lunes, febrero 26, 2007

Historias del Calcio. CÓMO NO FALLAR UN PENALTY


Hay quien piensa que para entender de fútbol conviene haberlo jugado. Otros basan su ciencia en las combinaciones numéricas, 4-2-4, 4-4-2, 4-2-3-1, o en un examen detallado del abdomen de Ronaldinho. Todo ayuda, por supuesto. Pero las páginas deportivas no lo cuentan todo. En realidad, para entender el fútbol (y la política, y la cultura, y la hipoteca que uno paga) conviene adentrarse en la estepa de la economía. A veces se descubren historias edificantes y enternecedoras, como la que cuenta el periodista y dramaturgo Gianfrancesco Turano en su libro Tutto il calcio miliardo per miliardo.

La historia empieza en una noche romana de 2001, desbordante de euforia: la ciudad celebra el scudetto del Roma. El equipo giallorosso es formidable: Totti, Batistuta, Emerson, Cafú, Samuel... El propietario de la sociedad, Franco Sensi, magnate del petróleo y la hostelería, ha gastado todo lo que ha podido, y más, para componer una alineación memorable. En ese empeño, ha contado con la gentil colaboración crediticia del banquero Cesare Geronzi, presidente de Capitalia y vicepresidente de Mediobanca, uno de los dueños de Italia.

El siguiente capítulo se desarrolla en 2004. El Roma no ha vuelto a ganar ningún scudetto y su deuda ya es agobiante. Entonces aparece Roman Abramovich, el inmensamente rico propietario del Chelsea, que ofrece 150 millones de euros por Totti y Emerson. Sensi, de acuerdo con el entrenador, Fabio Capello, y con el director deportivo, Franco Baldini, responde que Totti no está en venta, pero sí lo está la sociedad. Por unos millones más, el magnate ruso puede quedarse con todo. Abramovich tiene bastante con el Chelsea, pero habla del asunto con dos amigos suyos, Anatoli Kolotinin y Suleiman Kerimov, de la Nafta Moskva. Kerimov, un tipo tan oscuro como todo lo que rodea hoy el Kremlin, es a los 38 años diputado de la Duma y una de las 100 personas más ricas del mundo.

Kolotinin y Kerimov contratan a Salvatore Trifiró, un abogado que trabaja para las mayores empresas italianas, como garantía de seriedad. Y ponen sobre la mesa una oferta de 400 millones de euros por el Roma y por varias de las instalaciones petroleras de Sensi. La venta está a punto de cerrarse.

Pero, ay, la cosa no conviene al banquero Geronzi, que a esas alturas está a punto de quedarse con esas instalaciones petroleras y con otros bienes que la familia Sensi aportó como garantías a los créditos. Si llegan los rusos, Geronzi recupera los préstamos. Lo que Geronzi desea, sin embargo, es lo otro: los bienes. ¿Qué hace? Lo que haría cualquiera en su caso: llama a Silvio Berlusconi, presidente del Gobierno y del Milan, y le plantea la situación. Il Cavaliere comprende que al Milan tampoco le interesa un Roma rebosante de petro-rublos. ¿Solución? Berlusconi telefonea a su amigo Vladimir Putin y le pide que bloquee la oferta de Nafta Moskva. Simultáneamente, alguien envía a la Guardia de Finanzas a revisar a fondo todas las cuentas del Roma.

Putin actúa con rapidez y la oferta rusa se esfuma pocos días después. El Roma no puede pagar a Geronzi y éste se queda con la mitad de Italpetroli, la empresa de Sensi: penalti y gol. Capello y Emerson se marchan al Juventus. El sueño romanista de competir en pie de igualdad con el Milan o el Inter se convierte en humo.

Una historia edificante, ¿no? Tiene además un curioso epílogo. En noviembre pasado, Kerimov sufrió un gravísimo accidente automovilístico en Niza mientras conducía un Ferrari prestado. La policía francesa abrió una investigación.

El Roma, a todo esto, ganó ayer por 3-0 al Reggina. Totti falló un penalti por sexta vez esta temporada. Geronzi y Berlusconi fallan mucho menos.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, febrero 25, 2007

LA RESURRECCIÓN Y EL MISTERIO DE SAN DAVID por John Carlin


Quizá llegue el día en el que sepamos todos con certeza si hay vida después de la muerte, pero por ahora parece difícil que se resuelva la cuestión. En el universo del fútbol, en cambio, sabemos de manera científica que sí la hay.

La prueba más persuasiva hasta hoy había sido la victoria del Manchester United contra el Bayern Múnich en la final de la Liga de Campeones de 1999, en Barcelona. Había pasado el minuto 90, ganaba el Bayern por 1-0 y el árbitro señalaba que quedaban tres minutos de tiempo adicional. En esos tres minutos, el Manchester marcó dos goles y ganó.

El mejor jugador del Manchester aquel día, según el entrenador, Alex Ferguson, fue el que lanzó los córners desde los que llegaron los dos goles, David Beckham. Y ahora, esta misma semana, es Beckham el que nos ha aportado la prueba definitiva, la más contundente que se haya visto nunca, de que en el fútbol la resurrección sí existe.

El 11 de agosto del año pasado, el nuevo seleccionador inglés, Steve McClaren, lo mató cuando anunció que no contaba más con él. El 13 de enero de este año, Fabio Capello, su entrenador en el Real Madrid, lo enterró al declarar que nunca más vestiría los colores del club blanco.

Un mes después, Capello entendió que ni siquiera él, con su ego XXL, podía con san David; que estaba ante un fenómeno que lo superaba. Rectificó. Lo puso de titular, Beckham marcó y el Madrid ganó. El impacto en Inglaterra fue tal que empezó un runrún para que también McClaren sucumbiera. No se le veía muy convencido al seleccionador hasta que una semana más tarde Beckham jugó en el partido siguiente del Madrid. El encuentro acabó en un empate sin goles, pero el inglés se adueñó una vez más del protagonismo (no por nada es el personaje más famoso del mundo) al ser expulsado en el último minuto. Ante la prueba de que el león seguía tan fiero como siempre, el murmullo inglés se convirtió en un clamor. Encuestas en diarios como The Sun (venta diaria: cuatro millones y medio) dieron un resultado del 82% a favor de que Beckham volviese a representar a su país.

McClaren, muy presionado, empezó a decir cosas como: "Bueno, nunca dije que las puertas le estarían cerradas para siempre", cuando todo el mundo sabía que sí se las había cerrado; que McClaren lo había tenido tan claro como, en su momento, Capello. Había llegado la hora, habían decidido ambos, de confiar en una nueva generación. Y, además, el impacto Beckham en el vestuario no era bueno, pensaban el inglés y el italiano. Demasiado galáctico el Becks. Un factor desequilibrante para la moral de la tropa.

Se demostró, a través de la desafiante solidaridad de los compañeros españoles de Beckham (Raúl, Salgado, Helguera, Guti), que en el vestuario del Madrid no lo entendían así. Lo valoraban y lo querían, igual que sus compañeros de la selección inglesa. No es difícil entender por qué. Si uno es joven y tiene como compañero de trabajo a un ídolo mundial que, además, es humilde y lo trata a uno no con desdén, sino (aunque seas el portero suplente) como un colega más, pues es difícil no caer bien.

También creen sus compañeros que aporta mucho en el campo, lo cual debe de ser un misterio para la legión de detractores que tiene Beckham en España y en Inglaterra.

Esta semana, por fin, el misterio se ha aclarado. El Madrid jugó el partido más importante de la temporada, en la Liga de Campeones contra el Bayern, y Beckham fue el mejor. Al menos, eso es lo que dijeron los alemanes, empezando por el director general del Bayern, Karl-Heinz Rummenigge. De Beckham fluyeron los tres goles del Madrid y las mejores oportunidades que no acabaron en gol. Igual de influyente fue Beckham en los dos partidos anteriores de la Liga.

Y he aquí el secreto: Beckham no tiene regate, no tiene pie izquierdo, no es rápido, no cabecea, no recupera, pero crea más ocasiones de gol que cualquiera, empezando por sus rivales más vistosos en el Madrid, Reyes y Robinho. Lo mismo sucedió en el Mundial de Alemania. Inglaterra jugó fatal y Beckham no hizo nada, salvo crear todos los goles ingleses.

Hay tanto análisis del fútbol, y tan sesudo, que a veces nos olvidamos, parece, de que el objetivo primordial es marcar goles. Capello, tras sus 40 años y pico como profesional, da señales por fin de haberlo entendido. McClaren, también. El seleccionador inglés ya ha dicho que va a ir a Múnich en diez días a ver el partido de vuelta del Madrid. Apuesten lo que quieran. Beckham vuelve a jugar para su país.

martes, febrero 20, 2007

Historias del Calcio. UN OLOR SOSPECHOSO


Recapitulemos. En la última década, el calcio ha encajado dos quiebras fraudulentas (Lazio y Parma), dos quiebras menos fraudulentas (Fiorentina y Nápoles), un escándalo de arreglos arbitrales que ha enviado al purgatorio a la sociedad más prestigiosa (Juventus), una victoria en el Mundial de selecciones, innumerables incidentes violentos, una víctima mortal y un cierre de estadios. Hablamos, pues, de un fútbol curado de espantos y, a la vez, lleno de costurones. Aquí se nace viejo y enseñado, con el olfato afinado y el paladar curtido.

Ahora mismo, el tifoso italiano olfatea algo extraño y aún no sabe qué es, pero lo identifica con el exterior, con Europa. El calcio es tradicionalmente competitivo. En las competiciones continentales, los italianos suelen ser vistos como rivales peligrosos. Ahora mismo, sin embargo, flota una gran incógnita sobre el valor real de la Serie A. La formidable ventaja del Inter sobre los demás equipos podría significar que el antiguo pupas se ha transformado en una máquina invencible. Podría significar también que el Inter es tan sólo un buen equipo que se enfrenta a piltrafas. El olor sospechoso tiene que ver con esa duda.

Lo de Ronaldo podría ser un síntoma. Hay quien teoriza que no quería jugar en el Madrid y ahora, en Milán, vuelve a ser el de siempre. Esa teoría, de momento, no resiste el contacto con la realidad. Ronaldo marcó dos goles el sábado, contribuyó a fabricar un tercero y falló una ocasión muy clara, todo eso es cierto. También lo es que el Milan ganó por 3-4 a un equipo de la segunda mitad de la tabla, el Siena, y que sólo se llevó los tres puntos por un autogol de los toscanos en el tiempo de descuento. Ronaldo destacó sin hacer nada extraordinario. El Siena-Milan fue un partido entretenido y vulgar, un asunto menor.

Otros síntomas son los de Tavano y Fiore, dos rebotados del Valencia. Tavano, que en España no dio pie con bola, se maneja con soltura en el Roma y no desentona para nada junto a Totti, Perrotta y demás compañía. Fiore, que ayer marcó su segundo gol con el Livorno, ha hecho más que encajar: es la esperanza del equipo. O los futbolistas italianos son inexportables o se está abriendo un desnivel entre la Serie A y las otras grandes Ligas.

Las puertas del calcio se reabren esta semana con la reanudación de la Liga de Campeones. Entrará el aire y se descubrirá, por fin, de dónde procede el olor. Valencia, Celtic y Lyon medirán la auténtica envergadura de Inter, Milan y Roma. El miércoles, en la Copa de la UEFA, el Livorno ya dio su medida ante el Espanyol: el público ausente se ahorró una pena, un quejido agónico, una impotencia lenta que no podía atribuirse a las tribunas vacías. El Espanyol fue mucho mejor, mucho más profesional y práctico, mucho más italiano.

El gran temor es que en esta semana de la verdad se descubra una realidad incómoda. Es posible que el olor misterioso no venga de fuera, sino de las mismas entretelas del calcio, y que sea el olor del miedo.

De hecho, eso es más que posible. El fútbol italiano navega en la incertidumbre y desconfía.

Dicho lo cual, conviene recordar que el calcio da lo mejor de sí cuando está perdido y desahuciado y cuando nadie apuesta por él. El Mundial de Alemania fue ejemplar en ese sentido. El grupo que emprendió la aventura alemana carecía de crédito, no se hablaba con la prensa, se sentía zarandeado por el escándalo de Luciano Moggi y la corrupción arbitral, tenía cojo al mejor jugador (Totti) y parecía fiarlo todo a las proezas del portero y a los mordiscos de Materazzi, Gatusso y Camoranesi. Basta releer cualquier diario deportivo italiano del pasado mes de junio: se temía el ridículo. E Italia no sólo ganó, sino que ofreció al gran Zidane la despedida más imprevisible, melancólica y fascinante de todos los tiempos.

Enric González es autor de Historias del Calcio

viernes, febrero 16, 2007

POETAS Y FÚTBOL por Javier Rioyo


Hace años estaba viendo un partido de fútbol en compañía de amigos, algunos de ellos escritores y en uno de los momentos más apasionantes del juego sonó mi móvil. Lo dejé sonar para poder seguir las emociones del partido. Pasaron unos minutos, volvió a sonar mi móvil, más o menos en el momento en que mi equipo estaba a punto de marcar un gol- un acontecimiento en aquel entonces bastante extraordinario- y volví a no hacer caso de la llamada. Un momento después mi móvil volvió a reclamar mi atención y, por tercera vez, a molestar a todos los atentos a la pantalla. Con su habitual calma, el escritor Julio Llamazares sentenció: “A la hora de un partido, sólo puede llamar una mujer o un poeta”. Tuve suerte, era una mujer.

También ayer, reunidos un grupo de amigos para ver el partido de la jornada -como lo llaman los comentaristas-, uno de esos partidos de máxima intensidad en los que se enfrentaban los dos equipos históricos de esta ciudad, el Atlético de Madrid y el Real Madrid, volvió a sonar el móvil en un momento inapropiado. Reconocí la procedencia de la llamada y no lo atendí, era un poeta. Una vez más Llamazares tenía razón. Aunque las llamadas durante los partidos ya no son lo que fueron. Ya no está tan claro que un escritor, un poeta, y mucho menos una mujer no estén siguiendo “el partido de la jornada”. Muchas veces veo los partidos en compañía de mujeres mucho más apasionadas, forofas, que cualquier hombre. Y si de poetas hablamos, pues más de lo mismo.

Desde hace muchos años estoy rodeado de poetas, artistas o mujeres que sienten pasión por ese juego. No hay más que recordar las pasiones por el fútbol de Manuel Vázquez Montalbán o Juan García Hortelano. La que mantienen los escritores Javier Marías, Vicente Verdú, Gonzalo Suárez, Paco Brines, Juan Cueto o Almudena Grandes. Eso por no hablar de poetas, fanáticos seguidores de sus equipos, como Luis García Montero, Benjamín Prado o el editor Chus Visor que no se conforman con ver el espectáculo por la televisión, sino que muchos fines de semana hacen sus planes un función de poder escaparse para poder gritar sus pasiones en el campo de juego.

El fútbol, que no tiene grandes películas, sí que tiene poetas y escritores que han sabido acercarnos algunos momentos de esa lucha, ese melodrama que tiene una duración inteligente. Siempre sabes cuándo terminará la tragedia de tu equipo, incluso -algunas veces pasa- cuándo finalizará esa obra con un final feliz. Yo que soy del Atlético de Madrid -“¡qué manera de palmar, qué manera de sufrir”- sé bien de qué hablo cuando digo drama. Aunque siempre nos parece que los tiempos están cambiando. Uno sigue teniendo una gran capacidad para engañarse, para forjarse esperanzas, para hacerse ilusiones.

Nos gusta el fútbol, como a Albert Camus, Peter Handke, Rafael Alberti, Elías Querejeta o Eduardo Chillida. Nos gusta aunque nunca hayamos jugado, aunque nos parezca excesivo tener que ir al campo, hacer esas colas y soportar esas hinchadas que se convierten en fanáticas y excesivas en sus gritos por la pequeña aventura, por el azar y el destino de un objeto, de un pequeño objeto de cuero.

Hay algunas cosas que todavía me resultan insoportables cuando veo un partido. Son insoportables algunas expresiones fanáticas y racistas que se expresan con demasiados gritos y furias en el campo. Pero lo que me parece aún más intolerable es que todavía se vean en los campos -ayer en el estadio del Real Madrid, otras veces en otros estadios- banderas con los símbolos franquistas o banderas con símbolos nazis. ¿Es tan difícil retirar esas banderas y esos nostálgicos fascistas que las enarbolan? Y lo hacen con impunidad y televisión en directo.

Robado de www.blogs.elboomeran.com

lunes, febrero 12, 2007

Historias del Calcio. SEÑALES EN EL CIELO

Hay que hacerse a la idea: el Inter va camino de ser campeón. Ayer se apuntó la 15ª victoria consecutiva en la Liga, algo que sólo habían conseguido antes, en 1961, el Real Madrid de Di Stéfano, Puskas y los cinco títulos en fila y, en 2006 (a caballo entre dos campeonatos), el Bayern de Múnich. El Inter mantiene los 11 puntos de ventaja sobre el segundo, el Roma, y, más importante que eso, ha adquirido tal prestancia que los rivales (y los árbitros, que suelen sonreír al que gana) se le deshacen entre las manos. Faltaba Adriano y ha vuelto: cinco goles en seis partidos. Los mimos de Mancini y las vacaciones en Brasil han realizado el milagro. Y el equipo es una máquina. El Inter, tradicionalmente célebre por su capacidad de arrancar una derrota en las mismas fauces de la victoria, no se parece en nada a sí mismo.

La ex Bienamada, a la que ya sólo aman los íntimos porque no hay quien aguante tal suficiencia, es calificada de "perfecta" por los comentaristas italianos. Traducción: se defiende bien y aprovecha con muy mala uva sus ocasiones de gol. El Inter no se parece a sí mismo, sino al Juventus del curso pasado, sólo que sin Luciano Moggi y sin (que se sepa) arreglos arbitrales.

Todo esto puede parecer banal. Siempre hay uno que gana. La cosa, sin embargo, es seria porque se trata del Inter.

El Internazionale de Milán obtuvo su último scudetto (no es elegante contar el título administrativo de 2006) en 1989, el año en que cayó el Muro y acabó una era. El anterior lo ganó en 1980, el año en que Silvio Berlusconi creó, de forma poco legal pero rentabilísima, la primera televisión privada italiana, dando inicio a lo que todos sabemos. Habrá que ver qué catástrofe ocurre en 2007 si, como parece, el scudetto se cose otra vez sobre el frontal de las camisetas negras y azules.

Quedaba una esperanza, la de la cancelación del campeonato. Esa esperanza se ha revelado vana. En 2006 se descubrió que Moggi llevaba temporadas manipulando el torneo en favor de su equipo, el Juventus, y de unos cuantos amiguetes (Milan, Fiorentina y Lazio, según los jueces deportivos), pero no pasó nada. Hubo sanciones y el calcio siguió adelante. En 2007 ha sido asesinado a golpes de lavabo un policía y los ultras han lanzado su enésimo desafío al mundo, creando una situación tan grave que se ha planteado la posibilidad de cerrar la competición y tirar la llave al pozo, pero no pasa nada. Aunque en más de la mitad de los estadios se juega sin público, el calcio sigue adelante.

Habrá, porque siempre los hay, descontentos y aguafiestas. Gente que, en vez de saludar el estreno de Ronaldo con el Milan (un equipo tan lento que, en comparación, el robusto Fenómeno parece una centella), se empeña en mirar donde no debe. A la curva del estadio Olímpico, por ejemplo, donde un sector de la fiel muchachada romanista se volvió de espaldas al césped mientras se guardaba un minuto de silencio en memoria del policía Filippo Raciti. Se volvieron de espaldas y silbaron. ¿Qué problema hay? Son chavales, gente joven con ganas de expresarse. El Olímpico, por otra parte, cumple las normas de seguridad. Como dice don Roberto S., papá del chavalín de 100 kilos al que se acusa del asesinato del inspector Raciti junto al estadio del Catania, "es la policía la que busca los problemas". Y, sí, los muchachos del Atalanta consiguieron lanzar ayer, en pleno partido a puerta cerrada, una bomba de humo sobre la curva. ¿Qué mal hacen a nadie si el estadio está vacío? Lo dicho: aquí no pasa nada.

Lo cual nos conduce a una conclusión optimista, que compensa el temor a que un scudetto del Inter traiga consigo desgracias tremebundas. En estos tiempos de calentamiento climático y amenazas nucleares, reconforta pensar que, aunque el mar se trague la humanidad, llegue el fin del mundo, estalle el planeta y nos convirtamos en polvo cósmico, el calcio seguirá adelante. No pasa nada.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, febrero 10, 2007

EL FÚTBOL por Eduardo Galeano


La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.

En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.

El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.

Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

Eduardo Galeano es escritor uruguayo

martes, febrero 06, 2007

GARRINCHA, EL SUBVERSIVO por Jorge Valdano


Hace tiempo que entendí que en el fútbol actual un jugador como Garrincha no tendría permiso para expresar toda su irresponsabilidad creativa porque sus gustos infantiles darían miedo (curioso). En el Mundial del 58, Feola, el entrenador de Brasil, confiaba más en los blancos que en los negros. Viendo un partido por televisión el entrenador quedó asombrado por la habilidad del sueco Hamrim y comentó: "Va a ser muy difícil pararlo, parece suramericano". Nilton Santos, ofendido, le dijo que "Pelé y Garrincha hacen esa porquería mejor que ese gringo y usted les llama individualistas e indisciplinados". Feola accedió a darle la titularidad a los dos jóvenes morenos. Cuando sus compañeros le fueron a dar la noticia, Garrincha estaba en su habitación bailando con un perchero al ritmo de samba. Ya campeones, sus compañeros lo abrazaban llorando, pero Garrincha no encontraba la razón: "¿Qué clase de campeonato es éste que no tiene segunda vuelta?", preguntaba. En realidad se estaba divirtiendo y lo tenía tan claro como un niño: divertirse es mejor que ganar. ¿No seremos nosotros los equivocados?

martes, enero 30, 2007

UNA RECOMENDACIÓN

Leo en Diarios de Fútbol una interesantísima entrevista con Enric González. Partiendo de la devoción que aquí se le tiene, el entrevistado, cómo siempre, admirable.

PD: A los creadores y redactores de DDF, enhorabuena por ese magnífico blog, un ejemplo de cómo tratar el fútbol y su mundo paralelo.

lunes, enero 29, 2007

Historias del Calcio. ZEITGEIST

Un señor llamado Giovanni Bernardone dei Moriconi, apodado Francisco (porque su madre era francesa) de Asís (porque nació allí), fundó a principios del siglo XIII una orden de frailes basada en la pobreza y la fraternidad. Francisco de Asís predicó el amor por la naturaleza y la vida y revolucionó la percepción del cristianismo entre los creyentes de a pie. Aunque nadie lo notara entonces, sus palabras generaron un zeitgeist, un espíritu del tiempo. Décadas después, Giotto, el pintor que decoró la basílica franciscana de Asís, tradujo en arte ese zeitgeist: se apartó del hieratismo bizantino e insufló alma y movimiento en sus figuras. Las claves del Renacimiento y de la Edad Moderna estaban todas ahí. El zeitgeist de Asís floreció durante siglos.
El zeitgeist de una época es fácil de percibir, pero difícilmente se deja comprender. Flota en el aire. En algunas ocasiones, el zeitgeist imperante cambia de forma tan brusca que a nadie se le escapa el fenómeno. Eso ocurrió, por ejemplo, cuando el espíritu turbulento de los 60 y los 70 se transformó en el espíritu mercantil y orondo de los 80. Una de las ciudades que con más presteza se adaptaron entonces al nuevo signo de los tiempos fue Milán. Era la Milano da bere del socialista Bettino Craxi, vestida de Armani, corrupta hasta la médula y forrada de liras en negro. En España no se usaba aún el término pelotazo ni se sospechaba que los ladrillos llegarían a ser de oro, pero en Milán ya galopaba el futuro, plasmado en la simbiosis entre el poder político de Craxi y el emergente poder económico de un constructor llamado Silvio Berlusconi.

Con el dinero inmobiliario, Berlusconi fundó un imperio televisivo y compró una sociedad futbolística en la que aplicó todo su instinto. El Milan fue el primer equipo galáctico y probablemente el mejor. Hoteles de cinco estrellas, merchandising, tecnología aplicada (el Milan Lab), espectáculo permanente y presupuestos de vértigo. La fórmula, como se sabe, funcionó.

No hay más que echar un vistazo al Milan de hoy para adivinar que el zeitgeist de los 80 se ha evaporado por las rendijas de la historia. Hay algo de vieja fotografía en las maniobras de Seedorf, el oportunismo de Inzaghi y el voluntarismo portentoso de Maldini. La imagen de Adriano Galliani, el factotum milanista, en la grada de San Siro con Ronaldo, el otro día, es decididamente sepia. Ronaldo tiene sólo 30 años, pero su corpachón, demasiado grande para sus rodillas y para sus reflejos, constituye casi una metáfora.

El Milan sudó ayer para ganar, 1-0, gol de Inzaghi, al modestísimo Parma. El joven italoamericano Giuseppe Rossi, un delantero prometedor por el que ya se ofrecen fortunas, no hizo nada, pero aún así al Parma le bastó defender para desnudar las verguenzas de un Milan cada vez más parecido a un diplodocus: pesado, lento, con un culo muy grande y una cabeza muy pequeña.

No sirve apelar a los puntos de sanción, ni a la fuga de Shevchenko, ni a la potencialidad de Kaká y quizá de Gourcouff. El glamour milanista se ha desvanecido. Es de otra época.

Lo mejor que se vio ayer tarde en el calcio (a falta del vespertino Sampdoria-Inter) ocurrió cerca de Milán, en Bérgamo. El Atalanta ganaba al Catania, 1-0, a falta de cinco minutos. La cosa parecía tan cantada que el entrenador retiró a Doni, el alma del Atalanta bergamasco. El Catania probó un último recurso y sacó al campo a Takayuki Morimoto, un japonés de 18 años que nunca había jugado en la Serie A. Morimoto tardó tres minutos en marcar un gol que habría firmado el Ronaldo de antes. Es difícil definir el zeitgeist contemporáneo, impregnado de miedo y gnosticismo, pero seguramente tiene más que ver con Morimoto que con Ronaldo.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, enero 27, 2007

EL FULL MONTY Y LA GLOBALIZACIÓN por John Carlin


Quedan 20 jornadas para que acabe la Liga inglesa pero ya sabemos que el campeón va a ser el Manchester o el Chelsea. Mejor sería que quedaran cuatro candidatos, como en España, pero teniendo en cuenta que hace 12 meses nadie dudaba que el Chelsea sería campeón, algo se ha avanzado.

Pero no tanto como para evitar que esta semana la atención del público deportivo inglés se haya desviado en una dirección completamente diferente. Su nombre es Monty Panesar. Si un marciano hubiera aterrizado en Inglaterra el lunes o martes pasado, (o un español que hablara inglés pero no entiendera los códigos básicos de la cultura inglesa) supondría que se trataba de un mítico guerrero cuya misión era salvar al país de la catástrofe. San Jorge contra el dragón; el rey Ricardo Corazón de León contra los franceses; Churchill contra Hitler.

Las comparaciones no son exageradas. Estamos hablando del críquet, la expresión quintaesencial de la cultura inglesa. Y nos referimos, concretamante, a una serie de partidos que se están llevando a cabo en este momento contra el rival más antiguo y más detestado, como el Barça para el Madrid o el Madrid para el Barça: Australia. Se jugarán cinco partidos en total. Ya se han disputado dos y ambos los ganó Australia. Si Inglaterra no gana el tercero, que empezó el jueves y acaba el lunes (un partido de críquet internacional dura cinco días) pierde la serie y el país se hunde en una depresión de la que ni Papá Noel le podrá sacar.

¿Quién es Monty Panesar? Monty Panesar es un jugador que el entrenador inglés no seleccionó para los dos primeros partidos. Hubo un consenso casi absoluto en la prensa inglesa: el seleccionador se equivocó. The Guardian, quizá el diario más serio de Inglaterra, opinó que si Monty Panesar no entraba en la selección, esta vez Tony Blair se vería obligado a abordar la crisis en una sesión urgente del parlamento. Todos los periódicos, todos los grandes periodistas deportivos ingleses, se olvidaron de Mourinho, de Ferguson, de Wenger y de Wayne Rooney para concentrar su atención en la gran cuestión nacional.

Monty Panesar por fin jugó, y cumplió. Hizo en el primer día lo que la nación esperaba de él, y más. No vamos a intentar explicar aquí las reglas del críquet, pero digamos que el equivalente futbolístico de la hazaña de Monty Panesar sería que un canterano del Real Madrid marcara tres goles al Barça en el Camp Nou. Lo que hubiera dejado atónito al español (y al italiano, y al chino, y al marciano) es que Monty Panesar no podría tener un aspecto más diferente al del resto de los jugadores de la selección inglesa de críquet, hombres fornidos, de tez blanca o rosada. Panesar es un señor bajito, moreno y barbudo que, siendo un devoto sikh, juega siempre con un turbante negro. El público le ha puesto el apodo del militar inglés más ilustre de la Segunda Guerra Mundial, el Mariscal Monty Montgomerie, pero el nombre que le dieron sus padres, inmigrantes que llegaron de la India en 1979, fue Mudhsuden Singh. Sería intrigante saber qué pasa por la cabeza de los padres cada vez que van a un estadio a ver jugar a su hijo y se ven rodeados de fans luciendo, además de sus banderas inglesas, turbantes negros.

Ya es mucho que un francés (Wenger) y un español (Rafa Benitez) sean adorados por las aficiones de clubes ingleses tan ancestrales como el Arsenal y el Liverpool. ¡Pero que el héroe nacional de la tierra del Almirate Nelson, del Duque de Wellington y la Reina Victoria sea un joven sikh!

La mezcla de la globalización y el deporte ha dado a la humanidad cosas fantásticas.

miércoles, enero 24, 2007

EL IDIOTA DEL CÓRNER por Javier González

Reseña de la novela 'El idiota del córner' de Ian McCoy en la revista literaria Mercurio (enero 2007)

En la grada su asiento de socio estaba junto al vértice de tiza del córner. En los descansos de los partidos, mientras comía su sandwich de rosbeef, se embobaba mirando el flamear al viento del banderín, Por la bocadura de entrada al estadio (puerta 45), solía colarse un viento brioso como de alta mar que agitaba el pañito del banderín. Desde su asiento el tipo imaginaba que aquel banderín fluorescente era como una bandera de popa de un hermoso velero. Se lo decía a su mujer antes de los partidos, y ella le sonreía cariñosa mientras le preparaba el rosbeef y le despedía deseándole suerte para el partido: "Suerte, buen partido...y buena mar", le decía juguetona. Antes, los dos ya habían acordado lo mismo de siempre en los partidos televisados. Desde su asiento junto al córner, aprovechando que las cámaras enfocaban de cerca el saque de esquina, él se levantaría a saludarla por la tarde. Y así era siempre. Llegado el momento álgido del córner, detrás del concentrado pelotero solía verse a un tipo rosado y gordito que saludaba y daba besos a la cámara sin prestar atención al córner. Con los brazos parecía que cogía un volante grande como el de un gran trailer. Pero no era un volante deforme. Era el timón de un velero imaginario con bodegas de amor en su vientre. Desde casa, la mujer le lanzaba besos trenzados como nudos marineros.

Todo fue bien hasta que un lunes, de ida al trabajo, ella leyó en la prensa gratuita de la calle un artículo: "El idiota del córner". Era su marido. Mofa brutal: ¿Quién era aquel gordito cretino que saludaba y parecía conducir desde el córner?

De igual título -El idiota del córner- es la novela del escocés Ian McCoy, basada -asegura su autor- en la historia real de un hincha del Celtic. ¿El propio McCoy?


Aprovechando y hablando del Celtic y de su fantástica hinchada, la noche en que el You´ll never walk alone, tan suyo como de Anfield, sonó en un Celtic -Barça en honor a las victimas del 11-M en Madrid. Retumbaron los cimientos de Celtic Park. !Qué momento!


lunes, enero 22, 2007

Historias del Calcio. EL MEJOR FUTBOLISTA DE ITALIA

Los futbolistas de élite, como los políticos, suelen mantener una relación ansiosa con el público y la historia. No lo saben al principio, cuando debutan como profesionales y aún no tienen lo que, a poco que vayan bien las cosas, les dará el tiempo: un montón de millones en el banco, un deportivo en el garaje y una modelo en casa. El futbolista joven supera poco a poco los miedos, juega y sueña momentos de gloria. El ansia llega más tarde, con la veteranía. Cuanto más celebrado es, mayor el ansia. Los aplausos se dan por descontados y nunca son suficientes. Hacen falta más focos, más vítores, más premios. El futbolista treintañero empieza a vislumbrar la retirada, una especie de muerte civil que le apartará de escena y le arrebatará parte de su identidad. En ese momento empiezan las tensiones con la historia, traducibles en una pregunta: "¿Qué se recordará de mí cuando haya muerto?".

Algunos, pocos, saben que la retirada no traerá el olvido. Francesco Totti será el rey de Roma mientras viva. Paolo Maldini será un modelo para futuras generaciones. Un caso extremo es el de Alessandro del Piero, que ya es el monumento de sí mismo. Hace cuatro años, cuando renovó con el Juventus hasta 2008, hizo una promesa en una página de publicidad de La Gazzetta dello Sport: "Un caballero no abandona nunca a una señora". Su compromiso con la Vecchia Signora de Turín estuvo a punto de romperse con el descenso administrativo a la Serie B y la inevitable tentación de cambiar de equipo, pero, para su suerte, no hubo ninguna oferta golosa. Del Piero siguió en la Juve y en la temporada del castigo ha alcanzado dos hitos excepcionales: 500 partidos y 200 goles con la Signora.

Se trata de un caso curioso. Cuando debutó, le quitó el puesto a Roberto Baggio, un futbolista de superior talento. La madurez le aportó una misteriosa musculatura -hay que decir misteriosa porque la justicia italiana no ha podido probar las sospechas de dopaje- y le privó de la magia juvenil. Hoy es un futbolista regular que cumple a la perfección con su trabajo. El sábado marcó un gol, fabricó otros dos y aupó al Juventus a la cabeza de la clasificación, con la Serie A al alcance de la mano.

Más allá, Del Piero seguirá explotando las cualidades que le han ayudado a sobresalir por encima de compañeros más hábiles: la inteligencia, la simpatía, las dotes de actor.

Alessandro del Piero se sabe destinado a dirigir la Juve, quizá a presidirla. A diferencia de Baggio, ocupado en su finca agrícola y en sus partidas de caza, tan desaparecido que la prensa especula sobre si ha engordado o no, Del Piero seguirá en escena.

Existe una categoría aún más especial, la de quienes no se preocupan ni por el público ni por la historia. Son tipos que aman el balón, no la gloria, y no llegan a superar el miedo del primer día. Les cuesta funcionar bajo presión y difícilmente alcanzan a jugar en equipos de renombre. Cristiano Doni es uno de ellos. Maduró tarde, creció en el Atalanta de Bérgamo, pasó una temporada deprimente en el Sampdoria, se comportó discretamente en el Mallorca y el pasado verano, con 33 años, regresó al Atalanta. Nadie esperaba de él más que lo justo: un poco de experiencia y un poco de orden en el centro del campo.

Doni ha sido elegido por La Gazzeta dello Sport, con toda justicia, como el mejor jugador del calcio en la primera vuelta liguera. Fue suplente en la Copa del Mundo de 2002, nunca ha disputado un encuentro de la Champions ni ha lucido un scudetto sobre el pecho. En teoría, debería estar condenado al olvido. "Cada partido era un examen. Sentía una opresión en el estómago. Jugaba estresado", dijo ayer a La Gazzetta hablando de su modesta carrera.

Ya al borde de la muerte futbolística, liberado de presiones, Doni se ha convertido en una maravilla. Por fin, hace lo que le gusta: jugar con un balón.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, enero 21, 2007

EL PEQUEÑO GIGANTE por José Pékerman


A veces los jugadores entran en los clubes a contramano. Eso es lo que sucedió con Saviola en el Barcelona. Entró en el club en un momento de inestabilidad, de cambios de directiva, entrenador y jugadores. En esas condiciones, cuesta asentarse en el equipo a cualquier jugador y más a alguien que viene de otra competición, muy joven, y con unas circunstancias personales difíciles por la enfermedad de su padre.

No es fácil sobreponerse a determinados obstáculos que se presentan en la carrera de un futbolista. Existen muchos ejemplos de jugadores con grandes condiciones que se han apagado incomprensiblemente.

A mí me alegra sobremanera el buen momento de Saviola porque es un jugador muy completo y una persona extraordinaria. Es un jugador de los que siempre valoran los entrenadores, no sólo por su rendimiento en el equipo a base de goles y juego; también debe tenerse en cuenta su aportación al grupo en su comportamiento. Javier es un chico tremendamente positivo, nunca está de mal humor, no se queja, es muy querido por sus compañeros, es humilde y tiene una gran capacidad para integrarse. Sabe responder a las expectativas y cómo comportarse en cada momento.

En el Mundial sub 20 de Argentina, él tuvo que asumir un papel de líder. Ya era una figura reconocida en River y en aquella selección le correspondió liderar un grupo que tenía la obligación de ganar el campeonato jugando bien, porque se jugaba en casa. No le pesó la responsabilidad y cumplió con creces en medio del dolor personal por la grave enfermedad de su padre. Nunca se quejó y su actitud fue un ejemplo para todos. Por eso no me sorprende que no se haya desmoronado cuando se dudaba de él en Barcelona y se le cedió al Mónaco y al Sevilla. Saviola es un luchador nato, además de un gran futbolista.

A veces los entrenadores quieren jugadores grandes y fuertes porque piensan que de esta forma se le hace más daño a las defensas. El Conejo demuestra que el fútbol admite que puedan practicarlo todas las tipologías humanas siempre que cumplan el principal requisito: saber jugar. Y Saviola juega muy bien al fútbol. Es rápido y muy preciso, tiene mucha técnica, sentido de anticipación y viveza. Por eso siempre está bien perfilado para el gol. Por eso puede hacer goles de rebote, de cabeza, en velocidad, con poco ángulo, con espacios libres, sin ellos. Siempre hará goles y jugadores como él no abundan. Uno no debe llevarse a engaño por su baja estatura. Si le dan confianza meterá más de 20 goles esta temporada y las próximas. Sin olvidar un detalle importante: el juego del Barcelona le favorece notablemente por la muy buena técnica de sus compañeros. Y a los compañeros técnicos (Ronaldinho, Eto'o, Deco, Iniesta, Xavi, Messi, etc.), les conviene un delantero que sepa leer el juego, que pueda buscar un balón en velocidad, jugar en el área y, a su vez, descargar una pared, realizar un desmarque interesante o dar un pase de gol.

Sucede muchas veces que resulta difícil valorar lo de casa, y se busca en otros escaparates relucientes lo que se tiene en abundancia en el salón. Estoy convencido que un secretario técnico tan inteligente como Beguiristain, y un entrenador tan capaz como Rijkaard no dejarán escapar a ese pequeño gigante.

José Pékerman fue seleccionador de Argentina en el Mundial de Alemania 2006.

martes, enero 16, 2007

Historias del Calcio. LOS HEREDEROS DE MULCASTER


Todo era más fácil con la esferomaquia griega o el harpastum de las legiones romanas. Pasaron más de mil años y seguía siendo fácil, fuera con los partidos carnavalescos del medioevo inglés (cientos contra cientos durante toda una jornada), con el soule francés o con el aristocrático y violento calcio florentino (27 contra 27). El asunto consistía en organizar una batalla campal en torno a un balón. Las cosas suelen ser sencillas hasta que alguien teoriza. En el caso del fútbol, el nacimiento de la teoría data de 1581. El culpable fue un extraordinario pedagogo, Richard Mulcaster, que criticó la práctica habitual, consistente, según sus propias palabras, en "amontonar a una multitud de villanos entre espinillas magulladas y piernas rotas", y sugirió algunas modificaciones: "un número inferior de jugadores, organizados en base a zonas y posiciones", con "un maestro de entrenamiento" y alguien que pudiese "valorar el juego, un juez superpartes con autoridad".

Intentan combinarlo todo y luego hacen la danza de la lluvia. A veces, llueve. A veces, no

Pasaron tres siglos antes de que la Football Association estableciera, tras unos cuantos tanteos a ciegas (como la prohibición inicial de pasar el balón hacia adelante), las primeras normas reconocibles. Luego llegaron Didí (el brasileño que enseñó al mundo a chutar), la profesionalización, el balón impermeable ligero y la globalización hipercapitalista. Pero Mulcaster había intuido lo esencial: aquel juego rudimentario podía estilizarse y evolucionar hasta convertirse en una actividad científica. La lectura de How to score (Cómo marcar), un libro del físico británico Ken Bray que combina ciencia, historia y fruición, ayuda a entender hasta qué punto el resultado de un partido de fútbol depende de factores oscuros, casi mágicos.

Cuando empieza la temporada hay ya muchas cosas seguras. Los centrocampistas de todos los equipos van a correr más o menos lo mismo, unos 10 kilómetros por partido; los porteros van a ser los jugadores que más tiempo controlarán el balón; habrá un gol cada diez remates o nueve si los delanteros son habilísimos... Lo esencial está predeterminado.

Luego, unos ganan y otros pierden y nunca se sabe realmente por qué. Quien sepa por qué va mal el Madrid, por qué renquea el Chelsea o por qué el Inter parece invencible que levante la mano. La clave, por supuesto, radica en el equipo: cuanto más colectivo el juego, mejor. Vale. El misterio, pues, se esconde en la construcción de un equipo.

Los entrenadores son como los economistas: la ciencia que acumulan sirve básicamente para explicar por qué no se cumplen sus pronósticos. Cuando sí se cumplen, cuando los proyectos cuajan y se encuentran en las manos con una formidable máquina de fútbol, algunos reaccionan con arrogancia, como Fabio Capello o José Mourinho. No es extraño: les ha salido bien una fórmula mágica y se sienten los reyes del mambo.

Otros, más lúcidos, adoptan una sonrisa melancólica. Es el caso de Roberto Mancini. Fue un futbolista rebelde y exquisito y es el tipo más elegante del calcio, posee un yate espléndido y, con sólo 42 años, dirige un Inter implacable. El equipo tradicionalmente más caótico y propenso a las neurosis se ha metamorfoseado, de un año a otro, en una fábrica de victorias de ritmo japonés. Sin embargo, Mancini habla menos que otras temporadas. Parece inmerso en un nirvana triste, como el Frank Rijkaard de los buenos tiempos.

¿Qué puede decir? Sabe lo que ha hecho y que las cosas van bien. También sabe que, habiendo hecho lo mismo, las cosas podrían ir mal. Los herederos de Mulcaster, llegado el siglo XXI, disponen de presupuestos gigantescos, bancos de datos, asesoramiento clínico y jugadores con extraordinarios recursos técnicos. Intentan combinarlo todo y luego hacen la danza de la lluvia. A veces, llueve. A veces, no.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, enero 07, 2007

LAS OCHO UVAS por Julio César Iglesias


Puntual como el catarro, Fabio Capello ha vuelto a cantar su villancico por Navidad. Lo había hecho por vez primera en los años de presidencia de Lorenzo Sanz. Después de varios meses de fútbol-zambomba, su equipo mandaba en la clasificación, pero los espectadores locales no terminaban de identificar aquella murga con el espectáculo del domingo. Acostumbrados a disfrutar de la habilidad de los mejores futbolistas, no entendían a un entrenador cuyo equipo se deshacía de la pelota como de un trasto viejo.

A fin de año, un periodista preguntó al sospechoso cómo era posible que, con su alarde presupuestario, el Madrid pudiera jugar tan mal.

"Con lo que tengo, no se me puede pedir más", contestó muy ofendido.

Después de romper la hucha, Sanz le había cerrado ocho nuevos fichajes: el portero Illgner, campeón mundial con Alemania; Panucci y Secretario, laterales derechos del Milan y el Oporto; Roberto Carlos, lateral izquierdo del Inter; Seedorf, primer centrocampista del Sampdoria; Zé Roberto, el zurdo más acreditado de Brasil; Suker, máximo goleador de la Liga, y Mijatovic, el mejor jugador del campeonato. Por si necesitaba jugadores de relleno, disponía de Raúl, Hierro, Sanchís y Redondo, entre otras figuras internacionales.

Pero aquel día de diciembre se puso la máscara de cemento, le tomó el número al reportero y dijo de nuevo: "Con lo que me han dado, no podemos hacer más". Luego, ya fuera porque recibió algún aviso por la línea de órdenes o porque el Bernabéu empezaba a sublevarse, aceptó que Redondo se hiciera cargo de las operaciones y aquel equipo, que más tarde ganaría la Liga de Campeones con Heynckes, levantó el vuelo en un minuto.

Diez años después, puntual como el cuco del reloj, ha respondido igual que entonces a una pregunta de Pablo Polo.

"No podemos jugar como el Barcelona. Hay que hacer el vino con la uva que se tiene", ha dicho en una sutil evocación de la vendimia.

También le han servido ahora ocho ejemplares de pura cepa. A saber, Cannavaro y Emerson, sus compinches en la Juve; Diarra, el hombre escoba con el que siempre soñó; Van Nistelrooy, goleador del Manchester United; Reyes, agitador del Arsenal; Marcelo, el lateral izquierdo del futuro; Higuaín, un delantero de última generación, y Gago, quizá el mediocentro más brillante del mercado. A ellos se suman Ronaldo, Robinho, Ramos, Beckham, Cicinho, Guti o Raúl, casi una selección Resto del Mundo.

Habrá que reconocer sus méritos de bodeguero: jugar tan mal con futbolistas tan buenos exige mucho entrenamiento. Hace falta mucha solera para convertir tanta uva en el vino que vende Asunción.

A la espera de que Gago tome el mando, no es blanco ni tinto ni tiene color.

jueves, enero 04, 2007

SE VENDEN PIERNAS por Eduardo Galeano


Como todos los uruguayos, de niño quise ser futbolista. Por mi absoluta falta de talento, no tuve más remedio que hacerme escritor. Y ojalá pudiera yo, en algún imposible día de gloria, escribir con el coraje de Obdulio, la gracia de Garrincha, la belleza de Pelé y la penetración de Maradona.

En mi país, el fútbol es la única religión sin ateos, y me consta que también la profesan en secreto, a escondidas, cuando nadie los ve, los raros uruguayos que públicamente desprecian el fútbol o lo acusan de todo. La furia de los fiscales enmascara un amor inconfesable. El fútbol tiene la culpa, toda la culpa, y si el fútbol no existiera, seguramente los pobres harían la revolución social y todos los analfabetos serían doctores; pero, en el fondo de su alma, todo uruguayo que se respete termina sucumbiendo, tarde o temprano, a la irresistible tentación del opio de los pueblos.

Y la verdad sea dicha: este hermoso espectáculo, esta fiesta de los ojos, es también un cochino negocio. No hay droga que mueva fortunas tan inmensas en los cuatro puntos cardinales del mundo. Un buen jugador es una muy valiosa mercancía que se cotiza y se compra y se vende y se presta, según la ley del mercado y la voluntad de los mercaderes.

La ley del mercado, ley del éxito. Hay cada vez menos espacio para la improvisación. Importa el resultado cada vez más, y cada vez menos el arte, y el resulta o es enemigo e riesgo y la aventura. Se juega para ganar o para no perder, y no para gozar la alegría de dar alegría. Año tras año, el fútbol se va enfriando, y el agua en las venas garantiza la eficacia. La pasión de jugar por jugar, la libertad de divertirse y divertir, la diablura inútil y genial, se van convirtiendo en temas de evocación nostalgiosa.

El fútbol suramericano, el que más comete todavía estos pecados de lesa eficiencia. Ley del mercado, ley del más fuerte. En la organización desigual del mundo, el fútbol suramericano es una industria de exportación: produce para otros. Nuestra región cumple funciones de sirvienta del mercado internacional. En el fútbol, como en todo lo demás, nuestros países han perdido el derecho de desarrollarse hacia adentro. No hay más que ver a los seleccionados de Argentina, Brasil y Uruguay en este Mundial de 1990. Los jugadores se conocen en el avión. Solamente un tercio juega en el propio país; los dos tercios restantes han emigrado y pertenecen casi todos a los equipos europeos. El Sur no sólo vende brazos, sino también piernas, piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad de consumo.

En tiempos de tanta duda, uno sigue creyendo que la Tierra es redonda por lo mucho que se parece al balón que gira mágicamente sobre el césped de los estadios. Pero también el fútbol demuestra que esta Tierra no es muy redonda que digamos.

Eduardo Galeano es escritor uruguayo

domingo, diciembre 31, 2006

LOS ESPAÑOLES CONQUISTAN LA 'PREMIER' por John Carlin


Los periodistas deportivos ingleses han estado publicando sus listas de los mejores jugadores del año y los que más han sonado han sido Cristiano Ronaldo y Paul Scholes, del Manchester United, Didier Drogba, del Chelsea, y un español, Cesc Fábregas, del Arsenal.

Los españoles se han integrado con facilidad y han conquistado los corazones de la afición

Llamé a un par de periodistas y les pregunté si me ayudarían a hacer una evaluación anual no sólo del joven catalán sino también de los demás españoles que militan en equipos de la Premier League. La conclusión es que, con una desafortunada excepción, los españoles se han integrado con extraordinaria facilidad en el fútbol inglés, han conquistado los corazones de sus aficiones, y se han ganado la admiración de los analistas profesionales. En todos los casos, los equipos en los que juegan acaban el año en la mitad alta de la tabla.

- El más joven y el mejor. Paul Merson, antiguo integrante de la selección inglesa, ha dicho que Fábregas, un jugador de muchísimo temple para sus 19 años, será un día el mejor jugador del mundo. Puede que exagere pero lo que no se discute es que el centrocampista que los aficionados del Arsenal llaman "fab" (de "fabuloso") se ha convertido en el eje y el cerebro de un equipo que despliega el fútbol más fluido, inteligente y atractivo de Inglaterra. "Se está convirtiendo en el jugador más indispensable del Arsenal, más incluso que Thierry Henry", dijo un periodista que además es fanático del equipo londinense.

- El más respetado. Xabi Alonso, el controlador del centro del campo del Liverpool, posee -más que cualquier jugador inglés- la personalidad que más empatía despierta en Inglaterra. Además de ser un completísimo futbolista, logra el imposible reto de dejarse siempre la piel en el campo proyectando una glacial serenidad. Serio y modesto, lúcido en las entrevistas, los aficionados del mítico Anfield lo adoran.

- El más enigmático. Luis García, también del Liverpool, se ganó a la afición para siempre con sus goles decisivos, y algunos espectaculares, rumbo al inesperado triunfo en la Liga de Campeones de 2004-2005. No deja de sorprender con sus golazos, pero es uno de esos jugadores frustrantes (y por eso muchas veces suplente) que tiende a desaparecer durante un partido, o jugarlo a su aire.

- El genio más errático. Pepe Reina es el portero número uno del Liverpool, en parte porque mantiene viva una antigua tradición. No importa que hayan nacido en Zimbabue, Polonia, Inglaterra o España, los porteros del Liverpool de los últimos veinte años siempre han seguido un mismo modelo: hacen las paradas más espectaculares, y las pifias más bochornosas. Cuando jugaba en el Villarreal, Reina parecía el portero más sólido, más imperturbable del mundo, pero el maleficio de Anfield no lo supera nadie.

- El más querido. Nadie se lo hubiera creído hace tres años, pero la conquista española de la ciudad de los Beatles es casi total. El ídolo del otro equipo de Liverpool, el Everton, es el donostiarra Mikel Arteta. Reconocido como la figura de un club que está en la sombra del gran vecino, pero que cuenta con una media de 35.000 espectadores por partido en casa, el centrocampista español, de 24 años, fue elegido en mayo como el mejor jugador del Everton no sólo por los aficionados, sino por sus compañeros de equipo.

- El más frustrado. Albert Luque llegó al Newcastle United del Deportivo la Coruña en agosto de 2005 con la reputación de ser uno de los tres o cuatro delanteros más letales de España. Por eso el Newcastle pagó 14 millones de euros por él. Ha sido una de las peores inversiones del club peor administrado de Inglaterra. Luque tuvo mala suerte con una lesión seria nada más llegar, pero desde que se recuperó hace ocho meses apenas ha sido titular. Es el español que peor se ha adaptado a Inglaterra, o que Inglaterra menos ha sabido aprovechar.

- El más inglés. No por su personalidad, sino por su estilo de juego, es el otro donostiarra de la Premier, que ha vivido una especie de metamorfosis desde que llegó al Bolton Wanderers procedente del Real Madrid en 2002. Iván Campo, que jugaba de central en España, se mueve ahora como centrocampista. Pero lo más curioso es que se ha transformado en el prototipo de jugador del Bolton, que es lo mismo que decir un jugador cien por cien inglés. Más peleón que refinado, entregado a muerte a la causa, Iván Campo define y encarna a un equipo que está haciendo maravillas esta temporada: cuarto en la Liga y con serias posibilidades de clasificarse para la Liga de Campeones.

lunes, diciembre 25, 2006

VIVA EL BOXING DAY por Raul Fain Binda

Cómo si de ¡Qué Bello es Vivir! se tratara, vuelvo a recuperar este artículo navideño sobre la peculiaridad inglesa que tanta envidia provoca a los futboleros en estos días.



El ser inglés consiste, por encima de todo, en no ser como los demás.

Los ingleses conducen por la izquierda, sus escuelas públicas son en realidad privadas, el conductor de un ómnibus es el que vende los boletos (el que está al volante es el driver), en un ministerio el rango de secretario (de Estado) es más encumbrado que el de ministro... y el fútbol no descansa a fin de año.

Mientras los futbolistas de otras grandes ligas europeas se tienden al sol en playas exóticas o se atracan de pavo en sus casas de nuevo rico, los jugadores de la Premier League van del pub a la cancha y de la cancha al pub.

En un programa oficial plagado de jornadas, el fútbol inglés tiene en el Boxing Day su fecha con mayor carga histórica.

(...)

Día de los regalos


Boxing Day es el día siguiente a Navidad. En una época, particularmente durante el siglo XIX, fue una especie de Navidad alternativa para la inmensa masa de sirvientes que se deslomaba el 25 de diciembre trabajando para sus señores.

En la mañana del 26, bien tempranito, los sirvientes podían visitar a sus familias, cargados de paquetes de regalos (boxes o cajas) y las sobras del banquete.

También el 26 las iglesias abrían los boxes de limosnas destinadas a los pobres y los aprendices de todos los artesanos del reino visitaban a los clientes, con cajas para recoger las "ayuditas".

Las familias tradicionales, los nobles con dependientes económicos o clientela política, también salían ese día a repartir boxes con regalitos y sobras de comida, para mantener la ilusión de un clan o familia extendida de corte feudal.

Para hacerlo más breve, el Boxing Day era la Navidad de los pobres, cuando los ricos purgaban con actos de caridad la glotonería y derroche del día anterior.

Dado que el 26 no era feriado religioso, se podía ir al fútbol, que ha sido tradicionalmente el deporte de los pobres.

Raigambre popular

Volviendo ahora al Boxing Day, a la ávida demanda de fútbol en esta época del año, se nos ocurre que esto es una nueva prueba de la auténtica raigambre popular de este deporte.

Para las clases acomodadas, el Boxing Day señala desde la época victoriana el día de la caza del zorro... "señalaba" será la palabra en el futuro, porque la cacería de este Boxing Day puede haber sido ser la última, por lo menos en el plano legal.

Todas las otras actividades están de gira o reducidas en el nivel competitivo... excepto el fútbol.

Este país se está desprendiendo de sus tradiciones con una rapidez que escandaliza a los anglófilos extranjeros.

La prohibición de la caza del zorro es casi segura... Este asunto refleja un acomodamiento de las relaciones entre cierta gente de la ciudad y cierta gente del campo, entre políticos y propietarios.

El fútbol en este país es más democrático que eso, porque realmente representa a las comunidades regionales.

Por eso y otras cosas, ¡qué viva el Boxing Day!

viernes, diciembre 22, 2006

LOS MARTILLOS DEL NORTE por John Carlin


¿Qué se le regala para Reyes al hombre que lo tiene todo? ¿Un avión? ¿Un yate? ¿Un alcalde en la Costa del Sol? Más recomendable, quizá, es probar con algo que dure, un juguete que ilusione más allá del primer día. Y para eso nada mejor, nada, que el regalo que acaba de recibir el padre del hombre más rico de Islandia. Un equipo de fútbol. En este caso, el West Ham United, de la Premier League.

Una isla de 300.000 habitantes en el Atlántico Norte se suma esta semana a Rusia, Estados Unidos y Egipto, países cuyos ciudadanos también se han comprado clubes ingleses. Pero, aunque el Chelsea, el Manchester United, el Aston Villa y el Fulham ya están en manos de super ricos extranjeros, lo curioso es que no ocurra más a menudo, que grandes instituciones como el Liverpool y el Arsenal no hayan caído también. Si uno cuenta con el dinero para comprarse un equipo de Primera, ¿por qué no? Como dicen los ingleses cuando se les ofrece una cerveza, "silly not to" ("tonto no hacerlo").

Así lo ha entendido Bjorgolfur Gudmundsson, cuyo hijo Thor es el primer islandés billonario de la historia. A cambio de la cantidad irrisoria de 120 millones de euros -no sólo se compra un equipo, sino una enorme parcela en la metrópolis más rica de Europa-, el señor Gudmundsson ya es, desde el martes de esta semana, el presidente de honor vitalicio del West Ham.

¡Lo que hace el dinero! Tras aportar más fama y gloria al Real Madrid que nadie -y a la larga, olvídense de Beckham, al valor económico de la marca-, Alfredo di Stéfano sólo ostenta el título de presidente de honor. En cambio, el señor Gudmundsson, cuya contribución a la causa del West Ham hasta el martes pasado había sido nula, tiene asegurado el puesto hasta que se muera. Su amigo Eggert Magnusson, el nuevo presidente ejecutivo, también es rico comparado con el aficionado medio, pero, como no puso el dinero, no tiene las mismas garantías de permanencia.

Ahora, claro, el West Ham -también conocido como The Hammers, Los Martillos- no es el Real Madrid. Pero tiene su respetable dosis de carisma. No ha ganado nunca la Liga inglesa en sus 111 años de vida, es verdad. Y en Europa sólo ha triunfado una vez: en la Recopa, ganada en 1965. Pero el lugar especial que ocupa en el imaginario de la afición inglesa -sólo un peldaño por debajo de los Liverpool, Arsenal y Manchester- se debe precisamente a aquel equipo que ganó la Recopa. Porque ese West Ham aportó más jugadores que cualquier otro club a la selección inglesa más venerada de la historia, la que ganó la Copa del Mundo de 1966: la santa trinidad de Bobby Moore, el gran capitán; Geoff Hurst, que marcó un hat-trick en la final, contra Alemania, y Martin Peters, el cerebro del mediocampo.

Después, durante los años 70 y 80, el West Ham tuvo en sus filas a uno de los diez mejores jugadores que han producido las islas y al más elegante: Trevor Brooking, el Zidane inglés.

Todo esto nadie en Inglaterra asociado con el fútbol lo olvida.

Con Brooking, el West Ham ganó la Copa inglesa un par de veces, siempre jugando un fútbol atractivo, generoso y muchas veces suicida. Por eso nunca ha ganado la Liga. Por eso también los aficionados del West Ham caen bien. Se sabe que sufren, pero por una alegre causa.

Con los millones de Gudmundsson y su hijo puede que sufran menos. Si uno buscase el dueño ideal para un club de fútbol, Gudmundsson sería un candidato. Ex presidente del mejor club de Islandia, el KR, Gudmundsson es un amante del fútbol de verdad, un hombre que desde siempre ha ido a ver a su equipo desde la tribuna, codo a codo, nada de palcos, con los aficionados que pagan por la entrada. El presidente ejecutivo, Magnusson, es otro forofo, ex presidente de la asociación islandesa de fútbol que, además, con sus 59 años, sigue jugando al fútbol tres veces a la semana.

Y, encima, como buenos nórdicos, los dos millonarios son fans a muerte del fútbol inglés.

Si en estos tiempos globalizados, en los que las fronteras del fútbol se vuelven cada día más porosas, algún aficionado español está buscando equipo en Inglaterra, el West Ham pinta, de repente, como una excelente opción.

lunes, diciembre 18, 2006

Historias del Calcio. UN AÑO NEGRO PARA EL JUVENTUS


Resultará que sí, que es la temporada del Inter. Las señales se multiplican: un Inter brasileño gana la Intercontinental, el Estudiantes (dirigido por dos ilustres veteranos interistas, Simeone en el banquillo y Verón en el campo) gana el campeonato argentino. Y en el Inter que nos ocupa, el italiano, Marco Matterazzi marca goles de chilena: el de ayer podía anularse por juego peligroso porque un tipo de casi dos metros con los pies en alto es una amenaza, y más si los pies son de Matrix, pero valió. Son ya nueve victorias consecutivas, un liderato desahogado y la palabra scudetto pintada en la frente.

Como en el Apocalipsis bíblico, se abren uno a uno los siete sellos de las calamidades. Ya son seis. Debería bastar

La temporada será del Inter, parece claro. Pero el año es del Juventus. Ningún aficionado podrá olvidar las desgracias que se han abatido en 2007 sobre la institución turinesa.

Primer golpe, el descubrimiento de la manipulación arbitral. Segundo, el título retirado y concedido al Inter. Tercero, el descenso a la Serie B, con penalización incluida. Cuarto, la hemorragia de la plantilla: dicen adiós Vieira, Ibrahimovic, Cannavaro, Emerson, Thuram, Zambrotta. Hasta aquí, los golpes son deportivos. A partir del quinto, ya no: el quinto es la tragedia de Pessotto, recién transformado de jugador en delegado del equipo, que en plena depresión se lanzó desde la azotea de la sede social y durante días se debatió entre la vida y la muerte.

El sexto llegó el viernes, donde menos podía esperarse: en la categoría juvenil. El Berretti, uno de los equipos de la cantera blanquinegra, terminó de entrenarse a las 17.30 en el centro deportivo de Vinovo. Dos de los jugadores, Alessio Ferramosca, centrocampista zurdo, y Riccardo Neri, portero, ambos de 17 años, no fueron con los demás al vestuario. Se quedaron fuera para recoger los balones y nadie notó su ausencia hasta una hora después.

Ferramosca y Neri fueron hallados a las 20.30. Aparentemente, habían intentado repescar varios balones caídos en un pequeño estanque de las instalaciones, dedicado a la recogida de agua de lluvia. Ferramosca ya estaba ahogado. Neri había luchado durante horas y su corazón latía aún, pero sufría una hipotermia aguda (su cuerpo estaba a 22 grados, más allá del límite mortal) y los esfuerzos por reanimarle resultaron inútiles.

La Fiscalía de Turín abrió ayer una investigación bajo la hipótesis de homicidio involuntario. El estanque, de cuatro metros de profundidad, estaba revestido de materia plástica y tenía las paredes casi verticales: era imposible salir de él. No había señalización de peligro. Y ningún responsable del equipo se quedó con los dos muchachos: suele decirse que el trabajo de un entrenador de juveniles no concluye hasta que todos sus chicos vuelven al vestuario.

Maurizio Schincaglia, el desolado entrenador del Berretti, y los máximos dirigentes juventinos corren riesgo de procesamiento. La desgracia, en cualquier caso, ya había ocurrido. El equipo de los mayores suspendió su encuentro y la afición blanquinegra volvió a encogerse de dolor.

La temporada de la Juve avanza entre desgracias. Como en el Apocalipsis bíblico, se abren uno a uno los siete sellos de las calamidades. Ya son seis. Debería bastar.

Enric González es autor de Historias del Calcio