sábado, octubre 15, 2005

DESGRACIA GRANA

Una vez que he caído en la tentación de recuperar algunos artículos ya publicados en el blog por alguna circunstancia concreta, no quería hoy (15 de octubre) dejar pasar la oportunidad de colgar de nuevo "Desgracia Grana" en el día en que se cumplen 38 años del último vuelo de Gigi Meroni, la farfalla granata. Lo reconozco, es una debilidad personal, y uno de los principales motivos por los que comencé a recopilar los artículos de Enric González en este blog.


El Torino no ha ganado ninguno de sus últimos cuatro partidos y lleva 273 minutos sin marcar. Después de cinco victorias consecutivas en el arranque del campeonato y cuando parecía tener casi al alcance de la mano el sueño del retorno a Primera, el viejo Toro atraviesa una fase triste.

Pero esto no es nada. El club más desgraciado de todos los tiempos ha sufrido cosas muchísimo peores. La tifosería grana sabe encajar cualquier adversidad.

¿Qué otra sociedad futbolística tiene un santuario como el de Superga? Ahí está el monumento a los muertos de 1949, un maravilloso grupo de jugadores desaparecido en un instante. El avión que devolvía al gran Torino de un amistoso en Lisboa -en el que a punto estuvo de viajar Kubala, recién huido del Este y en tratos para fichar por la que era la mejor formación del planeta- se extravió en la niebla cuando iba a aterrizar y se estrelló contra el monte Superga. No hubo supervivientes. Y se abrió un hueco en el corazón de Turín que en parte ocupó la Juventus, el club de la Fiat.

Mi amigo Lorenzo me recordó que hubo otro momento negro en la historia grana. Este mes se cumplen 37 años. Fue un 15 de octubre cuando voló Gigi Meroni, la mariposa grana. Pocos futbolistas fueron tan amados y criticados como Meroni, un tipo peculiar, irremediablemente libre. Quizá en su debut alguien recordó que el piloto del avión de Superga se llamaba también Meroni. Un Meroni rompió el alma del Toro y otro Meroni se la devolvió: con aquel tipo flaco en el extremo -le daba igual la derecha que la izquierda- los grana parecían destinados a recuperar la primacía turinesa.

Gigi Meroni pertenecía a la categoría de los Garrincha y los Best. Era un genio loco que regateaba tres veces al mismo contrario si pensaba que ese engorro resultaba estéticamente apropiado para un juego que sólo entendía él; que sorteaba de forma humillante al contrario y luego se paraba a consolarle -el insigne Dino Zoff recuerda una de esas ocasiones-; que escandalizaba a la pacata Italia de la época dejándose barba, viviendo amancebado con una chica polaca y pintando cuadros de cierto mérito. Medio país le adoraba y el otro medio le detestaba. Muchos le culparon de la derrota contra Corea en el Mundial de Inglaterra 66 pese a que no jugó. La Gazzetta dello Sport desencadenó una furiosa campaña contra Meroni.

Y, sin embargo, quienes le vieron jugar no le olvidan.

El 15 de octubre de 1967, al concluir un partido, Gigi Meroni fue atropellado por un joven de 18 años, tifoso del Toro, que acababa de sacarse el carnet. Después de llorar a Meroni, cuyo féretro fue expuesto en el centro del estadio, la afición fue a animar al conductor, hundido en una depresión espantosa. Aquel muchacho que mató a una mariposa de 24 años se llamaba Attilio Romero y es hoy presidente del Torino. ¿Cómo podría parecerle grave una simple racha sin goles?

CENICIENTA EN GETAFE por Julio César Iglesias

Las musas se han puesto el uniforme del Getafe y, de pronto, llueve café en el campo. Cuando todos sospechaban que el equipo caería en la modorra crepuscular que suele abatir a los equipos ascensores, los puntos han empezado a caer del cielo en una inesperada y asombrosa ceremonia de la abundancia. Quizá se trate de un fenómeno provisional: jugados minuto a minuto, con viento a favor o con viento en contra, sus partidos se atienen a la lógica inestable del fútbol de alta competición. Se juegan en el alambre, al borde del abismo, y siguen, sobre la pauta del vacío, una frágil secuencia de acontecimientos que finalmente conduce a la victoria.

A primera vista, el Getafe es una estructura compuesta en un desguace. Parece el resultado de ensamblar piezas y excedentes de distintas máquinas, y su combinación de valores da lugar a un artefacto asimétrico, lleno de pinchos, correas, toboganes, aristas, engranajes, serpentines, resortes y cazos soperos. Pero, aunque lo parezca, no es uno de los extravagantes artilugios de Waterworld ni la creación póstuma de aquel beatífico profesor Franz de Copenhague que ingeniaba los grandes inventos del TBO, sino el resultado de un raro proceso evolutivo en el que han intervenido mediadores tan distintos como el azar, la paciencia, Quique Sánchez Flores o el comandante Schuster de Ausburgo.

Con permiso de los demás actores, Bernd Schuster es, precisamente, la figura más chocante del entramado. Casi nadie se detiene a recordar que en su día fue el sucesor natural del otro profesor Franz: el kaiser Franz Beckenbauer. Desde la desaparición de aquel prusiano de seda que jugaba con bastón de mando, nadie había llenado mejor que él las pantallas ni los espacios y, aún más, nadie había mantenido con la pelota cierta relación de jerarquía que se inspiraba tanto en el dominio como en la arrogancia. Daba gusto verle, aplomado en mitad de la cancha, con su porte atlético y su melena nibelunga: controlaba mirando a otra parte, como quien abre la correspondencia; distribuía el juego en todas las distancias, y transmitía a los espectadores la inequívoca sensación de que fútbol era él.

Mientras los expertos le auguraban el más brillante futuro del momento, aquel tipo tan germánico dijo por sorpresa que nunca más volvería a la selección alemana. Con ese gesto abdicaba, renunciaba a los honores de jugador de época y se resignaba a la condición de ídolo local. Prefería ser el comandante Schuster a ser el emperador Bernardo.

Un día se cuadró en Getafe. Hoy, bajo su autoridad, gente bragada como Pernía, gente ingeniosa como Güiza y agentes letales como Riki, Pachón o Gica Craioveanu se organizan en una disciplinada compañía dispuesta a conquistar territorio o a cavar trincheras, según convenga a la causa.

Permitamos que disfruten sin reservas de su semana de gloria.

Que nadie perturbe su sueño de campeones.

FÚTBOL Y ESCRITORES (3/3): EN EL BANDO CONTRARIO por Luis Fernando Charry

La historia no siempre es color de rosa. En el cuento 19 de diciembre de 1971, de Roberto Fontanarrosa, el viejo Casale ha decidido no volver a ver a su equipo, el Rosario Central: ha sufrido tantas veces en nombre de su Club que se encuentra al borde del infarto. Cuando iba al estadio, su equipo ganaba. Ahora el equipo no ha vuelto a ganar y un día una banda de jóvenes (la leyenda de Casale era ampliamente conocida en el barrio) lo secuestra y lo lleva como amuleto vencedor a las tribunas. El gozo de ver al Rosario puede más que la taquicardia. Casale disfruta el partido hasta que su equipo gana y él cumple su doble cita con el destino: muere en estado de gracia por contribuir al triunfo.

Se sabe que el fútbol produce alegrías funestas. También se sabe que algunos escritores no soportan este juego de multitudes. “Es feo estéticamente. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos. Mucho más lindas que el fútbol son las riñas de gallos. Ocurren ahí nomás, al lado de uno, son ideales para miopes”, dijo en su momento Jorge Luis Borges. Aunque Borges no fue el único. Guillermo Cabrera Infante llevaba más de 25 años viviendo en Inglaterra y siempre conservó un particular desprecio por este deporte. La escasa tradición cubana podría justificarlo, pero los años en Inglaterra (en el templo del fútbol) anulan esa explicación. Sin embargo el escritor cubano llegó a afirmar: “Ese juego nefasto incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”, se lee en el libro Salvajes y sentimentales, del escritor español –e hincha furibundo del Real Madrid– Javier Marías.

En opinión de Marías, no existe un deporte más angustioso que el fútbol. El autor de Mañana en la batalla piensa en mí (un título, si se lo piensa un poco, que se podría aplicar fácilmente al deporte en cuestión) recuerda que es de las pocas cosas que lo hacen reaccionar hoy en día de la misma manera que reaccionaba cuando tenía diez años y era un salvaje. En este sentido –y ya para tratar de contrarrestar la angustia de este hincha madrileño–, hay unas palabras bastante elocuentes del escritor mexicano Juan Villoro (hincha furibundo, por cierto, del Barcelona): “El tiempo es el gran estratega del fútbol. El partido dura 90 minutos, una jugada ocupa unos cuantos segundos y cinco o seis jugadas definen el marcador. En otras palabras, el problema estriba en qué hacer con los 89 minutos restantes”.

viernes, octubre 14, 2005

FÚTBOL Y ESCRITORES (2/3): UN DELANTERO GORDO por Luis Fernando Charry

En la historia de los escritores y el fútbol, no todos se han inclinado por esa posición bajo los tres palos. La idea de Soriano era jugar adelante y romper las redes. Un día, sin embargo, la rodilla falló y las lecturas de Raymond Chandler y Cortázar se mezclaron con la máquina de escribir: el resultado, tres colecciones de relatos y siete novelas.

En los tres libros de artículos periodísticos de Soriano –libros donde la literatura y la historia argentina y el recuerdo de su padre se funden– hay un apartado dedicado al fútbol. A la hora de tocar del asunto, Soriano tenía tantos atributos como Maradona en esa tarde de inspiración frente a los ingleses: el fútbol y la literatura, a veces, se compenetran y pueden albergarse dentro del mismo corazón. Así, hay relatos de partidos iniciáticos donde Soriano corre detrás del balón, descripciones terroríficas del penal más largo del mundo –con el estadio vacío–, perfiles de jugadores imborrables, con pinta de asesinos y con ganas de pelear un poco. Además, algunas historias de árbitros –esa suerte de editores dentro de la cancha– vendidos e insultados. Resumiendo: una mirada certera del fútbol que tanto desveló a Soriano, hasta el punto de que su último libro –Memorias del Míster Peregrino Fernández y otros relatos de fútbol–, publicado póstumamente, pretendía regresar a sus orígenes.

El título del libro alude a una de las leyendas del fútbol argentino que se haría famoso en Europa como creador del fútbol espectáculo. En esta disciplina, Peregrino Fernández fue partidario de poner en el terreno de juego (sobre todo si el equipo contrario iba ganando con evidente superioridad) doce jugadores. Incluso en aquella época que estuvo dirigiendo el Standard de Melbourne, el Míster no tuvo ningún inconveniente a la hora de enviar trece jugadores al campo: “nadie se avivó y ganamos seis a dos”, le contaba a Soriano mientras éste lo entrevistaba en un geriátrico cerca de Neuilly, en Francia, donde Peregrino Fernández pasaría sus últimos años.

En esta novela inconclusa, en el capítulo 16 (que a la postre sería el capítulo final), se lee lo que sigue: “Hay tres clases de futbolistas. Los que ven los espacios libres, los mismos que cualquier payaso ve desde la tribuna y los ves y te ponés contento y te sentís satisfecho cuando la pelota cae donde debe. Después están los que de pronto te hacen ver un espacio libre sin más, un espacio que vos mismo y quizás los otros podrían haber visto de haber observado atentamente. Ésos te toman de sorpresa. Y luego hay aquellos que crean un nuevo espacio donde no debería haber habido ningún espacio. Esos son los profetas. Los poetas del juego”.

jueves, octubre 13, 2005

FÚTBOL Y ESCRITORES (1/3): GOLES Y LETRAS por Luis Fernando Charry

“Cuando Diego Maradona saltó frente al arquero Shilton y le pasó la pelota con una mano por encima de la cabeza, el concejal Louis Clifton tuvo su primer desmayo en las Malvinas. El segundo, más prolongado, ocurrió cuando Diego dribleó a media docena de ingleses y consiguió el segundo gol de Argentina. Afuera un viento helado barría las desiertas calles de Port Stanley y las tropas británicas estaban en el cuartel oyendo, azoradas, cómo el pequeño diablo del Nápoli les arruinaba el festejo del cuarto aniversario de la reconquista de lo que ellos llaman las Falkland”, escribió alguna vez el escritor argentino Osvaldo Soriano (Mar del Plata 1943-Buenos Aires 1997; e hincha furibundo de San Lorenzo de Almagro) en una nota titulada ‘Maradona sí, Galtieri no’.

Por supuesto, Soriano no ha sido el único escritor que ha tenido una debilidad por el fútbol. En realidad la historia viene de tiempo atrás; han sido muchos (muchos y muy famosos y muy buenos escritores) los que han perdido la cabeza por el balón, los que han dejado las patadas por las letras.

En 1930, por ejemplo, el escritor Albert Camus jugaba de portero en el Racing Universitaire de Argel. Diez años más tarde, Camus se trasladó definitivamente a París y ahí estuvo buscando un equipo que lo admitiera bajo los tres palos. En esa época (la tuberculosis ya había aparecido en la vida del futuro premio Nobel) tuvo que dedicarse a contemplar el espectáculo desde afuera, en calidad de aficionado, y entonces decidió hacerse hincha del Racing París por una razón en apariencia sentimental: la camiseta azul con rayas blancas de su nuevo equipo francés le recordaba su antiguo equipo en Argel.

En cambio Vladimir Nobokov, que también jugó como portero, nunca cayó en esa clase de sentimentalismos. Por un lado, el autor de Lolita odiaba el jazz, los toros, las máscaras folklóricas primitivas, la música ambiental, las piscinas, los camiones, los transistores, los insecticidas, los yates, el circo, los night clubs y el rugido de las motocicletas, por mencionar algunos ejemplos. Por el otro lado amaba el fútbol y algunos textos literarios. Nunca, sin embargo, dijo lo que dijo Camus: “cuanto de importante sé de la moral humana lo he aprendido en el fútbol”.

martes, octubre 11, 2005

SIN SONRISAS

Acabo de leer la noticia de la sobredosis por cocaína y heroína de Lapo Elkann, y que, como casi todo lo que le pueda suceder a esta especie de familia Kennedy del Piamonte, ha sobrecogido a Italia. Por ello me he acordado de un artículo de Enric González, colgado en este blog hace algún tiempo, que tenía a este joven delfín de la familia Agnelli como protagonista. En él se dan algunas claves para entender a la Vecchia Signora en toda su extensión. El artículo, como siempre, magistral.


Lapo Elkann dice que al Juventus le hace falta una sonrisa. Y "jugadores simpáticos que alivien un clima demasiado tenso". Él sabrá. Lapo Elkann es, además de joven, multimillonario y consejero de la Fiat, nieto de Gianni Agnelli, hermano del vicepresidente de la Juve y copropietario de la sociedad. A Lapo le apetece ser presidente de la empresa futbolística de la familia, lo que hace suponer que lo será pronto. Por eso resultan especialmente graves sus palabras, que atentan contra el espíritu mismo de la Vieja Señora del calcio. En el Juventus no se sonríe, se trabaja. Ahí está el lema fundacional: Delectando fatigamur. Por el sufrimiento al placer.

Y ahí están Antonio Giraudo y Luciano Moggi, el administrador delegado y el director general del Juventus, dos tipos de aspecto tan siniestro que parecen elegidos en un casting. Giraudo no está para ñoñerías. "Sin ninguna sonrisa, el Juventus ha ganado en estos 10 años cinco títulos de Liga, ha disputado 16 finales y ha vencido en ocho, ha obtenido dos balones de oro y es, según L'Equipe, el primer equipo de Europa por resultados deportivos", masculló tras leer los comentarios de Lapo. Y añadió: "Nuestro estilo sin sonrisas es típico de los turineses: me viene a la mente Vittorio Ghidella (el gran patrón de Fiat Auto en los años 70 y 80), que sonreía poquísimo pero dominaba el 60% del mercado italiano y generaba beneficios inmensos".

Ese no fue el único sarcasmo de Giraudo a costa de la familia Agnelli. Como Lapo Elkann había sugerido la conveniencia de fichar a Antonio Cassano, "que tuvo una infancia difícil y es difícil de manejar, pero hace sobre el césped cosas extraordinarias y es muy simpático", el administrador delegado soltó todo el buen humor que llevaba dentro. "La Juventus es una de las sociedades más sólidas a nivel económico, sin que los Agnelli se hayan visto obligados a invertir durante una década. Las declaraciones de Lapo Elkann, miembro autorizado de la familia, nos ayudan de hecho a sonreír, porque al referirse a programas tan ambiciosos como el que incluiría la adquisición de Cassano nos permiten suponer que la familia pondrá dinero en el club, como han hecho todos estos años los Berlusconi, los Moratti o los Abramovich".

Si Giraudo trata así a uno de los propietarios, no cuesta demasiado suponer cómo tratará al resto del mundo. Disciplina piamontesa y mala leche a raudales. Delectando fatigamur. Ese es el auténtico espíritu juventino, el que se viste de blanco y negro porque no está para chorradas de colores.

Y, sin embargo, podía haber sido de otra forma. El Juventus comenzó jugando con camiseta rosa, gorrito blanco y corbata. Cuando las primeras camisetas se gastaron (y las coñas de los rivales empezaron a hacerse insufribles), los dirigentes juventinos eligieron como color definitivo el rojo, vibrante, agresivo y optimista. Y pidieron a un amiguete inglés, John Savage, delantero del Nottingham Forest, que hiciera llegar a Turín un paquete de zamarras de su club. Savage traspasó el encargo a un comerciante local, quien, presumiblemente, pensó que aquellos italianos no iban a viajar a Inglaterra para quejarse y les remitió un cargamento de camisetas que no vendía ni a tiros: las blanquinegras del Notts Country, el segundo equipo de la ciudad. Cuenta Renato Tavella, uno de los fundadores de la Juve, que aquel equipamiento suscitó "poco entusiasmo". En cualquier caso, el tendero de Nottingham acertó en su intuición. Lo pagado, pagado estaba. Y las franjas negras y blancas quedaron para siempre.

Luego, unas semanas antes de que Benito Mussolini tomara el poder, Edoardo Agnelli se hizo con la presidencia de la Juventus. Organizó el club como una dependencia de la Fábrica Italiana de Automóviles de Turín, hizo ver a los jugadores que la camiseta era un mono de trabajo y dio paso a la primera edad de oro juventina. Ahora, por más que diga Lapo, es tarde para cambiar. La Vieja Señora nunca ha estado de humor para sonrisas.

EL ADIOS DEL PRÍNCIPE, por Carlos Ares (en la despedida de Enzo Francescoli, febrero 1998)

Es una pena que para los aficionados españoles sea sólo un nombre y alguna imagen fugaz. El jugador uruguayo Enzo Francescoli, de 36 años, que anunció el pasado miércoles su retirada definitiva del fútbol profesional en el salón de honor del River, el club argentino donde se convirtió en uno de los ídolos indiscutidos de toda su historia, fue de aquellos que llevan las multitudes a los campos con la ilusión de que su sola presencia puede salvar la tarde.En toda su carrera disputó 617 partidos oficiales, desde que debutó a los 18 años en el Wanderers de Montevideo, convirtió 236 goles y conquistó 13 títulos. Jugó en el River, en el Matra Racing de París, el Olímpico de Marsella, el Cagliari y el Torino de Italia, y regresó al River en 1994. Fue también tres veces campeón de América con la selección de Uruguay y participó en dos Copas del Mundo.

Nadie, fuera del campo, te oyó jamás levantar la voz, criticar a un compañero o hablar mal de un entrenador. El Príncipe como le llaman, fue un caballero de fina estampa que hizo respetar los límites a la prensa deportiva, a los directivos y al público. Los aficionados del River deliran cuando gritan el tradicional "uruguayo, uruguayo" que será la música de fondo de su vida, pero todos los argentinos le quieren y le admiran como a, los ídolos propios. Cuando los fanáticos o la prensa querían utilizarlo como modelo para contraponer al inefable Maradona del Boca, fue el mismo Francescoli el primero en reconocer y admitir sinceramente que no cabía tal comparación: "Yo no puedo compararme con él, Diego fue un verdadero rey del fútbol y yo nunca me creí eso de ser el príncipe, como dice la prensa. Sí creo que fui un tipo tocado por la varita mágica. Uno como cualquier otro, al que el balón lo hizo importante".

En los momentos más duros de la vida de Maradona, fue Francescoli uno de los que puso la cara para defenderlo. La pasada temporada, antes de un clásico entre el River y el. Boca, Francescoli buscó especialmente a Maradona para dejar el testimonio de su afecto con un abrazo. Nadie del River, ni siquiera los barras bravas, podía criticar una decisión personal de Francescoli. Tras conquistar tres títulos consecutivos de Liga con el River y la Supercopa de América, anunció el final de su carrera. Desde ese momento intentaron convencerlo para que continuara al menos otra temporada. Pero los aficionados sabían que Francescoli cumpliría su palabra. "En el fútbol pasé los 18 años más felices de mi vida. Todo lo que yo soñaba era jugar algún día con Peñarol en el estadio Centenario. Ahora me llevo. mucho más de lo que podía imaginar".

Es una pena que los aficionados españoles no le conozcan demasiado, al menos para repartir la tristeza entre más.

viernes, octubre 07, 2005

ALGUNAS NOTAS

Buena parte de la literatura sobre fútbol oscila a menudo entre lo banal y lo sesudamente académico. Sin embargo, hay obras muy destacables, incluso para los no aficionados. El norteamericano Bill Bufford, ex director del prestigioso semanario británico Granta, es autor de uno de los mejores relatos periodísticos sobre el tema: Entre los vándalos (Ed. Anagrama, Barcelona, 1992), un retrato de los hooligans y de su modo de vida que es ya todo un clásico del periodismo y de las letras anglosajonas. Manuel Vázquez Montalbán, gran seguidor del Barça, un tema sobre el que escribió hasta su muerte en el diario El País (y en este blog han aparecido muchos de sus artículos), ambientó uno de los libros de la serie Carvalho en el mundo del balón: El delantero centro fue asesinado al amanecer (Ed. Planeta, Barcelona, 1998). El escritor uruguayo Eduardo Galeano lleva a cabo una recreación más poética del asunto en Fútbol a sol y a sombra (Ed. Siglo XXI de España, Madrid, 1998).

Además, existen estudios y ensayos excelentes sobre este deporte. En España, el periodista y ensayista Vicente Verdú realiza en El fútbol, mitos, ritos y símbolos (Ed. Alianza. Madrid, 1981) una investigación exhaustiva sobre la influencia del mundo del balón en la sociedad española. Dentro de la producción del prolífico Julián García Candau, uno de los mayores expertos en nuestro país, destacan: Épica y lírica del fútbol (Ed. Alianza, Madrid, 1996) y Madrid Barça: Historia de un desamor (Ed. El País Aguilar, Madrid, 1996). En otras coordenadas, Offside: Soccer and American Exceptionalism (Princeton University Press, Princeton, 2001), de Andrei S. Markovits y Steven L. Hellerman, explora por qué EE UU ha permanecido al margen de lo que se ha convertido en el fenómeno más globalizado de nuestra era. Alex Bellos se sirve del fútbol como vehículo antropológico para entender las razas, las clases y la corrupción en Brasil en Futebol: The Brazilian Way of Life (Bloomsbury, Nueva York, 2002). Y Bill Murray narra la historia de la enemistad entre los clubes Celtic y los Rangers en The Old Firm: Sectarianism, Sport, and Society in Scotland (Humanities Press, Atlantic Highlands, 1984).

Periodistas de primera fila analizan en todo el mundo las vertientes económicas y políticas del fútbol. Un ejemplo magistral es el del polaco Ryszard Kapuscinski con su libro La guerra del fútbol y otros relatos (Ed. Anagrama, Barcelona, 1994), que muestra las imbricaciones entre el fútbol y la política, ya que el relato que da título a la obra describe el conflicto que estalló entre Honduras y El Salvador tras un partido. Gabriele Marcotti escribe la columna Inside World Soccer para Sports Illustrated y colabora en varias publicaciones europeas. Para obtener información sobre las perspectivas en el fútbol y la globalización puede consultarse ‘Gloooooooooo-balism!’, de Franklin Foer (Slate, 12 de febrero de 2001). Para entrar en la filosofía del balón, además de los diarios deportivos, que analizan a diario la cuestión y en los cuales no encuentro casi nada interesante, destacan las secciones de deporte de los diarios de información general con columnistas de renombre y excepcional talento, como Enric González.

miércoles, octubre 05, 2005

LUTHER BLISSET, EL DELANTERO USURPADO por Juan Antonio Bermúdez

En la temporada 1983-84, un patoso delantero jamaicano fichado por el Milán al Watford inglés contribuyó decisivamente con sus errores a la pésima campaña que terminó con la escuadra rossonera en la Serie B del calcio.

Los tifosi milaneses purgaron en él su frustración. Especialmente irritados, los neofascistas nunca pudieron admitir que aquel negro desgarbado que había llegado con honores de estrella cobrase más que sus colegas blancos y se retirase millonario tras sufrir (o fingir, eso nunca se aclaró) una lesión, dejando al equipo en la peor crisis de su historia reciente.

Muchos años después, fusilado por el sol de su Jamaica natal, Luther Blisset apuraba en ron las últimas liras de su contrato millardario, sin saber que estaba prestándole su nombre a uno de los fenómenos contraculturales más significativos e impactantes del cambio de milenio.

Y es que sobre 1993 unos cuantos estudiantes de Bolonia “la roja”, la capital histórica de la izquierda italiana, tomaron el nombre del mediocre pelotero jamaicano para firmar panfletos y reivindicar actos de guerrilla mediática, en lo que era el arranque del fenómeno Luther Blisset.
El contexto de este segundo nacimiento de Blisset está muy bien definido: una izquierda intelectual vinculada a los centros sociales ocupados y a las redes culturales alternativas, embrión local de ciertas corrientes integradas luego bajo la inexacta etiqueta “antiglobalizadora”; una izquierda bien formada y a la vez curtida en el activismo de la lucha estudiantil.

La primera batalla de renombre ganada por este originario foco de acción de Luther Blisset en su guerrilla mediática se libró en el programa de televisión Chi l’ha visto, versión italiana y más morbosa de Quién sabe donde, en el que una llamada a nombre de Luther Blisset denunció la presunta desaparición del presunto ex-artista punky Harry Kipper, cerca de Udine, mientras viajaba en una bicicleta de montaña con la intención de trazar la palabra “ARTE”.

Entre los objetivos principales de este colectivo que comenzó a identificarse con el heterónimo múltiple Luther Blisset, hay que destacar así, sobre todo al principio, la puesta en cuestión de la infalible verdad difundida por los medios, el sabotaje desde dentro, con las mismas armas (la tergiversación, la manipulación, la no contrastación de fuentes) que tan a menudo les sirven a los propios mass media para construir la realidad a su antojo y conveniencia.

Pero el fenómeno fue enseguida más allá de esos furtivos fraudes mediáticos. Inmerso en el despegue de Internet, Luther Blisset encontró en la Red su medio ambiente ideal para crecer y multiplicarse. Además de las páginas virtuales o reales en las que se comentaba el asunto desde el escándalo o la fascinación o las dos cosas, Internet fue el cauce perfecto para miles de nuevas travesuras y nuevos textos rubricados por Blisset, perfilándose así definitivamente la naturaleza múltiple de la identidad del personaje.

Y mientras esto ocurría en la ingobernable república de Internet, los hipotéticos padres de la criatura, los cuatro veinteañeros boloñeses que fueron los primeros en utilizar el seudónimo Luther Blisset, convencieron a la todopoderosa casa Mondadori para publicar Q, una novela histórica escrita entre los cuatro. Q plantea un viaje por toda la Europa del siglo XVI, en pleno conflicto entre la modernidad del humanismo renacentista y el oscurantismo religioso heredado del medioevo que se resiste a desaparecer. Mezcla personajes y situaciones documentadas con leyendas de capa y espada, en un deslumbrante ejercicio de erudición y de fantasía, para trazar una parábola sobre el sentido de las grandes revoluciones sociales.

Sólo en Italia, el libro ha vendido casi 100.000 ejemplares, pero el número de lectores que han tenido acceso a Q es muy superior, ya que, desde la misma novela se daba permiso y se alentaba a fotocopiarlo (además de que ha estado disponible en varios lugares de Internet).

Con la edición en Mondadori, el proyecto Luther Blisset cumplía una de sus principales ambiciones: dar el salto desde la marginalidad a la cultura pop, llegar al corazón de la industria cultural. Pero lo más sorprendente fue la promoción de la novela, consistente en un “essere presenti, ma non apparire” (“hacerse presentes pero no aparecer”). Le interesa a Blisset una transparencia frente a los lectores pero una opacidad frente a los medios de comunicación. No se trata del aislamiento o la renuncia que han cultivado escritores como Onetti o Sallinger, sino de una peculiar forma de prestarse al juego de las actividades promocionales poniendo unos límites, para no degenerar en el tedioso culto al autor-personaje público. Luther Blisset, los cuatro Luther Blisset autores de Q, han concedido entrevistas y han hecho presentaciones públicas de sus libros, pero no han permitido que se difunda su imagen ni en fotografías ni en televisión, ni han filtrado detalles de su vida privada.

Y además le pusieron un plazo de vida a “su” Luther Blisset, el quinquenio que fue de 1994 a 1999, para no convertirlo en un autor-personaje más de los que criticaban. Desde entonces andan embarcados en un nuevo proyecto, el laboratorio de diseño literario Wu-ming.
Otros Luther Blisset siguen vivos, sin embargo, en todo el mundo, firmando y manifestándose aquí y allá, fiel a su identidad múltiple y única que contribuye a poner en crisis la tiranía del artista como clarividente genio individual.

¿Y a aquél Luther Blisset jamaicano que hundió al Milán en segunda, chi l’ha visto?

lunes, octubre 03, 2005

Historias del Calcio. LOS DEFENSAS DE CAMPO DEI FIORI


La plaza de Campo dei Fiori contiene el alma de Roma. Campo, donde la Inquisición hizo arder en la pira al monje-filósofo Giordano Bruno, es una de las pocas plazas romanas sin ninguna iglesia y sin ningún obelisco. La tradición del lugar es laica y un poco golfa: por la mañana aloja un mercado de verduras al aire libre, por la tarde propicia el paseo, por la noche se llena de bares y de ruido.

Cuando cierran los bares, ya de madrugada, no es extraño que alguien arroje al aire un balón. En cuanto asoma el cuero (o la bolsa llena de papeles, da igual) los antidisturbios se ponen el casco con un gesto desganado y se colocan en sus puestos: la rutina es bien conocida. Antes de que comience la carga policial y de que se rompan las primeras litronas (la coreografía está muy ensayada, no falla nunca) se permite que el balón ruede por la plaza y que se celebre el breve partidillo ritual que enfrenta a dos equipos arbitrarios (cada uno chuta hacia donde quiere) y sobradísimos de gente. Puede haber 100 o 200 personas involucradas en el juego-mogollón, carente de reglas y objetivos porque no hay porterías, y siempre se acaba igual: la policía despeja la zona, hace alguna detención simbólica y los vecinos, con un poco de suerte, consiguen dormir por fin.

Lo fascinante de esa ceremonia etílica y deportiva consiste en que siempre hay alguno que se queda atrás, a defender, con toda la atención puesta en cortar cualquier posible contraataque. Portería no hay, marcador tampoco, la juerga dura pocos minutos y el principal objetivo, se supone, consiste en abrirse paso entre la multitud y tocar el balón al menos una vez. Pero la defensa está ahí.

Parece como si el fútbol, en Italia, resultara inconcebible sin marcajes, presión y una defensa muy alerta. Incluso en la juerga de Campo. El calcio se paladea de forma distinta al fútbol de otros lugares: la tensión y el esfuerzo son más apreciados que la filigrana y la idea central, por encima del gol, es mantener la propia puerta a cero. Hagan la prueba y miren un partido italiano y luego uno inglés o español: en el segundo encuentro se tiene la impresión de que faltan jugadores, porque hay un montón de espacios libres por ahí: el centro del campo está lleno de aire y de tiempo para pensar. En Italia, el agobio invade hasta el último palmo de hierba.

Marcello, un amigo romanista, sostiene que las razones del defensivismo futbolístico italiano tienen raíces históricas. Durante unos 15 siglos, casi hasta el XX, la Península Itálica ha sido un no parar de invasiones y ocupaciones (desde los godos hasta los austro-húngaros, pasando por normandos, árabes, españoles, franceses y alemanes varios) y eso, según él, ha grabado en la memoria colectiva la necesidad de atrincherarse, resistir y buscar el golillo al contragolpe.

Es posible. El calcio, en cualquier caso, es un fútbol aparte. Esta temporada no hay ningún entrenador extranjero en la Serie A, una circunstancia única en las grandes Ligas europeas. Tampoco existen en otros países defensores como Maldini, que ayer, a sus 37 años, jugó un partidazo y marcó dos goles. Es extraño, pero con el tiempo, y sin saber por qué, uno acaba entregando el corazón al fútbol italiano. Y entendiendo a esos juerguistas de Campo que se alejan del gran barullo y se quedan atrás, con la mirada fija en el balón, cubriendo su zona, por si acaso.


Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, octubre 01, 2005

GATOS DE PAJA por Julio César Iglesias

Por influjo de algún espíritu burlón o por un absurdo golpe de fatalidad, hace pocas semanas, en la marmita del Camp Nou, Víctor Valdés y Santiago Cañizares evocaron la ficción de Dos hombres y un destino.

Valdés fue testigo de un extraño caso de transmutación. El Valencia venía de empatar con un penalti provocado y ejecutado por David Villa, uno de los duendes más rápidos, activos y maliciosos del campeonato. Con el equipo encogido por la depresión, Víctor recibió un pase atrás en el aliviadero del área, así que se preparó para recoger y alejar la pelota. Había ensayado ese recurso cientos de veces en las largas sesiones de barro y saliva que dan a los jugadores la pátina del especialista, pero Villa, la hormiga que se vuelve elefante, vio una señal y se le echó encima.
Cuando quiso despertar, Víctor había consumado el suicidio imposible: en la jugada boba del mes se había apuñalado por la espalda.

Poco después, su colega Cañizares, el portero fosforescente, salió del cuadro para bloquear un centro fofo de Ronaldinho. Esta vez se trataba de una situación estrictamente rutinaria; puesto que la jugada carecía de tensión, tendría que descolgar uno de esos balones de celofán que caen llovidos del cielo. Santi inició la pirueta de ballet que los arqueros se permiten en las jugadas de trámite: se marcó tres pasos en disposición rampante, ondeó suavemente los brazos, se suspendió en el aire y, de pronto, válgame Dios, sus huesos eran de trapo.

Le dio una colleja a la pelota, se la entregó a Deco y cuando quiso darse cuenta era el autor de la jugada pánfila del día.

En ese instante, ambos eran carne de picar. Difícilmente podrían eludir el doble filo de la profesión: el filo de las críticas y el filo de las miradas. Convencidos de que compartirían la misma suerte, se hicieron los encontradizos, buscaron un lugar junto al túnel, desmayaron la figura y se dieron el abrazo del proscrito.

Días después, con el corazón entrenado y las tripas revueltas, ocupaban su garita y nos ponían a pensar. De nuevo nos dijimos que el portero, por imperativos de sobriedad, sólo puede marcar su territorio con los gestos del merodeador profesional; un zarpazo, un bufido, un insulto clandestino, una carga a destiempo o quizá la flexión imperceptible que anticipa la estirada.

En nuestra parcialidad de espectadores, sabemos que, si los otros jugadores se equivocan, sus errores se disuelven muy pronto en la memoria del partido. Los errores del portero, en cambio, se miden siempre en la escala de los cataclismos. Por eso contuvimos la respiración cuando reaparecieron.

Clavaron en el suelo sus uñas de metal, pidieron cuatro en la barrera y volaron de nuevo hacia el balón. Estaba claro: escaldados o no, dos de nuestros mejores gatos habían sobrevivido y volvían a cazar.

jueves, septiembre 29, 2005

EL BEREBER Y LA GLOBALIZACIÓN (MUNDIAL 2002) por Manuel Vázquez Montalbán

La noticia de que Zidane está lesionado desestabiliza un Campeonato del Mundo de fútbol que repite en Corea y Japón el intento de globalización que representó el Mundial de Estados Unidos.

Religión civil de diseño, hegemónica en América Latina y en Europa, el fútbol puede extenderse por África y Asia y quedar merodeante en torno del núcleo del Imperio, poco más o menos como estaba el cristianismo con respecto a Roma en tiempos de Constantino.

Que de un bereber dependa la esperanza de juego de una competición desarrollada en Corea y Japón demuestra lo importante que fue, en su día, la vuelta al mundo de Magallanes y en la actualidad las declaraciones de Johan Cruyff recogidas en la red.

Ha sido Cruyff quien ha señalado a Owen, Aimar y Raúl como los tres solistas del Mundial, en unos tiempos en que escasean los dioses indiscutibles, renqueante Rivaldo y con rodillas de cupletista fina el gigantón Ronaldo.

A priori, el éxito del acontecimiento depende del deambular estratégico de Zidane, de la inspiración perversa de Raúl o Aimar y de las ráfagas de creatividad y velocidad de Owen, pero seguro que otras figuras conquistarán en Japón y Corea un lugar en el mercado de los próximos cuatro años.

De eso se trata. Como toda religión de diseño, el fútbol es cuestión de marketing: las reliquias abarcan un impresionante y variadísimo muestrario de meniscos vírgenes y mártires y el fetichismo implica a una selecta gama de empresas dedicadas al vestuario de los jugadores, como si fueran productoras de sábanas santas y apósitos reconsagrados, esas evanecescencias con las que las religiones han dado una dimensión textil complementaria de su mayor o menor talento sadomasoquista.

Juegue o no juegue Zidane en plenitud de condiciones, la globalización seguirá pendiente de la posición norteamericana, que, de momento, no ha incluido el Campeonato del Mundo de 2002 dentro de los objetivos de la libertad duradera.

Manuel Vázquez Montalbán, escritor

lunes, septiembre 26, 2005

LAS RAZONES DEL ÉXITO

En la guerra cultural planetaria, el fútbol es el producto europeo con más éxito. Estados Unidos no ha conseguido exportar ni el béisbol ni la versión del rugby que allí llaman football. El balón jugado con los pies, en cambio, rueda por los descampados suramericanos, por las calles africanas y por las esquinas de Asia. El invento británico no dejó de crecer durante el siglo XX y sigue expandiéndose en el XXI sin que las razones aparezcan del todo claras.

¿Es por la brillantez del juego? Esa respuesta se desploma a los pies de cualquiera que vea fútbol con cierta regularidad. El juego en sí sólo tiene el mérito del espacio abierto conjugado con la ocasional emoción en las áreas. ¿Es porque cada vez se juega mejor? Sigan con atención un partido normal de cualquier Liga normal, la japonesa, la colombiana o la polaca, y comprueben lo que da de sí. ¿Es por el brillo del césped? ¿Por el talento de los grandes futbolistas?

Un par de economistas, Stefan Szymanski y Andrew Zimbalist, han publicado un libro titulado National pastime (Pasatiempo nacional) en el que comparan la organización administrativa del béisbol y el fútbol y sugieren una posible respuesta.

El béisbol, como todos los deportes estadounidenses, se organiza sobre un sistema limitado de franquicias. Los clubes pueden cambiar de ciudad, pero son siempre los mismos. No hay ascensos ni descensos, se regula el mercado de fichajes de forma que favorezca a los débiles y se limitan tanto los sueldos de los jugadores como el presupuesto de los clubes. El resultado, en teoría, es una competición casi perfecta.

El fútbol, en cambio, se mueve en el caos. Cuando una junta directiva se fija el objetivo de ascender de categoría gasta todo lo que puede y lo que no puede en fichajes; si el equipo no logra ascender, no mejoran los ingresos y todo ese gasto, convertido en deuda, supone un paso hacia la quiebra. Aunque todo depende al final del juego y de los marcadores, las grandes instituciones disponen de un margen de ventaja: su importancia social las hace en la práctica inmunes al colapso económico. Pueden gastar y gastar y son cada día más fuertes frente a una clase media proletarizada ante el carísimo envite de los torneos continentales. El resultado, en teoría, es una competición desigual, previsible, imperfecta.

¿Saben qué sugieren Szymanski y Zimbalist? Que la gracia del fútbol está justamente ahí. El Juventus tiene que ganar al Parma y gana; el Milan tiene que ganar al Treviso y gana. Pero no siempre. La fluidez de la escala futbolística permite que un club de un barrio de Verona, el Chievo, pueda medirse hoy con las superpotencias. Cualquier otro club de barrio, en Ucrania o México, tiene el derecho a soñar en unos cuantos años mágicos, en una escalada desde las categorías regionales hasta la Primera División y en una fabulosa victoria internacional. ¿Por qué no? El truco es ése. El fútbol acoge todas las pasiones personales, sociales y nacionales porque en él nada es imposible. Llevado al extremo, resulta que el éxito del fútbol tiene más que ver con las normas federativas de ascensos y descensos que con la inspiración de Kaká.

Todo el mundo sabe que el Livorno no puede ganar la Liga. De momento, sin embargo, ese pequeño club de provincias ha decidido no vender a su héroe, Lucarelli, y está ahí, a rebufo del Juventus. Tras toda una vida en la oscuridad, disfruta de una época dorada. Quizá efímera, pero real. Olvídense de la belleza, del desmarque y del toque prodigioso. Lo que cuenta es otra cosa. El fútbol, como el halcón maltés, es del material con que se fabrican los sueños.

lunes, septiembre 19, 2005

TONI, EL QUE SE PARECE A MARCO

No le ayudaban ni el nombre ni la fortuna. Lo del nombre parece una tontería, pero pesa: Toni evoca un partido de barrio, un campo sin hierba y un banquillo. Y Luca Toni carecía de alternativas: o Luca, o Toni. Acerca de la fortuna, vale el testimonio de Marta, la novia de siempre: "Cuando le conocí era un gafe". Marta le conoció cinco años atrás, en el momento más bajo de la carrera del futbolista, si aquella sucesión de tumbos podía llamarse carrera.

Toni comenzó en 1994 en el Módena y en las temporadas siguientes se mantuvo en Tercera División, descendiendo peldaño a peldaño la escalera hacia la nada. Tras el Módena se fue al Empoli, al Fiorenzuola y al Lodigiani. Tenía 23 años y estaba en el Lodigiani, sin expectativas de mejora. A la edad en que los grandes futbolistas se han consagrado o están a punto, Toni decidió abandonar. Fue Marta quien le convenció de que siguiera en el fútbol un poco más de tiempo. Tampoco tenía nada mejor que hacer.

Siguió un poco de esperanza: pasó al Treviso, en Segunda, y marcó 15 goles. El gafe que fallaba goles hechos y resbalaba al lanzar los penaltis estaba convirtiéndose en un delantero centro apreciable, de esos que dan alegría a los equipos modestos y luego se pierden en el olvido. El Vicenza le contrató y alcanzó la Serie A, lo máximo a lo que podía aspirar. En 2001 saltó al Brescia, donde jugó dos años y compartió alineación con el gran Roberto Baggio. Eso era más que lo máximo, era la batallita que sus nietos tendrían que escuchar mil veces.
En 2003 regresó a Segunda, al Palermo. Tenía 26 años y su trayectoria iniciaba la curva descendente. Algo ocurrió en ese momento, porque el gafe se esfumó y Toni empezó a hacer cosas prodigiosas: como marcar 30 goles y meter al Palermo en la Serie A. En la temporada siguiente, más de lo mismo: 20 goles y el Palermo a la UEFA.

Cesare Prandelli es un buen entrenador que conoce la mala suerte. En 2004 tuvo que dejar el puesto de entrenador de la Roma en plena pretemporada para atender a su esposa, gravemente enferma. Tras un año en blanco, fue contratado unos meses atrás por los Della Valle, los nuevos propietarios del Fiorentina, y sólo puso una condición: que ficharan a Toni. Los riquísimos Della Valle pagaron 18 millones de euros al Palermo y se llevaron a Toni a Florencia.

Luca Toni es, a los 28 años, un delantero sensacional. Hace unas semanas anotó una tripleta con la selección italiana. Marcó en el primer partido de Liga. Volvió a marcar en el segundo. Ayer el Fiorentina se enfrentaba a un enemigo difícil, el Udinese de Vincenzo Iaquinta. El duelo de arietes tuvo un vencedor claro: Toni marcó otros dos goles y fabricó un tercero. Al final, 4-1. Iaquinta anotó un penalti y un gol que se anuló sin motivos: es bueno, como Gilardino (que ha llegado al Milan en el peor momento porque el equipo de Berlusconi sigue lastrado por la catástrofe de Estambul).

Toni, sin embargo, es algo más. En sus remates hay una elasticidad imposible, una precisión fatídica. Resulta imposible no evocar a un tipo alto como él (1,88) que también marcaba goles y que, como Toni, disfrutó de pocos años gloriosos. Toni llegó tarde. El tipo al que recuerda cada vez que se descoyunta en el área se fue demasiado pronto, a los 28, lleno de cicatrices. Una lástima, porque no habrá otro Marco Van Basten. La consolación es que de la nada haya surgido Toni, el mejor sucedáneo conseguido hasta la fecha.

jueves, septiembre 15, 2005

EL REFUGIO DE MESSINA

No hay en Italia, ahora mismo, estadios como los de Sicilia. Rugen, sufren y gozan más que los otros. El San Paolo de Nápoles tiene un carácter similar, pero con el equipo en Tercera pesa sobre la grada la sombra de un luto. Palermo y Messina, en cambio, viven los mejores momentos de su historia. El Palermo le dio el sábado un baño al lujoso Inter y el Messina remontó ayer un 0-2 y empató con el Fiorentina de Prandelli, un equipo elegante y prometedor.

El fútbol siciliano nunca lo ha tenido fácil. El grito feroz, "¡terroni!", con que se acoge en los estadios del norte a los equipos del sur, se complementa en su caso con inevitables invocaciones a la mafia y a la tradición sangrienta de la isla. Claro que hay mafia en Sicilia. Mucha y aparentemente eterna. Y a los mafiosos les gusta el fútbol. Claro que les gusta.

Que se lo pregunten a Giuseppe Morabito di Africa, uno de los grandes capos de la mafia calabresa. Morabito fue perseguido por los carabinieri durante 12 años, sin éxito. Se sabía que su refugio estaba en la zona de Aspromonte, pero no había forma de localizarlo. Hasta que un policía listo ató cabos. El nieto preferido del jefe mafioso, un chaval llamado Giuseppe Sculli, jugaba bien al fútbol y formaba parte incluso de la selección italiana sub-21. ¿Cómo podía Morabito, un apasionado del fútbol, resistir la tentación de asistir a los partidos del muchacho? De forma discreta, varios agentes se hicieron seguidores fieles de Sculli y de su equipo, el Verona. Y la cosa funcionó. Morabito fue identificado entre el público y detenido el 18 de febrero del año pasado. A su nieto, joven promesa del calcio, se le vino el mundo encima: un abuelo es un abuelo, aunque se dedique a la extorsión y el asesinato.

El Juventus acababa de fichar a Sculli y se encontró entre las manos con un jugador deprimido y casi inservible. ¿Qué se puede hacer con un futbolista en estas circunstancias? Enviarle a Messina, porque allí tienen ya experiencia en estas cosas. Sculli, un delantero finísimo, se ha incorporado esta temporada al equipo local. A sus espaldas tiene un centrocampista casi de su edad, Gaetano d'Agostino, con más complicaciones familiares que las del propio Giuseppe Sculli.

El centrocampista es hijo de Giuseppe d'Agostino, un arrepentido de la Cosa Nostra que colaboró con los fiscales anti-mafia y sobre el que pesa, por tanto, la condena a muerte de sus antiguos colegas. Las condenas mafiosas se extienden a la familia inmediata. Eso obligó al hijo futbolista a dejar Sicilia y a instalarse en la capital, donde a la policía le resultaba más fácil protegerle. El Roma le contrató, pero no es fácil jugar con soltura cuando debes entrenarte solo, con una escolta permanente y con miedo a que detrás de la próxima esquina te espere un sicario para arreglar cuentas. D'Agostino no hizo nada en Roma. A mitad de la pasada temporada le llamaron del Messina, y no dudó. Regresó a la isla, convencido de que el calor de los aficionados constituía la mejor protección, y en pocas semanas alcanzó la titularidad. Volvió a jugar estupendamente. Como Sculli ahora.

Nunca se sabe cómo acaban estas historias. Por ahora, todo va bien. El público del estadio San Filippo les mima y los dos refugiados, el nieto del mafioso y el hijo del arrepentido, gozan con el balón. Seguiremos informando.

sábado, septiembre 10, 2005

BRASILEÑOS: ESENCIA DE FÚTBOL por Julio César Iglesias

Dice la leyenda que un rayo incendió la hierba de Maracaná. Cuando se disipó el humo, un fuerte aroma de metal quemado o, más exactamente, un olor intenso a orquídea de fundición impregnó los pasadizos del estadio. Entonces apareció Mané Garrincha.

En el fútbol del exterior, todas las figuras solían formarse con una invariable lentitud académica en sus propias escuelas: todas partían de una determinada predisposición personal, todas mejoraban con el paso del tiempo y todas terminaban pareciéndose a alguien; seguramente a sus propios maestros. Más tarde, cumplido el largo periodo de aprendizaje, el alumno tiraba de repertorio y jugaba tan bien como cualquiera.

Sin embargo, las cosas son distintas en la factoría de Brasil: allí, el fútbol es una mera representación de la vida natural, de modo que en la cancha, como en la selva, todo el mundo regatea. Esta arraigada costumbre de gatos, pájaros y futbolistas no implica tanto una concesión al juego como una prueba de supervivencia. Aún más: en aquel apretado universo donde escapar es una obligación se incuba el catálogo de recortes, fintas y quiebros que practican los niños en los límites de la favela. Luego, Pelé, Tostao, Rivelino, Zico y los otros ídolos surgidos de la nada aceptan el singular destino de aprender de una sola manera: mirándose al espejo. Así terminan siendo iguales a sí mismos.

Quizá por eso lamentemos tanto la desaparición de cada figura brasileña. No logramos evitar la sensación de que cada ejemplar único se retira con su molde puesto, y sospechamos que cada despedida supone irremediablemente un principio de decadencia.

Por fortuna, los hechos siguen desmintiendo a los pesimistas. No importa el tamaño de quien se va: siempre llega tras él un sucesor, a su vez inconfundible e incomparable, cuya estatura desborda lo conocido. En la Liga española tenemos las pruebas, gente como Ronaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos, Belletti o Assunçao, seres capaces de inventarse un minuto tan diferente a los demás como una gema es distinta de otra gema. Llegado el momento, Assunçao volverá a transmitir a la pelota un compendio de maldades, Belletti nos mostrará de nuevo el valor oblicuo de la diagonal, Ronaldo se sublevará en un violento resoplido y Ronaldinho copiará su propio relámpago natal.

Noticias procedentes de Santos, estado de Sao Paulo, indicaban que una centella de color cobalto había caído sobre la cancha de Vila Belmiro. De pronto, un fuerte olor a ozono se ha apoderado del graderío y una criatura volátil llamada Robinho empieza a elevarse sobre el círculo central.

Es la historia interminable: Dios ha vuelto a parar en Brasil.

jueves, septiembre 08, 2005

MARADONA Y LA FRAGILIDAD por Jorge Valdano

"Maradona no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero", canta Andrés Calamaro y no está errado. El día que Diego dejó el fútbol le extirparon la pelota, la misma que lo llevó desde Villa Fiorito hasta el cielo. Desde entonces, su caída hacia un precipicio oscuro parece no tener final. Desde allá arriba hasta aquí abajo, en uno de los viajes más exagerados que haya hecho nunca el hombre. Ya sé que en la trampa de la droga entró mucho antes, pero quizá hubiera escapado más fácil si sus domingos tuvieran partidos, gritos de multitudes y una pelota atada a su pie izquierdo. Cierto Calamaro: nadie que haya vivido la apasionante aventura de ser Maradona puede volver a ser una persona cualquiera. Qué frágiles que son los dioses del fútbol, ¿verdad? Diego vive en el imaginario colectivo como un héroe que logró la hazaña de hacernos felices y ganadores; pero ése es un milagro peligroso, como lo son los recuerdos hermosos sin segunda oportunidad. Porque sin el balón Maradona es sólo un hombre que no encuentra manera de estar a la altura de su recuerdo perfecto. Ni ante sí mismo ni ante los demás. Salvo que la cocaína, balón en polvo, lo eleve, aunque sea por un rato, desde este precipicio de mierda hasta el Olimpo del que los dioses nunca debieran salir. Pero la cocaína es una mentira que cuando te devuelve a la tierra, en lugar de recuerdos deja vergüenza, culpa y huellas en la sangre para que la policía haga su trabajo y el periodismo lo convierta en un espectáculo.

Qué frágil que es la vida, ¿verdad? Porque cualquiera de nosotros, un día, hubiera pactado con el diablo con tal de jugar como Maradona, y hoy Diego seguro que daría hasta parte de sus recuerdos por tener la fuerza de ser como cualquiera. Pero eso, ya lo dijo Calamaro, no se puede. A un héroe como Maradona no se le compadece, tampoco se le defiende acusando a su entorno de un problema que es sólo suyo. Maradona fue víctima de una celebridad universal que hubiera confundido a cualquiera. Y fue víctima de una frivolidad social que, en los años ochenta, puso de moda la cocaína haciéndonos creer que era un juguete fashion para gente exitosa. Y fue víctima de su propia frivolidad por creer que su celebridad lo convertía en un exitoso sobrehumano, capaz de vencer a cualquier enemigo, incluso la droga.

Diego pidió ayuda en cada entrevista que le hicieron, millones de personas que, como yo, le amamos, quisiéramos ayudarle. La paradoja es que no sabemos cómo se hace. No podemos decir que no somos conscientes, porque su drama se ha televisado para el mundo entero. Sólo que nunca supimos cómo ayudarle.

sábado, septiembre 03, 2005

LOS "CÓDIGOS" DE LA MAFIA por Carlos Ares

(Nota: Por si alguien se pierde gira en torno a la reciente confesión pública de hizo Diego Maradona sobre el somnífero que pusieron en el agua a los brasileños en Italia 90)


En Argentina, si alguien del fútbol cuenta lo que no debe es advertido de que faltó a los códigos. La primera reacción de Julio Grondona, elegido bajo la dictadura militar presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, hace ya 27 años, y vicepresidente de la FIFA, a cargo de las finanzas -un modesto comerciante que en los últimos 20 años, sin que se le conozcan otros ingresos, acumuló una de las fortunas más importantes del país-, se ajustó a esos códigos. Denunció al denunciante: "Maradona no estaba en su sano juicio". Y añadió: "¿Qué bidón? Habrá que buscar el bidón, a ver qué dice. Hay que hacerle una inspección, a ver si estaba agujereado".

El que quiera oír que oiga y el que quiera ver que vea. Todo está la vista. Al menos, desde que Argentina venciera por 6-0 a Perú en 1978 y pasase a la final del Mundial de ese año, que organizó y ganó bajo la dictadura. Grondona se hizo cargo entonces del silencio cómplice y, duranta su mandato, el negocio del fútbol fue entregado a una empresa de televisión en exclusiva hasta 2014. La participación de empresarios, intermediarios, comisionistas, ladrones y parásitos llevaron a la quiebra a la mayoría de los clubes. El fútbol argentino se convirtió así en una fábrica de engordar pibes para venderlos.

Pero si es verdad, como se sabe, que esta pasión popular expresa a toda una sociedad, ¿por qué nadie más reacciona frente a hechos criminales que pervierten el sentido último de lo que aún debe reconocerse como un deporte? Ni el Gobierno, ni los funcionarios, ni siquiera los periódicos han sostenido posiciones editoriales reclamando una investigación sobre hechos que manchan a los inocentes y ponen en duda 100 años de historia. Sólo el presidente del Boca, Mauricio Macri, se atrevió: "Lo del bidón de Branco no debería llenarnos de orgullo. Esa clase de viveza criolla nos llevó siempre al fracaso. Y el deporte habla de nuestra sociedad". El masajista Galíndez se sintió aludido y parecía representar el sentimiento mayoritario de los aficionados cuando le contestó: "¿Qué puede hablar Macri? Cuidá tu club. Querés subir de gobernador, de intendente de la capital... Tenés riqueza, plata, pero no te metás conmigo, eh. Te quiero mano a mano, sin abogados, sin diputados, sin senadores. Te tirás contra los argentinos. Y tenés que dar gracias de que naciste con plata y en Argentina".

Ahora se explica mejor por qué entrenadores como Marcelo Bielsa o Carlos Bianchi renuncian al máximo orgullo, el de conducir a la selección. Dicen: "No". Al menos, mientras esté bajo el control de Grondona.

viernes, septiembre 02, 2005

EL DESMAYO ITALIANO

El 26 de septiembre del año pasado, en Udine, a 13 minutos del final del partido que enfrentaba al equipo local con el Brescia, Daniele Mannini marcó su primer gol en la Primera División. Si hubiera hecho caso a los comentarios de la prensa, Mannini, de 21 años, se habría retirado del fútbol al día siguiente. Aquél fue un gol maldito. "Una bajeza" para unos; "una desgracia" para otros. Mannini, el debutante del Brescia, marcó desde fuera del área cuando el portero rival, De Sanctis, estaba en el suelo quejándose de un golpe. Vergüenza eterna para Mannini. Su equipo, el Brescia, ganó 1-2, pero Mannini se fue al vestuario con lágrimas en los ojos.

Repetición de la jugada, a cámara lenta. Minuto 32 de la segunda parte. Un balón cuelga sobre el área del Udinese. De Sanctis sale y choca con un contrario, pero el balón es despejado. El guardameta, en pie, sigue la trayectoria del balón hasta que éste cae cerca de Mannini, en el pasillo del 8. Justo en ese momento, cuando comprueba que no se genera un contraataque sino que continúa el acoso sobre su área, De Sanctis se desploma. Mannini tira y, a puerta vacía, marca. ¿Verguenza eterna para Mannini?

Morgan de Sanctis había sido la enésima víctima de una enfermedad endémica entre los futbolistas italianos: el desmayo repentino. No parece que se trate de un mal contagioso, porque no se ha propagado a otros países. En Italia, en cambio, hace estragos. El desmayo debe ser doloroso, a juzgar por los gestos del afectado, pero dura muy poco tiempo: el justo para que un rival, alertado por los gritos de los compañeros de la víctima, demuestre su fair play lanzando fuera el balón. Entra el masajista, el caído se alza trabajosamente, cojea hasta la banda, bebe un trago de agua y salta de nuevo al césped en plena forma.

El desmayo italiano es muy característico porque sólo ataca en situaciones tácticamente convenientes. Jamás se ha desvanecido nadie que estuviera a punto de marcar. En cambio, cuando el contrario roba un balón y monta un contragolpe, el desmayo está asegurado.
O quizá ya no. Porque el doctor Capello ha descubierto una cura. Fabio Capello, el gran dictador del calcio, el hombre que lo ha ganado todo, que ha escrito todos los manuales de gramática parda y conoce todos los trucos del libro, pegó el sábado un golpe de mandíbula al aire e hizo un anuncio urbi et orbi: "A partir de mañana", dijo, "los jugadores de la Juventus no lanzarán el balón fuera de banda cuando un adversario esté caído. Se ha pasado de la falta táctica a la falta de desvanecimiento. Sólo pararemos si alguien se hace daño en la cabeza. Lo demás es asunto del árbitro, que puede parar el juego cuando lo juzgue conveniente".

Las palabras de Capello fueron acogidas con aplausos por los demás técnicos del calcio (menos Roberto Mancini, el Adonis del Inter, tan chulo como Capello y por tanto obligado a llevarle siempre la contraria). Es decir, los propios creadores del misterioso virus decidieron producir una vacuna. Ya inventarán otra cosa. El desmayo italiano tiene tanto futuro como el paludismo en Puerta de Hierro. Se acabó, afortunadamente.

Seguirá habiendo quien caiga al suelo, con un problema de verdad. Y seguirá existiendo el fair play de verdad. Como el que exhibió Paolo di Canio hace cuatro años, cuando vestía la camiseta del West Ham inglés. Estaba a punto de marcar y vio al portero del Everton sobre el césped, fuera de combate. Se detuvo, cogió el balón con las manos y llamó al árbitro. Todo un señor. Aquello fue juego limpio. Ojalá tenga oportunidad de hacer algo así el pobre Mannini, para olvidarse de aquel maldito gol de debutante y de aquel maldito desmayo italiano de De Sanctis.

lunes, agosto 29, 2005

Vuelve el gran Enric con LA LIGA MÁS DEMENCIAL

Ha concluído el verano en la Liga más demencial del planeta. Resumen de lo acontecido:
El Génova, un histórico del calcio, celebró en junio el ascenso y acto seguido fue condenado a seguir penando en los abismos, por amañar un partido con el Venecia; los aficionados, como es de ley, incendiaron la ciudad. El Torino, otro histórico, fue también enviado a las mazmorras clasificatorias por falsificación grosera de balances; los aficionados intentaron linchar al propietario después de incendiar la ciudad. El Lazio, con una deuda fiscal de 23 millones de euros, fue perdonado: a nadie le pareció buena idea que los laciales incendiaran Roma. El Treviso y el Ascoli fueron ascendidos por orden administrativa. El presidente de la Federación fue sometido a una investigación policial (aún en curso) por favorecer a la Reggina frente a la Salernitana.

Sigamos. El mejor árbitro del mundo, Pierluigi Collina, fue dispensado de la obligación de retirarse a los 45 para que siguiera dirigiendo grandes partidos por otra temporada; luego, tras pensárselo 10 minutos, la autoridad competente le relegó a la División B por compartir patrocinador (Opel) con el Milan. La UEFA impuso al Roma la prohibición de comprar o vender jugadores hasta el año próximo, pero un tribunal italiano levantó la sanción y no pasó nada. En la División B fueron clausurados ocho estadios por incumplir las normas de seguridad y varios alcaldes, como el de Brescia, prohibieron que se disputaran partidos el sábado como ordenaba la federación: el sábado, dijeron, es día de mercado; todo el mundo simuló entender el razonamiento.

Mientras se desarrollaban todos esos ritos tradicionales de pretemporada, ocurrió algo que heló la sangre al mundillo del calcio: Massimo Moratti, propietario del Inter y cabecita loca del calcio, el hombre que cambió a Roberto Carlos por Pistone, malvendió a Simeone y renunció a contratar a Zidane porque le pareció "innecesario", tuvo un momento de debilidad e hizo un buen fichaje. Intentó disimularlo quedándose a la vez con unos cuantos saldos del Real Madrid, pero no tardó en descubrirse que había comprado también a Pizarro, la joya chilena del Udinese. Con Adriano, Pizarro en el medio centro y Cambiasso (ese que no quiso Florentino) en todas partes, el Inter (que alineó a Figo, pero no a Solari) empezó a parecer un equipo. Adriano marcó ayer sus primeros tres goles. Los interistas, acostumbrados al fracaso, esperaban una desgracia inminente.

Moratti, además, pagó seis millones de euros a Vieri con tal de que se largara. Vieri fue contratado por el Milan y lo celebró con una botella de champán de 16.000 euros. La incorporación de Vieri (está mal decirlo, pero Vieri trae desgracia) hizo caer la cotización milanista en las casas de apuestas, y ayer el Milan no pasó del empate con el milagrosamente ascendido Ascoli. El Juventus, con Ibrahimovic, Emerson y Vieira, arrancó la temporada como principal aspirante al título.

Y en Livorno, la ciudad roja de Toscana, la gente agradecía al cielo una de esas lecciones que le enseñan a uno lo que es la vida. Lucarelli, el hombre que con una frase célebre ("tenetevi il miliardo") renunció al dineral que le ofrecían varios clubes, aceptó un sueldo normalito para cumplir el sueño de jugar en su amado Livorno y fue máximo goleador de la pasada temporada, volvió a marcar el sábado. Fue el primer gol, y seguramente el último porque el club quiere vender al héroe en cuestión de días. La vida es así, amiguitos. Incluso en Livorno.