lunes, noviembre 27, 2006

Historias del Calcio. TEORÍA DEL ERROR AJENO

El fútbol no se practica igual en todas partes. Ni siquiera en Europa. El tráfico de futbolistas y la globalización de las competiciones no han conseguido homogeneizar del todo el deporte más universal. Si uno mira con atención un partido inglés, ve a unos cuantos tipos jugando: sigue habiendo algo de lúdico en torno a ese balón que se mueve rápido de un lado a otro. Si el partido es español, se percibe un punto de coquetería, quizá porque el público paga más a gusto por el espectáculo que por el marcador. En un partido italiano resulta fácil intuir que la gente sobre el césped no juega, sino que trabaja por ganar.

Fabio Capello, que sabe unas cuantas cosas sobre el calcio, cuenta que con los futbolistas italianos tiene la impresión de que no les apetece salir al campo. Parece como si prefirieran estar en cualquier otra parte. Sufren la pesadumbre del trabajador al inicio de la jornada, porque saben que no asumirán la iniciativa. Saben que no les conviene imaginar o crear, sino otra cosa.

El calcio es un gusto adquirido, como el tabaco o la cerveza negra. No suele gustar la primera vez. A muchos paladares selectos no llega a gustarles nunca. Desde un cierto punto de vista, podría haber algo de repelente en un fútbol cuyo resultado ideal es el 1-0. Olvidémonos de que el Roma ha marcado 10 goles en dos partidos: en Italia está muy interiorizada la teoría de que no hay gol sin fallo defensivo y, por tanto, el teórico partido perfecto debe concluir con empate a cero. Lo suyo, pues, es un marcador corto y sufrido.

Adentrémonos en un jardín altamente resbaladizo, casi colindante con el paraje onírico de las identidades nacionales: ¿por qué el calcio es como es?

Las generalizaciones y los tópicos funcionan poco. Empezando por lo del catenaccio o cerrojo, inventado en 1932 por un austríaco, Karl Rappan, entrenador del Servette suizo. Rappan presentó al mundo su invento en el Mundial de Francia 1938, como técnico de una selección suiza que venció a Alemania. El catenaccio, por entonces aún llamado verrou, en francés, consistía en atrasar hacia la defensa los dos centrocampistas de la disposición clásica 3-2-5, haciendo de uno un marcador y del otro, aún más retrasado, un hombre libre. Se considera que su edad de oro fueron los 60, aunque la interpretación más depurada, ya en el ocaso del invento, la ofreció Alemania en 1974.

El catenaccio tiene hoy nombre italiano por el entrenador Nereo Rocco, que en los 40 y 50 lo utilizó con éxito en varios equipos modestos hasta llegar al Milan. Se atribuye a Helenio Herrera y al gran Inter de los 60 la presunta simbiosis entre calcio y catenaccio, pero eso es inexacto. Herrera, en efecto, no sentía el menor escrúpulo por amontonar gente en defensa y colocar delante de ella a Luis Suárez, para que sirviera balones largos a un par de atacantes. Lo hacía, sin embargo, sólo a veces. Al principio de su reinado, para economizar las fuerzas de un equipo que jugando al ataque podía ganar a casi cualquiera. Al final, para maquillar los defectos de una formación envejecida. Se trataba de un recurso ocasional, basado en criterios puramente utilitarios.

La clave del calcio no tiene que ver con el catenaccio. Aventuremos una teoría, tan descabellada como cualquier otra. Los italianos fueron dominados por potencias extranjeras durante unos 1.300 años, hasta la segunda mitad del XIX. Se acostumbraron a que el Estado fuera extranjero y aún no se creen que sea suyo, lo que podría explicar algunos fenómenos relacionados con la evasión fiscal. También aprendieron a hacer lo mejor que se podía hacer en tal caso: aprovechar en beneficio propio los fallos del sistema dominante.

El italiano tiene un sentido innato para detectar la rendija o el punto frágil en cualquier sistema que se le ponga enfrente. Espera su ocasión y la aprovecha. La esencia del calcio es, probablemente, ese talento.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, noviembre 25, 2006

UN AÑO DESPUÉS. BEST, IN MEMORIAM

Hoy hace un año de la muerte de George Best, entonces desde este blog se le quiso rendir un homenaje. Hoy quiero recordarlo de nuevo.





Hoy ha muerto George Best, un mito del fútbol de todos los tiempos, un icono de este blog.


Fue bonito mientras duró. George Best fue un grandísimo jugador, fugaz pero grande, muy grande. El mejor que se ha visto en las Islas Británicas. En la santísima trinidad que armaba con el escocés Law y el inglés Charlton, Best era, simplemente, the best (el mejor). Law era un goleador innato y Charlton era el aristócrata del medio campo. Pero Best lo tenía todo.

A los 17 años empezó jugando de extremo izquierdo en el Manchester. Hacía, mejor que nadie, todo lo que un extremo debe hacer, pero también marcaba más goles que nadie en su equipo y más que nadie en la liga inglesa. Y los marcaba con la cabeza, con disparos de larga distancia, con vaselinas, después de regatearse la mitad del equipo rival. Y al portero, como cuando marcó el segundo gol en la final de la Copa de Europa de 1968 (Manchester, 4; Benfica, 1).

Fue dos años antes, también contra el Benfica, en Lisboa, cuando Best se consagró como un dios del fútbol. Nunca había perdido en casa el equipo de Eusebio en competición europea. Esta vez perdió 5-1 y Best, con 19 años, marcó dos goles. Los aficionados del Benfica, rendidos ante su talento, le bautizaron el Beatle, por su melena, y cuando acabó el encuentro uno de ellos saltó al campo con un cuchillo, no para matarlo, sino para pedirle un rizo del pelo.

El problema fue que se creyó lo de Beatle. Best fue el prototipo de un fenómeno común hoy en día: el futbolista que se convierte en celebrity. Creaba noticias no sólo con lo que hacía en el campo sino, más y más al pasar el tiempo, con lo que hacía fuera de él. Perseguido por los fotográfos, se pasaba las noches en Tramps, la discoteca de la jet-set londinense, donde solía aparecer Mick Jagger. Y, como a Mick, sus aventuras sexuales lo convirtieron en leyenda. "Dicen que me he acostado con siete Miss Mundos", comentó Best una vez. "Mentira, sólo fueron cuatro. A las otras tres no les hice el favor".

Fue como consecuencia de una escapadita a Marbella en 1972 con la entonces Miss Mundo cuando se creó la ruptura final entre Best y Busby. Tal fue el impacto de la noticia de su retiro que el asunto Best se debatió en el Parlamento británico. Pero no había dios que pudiera haber detenido su descenso a la autodestrucción futbolística.

Muchos años después, en 1980, emprendió un tratamiento contra el alcoholismo, mientras jugaba en California para los San Jose Earthquakes. Cuatro años más tarde lo encarcelaron en Inglaterra por conducir bajo la influencia del alcohol.Pese a todo, Best no ha acabado siendo un personaje patético, como Maradona o Gascoigne. Seguramente porque siempre fue una persona inteligente, capaz de expresarse con agudeza e ironía, y con el don encantador de poder reírse de sí mismo.

Hasta siempre, The Best!


jueves, noviembre 23, 2006

EL GRAN CAÑÓN por Vicente Verdú

Más Puskas, era necesario



Los jugadores elegantes suelen tener una muerte sin demasiada peripecia. Nacen, se perfeccionan, se bruñen, llegan a lo exquisito y mueren como estrellas. Su luminosidad vertical se apaga de abajo arriba y su muerte asciende desde la base a la cima como un fósforo. Sólo los jugadores conformados como grandes bloques, ejemplares con más potencia que estilo, más piedra que zumo, caen levantando polvareda.

Puskas no ha muerto, sin embargo, de una vez. Ni explotando en un choque de carretera ni siendo la bomba fatal de un suicidio. Contrajo el Alzheimer hace años y en su manoteo sobre paredes y muebles fue dejando las huellas anticipadas de su recuerdo. Exactamente, mientras se evaporaba en su propia memoria la memoria deportiva se hilaba. No muere, por tanto, en medio de una consternación.

La consternación tenía lugar este tiempo inmediato al contemplarlo. La colosal potencia de su fútbol lo había vaciado de casi toda munición. Y, en los últimos tiempos, apenas contaba con la escasa provisión para ser lúcido encarrilándose hacia el fin. Desconcertando seguramente a los más próximos de sus parientes como desconcertaba en el estadio a rivales y a compañeros.

Sus disparos fulgurantes le valieron el sobrenombre de cañoncito pum. Ni cañonazo ni siquiera pelotazo. Lo más espectacular pudo ser su potencia pero, a diferencia de un Roberto Carlos, por ejemplo, no tiraba a destrozar cuanto hallara a su paso sino a dejar el obstáculo indemne. El balón se colaba como enfilado en el tubo del cañón hasta hacer sentir que el espacio, aparentemente tupido, se hallaba perforado por una suerte de cilindro al que Puskas acoplaba la dirección del esférico.

Todo ello realizado sin la menor señal de esfuerzo o de exagerada aplicación. Soltaba la pierna y durante varias temporadas nadie consiguió soltarla igual. El tiempo ha mostrado, para demérito del modelo, que otros jugadores imitan a determinados maestros pero Puskas no pudo imitarse.

Goleaba a la manera de un artesano tradicional, un operario con oficio profundo porque aun siendo un milagro la factura de sus goles, cualquiera podía advertir que procedían de un aprendizaje autóctono y tradicional. Ningún maestro fue superior a él pero su maestría poseía la densidad de lo bien aprendido y madurado.

Su muerte alude a un deterioro cerebral pero qué otro destino podía esperarse de un conspicuo profesional que se gastaba en la descarga de cada disparo. De hecho la lenta y continua pérdida de su vigor mental se vio temporalmente correspondida por un injusto olvido oficial. Fue, en fin, tan fácil quererlo que su nombre ha permanecido tan intacto como si ahora mismo pudiera saltar al campo y recibir el gran clamor. Porque Puskas hace tiempo que pasó de ser un nombre de jugador para hacerse la denominación de un mito. Y hasta de un concepto.

Una pieza sin réplica en la historia del fútbol y una figura que, sin sustitución alguna, será el testimonio directo del fin de una época. El final incluso de una era tan eximia en la historia madridista que cualquiera de lo ocurrido posteriormente ha de mirar hacia arriba para recibir una cabal información sobre entrega, competencia y honor.

lunes, noviembre 20, 2006

Historias del Calcio. LIBERACIÓN

La peor violencia no es la que rompe huesos y derrama sangre. La peor es la que quiebra la voluntad de la víctima, que, envilecida, acaba dando las gracias al agresor. El llamado síndrome de Estocolmo, por el que el secuestrado se identifica con el secuestrador, forma parte de ese tipo de violencia, muy abundante tanto en la variedad individual como en la colectiva: se da en las familias, en las empresas, en la política. Y en el deporte. Fue, durante años, el caso del Siena.

El Siena, en Primera desde 2003, vive sin la tiranía de Moggi el mejor año de su historia

El actual Siena nació en 1904 con un nombre interesante, Sociedad de Estudio y Diversión, y una camiseta aún más interesante, a cuadros blancos y negros, como la bandera local. El Siena fue, por tanto, la formación blanquinegra original: el Juventus nació de color rosa. Lo de Estudio y Diversión duró poco y fue sustituido por una denominación aún más curiosa, la de Sociedad Deportiva Robur. Como Robur, en 1908, los sieneses empezaron a participar en competiciones futbolísticas más o menos serias.

Siguió casi un siglo sin grandes gestas. En 2000, tras 55 años en las categorías regionales, el Siena (con ese nombre desde 1934) volvió a la Serie B. Y en 2003, el éxtasis: la Serie A, la máxima categoría.

El Siena, sin embargo, disfrutó poco. En las tres temporadas siguientes se salvó por los pelos del descenso y fue incapaz de formar una plantilla competitiva. Las razones eran obvias: el Siena era un filial, una cantera, un campo de entrenamiento dirigido por fuerzas extrañas. Los más piadosos calificaban al Siena de filial del Juventus, pero no era cierto: era filial de una sola persona, llamada Luciano Moggi. A través de su sociedad de futbolistas, la GEA, Moggi controlaba el Siena y lo utilizaba para sus intereses: tomaba del Siena los jugadores que le interesaban, aparcaba allí a los pupilos que no podía colocar en otra parte...

Un caso particular fue el de Stefano Argilli, un defensa que llegó al Siena en 1996 y se convirtió en el protagonista del ascenso desde la Serie C a la A. En 2005, Argilli, el jugador más amado por la afición, fue traspasado al Módena por razones que nadie supo explicarse. Las explicó el propio Argilli: "Porque en el Siena manda Moggi". Y a Lucianone le convenía, para cuadrar las cuentas de GEA, que Argilli fuera al Módena.

El director general del Siena, Giorgio Perinetti, lo explicaba hace poco a la Gazzetta dello Sport: "Llevábamos grabada sobre la piel la etiqueta de moggidependientes, y no era agradable convivir con las risitas ajenas y con frasecitas referidas a que con nuestros contactos nunca volveríamos a bajar", dijo. Perinetti se declara aún amigo de Moggi y asegura que la dependencia favorecía a los sieneses, poniéndoles en condiciones de "pescar a manos llenas en el parque de futbolistas del Juventus".

¿Pescar? ¿A manos llenas? Lo único que pescó el Siena fueron disgustos, miseria y salvaciones de último minuto. La prueba de que Moggi era un yugo se dio en cuanto se derrumbó, este verano, el sistema de Lucianone. El Siena buscó jugadores por donde pudo y reunió a Frick, a Conco, a Gastaldello, a Bogdani, a Beretta. Inició la temporada con un punto de penalización, por no pagar impuestos, pero tiene ya 16. Sin la penalización, estaría a dos puntos de la Liga de Campeones. Aunque ayer perdió en Udine, el Siena, libre de la tiranía de Moggi, vive el mejor año de su historia.

Emilio Giannelli, un dibujante que publica cada día una viñeta-editorial en la portada del Corriere della Sera, el principal diario del país, es tifoso del Siena y hace un resumen de la situación con un tremendismo muy toscano: "Vivir como súbditos es contrario a la historia de Siena y de los sieneses; fuimos los últimos en ceder ante Carlos V, y eso por culpa de la traición de los florentinos. Finalmente, hemos reconquistado nuestra libertad también en el fútbol y no somos ya prisioneros de Moggi".

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, noviembre 18, 2006

PANCHO GRANDE por Julio César Iglesias

Ayer moría en Budapest Ferenc Puskas, un mito


Pancho ha cambiado el limbo del Alzheimer por el limbo de los justos. Ha gritado algunas de sus frases favoritas, "¡Pégale, Alfredo!", "¡Pásala, Bozsik!", "¡Tómala, Paco!", y ha abandonado la cancha comentado entre dientes algún partido intemporal con Di Stéfano, Josef Bozsik y Paco Gento, tres de sus socios más queridos.

Sin perjuicio de sus Pichichi, sus Ligas y sus Copas de Europa, fue uno de esos personajes de posguerra dotados de la ciencia que sólo se consigue en los arrabales. Dueño de un tacto excepcional, habría hecho carrera en cualquier oficio compatible con el ritmo, la bohemia y la fantasía; podría haberse convertido en un violinista de época, pero prefirió el fútbol.

En realidad su elección no importaba gran cosa, porque ingresaría en el Honved de Budapest y en la Selección Húngara, dos de los equipos que más veces han sido comparados a una orquesta. Con su calzón planchado, su casco de gomina y sus pantorrillas de tirador hizo del juego un ejercicio de estilo, y de los estadios una propiedad intelectual. Por algún capricho del cálculo de probabilidades no ganó el Mundial de Suiza, pero con su asombrosa visión del gol estableció una nueva escala de valores, alegró la vida de una Europa renqueante que se movía entre sus propios escombros y dejó para el recuerdo algunas memorables secuencias en blanco y negro. Todavía se recuerda aquella maniobra suya junto al pico derecho del área chica de Wembley. Aunque jugaba contra Inglaterra en el corazón del Imperio Británico, su pulso seguía marcando, como siempre, las doce en punto. Pisó la pelota con delicadeza, esperó la llegada de Billy Wright, el capitán de los pross, y en el último instante la ocultó como un trilero. Mientras su oponente pasaba de largo, miró el palo más próximo, plegó la zurda, retrasó la cadera y, como los billaristas de lujo, ejecutó un massé. Los supporters oyeron un taponazo de botella, Wright siguió su recorrido, y aquella bola subió misteriosamente por la diagonal y entró por el canto. Fue uno de sus tres goles de la noche y uno de los tres goles del siglo.

Luego, en 1956, alcanzó el grado de coronel como premio a su trayectoria, se fue de gira con el Honved, valoró la represión soviética en la Revolución de Octubre y finalmente se exilió en Madrid. Fue entonces cuando empezó su segunda época. Conectó inmediatamente con Alfredo Di Stéfano, encontró en Paco Gento el expreso que buscaba, practicó una nueva forma de artillería que le valió el sobrenombre de Cañoncito Pum, alternó la cerveza con el caldo de gallina, fundó una fábrica de salchichas, echó barriga y levantó dos monumentos; uno al fútbol y otro al colesterol.

Desde entonces sus compañeros empezaron a llamarlo Pancho.

Hace algún tiempo supimos que había empezado a ensimismarse.

Y ahora, como los más grandes, sólo se ha ido un poco. Aunque su historia termina, su leyenda continúa.

lunes, noviembre 13, 2006

Historias del Calcio. FRANCÉ


El fútbol, como la vida, está lleno de tiempo-basura. Como la vida, el fútbol se descompone al final en un puñado de momentos brillantes. El resto es un vago malestar: fenómenos metabólicos, estadísticas, humo. Y, sin embargo, ni el fútbol ni la vida son mal negocio. Hay momentos que duran para siempre.

El sábado, poco después de las diez de la noche, uno de esos momentos iluminó el calcio.

El Milan y el Roma empataban a uno en un encuentro importante para ambos. El Milan, un viejo acorazado con la cubierta llena de cañones y un montón de vías de agua en la sentina, necesitaba demostrar que aún podía ganar una gran batalla. Ya había perdido en casa con el Inter y el Palermo, los dos jefes de la clasificación, y no podía permitirse otra derrota. El Roma, que no quería alejarse de los líderes, sentía menos urgencia porque pensaba en la historia: llevaba 20 años sin triunfar en casa del Diablo y le faltaba una victoria, que podía ser esa, para alcanzar las mil en la Serie A. El Milan se jugaba la vida. El Roma se jugaba la gloria.

El Milan había salido con rabia tras el descanso y los romanistas se refugiaban atrás, contra las cuerdas, confiando en sacar un golpe que noqueara al rival. Pero todos los golpes los daba el Milan. Hacia el minuto 15 del segundo tiempo, cualquier apostador sabía dónde poner su dinero. El míster del Roma, Spalletti, comprobó que era suicida exponerse a la potencia de fuego del acorazado milanista y retiró a Perrotta, la pieza central del tridente, para introducir a un chaval de 20 años llamado Aquilani. Delante, como falso ariete, siguió Francesco Totti, Francé (léase Franché), 30 años, cerebro rápido y trote lento, un genio con el peroné lleno de clavos y arandelas.

Francé ya había marcado el gol de su equipo. Con Aquilani, que salió dispuesto a hacer el partido de su vida, La Mágica se echó encima del Milan.

Faltaban siete minutos para el final cuando ocurrió lo que ocurrió. Seedorf perdió la pelota no muy lejos de su área. El balón se aproximó a Aquilani, quien, rodeado de dos contrarios, probó una cosa absurda: un centro de rabona dirigido a su espalda, hacia el extremo izquierdo, donde debía estar Mancini. La rabona salió perfecta, Mancini apareció por la banda y tocó hacia el área. A Totti, ariete inverosímil, le bastó poner la cabeza. Apenas cinco segundos para fabricar un gol maravilloso. Y una victoria histórica.

Un momento mágico es una puerta abierta al sueño. En cuanto terminó el partido, Totti y los suyos empezaron a pensar en el scudetto. ¿Por qué no? El portero, Domi, está en forma. Los dos centrales, Mexes y Chivu, son hoy los mejores del campeonato. La pareja de medios centro, De Rossi y Pizarro, no desmerece frente a cualquier cosa que puedan alinear el Inter, el Milan o el sorprendente Palermo. Los extremos brasileños, Taddei y Mancini, no pertenecen a la categoría del centrocampista reciclado: son de verdad. Y luego está Totti.

Lo normal es que este scudetto acabe cosido en la camiseta del Inter porque, con el ogro Juventus encerrado, por poco tiempo, en la Serie B y con el Milan achacoso, La Bienamada más potente del último decenio carece de excusas.

Pero la magia, ese material invisible que se pega a la memoria, está del lado de la banda de veinteañeros que dirige Totti. Como los adolescentes enamorados, hacen cosas imposibles.

Lo cual, en romano, se dice en dos palabras: Ahó, Francé. El resto se expresa con los ojos y las manos.

Enric González es autor de Historias del Calcio

jueves, noviembre 09, 2006

LA DESESPERACIÓN DE LOS INGLESES por John Carlin

No sólo la selección española da pena, así que mal de muchos...


Si a alguien se le ha pasado por la cabeza la idea de que la selección española está pasando por un mal rato, que hable con los ingleses. Los pobres, que viven los colores patrios con tanta locura, sí saben lo que es sufrir.

Inglaterra y España, como ya es conocido, están unidos hace tiempo por la singular calamidad de que poseen dos de las tres ligas de fútbol más poderosas del mundo pero, a la hora de la verdad, sus respectivas selecciones siempre decepcionan.

Pero hoy, esta misma semana, se ha abierto una nueva brecha. España, victoriosa contra Argentina, vuelve a soñar, mientras que para Inglaterra, tras la vergonzosa derrota contra Croacia en la Eurocopa, es el fin del mundo. La mañana después del partido el diario the Sun demostró por qué es el diario de mayor venta en el mundo occidental al dar con un titular que reflejó el abatimiento con el que despertaron los ingleses tras aquella pesadilla. "¡Ni idea", clamó the Sun, "ni esperanza!".

Ver jugar a España contra Argentina una hora después del Inglaterra-Croacia fue disfrutar con los Harlem Globetrotters, con el Brasil de Pelé, la Holanda de Cruyff. No es ninguna exageración. No hay palabras para describir lo deplorable que fue la actuación de Inglaterra en Zagreb. El cronista del Sun se acercó un poco al comentar: "Somos el país que dio el fútbol al mundo. Hoy no sabemos ni jugarlo".

Pero lo peor no es eso. Lo peor no es que la selección inglesa fuera incapaz de hilvanar más de dos pases seguidos contra Croacia; que hicieran su pimer disparo a puerta en el minuto 90; que el mejor jugador inglés fuera el portero (y esto a pesar de que su pifia en el segundo gol pasará a la historia); que el resultado final de 2 a 0 no reflejara ni de cerca el abrumador dominio de Croacia, un país cuya poblacíon (4,8 millones) es la decima parte de la inglesa. Lo peor tampoco es que en la anterior eliminatoria de la Eurocopa, cero a cero en Manchester contra Macedonia (población dos millones), el equipo rival jugara con más fluidez y creara más ocasiones de gol.

Lo peor es que la federación de fútbol inglés ya hizo lo que le exigía todo el mundo después del fracaso del Mundial. Despidió al entrenador y puso a uno nuevo. Que a su vez despidió al capitán.

Por eso no hay ahora "ni idea, ni esperanza". Los españoles todavía pueden seguir alimentando la idea de que, con un buen sustituto para Luis Aragonés, la selección haga algo notable un día de estos. Puede incluso ser que la debacle inglesa unida al triunfo contra Argentina obligue a una reflexión más pausada antes de nombrar un nuevo seleccionador.

Inglaterra, mientras, está de luto. El único consuelo es que volvió a empezar la liga. Lo que dará tiempo para olvidar. Hasta que vuelva la pesadilla. Hasta que, de aquí a cinco meses, vuelva el horror de la Eurocopa y la selección tenga que medirse contra Israel, en Israel. Visto desde aquí, desde lo acontecido esta semana, no hay dios -ni uno solo de los que habitan esas tierras- que les ayude.

martes, noviembre 07, 2006

Historias del Calcio. EL ÁNGEL EN EL INFIERNO


Hay equipos que, por razones variopintas, se visten con una bandera remota: el Boca va de sueco, el Barcelona va de suizo y el Lazio va de griego. Otros llevan los colores de su ciudad, como el Roma. O los de un club más antiguo, como el Juventus, que recibió camisetas del Notts County. Casi todos los colores del fútbol nacieron de la casualidad. Pero no los del Milan. El Milan eligió las rayas negras y rojas porque buscaba una combinación cromática infernal, capaz de infundir temor en los rivales. Es decir, el Milan tenía un plan. Desde el principio.

Al Milan se le llama, como es normal, El Diablo. Eso es lo que buscaba. Hablamos de una sociedad con un punto narcisista, reflejado incluso en el atuendo de los técnicos: Ancelotti y su ayudante, Tassotti, se sientan en el banquillo con traje oscuro y camisa y corbata burdeos. Se trata, se supone, de una elegancia diabólica que entona, se supone, con los ojos fríos de Maldini, los labios apretados de Pirlo y los rugidos de Gattuso.

Pero el Diablo renquea con una defensa anciana, un centro del campo al que le pesa todavía el Mundial y una delantera huérfana de Shevchenko. Ayer perdió de mala manera con el Atalanta, que no sólo es vecino (Bérgamo está a dos pasos), sino que luce los colores del Inter. Ancelotti se defendió culpando al árbitro, la excusa mefistofélica por excelencia. La verdad, sin embargo, aparece cruda y el primero en verla es el propio Berlusconi, que, sin perder de vista a Ronaldinho, ha enviado una expedición a Brasil para buscar un futbolista barato, desconocido y maravilloso.

¿Por qué no? El truco de la expedición ya funcionó una vez. Un tipo del Milan se fue a São Paulo y se trajo a un tal Ricardo, llamado Cacá como muchos Ricardos brasileños, pero con el rasgo de coquetería de firmar Kaká. El chaval costó seis millones de dólares. Nadie sabe cuánto costaría ahora. Tiene el primer paso de Platini, ese paso falsamente exagerado que deja atrás al contrario; tiene la velocidad de un extremo, la parsimonia de un mediocentro, el pie de un ángel y el disparo de un demonio.

Kaká es el tesoro del Diablo y su única esperanza en una temporada que comenzó mal, con una sanción de ocho puntos negativos, y prosigue mal. Sólo Kaká mantiene vivos los sueños milanistas. El scudetto queda muy lejos, pero en Europa, a veces, basta el talento de un genio para saltar una eliminatoria, y otra, y otra.

Kaká forma parte de una estirpe bastante rara, la del genio sin tormentos interiores. Muchos grandes del balón, como Garrincha, Best o Maradona, sufrieron por sus demonios personales. Quienes no pagaron ese peaje tenían, al menos, algún defectillo que ayudaba a los demás a soportar su talento: Cruyff era vago, fumador y mandón, Di Stefano era seco de carácter, Beckenbauer era arrogante. Entre los de hoy, Ronaldo es glotón y Ronaldinho no es Adonis. Pelé carecía de defectos y encima tocaba la guitarra, pero era inculto.

Kaká es guapo, alto, veloz, resistente a las lesiones. Es simpático y disciplinado. No fuma, no bebe, no trasnocha y reza con frecuencia. Por si todo eso fuera poco, lee ensayos. Y juega como los ángeles.

Tanta perfección tiene algo de diabólico.

Enric González es autor de Historias del Calcio

miércoles, noviembre 01, 2006

CUANDO FUERON REYES DE LONDRES por Santiago Segurola

Al hilo del partido de Liga de Campeones entre Barça y Chelsea, recupero un estupendo artículo de Segurola en El País que ya se colgó en este blog hace algo más de un año y que recordaba al Chelsea de los años sesenta, pura cultura pop. Cuando se publicó este texto el equipo londinense aún no había conseguido su segunda Premier consecutiva (y tercera de su historia). Segurola, cómo siempre, admirable.







Dos título de Liga en 100 años de historia no parece gran cosa para un club que ahora está de moda en Europa. El Chelsea lo conquistó con ocasión de su cincuentenario, en 1955, y en su centenario, 2005, tras haber vivido sus mejores momentos en los años sesenta. Casi por ubicación física, al Chelsea le correspondió un papel importante en el agitado Londres de aquellos días. Aunque su estadio no tenía ningún glamour -Stamford Bridge servía para el fútbol y para las carreras de galgos en su vieja pista de ceniza-, se alzaba en Fulham Road, en medio de uno de los barrios preferidos de la movida pop, al lado de King's Road, hervidero de nuevas tendencias. Allí tenía su cuartel Mary Quant, la creadora de la minifalda, y por allí pululaban o vivían buena parte de los músicos que hacían época: los Beatles y los Stones se dejaban caer por allí; Marianne Faithful y el fotógrafo David Bailey, también; las estrellas del cine británicas y norteamericanas frecuentaban el barrio. Y en el barrio estaba un equipo de fútbol que pretendía estar a la altura de los tiempos.

Aquel Chelsea se adelantó 25 años a lo que Ruud Gullit definió como fútbol sexy. Gullit intentó practicarlo con el equipo londinense en los años noventa. Con cierto éxito y con dinero para fichar a jugadores como Zola o Verón, precursores de la invasión de estrellas extranjeras. Pero en los años sesenta no había ningún extranjero. Era un equipo de ataque con varios de los jugadores más coloristas del fútbol británico. Uno de ellos era Alan Hudson, un centrocampista que llevaba el ingenio hasta la frontera de lo extravagante. Habitual de clubes, amigo de estrellas del pop, proclive a los excesos, su talante no cuadraba con el estilo marcial que Alf Ramsey pretendía en la selección inglesa, así que no dejó huella en el equipo nacional. Junto a Hudson brillaba el escocés Charlie Cooke, extremo en ocasiones, centrocampista en otras, genial siempre. Y en la delantera todos los focos apuntaban a Peter Osgood, un héroe para la hinchada. Era alto y fornido, de pelo ensortijado y moreno, con un aire a Tom Jones que hacía valer entre las habituales de los bares y clubes de King's Road. Sin tener la clase pura de Hudson y Cooke, ninguno representaba mejor los valores del Chelsea que Osgood. Dentro del campo y fuera. Su fama mereció el interés de Raquel Welch, que se dio un garbeo por el barrio en una visita a Londres en 1972, un año después de que el Chelsea derrotara al Madrid en la final de la Recopa. El Cuerpo quería conocer a Osgood y no se privó de visitar el vestuario en los momentos previos a un partido. Algunos jugadores de aquella generación todavía lo consideran el mejor momento de sus carreras.

El Chelsea no ganó ninguna Liga en esa época, pero se ganó fama de equipo juerguista y divertido frente al circunspecto Arsenal, tradicionalmente defensivo y alejado de las cosas mundanas. Mientras frecuentaban a los ídolos del pop, sacaban tiempo para jugar bien y satisfacer a una hinchada que pronto vio el desplome del equipo. Casi fue un derrumbe cultural. Con la caída de King's Road como centro neurálgico de la movida londinense se asistió a los peores años del Chelsea. Descendió a la Segunda División y tardó casi 15 años en establecerse con alguna firmeza en la Primera. Lo hizo cuando el fútbol se convirtió en un negocio y perdió buena parte de su imagen de pasatiempo para la clase obrera. En los años noventa se puso de moda el fútbol y la moda también alcanzó a los políticos, muchos de los cuales salieron del armario y confesaron sus preferencias. Algunas resultaban poco creíbles. El primer ministro, John Major, a quien no se le conocía especial pasión por el fútbol, se declaró hincha del Chelsea, como algunos otros políticos conservadores. Eran los años de Gullit, y luego de Zola y Verón. Buenos años futbolísticos que estuvieron a punto de enviar a la bancarrota al Chelsea, presidido entonces por Ken Bates. El destino del club parecía desesperado, pero algo le favorecía: Londres siempre es un mercado apetecible, y más para los nuevos barones de las grandes empresas rusas del petróleo, gas y derivados, gente como Roman Abramovich, que se encontró con el juguete perfecto, en la ciudad perfecta, en el barrio perfecto. En Chelsea.

Nota al partido de ayer: Impresentable Mourinho, una vez más

lunes, octubre 30, 2006

Historias del Calcio. ELOGIO DE LA LOCURA


Los manuales de Derecho Procesal deberían incorporar con urgencia los mecanismos de la justicia deportiva italiana. A estas alturas del siglo XXI parece desabrido, incluso un poco grosero, emitir una sentencia y darla por válida, dejando al pobre reo, que al fin y al cabo es quien más sabe del caso, con la palabra en la boca y el corazón encogido. ¿Es eso civilización? No, eso es autoritarismo retrógrado.

Lo moderno es lo que ha ocurrido esta semana en el calcio: jueces y reos (Juventus, Milan, Lazio, Florentina y, en sumario aparte, Reggina) se han sentado a discutir las sentencias ya pronunciadas y han llegado a un acuerdo para rebajarlas. Es hermoso, ¿no? Los tribunales deberían funcionar así en todas partes. "¿Cómo? ¿Cadena perpetua por 20 atracos con violencia y tres homicidios? Seamos hombres de mundo, señor juez, no nos dejemos llevar por un arrebato". El juez acaba comprendiendo y dejando la cosa en seis meses de arresto domiciliario, porque el reo es en el fondo simpático y, además, bastante disgusto se ha llevado con todo el lío del proceso. Que le sirva de lección y que no vuelva a portarse mal.

El sistema se llama "arbitraje" y ha permitido al Juventus recuperar de golpe ocho de los 17 puntos de penalización con que, de forma adicional al descenso, la sociedad había sido penalizada. El Lazio también ha sabido negociar con los "árbitros" judiciales: de menos 11 a menos tres. Al Fiorentina le ha salido peor: de menos 19 a menos 15. Y el Milan no ha ganado nada y se queda en menos 8.

Pese a toda su elegancia social, el "arbitraje" puede confundir un poco al aficionado. Especialmente si no maneja con soltura los conceptos de "responsabilidad objetiva" y "responsabilidad subjetiva", que hoy, en el calcio, han sustituido al fuera de juego posicional como cumbre teórica de la discusión de bar. Para quienes se pierden con esas sutilezas, la única esperanza es el fútbol. Que a veces es capaz de redimir cualquier miseria.

Al Milan y al Inter habrá que agradecerles durante mucho tiempo lo que hicieron el sábado en San Siro. Al Inter un poco menos, porque hizo lo que se esperaba de él: pegar y encajar, como un púgil demasiado joven y demasiado fuerte, ansioso por ganar y alzar el título. Lo del Milan tuvo especial mérito, porque con un 1-4 en contra y con la alineación cargada de años (Seedorf, Maldini, Cafú, todos cercanos a los 35) arremetió contra el Inter y estuvo a punto de comérselo. Un derby que concluye 3-4 permite olvidar un montón de asquerosidades, tanto objetivas como subjetivas.

Los goles y el juego no lo fueron todo. Lo más importante, esta vez, fue la locura. Tras marcar su gol, Stankovic se lanzó sobre el entrenador, Mancini, y le zarandeó como a un muñeco gritando "¿Lo ves?, ¿lo ves?". El primoroso flequillo de Mancini quedó seriamente dañado. Más tarde, durante los últimos minutos, con el Milan enloquecido al ataque, Vieira se lastimó el tobillo, pero Maldini prefirió sustituir a Ibrahimovic. Vieira siguió sobre el césped, cojo y furioso, hasta el silbido final. Entonces se lanzó sobre Mihailovic, el "segundo" de Mancini, le dijo de todo y le pegó unos cuantos empujones, por no pegárselos directamente a Mancini.

Lo máximo en materia de locura pasional no correspondió, sin embargo, a Stankovic o a Vieira, sino, como de costumbre, a Materazzi. El futbolista más detestado del mundo marcó un gol de cabeza, el 1-4, y se levantó la camiseta para mostrar la inscripción que llevaba debajo: "Felicidades, Davide". Su hijo Davide, forofo del Milan (es lo que pasa con padres así), cumplía años. A Materazzi le expulsaron por ese gesto y su ausencia dio alas al Milan.

Los franceses dirán lo que quieran. Entre la responsabilidad objetiva, la responsabilidad subjetiva y Materazzi, uno se queda con Materazzi y con la locura, toda la vida.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, octubre 29, 2006

EL APAGÓN DE RONALDINHO por Julio César Iglesias


Nadie sabe muy bien cuándo empezó la depresión de Ronaldinho. Algunos piensan que fue un minuto después de ganar su primera Liga de Campeones. Con ese título redondeaba un año y un historial; por fin dejaba de ser el consabido malabarista brasileño y se acreditaba como jugador de batalla. A despecho de sus críticos más duros, había demostrado de una vez por todas que era capaz de conciliar la utilidad con la fantasía. Su estilo consistía en una habilidad excepcional para convertir una travesura en la solución a cualquier problema.

O quizá hizo crisis en el Mundial de Alemania, cuando comprobó que la gloria era un valor con fecha de caducidad. Levantabas la copa y un mes más tarde el éxito estaba amortizado: no valían gran cosa ni tu gol del año, ni tus pases ciegos, ni tus libres a la escuadra ni tus otras filigranas de Barcelona. Definitivamente, la memoria de los espectadores era tan endeble como la lógica del juego. Por un comprensible impulso de desconfianza, el último balón de oro fue desmantelándose poco a poco ante las cámaras; perdió toque, perdió regate, perdió puntería y se encontró de repente en una nueva situación. Oficialmente, seguía siendo el mejor futbolista del mundo, pero ahora parecía un indio de madera.

Su formación personal no le ayudaría gran cosa. Como otros ídolos de barrio, él se había distinguido de sus colegas por una sola habilidad natural: el dominio de la pelota. Antes de cumplir su etapa de meritorio, quedó atrapado en la maraña del fútbol profesional; en un laberinto de fichajes, viajes y corretajes. La aventura le transformaría en un multimillonario; como Ronaldo, su verdadera inspiración, sería la envidia de los garotos de todo el mundo, pero carecería del resabio que permite conservar la riqueza a un nuevo rico. En esas condiciones, su plan de vida estaba cantado: delegaría en su hermano, se colgaría del cuello una cadena de mastín, haría alguna escapada a la discoteca de moda y más que un potentado sería una caja de caudales. Hacia finales de junio oyó en su interior un crujido sospechoso: tenía el bolsillo lleno y la cabeza vacía.

Alguien debió explicarle entonces que pertenecía a la exclusiva casta de deportistas que se mueven en el límite de lo posible. Usa un catálogo de sutilezas prendidas con alfileres, trucos infinitesimales en los que la suerte de la jugada es siempre una cuestión de centímetros cuadrados. En su mundo, cualquier mínima caída de tensión basta para descomponer el plan.

Ahora está ante un pequeño dilema, y ha de solventarlo él. Si siente que ha perdido su tacto de prestidigitador, sólo debe esperar a que el balón se lo devuelva; si siente que ha perdido el gusto por el juego, necesita una nueva excusa profesional.

Tiene que marcarse urgentemente una nueva meta.

martes, octubre 24, 2006

Historias del Calcio. EL EMPERADOR TRISTE


Óscar Alberto Dertycia no siempre fue calvo. Lució una hermosa melena hasta 1990. Aquel año, en un invierno, perdió todo el cabello. Dertycia, joven delantero del Argentinos Juniors, había sido fichado por el Fiorentina para componer con Baggio una fenomenal pareja de ataque. Pero no hubo manera: por más balones que recibía, Dertycia no marcaba. Lo fallaba todo. Se lesionó gravemente, se deprimió y empezaron a caérsele mechones de pelo. Todos los médicos coincidieron en el diagnóstico: alopecia nerviosa. Dertycia se marchó de Florencia y de Italia a final de temporada, calvo y triste.

Adriano, por el momento, es calvo porque se afeita el cráneo. Su cuero cabelludo resiste. Lo demás goza de poca salud: las piernas, los pies, la cabeza. Adriano no marca un gol para el Inter desde el 29 de marzo (fue un gol que no sirvió de nada porque el Villarreal superó la eliminatoria) y, lo que es más grave, no parece en condiciones de marcar. Hace sólo un año se le llamaba El Emperador y se le comparaba con los más grandes delanteros de la historia. Ahora es un alma en pena, un tarugo, un jugador que no juega.

En el Inter atribuyen el desplome de Adriano a la fatiga psicofísica acumulada en las últimas dos temporadas. Lo cual resulta plausible, aunque pueda extrañar en un joven de 24 años: Dertycia también tenía 24 años cuando sufrió su año negro en Florencia. En Adriano, sin embargo, la impotencia goleadora reverdece ciertas sospechas que asomaron ya en los buenos tiempos. Algunos viejos catadores de fútbol, como el napolitano Giorgio Galeone, hoy técnico del Udinese, le negaron desde el principio la condición de fenómeno: fuerte, sí; espectacular, también; pero Adriano, decían los Galeone, carecía de esa inteligencia especial e indefinible que permite a los realmente grandes adivinar los movimientos de los demás jugadores sobre el campo.

Esa limitación constituía, hasta cierto punto, el atractivo de Adriano. Tenía que correr más que el contrario porque no utilizaba la astucia; tenía que disparar más fuerte que nadie porque le costaba colocar el balón; sus exhibiciones físicas eran tan portentosas que deslumbraban. Cuando las fuerzas empezaron a fallarle y se sucedieron las pequeñas lesiones, Adriano se convirtió en un futbolista vulgar, de los que se marcan solos porque embisten contra el bulto.

Acabó la temporada jugando mal, jugó poco y mal en el Mundial de Alemania y regresó mal tras las vacaciones. Roberto Mancini, el técnico interista, le ofreció la posibilidad de reincorporarse más tarde para que disfrutara de un descanso adicional. Pero Adriano no quiso: estaba ansioso por recuperarse a sí mismo y demostrar lo antes posible que el bache estaba superado.

Se entrenó con voluntad y sin provecho perceptible. En los partidillos con los compañeros le salía a veces lo que antes le salía siempre. En los partidos de verdad, en cambio, continuaba negado. Se convirtió en un habitual del banquillo y no cejó: siguió entrenándose fuerte. Hasta el lunes pasado. Dejó caer los brazos y anunció que se sentía incapaz de hacer nada.

El Inter le ha concedido unas vacaciones sin fecha de retorno. Adriano volará hoy o mañana hacia Río de Janeiro para estar en Brasil diez días, quizá más. Mancini ha renunciado a contar con Adriano para el derby con el Milan de esta semana porque en las actuales condiciones no hace ninguna falta. Algún día, se supone, volverá el Adriano de antes. O eso o el Adriano de hoy se irá para siempre.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, octubre 22, 2006

EL HOMBRE MÁS ODIADO DE INGLATERRA por John Carlin

"Por tres puntos, le pegaría un tiro a mi abuela". Brian Clough, legendario entrenador del Nottingham Forest.



Hubo más decepción en Inglaterra que en España tras la derrota del Barça contra el Chelsea esta semana. Diría incluso que la victoria del equipo londinense se celebró con más ganas en España.

¿Cómo puede llegar uno a afirmar semejante barbaridad? Es una sencilla cuestión de matemáticas. Presten atención.

En España, el 30% de la población es del Barça. En Inglaterra puede que (seamos generosos) un 2% sea del Chelsea. Eso, por un lado. Por otro, del 98% que no van con el Chelsea, la totalidad celebra todas sus derrotas. Si eres inglés y no estás con el Chelsea, estás contra él.

O sea que (y aquí acaba la clase de matemáticas), tomando en consideración que Inglaterra tiene 50 millones de habitantes y España 40 millones, podemos afirmar que 49 millones de ingleses lloraron la derrota del Barça el miércoles mientras que en España sólo lo hicieron 12 millones (bueno, habría que excluir a los bebés y a los raros a los que no les gusta el fútbol, pero creo que el punto está claro, ¿no?).

El odio (no, la palabra no es demasiado fuerte) que despierta el Chelsea entre los aficionados ingleses se debe a tres factores. Primero, al hecho de que desde hace un par de años no hay nadie que los toque en la Liga inglesa. Segundo, al dueño del club, el multitrillonario ruso Roman Abramovich, cuya frivolidad en gastarse obscenas cantidades en fichajes y sueldos ofende. Tercero, y ante todo, al entrenador, José Mourinho.

Que un señor tan antipático, tan contrario a los valores ingleses más fundamentales, tenga tanto éxito y gane tanto dinero resulta insufrible. ¿Cuáles son estos valores? Pues, básicamente, el fair play. Suena a tópico, pero muchas veces los tópicos reflejan la verdad. No es que el inglés siempre sea fiel a sus principios, sino que atribuye una enorme importancia al concepto de ser justo, equitativo y decente con el otro.

El segundo importante valor en Inglaterra es la modestia. Se detesta al fanfarrón.

Durante los dos años y pico que lleva en Inglaterra, Mourinho ha actuado de manera flagrante, casi despreciativa, contra estos valores. La imagen pública del portugués es la de un hombre engreído, enamorado de sí mismo, cuyas declaraciones responden únicamente a sus propios intereses, sin el más mínimo afán de tender la mano a los demás.

El caso más reciente ocurrió la semana pasada tras un choque entre un delantero del humilde Reading (pronunciado reding) y su portero, Cech, que acabó con este último en el hospital con una fractura en el cráneo. Las intempestivas declaraciones de Mourinho tras el partido fueron interpretadas por el público inglés como una acusación de intento de asesinato por parte del delantero del Reading. Lo cual, teniendo en cuenta que fue claramente un accidente, causó una indignación nacional enorme.

Lo que pone más sal en la herida del pueblo que inventó el fútbol es que Mourinho es innegablemente un entrenador brillante, capaz de motivar a jugadores que ganan fortunas gigantes a pelear como hicieron contra el Barça el miércoles: no sólo como si sus vidas dependieran del resultado, sino también las de sus madres, esposas e hijos.

Por todo esto, y más, cada vez que ha jugado el Barça contra el Chelsea de Mourinho recibo correos electrónicos y llamadas de amigos del Arsenal, del Liverpool, del Manchester (incluso de algunos a los que no les gusta en especial el fútbol) expresando el ferviente deseo no sólo de que el Bar-ça gane al Chelsea, sino de que lo humille. Así que para la vuelta, el 1 de noviembre en el Camp Nou, que Ronaldinho y compañía lo sepan: representan mucho más que un club, mucho más que a Cataluña o a España. Deben vencer no sólo por Sant Jordi, sino también por su tocayo Saint George, el santo patrón de Inglaterra.



PD: A León, muchas gracias

jueves, octubre 19, 2006

EL FÚTBOL por Eduardo Galeano


La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.

En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.

El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.

Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

Eduardo Galeano, escritor uruguayo

lunes, octubre 16, 2006

Historias del Calcio. LA MALDICIÓN DEL 'GRUPO SALVAJE'

Enric González vuelve a escribir un sensacional artículo sobre aquel mítico Lazio de los años 70, un grupo "inolvidable".



Giorgio Long John Chinaglia fue el corazón de aquel equipo de "locos, salvajes y sentimentales, simpatizantes fascistas, pistoleros y paracaidistas, jugadores de azar y bailarines de club nocturno; era un equipo dividido en clanes, con dos vestuarios; quien entraba en la habitación errónea corría el riesgo de encontrarse con la amenaza de una botella rota bajo el cuello". La frase es de Guy Chiappaventi, periodista, tifoso laziale y autor de Pistolas y balones, un libro sobre aquel grupo salvaje que dio al Lazio, en 1974, un inolvidable título de Liga.

Chinaglia, un ariete de fuerza descomunal, era jefe de un clan. El jefe de la otra facción era el lateral izquierdo, Gigi Martini, hoy diputado posfascista. "En aquel equipo", recuerda Felice Pulici, el portero, "llevábamos pistola más o menos todos". En las concentraciones disparaban contra las farolas, las lámparas del hotel o los tifosi del Roma. El interior Luciano Re Cecconi murió durante un atraco fingido: un joyero vio el arma, no cayó en la broma y disparó. Long John Chinaglia usaba una Mágnum del calibre 44, capaz de atravesar paredes.

Aquel grupo indeseable, pero triunfal, estableció la ecuación que identifica al Lazio con el fascismo. Decenas de miles de seguidores laziales de todas las coloraciones políticas querrían romper la ecuación a martillazos, pero es inútil porque existe en ella una verdad matemática: la ultraderecha domina la grada. Di Canio, el delantero con la efigie de Mussolini tatuada sobre la piel, abandonó el equipo tras la pasada temporada. Ya nadie en el césped saluda brazo en alto. La sombra fascista, sin embargo, emerge de nuevo.

Esta semana han sido detenidos Fabrizio Piscitelli, alias Diabolik, Fabrizio Toffolo, Yuri Alviti y Paolo Arcivieri, fundadores y jefes de Los Irreductibles, definidos por el fiscal como "el grupo más fascista, racista, homófobo y antisemita" de entre todos los grupos fascistas que, del lado del Lazio y del lado del Roma, pueblan la grada del estadio Olímpico. Los cuatro son acusados de ejercer como mamporreros del mítico Long John Chinaglia, residente en Estados Unidos, sobre el que pesa una orden de arresto.

Según el fiscal, Chinaglia quería adueñarse de la sociedad e inventó una oferta de compra de un supuesto grupo inversor húngaro.

Mientras decía representar a los fantasmagóricos húngaros con papeles falsificados en Nápoles y agitaba la falsa oferta para especular en bolsa con las acciones del Lazio, Los Irreductibles amenazaban al actual presidente, Claudio Lotito, y al entrenador, Delio Rossi, con el fin de que uno vendiera a cualquier precio y el otro abandonara. Más concretamente, amenazaban a las esposas de ambos con llamadas telefónicas de contenido irreproducible. Los cuatro ultras, con un largo expediente judicial, ya se veían como directivos de la mano de Long John.

Chinaglia fue una vez presidente del Lazio, en 1983. Sólo consiguió el descenso a Segunda. Luego se dedicó a comprar y vender otras sociedades futbolísticas italianas y a organizar eventos deportivos desde Nueva York. Pero entre Chinaglia y el Lazio existe una atracción fatal, un vínculo indestructible y ruinoso para ambas partes. Chinaglia quiso volver. La grada se pasó meses vitoreando su oferta de compra y vituperando al presidente Lotito. Ahora Chinaglia es un fugitivo.

Buena parte de la grada, hija del mito del grupo salvaje de 1974, sigue estando, pese a todo, con Long John Chinaglia y con Los Irreductibles. Los cuatro ultras detenidos tienen entre 40 y 46 años de edad: eran niños cuando se ganó aquel scudetto de los balones y las pistolas. La maldita ecuación debió de quedárseles grabada en el alma.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, octubre 15, 2006

EL CLUB ANTES QUE LA PATRIA por John Carlin


Con la posible excepción de Argentina, no hay pueblo cuyo estado de ánimo dependa más de los resultados de su selección que el inglés. Pero eso no impide que estos partidos internacionales que interrumpen el principio de la temporada causen casi tanta irritación en Inglaterra como en España, donde la selección despierta pasiones más tibias.

Durante la larga travesía del desierto que, para el aficionado de verdad, supone siempre el verano, el comienzo de la Liga se vislumbra como un lejano oásis tropical. Pero llega septiembre, comienza octubre y la Liga no acaba de arrancar. Empiezas a beber y te quitan el vaso de la mano. O, como dirían los ingleses, que les gusta salpicar la conversación con frases en latín, sufres el síndrome del coitus interruptus. Tu equipo da señales de que podría hacer una gran temporada, le quita un punto al Chelsea, el nuevo delantero pinta bien y entonces... dos semanas de limbo en las que a uno no le queda otra que exprimirle algunas gotas de interés al Inglaterra-Macedonia, buscar algún consuelo en el partido contra Andorra.

No. A la hora de la verdad, el fan inglés es como el español. Club before country. El club antes que la patria.

La prueba más contundente la dieron los aficionados del Tottenham en plena guerra de las Malvinas. Recuerdo haber ido a un partido de los Spurs en su estadio, White Hart Lane, en mayo de 1982. La fuerza aérea argentina ya estaba hundiendo barcos de guerra británicos en el Atlántico Sur, pero cada vez que uno de los dos argentinos del Tottenham, Osvaldo Ardiles o Ricardo Villa, tocaba el balón la afición les ovacionaba.

Ardiles y Villa eran pioneros. Hoy lo raro es ver a un jugador inglés vistiendo la camiseta de un Tottenham, un Liverpool o incluso un Charlton Athletic. Y en el Arsenal, ya nunca.

Desde que un desconocido francés llamado Arsène Wenger llegó al Arsenal hace exactamente diez años y una semana, lo que se ha visto en el gran club del norte de Londres es una erosión inexorable del componente inglés. A tal grado que cuando el Arsenal se enfrentó al Real Madrid en la Champions la temporada pasada, en el Bernabéu, había más ingleses en el equipo español (2) que en el londinense (0).

¿Pero existe hoy un fan del Arsenal que se ofenda ante esta situación; que quisiera poner, por ejemplo, al seleccionador inglés, Steve McClaren, en lugar de Wenger? Ni uno.

Inexplicablemente, un altísimo porcentaje de mis amigos son del Arsenal. Sé que no ha habido gente de fútbol más feliz que ellos en el mundo a lo largo de la última década. Wenger ha colmado al Arsenal de títulos, logrando que sus franceses, holandeses, españoles, suecos, cameruneses, brasileños, checos, suizos y alemanes combinen la feroz competividad del fúbol inglés con el arte del mejor fútbol latino. Wenger declaró en una entrevista con L'Équipe esta semana que "todos los grandes equipos han jugado con la preocupación de gustar" y que el leit-motiv de su club es "ganar con estilo".

Con razón el Real Madrid, como Wenger mismo confirmó en la misma entrevista, ha intentado contratarlo repetidas veces. Es el mejor entrenador del mundo. El día que se vaya, el norte de Londres estará de luto. Porque para el fan del Arsenal no hay ser en la tierra que inspire más devoción que el francés.

viernes, octubre 13, 2006

ESPÍRITU ROJO por Arrigo Sacchi

España tiene, desde siempre, una gran tradición en fútbol, grandes jugadores y un gran amor por este deporte. Los clubes han escrito una página importante en la historia futbolística europea y mundial, ganando todas las competiciones. El año pasado el Barça ganó la Champions de un modo espectacular y el Sevilla la Copa de la UEFA. Sólo la selección no tiene éxitos, casi siempre fracasa, ¿por qué? Hay que hacer un análisis profundo para comprender las causas de este fenómeno negativo. Nos conviene siempre pensar que el culpable es el entrenador o la mala suerte. La roja ha cambiado en su historia a muchos entrenadores, pero al final nadie ha tenido éxito. Esta vez tiene al entrenador más famoso, experto y, quizás, más ganador de España: Luis Aragonés. España participó en el Mundial de Alemania con un equipo joven, con experiencia y con muchos jugadores interesantes y de óptimo nivel. Comenzó jugando bien, con alegría, entusiasmo y capacidad colectiva; jugó un fútbol total muy bonito. En la primera fase fue, quizás, el equipo más divertido y mostró talento, buen juego y a un entrenador experto y capaz. La mayoría de los críticos pensaron que al fin España podría ser gran protagonista del Mundial. Pero en los octavos se enfrentó a un equipo experto y rico en talentos, como Francia, y los rojos, todos a la vez, desaparecieron. Parece imposible, los jugadores cuando juegan con la selección nunca ganan a pesar de la presencia de grandes futbolistas como Raúl, Puyol, Xabi Alonso y Xavi, y de jóvenes interesantes como Sergio Ramos, Torres, Iniesta y Cesc. Creo que el nivel del equipo está entre los mejores del mundo. Jugadores que en sus clubes hacen maravillas como Cesc, un fenómeno en el Arsenal, cuando vuelven a jugar con la selección parecen un jugador normal, como Xavi o Xabi Alonso, entre otros. Un día, hablando de este tema con algunos jugadores españoles del Real Madrid, ellos contestaban que faltaba una motivación fuerte como tienen los italianos, alemanes o argentinos; pero en otros deportes de equipo la selección española gana y no falta la motivación. Otra veces algunos me hablaban de los problemas político-territoriales que no permiten construir un equipo unánime en espíritu, pero hemos visto que la selección de baloncesto ha ganado y los problemas ético-políticos han desaparecido. Otra hipótesis podría ser que esos jugadores ganan y cobran mucho con el club y por lo tanto cuando juegan con la selección no tienen hambre de ganar. Pero hay jugadores italianos que ganan mucho con los clubes y con la selección luchan y son casi siempre competitivos al máximo nivel. Yo creo que en un análisis total hay que pensar que, quizás, la selección sí tiene pequeños problemas de motivación y político-territoriales y que algunas veces también hay momentos negativos con jugadores de nivel bajo. Lo mismo ocurre cuando tiene talentos, y también es verdad que la cosa no sale bien ya sean los entrenadores unas veces buenos y otras no.

Otros críticos piensan que, a nivel técnico-táctico, el equipo español intenta jugar un fútbol a todo campo, atacando con muchos jugadores, intentando ganar el partido con un dominio total, jugando con generosidad, pero sin tener la fuerza física ni mental, la personalidad y las capacidades cognitivas necesarias para tener ese objetivo. Otros críticos piensan que el equipo juega un fútbol sin tener el equilibrio táctico y la personalidad que en los clubes españoles dan los jugadores extranjeros, que falta en general madurez y equilibrio psicológico y táctico. Otros piensan que existe una falta de fuerza física en competiciones cortas como el Mundial y la Eurocopa, donde se juega cada tres o cuatro días y es muy importante recuperarse rápidamente. Parece, por lo tanto, que existen problemas distintos y varios. Seguro que no se arreglarán echando al entrenador, del que se puede esperar que resuelva problemas que han existido desde siempre. Ahora España tiene un grupo de jugadores importantes, jóvenes, muy interesantes, que pueden progresar aún más en el futuro. Pero sin mejorar el espíritu del equipo, la motivación, las calidades cognitivas, la personalidad, el equilibrio táctico y la modestia, será difícil tener un futuro mejor. Buen trabajo, y esperamos que todos puedan enseñar algo más para dar la satisfacción a la afición de toda España como merecería la tradición futbolística de este gran país. Ayer España se enfrentó en un partido amistoso contra Argentina, el encuentro era importante no sólo porque jugaba contra un grande del fútbol, sino porque se decía que una derrota podría ser fatal para Aragonés. Suerte, la roja ganó con mérito, Xavi e Iniesta fueron espectaculares y Aragonés espero que pueda continuar trabajando como merece.

Arrigo Sacchi, ex técnico de la selección nacional de Italia

domingo, octubre 08, 2006

EL DEPORTE Y LA POLÍTICA por Santiago de Pablos

A propósito de un partido que levantará más de una ampolla.

El partido Cataluña-Euskadi ha sido calificado de "hito histórico" para la selección vasca, que, tras muchos años, vuelve a jugar fuera de su tierra. El encuentro -con su lema Juntos por la paz- se enmarca en el contexto de la tregua de ETA y se ha rodeado de cierta polémica, fruto de la reivindicación de selecciones oficiales en ambas comunidades. La relación entre la política y la selección vasca ha sido una constante en su historia, aunque no siempre ésta se ha identificado con el nacionalismo. Por ejemplo, sus primeros partidos tuvieron lugar, precisamente contra Cataluña, en 1915. Pero carecían de intencionalidad política, como lo demuestra el que en alguno se denominara Selección Norte.

Con el tiempo, la expansión del nacionalismo vasco hizo que su relación con el fútbol fuera más estrecha. Tras los partidos interregionales de 1915-16 y la gira de un combinado por Suramérica en 1922, la selección -Vasconia, término que engloba a Navarra- volvió a enfrentarse a Cataluña en 1930 y 1931. La idea partió del nacionalista Manu de la Sota y no puede separarse del intenso momento político previo a la II República. De hecho, la prensa del PNV reconocía: "Hay quien dice que no puede mezclarse el deporte con la política. ¿Pero no vamos a hacer cuestión nacionalista, nacionalizadora, eminentemente patriótica, si el deporte nos sirve de rápido vehículo de nuestras aspiraciones?".

En la Guerra Civil, el primer Gobierno vasco, a iniciativa de Sota, creó el equipo Euzkadi para efectuar propaganda en el extranjero y recaudar fondos. El Euzkadi, integrado sobre todo por jugadores del Athletic, realizó una exitosa gira por Europa y América hasta que la FIFA, tras reconocer a la federación franquista, lo declaró en rebeldía. Pero encontró asilo político en México y participó, antes de disolverse, en la Liga mexicana de 1938-39. Con independencia de sus éxitos, su historia ha sido objeto de cierta mitificación, puesto que no era una selección, sino un combinado. Además, tuvo muchas dificultades en América por discrepancias internas y roces políticos con la colonia vasca. Incluso sus resultados han sido objeto de leyenda: se repite que fue campeón mexicano en 1939 -así lo dice la web de la federación vasca- cuando quedó subcampeón, por detrás del Asturias.

Durante el franquismo sólo se disputó en 1971 un partido entre el País Vasco y Cataluña. Fue un homenaje al árbitro Juan Gardeazábal sin connotación política. Por fin, en 1979, la selección vasca -recuperó la equipación del Euzkadi con los colores de la ikurriña- se enfrentó a Irlanda en San Mamés. Algunos anunciaron que "el País Vasco podría contar, después del Mundial de 1982, con su propia selección, con el visto bueno de la federación española y de la FIFA", aunque "el paso definitivo" se daría cuando se aprobase el Estatuto. Pero, aunque se aprobó pocos meses después y entre 1979 y 2005 Euskadi ha disputado 18 partidos, este deseo, objeto de frecuentes polémicas, parece lejos de hacerse realidad.

Santiago de Pablo es catedrático de Historia Contemporánea

viernes, octubre 06, 2006

¿EL OPIO DE LOS PUEBLOS? por Eduardo Galeano

¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan". Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del '78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió "este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre".

Eduardo Gaelano es escritor uruguayo

lunes, octubre 02, 2006

Historias del Calcio. ¿QUIÉN MATÓ A KENNEDY?


Las teorías conspiratorias son edificantes porque, de alguna forma, enaltecen al ser humano. Contra la evidencia de que el hombre tiende sin remedio a la chapuza, la indiscreción y la soberbia, quienes creen en las verdades alternativas atribuyen a sus congéneres una capacidad suprema para planear, ejecutar y silenciar de manera perfecta formidables maniobras secretas que alteran el destino del mundo.

Abundan quienes creen que la llegada a la Luna fue un montaje, que el 11-S fue organizado desde Jerusalén y el Pentágono, que los socialistas españoles mantienen una relación perversa con unos polvos bóricos y que Elvis Presley sigue vivo. En Italia, el país de la dietrología (la ciencia de lo que está detrás, oculto), esa tendencia a la fabulación posee una gracia especial por la distancia entre lo real (el país funciona de milagro) y lo fantástico (todo lo que ocurre forma parte de un plan maestro).

La última gran teoría dietrológica italiana explica bajo una nueva luz lo que ha ocurrido en el calcio. Pensábamos que el director general del Juventus, Luciano Moggi, había creado una trama de relaciones con los poderes federativos y arbitrales que le permitía manipular los resultados. Parecía que las conversaciones telefónicas intervenidas a Moggi y a otros dirigentes de su cuerda resultaban esclarecedoras: pedían un árbitro así o asá, que amonestara a tal jugador o a tal otro, que pitara un penalti a favor de éste o aquél..., y el domingo siguiente salía todo clavado. El asunto se perfilaba bastante claro, dentro de la turbiedad.

Miles de juventinos, entre ellos el actual técnico del equipo, Didier Deschamps, están convencidos de que las cosas no fueron así. En realidad, ocurrió lo contrario. Se ha descubierto (y esa es la parte cierta: todas las teorías conspiratorias necesitan un punto al que agarrarse) que el jefe de seguridad de Telecom Italia formaba parte de una banda que espiaba ilegalmente a miles de ciudadanos más o menos poderosos. A partir de ahí, las piezas encajan.

¿Quién era el presidente de Telecom? Marco Pronchetti Provera, vicepresidente del Inter. ¿Quién asumió las riendas del calcio tras descubrirse los manejos de Moggi? Guido Rossi, el nuevo presidente de Telecom y forofo interista. ¿Quién es el vicepresidente ejecutivo de Telecom? Carlo Buora, otro vicepresidente del Inter. ¿Qué hizo el propietario del Inter, Massimo Moratti, cuando antes de que estallara el escándalo recibió la confidencia de que el árbitro De Santis no era imparcial? Contrató a un detective para que averiguara si la acusación era cierta y el detective resultó ser socio del jefe de seguridad de Telecom. ¿Más pruebas? El patrocinador del calcio es Tim, sociedad filial de Telecom.

Según la verdad juventina, el Inter y Telecom manejaron durante años los hilos de la corrupción y echaron las culpas al pobre Moggi, pillado en un par de desahogos telefónicos. Moratti, el patrón interista, un tipo que en quince años de gestión no dio pie con bola, nos tuvo bien engañados. Mientras se hacía el tonto, organizó un plan maquiavélico cuyos objetivos aparecen hoy claros: uno, jorobar a Moggi; dos, que el Juventus ganara siempre y el Inter nunca (a este segundo objetivo aún no se le ha encontrado explicación dietrológica).

Moratti prestará hoy declaración voluntaria ante el fiscal especial del calcio. Habrá que preguntarle dónde estaba el día en que mataron a Kennedy: éstos del Inter son capaces de cualquier cosa.

Enric González es autor de Historias del Calcio