilidad en los pies como sequía de neuronas en su cerebro. Se llama Cristiano Ronaldo, e imagino que acceder a ese negocio denominado Real Madrid está en función de comprar al mediático, de crear ilusión en el socio. Tarea inútil. Sólo ha existido un modelo estético y ético (incluyo el cabezazo al ogro Materazzi) llamado Zidane para justificar la ilusión de ir al Bernabéu.

Me cuenta un periodista deportivo, el fulano más ingenioso y divertido que he visto delante de una cámara y de un micrófono (no puedo por la confidencialidad dar su apellido, pero juro que se relaciona con el Tíbet), que el niñato Cristiano Ronaldo, percatándose de que al cabecear un balón se le había jodido la imagen, fue al banquillo, pidió que le echaran fijador y le arreglaran el peinado. Me lo creo. Yo quiero que Cruyff entrene al Madrid, que Messi sea su símbolo. O sea: "Seamos realistas, pidamos lo imposible".

lunes, junio 01, 2009

TORINO, EL FRACASO Y MINIBERLUSCONI por Enric González

Hoy entiendo como nadie eso del fracaso y los 'miniberlusconis'. También entiendo la desgracia grana, pero la entiendo en verdiblanco. Habituados históricamente al sufrimiento y a muchas 'cenizas de fútbol', nunca debimos habituarnos a que uno de esos tipos sescruestara, hace diecisiete años, algo más que un club. Volveremos a Primera, no sé cuando, aunque espero que con la dignidad recuperada.

Aún dolorido, Forza Toro! y ¡Viva el Betis!, manquepierda y libre.

Fin de temporada




Un triplete no se consigue por casualidad. Para ganar los tres mayores trofeos en juego, como ha hecho el Barça, es necesario generar un ciclo virtuoso: el estilo, la cantera, la motivación, el talento de Guardiola... Ya habrán leído mucho sobre eso. Quizá sea mejor dedicar las siguientes líneas a lo contrario. Es decir, a cómo fracasar de forma rotunda y sistemática. Como siempre que se habla de estas cosas, el ejemplo del Torino nos será de gran ayuda.

Algún lector sabrá ya que el Torino es la institución futbolística más desgraciada del mundo. Recordemos que en los años cuarenta tuvo el mejor equipo, el Gran Torino encabezado por Mazzola, y que la catástrofe aérea de Superga, en 1949, aniquiló a toda la plantilla. Tampoco estará de más evocar a Gigi Meroni, La Mariposa Grana, el excéntrico y maravilloso futbolista, de juego similar al de George Best, que parecía destinado a liderar la resurrección del rival turinés del Juventus. Meroni murió en 1967, a los 24 años, atropellado por un jovencísimo aficionado que le adoraba.

Empecemos por ahí. El aficionado que mató a Meroni se llamaba Attilio Romero, tenía 19 años y sufrió una larga depresión tras el accidente. Consiguió trabajo como relaciones públicas en la Fiat y, poco a poco, aprendió a convivir con aquella tragedia. Sus amigos sabían, sin embargo, cuánto le costaba ser el hombre que mató a Gigi Meroni. Quizá Francesco Cimminelli, un empresario local, compró el Torino sólo para consolar a Romero. El caso es que lo compró, en 1999 y le ofreció la presidencia al pobre Attilio.

Pareció una buena idea porque al año siguiente el Torino, que vivía una situación angustiosa en la Serie B, ascendió a la máxima categoría. Attilio Romero se empeñó en devolver al Torino a sus tiempos de gloria e hizo lo que habría hecho cualquier aficionado en su puesto: gastó lo que no tenía, vivió un nuevo descenso, gastó nuevas fortunas y consiguió bajar otra vez en 2005, en esta ocasión con la quiebra incorporada.

El Torino, al borde de la liquidación, tuvo que replantearse el futuro. Hacía falta un propietario. ¿Podía haber alguien menos adecuado que un tipo apodado Miniberlusconi? No, ¿verdad? Pues fue Urbano Cairo, Miniberlusconi, quien se quedó con la sociedad y la refundó. El apodo le venía de haber sido asistente personal de Berlusconi, de haberle ayudado a emitir facturas falsas, de trabajar en el sector de la publicidad y la comunicación y de admirar profundamente a Il Cavaliere.

Urbano Cairo logró el enésimo ascenso al primer intento y, mal que bien, mantuvo al equipo en la Serie A. Lo hizo recurriendo al manual del Barça, pero leyéndolo al revés: ¿cantera?, ninguna; ¿estilo?, ninguno; ¿fichajes?, muchos y disparatados; ¿técnico?, cualquiera que soporte al presidente. O sea, que el Torino tonteó con el descenso en cada temporada.

Hasta ahora. Este año se han cumplido 50 años de la tragedia de Superga y el Torino ha conmemorado el doloroso evento de la manera más apropiada: con un dolor añadido. En la penúltima jornada, cuando ya estaba claro que todo se decidiría en la última, la de ayer, el equipo enloqueció. Tras el partido contra el Genova, los jugadores montaron una fenomenal trifulca, por la que fueron sancionados siete titulares. Como tenía otros cuatro lesionados, acudió al encuentro decisivo, ante el Roma, con una formación inédita y con varios juveniles.

Perdió, claro. El Torino volvió a bajar. En materia de fracasos, esta gente es imbatible.

lunes, mayo 25, 2009

UNA VUELTA AL ESTADIO OLÍMPICO por Enric González


Es una gran final y, como suele decirse cuando no se sabe qué decir, puede pasar cualquier cosa. A no ser, claro está, que el escenario influya. Si el estadio Olímpico, con su pasado y sus fantasmas, tiene voz en el asunto, hay que esperar pelea y sufrimiento.

El Olímpico recuerda la final de la Copa de Europa de 1984, que el Roma jugaba en casa frente al Liverpool y perdió en los penaltis: el lugar es experto en decepciones. Recuerda también la final del Mundial de 1990, la más indigesta de todos los tiempos (Alemania, 1; Argentina, 0). Y, por supuesto, los clásicos tremebundos entre el Lazio y el Roma. Ha trasegado decenas de partidos de abordaje, cuchillo en boca y cuerpo a cuerpo. Tras un derby de 1971, el entonces director del Corriere dello Sport, Antonio Ghirelli, resumió en pocas y entusiásticas palabras el espíritu dominante: "Ha sido un gran derby: feo, raro, malparido, pero grande".

Habrá quien, ante los mármoles y las estatuas, invoque a los gladiadores. Seguro: "La final de los gladiadores". No nos equivoquemos: el Foro Itálico, que incluye el estadio, nació como Foro Mussolini y sólo en los sueños fascistas tiene algo que ver con el antiguo imperio. Resultan lógicos, por tanto, la estética general, el monolito dedicado a Mussolini y los mosaicos con la inscripción Duce, Duce, Duce. La evocación fascista liga con el pasado de los dos inquilinos habituales. Especialmente, contra lo que habitualmente se supone, con el del Roma. Nadie es responsable de su nacimiento, pero el Roma fue el resultado de una orden de Mussolini. El dictador, que procedía del norte, se esforzó en equilibrar el país mejorando el nivel del sur: saneó los territorios pantanosos, impulsó la agricultura y mejoró los ferrocarriles. Fallaba el fútbol: Roma, capital del imperio que soñaba el Duce, no ganaba ni a tiros. La SS Lazio, una sociedad fundada en 1900 por un grupo de burgueses entusiasmados por los ideales olímpicos (de ahí, los colores blanco y azul celeste, los de la bandera griega), se veía incapaz de competir con los equipos de Turín, Milán o Bolonia. ¿Solución? Fusionar a todos los equipos que jugaban en Roma.
El Lazio, respaldado por un jerarca del régimen, se negó. Y de la unión de todos los demás, empezando por la Ginnastica Roma, en 1927 surgió la AC Roma. De ahí surgió también la mala fama del Lazio, acusado de orgullo e insolidaridad por negarse a fundirse con el resto. Poco a poco, la propaganda romanista creó el estereotipo del laziale ajeno a la ciudad, procedente de los suburbios o de los pueblos de la provincia. Y empezó a apodar burini, catetos, a los aficionados blancocelestes.

Como se ve, la mala sangre entre romanistas y laziales viene desde siempre. En pocas ciudades se viven los clásicos con el encono de Roma. Cuesta pensar que toda esa bilis no se haya filtrado, año tras año, en las piedras del estadio. La bilis y también las lágrimas porque no es raro salir llorando del Olímpico: basta con acudir a un derby, o a un Roma-Nápoles, o a un Lazio-Livorno, o a un Roma-Juventus. Lo más normal, tras esos partidos, es que un sector del público remate la jornada atacando a la policía y que la policía responda con gases lacrimógenos. De ahí, lo de salir con llanto.

Ocurrirá otra vez el miércoles. No por los gases, esperemos, sino por el orden natural de las cosas: conviene recordar que las finales están hechas para llevar hasta el éxtasis a la mitad de los espectadores y para dejar hecha polvo a la otra mitad.

lunes, mayo 18, 2009

SI ES EL BALÓN, PACIENCIA por Enric González


Podría haberlo dicho el técnico del Athletic, Joaquín Caparrós, antes del partido contra el Barça. Podría decirse mucho en el fútbol. Pero sólo lo decía Nereo Rocco y lo hacía siempre que alguien, en vísperas de un encuentro, soltaba la famosa frase: "Que gane el mejor". "¿Que gane el mejor? Esperemos que no", respondía El Parón, El patrón en lengua triestina, burlándose de su propia fama. A Rocco se le atribuía la implantación del catenaccio (candado) en Italia o, en palabras del gran periodista Gianni Brera, "la invención del fútbol a la italiana" y le precedía su fama de entrenador defensivo y obsesionado con los marcajes. A El Parón le daba igual. Le gustaba adoptar el papel del campesino que sale a ganar como sea, por la vía civil o por la vía criminal.

Su frase más célebre define, de modo caricaturesco, su estilo de juego: "Dale a todo lo que se mueva sobre el césped, y si es el balón, paciencia". No está claro que Nereo Rocco pronunciara alguna vez esas palabras, pero han quedado eternamente pegadas a su biografía.

Nereo Rocco (1915-1979) nació y murió en Trieste, territorio fronterizo del imperio austrohúngaro. Su padre se apellidaba Rock y era un vienés de buena familia, pero se mudó a Trieste por amor a una bailarina y acabó estableciendo una carnicería. El fascismo impuso la italianización de Rock y le convirtió en Rocco. Lo que no cambió fue el oficio de carnicero: el joven Nereo adquirió un físico hercúleo cargando canales y despiezando vacas y cerdos y siguió con los canales y los despieces en su época de futbolista. Le avergonzaba, sin embargo, que sus compañeros de equipo le vieran con el mandil ensangrentado.

Como jugador, fue discreto: una vez internacional y centrocampista en varios equipos hasta que al final de su carrera empezó a ensayar en el puesto de defensa libre, una idea que en los años 40 floreció en Suiza y Austria y que constituía la base del catenaccio. Como entrenador, destacó en el Padova y en 1960 se hizo cargo del Milan, con el que en 1962 y 1963, pese a la competencia del Inter de Helenio Herrera, ganó un scudetto y una Copa de Europa. Repitió la hazaña europea en 1969, venciendo en la final a un Ajax que estaba a punto de imponer su hegemonía.

Su palmarés exigía respeto. Rocco, sin embargo, prefería hacerse el palurdo: "Drogo a mis jugadores con pasta y judías y el jueves, a las diez de la mañana, con un filete de caballo y un vaso de vino". Aunque la joya de aquel Milan era Rivera y Rocco le adoraba, el técnico, que compartía ducha y bromas con sus futbolistas en el vestuario, se avenía mejor con Maldini y Trapattoni. En el campo, eso sí, Rivera podía hacer lo que le diera la gana. Era el único milanista exento de marcar a un contrario. "Cuando empieza el partido, veo con los ojos de Rivera", explicaba.

El fútbol era entonces más duro y áspero que hoy. Zanon, capitán del Padova, podía mostrar a la prensa su mano derecha y proclamar: "Con esta mano le estrujé los huevos a Gabetto cuando el Torino lanzó su primer córner". Maldera, del Milan, podía justificar sus problemas en el marcaje al argentino Soriano, de Estudiantes, porque éste llevaba en la mano un alfiler y se lo clavaba a quien se acercaba. Cuando el Milan perdía el balón, Rocco se alzaba del banquillo y preguntaba: "¿Quién se ha dejado robar la pelota?". "Giovannin, Parón", era la respuesta ritual. Giovannin podía ser Rivera o Trapattoni, cosa que a Rocco le era indiferente. Iba hacia la banda y gritaba: "Giovannin, vete a tomar por el culo". Y volvía sentarse tranquilamente.

Federico Fellini quiso que fuera actor en Amarcord, en el papel del padre de familia. "Buscaba a un hombre cachazudo, sentimental, romántico, antifascista, tosco pero simpático, y Rocco era el personaje justo", explicó. Nereo Rocco no pudo participar en la película porque estaba ocupado con el Milan.

En los días finales de su vida, hospitalizado con cirrosis y bronconeumonía, Rocco creía volver a estar en un banquillo. Daba órdenes a sus jugadores y les exigía marcajes estrechos. Dicen que sus últimas palabras fueron: "¿Pero cuánto falta para que acabe el partido?".

Mario Benedetti 1920-2009

El que haya tenido la paciencia de seguir este blog sabrá que no hace falta decir mucho, sólo darle un millón de gracias, por el fuego y por TODO lo demás.

Chau viejo,
y viva el paisito más grande del mundo!

lunes, mayo 04, 2009

EL DÍA QUE CAMBIÓ LA HISTORIA por Enric González

Hoy historia grande.

Basílica de Superga


El 4 de mayo de 1949, hace hoy 60 años, cambió la historia del fútbol. No hablamos sólo del calcio, que se hundió en su noche más negra, sino de cualquier fútbol imaginable: ese 4 de mayo, a las 17.03, terminó un relato y comenzó otro. Si el trimotor Fiat que transportaba al mejor equipo del planeta, el Gran Torino, no se hubiera estrellado contra los cimientos de la basílica de Superga, a apenas 20 kilómetros de casa, es muy probable que no hubieran existido ni el maracanazo del Mundial de 1950 ni la posterior hegemonía brasileña. Tal vez Italia habría sido la primera selección tricampeona, con tres títulos consecutivos. Tal vez el Juventus de Turín sería hoy una institución menor, peleando en las divisiones inferiores. Tal vez desconociéramos la palabra catenaccio y el calcio simbolizara el fútbol ofensivo. Tal vez.

El Gran Torino nunca fue llamado Torino a secas. El principal club de Turín (la familia Agnelli no había adquirido aún el Juventus) proponía algo más que un fútbol maravillosamente ofensivo: encarnó, junto a los ciclistas Coppi y Bartali, el fin de la pesadilla del fascismo y la guerra. El presidente, Ferruccio Novo, ex jugador y ex entrenador, empezó a construir una formación legendaria en 1942, en plena guerra, con el fichaje de las dos estrellas del Venecia, Mazzola y Loik. Esa temporada, 1942-1943, ganó el scudetto. El campeonato, sin embargo, no se jugó la temporada siguiente. Italia se sumergió en una terrible mezcla de doble invasión (los aliados por el sur, los nazis por el norte), de guerra civil (fascistas contra partisanos) y de vacío de poder. No hubo competición hasta 1945. Para entonces, el Gran Torino ya era irresistible.

El equipo grana jugaba con una absoluta furia ofensiva. Había sido diseñado por el director técnico Ernst Ebstein, un húngaro de origen judío que, a causa de las leyes raciales, había tenido que trabajar en la clandestinidad y, pese a todo, acabó en un campo de concentración, del que pudo huir de forma casi milagrosa. Ebstein no quería defensas. De hecho, el Gran Torino jugaba con dos centrales muy técnicos, Ballarin y Maroso, y los cinco centrocampistas típicos del sistema inglés, dirigidos por Valentino Mazzola. Su leyenda se hizo sólida en la temporada 1947-1948 con 125 goles en 40 partidos. Hubo uno especialmente asombroso, contra el Roma. El equipo visitante, el Gran Torino, llegó al descanso perdiendo por 1-0. En el vestuario, los granas decidieron dar una lección a los romanos: volvieron al césped y marcaron siete tantos en 20 minutos. Ése era el Gran Torino de las cinco Ligas consecutivas.

Vittorio Pozzo, el seleccionador que ganó para Italia los Mundiales de 1934 y 1938 (con la inestimable ayuda de Mussolini y de los árbitros), había asesorado a Novo y Ebstein en su política de fichajes. Después de la guerra, montar una selección le resultó sencillo: ocho miembros del Gran Torino (Bacigalupo, Ballarin, Castigliano, Loik, Maroso, Mazzola, Menti y Rigamonti) eran titulares indiscutibles; en ocasiones, como en su victoria contra la mítica Hungría, la nazionale azzurra alineaba a diez jugadores granas. Italia se perfilaba como la gran favorita para el Mundial de 1950, en Brasil.

El 3 de mayo de 1949, el Gran Torino viajó a Lisboa para disputar un partido amistoso contra el Benfica. Mazzola, el gran capitán grana, había exigido participar en la despedida de su amigo Francisco Ferreira, capitán del equipo lisboeta y de la selección portuguesa. Tras el encuentro, concluido con victoria del Benfica por 4-3, la expedición embarcó en un avión rumbo a Barcelona. En Italia se habían quedado el presidente Novo, acatarrado, y un chavalín húngaro inmensamente triste porque el Gran Torino, tras varios partidos de prueba, había rechazado su fichaje. El chaval se llamaba Laszlo Kubala. Desde Barcelona, el Gran Torino siguió su viaje hacia Turín. El avión estaba a menos de cinco kilómetros del aeropuerto cuando, entre una espesa niebla, se estrelló contra la basílica de Superga, donde la familia real italiana enterraba a sus difuntos. Los 31 ocupantes del trimotor murieron en el acto.

Los funerales por el mejor equipo que ha visto Italia y uno de los mejores que ha visto el mundo congregaron a un millón de personas en Turín. En ese momento, a falta de cuatro jornadas, el Gran Torino llevaba cuatro puntos de ventaja al Inter. Los demás equipos decidieron alinear a los juveniles, como se vio obligado a hacer el Torino, el resto de la temporada. Ése fue el scudetto póstumo.

Sabemos lo que ocurrió después. Gianni Agnelli, el fundador de la Fiat, había comprado el Juventus en 1947 y aprovechó el inmenso vacío abierto en Superga para crear un equipo campeón. La temporada siguiente, la que había de convertirse en Vecchia Signora ganó el scudetto y empezó a forjar su propia historia. Ya era otro fútbol. El seleccionador Pozzo tuvo que viajar al Mundial de Brasil (en barco) con una alineación de circunstancias y un sistema ultradefensivo, que caracterizó al calcio en las décadas siguientes.

La historia de la tragedia tuvo un hermoso corolario en 1960. Sandrino Mazzola, el hijo de Valentino, que tenía seis años cuando murió el Gran Torino, acababa de fichar por el Inter. Era un chico de 18 años. Y le tocó enfrentarse al Real Madrid, campeón de Europa. Ganó el Madrid. Tras el partido, Puskas se acercó a Mazzola, le dio la mano y le dijo unas palabras: "Yo conocí a tu padre y jugué contra él. Creo que eres digno de ser su hijo". Mazzola, como es lógico, se echó a llorar.

martes, abril 21, 2009

TEORÍA SEXUAL DEL GOL por Enric González


Se ha dicho muchas veces que el gol se parece al orgasmo. Existen, por ejemplo, afirmaciones teóricas como la de Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra: "El gol es el orgasmo del fútbol; como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna". Y existen constataciones empíricas. Según Iván Zamorano, "marcar un gol es como tener un orgasmo, algo tan fascinante que cuesta explicarlo". Hay quien considera que la comparación se queda corta: "Este gol ha sido mejor que un orgasmo", dijo Hernán Crespo, en su época milanista, tras marcarle uno al Manchester United.

Yo no estoy tan convencido, aunque no me siento en condiciones de negar que exista una relación directa entre el gol y el placer sexual: nunca he marcado un gol en un gran estadio repleto y nunca he tenido, que yo sepa, un orgasmo ante 60.000 espectadores. Y para opinar sobre esas cosas hay que tener experiencia.

Los indicios, en cualquier caso, se multiplican. Hace unos meses, los servicios médicos del Gremio de Porto Alegre, uno de los grandes clubes brasileños, realizaron un estudio sobre el efecto del sildenafil en el rendimiento de los futbolistas. Según el médico jefe del Gremio, Alarico Endres, el sildenafil, comercializado bajo la marca Viagra, "aumenta y mejora la circulación sanguínea y, por tanto, puede incrementar las prestaciones, sobre todo en altura". Endres se refiere a las prestaciones atléticas, no a las otras. En Italia, la comisión antidopaje ya se ha planteado la posibilidad de incluir el sildenafil en la lista de sustancias prohibidas a los futbolistas.

Los experimentos, hasta ahora, no resultan concluyentes. Rodrigo Figueroa, ex preparador físico del Blooming de Santa Cruz, de la Primera División boliviana, ha revelado esta semana que a lo largo de 2008 suministró sildenafil a varios de sus jugadores cada vez que hubo que jugar en La Paz, a 3.600 metros de altura. El sildenafil era mezclado con zumos de frutas "para que los ocho o nueve que lo tomaban no supieran lo que ingerían", según las explicaciones de Figueroa. ¿Los resultados? "En altitud se gana, se empata y se pierde", declaró el ex preparador físico al diario La Prensa. "La verdad es que se consigue más con una buena charla táctica que con el sildenafil", admitió.

Ni en el Gremio de Porto Alegre ni en el Blooming de Santa Cruz se registraron, al parecer, efectos secundarios especialmente indeseables. Ignoro si alguien ha tenido el valor de experimentar con el sildenafil en una de esas largas concentraciones de pretemporada, generalmente realizadas en altura para favorecer la capacidad de oxigenación. Sospecho que ahí se producirían situaciones de alto riesgo.

Como decía, prefiero no pronunciarme hasta que existan datos más concretos. Evidentemente, nada sería lo mismo si se comprobara que, en efecto, un gol es como un orgasmo. Para empezar, la noción del hat trick adquiriría nuevas y extraordinarias connotaciones.

lunes, abril 13, 2009

EL CHICO Y SU FAVELA por Enric González


Hay muy buenos libros sobre boxeadores. Desde los cuentos de Jack London, como El combate y Por un filete, hasta la clásica novela Más dura será la caída (Budd Schulberg) o la relativamente moderna Fat City (Leonard Gardner), pasando por biografías como The Devil and Sonny Liston (Nick Tosches), se ha escrito muchísimo de boxeo: la dignidad del luchador, la miseria moral, la corrupción deportiva, la corrupción general, la desolación de la derrota, el dolor, la soledad.

También hay buen material bibliográfico sobre fútbol. Pero, es curioso, no sobre las personas que destacan en su práctica. El futbolista parece un espectro sin vida, sin pasado ni futuro, oculto tras el tópico ("hay que pensar en el próximo partido") y la estructura empresarial de su club, envuelto en dinero y rodeado de supermodelos. El futbolista se erige en paradigma de la frivolidad, y eso da para poca literatura.

Es curioso, repito, que las extraordinarias aventuras y los dramas personales de algunos, en especial brasileños y africanos, no se hayan traducido más que en biografías hagiográficas llenas de reverencia o en modestos artículos de prensa. En realidad, las vidas de Rivaldo, Ronaldo o Adriano valdrían como metáforas de una época confusa y disparatada, la nuestra.

No hace falta insistir en la infancia pobrísima de Adriano, Ronaldo y Rivaldo (con secuelas óseas de malnutrición) ni de la ausencia de la figura paterna en un momento clave: Ronaldo era hijo de divorciada en las favelas; Rivaldo perdió a su padre por un accidente de tráfico justo antes de firmar su primer contrato profesional; el padre de Adriano, que tenía una bala incrustada en la cabeza a causa de un tiroteo, murió cuando el hijo empezaba a triunfar en el Inter. Esas circunstancias son sólo una parte del asunto.

Tomemos el caso de Adriano, alcoholizado, según su novia, o ex novia, y "necesitado de nuestras oraciones", según su madre. El ariete del Inter gana cinco millones de euros al año, a los que ha renunciado mientras no juegue. Adriano ha protagonizado numerosas fugas a Brasil para refugiarse en su viejo barrio. El futbolista millonario toma un avión en Milán, primera clase, y desembarca en la favela de su infancia para compartir cervezas y prostitutas con sus amigos de toda la vida. Sus amigos, ahora, se dedican mayormente al narcotráfico y a la delincuencia organizada. Las fiestas duran días, semanas. Adriano ha ido hundiéndose en esa esquizofrenia: ídolo de oro en Europa, pandillero salvaje en América. El chico dejó la favela, pero la favela no dejó al chico.

Por alguna razón, las tragedias personales de los futbolistas no inspiran como las tragedias de los boxeadores. Ni siquiera dan frases como las de los boxeadores. Aquélla de Larry Holmes, por ejemplo: "Es duro ser negro. ¿Ha sido usted negro alguna vez? Recuerdo que yo lo fui, cuando era pobre". Las frases del fútbol hablan del fútbol, no de la sociedad. "Fútbol es fútbol", y todo lo que al fútbol se refiere parece convertirse en espectáculo y divorciarse de la vida. Pura frivolidad, se diría. ¿Por qué dejamos escapar esta metáfora sobre nosotros mismos?

lunes, abril 06, 2009

FALTÓ LUTHER BLISSET por Enric González

En torno a Luther Blisset, un viejo conocido de este blog.



Tantos ojeadores, tantos fichajes, tanto dinero gastado, y al Inter se le escapó Luther Blisset. Fue una lástima. Massimo Moratti, el presidente del Inter, ha comprado a precio de oro los paquetes (bidoni, en italiano) más estrepitosos que han pasado por el calcio: Gresko, Vampeta, Brechet, Cayo, Choutos, West, Pancev, Dalmat, Kallon... No vamos a dar la lista completa porque no hace falta. Tampoco entraremos en el tema de la gerontofilia ni en los fichajes de ancianidad manifiesta, del tipo Figo o Vieira. Ni en los despidos improcedentes, como el de Roberto Carlos, vendido al Real Madrid por ser "inconcreto".

El caso es que Luther Blisset, ínclito no-goleador milanista en los 80 (con una media de un gol cada 720 minutos), es ya un símbolo. Existe un Proyecto Luther Blisset; una novela, Q, firmada por el Colectivo Luther Blisset; varios grupos antisistema Luther Blisset. El lamentable delantero centro de origen jamaicano, primer jugador negro en marcar un hat trick con la selección inglesa (en un partido contra Luxemburgo), ha adquirido una dimensión casi planetaria. Y, ya retirado, no pierde el humor: asegura que en su discretísima carrera futbolística y en su esplendoroso fracaso en el Milan se limitó a seguir un guión, escrito, evidentemente, por el colectivo literario Luther Blisset. Es curioso que el Inter, especialista en bidoni, dejara perder la oportunidad de contar con Blisset. Aún más curioso, sin embargo, es que mantenga la capacidad de convertir en bidoni a futbolistas más que respetables. Mancini, por ejemplo. En el Roma fue un espléndido extremo y un goleador; en el Inter no ha sido nada. Adriano, que jugó de maravilla cuando concluyó su cesión al Parma, se ha convertido en un golfo. Ibrahimovic sigue siendo uno de los mejores delanteros del mundo, pero ahora que figura también entre los mejor pagados (casi 11 millones anuales) dice que el dinero no le importa, y que le gustaría irse a un club "ganador".

Llegó a pensarse que la llegada de Mourinho acabaría con el desorden genético del Inter, o al menos lo moderaría. Pero la Bienamada, la única que se ha mantenido siempre en Primera, la que más seguidores tiene en Italia, sigue aferrada a sus tradiciones. Con Mourinho, cierto, ganará con casi total seguridad el scudetto. También lo ganó con Roberto Mancini. Lo del scudetto está bien como premio de consolación. Aunque un club tan grande y con un presidente tan rico (el petrolero Moratti ha gastado en una década casi 500 millones en fichajes) agradece los títulos ligueros, sólo sueña con la Liga de Campeones. Y ahí se suceden los bochornos.

Esta temporada, al menos, el Inter ha caído con el campeón, el Manchester. Lo típico solía ser la eliminación frente al Valencia o el Villarreal, con agresión, tángana y vuelta al ruedo de Materazzi. Pese a esa leve mejoría, y a la satisfacción de los interistas ante las desgracias del Milan, el balance volverá a cerrarse con tristeza. Dicen que Mourinho pide otros seis fichajes, todos de la Premier, que vendrían a costar 60 millones. Es posible que Moratti pague, y muy posible que se vuelva a fracasar. ¿Estaría dispuesto Luther Blisset a fichar por el Inter, como presidente-entrenador?

lunes, marzo 30, 2009

LOS DERECHOS CIVILES EN EL FÚTBOL por Eduardo Galeano

Eduardo Galeano, uno de los mitos de este blog, volvió no hace mucho con una obra singular, al más puro estilo Galeano, en la que hace un recorrido peculiar por la historia. Por supuesto en esa Historia no podía prescindir del fútbol, un tema muy cercano a toda su literatura. Nunca tuvo tapujos en admirarlo y escribir sobre él, mientras otros intelectuales lo detestaban públicamente. En 'Espejos. Una historia casi universal' nos deja algunas pequeñas piezas relacionadas con el balompié, y hoy subo la primera. Las otras también llegarán.


El pasto crecía en los estadios vacíos.

Pie de obra en pie de lucha: los jugadores uruguayos, esclavos de sus clubes, simplemente exigían que los dirigentes reconocieran que su sindicato existía y tenía el derecho de existir. La causa era tan escandalosamente justa que la gente apoyó a los huelguistas, aunque el tiempo pasaba y cada domingo sin fútbol era un insoportable bostezo.

Los dirigentes no daban el brazo a torcer, y sentados esperaban la rendición por hambre. Pero los jugadores no aflojaban. Mucho los ayudó el ejemplo de un hombre de frente alta y pocas palabras, que se crecía en el castigo y levantaba a los caídos y empujaba a los cansados: Obdulio Varela, negro, casi analfabeto, jugador de fútbol y peón de albañil.

Y así, al cabo de siete meses, los jugadores uruguayos ganaron la huelga de las piernas cruzadas.
Un año después, también ganaron el campeonato mundial de fútbol.

Brasil, el dueño de casa, era el favorito indiscutible. Venía de golear a España 6 a 1 y 7 a 1 a Suecia. Por veredicto del destino, Uruguay iba a ser la víctima sacrificada en sus altares en la ceremonia final. Y así estaba ocurriendo, y Uruguay iba perdiendo, y doscientas mil personas rugían en las tribunas, cuando Obdulio, que estaba jugando con un tobillo inflamado, apretó los dientes. Y el que había sido capitán de la huelga fue entonces capitán de una victoria imposible.

Eduardo Galeano es escritor uruguayo

lunes, marzo 23, 2009

'MISTER' CLOUGH Y LA HAZAÑA DEL FOREST por Enric González

Aunque no era lo previsto, para qué esperar más para otro gran artículo que se quedó en el tintero. Agradecimientos a Edu y a Jaime.





La última gran batalla del viejo laborismo británico, socialista y cristiano, concluyó en marzo de 1985 con una derrota definitiva. Tras un año de huelga contra el Gobierno de Margaret Thatcher, los mineros se rindieron y en poco tiempo, una a una, las minas fueron cerrándose. Pero, antes de la huelga y del triunfo de Thatcher, aquella izquierda había disfrutado de una gloria irrepetible. Nunca en el fútbol europeo se había visto algo así. ¿Fútbol y política? Sí, por supuesto. A veces ocurre. El mundo de los símbolos es así de complejo.


Tomemos una ciudad: Nottingham, en el corazón industrial de Inglaterra. A mediados de los 70, Nottingham estaba perdiendo con rapidez sus fábricas textiles. La población decrecía. La crisis económica y la crisis del laborismo se unían en una sensación generalizada de declive.

Tomemos un equipo: el Nottingham Forest, tan histórico como deprimido. El Forest fue fundado en 1865 y adoptó el color rojo del revolucionario italiano Garibaldi; en 1976 poseía un pasado notabilísimo (patrocinó el nacimiento del Arsenal londinense, fue el primer equipo en experimentar las redes en las porterías y el arbitraje con silbato en vez de banderas) y un presente mediocre en la Segunda División.

Tomemos un joven entrenador: Brian Clough, que destacaba por su efectividad (le había dado una Liga al modesto Derby County en 1972), por su tremendo carácter y por su filiación laborista. Cuando había una huelga minera en las Midlands, Clough estaba ahí, animando a los piquetes y donando parte de su sueldo. Mister Clough, como exigía ser llamado, no puede ser comparado con los Mourinho o los Ferguson de hoy porque éstos no resisten la comparación. Una de sus frases célebres: "Ya sé que Roma no se construyó en un día, pero es que yo no me encargué de ese trabajo".

Ya tenemos la ciudad, el equipo y el técnico: una mezcla explosiva. En 1977, Mister Clough logró que el Forest ascendiera a la máxima categoría. Entonces empezó la fiesta: en la temporada siguiente, 1977-78, el Forest fue campeón de Liga. En 1979, el año en que Thatcher llegó al Gobierno, fue campeón de Europa. Y en 1980 lo fue otra vez. Ningún otro equipo europeo posee más Copas de Europa que títulos ligueros. El Forest logró la hazaña jugando limpio y raso: fue el primer equipo británico que amó el balón. Otra frase de Clough: "Si Dios hubiera querido que el fútbol se jugara en las nubes, no habría puesto hierba en el suelo".

Luego llegó la decadencia. Las estrellas como Peter Shilton y Trevor Francis se eclipsaron. Mister Clough se hundió en el alcoholismo. El 15 de abril de 1989, cuando Forest y Liverpool iniciaban una semifinal de Copa en el estadio de Hillsborough (Sheffield), una avalancha de espectadores causó 96 víctimas mortales. La tragedia de Hillsborough simbolizó el fin de una época. En 1993 llegaron el descenso y la despedida de Mister Clough.

El mejor entrenador británico (este título podría discutírselo su amigo Bill Shankly, pero nunca Alex Ferguson) murió en 2004, tras un trasplante de hígado que le dio unos pocos meses de tiempo suplementario. El Nottingham Forest malvive en la Segunda División inglesa. Lo que hicieron Mister Clough y el Forest nunca será superado.

lunes, marzo 16, 2009

AUTOBUSES, PRIMAS Y SOBORNOS por Enric González

Expulsión de Ndaei en el Zaire-Yugoslavia

El Mundial de 1974, en Alemania, fue el único en el que participó Cruyff. Eso debería bastar para hacerlo memorable. Se vieron además algunos momentos de gran fútbol, protagonizados por Holanda y Polonia, y se asistió al declive del Brasil post-Pelé. Lo más extraordinario, sin embargo, fue lo que ocurrió al margen del balón.

La angustia de los jugadores zaireños, por ejemplo. Zaire (hoy Congo) fue, en 1974, la primera selección subsahariana que alcanzaba la fase final del máximo torneo futbolístico. Los leopardos emprendieron viaje hacia Alemania con una advertencia de su presidente, el delirante dictador Mobutu Sese Seko: "Si pierden, no vuelvan". Lo recordaron, sin duda, cuando Yugoslavia les dejó 9-0. Ya consumada su eliminación, intentaron poner en práctica un plan desesperado: subieron al autocar que les prestaba la organización e intentaron huir hacia cualquier sitio, menos su propio país. Según algunas versiones, el plan consistía en volver a Zaire por carretera y aplacar la ira de Mobutu regalándole el vehículo. La cosa no funcionó. La policía alemana les detuvo en la frontera y les obligó a devolver el autocar. Volvieron a Kinshasa y, como temían, sufrieron represalias y alguna paliza policial.

Lo de Polonia, mucho menos trágico, también resultó curioso. Los polacos desarrollaron un fútbol rápido y vistoso y tal vez, si hubieran disputado la semifinal contra Alemania sobre un césped normal y no sobre el inundado estadio de Francfort, habrían hecho historia. Aquel día aún no se sabía que Gadocha, el extremo izquierdo, era un hombre rico. Un intermediario le había entregado un soborno que debía repartir entre los principales jugadores de la selección para que se dejaran ganar. Gadocha no dijo nada, se guardó el dinero y después del Mundial fichó por un equipo francés. Sus compañeros no le olvidan.

Y ocurrió lo de Yugoslavia. Desde un punto de vista futbolístico fue lo más terrible porque las inquinas nacionalistas impidieron que un equipo formidable explotara al máximo su talento. Disponían de un centrocampista sensacional, el esloveno Brane Oblak, y de un genial extremo zurdo, el serbio Dragan Djazic. Las cosas se desarrollaron bien durante la primera fase porque los futbolistas se comprometieron a mantenerse unidos en la lucha por un objetivo común: la prima que les había prometido el mariscal Tito.

El plan se torció tras la brillante clasificación para la segunda fase. Un grupo de jugadores, entre ellos Djazic, reclamó que se les anticipara una parte de la prima. Querían aprovechar su estancia en Alemania para ir de compras. El presidente de Yugoslavia hizo entonces una cosa bastante idiota: viajó a Alemania, se reunió con los futbolistas, les lanzó una arenga sobre la gloria y el triunfo y les pagó todo el dinero prometido. Ese mismo día comenzó el desastre. Ya nadie se preocupó de otra cosa que de gastar, preferiblemente en compañía de señoritas. También quedó olvidado el pacto de unidad. Serbios y croatas dejaron de hablarse. Oblak, esloveno, lo resumió años más tarde con una frase: "El dinero fue nuestra ruina".

viernes, marzo 13, 2009

LA COPA por Manuel Vicent


El próximo 13 de mayo, en el campo de Mestalla, el gran espectáculo deportivo de la final de la Copa del Rey va a añadir una duda más, visible, palmaria y metódica, al enigma secular de qué es España, una cuestión que a lo largo de nuestra historia ha dado de comer a innumerables filósofos, hispanistas, viajeros, políticos, sociólogos, escritores y poetas, sin que se hayan puesto de acuerdo, pese a la ingente cantidad de cocidos, chuletones y flanes de la casa, que estos intelectuales se han echado entre pecho y espalda en infinitos congresos y simposios dedicados a desentrañar semejante misterio. ¿Qué es España? Vaya usted a saber, se dicen unos a otros en la sobremesa al tercer orujo con hielo. La final de copa la van a disputar el FC Barcelona y el Athletic de Bilbao. Bastará con echar un vistazo al campo de Mestalla en el momento de iniciarse el encuentro para que se acreciente aún más la disputa sobre este problema histórico. Para empezar, en las gradas flameará una apabullante orgía de senyeras catalanas, ikurriñas, bufandas y escarapelas con los colores de cada equipo. La única bandera española será la que lleve el propio rey en la solapa en forma de insignia, ni una más, sea constitucional, con toro o con gallina. Cuando el monarca acceda al palco sonará el himno nacional, que será recibido con un viento de silbidos, pero a continuación ambos equipos se batirán en una lucha agónica por conquistar un trofeo que simboliza la unidad de una sola patria. Cada gol será acompañado por un rugido liberado desde el fondo irracional de cada tribu y al final los equipos subirán al palco presidencial para que el monarca, recién abucheado, les imponga unas medallas; el vencedor exhibirá la copa a toda España con orgullo y entonces se producirá el paroxismo. El Estado tiene un origen deportivo, según Ortega. El primer deporte fue la exogamia o el rapto de mujeres fuera de la horda; luego fue la guerra; finalmente fue la ascética o el entrenamiento hasta someterse a la ley, que ejerce el árbitro con el silbato. ¿Qué es España? Después de ver a vascos y catalanes atravesar la península con sus banderas, aullar en las gradas y en los bares por conquistar la Copa del Rey, creo que España es un partido de fútbol.
Manuel Vicent, escritor y periodista

lunes, marzo 09, 2009

LÁGRIMAS COMPARTIDAS por Enric González


Yo ya sabía que la afición colchonera es de una pasta especial. El otro día lo confirmó un amigo madridista mientras se abrazaba, entre lágrimas y confusión, con una señora del Atleti.

Conocí a la tribu rojiblanca el 27 de mayo de 2000, en Valencia. El Espanyol, el equipo de mis penas, y el Atlético de Madrid disputaban la final de la Copa del Rey en Mestalla. Las horas previas al encuentro pasaron como suelen pasar, con un tranquilo compadreo entre ambas aficiones. Eso es lo habitual. Son muy pocos quienes crean bronca en torno al estadio, pero son ellos quienes salen en la prensa porque, como se sabe, la noticia consiste en que un hombre muerda a un perro y los descerebrados del fútbol muerden hasta las farolas con tal de hacerse notar.

El partido salió raro y no sólo porque lo ganara el Espanyol: el gol de Tamudo, birlando el balón de entre las manos a su ex compañero Toni, fue de los que mosquean a la parte damnificada.
Concluida la ceremonia, había un bando esencialmente triste: el Atleti había bajado a Segunda sólo 20 días antes y, como postre, se llevaba el chasco. Y había un bando esencialmente desconcertado: el Espanyol llevaba 60 años sin ganar nada y, por tanto, la experiencia de llevarse una copa a casa era algo nuevo para casi todos nosotros. Una vez celebrados los goles y vitoreado el equipo, no sabíamos cómo comportarnos. Salimos del estadio, por tanto, como solemos salir de los estadios: más bien callados y circunspectos.

A mi grupo se acercó entonces uno de colchoneros preguntando el porqué de tanta flema. Pudimos responder (sin mentir) que callábamos, en parte, por no ofender: sabemos demasiado bien lo que siente el que pierde. Respondimos cualquier otra cosa. El grupo rojiblanco se unió a nosotros y nos animó a animar. Son detalles que no se olvidan.

Y luego, el día del Atlético-Barça, pasó lo de mi amigo. El personaje en cuestión, al que, como hacía Groucho Marx, llamaremos Delaney, acababa de sufrir un mal trago sentimental y arrastraba su alma en pena por las calles de Madrid. Delaney sintió la necesidad de compañía y en un arrebato, pese a su acendrado madridismo, se hizo con una entrada para el partido del Calderón. Podía haber satisfecho su afán de multitud en el metro, es cierto, pero no creo que a Delaney se le haya ocurrido jamás bajar las escaleras hasta ese universo subterráneo.

En pleno fragor de la remontada atlética, mientras el Calderón hervía, mi amigo Delaney no pudo más con lo suyo. Sentado en su asiento, se le escapó una lagrimilla de desamor. La señora de la plaza contigua, incapaz de tolerar que un miembro de la tribu se emocionara de esa forma tan solitaria, se echó a sus brazos, le estrujó con fuerza y le transmitió a gritos una dosis de humanidad: "¡Llore, llore con ganas! ¡Desahóguese, que esto no se ve todos los días!". La señora redondeó el gesto con su propio llanto. Y así acabaron el partido mi amigo Delaney, el merengue, y la cordial señora colchonera: abrazados los dos, húmedos los ojos, absurdamente unidos.

lunes, febrero 23, 2009

LA LECTURA DE LOS CLÁSICOS por Enric González


Para aprender periodismo deportivo basta con estudiar a dos clásicos, italianos ambos: Gianni Brera y Candido Cannavó. En esos dos hombres está todo. Por supuesto, jamás anduvieron de acuerdo.

Gianni Brera inventó el lenguaje del deporte italiano. Fue un escritor espléndido, elevó a niveles insuperables las crónicas de ciclismo y dio legitimidad al juego cínico y reservón con el que muchos identifican al calcio. Un tipo tremendo, Brera. Grueso, arrogante, racista, con una cultura enciclopédica y un carácter insufrible. Su secreto fue revelado tras su muerte: amaba el fútbol delicado y creativo de Gianni Rivera, pero no podía decirlo sin echar por tierra sus teorías sobre las bondades de la defensa, el patadón y el gol de picardía.

El sur italiano y sus habitantes ocupaban un puesto muy alto en su lista de manías. Brera, hombre del norte, toleraba con dificultad la existencia de Roma; cualquier cosa al sur de la capital le parecía insufrible. ¿Creen que un hombre así no podía ser un gran periodista? Se equivocan: fue grandioso. No sólo observaba el deporte como nadie (la agonía de un ciclista rezagado en la escalada, el cambio táctico que decanta un partido); era un maestro de la provocación inteligente y la polémica de profundidad, elementos fundamentales para la prevención del atontamiento.

Lo que hizo en 1983 fue perfectamente previsible: denunció que La Gazzetta dello Sport, el diario en el que había escrito sus mejores piezas, era víctima de "una conspiración sureña". La "conspiración" consistía en que La Gazzetta, el diario con mayor difusión en Italia, había quedado en manos de un director siciliano. El siciliano, llamado Candido Cannavó, prefirió no discutir con su ilustre colega y ponerse a trabajar.

El lector avisado puede imaginar la dificultad que entraña dirigir la Biblia rosa del deporte italiano. En España resulta un poco más sencillo porque los diarios deportivos tienen una clientela concreta. Para entendernos, no habrá muchos socios del Barcelona que compren el As ni muchos del Madrid que compren el Sport. La Gazzetta, en cambio, se ve obligada a mantener las distancias, cosa no siempre posible.

Cannavó, por ejemplo, opinó tras la tragedia de Heysel que el Juventus debía devolver la Copa y dejar vacante el título europeo: los aficionados juventinos empezaron a detestar al pobre director siciliano y bastantes se pasaron al Tuttosport, un diario inequívocamente blanquinegro. También hubo bronca cuando Cannavó se mostró partidario de que las maniobras de Luciano Moggi, el director deportivo del club de los Agnelli, fueran castigadas con el descenso del equipo. La peor bronca de todas fue interna: cuando afloró el dopaje en el ciclismo, Cannavó exigió la máxima dureza; cabe suponer cómo se lo tomaron los dueños de La Gazzetta, diario patrocinador del Giro.

Cannavó no escribía tan bien como Brera o como Gianni Mura, el gran cronista de La Repubblica. Pero era un grandísimo periodista, honrado y, además, bondadoso, tanto como para proclamar tras la muerte de Brera, en 1992, que su correoso rival había sido el mejor. Dejó la dirección de La Gazzetta en 2002, después de 20 años, y se instaló en una oficina pintada de rosa, como las páginas del diario, para escribir columnas de portada y libros sobre la vida carcelaria o los discapacitados físicos. Eran, a su manera, libros sobre el deporte porque hablaban de la capacidad humana para superar las dificultades.

Candido Cannavó, nacido en Catania en 1930, sufrió una hemorragia cerebral el pasado jueves mientras trabajaba en La Gazzetta. Falleció ayer por la mañana.

lunes, febrero 16, 2009

LA HISTORIA DEL GATO MUERTO por Enric González


La estética del fracaso se hace a veces cansina, eso es cierto. El héroe derrotado y víctima de la injusticia constituye un instrumento narrativo muy útil cuando se trata de criticar la sociedad. Desde el Jean Valjean de Víctor Hugo al Philip Marlowe de Raymond Chandler, disponemos de una extensa galería de personajes inequívocos: en cuanto aparecen, sabemos que al final, si llegan a sobrevivir, se quedarán solos y pobres. Ocurre, sin embargo, que ese héroe, o antihéroe, ha degenerado con frecuencia en un pastiche. Eso, en el arte. En la vida, el culto al fracaso tiende a producir abulia, conformismo y una actitud parasitaria.

Todo eso lo reconozco. Pero en materia de fútbol sigo sintiendo respeto, y casi reverencia, hacia los equipos malditos. Uno siempre puede elegir los colores de un equipo grande y más o menos triunfador; sospecho que los equipos pequeños y más o menos perdedores, en cambio, le eligen a uno.

Puestos a elegir un club europeo al que el destino haya designado como víctima, yo propondría al Torino. Por la catástrofe aérea de Superga, que aniquiló el mejor equipo de su historia; por la desgracia de Meroni, la mariposa grana, atropellado tras un partido por un joven admirador, y por estar condenado a convivir con una sociedad tan potente y altiva como la Juventus. ¿Y en España? Mi elección, evidentemente subjetiva, recaería en el Levante. No pertenezco a ese segmento de la sociedad que se embelesa con los colores azul y grana, los que utiliza el Levante. Pero simpatizo con los decanos de Valencia, en parte por los infortunios que desde siempre han afligido a la institución granota (llamada así por las ranas que abundaban en una vieja sede) y en parte porque de pequeño oí hablar de la leyenda del gato negro. No sé si la conocen. Dicen que hacia 1959, después de que el Levante perdiera una promoción para ascender a Primera, unos seguidores del Valencia colgaron un cartel junto a la puerta del estadio levantinista de Vallejo. El cartel decía: "Cuando el gato suba a la palmera, el Levante estará en Primera". Había unas palmeras por allí. Al pie de una de ellas dejaron el cadáver de un gato negro.

No sé si la historia es cierta o si, de serlo, ocurrió como la cuento. Se agradecerían noticias. Posee, en cualquier caso, una indudable fuerza expresiva.

Hagamos un breve e incompleto recuento de las desgracias del Levante, un club endémicamente pobre. La desgracia que podríamos calificar de fundacional ocurrió en 1927, cuando se creó la Liga española: el Levante podría haber disputado las eliminatorias que garantizaban un puesto en Segunda, pero por falta de dinero prefirió instalarse en Tercera.

Diez años después, en 1937, el Levante venció en la final de Copa a su máximo rival, el Valencia. Pero la competición fue disputada en la zona republicana y el título no fue reconocido por el franquismo; sólo en la democracia se ha legalizado ese trofeo. Dos décadas más tarde, en 1957, el estadio granota fue destrozado por unas inundaciones. En 1981, el Levante fichó por una cantidad desproporcionada (porcentaje de taquilla incluido) a un Johan Cruyff especializado en lanzar fueras de banda; la temporada acabó en descenso. Los últimos años son bien conocidos, incluyendo los impagos a los jugadores y el desastre económico del pasado. Es sólo un detalle, pero este fin de semana ha perdido contra el Hércules.

Se aceptan otras propuestas, pero insisto: no conozco una afición que haya sufrido tanto como la granota.

lunes, febrero 09, 2009

LOS MAESTROS DEL RELATO por Enric González


Hay grandes futbolistas que no saben jugar al fútbol. Y futbolistas mediocres, o poco más, que juegan como los ángeles. Son casos minoritarios, pero existen.

Guardiola no valía la mitad que Xavi o Pirlo. Su talento era y es básicamente mental
¿En qué consiste saber jugar al fútbol? En conocer el juego, simplemente. En conocerlo desde dentro, en dominar (y anticipar) los movimientos colectivos propios y ajenos, en intuir espacios que aún no existen. En comprender el sentido del relato que se desarrolla durante 90 minutos. En resumen, en saber por qué pasa lo que pasa. Hay grandes futbolistas que ignoran todo eso. Recuerden a Rivaldo, por ejemplo. Tenía, y dentro de lo que cabe mantiene, un toque exquisito, una técnica individual refinada y una notable capacidad para inventar regates y disparos difíciles. No creo, sin embargo, que sea un buen jugador de fútbol. No creo que sepa por qué pasa lo que pasa durante un partido. El fútbol de Rivaldo comienza y acaba en sí mismo.

Otro ejemplo: Beckham, un deportista encomiable en muchos sentidos. Vive en un ambiente que eleva lo pijo a niveles grotescos; cuando salta al campo, sin embargo, se esfuerza como un debutante. Ha sobrevivido a múltiples defunciones futbolísticas y, ya en la decadencia, resulta todavía útil. Ahora bien, es un tipo de una sola jugada y de un solo pie: dobla el tobillo derecho y saca un centro estupendo. Y otro. Y otro. Es una máquina de golpear el balón. Háganle hacer otra cosa, y Beckham naufraga. No alcanza a comprender el intríngulis del juego. Luego están los otros, los que carecen de características sobresalientes, los que no han nacido para acariciar el balón, pero entienden de qué va la cosa. Guardiola, sin ir más lejos. Guardiola fue un futbolista lento, frágil, sin especial talento para el pase larguísimo (comparado con especialistas como Schuster) y sin llegada a puerta. En términos estrictamente técnicos, Guardiola no valía la mitad que Xavi o Pirlo. El talento de Guardiola era, y debe seguir siendo, básicamente mental. Guardiola siempre daba la impresión de saber por qué pasaba lo que pasaba en un partido, y qué había que hacer para que las cosas siguieran igual, o cambiaran a favor de su equipo. Los ritmos, las distancias, los espacios, esos elementos que definen el futuro inmediato de un balón en movimiento, estaban en su cabeza.

Y no es cuestión de centrocampismo. Piensen en Romario, una de las cumbres estéticas del fútbol. Era un tipo que jugaba de espaldas al partido: cuando se procuraba un balón, inventaba un gol. Él se lo guisaba, él se lo comía.

De Hugo Sánchez podría decirse que fue futbolista de una sola jugada, el remate: toque y gol. En realidad, era lo opuesto a Romario: sabía desde dónde partiría el centro, dónde iría a parar y en qué posición y postura debía encontrarse él para tocar y marcar, sin más florituras. Leía el partido y participaba en él como el centrocampista más iluminado. No se perdía ni una línea de la narración, aunque sólo apareciera en la última página. No hubo futbolistas más distintos que Guardiola y Hugo Sánchez. Pero ambos compartían una misma cualidad: cada uno en su estilo, fueron maestros del relato.

lunes, febrero 02, 2009

EL SUFRIMIENTO Y LAS BELLAS ARTES por Enric González

Sinceramente, difícil explicarlo, exponerlo, expresarlo mejor.

La ficción cambia con el tiempo. El humano, sin embargo, permanece apegado a ella. Dicen que en el siglo XVIII fue el teatro y que en el XIX fue la novela. Suena razonable. También dicen que el siglo XX fue dominado por la ficción cinematográfica y radiotelevisiva, pero ahí no estoy del todo de acuerdo. Conviene tener presente al fútbol, una ficción de extraordinario éxito.

El fútbol, como cualquier otra ficción, exige lo que Coleridge llamó la suspensión de la incredulidad. Practicamos esa suspensión de forma automática y casi inconsciente: podemos llorar leyendo una pieza literaria, asistiendo a una representación teatral o viendo una película, aunque sabemos que la emoción viene provocada por una historia irreal que alguien ha confeccionado justamente para eso, para apelar a nuestros sentimientos.

Eso mismo es el fútbol, con una característica adicional: permite además una interactividad casi ilimitada, muy superior a la de cualquier otra expresión ficticia.

Por supuesto, el fútbol cuenta con una vertiente real. Hay balón, cancha, jugadores, resultados, estadísticas, negocio. También en la literatura hay idiomas, normas ortográficas, autores, lectores, negocio. Lo interesante, sin embargo, es lo otro, lo que no es real.

Acuda a un estadio, cualquiera de ellos, y contemple la grada. Tal vez se vea usted a sí mismo, sentado cómodamente o empapado por la lluvia, sonriente o furioso, feliz o deprimido.
Evidentemente, no es el juego por sí mismo el que hace que el aficionado grite o aplauda: conozco a muy pocos, poquísimos, estetas del fútbol. La emoción la aporta una compleja construcción cultural por la que una victoria de nuestro equipo puede hacernos rozar la gloria y una derrota puede llevarnos a la miseria.

Ésa es la ficción que hace del fútbol un fenómeno social. Sabemos que, en realidad, no pasa nada: sólo pasa lo que nosotros queremos que pase. Sabemos que los futbolistas cobran por jugar y son intercambiables. Sabemos que entre los nuestros, los de nuestro bando, hay gente detestable y que entre los otros, la afición rival, tenemos amigos y familiares a los que queremos. Incluso sabemos que nuestra identidad colectiva, definida por unos colores determinados y una historia compartida, es un relato, no un hecho. Pero ejercemos muy a gusto nuestra suspensión de la incredulidad y nos incorporamos a la ficción como uno más entre muchísimos personajes secundarios.

Ahora mismo, en cuanto envíe estas líneas, el arriba firmante se pondrá un abrigo e irá al estadio a pillar un resfriado bajo la lluvia y el viento mientras soporta un partido infame y sufre como si se acabara el mundo porque su equipo, el Espanyol, percibe ya en la nuca el aliento frío del descenso. Que me perdonen las bellas artes, pero no hay ficción en el mundo que procure sensaciones tan auténticas.

lunes, enero 26, 2009

KAKÁ, LA GERONTOCRACIA Y LAS OFERTAS DIABÓLICAS por Enric González


Digamos que Silvio Berlusconi es un personaje singular. Así nos entendemos todos y él no se enfada. Porque una de sus singularidades consiste en leer, o en hacer que le lean, lo que se escribe sobre él en las páginas deportivas. Puedo garantizarlo: cuando trabajaba en Italia, más de un lunes recibí una llamada de Paolo Bonaiuti, hombre de confianza de Berlusconi y portavoz del Gobierno. Bonaiuti llamaba para quejarse. No por una crónica de política o economía, sino por alguna opinión contenida en unas cosillas llamadas Historias del calcio que hacía yo entonces.

Parece bastante evidente que Berlusconi tiene un alto concepto de sí mismo y cuenta con ocupar un lugar destacado en la historia italiana. Sospecho, sin embargo, que, por encima del dinero, del poder y de los galanteos, es decir por encima de todo, valora su trabajo en el Milan. ¿Recuerdan el Rosebud? Era el trineo que, en Ciudadano Kane, el magnate añoraba en el momento de la muerte. Pues bien, Berlusconi no ha perdido su Rosebud. Para Berlusconi, el Milan es a la vez un objeto de placer casi infantil y un símbolo de trascendencia.

El Milan no pasa por su mejor momento. Ni en la competición italiana, hasta ahora dominada por el Inter y la Juventus, ni en Europa: vivir fuera de la Champions ha de resultar muy duro para una institución que se autoproclama "el club con más títulos del mundo". El Milan de 2009 es además un equipo tremendamente desequilibrado. Basta recitar la alineación que se enfrentó al Roma hace un par de semanas: Abbiati (31 años), Zambrotta (casi 32), Maldini (40), Favalli (37), Jankulovski (31), Beckham (33), Seedorf (32), Pirlo (28), Ambrosini (31), Ronaldinho (28), Kaká (26) y Pato (19).

Observen que la parte delantera es de alto nivel y de edad razonable. Todo lo que hay detrás, por el contrario, es disfuncional y fondón, impropio de un gran equipo. En la defensa falta Nesta, cierto. Pero Nesta va por los 32 años y está muy castigado por las lesiones.

Contaba ayer John Carlin que Kaká ha rechazado la megaoferta del Manchester City, que John llamaba "la oferta del diablo" (El diablo, curiosamente, es el apodo del Milan), y que ha hecho un favor al fútbol quedándose con Berlusconi. El City, por supuesto, no es el Milan. Hasta ahí, de acuerdo. Ahora bien, ¿se han fijado en todo lo que necesita el Milan para acabar con la tendencia gerontocrática? Los viejos jugadores milanistas cuentan con la experiencia necesaria para ganar cualquier final, pero no con las piernas para llegar a ella. A finales de esta temporada se impondrá una renovación profunda. Y arriesgada, como todas las renovaciones.

Kaká es uno de los tres o cuatro mejores jugadores del mundo. Pato es un delantero excelente y jovencísimo. A Ronaldinho aún le quedan unos cuantos tiros libres. Lo demás, con la excepción de Pirlo, pronto será material de desguace.

No tengo ni idea de los planes de Berlusconi. Puestos a vaticinar, sin embargo, creo que en el verano acabaremos hartos de Silvio Berlusconi y de Florentino Pérez y de su necesidad de comprarlo todo.

(Por cierto, lean lo que John Carlin escribe sobre el rugby en su nuevo libro, El factor humano. Da igual que no les guste el rugby o no les gusten los libros: es deporte en grado sublime).

lunes, enero 19, 2009

EL FÚTBOL LÍQUIDO por Enric González


Perdonen. Les prometo que este articulito habla de fútbol. De Matthew Le Tissier, por ejemplo: el genio perezoso que nunca quiso dejar su equipo, el Southampton.

Pero antes habrá que mencionar al filósofo polaco Zygmund Bauman y referirse un momento a su exitosa teoría de la sociedad líquida. Bauman afirma que la vieja sociedad sólida, construida sobre bases estables como la familia, el empleo o las instituciones políticas, se ha desvanecido y que la posmodernidad ha roto todos los anclajes. Nos movemos en un entorno precario y cambiante, en el que antiguos valores como la fidelidad, la duración o la renuncia han perdido su significado. Eso es la sociedad líquida. Algunos hablan ya de sociedad gaseosa. Los individuos y las instituciones flotamos a la deriva.

Llegamos a Le Tissier. Fue, y es, el hombre más reverenciado de Southampton, una localidad no especialmente agraciada del sureste inglés. Dedicó al Southampton, un equipo siempre al borde del desastre, su carrera deportiva completa (1985-2002) y una colección de goles increíbles. Le gustaba elevar el balón y golpearlo en el aire, como suele hacerse en la playa (nació en Guernsey, una isla del Canal de la Mancha), y no fallaba un penalti. Lanzó 50 y marcó 49. El día que falló corrió a felicitar al portero: era y es un tipo amable. Le Tissier, que a veces estaba muy gordo y no se distinguía por su rapidez, fue tentado por numerosos clubes. Milan, Chelsea y Tottenham le hicieron ofertas en firme. Ni siquiera contestaba. Sólo fue internacional en ocho ocasiones y tampoco eso pareció importarle mucho.

Matthew Le Tissier fue un futbolista de club. Hasta hace un par de décadas, había al menos uno en cada equipo modesto y, quitando a los fenómenos, que siempre emigraron, alguno de ellos era realmente bueno. Representaban la continuidad y la memoria. ¿Hacemos ahora una lista de los grandes futbolistas de club? Raúl en el Madrid. Puyol en el Barcelona. Gerrard en el Liverpool. Maldini en el Milan. Totti en el Roma. Del Piero, con reparos (ha jugado en otros equipos) en la Juventus. Podríamos añadir algunos más. ¿Se les ocurre alguno en un equipo de aspiraciones limitadas? Queda Tamudo, pero sigue en el Espanyol por pura casualidad: porque el Rangers, que le fichó hace ocho años, le devolvió a Barcelona por razones médicas.

En la sociedad líquida, los grandes jugadores de club y, por extensión, la estabilidad y la memoria constituyen un lujo, una rareza que sólo pueden permitirse las instituciones más solventes.

Le Tissier era ya un veterano cuando el pay per view de Murdoch creó la Premier League, los sueldos se dispararon y el fútbol inglés alcanzó el estado líquido. Pudo vivir al margen del nuevo modelo de negocio. Su caso, hoy, es prácticamente irrepetible. Enjambres de intermediarios flotan sobre las canchas juveniles para llevarse al chico prometedor mucho antes de la mayoría de edad. Ocurre lo que todos sabemos: los clubes fuertes son cada vez más fuertes y los débiles son cada vez más débiles. Y ocurre además lo que decíamos antes: que la continuidad, la memoria, los relevos entre generaciones, son sólo de quien puede pagarlos.