lunes, septiembre 22, 2008

EL HOMBRE QUE PREFERÍA LA LLUVÍA por Enric González

Yo sólo conocía su nombre por el estadio del Kaiserslautern, donde una vez me hizo feliz mi equipo, allá por el año 1995. Es lo que tenemos los modestos, que somos felices con muy poco.




Franz Beckenbauer sólo aparca su arrogancia cuando menciona a Fritz Walter. Esas son palabras mayores: Fritz Walter.

Beckenbauer, por entonces capitán de la selección alemana, invocó al mito el 3 de julio de 1974, minutos antes de que comenzara la semifinal contra Polonia. Puede parecer curioso, pero los alemanes temían más a los rapidísimos polacos que a los holandeses de Cruyff. Diluviaba sobre Frankfurt y parecía obvio hablar de Walter: decir “hace tiempo de Fritz Walter”, en alemán, significa que llueve. Pero había mucho más. Se cumplían casi exactamente 20 años de la final de Berna, y Fritz Walter, el campeón más grande, iba a ver el partido. Beckenbauer reunió a sus compañeros y les habló de Fritz Walter.

Fue un futbolista excepcional, una fiera en cualquier zona del campo. Un Di Stefano, según quienes le vieron. Fue el hombre que dio a Alemania la Copa del Mundo de 1954, con aquella increíble final de Berna contra la gran Hungría. Llovía en Berna, y eso, evidentemente, ayudó.
Pero la grandeza de Fritz Walter superó una simple final, o una simple carrera deportiva. Fue la grandeza de una vida extraordinaria.

Debutó con el Kaiserslautern, el equipo de su ciudad, a los 17 años. A los 19, en 1940, vistió la camiseta internacional en un encuentro amistoso contra Rumanía. Ya había estallado la guerra y la Alemania nazi organizaba partidos con sus aliados. Luego se acabó el fútbol. Fritz Walter fue reclutado, asignado a las fuerzas paracaidistas y lanzado sobre la frontera entre Hungría y Eslovaquia. Le hicieron prisionero y le internaron en un campo de concentración, donde contrajo la malaria. Esa es la razón, bien conocida, de que no pudiera soportar el calor del sol (le subía la fiebre) y prefiriera la lluvia.

Durante el cautiverio, jugó algún partidillo de fútbol con los guardianes húngaros. Cuando llegaron los rusos, para llevarse a los alemanes a un gulag soviético, los guardianes afirmaron que Walter era austríaco. Y le salvaron la vida. Volvió a su país, volvió al fútbol, dio dos ligas (1951 y 1953) al Kaiserslautern y capitaneó la selección de 1954. Venció a los húngaros, pero no les olvidó.

Dos años después, en 1956, los tanques soviéticos tomaron Hungría mientras la selección andaba de gira. Los jugadores se negaron a volver, e iniciaron un triste peregrinaje por Europa occidental: Puskas, Czibor, Kocsis, Hidegkuti y compañía se convirtieron en los Globetrotters del fútbol de posguerra. ¿Saben quién les organizaba amistosos y les prestaba dinero? Fritz Walter, que con casi 40 años seguía siendo el capitán del Kaiserslautern y de Alemania.

Después de la retirada, sin apenas ahorros, declinó las ofertas para convertirse en técnico o directivo. Eligió trabajar en la rehabilitación de presos. Poco antes de morir, en 2002, afirmó que su vida había sido “absolutamente feliz”.


Piensen, por favor, en Fritz Walter cuando llueva sobre el césped. O cuando un futbolista multimillonario se queje por cualquier cosa.

lunes, septiembre 15, 2008

EL MITO DEL CAMPESINO CANIJO por Enric González

Parece que se confirma una buena noticia, Enric González tendrá todos los lunes en la sección de Deportes de El País una columna llamada 'Cenizas de fútbol'. Hoy la segunda.



¿Quieren saber la verdad? Muy pocos equipos italianos han practicado el catenaccio: Milan e Inter, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. El carácter defensivo y oportunista que solemos atribuir al calcio es sólo un mito. El problema de los mitos (nacionales, deportivos, o de cualquier fenómeno social que requiera un sentimiento de eternidad) es que cuesta mucho cambiarlos.

El catenaccio mítico fue inventado por una sola persona. Se llamaba Gianni Brera, vivió entre 1919 y 1992 y fue el mejor periodista deportivo italiano del siglo XX. Era un tipo brillante, atrabiliario, amante de la polémica y decidido a hacerse escuchar. Examinemos ahora las circunstancias en que Brera inventó (alguien tenía que hacerlo) las leyendas fundacionales del calcio.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, Italia se había convertido en una potencia futbolística, tras vencer en los años treinta (con alguna ayudita de Mussolini) dos Mundiales consecutivos. Poquísimas personas vieron jugar a aquella selección encabezada por Meazza, porque no existía la televisión, así que cada uno se hizo su propia idea.

Terminada la contienda, Italia se había hundido en la miseria. El país, vencedor y vencido a la vez (comenzó en un bando y acabó en el otro), estaba físicamente destruido. Pero quedaba el calcio, e Italia tenía todavía el mejor equipo de Europa, el Gran Torino. Entonces, en 1949, ocurrió la tragedia de Superga: el avión que transportaba al Torino se estrelló contra una montaña cercana a Turín. Nadie ni nada sobrevivió. Tocaba comenzar desde cero.

¿Qué hizo Brera? Desarrollar en sus crónicas la teoría de que el calcio debía adaptarse, como antes de la guerra, a las características nacionales. Tales características no existían, pero Brera echó mano de sus prejuicios de campesino lombardo: los italianos eran, proclamó, un pueblo de canijos mal alimentados, incapaces de competir de igual a igual con los chicarrones del norte. Era necesario, por tanto, aprovechar sus virtudes (astucia, realismo, capacidad de adaptación) y crear un sistema de juego más o menos parecido al yudo: que ataquen ellos, y nosotros encontraremos su punto débil. La aparición del catenaccio, inventado en Suiza por un austríaco, coincidió con la campaña de Brera. La teoría racial del campesino canijo y astuto se ensambló enseguida con el sistema del cerrojo.

Las tesis de Brera permitieron que Italia fuera tirando durante largos años de sequía. El periodista se convirtió en la referencia imprescindible del público, adquirió un prestigio descomunal y se dedicó a sentar cátedra desde sus crónicas en La Gazzetta dello Sport. La inmensa mayoría de los italianos se convencieron de que, en efecto, había que apostar por el posibilismo y el oportunismo, y acabaron convenciéndose de que los éxitos internacionales de antes de la guerra habían llegado por esas vías.

Los mitos, sin embargo, son voraces. Y el mismo Brera acabó reducido a la condición de rehén de su peculiar corpus teórico. Cada semana tenía la obligación de ensañarse con los técnicos audaces y con los jugadores creativos. Su víctima preferida era Gianni Rivera, el futbolista más exquisito de los sesenta. Brera le llamaba de todo, porque no se ajustaba al arquetipo del campesino canijo, astuto y propenso a las mezquindades. Para redondear su propio personaje, Brera sólo se trataba con defensas y con técnicos cerrojistas.

Tras la muerte de Brera, ocurrida en un accidente automovilístico, algunos de sus amigos decidieron revelar ciertos hechos ocultos. Y se supo que Brera admiraba profundamente a Gianni Rivera, y que no se perdía ninguno de sus partidos con el Milan. No había podido admitirlo en vida sin abdicar de toda su obra.

Pep Guardiola nació en 1971. Era un bebé cuando Manuel Vázquez Montalbán, en el vacío teórico de la pretransición política, utilizó su inmenso talento para establecer los dos mitos fundacionales de la Cataluña contemporánea: que la izquierda era compatible con el nacionalismo, y que el FC Barcelona representaba, por razones éticas y estéticas, un atributo esencial para una nación sin Estado. Era la época de Cruyff, y Vázquez Montalbán idealizó las características del holandés eximio para reciclarlas como "tradición estética" barcelonista.

Los mitos se interiorizan y se deforman. Hoy, hasta Eto'o parece convencido de que el Barça encarna un tipo inigualable de elegancia, y que los goles en el Camp Nou valen doble si se marcan de tacón y mirando al tendido. Guardiola, un hombre leído, es sin duda consciente de lo mucho que pesan los mitos.

domingo, septiembre 07, 2008

FUTBOLISTA por Manuel Vicent


La imagen del futbolista, que antes sólo aparecía en los cromos y que ahora se ve todos los días en la televisión, queda grabada en la memoria del niño durante muchos años. Para un niño de siete años el futbolista es un hombre muy mayor. En los cromos antiguos, envuelto en un olor a linotipia, el futbolista aparecía con botas muy rudas, los calzones toscos, las rodillas gordas, la camiseta apretada, el cuello con cordoncillos, el escudo del equipo sobre la tetilla izquierda, el rostro muy grave y los brazos cruzados. Alguno llevaba un pañuelo atado en la cabeza. Ninguno sonreía. El niño se hacía adolescente y aquella imagen del futbolista permanecía inmutable. El adolescente se convertía en adulto y en su cerebro llevaba todavía el cromo que había contemplado cuando tenía siete años. El futbolista le seguía pareciendo un hombre muy mayor, aunque él ya era un señor casado y fumaba puros. Cuando la televisión comenzó a retransmitir los partidos, la imagen del futbolista pasó de los cromos a la pantalla. Por primera vez se veía a los jugadores correr detrás del balón, saltar, rematar y abrazarse después del gol. Al espectador, que un día fue niño, aún le parecía que eran unos hombres muy adustos en pantalón corto y el rostro sudado, hasta que un día tuvo una extraña visión que lo dejó perplejo. La revelación se produjo cuando vio a los jugadores vestidos de calle, fuera del cromo, fuera de la pantalla, fuera del campo. De pronto se dio cuenta de que eran realmente unos críos y él tenía ya 40 años. Esa percepción es la primera señal de que la juventud ha terminado, que la madurez ya es inapelable y que uno se está haciendo viejo. Ahora mismo unos niños verán a Casillas o a Torres tan mayores como los de mi generación veíamos a Zarra o a Puchades, como los niños de los años cincuenta del siglo pasado veían a Kubala, a Di Stéfano y luego otros a Pirri, Kempes, Cruyff, Maradona, Zidane y ahora a Cristiano Ronaldo. La imagen de los jugadores de su equipo será un paradigma del tiempo detenido y los niños de hoy crecerán sobre los rostros de esos héroes hasta que descubran que en el césped de los estadios el esplendor de la juventud permanece siempre renovado mientras ellos han envejecido en las gradas.

jueves, agosto 28, 2008

EL SENTIDO TRÁGICO DEL FÚTBOL por Enric González

Debilidad por el mediocentro, ya lo dije alguna vez. Este artículo viene a poner muchas palabras a esa admiración. ¡Qué grande Enric! (gracias a rober por el aviso)

¿Quieren pruebas? Ahí tienen al Indio Abdón Porte con su fecha, el 5 de marzo de 1918. Se acuerdan del Indio Abdón, ¿no? Claro, todo el mundo se acuerda del Indio. Acabó el partido y el Indio, mediocentro de Nacional, gloria del fútbol uruguayo, festejó con los compañeros. Bebió y rió con ellos, y debió darles buenos consejos, porque el partido, para un buen mediocentro, no termina nunca. Luego, pasada la medianoche, se volvió al estadio del Parque Central. El club pensaba traspasarle por viejo: tenía ya 27 años, 27 años de los de 1918, y no le veían tan fuerte como antes. Pero el Indio iba a quedarse. Esa noche, la noche del 4 al 5 (los números del mediocentro), caminó hasta el centro exacto del campo (el territorio del mediocentro), sacó un papelito con el último poema (“Nacional, aunque en polvo convertido y en polvo siempre amante…”), empuñó un revólver y se reventó el corazón.

Nada, una casualidad, un mediocentro depresivo, dirán algunos. ¿Casualidad? Pues hablemos de Ago. ¿Lo recuerdan, al pobre Ago? Espigado, elegante, nunca un paso en falso: el mejor mediocentro que tuvo la Roma. Y en esa Roma estaba Falcao, cuidado. Agostino di Bartolomei, Ago, fue el capitán de la Roma en la temporada 82-83, la temporada del scudetto glorioso, el primero en más de 40 años y el segundo en la historia romanista. La temporada siguiente, la Roma irrumpió en la Copa de Europa con un fútbol espléndido. Y con malas artes, para qué negarlo: el árbitro de la semifinal fue sobornado, pero eso no fue culpa de Ago. El caso es que la final se jugaba en Roma, en casa, contra el Liverpool. Era el 30 de mayo de 1984. “El partido de mi vida”, anunció Ago. Empate en los 90, empate en la prórroga y, en los penaltis, victoria inglesa. Fue la noche más negra de la Roma.


La temporada siguiente llegó Eriksson al banquillo, y Ago fue traspasado al Milan. Riñó con sus antiguos compañeros y su juego se hizo más y más melancólico hasta que, en 1990, colgó las botas. Ago se lo tomó con más calma que el Indio y esperó 10 años. Exactamente 10. El 30 de mayo de 1994, décimo aniversario del desastre, Agostino di Bartolomei dejó un papel sobre el escritorio (“Me siento encerrado en un hoyo”), salió al balcón de su casa, empuñó un revólver y se reventó el corazón.


¿Les basta? Ni el portero, ni el ariete, ni el extremo: esos son neuróticos, maniáticos de lo suyo. Quien sufre de verdad, quien conoce el sentido trágico del fútbol, es el mediocentro. Y no hablo del que juega de mediocentro. Gente como Capello o Rijkaard, o tantos otros, sólo jugaban de eso. Estaban ahí, para entendernos. No, no, me refiero al que es mediocentro y no sirve para nada más, porque tiene un partido en la cabeza y necesita que encaje con la realidad; me refiero al que sufre el ansia del gran partido perfecto.



Ese inventor de partidos, ya lo han visto, es muy especial, raro y delicado. Como Guardiola y Schuster, sin ir más lejos: en los dos banquillos augustos se sientan dos de la estirpe. Por supuesto, no esperen que asome un revólver. Esperen ansiedad, eso sí. Será una temporada agónica, bajo el signo del mediocentro. Confío en haberles convencido.

domingo, agosto 17, 2008

ESPLENDOR DE LUIS por Santiago Segurola

Un tanto a destiempo, pero siempre es buen momento recuperar artículos tan acertados como los que suele proporcionar Segurola.



Tras vivir tiempos difíciles en los últimos cuatro años, Aragonés reservó sus cualidades más distinguidas para la Eurocopa. A su preciso, sereno y eficaz trabajo se debe en gran parte el éxito de la selección.

Es difícil completar un gran campeonato sin una acertada conducción. Luis Aragonés, que ha atravesado tiempos difíciles durante los últimos cuatro años, ha reservado sus mejores cualidades para el último mes de su trayecto como seleccionador. Como casi todo lo que importa en este país, su figura ha sido objeto de un debate intenso, con un considerable desgaste para el técnico. A su preciso, sereno y eficaz trabajo se debe gran parte del éxito de la selección.

No sólo por la conquista del título, sino por el legado que dejará este maravilloso equipo. Hay victorias que no dejan nada para el futuro, equipos ganadores de los que apenas se acuerda nadie. Éste no es el caso. La selección española ha alcanzado la clase de cota que la sitúa a la altura de los equipos más atractivos de los últimos 40 años. En gran medida se debe a Luis Aragonés.

Se debe, y así hay que reconocerlo, porque el entrenador eligió aquella parte del fútbol español que le hace diferente a los demás. No era una elección sencilla. Estos jugadores han sido cuestionados en los últimos años por una presunta debilidad física y competitiva, por un estilo que muchos sectores consideraban banal y por unos resultados que no les ayudaban, tanto en la selección como en sus clubes.

La temporada ha resultado particularmente difícil para los jugadores del Barça y del Valencia, a los que Luis no les perdió la fe. Todo esto en un escenario de presunto desprestigio de la Liga española. No parecía el momento más adecuado para confiar el destino de la selección a unos futbolistas que venían de una Liga desastrosa. Sin embargo, Luis se inclinó definitivamente por una generación, por un tipo de jugador y por una identidad.

Luis tuvo convicción y personalidad en su elección. Resulta fácil decirlo ahora, pero no lo era en las duras semanas de invierno y primavera. Había que creer mucho en futbolistas sometidos a todo tipo de críticas en sus equipos. Fueron días difíciles también para el seleccionador. España venía de dos difíciles clasificaciones para el Mundial 2006 y para la Eurocopa. Entre los aficionados prevalecía una sensación de hastío y alejamiento.

Luis no ayudó mucho con algunos comportamientos extemporáneos. Su espantada tras el partido frente a Letonia generó perplejidad. Parecía un hombre dominado por la tensión. Tampoco fue feliz su reacción en el partido amistoso con Francia, en Málaga. Se alteró tanto por la adhesión de los aficionados con Raúl que dedicó la víspera del encuentro, y las horas posteriores, a agitar el fantasma de la dimisión. Al fondo, se apreciaba una parte que Luis no siempre ha logrado controlar: su propio personaje. En ese periodo Luis decidió estar a la altura de su guiñol.

No es algo novedoso. Es un mal que se extiende entre políticos, artistas, deportistas y famosos en general. En el caso de Luis le alejaba del centro de gravedad de su trabajo. Le alejaba de la realidad. Equivocaba el tiro.

Aquel partido con Francia, convertido en un inexplicable homenaje a Albelda, marcó el punto crítico de la trayectoria del seleccionador. Pudo ser el punto sin retorno de Luis Aragonés. Sin embargo, significó todo lo contrario.

Desde febrero, a Luis le salió el entrenador que lleva dentro y se alejó de cualquier tentación tremendista. Nunca en estos cuatro años ha parecido más atento, discreto, intuitivo y preciso en sus decisiones. Nunca ha dado una imagen tan moderada de sí mismo. Nunca ha dado tanta impresión real de autoridad. Se distanció de su personaje, eligió con convicción a unos jugadores cuestionados por gran parte de la Prensa y de los aficionados y se lanzó a la aventura de la Eurocopa en medio del escepticismo general. La historia no estaba de parte de España.

La conducción de Luis ha sido irreprochable durante el torneo. No se ha visto ninguna lacra en el equipo y sus alrededores. Cohesión en el grupo, jugadores que han aparcado las vanidades a favor de una idea colectiva, orden y madurez en el campo, máxima convicción en el peculiar modelo de fútbol, decisiones correctas del técnico antes, durante y después de los partidos.

El resultado fue un mes mágico de fútbol y sensatez. Todos los temores se derrumbaron ante la evidencia de la extraordinaria calidad del equipo, una de las selecciones más brillantes que ha visto el fútbol europeo en las últimas cuatro décadas, y ante delicado trabajo del seleccionador, trabajo de altísima precisión por la magnitud del desafío.

No hubiera sido posible un éxito de este calibre sin una conducción perfecta, en este caso la de un entrenador que sufrió el momento más desagradable de su carrera como futbolista frente a un equipo alemán, el Bayern de Múnich.

Han pasado 34 años de aquello y Luis ha tenido la oportunidad de cerrar aquella herida personal. Frente a Alemania, en la final de la Eurocopa, dirigiendo a un exquisito equipo, Luis alcanzó la cima como entrenador. Un éxito que nadie jamás podrá discutirle.

lunes, agosto 04, 2008

EL CULTO AL FÚTBOL por Vicente Verdú


Durante la larga época en que el libro imperó como supremo patrón de la cultura, el fútbol fue absolutamente inculto. Ni siquiera las contadas aportaciones que novelistas o ensayistas hicimos para incorporarlo al acervo cultural sirvieron para gran cosa. Igual que con el fútbol, con el diseño gráfico, con la moda o con los automóviles, vino a ocurrir tres cuartos de lo mismo: en tanto sus asuntos no se registraban como tratados nutriendo las venerables bibliotecas era inconcebible que aspiraran a considerarse cultos.

Todo ello se ha venido abajo cuando el libro ha entrado en decadencia. Frente a la indiscutida supremacía de la cultura escrita ha emergido la poderosa cultura audiovisual y el actual patrón de valor lo constituye el espectáculo. No en exclusiva, necesariamente, pero de manera importante, creciente y sobresaliente. De ese modo, incluso el teatro de toda la vida ha pasado de promover el texto a la performance, de la escritura al movimiento y de la meditación al impacto.

En contraste con la cultura propia del libro, que requería aplicación e intensidad en la atención, la cultura audiovisual reclama extroversión y extensividad sensorial ante el panorama. Leer evoca una acción con profundidad para descodificar apropiadamente los garabatos, pero las pantallas o los panoramas se corresponden con una recepción en superficie. La cultura del libro es del orden del silencio mientras que la audiovisual pertenece a la naturaleza del estruendo. O bien, el clamor de la muchedumbre en la grada constituye el revés de la callada lectura en el gabinete solitario.

La cultura del libro, en fin, es de máxima concentración y la audiovisual de expansión máxima. Igualmente, el escenario amplio abierto sustituye a la encuadernación estricta y la intemperie del campo al confinamiento. De este modo diverso, a una cultura suave sucede otra agitada. A una insignia del saber culto, expresado por antonomasia durante siglos en el sigilo del libro, se superpone el ruidoso saber de la cultura pop democratizada y extendida en la sociedad del espectáculo.

Para casi todo aquel sujeto conspicuamente adiestrado en la etapa precedente el fútbol significa, a menudo, lo inculto. Pero el fútbol será, en este sentido, inculto sólo en la medida en que no se parezca en nada a la significación del saber libresco ni se avenga con sus santuarios. Será inculto -y anticultural- para aquellos feligreses del reino cultural anterior pero para la nueva época, saturada de saber audiovisual y ejercitada en la cultura de superficies, el fútbol representará no sólo un fenómeno propio de la cultura imperante sino, como hacen saber los millones de aficionados en todo el mundo, una muestra suprema de la nueva experiencia culturizada. El culto al fútbol.

miércoles, julio 16, 2008

CORAZÓN TAN TRICOLOR por Enrique Vila-Matas

Sobre el medio centro, mi posición favorita. Grande Vila-Matas




Fue un momento /
un momento /
en el centro del mundo


Idea Vilariño


En la década de los noventa entablé cierta amistad con futbolistas que leían. Con Pardeza y Pep Guardiola, muy especialmente. Ellos querían que les hablara de literatura, y yo en cambio que me contaran secretos del fútbol. A los dos les martiricé en diferentes noches preguntándoles si existían futbolistas de éxito que en el mismo terreno de juego hubieran sido conscientes, un día, de que acababan de hacer la mejor y última gran jugada de su vida. Se trataba obviamente de una pregunta que, en términos literarios, pocos escritores aceptarían responder. Yo, al menos, no he conocido a nadie que esté dispuesto a reconocer que su mejor libro ya lo ha escrito. Pardeza y Guardiola capearon el temporal con tacto y terminaron siempre eludiendo la respuesta a mi pregunta nocturna y obsesiva.

La respuesta la hallé casualmente, años después, en la historia trágica de Abdón Porte, medio centro del Nacional de Montevideo. Rostro afilado, cabellera lacia, muy alto, tenacidad combativa. Corría el mes de marzo del año de 1918 y en Uruguay se jugaba en aquellos momentos el mejor fútbol del mundo. Abdón Porte tenía 27 años y era el ídolo de los hinchas del Nacional, aunque éstos no sabían que Abdón sabía perfectamente que había hecho ya la última gran jugada de su vida. Había entrado en un ligero declive del que era consciente, y se veía suplente de otro medio centro en la siguiente temporada. Toda la hinchada tricolor (blanco, azul y rojo son los colores del Nacional) amaba a Abdón Porte, y aquel día de marzo el equipo derrotó por 3 a 1 en su estadio del Parque Central al Charley. Tras el partido, Abdón fue a festejar la victoria con sus compañeros. A la una de la madrugada se despidió de todos y dijo que tomaría el tren en la Estación Central. Pero algo sucedió cuando se quedó solo y cambió de idea, regresó al estadio. En medio de la noche, fue hasta el círculo central del campo, donde tenía la costumbre de reinar. Ya no le sustituiría nadie. Allí, en el centro mismo del estadio, se mató de un disparo en el corazón.

A la mañana siguiente, el cancerbero del equipo, que fue el primero en entrar en el estadio, encontró el cuerpo del medio centro. Junto al revólver, un sombrero de paja, con dos cartas. En una se despedía de los seres amados. Y en la otra -para que luego digan que literatura y fútbol están reñidos- unos versos copiados a mano: "Nacional aunque en polvo convertido / y en polvo siempre amante / no olvidaré un instante / lo mucho que he querido / Adiós para siempre".

Corazón tan tricolor. Todavía hoy, en todos los partidos jugados en el Parque Central, se puede ver en la tribuna una bandera con la leyenda Por la sangre de Abdón. "Pavada de alegoría -escribió alguien-. Allí donde estaba, siendo patrón del medio, quería que el tiempo se hiciera eterno". Pavada o no, dos semanas después de aquel suicidio, Horacio Quiroga, cuentista magistral y una de las vidas más trágicas de la literatura, se basó en la historia de Abdón para escribir Juan Polti, half-back, un relato que publicó en la revista Atlántida en mayo de 1918. "Cuando un muchacho llega, por A o B, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremediablemente". De ese alcohol de varones y del mítico suicidio hablaría también, años más tarde, el relato Muerte en la cancha, de Eduardo Galeano.

El 13 de julio de 1930, sin relación alguna entre el suicidio del medio centro y la competición universal que se inauguraba, se jugó en el estadio del Parque Central el primer partido de toda la historia de los mundiales de fútbol. Se enfrentaron Estados Unidos y Bélgica. Así que puede decirse que el primer balón del primer mundial comenzó a rodar desde el lugar exacto donde Abdón cayera muerto, desde aquel círculo central en el que el medio centro decidió jugar su último partido, eternizarse en el centro del mundo, de su mundo.
Enrique Vila-Matas es escritor

jueves, julio 10, 2008

¡HONRA A LOS LEONES DE MESOPOTAMIA! por Luis Prados


Con dos piedras se hace una portería y cualquier cosa que ruede sirve de balón. Pero jugar al fútbol en un descampado donde puede haber minas, estallar coches bomba y cruzarse las balas perdidas no es tan fácil. Sin embargo, los chavales iraquíes, los niños perdidos de Bagdad, siguen yendo al descampado y jugando a la pelota porque a veces el fútbol puede ser tan vital como el oxígeno.

El mes que viene se cumplirá un año de uno de los partidos de fútbol más memorables de lo que va de siglo. La selección nacional de Irak, los 11 héroes bautizados para la leyenda como los Leones de Mesopotamia, derrotaban en la final de Yakarta a Arabia Saudí 1-0 y conquistaban por primera vez la Copa de Asia. Suníes, chiíes, turcomanos y kurdos se echaron a las calles de Erbil, Mosul, Bagdad y Basora desafiando las balas, granadas y obuses para celebrar unidos la victoria, la primera y única alegría común en varios de años de guerra.

En tan sólo 90 minutos los jugadores iraquíes, que llevaban brazaletes negros en recuerdo de las decenas de víctimas causadas por dos coches bomba en la capital un par de días antes, habían vuelto a poner de pie a una nación que se siente humillada desde que aplaudió la entrada en el país del Ejército de ocupación de Estados Unidos hace cinco años. Once futbolistas habían logrado más en esa hora y media que los imanes, los mulás, los señores de la guerra y el mismo Gobierno en mucho tiempo. Además, habían derrotado a los favoritos y eternos rivales, los saudíes, a los que muchos iraquíes acusan de exportar fanáticos wahabíes y terroristas suicidas.

El éxito venía madurando desde hacía meses. La FIFA contrató para entrenar al Irak en guerra a un trotamundos del fútbol, el brasileño convertido al Islam Jorvan Vieira, que seleccionó a un grupo de jugadores repartidos por varios equipos de Arabia y el Golfo Pérsico y se los llevó a entrenar a Jordania. La tarea no fue nada fácil. El titular de una entrevista publicada por el Marca lo dejaba claro. “Firmé y mataron a mi fisioterapeuta”. Vieira contaba que al principio “los jugadores no se dirigían la palabra por la división sectaria que arrastraban” y que “en los entrenamientos se pegaban entre ellos”. Pero una vez más el balón hizo el milagro.

En ese periodo que algunos iraquíes llaman ahora “la siesta”, a comienzos de verano de 2003, antes de que la insurgencia tomase la iniciativa con sus atentados suicidas y cuando los americanos aún cantaban victoria, el Ejército de Estados Unidos organizó un partido de fútbol en Bagdad entre un equipo iraquí y otro de los militares con ánimo de confraternización. Como dijo el oficial al mando en un estadio sin público y ante unos centenares de soldados norteamericanos y un puñado de jeques de estómago agradecido: “Vuelve el fútbol, vuelve la normalidad”. Los jugadores iraquíes aplastaron al grupo de hispanos que había reunido el Ejército americano con un 11-0. Fue la primera victoria en una guerra que aún espera el pitido final.

lunes, junio 30, 2008

EL VIEJO por Enric González

Yo, como aficionado, formé parte del pelotón de fusilamiento. Me como mis palabras, una por una, y me quito el sombrero. Ahora es leyenda.




Y yo, señor juez, ¿qué culpa tengo? El viejo era la víctima perfecta. No había más que verle deambulando por ahí con el chándal chillón, mal afeitado, con la piñata bailándole y esas gafas antiguas, que ni veía de lejos ni veía de cerca. Era la víctima perfecta. Si es que parecía pedirlo, señor juez, parecía pedir que le llovieran palos. Y no me negará usted que el tipo caía mal. Eso no lo digo yo, se acordará usted mismo: todo el mundo, o casi todo el mundo, se la tenía jurada.

Se hablaba mal del viejo, es verdad, y se echaba mano de cualquier excusa. Como lo del racismo. Decían que el viejo insultaba a los negros, y hasta le pusieron una multa. Qué le voy a contar: el caso era liarla, y complicarle la vida. No, claro, el viejo no era racista. Tampoco era ludópata, aunque en una época se dejara sus perrillas en el juego. Depresivo quizá sí, quién sabe. Qué más da.

A lo que íbamos: la víctima perfecta. Cada uno vive de lo que puede. Él vivía de llevarse palos, y yo, nosotros, de pegárselos. Y la gente encantada. Porque el viejo, encima, se defendía, se encaraba, intentaba explicarse, se negaba a irse. En este negocio nada funciona mejor que una víctima que se resiste. A la gente le encanta. La gente, señor juez, tiene muy mala leche. Y no lo digo para justificarme, que también: es que es la pura verdad.

Honestamente, yo no esperaba que las cosas fueran a acabar así. Cuanto más lo pienso, más extraño me parece. El asunto pintaba clarísimo: sólo era cuestión de darle palos hasta que se cansara y se largara sin conseguir nada. Mírelo fríamente, señor juez: ¿quién podía prever que el viejo consiguiera algo? Estaba condenado de antemano, lo que se dice un pringao. Así han sido siempre las cosas, ¿no?

Cómo nos equivocamos. Fue sólo eso, una equivocación sin maldad. Le pegábamos sin ensañamiento. Casi en defensa propia, mire lo que le digo. Porque alguien tenía que defender los intereses de todos, y el viejo parecía un peligro público. Que si Raúl, que si los bajitos, que si otra vez la maldición de cuartos, que si el espíritu perdedor, que si ya tiene sustituto, que si a ver cuándo se va... A ver, sea sincero: ¿pensaba usted que el viejo iba a resultar, a su edad y con su historial, la admiración de toda Europa?

Y, sin embargo, aquí estamos. En la final, con un equipo de lujo y con el viejo hecho un sabio. Porque ha resultado que sí, que él era un sabio y nosotros, los periodistas, unos capullos. Yo, al menos, estoy confesando, señor juez, a ver si me vale como atenuante. Otros que le ponían a parir parece que hayan estado siempre con el viejo, apoyándole a muerte. ¿Sabe usted? Me alegro de todo esto. Tiene como una justicia poética. Me alegro sobre todo por el viejo, que ha aguantado lo que ha aguantado. Si pudiera, se lo diría a la cara: señor Luis Aragonés, se ha portado usted como un hombre.

domingo, junio 22, 2008

22 DE JUNIO DE 2008 por Enric González


Yo estaba en Viena ese día. Miles de tifosi, la tricolor por todas partes, un ambientazo. No se me olvida la fecha: 22 de junio de 2008. Un gran partido. Un Italia-España era como un pequeño derbi, una rivalidad entre vecinos. Usted no se acordará, porque es muy joven, pero en aquella época les teníamos la moral comida. Los españoles nos ganaban los amistosos, pero nosotros siempre los machacábamos cuando contaba, en los partidos de verdad. Unos años antes Tassotti, que fue un gran terzino del Milan, había pegado un codazo a uno de los suyos en una eliminatoria decisiva, y, como perdieron también esa vez, nos la guardaban. Siempre les eliminaban en cuartos, ¿sabe? Estaban obsesionados.

Ocurrió lo de siempre: que ellos llegaron muy bien al partido, y nosotros muy mal. España había pasado tranquilamente la primera fase, tenía a un tipo, un tal Villa, que marcaba goles a mansalva, y no le faltaban titulares. En España decían lo de siempre: esta vez es la buena, esta vez ganamos. Nosotros, pobrecitos azzurri, hicimos una primera fase penosa, para variar. Sólo marcamos tres goles, uno de penalti, los otros dos a balón parado y con rebote. Se lesionó Cannavaro, Materazzi estaba mal, perdimos a Pirlo y Gattuso por sanción... Le sonarán, ¿no? Da igual.

Estuve diciéndolo todo el día: a los españoles no podía ya irles mejor. Parecían en estado de gracia. Sobre todo el tal Villa. Y en esos casos no sólo quieres vencer, quieres también convencer. Te recreas en los remates, la tocas de tacón, te sientes elegante. A nosotros, en cambio, no podía irnos peor. Toni, un tío tan bueno, no daba una. Fallaba lo difícil, lo regular y lo fácil. Me entiende, ¿no? Quiero decir que, por puro cálculo de probabilidades, Villa no podía seguir metiendo goles en cada partido. Y Toni, por esa misma razón, tenía que acabar marcando alguna vez.

Luego estaba lo del chaval, De Rossi. No se imagina lo que debió ser para él, un tío nacido para mandar, crecer en la Roma de Totti. Porque Totti era Dios para los romanos. Pobrecito De Rossi, qué juventud. Vivir a la sombra de Totti era crudo, pero en la selección lo tuvo aún peor. En la nazionale tenía que soportar la autoridad de los mandones del norte, como Buffon. Y como Pirlo. No sabe lo que era Pirlo, el jefe del mediocampo: había que hacerlo todo como él quería, y había que adivinar cómo lo quería, porque no decía una palabra. Flaco, seco y mudo: un carácter.

Pues bien, resultó que ese día, 22 de junio de 2008, Totti ya no vestía de azul. Y Pirlo estaba sancionado. De Rossi se encontró de repente con toda la responsabilidad, y con dos de los suyos, dos chavales romanistas, como lugartenientes: Aquilani y Perrotta, se llamaban. Qué momento. Qué partidazo. Oiga, joven, ¿de verdad no sabe qué pasó?

martes, junio 10, 2008

TRES PALOS por Ray Loriga


Algunos barcos tienen tres palos, y las porterías también, ahí se terminan las similitudes entre las novelas de Joseph Conrad y el fútbol. A los que disfrutamos de ambas disciplinas nos gustaría que se parecieran más y a menudo forzamos metáforas que cruzan de un lado a otro de nuestras dos grandes pasiones, pero no dejan de ser eso, metáforas forzadas. Tal vez sea mejor asumir que son dos amores distintos y tratar de que no se encuentren nunca, como quien tiene una esposa en la ciudad y una amante en provincias, o un marido en provincias y un amante en la ciudad, o viceversa y todas las viceversas posibles, incluidas las variaciones homosexuales y vascas y todas las líneas del PP, la dura, la blanda y la otra. En fin, que lo que nos gusta de este juego es precisamente su condición de preocupación excepcional, ajena por completo a nuestras vidas y en cambio parte fundamental de las más infantiles penas y alegrías. Recuerdo que en Submundo, la fabulosa novela de DeLillo, se contaba América mientras volaba una pelota de béisbol, puede que ésta sea la única manera de transformar el deporte en artefacto literario, asumir su importancia en nuestras vidas como hecho real, sin recurrir a imágenes enrevesadas y obligadas a nadar mal de una orilla a otra. Mientras la pelota está en el aire nuestras vidas suceden. Que pase entre los tres palos, o salga bateada fuera del estadio, en nada alterará el curso de lo nuestro, y en nada cambiará lo que escribimos o leemos. Antes los escritores apenas hablaban de fútbol porque estaba muy mal visto, ahora se comprende mejor que un escritor es un hombre, o una mujer, como otro cualquiera. Que también cuida de su jardín o de sus hijos, o los descuida, o se olvida del mundo y se sienta una tarde a ver un Osasuna-Betis. Nada hace pensar que la distancia entre deporte y literatura se haya acortado, ni falta que hace, a mí personalmente me basta con que no me hablen de Rilke mientras disfruto de un derbi y con que no me hablen de fichajes mientras disfruto de Rilke. También los niños son un encanto siempre que no se cuelen a deshora en el dormitorio de sus padres.

DeLillo dio con la manera de enredar la pelota con la letra escrita, pero una vez encontrada la fórmula no parece sensato tratar de repetirla. Recordemos la vieja máxima; el primero que comparó a una mujer con una rosa era un genio, el segundo era un imbécil. El periodista deportivo de Richard Ford no era precisamente un libro de deportes y el nadador de Cheever se rompía el alma sin amenazar ningún récord del mundo. Los futbolistas a veces llevan libros a las concentraciones pero me temo que casi nunca los leen, también nosotros llevamos pelotas a la playa y no las sacamos del coche. Casi es mejor así. La pelota no es parte real de lo que ganamos o perdemos, pero vuela por encima de nosotros, hagamos lo que hagamos, y nos basta con levantar de vez en cuando la cabeza para verla. La pelota no nos recuerda a nosotros mismos, nos recuerda otras cosas. Los juegos de los niños no son los juegos de los hombres, y el fútbol permanece anclado en nuestra infancia. Nos lleva una y otra vez a un tiempo pasado, ni mejor ni peor, que gracias a este hermoso juego aún no hemos perdido del todo. Fútbol y literatura suenan tan bien juntos como caballo y piano, de ahí que no haya que mezclarlos demasiado, de ahí también que no haya que renunciar a ninguno de estos placeres para disfrutar del otro.

Ray Loriga es escritor

lunes, junio 02, 2008

LA DIGNIDAD DEL HOMBRE DE PAPEL


Mathias Sindelar 2

Hace poco me encontré con un personaje del que no sabía básicamente nada. Mathias Sindelar su nombre, el mejor jugador austriaco de todos los tiempos, con una historia que, por lo visto, merecía la pena. Supe de él releyendo un artículo de Manuel Alegre y no antes, donde simplemente se le citaba de forma tangencial. Me interesó, y profundizando en él y en todo lo que supuso, no podía resistirme a agregarlo definitivamente a la galería de iconos de este blog. Y sí, claro que su historia merecía la pena.

23 de enero de 1939, ese día el fútbol perdió para siempre a un héroe, a un hombre cuya dignidad superó con creces sus extraordinarias cualidades deportivas. Aquella perruna noche vienesa, Mathias Sindelar fue encontrado muerto en la cama de su apartamento junto a su mujer, Camila Castagnola, una judía de origen italiano. Sindelar, judío también, se había negado a jugar con la Alemania nazi, de cuyos dirigentes se mofó durante un partido, tras la anexión austriaca de 1938, una ofensa para el III Reich que le persiguió de por vida. Su muerte aún despierta grandes recelos entre los historiadores. La información oficial mantuvo que la muerte se produjo por inhalación del monóxido de carbono de una estufa, pese a que algunos investigadores revelaron que ésta no tenía desperfectos y que en el apartamento no olía a gas. Unos sostienen que fueron delatados por un ex compañero de Sindelar en la selección austriaca. Otros apuntan a un suicidio por el régimen de terror.

Sindelar, hijo de emigrantes checos, nació en febrero de 1903 en Moravia, frontera con Bohemia, en la República Checa. Dio sus primeros balonazos en las calles del vienés distrito obrero de Favoriten, uno de los más deprimidos de la capital austriaca. Su padre, albañil, falleció en 1917 en la Primera Guerra Mundial y aquel espigado y desgarbado chiquillo que jamás se separaba de la pelota se crió junto a su madre y sus tres hermanas. Su habilidad con el balón le hizo muy popular en la barriada, donde se le apodó Papierene [algo parecido a hombre de papel]. La causa: su extraordinaria habilidad para filtrarse entre los defensas enemigos. El eco de su habilidad hizo que a los 15 años le fichara el Hertha Viena. Cinco años más tarde se enroló en uno de los grandes clubes de la ciudad, el Austria Viena, una institución ligada a la comunidad judía, a la que hizo campeona de Copa en sus tres primeras temporadas. Según los cronistas de la época, prefería un regate que un gol. En 1926 debutó con la selección austriaca y marcó el segundo tanto de la victoria ante Checoslovaquia (2-1). Ahí comenzó su leyenda futbolística. Su desgarro, deportivo y personal, estaba por llegar.

Aquella Selección austriaca era llamada el Wunderteam, [el equipo maravilla], internacionalmente no tenía rival, y la figura de Sindelar resultó impactante en aquel "planeta fútbol".

Se acercaba el Mundial de Italia de 1934 y el favoritismo austriaco era unánime. Sindelar, un goleador mayúsculo, y sus compañeros recibieron el primer azote político de sus desgarradoras carreras. Mussolini manipuló el torneo y en la semifinal ante Italia, Austria, impotente tras ver cómo le anulaban varios goles, perdió 1-0. Cuatro años después del expolio de Mussolini, la Alemania nazi ocupó Austria. Hitler, al igual que el fascista italiano, estaba al corriente del poder hipnótico del fútbol entre el pueblo, un reducto propagandístico perfecto. De hecho, el Führer ya había retorcido para su causa los Juegos de Berlín de 1936. Con el Mundial de Francia del 38 a la vista, Alemania seleccionó a todo el Wunderteam, que al no ser ya un país -sino la provincia alemana de Ostmark-, no podía competir internacionalmente. Antes, para celebrar su conquista, Alemania, con algunos de sus nacionalizados austriacos, organizó un amistoso contra Ostmark. Sindelar se negó a jugar con los nazis y alegó que a los 35 años su cuerpo estaba muy castigado. Su dignidad le impedía enfundarse una camiseta con la esvástica y luego levantar el brazo durante el himno. Días después se retrató: Sindelar, que primero se burló de los nazis al fallar varios goles intencionadamente, marcó finalmente uno de vaselina. Ostmark venció 2-0 para humillación de su invasor y, tras su gol, Sindelar bailó ante el palco de los jerarcas nazis. Comprobado su rendimiento, el seleccionador alemán intentó otra vez su fichaje. Mathias se negó, no quería identificarse con los invasores.

La negativa resultó fatal para el jugador y su compañera judía, que se quedaron sin su principal sustento, condenados por el régimen al ostracismo y más tarde perseguidos. Algunos compañeros de Sindelar, como el ex capitán de la selección austriaca, Nausch, tuvieron más suerte, ya que cuando fue obligado a divorciarse de su esposa judía, logró huir con ella a Suiza. Sindelar, que llegó a regentar un café en Viena, no lo consiguió y estuvo ocho meses refugiado junto a Camila. Los nazis ofrecieron una recompensa por su captura, al tiempo que se multiplicaba la cacería judía. Las noticias sobre la depuración nazi, los campos de exterminio y las cámaras de gas se sucedían. El cerco sobre Sindelar se estrechaba, hasta que la policía informó de su muerte. Un día después falleció Camila en un hospital, después de permanecer en coma. Lo que no pudieron impedir los nazis fue el extraordinario tributo popular que recibió Sindelar, convertido, a partir de ese momento, en un símbolo de la resistencia. Se prohibió cualquier manifestación de duelo, y aún así más de 15.000 personas asistieron al funeral en medio de grandes medidas de seguridad. Se amontonaron miles de telegramas de pésame y los servicios de correos se atascaron. La calle en la que vivía, Laaerberg, pasó a llamarse Sindelarstrasse.

Junio 2008. Alemania se enfrentará a Austria en Viena, esa noche volverá el recuerdo de alguien que se atrevió a desairar a un monstruo, aunque ello le cortara de raíz una carrera extraordinaria. De él se escribió: "Jugaba como nadie, ponía gracia y fantasía, jugaba desenfadado, fácil y alegre. Siempre jugaba y nunca luchaba". El día que lo hizo le costó la vida, el precio de la dignidad.

sábado, mayo 31, 2008

EL BALÓN Y LA BANDERA por Enric González

A una semana de comenzar la Euro 2008 el suplemento cultural de El País, Babelia, se dedica al fútbol. Enric González abre el fuego. Lo celebramos.






La industrialización acelerada del siglo XIX legó al siglo XX dos fenómenos de masas curiosamente hermanados: el marxismo y el fútbol. Ambos nacieron de la inmigración urbana, de la crisis divina y, en definitiva, de la alienación del nuevo proletariado. El marxismo propuso como soluciones la socialización de los medios de producción y la hegemonía de la clase obrera. El fútbol propuso un balón, once jugadores y una bandera. A estas alturas, no cabe duda sobre cuál era la oferta más atractiva.

Lo esencial en el éxito del fútbol no es el balón, ni el jugador, sino la bandera: un factor de identificación pública estrictamente irracional. Conviene aclarar este punto. Antes de que las masas quedaran huérfanas, el deporte se basaba en el héroe. El gran deportista, modelo de virtudes, encarnaba las aspiraciones colectivas. En la Europa continental, esto fue así hasta bien entrado el siglo XX.

Resulta significativo que los dos diarios deportivos más antiguos de Europa, La Gazzetta dello Sport (1896) y El Mundo Deportivo (1906), nacieran para informar sobre ciclismo. La reina de los sueños pobres era la bicicleta. El héroe era un tipo flaco que pedaleaba, encorvado sobre el manillar, dejándose el culo y los pulmones en cuestas sin asfaltar. Pero al ciclismo, tan rico en metáfora literaria, le faltaba metáfora social. La época no era de individuos, sino de masas. Y el ciclismo no conseguía expresar ciertas claves totémicas: el clan, el templo, la guerra, la eternidad. Todo eso, en cambio, lo tenía el fútbol.

El fútbol se basa en el clan (los hinchas del club), el templo (el estadio), la guerra (el enemigo es el club del otro barrio, o la otra ciudad, o el otro país) y la eternidad (una camiseta y una bandera cuya tradición, supuestamente gloriosa, heredan sucesivas generaciones). Con el fútbol, uno nunca está solo. Liverpool, la ciudad con más talento para la música popular contemporánea, demostró buen ojo al elegir como himno de uno de sus dos equipos una vieja canción, cursi e insustancial, que llevaba, sin embargo, ese título: You'll never walk alone. Nunca caminarás solo. El secreto del fútbol está ahí.

La cultura, como siempre, aparece después. Primero son las cosas, y después su explicación. El fenómeno futbolístico careció durante muchas décadas de una proyección cultural propia. Recuérdese la Oda a Platko de Rafael Alberti, dedicada en 1928 a un portero húngaro del Barcelona: "Tú, llave, Platko, tú, llave rota, llave áurea caída ante el pórtico áureo". O Los jugadores (1923), de Pablo Neruda: "Juegan, juegan, agachados, arrugados, decrépitos". Puro homenaje al héroe. Cultura deportiva, pero aún no futbolística.

Pese a algunas excepciones, como la de Albert Camus, tuvo que entrar en crisis el hermano-enemigo del fútbol, el marxismo, para que la izquierda se atreviera a abordar la espinosa cuestión del balón y la bandera. Ocurrió hacia los años sesenta y setenta del siglo pasado. Mientras la intelectualidad conservadora, de tradición elitista, seguía despreciando el fútbol ("el fútbol es popular porque la estupidez es popular", Jorge Luis Borges) como lo había hecho Rudyard Kipling ("los embarrados idiotas que lo juegan"), ciertos escritores progresistas osaron reconocer, de forma cada vez más abierta, su pertenencia a la inmensa secta futbolística. Algunos, aún cautelosos por las incompatibilidades teóricas entre la racionalidad marxista y la irracionalidad del nuevo "opio del pueblo" ("una religión en busca de un dios", Manuel Vázquez Montalbán); otros, sin el menor empacho escolástico.

La auténtica literatura futbolística, como otros descaros, surgió de la prensa. En España, con las columnas del ya citado Vázquez Montalbán o de Julián Marías. En Italia, con las crónicas de Gianni Brera. En Uruguay y luego en diferentes exilios, con Eduardo Galeano. Quizá los más brillantes periodistas de fútbol, los que generaron una cultura literaria que hoy se da ya por supuesta, fueron tres argentinos: Alberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Juan Sasturain. Los cuentos de Fontanarrosa, como Lo que se dice un ídolo, Qué lástima, Cattamarancio, El monito o 19 de diciembre de 1971 (más conocido como El viejo Casale) constituyen la mejor plasmación artística de un fenómeno, el fútbol, que abarca mucho más que estadios, resultados y virtuosismos técnicos. La actual literatura futbolística ya no tiene que andarse con explicaciones y asume su esencia mística: véase Fiebre en las gradas, de Nick Hornby.

Las páginas de fútbol de los periódicos disponen ahora de espléndidos cronistas, y los más reputados escritores acuden a ellas como invitados. El fútbol no sólo posee una cultura propia: es cultura. Por encima del gigantismo económico (la Primera División española gastó el año pasado 525 millones de euros en fichajes), de las audiencias multitudinarias, de la corrupción y el disparate; por encima incluso de ídolos supremos como Maradona, nuestra historia, individual y colectiva, no puede explicarse sin el fútbol.

domingo, mayo 25, 2008

LA NOCHE DEL NEGRO JEFE por Enric González

Enric González publica en su sección 'Un asunto marginal' de los domingos en El País un artículo sobre el mítico jugador uruguayo Obdulio Varela y aquel maravilloso episodio del maracanazo. En este blog ya se han recogido numerosas entradas sobre el cataclismo brasileño del campeonato del mundo Brasil 1950. Aunque todo se haya contado y sea sabido, los trazos de la vida de Varela son magníficos.


No volverá a jugarse un partido como el maracanazo, ni existen ya hombres como el Negro Jefe. Se ha escrito mucho sobre aquel día, 16 de julio de 1950, la fecha del fin del mundo, y sobre la hazaña del Negro. Lo realmente épico, sin embargo, fue la noche. El Negro salió a beber, aquella noche. Entre una cosa y otra, la noche del Negro Jefe duró 46 años, y terminó con su muerte, el 2 de agosto de 1996.

Recapitulemos, aunque todo sea ya muy conocido.

Obdulio Jacinto Muiños Varela nació mulato, pobre y asmático en Curva de Industrias (Montevideo) el 20 de septiembre de 1917. Sus padres se separaron y él, como sus hermanos, tuvo que buscarse la vida. Fue limpiabotas y vendedor a domicilio. Empezó a jugar al fútbol, aunque no era muy bueno: ni muy rápido ni muy técnico. Pronto se vio que lo suyo era otra cosa. Lo suyo era el carácter. Los compañeros le obedecían y los rivales le respetaban. Cuando llegó al Wanderers de Montevideo, en 1937, ya era el Negro Jefe, el medio centro, o centrojás (por centre-half), más prestigioso del país.

Nunca perdía los nervios y sabía lo que vale un gesto. Cuando ya estaba en Peñarol, durante un partido contra Nacional, su compañero Montaño recibió una patada salvaje y el árbitro pitó una simple falta. El Negro Jefe cogió el balón y se acercó al árbitro: "Señor juez", dijo, "si alguno de mis futbolistas llega a dar una patada como la que aquel señor acaba de dar, le ruego que lo expulse, porque en mi equipo un jugador que pega así no merece seguir en la cancha".
Peñarol fue uno de los primeros equipos en lucir publicidad en la camiseta. La llevaban todos, menos el Negro Jefe, que se negó. En 1945, tras una victoria de Peñarol sobre el River Plate argentino, los directivos decidieron premiar a todos los jugadores con 250 pesos, y con 500 al Negro Jefe. Que no estuvo de acuerdo: "Yo jugué como todos; si ustedes creen que merecí 500 pesos, son 500 para todos; si ellos merecieron 250, yo también". Y fueron 500 para todos.

Los directivos le odiaban. El sentimiento era recíproco.

Y llegó el maracanazo: la final del Mundial de 1950, Brasil-Uruguay, en el nuevo estadio de Maracaná, con 198.000 entradas vendidas. El torneo se disputó como liguilla, sin eliminatorias, y a Brasil, la mejor selección del momento, le bastaba un empate para alzar el trofeo. A Uruguay se le reservaba el papel de víctima noble, y los propios dirigentes uruguayos asumían ese destino. La arenga en el vestuario fue deprimente: "Con llegar a la final ya han cumplido, traten de no comerse seis goles y jueguen con guante blanco". Mientras recorrían el pasillo entre el vestuario y la cancha, con casi 200.000 voces brasileñas atronando el estadio, el Negro Jefe hizo un discurso distinto: "No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo, y si ganamos no va a pasar nada, nunca pasa nada".

Brasil marcó, en el minuto 2 de la segunda parte. Entonces el Negro Jefe tomó el balón bajo el brazo y se dirigió al árbitro inglés para reclamar, con todo respeto, un fuera de juego. El árbitro no le entendió y hubo que llamar a un intérprete. Pasaron varios minutos. El Negro Jefe sabía lo que hacía: ganar tiempo, calmar el ambiente, iniciar una guerra de nervios.

En cuanto se reanudó el juego, el Negro Jefe sólo dijo una palabra a sus compañeros: "Seguidme". En el minuto 17, el uruguayo Schiaffino empató el partido. Y a falta de 10 minutos, el Negro Jefe dio el balón a Ghiggia y éste marcó el 2-1. Fue el fin del mundo. No hubo ni ceremonia final, ni música, ni entrega de trofeos. El Negro Jefe tuvo que arrebatarle la copa de las manos a un desorientado Jules Rimet, presidente de la FIFA. Brasil entero lloraba.

La selección brasileña no jugó otro partido en dos años. Y no volvió a lucir el color blanco que vestía hasta el maracanazo.

En esa noche amarga de Brasil, el Negro Jefe se negó a celebrar la victoria con sus compañeros. Se marchó a recorrer bares, triste por los vencidos. Acabó bebiendo y consolándose con varios aficionados brasileños. Al día siguiente no quiso fotos, ni compartir festejos con los federativos. No sentía ningún ardor patriótico. ¿La explicación? "Mi patria es la gente que sufre". Le dieron un dinero y compró un coche viejo, de 1931; se lo robaron a la semana siguiente.

Se retiró en 1955 para vivir en la pobreza con su mujer, y siguió rumiando, como si la noche del maracanazo fuera infinita, su desprecio por los dirigentes y su compasión por los brasileños. "Ganamos porque ganamos, nada más", afirmó, muchos años más tarde. "Nos llenaron de pelotazos, fue un disparate. Jugamos cien veces, y sólo ganamos ésa". Los más grandes escritores de fútbol, Fontanarrosa, Soriano, Galeano, publicaron obras sobre el Negro Jefe.

Obdulio Varela, el Negro Jefe, murió en 1996, meses después de morir su mujer. Sus botas de Maracaná y su camiseta, con el número 5, se guardan en la Federación Uruguaya. Al final, hasta eso se quedaron los dirigentes. -

Obdulio Varela, el reposo del centrojás, en Artistas, locos y criminales, de Osvaldo Soriano. Bruguera, 1983.

sábado, mayo 17, 2008

EL PEOR AÑO DE PEP GUARDIOLA por David Trueba

Una mirada atrás recordando uno de los años fatídicos de Guardiola, hoy en boca de muchos por llegar al banquillo del Barça. Como ya sabrán quienes hayan seguido mínimamente este blog, Guardiola es una debilidad personal por su juego y por todo lo que suponía de extraordinario en el mundo de los futbolistas. Es una mirada hecha desde alguien totalmente ajeno al fútbol por lo que me ha parecido interesante.



Conocí a Pep Guardiola por azar poético. Y no es una metáfora lírica. Carga con esa maldición en el mundo del fútbol que es encontrarle placer a la lectura. No en vano hace poco leí una entrevista con un futbolista y a la pregunta "¿último libro leído?" contestaba "ninguno". Con un par. Bueno, pues Pep se sumó a unas lecturas, junto a Lluis Llach y Ariadna Gil, del poeta Miquel Martí Pol, que desde entonces lo adoptaría como lector predilecto, y allí nos conocimos. Y como siempre pasa, Pep quería hablar de libros y películas, y los literatos y peliculeros lo único que queríamos era hablar de fútbol.

La amistad instantánea consiste en conocer a alguien, charlar con él y saber inmediatamente que aquel tipo se va a convertir en imprescindible en tu vida. Eso nos pasó. Poco tiempo después Pep sufrió la más grave lesión de su carrera, esa lesión que los médicos no acertaban a definir, que le impedía golpear el balón y que le mantuvo inactivo durante un año. Año en el que muchas lenguas especularon con sus gustos sexuales, aficiones psicotrópicas, enfermedades incurables y demás patrañas, en lugar de preocuparse por si había un tío sufriendo que necesitara un gesto de apoyo.

Un futbolista que no juega es una persona infeliz. Como amigo yo traté de llenarle los ratos sociales con libros, películas, gente nueva, mientras él ocupaba los ratos privados en ensayos con su novia Cristina para fabricar a su hija que llegaría definitivamente a tres días del cambio de siglo. Pero quién me iba a decir a mí que el annus horribilis de Pep se iba a convertir en un lujo para mí. Vi sentado junto a él en la tribuna del Nou Camp, a ras de césped, algunos partidos que jugaron sus compañeros. Y entonces supe que de fútbol se podía saber, no sólo especular con teorías vacuas y fanatismos desatados, sino que tenía un lenguaje sencillo, como el de todos los oficios, pero que sólo los muy profesionales saben descodificar.

Yo escuchaba a Pep decir cosas como: "Cruyff me dijo que si me hacían faltas era culpa mía, por tener el balón demasiado rato. Hay que soltarlo antes", "El balón corre más que cualquier persona, es él quien debe correr", "Ese tipo es un 'cartero' entrega el balón después de darle la mano a su compañero, en lugar de lanzárselo", "La primera patada y el primer tiro a puerta siempre tiene que ser de tu equipo, así juegan los italianos", "Mira ese de ahí, se esconde, tus compañeros lo que necesitan es saber que estás disponible siempre", "Antes de que te pasen el balón debes saber dónde lo vas a mandar, si no está claro, mejor guárdalo, dáselo a tu portero, nunca lo regales", "Te sonará a gilipollez, pero al fútbol se juega con un balón", "Con Romario sabías que no podías contar, pero que si le ponías un buen balón él iba a meter el gol, y el gol era lo único que necesitabas de él", "Cuanto mejor es el rival y más temible el campo, mejor juegas", "El público suele aplaudir al jugador populista, que regatea inútilmente, que corre a salvar un saque de banda estúpido, que abronca a los compañeros cuando se pierde y que pide la pelota cuando se gana, esto es así", "El fútbol es el juego más sencillo del mundo, basta que tu pie obedezca a tu cabeza".

Pep no es nada profesoral, pero será un gran profesor de futbolistas. Es un producto de entrenadores adecuados en la edad adecuada, es seguidor a ultranza del equipo en el que juega, del equipo en el que soñó jugar, privilegio que le está permitido a muy pocos. Posee varias peculiaridades como futbolista que lo engrandecen: respeta a los mitos, escucha a los que saben más que él, ambiciona el partido perfecto, se reconoce pieza de un circo mediático y social incontrolable, del mismo modo que a ratos se ve como un gran impostor, es buen compañero, le divierte jugar y tiene curiosidad por todo.

Pep es como los personajes de las películas de Howard Hawks, hace las cosas en el campo no esperando que le feliciten, sino porque considera que hacerlo bien es su trabajo. Además, suele afirmar que llegará el día en que nadie sepa quién es. Yo lo dudo.

David Trueba, escritor, guionista y director de cine

domingo, mayo 11, 2008

DEL HOLOCAUSTO A LA FINAL DE MOSCÚ por John Carlin


Fantástico artículo de Carlin en El País. Reconozco que no entendí muy bien a aquel hombre, vencedor de un partido de fútbol, después de la semifinal Chelsea-Liverpool arrodillado sobre Stamford Bridge y con un brazalete de tela amarilla sobre el abrigo, o mejor dicho, entendí algo, que volvía a aparecer el victimismo judío en un momento poco adecuado o fuera de lugar. Pero no, lo único que debo decir es que todo recuerdo que tenga que ver con Auschwitz, o cualquiera de sus similares, siempre es adecuado y tiene lugar.

Y hablando de entrenadores: qué grande es Frank Rijkaard.

Meir Grant perdió su fe en Dios cuando sus padres y cinco hermanas y hermanos murieron de hambre y frío en Rusia, huyendo de los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial. Él y otro hermano que sobrevivió enterraron a los siete con sus propias manos en la helada estepa siberiana. Meir tenía 15 años. Al finalizar la guerra, volvió a Polonia, su país natal, y de ahí emigró a Israel, donde se casó y, en 1953, tuvo un hijo al que llamó Avram en homenaje a su padre. Jamás se podría haber imaginado el abuelo Avram, mientras contemplaba la aniquilación en cámara lenta de su familia, el destino que esperaría a su nieto tocayo, el actual entrenador del Chelsea. Su equipo, que le ha hecho famoso y admirado en todo el mundo, competirá en la final de la Liga de Campeones dentro de diez días y hoy mismo disputa el campeonato inglés, en ambos casos contra el Manchester United. Ambos equipos están igualados en puntos, pero el goal average del Chelsea es muy inferior, con lo cual el Manchester sólo tiene que ganar lo que será el último partido de la temporada, contra el Wigan, para llevarse el trofeo. Pero en la Champions nadie apostaría con convicción contra el Chelsea, que derrotó al Manchester hace un par de semanas en la Liga.


Lo sorprendente del caso es que, cuando Grant sustituyó en septiembre al poco querido pero brillante José Mourinho, todo el mundo futbolero (y esta columna no se excluye) supuso que la era gloriosa del Chelsea había concluido. Grant tenía menos experiencia que Pep Guardiola como entrenador de un equipo de primera fila. Lo extraordinario del caso (y lo que da razones para pensar que el escepticismo sobre el nombramiento de Guardiola quizá no esté justificado) es que, tras sólo ocho meses en el cargo, ha logrado lo mismo esta temporada que Alex Ferguson, entrenador del Manchester, en 22.


Grant, es verdad, heredó el equipo que había creado Mourinho, pero, si se tiene en cuenta que el trabajo de un entrenador a este nivel es fundamentalmente psicológico, que consiste ante todo en mantener la motivación de sus jugadores, lo que ha logrado el israelí desde la nada (o menos de la nada porque al principio los jugadores le menospreciaban abiertamente) no tiene precedentes. Sólo había que ver la hambrienta pasión con la que el Chelsea venció al Liverpool en las semifinales de la Champions para comprender que Grant posee la fórmula mágica que distingue a los grandes entrenadores, la que el escocés Ferguson, el del inagotable deseo ganador, ha patentado.


Lo que convierte la hazaña de Grant en una clásica película de Hollywood es que el escenario de lo que podría ser el día más importante de su vida será, de todos los países posibles, Rusia. El recuerdo del horror que vivieron en ese país sus abuelos y sus tíos le pesa y continúa definiendo su vida. Por eso se arrodilló y apoyó la frente en el césped tras el pitido final del partido con el Liverpool y por eso el día siguiente viajó a Polonia a conmemorar el Día del Holocausto en Auschwitz.


Grant sólo se enteró de la tragedia familiar en la adolescencia. Su padre ya no podía seguir ocultándole la verdad porque, noche tras noche, tenía pesadillas y se despertaba gritando. Meir, que tiene 80 años, dijo en una entrevista a un diario israelí en febrero que el secreto de la vida consiste en no perder el optimismo. Su familia lo define como un hombre alegre. Su hijo, en cambio, no lo es. En público al menos, Grant es lúgubre, como si estuviera consumido por una permanente melancolía. Pero, si gana en Moscú, los gritos de su padre, esta vez de orgullo y júbilo, le convertirán en el hombre más feliz del mundo.

lunes, mayo 05, 2008

SIEMPRE CRUYFF por Ramón Besa

El día que el Real Madrid alcanzaba a lo grande su 31ª Liga se cumplían 20 años de la llegada de Cruyff al banquillo del FC Barcelona.




Alguien le recordará hoy a Johan Cruyff (Ámsterdam, 1947) que se cumplen 20 años de su fichaje como entrenador del Barça. Jamás tiró de agenda ni utilizó la memoria para las efemérides. Ni falta que le hace. El fútbol vive pendiente de Cruyff porque su legado trasciende su revolucionaria carrera como jugador, su fabuloso impacto como entrenador y su preciado ascendente como asesor. Así que normalmente se entera de los aniversarios por boca de la gente del fútbol que le evoca como un Dios. El cruyffismo es una religión que no tiene fronteras, que se expande por todas partes, especialmente manifiesta en el barcelonismo.

Aunque acaba de regresar de Estados Unidos, a Cruyff se le supone siempre en la capilla del Camp Nou, dispuesto a escuchar al director deportivo, Txiki Begiristain, y al presidente, Joan Laporta, preocupados por quién debe ser el futuro entrenador del Barça. La leyenda urbana dice que no se toma una decisión en el club sin consultar con Cruyff, y las personas más próximas a Cruyff responden que le consultan menos de lo que la gente piensa. Incluso advierten de que las reuniones que ha mantenido con los gestores azulgrana para hablar de fútbol se cuentan con los dedos de una mano.


Al parecer, no es cierto que a Cruyff le hayan preguntado si le parecería bien Mourinho. Tampoco ha bendecido a Guardiola. Y puede que Laudrup le haga tilín. Cruyff ha llegado a preguntar a personas de su máxima confianza: "¿De quién se habla como técnico para la próxima temporada?". Ya ocurrió en su día con Rijkaard. El presidente Laporta le demandó. "¿Qué te parece Rijkaard?". Y Cruyff respondió: "Un bien persona" [sic]. Ni más ni menos. Nada sale más barato que encomendarse o remitirse a Cruyff, ya sea de manera maquiavélica o reverencial, siempre protagonista de la historia del Barcelona.


A Cruyff no le importa que le pidan consejo, pero lo que le gusta de verdad es decidir. Hoy condiciona la vida sin abrir la boca. Laporta, Begiristain, Laudrup, Guardiola, se explican desde el cruyffismo. No hace falta preguntar a Cruyff sino que basta con interrogarse sobré qué haría Cruyff y proceder en consecuencia. Ocurre que no siempre se acierta, y puede que hasta a veces no se acuda a su asesoría porque se sabe que su respuesta sería la contraria a la que le interesa al interlocutor. Nadie le inquirió por ejemplo sobre Ronaldinho y, sin embargo, se supone que le habría dado puerta.


Cruyff distingue entre tres clases de entrenadores: los que ganan y pierden un partido sin saber por qué; los que ganan y pierden un partido y saben por qué; y los que ganan y pierden un partido y no sólo saben por qué sino que tienen la solución para continuar ganando o evitar seguir perdiendo. A decir de Cruyff, la vida consiste simplemente en tomar decisiones, circunstancia que explicaría el poco caso que Laporta, Begiristain y Rijkaard le han hecho las dos últimas temporadas. Un directivo sentenció esta semana: "Yo habría fichado a Cruyff como director técnico en verano y el problema del equipo le habría durado cinco minutos".


"¿A que vienes si sabes que Núñez te ficha por conveniencia?", le advirtió un futuro colaborador antes de que Cruyff firmara como técnico del Barça. "Vengo porque me necesitan para hacer lo que más me gusta, que es tomar decisiones". Hoy se cumplen justamente 20 años de la llegada del holandés al banquillo azulgrana. Acosado por el motín del Hesperia, cuando los jugadores pidieron su dimisión, el presidente Núñez pagó las deudas bancarias de Cruyff y le entregó la llave del Camp Nou. El triunfo del cruyffismo fue apoteósico y en el estadio se vivió una catarsis sin precedentes.


Cruyff pemitió la reelección de Núñez frente a la candidatura del nacionalismo catalán, auspiciada por Convergència y suscrita por una generación de cruyffistas, personajes sorprendidos por la decisión del técnico y que en su día fueron capitales para la contratación de Cruyff como jugador en 1974, fundadores algunos del Grup d'Opinió Barcelonista, escuela ideológica del futuro Elefant Blau, con Armand Carabén a la cabeza. Laporta es hijo natural de ese momento, de ese cruyffismo, de esa manera de entender el fútbol.


Los cuarentones son deudores emocionales del Cruyff futbolista, del 0-5 del Bernabéu, de un acto de afirmación barcelonista y catalanista durante la agonía del franquismo, del as volador retratado en aquel escorzo que significó el gol imposible ante Reina. Cruyff convirtió en campeón a un equipo tan excelente como acomplejado e invitó a la gent blaugrana a un desafío futbolístico para combatir el miedo. Tuvo el don de la oportunidad como jugador y como entrenador porque acabó con el victimismo y convirtió a su equipo en una referencia del fútbol.


El dream team jamás morirá porque como anunció Vázquez Montalbán "el público asocia a Cruyff a una edad de oro que a veces no lo fue, pero que consta como tal en el imaginario colectivo. Cruyff dejó una memoria dorada de jugador excepcional y volvió para instalar su estilo poético de juego". Y precisó Santiago Segurola en este diario: "Lo hizo todo con inteligencia, estilo y precisión. A Cruyff se le puede explicar desde la belleza del juego que practicó su equipo, desde tal o cual éxito, desde la fascinación que provocó en todo el fútbol, desde cualquier ángulo, porque volvemos al principio: Cruyff lo impregna todo".


Protagonista de momentos memorables, la obra capital del dream team, el encuentro que funciona como compendio de las virtudes de aquel equipo fue el que le enfrentó al Dinamo de Kiev en septiembre de 1993 y que acabó 4-1. El Barça remató una vez a portería cada tres minutos y alcanzó una actuación perfecta desde el punto de vista coral. Los azulgrana practicaron con Cruyff el fútbol de ataque por excelencia. Bien jugado, bien ganado: cuatro Ligas y una Copa de Europa le coronan.


A partir de los extremos, Cruyff abrió el campo, dispuso once uno contra uno en la cancha y el Barça acabó con las urgencias históricas y con la indefinición del estilo. La agresividad sólo se hacía manifiesta en la manera de atacar la pelota, propuesta que obligaba a jugar con más delanteros que defensas, siempre con descaro. Desde entonces, la institución azulgrana ha tenido un ADN, una pauta inconfundible, no siempre bien interpretada porque el éxito está precisamente en hacer sencillo lo difícil, reto que cuando no se alcanza invita a tachar a Cruyff de loco y no de visionario. Romario, punto y final del dream team, concluyó su paso por el Camp Nou con una declaración inequívoca: "El fútbol se mira con los ojos de Cruyff".


Cruyff nunca recibió una pañolada, ni siquiera después de la final de Atenas, y cuando tuvo la ocasión de vengarse por su despido mandó tocar el himno del Barça en el homenaje al dream team. Nadie pudo combatir su sombra por más pintadas que afloren en su casa. Cruyff está todas partes. Hoy, veinte años después de su fichaje como técnico azulgrana, se le supone cerca del palco, no se sabe muy bien en calidad de qué, pero su legado se extiende por todo el estadio y por la Liga. Laporta, Begiristain, Guardiola, Laudrup. Todos tienen algo que ver con Cruyff. Veinte años con Cruyff de entrenador, toda una vida de cruyffismo.

miércoles, abril 30, 2008

NIKE GANA LA PARTIDA


Como decía Solari en su artículo de hace unas semanas "El éxito del Arsenal, en definitiva, es que todos esperemos sus partidos y el de Wenger es que todos querríamos jugar en su equipo". Después de ver el anuncio que Guy Ritchie ha hecho para Nike creo que va a ser lo más cercano a poder vivir algo parecido. A mí me ha impactado:

domingo, abril 27, 2008

Historias del Calcio. TONI, EL QUE SE PARECE A MARCO

Espectacular. No se puede decir otra cosa de la temporada que está haciendo Luca Toni en su primer año en Múnich. A día de hoy, a sus casi 31 años, nadie duda que es un delantero casi sobresaliente, al menos yo del notable no me atrevería a bajarlo, pero hace poco más de dos años era un auténtico desconocido. Enric González publicó este artículo en septiembre de 2005, Toni acababa de llegar a Florencia después de varias campañas magníficas en equipos de segunda fila o llamados a pequeñas glorias. Aquel texto "osaba" comparar a un desconocido, próximo a la treintena, con el grandísimo Marco Van Basten. Recuerdo las mofas en los comentarios.

No sé si alguien más ve semejanzas entre Van Basten y Toni, pero hoy poca gente se burlaría alegremente de la comparación.



No le ayudaban ni el nombre ni la fortuna. Lo del nombre parece una tontería, pero pesa: Toni evoca un partido de barrio, un campo sin hierba y un banquillo. Y Luca Toni carecía de alternativas: o Luca, o Toni. Acerca de la fortuna, vale el testimonio de Marta, la novia de siempre: "Cuando le conocí era un gafe". Marta le conoció cinco años atrás, en el momento más bajo de la carrera del futbolista, si aquella sucesión de tumbos podía llamarse carrera.

Toni comenzó en 1994 en el Módena y en las temporadas siguientes se mantuvo en Tercera División, descendiendo peldaño a peldaño la escalera hacia la nada. Tras el Módena se fue al Empoli, al Fiorenzuola y al Lodigiani. Tenía 23 años y estaba en el Lodigiani, sin expectativas de mejora. A la edad en que los grandes futbolistas se han consagrado o están a punto, Toni decidió abandonar. Fue Marta quien le convenció de que siguiera en el fútbol un poco más de tiempo. Tampoco tenía nada mejor que hacer.

Siguió un poco de esperanza: pasó al Treviso, en Segunda, y marcó 15 goles. El gafe que fallaba goles hechos y resbalaba al lanzar los penaltis estaba convirtiéndose en un delantero centro apreciable, de esos que dan alegría a los equipos modestos y luego se pierden en el olvido.

El Vicenza le contrató y alcanzó la Serie A, lo máximo a lo que podía aspirar. En 2001 saltó al Brescia, donde jugó dos años y compartió alineación con el gran Roberto Baggio. Eso era más que lo máximo, era la batallita que sus nietos tendrían que escuchar mil veces.

En 2003 regresó a Segunda, al Palermo. Tenía 26 años y su trayectoria iniciaba la curva descendente. Algo ocurrió en ese momento, porque el gafe se esfumó y Toni empezó a hacer cosas prodigiosas: como marcar 30 goles y meter al Palermo en la Serie A. En la temporada siguiente, más de lo mismo: 20 goles y el Palermo a la UEFA.

Cesare Prandelli es un buen entrenador que conoce la mala suerte. En 2004 tuvo que dejar el puesto de entrenador de la Roma en plena pretemporada para atender a su esposa, gravemente enferma. Tras un año en blanco, fue contratado unos meses atrás por los Della Valle, los nuevos propietarios del Fiorentina, y sólo puso una condición: que ficharan a Toni. Los riquísimos Della Valle pagaron 18 millones de euros al Palermo y se llevaron a Toni a Florencia.

Luca Toni es, a los 28 años, un delantero sensacional. Hace unas semanas anotó una tripleta con la selección italiana. Marcó en el primer partido de Liga. Volvió a marcar en el segundo. Ayer el Fiorentina se enfrentaba a un enemigo difícil, el Udinese de Vincenzo Iaquinta. El duelo de arietes tuvo un vencedor claro: Toni marcó otros dos goles y fabricó un tercero. Al final, 4-1. Iaquinta anotó un penalti y un gol que se anuló sin motivos: es bueno, como Gilardino (que ha llegado al Milan en el peor momento porque el equipo de Berlusconi sigue lastrado por la catástrofe de Estambul).

Toni, sin embargo, es algo más. En sus remates hay una elasticidad imposible, una precisión fatídica. Resulta imposible no evocar a un tipo alto como él (1,88) que también marcaba goles y que, como Toni, disfrutó de pocos años gloriosos. Toni llegó tarde. El tipo al que recuerda cada vez que se descoyunta en el área se fue demasiado pronto, a los 28, lleno de cicatrices. Una lástima, porque no habrá otro Marco Van Basten. La consolación es que de la nada haya surgido Toni, el mejor sucedáneo conseguido hasta la fecha.

Enric González es autor de Historias del Calcio

martes, abril 15, 2008

LA MEDIDA DEL ÉXITO por Santiago Solari

Desde hace unas semanas Santiago Solari es articulista. No es por nada, pero se veía venir.



El Arsenal y el Liverpool nos deleitaron con el mejor partido del año. Ambos equipos merecen aplausos, pero sería injusto colocarlos en un mismo escalón de virtudes. Es difícil pensar que el Liverpool habría ofrecido este espectáculo de no existir el Arsenal y no así a la inversa. El Arsenal lleva el espectáculo consigo.

Arsène Wenger, guía del club desde 1996, es el entrenador más laureado de su historia. Antes se había dedicado a otras cosas, entre ellas a la consecución de una licenciatura en ingeniería, así como un master en economía.

El martes pasado, la cámara enfocó su gesto de incredulidad cuando Torres marcó el segundo gol del Liverpool después de una jugada con confeccion de Big Mac, echando por tierra toda la elaboración de gourmet de su equipo. Ese gol y ese gesto sintetizan la batalla. La batalla de quien aspira a mucho más que la victoria, de quien asume un contrato de fe con la creatividad, con la imaginación, de quien apuesta sin especular y pierde de la forma más dolorosa: con la estocada traidora de aquellos argumentos que se niega a utilizar. Pero es sólo una batalla lo que pierde.
Triunfo del Liverpool y fracaso del Arsenal. Este maniqueísmo futbolístico que concede el éxito al que hizo un gol más en el último partido, esta vara dual, simplista, sigue siendo una de las causas principales de inestabilidad en muchísimos clubes. Esta inestabilidad es causa y consecuencia a la vez del peor de los pecados: la falta de identidad.

El Arsenal sabe quién es, sabe lo que quiere y actúa en consecuencia. Tiene un modelo de gestión que abarca todos los aspectos, desde el deportivo al económico, siempre respetando un camino o, más bien, construyendo un camino. Wenger y el Arsenal han asumido una responsabilidad estética que a la larga no es más que un pacto de respeto a la esencia misma del juego, adquiriendo un compromiso casi anacrónico con la belleza, como el de los artesanos que hicieron los mosaicos de la basílica de San Marcos, en Venecia, sacrificando el hoy en pos de la perdurabilidad.

El éxito del Arsenal radica entonces en ser un club con identidad. Su mérito no es sólo adherir a determinada idea, sino mantenerse fiel a ella sabiendo que es un camino mucho más largo, que acarrea una inestimable cantidad de esfuerzo y tiempo, ya sea en conseguir los jugadores mas idóneos para comulgar con esa idea que para transmitir todos los argumentos que le permitan plasmarla de forma competitiva. El éxito del Arsenal es el de llevar tantos años jugando bien al fútbol en esta vorágine de resultados inmediatos, de victorias instantáneas. El éxito del Arsenal, en definitiva, es que todos esperemos sus partidos y el de Wenger es que todos querríamos jugar en su equipo.