
Este blog nace en 2004 para recoger los mejores artículos de ENRIC GONZÁLEZ en El País, El Mundo, o donde le dé la gana. A partir de ahí, aquí cabe todo aquello que pueda robar a quien quiera que escriba algo, lo que sea, que no me haga sentir imbécil cuando se hable de fútbol. JM Román
miércoles, abril 30, 2008
NIKE GANA LA PARTIDA

domingo, abril 27, 2008
Historias del Calcio. TONI, EL QUE SE PARECE A MARCO
No sé si alguien más ve semejanzas entre Van Basten y Toni, pero hoy poca gente se burlaría alegremente de la comparación.

No le ayudaban ni el nombre ni la fortuna. Lo del nombre parece una tontería, pero pesa: Toni evoca un partido de barrio, un campo sin hierba y un banquillo. Y Luca Toni carecía de alternativas: o Luca, o Toni. Acerca de la fortuna, vale el testimonio de Marta, la novia de siempre: "Cuando le conocí era un gafe". Marta le conoció cinco años atrás, en el momento más bajo de la carrera del futbolista, si aquella sucesión de tumbos podía llamarse carrera.
Toni comenzó en 1994 en el Módena y en las temporadas siguientes se mantuvo en Tercera División, descendiendo peldaño a peldaño la escalera hacia la nada. Tras el Módena se fue al Empoli, al Fiorenzuola y al Lodigiani. Tenía 23 años y estaba en el Lodigiani, sin expectativas de mejora. A la edad en que los grandes futbolistas se han consagrado o están a punto, Toni decidió abandonar. Fue Marta quien le convenció de que siguiera en el fútbol un poco más de tiempo. Tampoco tenía nada mejor que hacer.
Siguió un poco de esperanza: pasó al Treviso, en Segunda, y marcó 15 goles. El gafe que fallaba goles hechos y resbalaba al lanzar los penaltis estaba convirtiéndose en un delantero centro apreciable, de esos que dan alegría a los equipos modestos y luego se pierden en el olvido.
El Vicenza le contrató y alcanzó la Serie A, lo máximo a lo que podía aspirar. En 2001 saltó al Brescia, donde jugó dos años y compartió alineación con el gran Roberto Baggio. Eso era más que lo máximo, era la batallita que sus nietos tendrían que escuchar mil veces.
En 2003 regresó a Segunda, al Palermo. Tenía 26 años y su trayectoria iniciaba la curva descendente. Algo ocurrió en ese momento, porque el gafe se esfumó y Toni empezó a hacer cosas prodigiosas: como marcar 30 goles y meter al Palermo en la Serie A. En la temporada siguiente, más de lo mismo: 20 goles y el Palermo a la UEFA.
Cesare Prandelli es un buen entrenador que conoce la mala suerte. En 2004 tuvo que dejar el puesto de entrenador de la Roma en plena pretemporada para atender a su esposa, gravemente enferma. Tras un año en blanco, fue contratado unos meses atrás por los Della Valle, los nuevos propietarios del Fiorentina, y sólo puso una condición: que ficharan a Toni. Los riquísimos Della Valle pagaron 18 millones de euros al Palermo y se llevaron a Toni a Florencia.
Luca Toni es, a los 28 años, un delantero sensacional. Hace unas semanas anotó una tripleta con la selección italiana. Marcó en el primer partido de Liga. Volvió a marcar en el segundo. Ayer el Fiorentina se enfrentaba a un enemigo difícil, el Udinese de Vincenzo Iaquinta. El duelo de arietes tuvo un vencedor claro: Toni marcó otros dos goles y fabricó un tercero. Al final, 4-1. Iaquinta anotó un penalti y un gol que se anuló sin motivos: es bueno, como Gilardino (que ha llegado al Milan en el peor momento porque el equipo de Berlusconi sigue lastrado por la catástrofe de Estambul).
Toni, sin embargo, es algo más. En sus remates hay una elasticidad imposible, una precisión fatídica. Resulta imposible no evocar a un tipo alto como él (1,88) que también marcaba goles y que, como Toni, disfrutó de pocos años gloriosos. Toni llegó tarde. El tipo al que recuerda cada vez que se descoyunta en el área se fue demasiado pronto, a los 28, lleno de cicatrices. Una lástima, porque no habrá otro Marco Van Basten. La consolación es que de la nada haya surgido Toni, el mejor sucedáneo conseguido hasta la fecha.
Enric González es autor de Historias del Calcio
martes, abril 15, 2008
LA MEDIDA DEL ÉXITO por Santiago Solari

Arsène Wenger, guía del club desde 1996, es el entrenador más laureado de su historia. Antes se había dedicado a otras cosas, entre ellas a la consecución de una licenciatura en ingeniería, así como un master en economía.
El martes pasado, la cámara enfocó su gesto de incredulidad cuando Torres marcó el segundo gol del Liverpool después de una jugada con confeccion de Big Mac, echando por tierra toda la elaboración de gourmet de su equipo. Ese gol y ese gesto sintetizan la batalla. La batalla de quien aspira a mucho más que la victoria, de quien asume un contrato de fe con la creatividad, con la imaginación, de quien apuesta sin especular y pierde de la forma más dolorosa: con la estocada traidora de aquellos argumentos que se niega a utilizar. Pero es sólo una batalla lo que pierde.
Triunfo del Liverpool y fracaso del Arsenal. Este maniqueísmo futbolístico que concede el éxito al que hizo un gol más en el último partido, esta vara dual, simplista, sigue siendo una de las causas principales de inestabilidad en muchísimos clubes. Esta inestabilidad es causa y consecuencia a la vez del peor de los pecados: la falta de identidad.
El Arsenal sabe quién es, sabe lo que quiere y actúa en consecuencia. Tiene un modelo de gestión que abarca todos los aspectos, desde el deportivo al económico, siempre respetando un camino o, más bien, construyendo un camino. Wenger y el Arsenal han asumido una responsabilidad estética que a la larga no es más que un pacto de respeto a la esencia misma del juego, adquiriendo un compromiso casi anacrónico con la belleza, como el de los artesanos que hicieron los mosaicos de la basílica de San Marcos, en Venecia, sacrificando el hoy en pos de la perdurabilidad.
El éxito del Arsenal radica entonces en ser un club con identidad. Su mérito no es sólo adherir a determinada idea, sino mantenerse fiel a ella sabiendo que es un camino mucho más largo, que acarrea una inestimable cantidad de esfuerzo y tiempo, ya sea en conseguir los jugadores mas idóneos para comulgar con esa idea que para transmitir todos los argumentos que le permitan plasmarla de forma competitiva. El éxito del Arsenal es el de llevar tantos años jugando bien al fútbol en esta vorágine de resultados inmediatos, de victorias instantáneas. El éxito del Arsenal, en definitiva, es que todos esperemos sus partidos y el de Wenger es que todos querríamos jugar en su equipo.
sábado, marzo 29, 2008
OLD FIRM. LA ESENCIA DEL FÚTBOL por Borja Cuadrado

La hostilidad que se vive en la grada es indescriptible. Cuenta todo aquel que ha presenciado uno de estos partidos que no hay nada comparable con un Celtic-Rangers. Ni un Boca-River, ni un Real Madrid-Barcelona, ni un Flamengo-Fluminense.
martes, marzo 25, 2008
AZCONA-GUARDIOLA, UNA CONVERSACIÓN

sábado, marzo 22, 2008
EL ADIOS DEL PRÍNCIPE, por Carlos Ares (en la despedida de Enzo Francescoli, febrero 1998)

Es una pena que para los aficionados españoles sea sólo un nombre y alguna imagen fugaz. El jugador uruguayo Enzo Francescoli, de 36 años, que anunció el pasado miércoles su retirada definitiva del fútbol profesional en el salón de honor del River, el club argentino donde se convirtió en uno de los ídolos indiscutidos de toda su historia, fue de aquellos que llevan las multitudes a los campos con la ilusión de que su sola presencia puede salvar la tarde.En toda su carrera disputó 617 partidos oficiales, desde que debutó a los 18 años en el Wanderers de Montevideo, convirtió 236 goles y conquistó 13 títulos. Jugó en el River, en el Matra Racing de París, el Olímpico de Marsella, el Cagliari y el Torino de Italia, y regresó al River en 1994. Fue también tres veces campeón de América con la selección de Uruguay y participó en dos Copas del Mundo.
Nadie, fuera del campo, te oyó jamás levantar la voz, criticar a un compañero o hablar mal de un entrenador. El Príncipe como le llaman, fue un caballero de fina estampa que hizo respetar los límites a la prensa deportiva, a los directivos y al público. Los aficionados del River deliran cuando gritan el tradicional "uruguayo, uruguayo" que será la música de fondo de su vida, pero todos los argentinos le quieren y le admiran como a, los ídolos propios. Cuando los fanáticos o la prensa querían utilizarlo como modelo para contraponer al inefable Maradona del Boca, fue el mismo Francescoli el primero en reconocer y admitir sinceramente que no cabía tal comparación: "Yo no puedo compararme con él, Diego fue un verdadero rey del fútbol y yo nunca me creí eso de ser el príncipe, como dice la prensa. Sí creo que fui un tipo tocado por la varita mágica. Uno como cualquier otro, al que el balón lo hizo importante".
En los momentos más duros de la vida de Maradona, fue Francescoli uno de los que puso la cara para defenderlo. La pasada temporada, antes de un clásico entre el River y el. Boca, Francescoli buscó especialmente a Maradona para dejar el testimonio de su afecto con un abrazo. Nadie del River, ni siquiera los barras bravas, podía criticar una decisión personal de Francescoli. Tras conquistar tres títulos consecutivos de Liga con el River y la Supercopa de América, anunció el final de su carrera. Desde ese momento intentaron convencerlo para que continuara al menos otra temporada. Pero los aficionados sabían que Francescoli cumpliría su palabra. "En el fútbol pasé los 18 años más felices de mi vida. Todo lo que yo soñaba era jugar algún día con Peñarol en el estadio Centenario. Ahora me llevo. mucho más de lo que podía imaginar".
Es una pena que los aficionados españoles no le conozcan demasiado, al menos para repartir la tristeza entre más.
sábado, marzo 08, 2008
LOS GENIOS NUNCA LLEVAN LA BANDERA por Benjamín Prado

Prefiero mil veces la segunda opción, porque es la que suele permitir que el reloj de los partidos lo lleven gente como Luis Figo o Zinedine Zidane, en lugar de esa fábrica de cemento rápido pintada de azul que se llama Gattuso y lleva el ocho en la espalda. Hay que ver, ni más ni menos que el ocho, que en el fútbol es el cuarto número que más importa, después del diez, el cinco y el seis.
En el fondo, la final del domingo va a ser eso, un combate entre un fútbol nacional y otro cosmopolita, uno que apelará a tradiciones congénitas y otro que querrá representar valores universales. Zidane nunca quiso parecerse a otro francés, sino a Francescoli, que era uruguayo, y si la genialidad fuera un país su pasaporte sería el mismo de Maradona, Cruyff o Di Stéfano.
El nacionalismo deportivo suele tener un problema, y es que a menudo vive con las ventanas cerradas y más atento a su pasado que a la realidad. Qué se lo digan, una vez más, a Brasil o a Inglaterra, cuyas únicas dos opciones son, campeonato tras campeonato, o imitarse a sí mismas o imitar a los demás, lo cual suele darles el mismo mal resultado, a los ingleses porque nunca ganan y a los brasileños porque no ganan siempre, que es lo que ellos consideran su destino natural, o ganan copiando, de medio campo hacia atrás, lo peor del fútbol europeo, lo que hace que sus derrotas no sólo se interpreten como un fracaso, sino también como una traición.
Francia o Portugal podrían estar en la gran final de Berlín y el que esuviera podría perderla, pero eso no hubiera sido tan importante. Lo que todos los que adoramos el fútbol vamos a recordar de este Mundial es la majestuosidad con que Luis Figo o, sobre todo, Zinedine Zidane exprimieron los destellos terminales de su talento. "La última gota es siempre una lágrima", dice el poeta hebreo Yehuda Amijai. Es verdad, pero no siempre: la última gota, también puede ser un diamante.
miércoles, marzo 05, 2008
Historias del Calcio. TARDE DE TREGUA

Los apartamentos papales estaban vacíos y sellados, el despacho de Berlusconi podía quedar desocupado en cualquier momento y los fascistas futboleros no incendiaron los estadios. Qué plácido domingo italiano, el de ayer. La momentánea paz del fútbol, después de tanta violencia y tanto bochorno, no se quebró ni en el derby toscano, que dejó a los comunistas del Livorno en mitad de la tabla y al Fiorentina resbalando de regreso a Segunda, ni con la derrota en casa del Roma ante el Reggina.
domingo, marzo 02, 2008
QUE CONTRA GUSTOS...
martes, febrero 26, 2008
LA GEOPOLÍTICA DEL FÚTBOL por Pascal Boniface

¿Existe una relación entre el fútbol (y el deporte en general) y el espíritu de nacionalismo y militarismo? Durante la Edad Media, el deporte solía estar prohibido en Inglaterra, porque se practicaba a expensas del entrenamiento militar. Después de la derrota de Francia ante la Alemania de Bismarck en la guerra franco-prusiana, el barón Pierre de Coubertin (que volvió a lanzar los Juegos Olímpicos unas décadas más tarde) aconsejó una renovación del énfasis nacional en el deporte, que por entonces se entendía como una forma de preparación militar.
En un partido de fútbol, los rituales -las banderas ondeando, los himnos nacionales, los cantos colectivos- y el lenguaje que se emplea (el encuentro comienza con un "estallido de hostilidades", uno "bombardea" la portería, hace saltar por los aires la defensa y lanza un "misil") refuerzan la percepción de una guerra por otros medios. Y de hecho, han estallado guerras reales por el fútbol. En 1969, Honduras y El Salvador se enfrentaron tras un partido de clasificación para la Copa del Mundo.
Al parecer, los partidos de fútbol pueden revivir rivalidades nacionales y conjurar los fantasmas de guerras pasadas. Durante la final de la Copa de Asia, en 2004, que enfrentó a China y Japón, los seguidores chinos lucieron uniformes militares japoneses al estilo de los años treinta para expresar su hostilidad hacia el equipo nipón. Otros aficionados chinos blandían carteles con el número "300.000", una referencia a la cifra de chinos asesinados por el ejército japonés en 1937. Pero ¿de verdad podemos decir que el fútbol sea responsable de las malas relaciones diplomáticas actuales entre China y Japón? Por supuesto que no. La hostilidad en el terreno de juego apenas refleja las tensas relaciones existentes entre ambos países, que soportan el peso de una historia dolorosa. Al otro extremo del espectro, la dramática semifinal entre Francia y Alemania jugada en Sevilla en 1982 no tuvo efectos políticos, ni para las relaciones diplomáticas entre los dos países ni para las relaciones entre los dos pueblos. El antagonismo quedó confinado al estadio, y acabó cuando lo hizo el partido.
Lo que verdaderamente ofrece el fútbol es una zona residual de enfrentamiento que permite una expresión controlada de la animosidad y no afecta a los ámbitos más importantes de interacción entre los países. Francia y Alemania pronto tendrán un ejército común -ya utilizan la misma divisa-, pero la supervivencia de los equipos nacionales canaliza, dentro de un marco estrictamente limitado, la persistente rivalidad que existe entre los dos países.
El fútbol también puede ser una ocasión para los gestos positivos. En 2002, la organización conjunta de la Copa del Mundo por parte de Japón y Corea del Sur ayudó a acelerar la reconciliación bilateral. La actuación de los jugadores surcoreanos fue aplaudida incluso en Corea del Norte. De hecho, el deporte parece ser el mejor barómetro de las relaciones entre el dividido pueblo coreano.
Además, el fútbol, más que los discursos dilatados o las resoluciones internacionales, puede contribuir a inducir un avance hacia soluciones pacíficas para conflictos militares. Después de su clasificación para la Copa del Mundo Alemania 2006, el equipo nacional de Costa de Marfil, que incluía a jugadores del norte y el sur, se dirigió a todos sus compatriotas y pidió a las facciones enfrentadas que dejaran las armas y pusieran fin al conflicto que ha arrasado su país. Después de que el presidente de Haití Jean-Bertrand Aristide fuera derrocado hace unos años, el equipo de fútbol brasileño actuó como embajador para las fuerzas de paz de Naciones Unidas encabezadas por Brasil. Y cuando un conflicto toca a su fin, desde Kosovo hasta Kabul, el fútbol es el primer indicio de que una sociedad está volviendo a la normalidad.
El ex presidente de la FIFA João Havelange a menudo soñaba con un partido de fútbol entre israelíes y palestinos: el entonces vicepresidente de Estados Unidos Al Gore consideraba ese encuentro un medio para ayudar a Washington a resolver el conflicto palestino-israelí. Quizá algún día llegue a celebrarse. Sin duda, el partido de fútbol entre Irán y Estados Unidos de 1998 ofreció un momento de fraternización entre ambos equipos. Otro encuentro entre esos dos países podría ser útil en estos momentos difíciles.
El fútbol es útil porque permite enfrentamientos simbólicamente limitados y sin grandes riesgos políticos. Su impacto en la opinión pública nacional e internacional es amplio, pero no profundo. Como dijo el sociólogo Norbert Elias: "Los espectadores de un partido de fútbol pueden disfrutar de la emoción mítica de las batallas que se libran en el estadio, y saben que ninguno de los jugadores sufrirá daño alguno".Como en la vida real, los aficionados pueden estar divididos entre sus esperanzas de victoria y el temor a una derrota. Pero en el fútbol, la eliminación de un adversario es siempre temporal. Siempre es posible un partido de vuelta. Como francés, espero con impaciencia el encuentro entre Francia y Alemania en la próxima Copa del Mundo. Pero quiero que Francia se vengue por su derrota en la última Copa del Mundo en Sevilla, y no por su derrota en Verdún.
UNA PUNTUALIZACIÓN
jueves, febrero 21, 2008
CATEDRALES DEL SIGLO XXI

Allianz Arena (Munich). Herzog y De Meuron
En las últimas páginas de su Elogio de la belleza atlética, Hans Ulrich Gumbrecht se pregunta: -¿Cómo puede ser que los estadios vacíos me atraigan tanto, si no son más que un dispositivo para permitir la experiencia de volverse parte de la multitud, un dispositivo que no es nada sin la presencia móvil de un evento atlético?-. Esos inmensos espacios, heterotópicos -valga la referencia foucaultiana-, sólo son utilizados de cuando en cuando, exhibiendo casi de forma obscena su falta de función. También yo he sentido esa atracción fantasmal del estadio, sea por la atmósfera melancólica del Centenario en Montevideo, o por la pena que me produce el acoso taladrador al que está sometido el Calderón. Cerca del asimétrico campo del Chelsea o en las gradas del Olímpico de Atenas me han dado unas ganas locas de jugar o correr, comportamientos extremistas a los que pude resistirme. No es inusual que los fines de semana lleguen hasta la ventana de mi casa el rumor inmenso, los jadeos, el crujir de dientes, las explosiones de felicidad o el silencio de la derrota futbolera; incluso veo pasar junto a ese campo de batalla que antaño fue el parque de la Arganzuela a una marea humana, resto de las antiguas pasiones peregrinas, dispuesta a acompañar a sus colores incluso al hoyo de segunda división. Conozco el magnetismo brutal de los estadios de fútbol, que son las catedrales contemporáneas, dado que allí se celebra una auténtica liturgia.
Insularidad autocentrada.
Desde el Coliseo romano hasta nuestros días, el estadio subraya su carácter de insularidad autocentrada. El Allianz Arena, de Herzog y De Meuron en Múnich, es el estadio emblemático de comienzos del siglo XXI. Con su forma de globo a medio hinchar, impulsa a la imaginación frenética hasta el dominio de las ufología. Tal vez se trata de un sistema de transporte simbólico intergaláctico [aunque, como sabemos, esta palabra se ha puesto en cuarentena por causa del vía crucis madridista] o de una burbuja hiper-tecnológica que nos acuna y redime de las miserias cotidianas. Si el estadio municipal de Braga de Soto Moura es un ejemplo de delicadeza, la Peineta de Ortiz y Cruz convierte al espectador en una hormiga que está a distancia de lo que importa. Eduardo Arroyo, uno de los arquitectos españoles más lúcidos, ha propuesto en el estadio de Lasesarre del Baracaldo C.F. una interpenetración del campo y las gradas que incide en la necesaria implicación de esa multitud que, en todos los sentidos, juega. Por su parte, Calatrava, tan dado a la megalomanía, ha introducido una suerte de goticismo higienizante en sus estadios, que, como sucedió en el escenario que diseñó para la final del último mundial de fútbol en Berlín, tienen algo de arabesco o firma autocomplaciente.
Ética y estética.
Muntadas ha sido uno de los artistas que más se ha interesado por la ética y estética del estadio. En su impresionante instalación Stadium [1989] disponía un área elíptica impenetrable, delimitada por columnas, en la que se proyectaba un vídeo de multitudes en estos espacios, mientras en las zonas exteriores funcionaban cuatro proyecciones de diapositivas que trataban los temas de la arquitectura, el mobiliario, los símbolos y las actividades de los mismos. Se trataba de una recreación y, a la par, una deconstrucción del código simbólico-arquitectónico del estadio como sitio en el que pueden realizarse competiciones deportivas pero también conciertos, actos políticos o ceremonias religiosas. Con todo, aunque el estadio sea un medio de masas, la performance que le corresponde es el del agonismo deportivo, dando la sensación de que todo lo demás que allí se realiza tiene que ver, más que nada, con la capacidad. Esos espacios descomunales tienen que estar necesariamente llenos; en caso contrario, se extenderá un reguero desasosegante [lo sabemos por los llamados partidos a puerta cerrada], y comenzarán a escucharse los gritos angustiosos de los entrenadores y los exabruptos de los jugadores, que encontrarán el eco del vacío. Si en el Coliseo romano entraban más de 50.000 personas, en el estadio de la primera de las Olimpiadas modernas, en Atenas, en 1896, podían instalarse 70.000 espectadores, y, en Maracaná, el santuario del fútbol brasileño, pueden sudar juntos casi 200.000.
También en éste. Conviene tener presente que nunca antes de las primeras décadas del siglo XX los juegos con balón habían tenido una popularidad comparable a la que tienen hoy. El fútbol es el espectáculo del siglo pasado, y seguirá siéndolo de éste. A pesar de que el llamado juego bonito es como el arte -según Hegel-, cosa del pasado, las multitudes seguirán haciendo cola en las taquillas y entrando por los neo-vomitorios al circo del fútbol contemporáneo. Algunos historiadores han sostenido que en los días calurosos se esparcían perfumes en el Coliseo; en el estadio futbolero el drama y el aroma es otro, aunque no hay menos ansiedad y placer en la mirada que sigue el lento vuelo del penalti a lo Panenka de Zidane que en la espada que acaba con el desventurado enemigo. Hoy, señala Gumbrecht, parece que hemos olvidado de que ser parte de una multitud puede producir sentimiento de una felicidad que todo lo abarca. Ser parte de la multitud puede ser entendido como clímax dionisiaco.
Los estadios son el lugar donde se cumple el deseo primitivo de estar juntos, sea por la razón que sea. Si los italianos convierten los campos de fútbol con sus banderas en espacios neomedievales, y un estadio como el del Real Madrid parece un búnker desproporcionado, los ingleses prefieren la modestia arquitectónica, acaso porque piensan que el edificio que mejor acoge ese deporte es el canto de los aficionados. No hay arquitectura comparable a lo que crece hasta el cielo cuando se escucha You’ll Never Walk Alone. Los que visten la misma camiseta en las gradas son el Estadio; sus voces al unísono prometen lo sublime: compañía para siempre, camaradería, una palabra infrecuente.
sábado, febrero 16, 2008
VISCA FRANK por Julio César Iglesias

Aquel brasileño de facciones duras le había inspirado siempre un sentimiento reverencial. En las canteras del norte de Europa, con sus códigos inflexibles y sus horarios de factoría, los emisarios del exótico Brasil tenían la reputación de ejemplares únicos: eran la mutación que cabe esperar de tanta diversidad genética y tanta presión ambiental. Visto de cerca, Vanderlei personificaba mejor que nunca al pionero curtido en la abigarrada selva de las canchas del trópico. Allí estaba ahora, con sus pómulos de garimpeiro quemados por la taquicardia, hurgando en el fondo del bolsillo o en el teclado de un transmisor. Qué noche tan cargada y qué tipo tan particular.
Frank volvió al sillón azul de su puente de mando sin darse cuenta de que pertenecía a la misma estirpe. Años antes llegaba a la Selección holandesa y al Milan infiltrado entre Ruud Gullit y Marco Van Basten, dos de los futbolistas más grandes de la época. Perdido en tierra de nadie, a mitad de camino entre aquel antílope rubio que jugaba en una burbuja y su imponente amigo de pelo ensortijado, un extraño purasangre con bigote, debía interpretar un papel auxiliar. Carecía de la ingravidez del primero y de la exuberancia del segundo, así que, atrapado en un estilo seco, casi alemán, se convertiría en la versión mestiza del hermano pobre. Sin embargo aprendió a nadar contracorriente y alcanzó una sólida consideración profesional; la de uno de esos cartógrafos del fútbol que tienen cada metro y cada instante en la cabeza. Compañero leal en todos los supuestos y posiciones, terminó siendo, sencillamente, el más valioso subalterno del mundo: el color que le faltaba al cuadro.
Hoy, en el banquillo, se ha erigido en conservador de la escuela holandesa. Predica el toque, el aprovechamiento de espacios y el movilidad unánime que la crítica llamó fútbol total.
Es, como en su etapa de jugador, una figura compatible con todos los sonidos, aromas y matices del juego. La suma imposible de un general, un asistente y un amigo.
lunes, febrero 11, 2008
viernes, febrero 08, 2008
LA TRAGEDIA QUE MARCÓ LA HISTORIA por Simon Mullock
"Glory, glory, Man United"

Se calcula que hay 330 millones de hinchas del Manchester United. Es decir, que uno de cada 20 habitantes del mundo es un diablo rojo.En muchos aficionados, el origen de su pasión se remonta al 6 de febrero de 1958. Porque, aunque ése fue el día en que murió un gran equipo, de las cenizas de un avión estrellado surgió un fenómeno que trasciende el fútbol. El ascenso del Manchester United hasta su fama como club más popular del planeta se inició en el instante en que, en la pista del aeropuerto de Múnich-Riem, bloqueada por el hielo, ese avión Ambassador se convirtió en una tumba para 23 de los 44 pasajeros que llevaba a bordo. El dolor no se limitó a Manchester. Cuando se pregunta a muchos aficionados por qué animan al United si no tienen ningún vínculo con la ciudad, a menudo responden que sus abuelos, padres o tíos se hicieron del equipo a raíz de la tragedia de Múnich.
Habrá un nuevo tributo el domingo en Old Trafford en el encuentro ante el Manchester City. Y hay cierto temor a que algunos hinchas del City no respeten la ocasión por la animadversión entre ambas aficiones. El City solicitó un minuto de ovación en vez de un minuto de silencio, pero la petición fue rechazada por el United, que, con razón, cree que no sería un homenaje digno.
Matt Busby, que recibió la extremaunción dos veces en el hospital de Múnich antes de recuperarse y construir el gran equipo de Best, Law y Charlton en memoria de sus Babes perdidos, fue jugador del City y ayudó al club a ganar la Copa de la Asociación Inglesa de Fútbol en 1934. Además, uno de los compañeros de equipo de Busby en esa época en el City fue Frank Swift, al que algunos califican como el mejor portero de la historia de Inglaterra, que se hizo periodista cuando se retiró y fue uno de los ocho reporteros que murieron en Múnich.
Busby murió en 1994 -unos meses después de ver al Manchester United ganar el título inglés por primera vez en 26 años- , pero el 26 de mayo de 1999, cuando ese gran hombre habría celebrado su 90º cumpleaños, el United conquistó la Liga de Campeones tras derrotar al Bayern Múnich en Barcelona con dos goles mágicos en el minuto 90.
domingo, febrero 03, 2008
'SAUDADE' DE GARRINCHA por Cayetano Ros

Al sugerirle que se moderase, replicaba: "Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí"
"Hay un sentimiento nacional de culpa. Él nunca abandonó sus raíces populares. Fue explotado por el fútbol y se convirtió en el símbolo de la mayoría de los brasileños, que también son explotados", explicó el antropólogo José Sergio. "Dentro de 400 años, cuando se hable de fútbol, se hablará de Garrincha", sentenció João Saldanha, el seleccionador que llevó a Brasil al Mundial de México 70. "Le gustaba la cerveza y el aguardiente, pero odiaba ser elogiado", remachó esta semana su primer entrenador en el Esporte Clube de Pau Grande, Seu Toti, de 85 años.
Su pierna izquierda era seis centímetros más corta que la derecha y estaba flexionada hacia la derecha. Además, Manuel Francisco dos Santos, Mané, fue adicto al tabaco desde los 10 años. Garrincha, sin embargo, nunca fue un débil mental como lo caricaturizaron, sino un hombre a la deriva azotado por la depresión y la bebida. A menudo le sugirieron que se moderara, a lo que contestó: "Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí".
Mané se casó tres veces y tuvo 14 hijos reconocidos. Ocho hijas de su primer matrimonio con Nair; uno de Elsa Soares (Garrinchinha, fallecido en accidente de tráfico); dos con Iraci; otro con Vanderleia; otro en Suecia (Ulf Linberg, fruto de un romance en la Copa del Mundo de 1958), y Rosangela, reconocida por una prueba de ADN. Aunque su alma gemela fue Elsa Soares, una leyenda de la samba que había cantado con Louis Armstrong. Su relación, que duró 15 años, coincidió con sus demandas de más salario al Botafogo, lo que fue aprovechado por los radicales para hostigar a la pareja, que se trasladó a Italia.
Garrincha pasó la infancia cazando, pescando, haciendo el amor y jugando al fútbol. Tenía, dice el escritor Eduardo Galeano, un talento intuitivo para todo. A los 14 años trabajaba en una fábrica textil. Y pensaba que el fútbol no hay que tomarlo seriamente. Cuando Brasil se sumió en el drama del Maracanazo (la derrota ante Uruguay en la final del Mundial de 1950), prefirió irse de pesca antes de oír el partido por la radio. Fue a probar displicentemente en los clubes de Río. El Vasco lo rechazó por no traerse las botas. Del Fluminense se marchó antes de terminar la sesión para pillar el último tren. Y, ya con 19 años, probó en el Botafogo y se quedó: 609 partidos y 252 goles.
"Maestro, ¿hoy es la final?", le preguntó al seleccionador, Aymore Moreira, antes de la del Mundial de Chile 62. "Ah, con razón hay tanta gente", respondió Garrincha antes de vencer a Checoslovaquia (3-1). Tal era su desapego de la solemnidad del fútbol que, tras el partido, se rezagó y recibió la embestida de un reportero: "Por favor, dos palabras para este micrófono". El hombre al que aplaudía el mundo se detuvo y replicó: "¿Dos palabras? Adiós, micrófono".
Participó en tres Copas del Mundo: Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66. Ganó las dos primeras. En Suecia compartió una delantera sublime con Didí, Vavá, Pelé y Zagallo. Disputó 60 partidos con Brasil, de los que ganó 52, empató siete y perdió uno: contra Hungría (3-1) en Inglaterra 66. Marcó 17 goles. Se situaba en el extremo derecho y repetía la misma jugada. Amagaba para un lado y otro, salía disparado y se frenaba en seco, simplemente para salir disparado hacia otro lugar. Enseñó a reír a los aficionados.
No disputó los dos primeros partidos del Mundial de Suecia 58. Ni tampoco Pelé. Brasil había llegado todavía bajo el síndrome del Maracanazo. La confederación brasileña llevó médicos, preparadores físicos y psicólogos. Y todos coincidían: "Garrincha no está preparado". Sólo la intervención de sus compañeros ante el seleccionador, Vicente Feola, permitió que debutaran ante la Unión Soviética. Era la época del Sputnik y del acercamiento científico de los soviéticos en la guerra fría. Feola los temía. Pero entre Garrincha y Pelé los pulverizaron. Su compadre Nilton Santos lo recuerda así: "Los soviéticos nos marcaban al hombre, pero, de repente, comenzaron a amontonar gente en el lado izquierdo de su defensa". Fue el inicio de una era gloriosa para Brasil, que batió a Suecia en la final (5-2). Cuatro años después, la canarinha llevó casi el mismo equipo a Chile 62. Pelé se lesionó en el segundo partido y Garrincha tuvo un ascendente sólo comparable al de Maradona en México 86.
Pelé y Garrincha fueron dos personalidades opuestas. No hubo un futbolista más amateur en su espíritu que Garrincha. Ni nadie más profesional que Pelé. Garrincha fue incorregible y se peleó con el establishment. Pelé llegó a ser el establishment.
Aficionado a las brincadeiras (bromas), apostador infatigable, bebedor hasta la muerte, Elsa trató sin éxito de controlarlo. "Fue perspicaz, pero jamás tuvo liderazgo", lo define Gerson Soares, productor de cine e hijo de Elsa, "pero tenía tanta confianza en sí mismo que no sabía ni los nombres de los adversarios". "Era un hombre tan despierto", agrega su hijastro, "que, en una excursión con el Botafogo a Europa, en 1955, tomaba cubatas en las barbas del severo entrenador, Zezé Moreyra. ¿Cómo? Añadiendo ron en la garrafa de Coca Cola que tomaba una tras otra en el lujoso transatlántico Conte Grande".
Soares cuenta hilarantes anécdotas sobre él. A Casado, un camarero del Botafogo al que no se le había caído una bandeja en 25 años, Garrincha se empeñó en que sufriera una primera vez. Apostó con sus compañeros a que lo lograría. Lo agarró por detrás gritándole que quería hacer el amor con él. Pero Casado resistió: no se le cayó la bandeja.
Mané jugó desde 1953 hasta 1972. Hasta los 29 años fue indestructible ante el alcohol, la cortisona y las patadas. Pero se operó de los dos meniscos y todo acabó. Dos agentes bancarios fueron a su casa en Pau Grande y encontraron dinero pudriéndose en los armarios. El Botafogo también se aprovechó de él pagándole menos de lo que merecía. "Garrincha murió de su propia muerte: pobre, borracho y solo", sentenció Galeano.
domingo, enero 27, 2008
EL BARCELONA DE CRUYFF por Santiago Segurola

El Barça parecía destinado a una amargura perpetua, sometido a toda clase de incertidumbres. Por el club habían pasado las mayores estrellas del planeta, con Cruyff, Maradona y Schuster a la cabeza, y los entrenadores más prestigiosos de su tiempo: Rinus Michels, Weissweiler, Menotti, Venables y hasta el último Helenio Herrera. Nada funcionó como debía. Al Barça le faltaba identidad. Viraba de ruta continuamente y disfrutaba de un insano victimismo. Una presión de proporciones atómicas no ayudaba a mejorar las cosas. Los malos resultados eran proporcionales al desaliento general. En la temporada 87-88, era frecuente ver el Camp Nou casi vacío. Sólo 30.000 persones tenían el humor de acudir a uno de los templos sagrados del fútbol. Lo que ahora parece irreal era tan cierto como la desesperada situación de Cruyff aquel 5 de abril de 1990.
Cruyff fue contratado en el verano de 1988. El Barça acababa de padecer una de las peores crisis de su historia. El trauma de la derrota en la final de la Copa de Europa de 1986 había destruido el club. El motín de los jugadores contra el presidente Núñez superaba todas las fronteras conocidas del desconcierto. El fichaje de Cruyff se antojaba como la última bala de un presidente que se había caracterizado por el populismo. En el primer Núñez se apreciaba la semilla de los dirigentes que harían furor en los años noventa. Como tantas otras estrellas, Cruyff había abandonado el Barça entre críticas, pero su inolvidable primera temporada le acreditaba por encima de cualquier rechazo. En 1973, el Barça voló tras la llegada del astro holandés. El 0-5 en el Bernabéu fue la cima simbólica, aunque no el mejor partido, de aquel equipo. Sólo por ese capital, Cruyff tenía más galones que nadie en el barcelonismo. Núñez lo sabía y le fichó. Cuestión de supervivencia.
Sin embargo, no hay mito que aguante una saga de derrotas. En su primera temporada, el Barça ganó la Recopa de Europa, sin saber que la victoria frente al Sampdoria sería el anticipo de otra más aclamada, tres años más tarde. Pero la Recopa era caza menor. El equipo hegemónico no era otro que el Real Madrid. La segunda temporada tampoco ayudaba a la causa de Cruyff. Descolgado en la Liga, sólo le quedaba la oportunidad en la final de Copa, no tanto porque el título pudiera saciar al barcelonismo como por el significado de una victoria sobre su gran adversario. Eran pocos los que apreciaban la profunda transformación que había comenzado el técnico holandés. No resultaba fácil adivinar el impacto de un hombre que traía un modelo tan peculiar como atrevido. En un país apasionado por el fútbol, pero poco abierto en aquellos días al debate técnico, las cualidades de los entrenadores se identificaban más con las relaciones públicas que con su verdadera aportación al juego. Fue luego, en la década siguiente, cuando emergió una nueva generación de entrenadores españoles, en buena medida por el efecto que tuvo el Milan de Sacchi y el Barça de Cruyff en los aficionados. De repente, se generó una fascinación por los recovecos del juego que prendió entre los jóvenes preparadores. Pero a finales de los ochenta el panorama era muy diferente. Los mejores equipos españoles estaban dirigidos por técnicos extranjeros. Entre todos ellos, Cruyff parecía un enigma.
Desde su etapa juvenil en el Ajax, Cruyff había sido un jugador con opiniones propias. Nunca pensó como los demás. Su relación con Rinus Michels se estableció a partir de un proceso intelectual. Los dos tenían algo de visionarios en un equipo que marcó una época en el fútbol. Y la marcó desde la nada. En términos casi religiosos, el Ajax significó una reforma total contra el dogma del catenaccio que prevalecía en la década de los sesenta. Y Cruyff era el profeta de una nueva religión futbolística. Su aproximación al juego se relacionaba con la belleza, la arquitectura espacial del fútbol, la voluntad de ataque, la precisión, la velocidad, la técnica, la cohesión colectiva y el deseo de trascender el resultado. “Me gusta ganar jugando bien. Y si pierdo, prefiero hacerlo jugando bien”, comentaba Cruyff. No había nacido para el aburrimiento. Como entrenador demostró inmediatamente la coherencia y la altura de sus ideas. Restauró al Ajax como uno de los equipos más atractivos de Europa y estableció un ideario que fue la envidia del fútbol mundial. Jóvenes jugadores como Van Basten, Rijkaard o Bergkamp se adiestraron con el magisterio de Cruyff, uno de los escasos ejemplos donde la importancia como entrenador iguala o supera al legado como futbolista. Y eso no es nada fácil con un hombre considerado como uno de los cuatro mejores jugadores de la historia.
Todo lo que hoy se celebra en Cruyff no parecía tan claro en sus dos primeras temporadas en el Barça. Buena parte de la prensa no entendía su mensaje futbolístico. Se le consideraba más loco que osado, más irresponsable que sensato, más incomprensible que didáctico, más perdedor que victorioso (nunca ganó la Liga como técnico del Ajax), más ególatra que entrenador. Sin embargo, la revolución había comenzado. Aunque el Milan de Sacchi, y de sus tres holandeses, trataba de imponer su excepción al modelo característico en aquellos tiempos, el 5-3-2 con libre y carrileros pelmas, nada se podía comparar al Barça que pretendía Cruyff, donde regresaban los extremos como piezas fundamentales. Extremos insospechados muchas veces. A Cruyff le resultaba más importante la función que el órgano. Si esta cuestión significaba colocar a Lineker, un rematador y nada más que un rematador, o a Julio Salinas como extremo derecha, la decisión estaba tomada: los dos se iban a la raya derecha. Lo importante era ganar espacios, abrir las defensas, disponer de la pelota como estrategia ofensiva y defensiva, abrumar al adversario con un juego rápido, donde todos los jugadores conocieran exactamente su función, donde cada uno expresara sus mejores cualidades por raras que parecieran.
El trabajo de Cruyff no fue sencillo porque los resultados no funcionaban y por la enorme cantidad de prejuicios que pesaban en el fútbol. En un medio que favorecía el discurso defensivo, las ideas del técnico holandés se interpretaban como una chaladura. Donde todos añadían defensas (dos centrales, un líbero, dos laterales con el adjetivo de carrileros y un medio tapón), Cruyff agregaba delanteros o jugadores con una vocación ofensiva. No pocas veces utilizó sólo tres defensas y siempre definió el juego con un medio centro creativo, primero Luis Milla, luego Pep Guardiola. Los dos extremos eran obligatorios. Sólo los quería para los últimos 20 metros, como al delantero centro. No los quería para trabajos que luego repercutían en su eficacia. No los quería para defender. También era asombrosa su selección de jugadores. Comenzaba por una confianza absoluta en la creación de especialistas. Para eso estaba la cantera. Tenía ventajas indiscutibles que tardaron mucho en observarse: el sistema de producción de la cantera aseguraba un tipo de jugador a la carta, saneaba la economía del club y establecía un magnífico vínculo con el entorno social. Cuando Cruyff llegó al Barça, el equipo estaba prácticamente integrado por jugadores forjados fuera de la cantera azulgrana. Cuando dejó el club, una parte sustancial del equipo procedía de las categorías inferiores: Guardiola, Amor, Sergi, Ferrer y varios futbolistas notables, pero de menos éxito.
En lo que parecía un atrevimiento descabellado, su equipo rompía muchas normas presuntamente sagradas. Ferrer y Sergi no llegaban al 1,70. Koeman, quizá el jugador más importante de la ‘era Cruyff’, era un armario que jugaba sin red de seguridad en el centro de la defensa. Un chico flaco que no podía correr, ni saltar, oficiaba de medio centro: era Guardiola. Laudrup fue rescatado del fútbol italiano, donde no se tuvo ninguna consideración por sus habilidades, y deslumbró como extremo o como delantero centro falso, aunque no pudiera quitar la pelota a nadie. Más tarde llegó Romario, un gordito que estaba en las antípodas de los arietes al uso. Pero Cruyff quería divertirse. Y Romario, cuando le apetecía, era la diversión asegurada. Stoichkov venía del incierto fútbol del Este. Era arrogante, rápido y poderoso. Quería jugar suelto. Cruyff le ubicó como extremo a palo seco. A Beguiristain, también, aunque no era tan rápido, ni tampoco se caracterizaba como regateador. A Beguiristain le caracteriza su astucia. Eusebio era tan pequeño como los otros. Tampoco impresionaba por su rapidez. Todo lo contrario. Excepto para pensar y pasar. Para eso era un rayo. Ni Amor, ni Bakero, se distinguían por su presencia atlética, pero eran listos, competitivos y abnegados. Como ocurrió con Hugo Sánchez, cuesta recordar un regate de Bakero en toda su trayectoria en el Barça. Lo que se recuerda es su juego a un toque y sus vertiginosas incorporaciones al área, donde le salía el rematador que llevaba dentro. En conjunto, ése fue el Barça glorioso de Cruyff, no el de aquella tarde de abril de 1990, cuando su futuro se cuestionaba en todos los corrillos y Menotti esperaba la llamada definitiva.
El Barça ganó la final (2-0). El Madrid conquistó la Liga. La victoria permitió a Cruyff continuar al frente del equipo. El Madrid no volvió a ganar el campeonato hasta la temporada 94-95. El Barça conquistó cuatro títulos consecutivos de Liga y la Copa de Europa que tanto se le había resistido. Esos son datos que avalan la superlativa carrera de Cruyff al frente de un equipo glorioso. Sólo datos. Lo fundamental tiene un carácter más profundo: el Barça torció su historia de lamentaciones y se convirtió en el equipo chic, quizá la gran referencia del fútbol mundial. A Cruyff le corresponde todo el mérito de la transformación. Contestó a quienes le cuestionaban con una saga impresionante de victorias. Respondió a quienes predicaban el fútbol defensivo con una de las apuestas ofensivas más clamorosas que se recuerdan. Devolvió todo el placer de la belleza al fútbol. Negó otra falacia: el deterioro del vigor competitivo por la belleza. Demostró el crucial valor de la cantera. Divirtió a todos, hinchas o no del Barça. Su grandeza fue universal. Pero su legado no terminó con él. El mismo club que sólo había obtenido dos Ligas entre 1960 y 1990 y que jamás había logrado la Copa de Europa, ha ganado dos finales de la Liga de Campeones y ocho de los últimos 17 campeonatos nacionales. Todos con entrenadores holandeses. Es, sin duda, la edad de oro del Barça. Detrás hay una figura apoteósica: la de Johan Cruyff.
domingo, enero 20, 2008
FRANCIA (78-86), LOS CARTESIANOS DEL MEDIO CAMPO por Santiago Segurola
La relación de Francia con el fútbol se ha movido de forma pendular. A momentos de fulgor, como su actuación en el Mundial de Suecia 58, siguieron años sin interés. Ningún equipo francés tuvo protagonismo en el década de los sesenta. Entre 1958 y 1978, Francia sólo participó en la Copa del Mundo que se disputó en Inglaterra, donde su participación fue anecdótica. Fue eliminada en la primera ronda. Tampoco hubo jugadores relevantes en aquel periodo. El país de Kopa, Vincent y Fontaine se sentía más atraído por el ciclismo o el rugby, el juego de la Francia profunda. Sin embargo, a mediados de los años setenta se produjo una renovación generacional, donde la pequeña ciudad de Saint Etienne tuvo un papel fundamental. Si Marsella era la ciudad enloquecida por el fútbol, Saint Etienne tenía la llave del futuro. El fútbol volvía a sus orígenes: la clase obrera tomó la bandera del fútbol en una ciudad orgullosa de su equipo. Se sentía representada por los verts, que comenzaron a progresar en la escala jerárquica del fútbol europeo. En aquel pequeño equipo se incubó el embrión del despegue francés. En Nancy, al norte de Francia, el fútbol también era el pasatiempo preferido de mineros y emigrantes italianos o polacos. La deuda con ellos venía de lejos. Kopa, hijo de mineros, se apellidaba Kopazewski. Era uno de los muchos polacos que dieron gloria al fútbol francés. Michel Platini nació en Joeuf, pueblo cercano a Nancy, en una familia originaria del Piamonte italiano. Debutó con 17 años en el Nancy y se convirtió muy pronto en una celebridad. Por aquella época, el Saint Etienne reunió un excelente grupo de futbolistas: Janvion, Bathenay, López, Larque, Rocheteau y Sarramagna, entre otros. Francia necesitaba una referencia internacional. La encontró en los verts, que disputaron la final de la Copa de Europa frente al Bayern, en 1976. Mereció la victoria el Saint Etienne, pero ganó el equipo alemán. Era una especie de ley no escrita.
Platini fichó por el Saint Etienne y Francia acudió a los Mundiales de Argentina. Fue el inicio de un ciclo que despertó la admiración de los aficionados europeos. Durante ocho años, la selección francesa se distinguió por un fútbol elegante donde no faltaba el vigor de atletas como Janvion o Tresor. Pero en el recuerdo queda el ingenio y la clase de sus centrocampistas. La memoria del fútbol es selectiva. Se recuerdan unas pocas alineaciones y algunos nombres asociados a la perfección. Tigana, Giresse y Platini son nombre imborrables para los aficionados. Ellos definieron el juego de Francia en los años ochenta. A su alrededor, una buena defensa y una delantera más sutil que poderosa: el pequeño Lacombe y Rocheteau, que nunca alcanzó el nivel de sus primeros días en el Saint Etienne. Una gravísima lesión rebajó sus registros, aunque fue un habitual de la selección francesa.
Francia fue la alternativa más consistente a la hegemonía de Italia y Alemania en los primeros años ochenta. El equipo estaba dirigido por Michel Hidalgo, un entrenador juicioso, amable, querido por los jugadores y los aficionados. Elegía a los mejores y sacaba de ellos su mejor rendimiento. En eso consiste la labor de un buen entrenador. Platini dirigía el juego sin alardes imperiales. Era la estrella, pero su confianza en Tigana y Giresse era absoluta. Tigana jugaba como pivote central y se ganó fama de defensivo, pero en cualquier zona del campo era un jugadorazo. Elástico, con una zancada elegante que le permitía conducir la pelota como la seda, dispuesto a asociarse con cualquiera que encontrara por el camino, Tigana era un secreto a voces, el corazón del equipo. El diminuto Giresse escondía un motor considerable y un repertorio enorme de recursos técnicos. Jugaba en corto y en largo, sacaba un buen partido de su habilidad y marcaba goles con frecuencia. Preciso rematador, intuitivo en el área, Giresse acompañaba en todo el campo.
Platini tenía la mejor guardia posible, jugadores que entendían su cartesiano juego a la primera. Platini era un armador inigualable y un finalizador temible. Se dijo que era el nueve y medio por excelencia, un delantero camuflado en la línea de tres cuartos, desde donde elegía la manera de destrozar al rival. Hizo de la pared un arma letal. Quien quiera ver su eficacia en este arte, puede ver su colección de paredes en la Juve, donde el polaco Boniek fue su socio principal. Después de la pared, venía la definición. Ahí, Platini era Romario. Elegía los rincones como nadie. Como lanzador de faltas, encontró pocos iguales. Ese jugador formidable tenía una estampa nada imponente. Parecía fatigado, a punto del abandono, con las medias bajadas y un aire de jugador superado por el esfuerzo. Falso. Platini manejaba los partidos con un autoridad imperial y jamás puso en duda su liderazgo, tanto en la selección francesa como en la Juve.
miércoles, enero 16, 2008
ENTERRAD MI CORAZÓN EN RIAZOR por Manuel Rivas
viernes, enero 11, 2008
GARRINCHA por Eduardo Galeano

