sábado, marzo 22, 2008

EL ADIOS DEL PRÍNCIPE, por Carlos Ares (en la despedida de Enzo Francescoli, febrero 1998)

Hoy un artículo sobre el ídolo de Zinedine Zidane, Enzo Francescoli, el personaje al que quiso parecerse desde que defendiera la camiseta del Olimpique de Marsella. El Príncipe Francescoli, el último gran mito salido del "paisito" más grande del mundo del fútbol.



Es una pena que para los aficionados españoles sea sólo un nombre y alguna imagen fugaz. El jugador uruguayo Enzo Francescoli, de 36 años, que anunció el pasado miércoles su retirada definitiva del fútbol profesional en el salón de honor del River, el club argentino donde se convirtió en uno de los ídolos indiscutidos de toda su historia, fue de aquellos que llevan las multitudes a los campos con la ilusión de que su sola presencia puede salvar la tarde.En toda su carrera disputó 617 partidos oficiales, desde que debutó a los 18 años en el Wanderers de Montevideo, convirtió 236 goles y conquistó 13 títulos. Jugó en el River, en el Matra Racing de París, el Olímpico de Marsella, el Cagliari y el Torino de Italia, y regresó al River en 1994. Fue también tres veces campeón de América con la selección de Uruguay y participó en dos Copas del Mundo.

Nadie, fuera del campo, te oyó jamás levantar la voz, criticar a un compañero o hablar mal de un entrenador. El Príncipe como le llaman, fue un caballero de fina estampa que hizo respetar los límites a la prensa deportiva, a los directivos y al público. Los aficionados del River deliran cuando gritan el tradicional "uruguayo, uruguayo" que será la música de fondo de su vida, pero todos los argentinos le quieren y le admiran como a, los ídolos propios. Cuando los fanáticos o la prensa querían utilizarlo como modelo para contraponer al inefable Maradona del Boca, fue el mismo Francescoli el primero en reconocer y admitir sinceramente que no cabía tal comparación: "Yo no puedo compararme con él, Diego fue un verdadero rey del fútbol y yo nunca me creí eso de ser el príncipe, como dice la prensa. Sí creo que fui un tipo tocado por la varita mágica. Uno como cualquier otro, al que el balón lo hizo importante".

En los momentos más duros de la vida de Maradona, fue Francescoli uno de los que puso la cara para defenderlo. La pasada temporada, antes de un clásico entre el River y el. Boca, Francescoli buscó especialmente a Maradona para dejar el testimonio de su afecto con un abrazo. Nadie del River, ni siquiera los barras bravas, podía criticar una decisión personal de Francescoli. Tras conquistar tres títulos consecutivos de Liga con el River y la Supercopa de América, anunció el final de su carrera. Desde ese momento intentaron convencerlo para que continuara al menos otra temporada. Pero los aficionados sabían que Francescoli cumpliría su palabra. "En el fútbol pasé los 18 años más felices de mi vida. Todo lo que yo soñaba era jugar algún día con Peñarol en el estadio Centenario. Ahora me llevo. mucho más de lo que podía imaginar".

Es una pena que los aficionados españoles no le conozcan demasiado, al menos para repartir la tristeza entre más.

sábado, marzo 08, 2008

LOS GENIOS NUNCA LLEVAN LA BANDERA por Benjamín Prado

Este artículo se publicó las vísperas de la semifinal del Campeonato del Mundo 2006 entre Francia y Portugal, pero eso es lo de menos, no deja de ser una reflexión atemporal, los modelos siguen en pie, y seguirán. Al final ganó Francia, cero a uno. Marcó Zinedine, qué más decir.


En la literatura y en el fútbol la verdad nunca está en los adjetivos, sino en los nombres y en la subversión. Por eso, personalmente siempre he desconfiado de los equipos a los que se les suponen determinadas virtudes o defectos innatos, como si los que saltasen al césped de los estadios no fuesen once personas, sino una estadística, o un manual de historia, o una bandera. De hecho, ésa es la gran diferencia entre las dos semifinales del Mundial: la de ayer la jugaron dos selecciones cuyo nombre es un adjetivo tan incontestable que parece una dictadura de ocho letras, o de seis, porque decir fútbol "italiano" o "alemán" es dar por descontado que eso explica por sí solo una filosofía, un carácter y un estilo de juego; la semifinal de hoy es justo lo contrario, y si dices "fútbol francés" o "fútbol portugués", en realidad no estás diciendo nada.

Prefiero mil veces la segunda opción, porque es la que suele permitir que el reloj de los partidos lo lleven gente como Luis Figo o Zinedine Zidane, en lugar de esa fábrica de cemento rápido pintada de azul que se llama Gattuso y lleva el ocho en la espalda. Hay que ver, ni más ni menos que el ocho, que en el fútbol es el cuarto número que más importa, después del diez, el cinco y el seis.

En el fondo, la final del domingo va a ser eso, un combate entre un fútbol nacional y otro cosmopolita, uno que apelará a tradiciones congénitas y otro que querrá representar valores universales. Zidane nunca quiso parecerse a otro francés, sino a Francescoli, que era uruguayo, y si la genialidad fuera un país su pasaporte sería el mismo de Maradona, Cruyff o Di Stéfano.

El nacionalismo deportivo suele tener un problema, y es que a menudo vive con las ventanas cerradas y más atento a su pasado que a la realidad. Qué se lo digan, una vez más, a Brasil o a Inglaterra, cuyas únicas dos opciones son, campeonato tras campeonato, o imitarse a sí mismas o imitar a los demás, lo cual suele darles el mismo mal resultado, a los ingleses porque nunca ganan y a los brasileños porque no ganan siempre, que es lo que ellos consideran su destino natural, o ganan copiando, de medio campo hacia atrás, lo peor del fútbol europeo, lo que hace que sus derrotas no sólo se interpreten como un fracaso, sino también como una traición.

Francia o Portugal podrían estar en la gran final de Berlín y el que esuviera podría perderla, pero eso no hubiera sido tan importante. Lo que todos los que adoramos el fútbol vamos a recordar de este Mundial es la majestuosidad con que Luis Figo o, sobre todo, Zinedine Zidane exprimieron los destellos terminales de su talento. "La última gota es siempre una lágrima", dice el poeta hebreo Yehuda Amijai. Es verdad, pero no siempre: la última gota, también puede ser un diamante.

Benjamín Prado es escritor

miércoles, marzo 05, 2008

Historias del Calcio. TARDE DE TREGUA

Pues nada, que me he puesto a releer algunas de las Historias que Enric González dejó en su libro, y qué quieren que les diga, que tengo un poco de "mono" de volver a leer algo así en los periódicos. Para desquitarme un poco recupero este relato sobre una tarde de abril de 2005, pocos días después de la muerte del Papa Wojtyla y con Berlusconi todavía en el Palazzo Chigi, días en los que el calcio vivía una auténtica pesadilla ultra, como de costumbre. El párrafo final...para enmarcar.


Los apartamentos papales estaban vacíos y sellados, el despacho de Berlusconi podía quedar desocupado en cualquier momento y los fascistas futboleros no incendiaron los estadios. Qué plácido domingo italiano, el de ayer. La momentánea paz del fútbol, después de tanta violencia y tanto bochorno, no se quebró ni en el derby toscano, que dejó a los comunistas del Livorno en mitad de la tabla y al Fiorentina resbalando de regreso a Segunda, ni con la derrota en casa del Roma ante el Reggina.

La primera jornada de tolerancia cero en el calcio movilizó una tremenda cantidad de policía. Y ofreció noticias sensacionales. Como el procesamiento (con libertad condicional) del célebre Matteo Saronni, el carpintero interista de 26 años que cuatro temporadas atrás arrojó un ciclomotor desde la grada de San Siro y el miércoles, durante el penoso derby europeo Inter-Milan, se hartó de lanzar bengalas. La lógica judicial no quedó clara. ¿Era peor tirar una bengala que tirar una moto? ¿Había cambiado la ley entre 2001 y 2005? ¿Era la mecha el elemento delictivo? ¿Podrá Saronni lanzar un Fiat Panda cuando vuelva al estadio?

En el Olímpico de Roma, los espectadores tuvieron que pasar dos, tres, cuatro o hasta cinco controles. Y, al menos al principio, la cosa se afrontó con buen humor y con mucho ahó, la interjección arquetípicamente romana. "¡Ahó, escríbeme cuando llegues!", le gritó uno a su compañero, que iba ya un par de controles por delante. "Ahó, no me han pillado las lentillas de contacto. En cuanto empiece el partido, las tiro al campo", le susurró otro a un amigo. Los registros eran totales: gorros, bufandas, banderas... "Ahó, perdone la inexperiencia, señor policía; es mi primera visita a Bagdad", comentó alguien con cierto sarcasmo.

Ya dentro, en la grada, el ambiente era más oscuro. Un reportero del diario La Repubblica enviado al corazón de la curva violenta se sorprendió por las cantidades industriales de porros que se consumían y por la escasa atención que se prestaba al partido. Todo eran coros contra la policía (los sbirri) y contra Cassano (definitivamente caído en desgracia), canciones sobre heroicas batallas campales y planes para otras jornadas con menos vigilancia. La nueva normativa antiviolencia, que preveía la suspensión del encuentro y la derrota local por 3-0 en cuanto cayera una bengala sobre el césped, excitaba miles de imaginaciones: bastaba esperar al próximo partido del Lazio, colarse en el Olímpico con un cohete y arrojarlo sobre el portero para hundir al enemigo en la miseria.

Todo indicaba que la tarde de calma no suponía paz, sino tregua, y breve.

Una lástima, porque el calcio seguía deparando instantes hermosos. Como el segundo gol de Lucarelli, el tótem del Livorno; o los ocho goles, uno anulado, marcados en Turín (en el paraíso todos los equipos son entrenados por Zeman y juegan sin defensa); o la rabia de Calderoni, el portero del Atalanta, que en el último minuto del derby con el Brescia, y con 0-0 en el marcador, paró un penalti que hubo que repetir porque sus compañeros pisaron el área antes de tiempo (el segundo entró).

Veremos qué pasa en lo que queda de temporada. Italia, en cualquier caso, es sabia y saldrá del paso. Sabe manejar a los fascistas. Nótese que desde hace años los tiene en el Gobierno, en los estadios y donde haga falta, con tal de que se entretengan y no anden por ahí haciendo lo que mejor se les da: asaltar librerías.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, marzo 02, 2008

QUE CONTRA GUSTOS...


"El fútbol no es un deporte: es una mezcla de negocio mafioso y enfermedad mental".
Simon Heffer, columnista conservador en la revista The Spectator.

martes, febrero 26, 2008

LA GEOPOLÍTICA DEL FÚTBOL por Pascal Boniface


En el fútbol, la derrota nunca es definitiva, pero siempre es apasionada. Para los amantes de ese deporte, la FIFA (el organismo regulador del fútbol internacional) debería haber sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz hace mucho tiempo. Para otros, exasperados por el balompié y las emociones que despierta, el deporte ya no es un juego, sino un tipo de guerra que aviva los sentimientos nacionalistas más básicos.

¿Existe una relación entre el fútbol (y el deporte en general) y el espíritu de nacionalismo y militarismo? Durante la Edad Media, el deporte solía estar prohibido en Inglaterra, porque se practicaba a expensas del entrenamiento militar. Después de la derrota de Francia ante la Alemania de Bismarck en la guerra franco-prusiana, el barón Pierre de Coubertin (que volvió a lanzar los Juegos Olímpicos unas décadas más tarde) aconsejó una renovación del énfasis nacional en el deporte, que por entonces se entendía como una forma de preparación militar.
En un partido de fútbol, los rituales -las banderas ondeando, los himnos nacionales, los cantos colectivos- y el lenguaje que se emplea (el encuentro comienza con un "estallido de hostilidades", uno "bombardea" la portería, hace saltar por los aires la defensa y lanza un "misil") refuerzan la percepción de una guerra por otros medios. Y de hecho, han estallado guerras reales por el fútbol. En 1969, Honduras y El Salvador se enfrentaron tras un partido de clasificación para la Copa del Mundo.

Al parecer, los partidos de fútbol pueden revivir rivalidades nacionales y conjurar los fantasmas de guerras pasadas. Durante la final de la Copa de Asia, en 2004, que enfrentó a China y Japón, los seguidores chinos lucieron uniformes militares japoneses al estilo de los años treinta para expresar su hostilidad hacia el equipo nipón. Otros aficionados chinos blandían carteles con el número "300.000", una referencia a la cifra de chinos asesinados por el ejército japonés en 1937. Pero ¿de verdad podemos decir que el fútbol sea responsable de las malas relaciones diplomáticas actuales entre China y Japón? Por supuesto que no. La hostilidad en el terreno de juego apenas refleja las tensas relaciones existentes entre ambos países, que soportan el peso de una historia dolorosa. Al otro extremo del espectro, la dramática semifinal entre Francia y Alemania jugada en Sevilla en 1982 no tuvo efectos políticos, ni para las relaciones diplomáticas entre los dos países ni para las relaciones entre los dos pueblos. El antagonismo quedó confinado al estadio, y acabó cuando lo hizo el partido.

Lo que verdaderamente ofrece el fútbol es una zona residual de enfrentamiento que permite una expresión controlada de la animosidad y no afecta a los ámbitos más importantes de interacción entre los países. Francia y Alemania pronto tendrán un ejército común -ya utilizan la misma divisa-, pero la supervivencia de los equipos nacionales canaliza, dentro de un marco estrictamente limitado, la persistente rivalidad que existe entre los dos países.
El fútbol también puede ser una ocasión para los gestos positivos. En 2002, la organización conjunta de la Copa del Mundo por parte de Japón y Corea del Sur ayudó a acelerar la reconciliación bilateral. La actuación de los jugadores surcoreanos fue aplaudida incluso en Corea del Norte. De hecho, el deporte parece ser el mejor barómetro de las relaciones entre el dividido pueblo coreano.

Además, el fútbol, más que los discursos dilatados o las resoluciones internacionales, puede contribuir a inducir un avance hacia soluciones pacíficas para conflictos militares. Después de su clasificación para la Copa del Mundo Alemania 2006, el equipo nacional de Costa de Marfil, que incluía a jugadores del norte y el sur, se dirigió a todos sus compatriotas y pidió a las facciones enfrentadas que dejaran las armas y pusieran fin al conflicto que ha arrasado su país. Después de que el presidente de Haití Jean-Bertrand Aristide fuera derrocado hace unos años, el equipo de fútbol brasileño actuó como embajador para las fuerzas de paz de Naciones Unidas encabezadas por Brasil. Y cuando un conflicto toca a su fin, desde Kosovo hasta Kabul, el fútbol es el primer indicio de que una sociedad está volviendo a la normalidad.

El ex presidente de la FIFA João Havelange a menudo soñaba con un partido de fútbol entre israelíes y palestinos: el entonces vicepresidente de Estados Unidos Al Gore consideraba ese encuentro un medio para ayudar a Washington a resolver el conflicto palestino-israelí. Quizá algún día llegue a celebrarse. Sin duda, el partido de fútbol entre Irán y Estados Unidos de 1998 ofreció un momento de fraternización entre ambos equipos. Otro encuentro entre esos dos países podría ser útil en estos momentos difíciles.

El fútbol es útil porque permite enfrentamientos simbólicamente limitados y sin grandes riesgos políticos. Su impacto en la opinión pública nacional e internacional es amplio, pero no profundo. Como dijo el sociólogo Norbert Elias: "Los espectadores de un partido de fútbol pueden disfrutar de la emoción mítica de las batallas que se libran en el estadio, y saben que ninguno de los jugadores sufrirá daño alguno".Como en la vida real, los aficionados pueden estar divididos entre sus esperanzas de victoria y el temor a una derrota. Pero en el fútbol, la eliminación de un adversario es siempre temporal. Siempre es posible un partido de vuelta. Como francés, espero con impaciencia el encuentro entre Francia y Alemania en la próxima Copa del Mundo. Pero quiero que Francia se vengue por su derrota en la última Copa del Mundo en Sevilla, y no por su derrota en Verdún.

Pascal Boniface es director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS) de París. Su libro más reciente es 'Football et Mondialisation'.

UNA PUNTUALIZACIÓN

Gracias al "sabueso" Nuevededos, debo apuntar que el anterior artículo, Catedrales del Siglo XXI, fue publicado por Fernando Castro Flórez en el suplemento cultural ABCD del diario ABC el 2 de septiembre de 2006. Dicho queda.

jueves, febrero 21, 2008

CATEDRALES DEL SIGLO XXI

Encontré este artículo por casualidad en una página mexicana de arquitectura, lamento no poder decir quien es el autor, por más que he rebuscado no he podido encontrar el nombre. Me recuerda, en cierta forma, a aquel de Santiago Segurola en El País que ya se colgó en este blog en las previas de la Copa del Mundo Alemania 2006. Gracias a este artículo he descubierto el libro de Gumbrecht ‘Elogio de la belleza atlética’, a ver que tal está.


Allianz Arena (Munich). Herzog y De Meuron

En las últimas páginas de su Elogio de la belleza atlética, Hans Ulrich Gumbrecht se pregunta: -¿Cómo puede ser que los estadios vacíos me atraigan tanto, si no son más que un dispositivo para permitir la experiencia de volverse parte de la multitud, un dispositivo que no es nada sin la presencia móvil de un evento atlético?-. Esos inmensos espacios, heterotópicos -valga la referencia foucaultiana-, sólo son utilizados de cuando en cuando, exhibiendo casi de forma obscena su falta de función. También yo he sentido esa atracción fantasmal del estadio, sea por la atmósfera melancólica del Centenario en Montevideo, o por la pena que me produce el acoso taladrador al que está sometido el Calderón. Cerca del asimétrico campo del Chelsea o en las gradas del Olímpico de Atenas me han dado unas ganas locas de jugar o correr, comportamientos extremistas a los que pude resistirme. No es inusual que los fines de semana lleguen hasta la ventana de mi casa el rumor inmenso, los jadeos, el crujir de dientes, las explosiones de felicidad o el silencio de la derrota futbolera; incluso veo pasar junto a ese campo de batalla que antaño fue el parque de la Arganzuela a una marea humana, resto de las antiguas pasiones peregrinas, dispuesta a acompañar a sus colores incluso al hoyo de segunda división. Conozco el magnetismo brutal de los estadios de fútbol, que son las catedrales contemporáneas, dado que allí se celebra una auténtica liturgia.

Insularidad autocentrada.

Desde el Coliseo romano hasta nuestros días, el estadio subraya su carácter de insularidad autocentrada. El Allianz Arena, de Herzog y De Meuron en Múnich, es el estadio emblemático de comienzos del siglo XXI. Con su forma de globo a medio hinchar, impulsa a la imaginación frenética hasta el dominio de las ufología. Tal vez se trata de un sistema de transporte simbólico intergaláctico [aunque, como sabemos, esta palabra se ha puesto en cuarentena por causa del vía crucis madridista] o de una burbuja hiper-tecnológica que nos acuna y redime de las miserias cotidianas. Si el estadio municipal de Braga de Soto Moura es un ejemplo de delicadeza, la Peineta de Ortiz y Cruz convierte al espectador en una hormiga que está a distancia de lo que importa. Eduardo Arroyo, uno de los arquitectos españoles más lúcidos, ha propuesto en el estadio de Lasesarre del Baracaldo C.F. una interpenetración del campo y las gradas que incide en la necesaria implicación de esa multitud que, en todos los sentidos, juega. Por su parte, Calatrava, tan dado a la megalomanía, ha introducido una suerte de goticismo higienizante en sus estadios, que, como sucedió en el escenario que diseñó para la final del último mundial de fútbol en Berlín, tienen algo de arabesco o firma autocomplaciente.

Ética y estética.

Muntadas ha sido uno de los artistas que más se ha interesado por la ética y estética del estadio. En su impresionante instalación Stadium [1989] disponía un área elíptica impenetrable, delimitada por columnas, en la que se proyectaba un vídeo de multitudes en estos espacios, mientras en las zonas exteriores funcionaban cuatro proyecciones de diapositivas que trataban los temas de la arquitectura, el mobiliario, los símbolos y las actividades de los mismos. Se trataba de una recreación y, a la par, una deconstrucción del código simbólico-arquitectónico del estadio como sitio en el que pueden realizarse competiciones deportivas pero también conciertos, actos políticos o ceremonias religiosas. Con todo, aunque el estadio sea un medio de masas, la performance que le corresponde es el del agonismo deportivo, dando la sensación de que todo lo demás que allí se realiza tiene que ver, más que nada, con la capacidad. Esos espacios descomunales tienen que estar necesariamente llenos; en caso contrario, se extenderá un reguero desasosegante [lo sabemos por los llamados partidos a puerta cerrada], y comenzarán a escucharse los gritos angustiosos de los entrenadores y los exabruptos de los jugadores, que encontrarán el eco del vacío. Si en el Coliseo romano entraban más de 50.000 personas, en el estadio de la primera de las Olimpiadas modernas, en Atenas, en 1896, podían instalarse 70.000 espectadores, y, en Maracaná, el santuario del fútbol brasileño, pueden sudar juntos casi 200.000.

También en éste. Conviene tener presente que nunca antes de las primeras décadas del siglo XX los juegos con balón habían tenido una popularidad comparable a la que tienen hoy. El fútbol es el espectáculo del siglo pasado, y seguirá siéndolo de éste. A pesar de que el llamado juego bonito es como el arte -según Hegel-, cosa del pasado, las multitudes seguirán haciendo cola en las taquillas y entrando por los neo-vomitorios al circo del fútbol contemporáneo. Algunos historiadores han sostenido que en los días calurosos se esparcían perfumes en el Coliseo; en el estadio futbolero el drama y el aroma es otro, aunque no hay menos ansiedad y placer en la mirada que sigue el lento vuelo del penalti a lo Panenka de Zidane que en la espada que acaba con el desventurado enemigo. Hoy, señala Gumbrecht, parece que hemos olvidado de que ser parte de una multitud puede producir sentimiento de una felicidad que todo lo abarca. Ser parte de la multitud puede ser entendido como clímax dionisiaco.

Los estadios son el lugar donde se cumple el deseo primitivo de estar juntos, sea por la razón que sea. Si los italianos convierten los campos de fútbol con sus banderas en espacios neomedievales, y un estadio como el del Real Madrid parece un búnker desproporcionado, los ingleses prefieren la modestia arquitectónica, acaso porque piensan que el edificio que mejor acoge ese deporte es el canto de los aficionados. No hay arquitectura comparable a lo que crece hasta el cielo cuando se escucha You’ll Never Walk Alone. Los que visten la misma camiseta en las gradas son el Estadio; sus voces al unísono prometen lo sublime: compañía para siempre, camaradería, una palabra infrecuente.

sábado, febrero 16, 2008

VISCA FRANK por Julio César Iglesias

En la última temporada y media no dejo de escuchar palos para Rijkaard. Yo desde aquí me declaro partidario y admirador, sobre todo ahora que no son sus mejores momentos. Consiguió desde la más absoluta normalidad montar una maquinaria tan perfecta que era difícil imaginar un equipo que jugase mejor al fútbol que su Barça, y, aunque esos días hayan pasado, yo me sigo quedando con su imagen insuperable, de persona educada, respetuosa siempre, elegante, "cool", preparado, sin que la situación lo sobrepase nunca. Pues nada, por eso y porque me apetece, cuelgo de nuevo este artículo de hace ya varias temporadas pero que retrata a la perfección como veo yo a este tipo tan peculiar

Nota: Y no faltará quien, cuando se habla de su elegancia, recuerde aquel salibazo que le propinó a Ruddy Voeller en el Campeonato del Mundo Italia 90, y, claro, lo cortés no quita valiente


Justo antes del partido Madrid-Barcelona (10/04/05), quizá el mejor de la temporada minuto por minuto, Frank Rijkaard, con la cara embozada entre las manos, miraba fijamente la boca del túnel de vestuarios. De pronto el graderío empezó a zumbar como una central eléctrica y apareció en escena Vanderlei Luxemburgo enfundado en su inseparable gabardina oscura. Aunque aquél era un mal momento para la cortesía, Frank se le acercó en una estudiada secuencia de movimientos, le dio un abrazo y le hizo una de esas confidencias que sólo pueden entender los cómplices. Luego recuperó su aire sombrío y volvió a su concha de apuntador.
Aquel brasileño de facciones duras le había inspirado siempre un sentimiento reverencial. En las canteras del norte de Europa, con sus códigos inflexibles y sus horarios de factoría, los emisarios del exótico Brasil tenían la reputación de ejemplares únicos: eran la mutación que cabe esperar de tanta diversidad genética y tanta presión ambiental. Visto de cerca, Vanderlei personificaba mejor que nunca al pionero curtido en la abigarrada selva de las canchas del trópico. Allí estaba ahora, con sus pómulos de garimpeiro quemados por la taquicardia, hurgando en el fondo del bolsillo o en el teclado de un transmisor. Qué noche tan cargada y qué tipo tan particular.
Frank volvió al sillón azul de su puente de mando sin darse cuenta de que pertenecía a la misma estirpe. Años antes llegaba a la Selección holandesa y al Milan infiltrado entre Ruud Gullit y Marco Van Basten, dos de los futbolistas más grandes de la época. Perdido en tierra de nadie, a mitad de camino entre aquel antílope rubio que jugaba en una burbuja y su imponente amigo de pelo ensortijado, un extraño purasangre con bigote, debía interpretar un papel auxiliar. Carecía de la ingravidez del primero y de la exuberancia del segundo, así que, atrapado en un estilo seco, casi alemán, se convertiría en la versión mestiza del hermano pobre. Sin embargo aprendió a nadar contracorriente y alcanzó una sólida consideración profesional; la de uno de esos cartógrafos del fútbol que tienen cada metro y cada instante en la cabeza. Compañero leal en todos los supuestos y posiciones, terminó siendo, sencillamente, el más valioso subalterno del mundo: el color que le faltaba al cuadro.

Hoy, en el banquillo, se ha erigido en conservador de la escuela holandesa. Predica el toque, el aprovechamiento de espacios y el movilidad unánime que la crítica llamó fútbol total.

Es, como en su etapa de jugador, una figura compatible con todos los sonidos, aromas y matices del juego. La suma imposible de un general, un asistente y un amigo.

lunes, febrero 11, 2008

TRIBUTE

Hasta las bufandas retrocedieron 50 años. Ejemplar

viernes, febrero 08, 2008

LA TRAGEDIA QUE MARCÓ LA HISTORIA por Simon Mullock

El miércoles 6 de febrero se cumplieron 50 años del accidente de avión en Múnich que costó la vida a ocho jugadores del Manchester United y rompió aquel mítico equipo de los Busby Boys, los chicos de Matt Busby, el técnico que sobrevivió y construyó otro United que conquistó la Copa de Europa en 1968. El Manchester honra a sus héroes, y el próximo domingo los diablos rojos se vestirán como hace 50 años. Los números del 1 al 11, la camisa clásica roja, los pantalones blancos y las medias negras, con el cuello en forma de v . Les espera el rival de la ciudad, el Manchester City, en Old Trafford. Será la misma equipación que llevaban en Belgrado un día antes de la tragedia, la equipación que dará gloria eterna a los diablos mancunianos.

"Glory, glory, Man United"



Se calcula que hay 330 millones de hinchas del Manchester United. Es decir, que uno de cada 20 habitantes del mundo es un diablo rojo.En muchos aficionados, el origen de su pasión se remonta al 6 de febrero de 1958. Porque, aunque ése fue el día en que murió un gran equipo, de las cenizas de un avión estrellado surgió un fenómeno que trasciende el fútbol. El ascenso del Manchester United hasta su fama como club más popular del planeta se inició en el instante en que, en la pista del aeropuerto de Múnich-Riem, bloqueada por el hielo, ese avión Ambassador se convirtió en una tumba para 23 de los 44 pasajeros que llevaba a bordo. El dolor no se limitó a Manchester. Cuando se pregunta a muchos aficionados por qué animan al United si no tienen ningún vínculo con la ciudad, a menudo responden que sus abuelos, padres o tíos se hicieron del equipo a raíz de la tragedia de Múnich.

"Algunos se preguntaban si el Manchester United seguiría existiendo después de Múnich, pero el club se recuperó y la tragedia es la parte más importante de su historia", relata sir Bobby Charlton, que se subió al avión siendo un chaval de 20 años y escapó de los restos para convertirse en una leyenda; "sé que un montón de gente empezó a apoyar al United después del accidente. La pena que causó fue tremenda porque los jugadores que murieron eran realmente unos niños". Charlton fue uno de los nueve jugadores que sobrevivió al accidente. Sólo cinco de ellos viven todavía.

Se trata de Charlton, Bill Foulkes, Albert Scanlon y Kenny Morgans, además de Harry Gregg, que ha vendido su historia en exclusiva a un periódico inglés. Gregg, un irlandés sin pelos en la lengua que ayudó a rescatar a una pasajera y a su hija pequeña del avión siniestrado, está resentido con el Manchester por la forma en que el club trató a algunos de los supervivientes. Sólo Gregg, Charlton, Foulkes y Dennis Viollet volvieron a jugar con regularidad para el United tras la tragedia. Morgans, Scanlon y el portero suplente, Ray Wood, se fueron para fichar por equipos de menor categoría mientras que Johnny Berry y Jackie Blanchflower hubieron de retirarse por las heridas sufridas. Medio siglo después, las cicatrices psicológicas siguen abiertas. A medida que la fecha se aproxima, Foulkes ha desarrollado una fobia a volar. "Después del accidente, no tenía problemas para viajar en avión", cuenta un defensa central que en la época de Múnich era jugador del United a tiempo parcial y tenía que trabajar en una mina de carbón para ganarse un dinero extra, "pero hace unos diez meses, de repente, me aterrorizaba volar".

Blanchflower y Berry no volvieron a jugar a causa de las heridas. Al cabo de unos meses, les notificaron que debían abandonar sus casas, que eran propiedad del club, para que los jugadores que fueron fichados después de la tragedia tuvieran un sitio donde vivir. Algunos de los supervivientes pasaron apuros económicos, si bien hasta agosto de 1999 no se celebró un partido para recaudar dinero para las víctimas del accidente y sus familias. Eric Cantona, ex delantero del United, organizó un equipo de jugadores de talla mundial para enfrentarse al equipo inglés, pero los gastos de su participación ascendieron a 133.000 euros.

Esta semana el mundo del fútbol tiene la obligación de presentar sus respetos a los que perecieron hace 50 años. El miércoles por la tarde se celebrará un funeral en Old Trafford y, cuando Inglaterra juegue contra Suiza esa misma noche en Wembley, los futbolistas llevarán brazaletes negros en señal de respeto, dado que muchos de los jugadores que murieron eran internacionales.

Habrá un nuevo tributo el domingo en Old Trafford en el encuentro ante el Manchester City. Y hay cierto temor a que algunos hinchas del City no respeten la ocasión por la animadversión entre ambas aficiones. El City solicitó un minuto de ovación en vez de un minuto de silencio, pero la petición fue rechazada por el United, que, con razón, cree que no sería un homenaje digno.
Matt Busby, que recibió la extremaunción dos veces en el hospital de Múnich antes de recuperarse y construir el gran equipo de Best, Law y Charlton en memoria de sus Babes perdidos, fue jugador del City y ayudó al club a ganar la Copa de la Asociación Inglesa de Fútbol en 1934. Además, uno de los compañeros de equipo de Busby en esa época en el City fue Frank Swift, al que algunos califican como el mejor portero de la historia de Inglaterra, que se hizo periodista cuando se retiró y fue uno de los ocho reporteros que murieron en Múnich.

Busby murió en 1994 -unos meses después de ver al Manchester United ganar el título inglés por primera vez en 26 años- , pero el 26 de mayo de 1999, cuando ese gran hombre habría celebrado su 90º cumpleaños, el United conquistó la Liga de Campeones tras derrotar al Bayern Múnich en Barcelona con dos goles mágicos en el minuto 90.

Simon Mullock es redactor del Sunday Mirror

domingo, febrero 03, 2008

'SAUDADE' DE GARRINCHA por Cayetano Ros

Hace días se publicó este artículo en El País y como el personaje es sagrado para este sitio hoy lo cuelgo, porque sí.


Nadie quiso o pudo ayudar al futbolista más querido de Brasil, que murió solo, pobre y alcoholizado a los 49 años. Ayer se cumplió un cuarto de siglo de su fallecimiento y su tumba, en el cementerio de Raiz da Serra, a 50 kilómetros de Río, sigue tan abandonada como entonces. El túmulo recibe pocas visitas. La última, el 2 de noviembre. Alguien dejó flores, lloró y se fue. Su hermana Rosa, de 82 años, la que le puso el apodo de Garrincha (un pájaro feo y veloz de la selva del Mato Grosso), se niega a que trasladen los restos a un mausoleo que mandó construir el alcalde de Pau Grande, localidad de 8.000 habitantes que le ha dedicado escuelas, un estadio y varios bares. Su nieto Rafael se prepara para una prueba en el Botafogo, el club del abuelo.

"Le gustaba la cerveza y el aguardiente, pero odiaba ser elogiado", dice su primer técnico
Al sugerirle que se moderase, replicaba: "Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí"
"Hay un sentimiento nacional de culpa. Él nunca abandonó sus raíces populares. Fue explotado por el fútbol y se convirtió en el símbolo de la mayoría de los brasileños, que también son explotados", explicó el antropólogo José Sergio. "Dentro de 400 años, cuando se hable de fútbol, se hablará de Garrincha", sentenció João Saldanha, el seleccionador que llevó a Brasil al Mundial de México 70. "Le gustaba la cerveza y el aguardiente, pero odiaba ser elogiado", remachó esta semana su primer entrenador en el Esporte Clube de Pau Grande, Seu Toti, de 85 años.
Su pierna izquierda era seis centímetros más corta que la derecha y estaba flexionada hacia la derecha. Además, Manuel Francisco dos Santos, Mané, fue adicto al tabaco desde los 10 años. Garrincha, sin embargo, nunca fue un débil mental como lo caricaturizaron, sino un hombre a la deriva azotado por la depresión y la bebida. A menudo le sugirieron que se moderara, a lo que contestó: "Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí".

Mané se casó tres veces y tuvo 14 hijos reconocidos. Ocho hijas de su primer matrimonio con Nair; uno de Elsa Soares (Garrinchinha, fallecido en accidente de tráfico); dos con Iraci; otro con Vanderleia; otro en Suecia (Ulf Linberg, fruto de un romance en la Copa del Mundo de 1958), y Rosangela, reconocida por una prueba de ADN. Aunque su alma gemela fue Elsa Soares, una leyenda de la samba que había cantado con Louis Armstrong. Su relación, que duró 15 años, coincidió con sus demandas de más salario al Botafogo, lo que fue aprovechado por los radicales para hostigar a la pareja, que se trasladó a Italia.

Garrincha pasó la infancia cazando, pescando, haciendo el amor y jugando al fútbol. Tenía, dice el escritor Eduardo Galeano, un talento intuitivo para todo. A los 14 años trabajaba en una fábrica textil. Y pensaba que el fútbol no hay que tomarlo seriamente. Cuando Brasil se sumió en el drama del Maracanazo (la derrota ante Uruguay en la final del Mundial de 1950), prefirió irse de pesca antes de oír el partido por la radio. Fue a probar displicentemente en los clubes de Río. El Vasco lo rechazó por no traerse las botas. Del Fluminense se marchó antes de terminar la sesión para pillar el último tren. Y, ya con 19 años, probó en el Botafogo y se quedó: 609 partidos y 252 goles.

"Maestro, ¿hoy es la final?", le preguntó al seleccionador, Aymore Moreira, antes de la del Mundial de Chile 62. "Ah, con razón hay tanta gente", respondió Garrincha antes de vencer a Checoslovaquia (3-1). Tal era su desapego de la solemnidad del fútbol que, tras el partido, se rezagó y recibió la embestida de un reportero: "Por favor, dos palabras para este micrófono". El hombre al que aplaudía el mundo se detuvo y replicó: "¿Dos palabras? Adiós, micrófono".
Participó en tres Copas del Mundo: Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66. Ganó las dos primeras. En Suecia compartió una delantera sublime con Didí, Vavá, Pelé y Zagallo. Disputó 60 partidos con Brasil, de los que ganó 52, empató siete y perdió uno: contra Hungría (3-1) en Inglaterra 66. Marcó 17 goles. Se situaba en el extremo derecho y repetía la misma jugada. Amagaba para un lado y otro, salía disparado y se frenaba en seco, simplemente para salir disparado hacia otro lugar. Enseñó a reír a los aficionados.

No disputó los dos primeros partidos del Mundial de Suecia 58. Ni tampoco Pelé. Brasil había llegado todavía bajo el síndrome del Maracanazo. La confederación brasileña llevó médicos, preparadores físicos y psicólogos. Y todos coincidían: "Garrincha no está preparado". Sólo la intervención de sus compañeros ante el seleccionador, Vicente Feola, permitió que debutaran ante la Unión Soviética. Era la época del Sputnik y del acercamiento científico de los soviéticos en la guerra fría. Feola los temía. Pero entre Garrincha y Pelé los pulverizaron. Su compadre Nilton Santos lo recuerda así: "Los soviéticos nos marcaban al hombre, pero, de repente, comenzaron a amontonar gente en el lado izquierdo de su defensa". Fue el inicio de una era gloriosa para Brasil, que batió a Suecia en la final (5-2). Cuatro años después, la canarinha llevó casi el mismo equipo a Chile 62. Pelé se lesionó en el segundo partido y Garrincha tuvo un ascendente sólo comparable al de Maradona en México 86.

Pelé y Garrincha fueron dos personalidades opuestas. No hubo un futbolista más amateur en su espíritu que Garrincha. Ni nadie más profesional que Pelé. Garrincha fue incorregible y se peleó con el establishment. Pelé llegó a ser el establishment.

Aficionado a las brincadeiras (bromas), apostador infatigable, bebedor hasta la muerte, Elsa trató sin éxito de controlarlo. "Fue perspicaz, pero jamás tuvo liderazgo", lo define Gerson Soares, productor de cine e hijo de Elsa, "pero tenía tanta confianza en sí mismo que no sabía ni los nombres de los adversarios". "Era un hombre tan despierto", agrega su hijastro, "que, en una excursión con el Botafogo a Europa, en 1955, tomaba cubatas en las barbas del severo entrenador, Zezé Moreyra. ¿Cómo? Añadiendo ron en la garrafa de Coca Cola que tomaba una tras otra en el lujoso transatlántico Conte Grande".

Soares cuenta hilarantes anécdotas sobre él. A Casado, un camarero del Botafogo al que no se le había caído una bandeja en 25 años, Garrincha se empeñó en que sufriera una primera vez. Apostó con sus compañeros a que lo lograría. Lo agarró por detrás gritándole que quería hacer el amor con él. Pero Casado resistió: no se le cayó la bandeja.

Mané jugó desde 1953 hasta 1972. Hasta los 29 años fue indestructible ante el alcohol, la cortisona y las patadas. Pero se operó de los dos meniscos y todo acabó. Dos agentes bancarios fueron a su casa en Pau Grande y encontraron dinero pudriéndose en los armarios. El Botafogo también se aprovechó de él pagándole menos de lo que merecía. "Garrincha murió de su propia muerte: pobre, borracho y solo", sentenció Galeano.

domingo, enero 27, 2008

EL BARCELONA DE CRUYFF por Santiago Segurola

Termina la maravillosa serie de artículos que Santiago Segurola ha dedicado a su "Top Ten" de equipos en la historia, como ya se advirtió, todas eran susceptibles de ser robadas para publicarlas aquí. El robo se ha consumado y yo, al menos, lo he disfrutado.



Una fecha suele pasar inadvertida en la fastuosa trayectoria de Johan Cruyff en el Barça. Había más críticos que aduladores aquel 5 de abril de 1990. El Barça se enfrentaba al Madrid en la final de Copa y Cruyff atravesaba una situación crítica en el club. El presidente Núñez había contactado con César Luis Menotti para ofrecerle la dirección del equipo. Cruyff estaba a punto de concluir su contrato de dos años, en medio de un ambiente tan cargado como la tormenta que azotaba Valencia, escenario de la final. La temporada se había apretado para favorecer la preparación del Mundial de Italia, donde se esperaba una buena actuación de la selección española. Hay cosas que no cambian. La selección estaba integrada por una abundante mayoría de jugadores del Real Madrid, que se dirigía como un tiro a por el quinto título consecutivo de Liga. El Madrid dominaba el campeonato con más facilidad que nunca. Su producción goleadora mejoraba todos los registros conocidos. Hugo Sánchez anotaba una media de un gol por partido, la Quinta del Buitre había alcanzado la cumbre de la celebridad y sólo las discrepancias entre Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid, y Martín Vázquez ensombrecían la felicidad en el madridismo. El Barça vivía con las frustraciones de costumbre. Desde 1960, sólo había ganado dos Ligas (1973-74, 1984-85), cifra asombrosamente exigua para un club con un potencial enorme. En ese mismo periodo, el Atlético de Madrid había obtenido más campeonatos. Más sorprendente eran los cuatro títulos del Athletic y la Real Sociedad en los años ochenta.
El Barça parecía destinado a una amargura perpetua, sometido a toda clase de incertidumbres. Por el club habían pasado las mayores estrellas del planeta, con Cruyff, Maradona y Schuster a la cabeza, y los entrenadores más prestigiosos de su tiempo: Rinus Michels, Weissweiler, Menotti, Venables y hasta el último Helenio Herrera. Nada funcionó como debía. Al Barça le faltaba identidad. Viraba de ruta continuamente y disfrutaba de un insano victimismo. Una presión de proporciones atómicas no ayudaba a mejorar las cosas. Los malos resultados eran proporcionales al desaliento general. En la temporada 87-88, era frecuente ver el Camp Nou casi vacío. Sólo 30.000 persones tenían el humor de acudir a uno de los templos sagrados del fútbol. Lo que ahora parece irreal era tan cierto como la desesperada situación de Cruyff aquel 5 de abril de 1990.

Cruyff fue contratado en el verano de 1988. El Barça acababa de padecer una de las peores crisis de su historia. El trauma de la derrota en la final de la Copa de Europa de 1986 había destruido el club. El motín de los jugadores contra el presidente Núñez superaba todas las fronteras conocidas del desconcierto. El fichaje de Cruyff se antojaba como la última bala de un presidente que se había caracterizado por el populismo. En el primer Núñez se apreciaba la semilla de los dirigentes que harían furor en los años noventa. Como tantas otras estrellas, Cruyff había abandonado el Barça entre críticas, pero su inolvidable primera temporada le acreditaba por encima de cualquier rechazo. En 1973, el Barça voló tras la llegada del astro holandés. El 0-5 en el Bernabéu fue la cima simbólica, aunque no el mejor partido, de aquel equipo. Sólo por ese capital, Cruyff tenía más galones que nadie en el barcelonismo. Núñez lo sabía y le fichó. Cuestión de supervivencia.

Sin embargo, no hay mito que aguante una saga de derrotas. En su primera temporada, el Barça ganó la Recopa de Europa, sin saber que la victoria frente al Sampdoria sería el anticipo de otra más aclamada, tres años más tarde. Pero la Recopa era caza menor. El equipo hegemónico no era otro que el Real Madrid. La segunda temporada tampoco ayudaba a la causa de Cruyff. Descolgado en la Liga, sólo le quedaba la oportunidad en la final de Copa, no tanto porque el título pudiera saciar al barcelonismo como por el significado de una victoria sobre su gran adversario. Eran pocos los que apreciaban la profunda transformación que había comenzado el técnico holandés. No resultaba fácil adivinar el impacto de un hombre que traía un modelo tan peculiar como atrevido. En un país apasionado por el fútbol, pero poco abierto en aquellos días al debate técnico, las cualidades de los entrenadores se identificaban más con las relaciones públicas que con su verdadera aportación al juego. Fue luego, en la década siguiente, cuando emergió una nueva generación de entrenadores españoles, en buena medida por el efecto que tuvo el Milan de Sacchi y el Barça de Cruyff en los aficionados. De repente, se generó una fascinación por los recovecos del juego que prendió entre los jóvenes preparadores. Pero a finales de los ochenta el panorama era muy diferente. Los mejores equipos españoles estaban dirigidos por técnicos extranjeros. Entre todos ellos, Cruyff parecía un enigma.

Desde su etapa juvenil en el Ajax, Cruyff había sido un jugador con opiniones propias. Nunca pensó como los demás. Su relación con Rinus Michels se estableció a partir de un proceso intelectual. Los dos tenían algo de visionarios en un equipo que marcó una época en el fútbol. Y la marcó desde la nada. En términos casi religiosos, el Ajax significó una reforma total contra el dogma del catenaccio que prevalecía en la década de los sesenta. Y Cruyff era el profeta de una nueva religión futbolística. Su aproximación al juego se relacionaba con la belleza, la arquitectura espacial del fútbol, la voluntad de ataque, la precisión, la velocidad, la técnica, la cohesión colectiva y el deseo de trascender el resultado. “Me gusta ganar jugando bien. Y si pierdo, prefiero hacerlo jugando bien”, comentaba Cruyff. No había nacido para el aburrimiento. Como entrenador demostró inmediatamente la coherencia y la altura de sus ideas. Restauró al Ajax como uno de los equipos más atractivos de Europa y estableció un ideario que fue la envidia del fútbol mundial. Jóvenes jugadores como Van Basten, Rijkaard o Bergkamp se adiestraron con el magisterio de Cruyff, uno de los escasos ejemplos donde la importancia como entrenador iguala o supera al legado como futbolista. Y eso no es nada fácil con un hombre considerado como uno de los cuatro mejores jugadores de la historia.

Todo lo que hoy se celebra en Cruyff no parecía tan claro en sus dos primeras temporadas en el Barça. Buena parte de la prensa no entendía su mensaje futbolístico. Se le consideraba más loco que osado, más irresponsable que sensato, más incomprensible que didáctico, más perdedor que victorioso (nunca ganó la Liga como técnico del Ajax), más ególatra que entrenador. Sin embargo, la revolución había comenzado. Aunque el Milan de Sacchi, y de sus tres holandeses, trataba de imponer su excepción al modelo característico en aquellos tiempos, el 5-3-2 con libre y carrileros pelmas, nada se podía comparar al Barça que pretendía Cruyff, donde regresaban los extremos como piezas fundamentales. Extremos insospechados muchas veces. A Cruyff le resultaba más importante la función que el órgano. Si esta cuestión significaba colocar a Lineker, un rematador y nada más que un rematador, o a Julio Salinas como extremo derecha, la decisión estaba tomada: los dos se iban a la raya derecha. Lo importante era ganar espacios, abrir las defensas, disponer de la pelota como estrategia ofensiva y defensiva, abrumar al adversario con un juego rápido, donde todos los jugadores conocieran exactamente su función, donde cada uno expresara sus mejores cualidades por raras que parecieran.

El trabajo de Cruyff no fue sencillo porque los resultados no funcionaban y por la enorme cantidad de prejuicios que pesaban en el fútbol. En un medio que favorecía el discurso defensivo, las ideas del técnico holandés se interpretaban como una chaladura. Donde todos añadían defensas (dos centrales, un líbero, dos laterales con el adjetivo de carrileros y un medio tapón), Cruyff agregaba delanteros o jugadores con una vocación ofensiva. No pocas veces utilizó sólo tres defensas y siempre definió el juego con un medio centro creativo, primero Luis Milla, luego Pep Guardiola. Los dos extremos eran obligatorios. Sólo los quería para los últimos 20 metros, como al delantero centro. No los quería para trabajos que luego repercutían en su eficacia. No los quería para defender. También era asombrosa su selección de jugadores. Comenzaba por una confianza absoluta en la creación de especialistas. Para eso estaba la cantera. Tenía ventajas indiscutibles que tardaron mucho en observarse: el sistema de producción de la cantera aseguraba un tipo de jugador a la carta, saneaba la economía del club y establecía un magnífico vínculo con el entorno social. Cuando Cruyff llegó al Barça, el equipo estaba prácticamente integrado por jugadores forjados fuera de la cantera azulgrana. Cuando dejó el club, una parte sustancial del equipo procedía de las categorías inferiores: Guardiola, Amor, Sergi, Ferrer y varios futbolistas notables, pero de menos éxito.

En lo que parecía un atrevimiento descabellado, su equipo rompía muchas normas presuntamente sagradas. Ferrer y Sergi no llegaban al 1,70. Koeman, quizá el jugador más importante de la ‘era Cruyff’, era un armario que jugaba sin red de seguridad en el centro de la defensa. Un chico flaco que no podía correr, ni saltar, oficiaba de medio centro: era Guardiola. Laudrup fue rescatado del fútbol italiano, donde no se tuvo ninguna consideración por sus habilidades, y deslumbró como extremo o como delantero centro falso, aunque no pudiera quitar la pelota a nadie. Más tarde llegó Romario, un gordito que estaba en las antípodas de los arietes al uso. Pero Cruyff quería divertirse. Y Romario, cuando le apetecía, era la diversión asegurada. Stoichkov venía del incierto fútbol del Este. Era arrogante, rápido y poderoso. Quería jugar suelto. Cruyff le ubicó como extremo a palo seco. A Beguiristain, también, aunque no era tan rápido, ni tampoco se caracterizaba como regateador. A Beguiristain le caracteriza su astucia. Eusebio era tan pequeño como los otros. Tampoco impresionaba por su rapidez. Todo lo contrario. Excepto para pensar y pasar. Para eso era un rayo. Ni Amor, ni Bakero, se distinguían por su presencia atlética, pero eran listos, competitivos y abnegados. Como ocurrió con Hugo Sánchez, cuesta recordar un regate de Bakero en toda su trayectoria en el Barça. Lo que se recuerda es su juego a un toque y sus vertiginosas incorporaciones al área, donde le salía el rematador que llevaba dentro. En conjunto, ése fue el Barça glorioso de Cruyff, no el de aquella tarde de abril de 1990, cuando su futuro se cuestionaba en todos los corrillos y Menotti esperaba la llamada definitiva.

El Barça ganó la final (2-0). El Madrid conquistó la Liga. La victoria permitió a Cruyff continuar al frente del equipo. El Madrid no volvió a ganar el campeonato hasta la temporada 94-95. El Barça conquistó cuatro títulos consecutivos de Liga y la Copa de Europa que tanto se le había resistido. Esos son datos que avalan la superlativa carrera de Cruyff al frente de un equipo glorioso. Sólo datos. Lo fundamental tiene un carácter más profundo: el Barça torció su historia de lamentaciones y se convirtió en el equipo chic, quizá la gran referencia del fútbol mundial. A Cruyff le corresponde todo el mérito de la transformación. Contestó a quienes le cuestionaban con una saga impresionante de victorias. Respondió a quienes predicaban el fútbol defensivo con una de las apuestas ofensivas más clamorosas que se recuerdan. Devolvió todo el placer de la belleza al fútbol. Negó otra falacia: el deterioro del vigor competitivo por la belleza. Demostró el crucial valor de la cantera. Divirtió a todos, hinchas o no del Barça. Su grandeza fue universal. Pero su legado no terminó con él. El mismo club que sólo había obtenido dos Ligas entre 1960 y 1990 y que jamás había logrado la Copa de Europa, ha ganado dos finales de la Liga de Campeones y ocho de los últimos 17 campeonatos nacionales. Todos con entrenadores holandeses. Es, sin duda, la edad de oro del Barça. Detrás hay una figura apoteósica: la de Johan Cruyff.

domingo, enero 20, 2008

FRANCIA (78-86), LOS CARTESIANOS DEL MEDIO CAMPO por Santiago Segurola

La relación de Francia con el fútbol se ha movido de forma pendular. A momentos de fulgor, como su actuación en el Mundial de Suecia 58, siguieron años sin interés. Ningún equipo francés tuvo protagonismo en el década de los sesenta. Entre 1958 y 1978, Francia sólo participó en la Copa del Mundo que se disputó en Inglaterra, donde su participación fue anecdótica. Fue eliminada en la primera ronda. Tampoco hubo jugadores relevantes en aquel periodo. El país de Kopa, Vincent y Fontaine se sentía más atraído por el ciclismo o el rugby, el juego de la Francia profunda. Sin embargo, a mediados de los años setenta se produjo una renovación generacional, donde la pequeña ciudad de Saint Etienne tuvo un papel fundamental. Si Marsella era la ciudad enloquecida por el fútbol, Saint Etienne tenía la llave del futuro. El fútbol volvía a sus orígenes: la clase obrera tomó la bandera del fútbol en una ciudad orgullosa de su equipo. Se sentía representada por los verts, que comenzaron a progresar en la escala jerárquica del fútbol europeo. En aquel pequeño equipo se incubó el embrión del despegue francés.

En Nancy, al norte de Francia, el fútbol también era el pasatiempo preferido de mineros y emigrantes italianos o polacos. La deuda con ellos venía de lejos. Kopa, hijo de mineros, se apellidaba Kopazewski. Era uno de los muchos polacos que dieron gloria al fútbol francés. Michel Platini nació en Joeuf, pueblo cercano a Nancy, en una familia originaria del Piamonte italiano. Debutó con 17 años en el Nancy y se convirtió muy pronto en una celebridad. Por aquella época, el Saint Etienne reunió un excelente grupo de futbolistas: Janvion, Bathenay, López, Larque, Rocheteau y Sarramagna, entre otros. Francia necesitaba una referencia internacional. La encontró en los verts, que disputaron la final de la Copa de Europa frente al Bayern, en 1976. Mereció la victoria el Saint Etienne, pero ganó el equipo alemán. Era una especie de ley no escrita.

Platini fichó por el Saint Etienne y Francia acudió a los Mundiales de Argentina. Fue el inicio de un ciclo que despertó la admiración de los aficionados europeos. Durante ocho años, la selección francesa se distinguió por un fútbol elegante donde no faltaba el vigor de atletas como Janvion o Tresor. Pero en el recuerdo queda el ingenio y la clase de sus centrocampistas. La memoria del fútbol es selectiva. Se recuerdan unas pocas alineaciones y algunos nombres asociados a la perfección. Tigana, Giresse y Platini son nombre imborrables para los aficionados. Ellos definieron el juego de Francia en los años ochenta. A su alrededor, una buena defensa y una delantera más sutil que poderosa: el pequeño Lacombe y Rocheteau, que nunca alcanzó el nivel de sus primeros días en el Saint Etienne. Una gravísima lesión rebajó sus registros, aunque fue un habitual de la selección francesa.

Francia fue la alternativa más consistente a la hegemonía de Italia y Alemania en los primeros años ochenta. El equipo estaba dirigido por Michel Hidalgo, un entrenador juicioso, amable, querido por los jugadores y los aficionados. Elegía a los mejores y sacaba de ellos su mejor rendimiento. En eso consiste la labor de un buen entrenador. Platini dirigía el juego sin alardes imperiales. Era la estrella, pero su confianza en Tigana y Giresse era absoluta. Tigana jugaba como pivote central y se ganó fama de defensivo, pero en cualquier zona del campo era un jugadorazo. Elástico, con una zancada elegante que le permitía conducir la pelota como la seda, dispuesto a asociarse con cualquiera que encontrara por el camino, Tigana era un secreto a voces, el corazón del equipo. El diminuto Giresse escondía un motor considerable y un repertorio enorme de recursos técnicos. Jugaba en corto y en largo, sacaba un buen partido de su habilidad y marcaba goles con frecuencia. Preciso rematador, intuitivo en el área, Giresse acompañaba en todo el campo.

Platini tenía la mejor guardia posible, jugadores que entendían su cartesiano juego a la primera. Platini era un armador inigualable y un finalizador temible. Se dijo que era el nueve y medio por excelencia, un delantero camuflado en la línea de tres cuartos, desde donde elegía la manera de destrozar al rival. Hizo de la pared un arma letal. Quien quiera ver su eficacia en este arte, puede ver su colección de paredes en la Juve, donde el polaco Boniek fue su socio principal. Después de la pared, venía la definición. Ahí, Platini era Romario. Elegía los rincones como nadie. Como lanzador de faltas, encontró pocos iguales. Ese jugador formidable tenía una estampa nada imponente. Parecía fatigado, a punto del abandono, con las medias bajadas y un aire de jugador superado por el esfuerzo. Falso. Platini manejaba los partidos con un autoridad imperial y jamás puso en duda su liderazgo, tanto en la selección francesa como en la Juve.

miércoles, enero 16, 2008

ENTERRAD MI CORAZÓN EN RIAZOR por Manuel Rivas

Hoy rompo una lanza en favor del Deportivo, ahora que corren tiempos más que difíciles. Recupero un viejo artículo de Manuel Rivas escrito después del maravilloso partido de Champions disputado el 7 de abril de 2001 entre el Deportivo y el Paris Sant Germain.

Estaba de viaje. El taxista, cosa extraña, llevaba la radio apagada. Fue quizá ese silencio, y el braceo galaico del limpiaparabrisas bajo la lluvia, el que me hizo conectar la memoria con el departamento de Asuntos Pendientes. Le pregunto entonces al silencioso conductor si sabía cómo había quedado el Deportivo. '¿Es usted gallego?' Sí, de Coruña. '¿Y no ha visto este partido?'. Había enfatizado el este; como si fuera la primera vez en su vida que usaba tal herramienta al hablar. Tenía que haber ocurrido algo muy extraño en Riazor. No, musité intimidado. No lo he visto. Por eso le pregunto. Y el conductor frenó el coche como un gaucho su caballo y me clavó la mirada como quien mira no a un hombre solo sino a sólo medio hombre: 'Pues no tiene usted perdón de Dios'.

El Deportivo-Paris Saint Germain fue una película. No lo digo como recurso retórico. En la noche del miércoles, después de ver la repetición del partido por La 2, en la habitación del hotel, caí en la cuenta que lo que había visto en realidad era una de John Ford. Lo ocurrido en Riazor era, al tiempo, un rodaje y una proyección. La pantalla del televisor nos permite ahora desmenuzar la perfecta estructura fílmica del encuentro. Su carácter de odisea en un escenario límite del Oeste. Una primera parte de tempestad, de adversidades impías, de penalidades sin cuento. A punto de sucumbir, la aparición de un factor que desafía el infortunio y da paso, con acción trepidante, al desmontaje de la fatalidad y a un final feliz e inesperado.

El elemento providencial en este filme fue la cabeza de Pandiani. En un pub del barrio londinense de Kilburn hay en la pared una leyenda que reza: 'Tenía una mente privilegiada para el fútbol, pero las ideas no le llegaban a los pies'. Pandiani demostró que, también en el fútbol, el lugar más cercano a las ideas es la cabeza. Y no había tiempo que perder esperando que llegasen al dedo gordo.

Los primeros planos mostraban la veracidad del cuerpo a cuerpo, sangre y barro en las rodillas, eso que distinguirá siempre al fútbol de otros deportes de inmaculada concepción. El filósofo Sartre, que era de París y tomaba café en Saint Germain, dijo en una ocasión: 'El fútbol tiene un problema y es que el equipo contrario existe'. Con el Deportivo sucede justo al revés. Juega bien gracias al problema, a la existencia del contrario. El Deportivo se complica la vida cuando cree que juega contra el Destino, ese ente invisible, pero hace maravillas cuando descubre al adversario. En los partidos contra el Destino, el Deportivo se obsesiona tanto con la portería que sólo ve los palos y todos los balones van al larguero. Empieza a meter goles cuando divisa a un tipo en la portería. Al adelantarse con tres goles, los parisinos ya no podían disimular. Existían. Iban a vencer. Y el Deportivo se puso entonces a las órdenes de John Ford. Cada jugador parecía decir: 'Enterrad mi corazón en Riazor'.

Al igual que hay una psicología del paisaje, hay una psicología de los campos de fútbol. Estadios o recintos modestos, algo va quedando de tanto sentimiento, por más que a veces nos parezca absurdo. Riazor es un estadio marino. Un sedimento de memorias mecidas por el mar, con sus naufragios, luchas por la supervivencia y felices arribadas. Lo de la noche del miércoles fue una heroica travesía a contraviento. Después de esto, Riazor debería aparecer en la cartografía náutica como la isla donde se reinventó el fútbol una noche de tempestad del año 2001.

Manuel Rivas es escritor

viernes, enero 11, 2008

GARRINCHA por Eduardo Galeano



Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al futbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticaron que nunca llegará a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado.

Nunca hubo un puntero derecho como él. En el Mundial del 58 fue el mejor de su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue mas: él fue el hombre que dio mas alegrias en toda la historia del fútbol.

Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. Garrincha ejercía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése era él; el botafogo que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones, escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser besada.

¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo.

Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo.

Eduardo Galeano es escritor uruguayo

domingo, enero 06, 2008

EL MADRID DE LA 'LA QUINTA' por Santiago Segurola

Despedida de Emilio Butragueño. El último vuelo

Las noticias llegaron a través de Julio César Iglesias y el artículo que despertó la fiebre por unos muchachos desconocidos. Se titulaba “Amancio y la quinta del Buitre”, apareció en noviembre de 1983 en las páginas de deportes de El País y las consecuencias fueron inmediatas. Días después, dos juveniles del Real Madrid debutaban en Murcia. Eran Sanchis, hijo del defensa internacional que ganó la Copa de Europa en 1966 y participó en el Mundial de Inglaterra, y Martín Vázquez, un centrocampista con todos los recursos técnicos imaginables. Como suele suceder en el periodismo, el célebre reportaje de Julio César Iglesias se publicó casi por casualidad, con un título diferente y peor que el original, cuyo enunciado decía simplemente: “La quinta del Buitre”. Pero no era fácil defender una página dedicada a unos juveniles de los que apenas nadie tenía noticias. Se agregó la figura de Amancio, entrenador del Castilla en aquellos días, para dar un aire de formalidad a una historia que cautivó a los lectores y a los aficionados al fútbol. Si la profecía de Julio César Iglesias tenía sentido, aquel grupo de jugadores harían historia. La hicieron.


El título era genial por descarado y ambiguo. Julio César Iglesias se refería al clan generacional que formaban cinco juveniles y a la quinta velocidad de un curioso delantero, de apellido Butragueño, apodado El Buitre instantáneamente por los compañeros y los aficionados. El Buitre era el eje de una historia coral que incluía a otros cuatro futbolistas: Sanchis, Martín Vázquez, Pardeza y Michel. Todos menos Butragueño habían destacado por su precocidad. Entre todos ellos ninguno había sobresalido tanto como Pardeza, un chico de Huelva que destrozaba a los rivales con una rara mezcla de potencia, habilidad y picardía. Su temprano desarrollo físico le facilitaba el trabajo. Más tarde sería el único que no encontraría un puesto fijo entre los titulares del Madrid. “No puedo luchar contra un mito”, confesó después de su traspaso al Zaragoza. El mito era Butragueñó, El Buitre.


Alfredo Di Stéfano dirigía al Madrid en aquellos momentos. Lejos de molestarse por el elogioso perfil de Julio César Iglesias, el técnico convocó en los meses siguientes a todos los integrantes de la Quinta, excepto a Michel, que se incorporó en el verano de 1984, con Amancio al frente del Real Madrid. El éxito de la Quinta fue tan rápido como abrumador. En el Bernabéu se congregaron 65.000 personas para presenciar el partido entre el Castilla y el Bilbao Athletic, que se disputaban el liderato en Segunda División. Un clamor de cambio de apoderó del Madrid. Di Stéfano lo entendió perfectamente. Tres años después, el Madrid ganó la Liga después de cinco años de sequía. Comenzó una arrolladora marcha por el campeonato. El Madrid conquistó cinco campeonatos sucesivos con un fútbol brillante, caracterizado por un poderío goleador que no encontró respuesta en España.


La Quinta dio nombre a una época, pero en aquel equipo se concentró una amplia nómina de estrellas. Gallego se había establecido como titular de la selección española. Gordillo llegó del Betis para conquistar la banda izquierda con su incansable contribución. Jorge Valdano venía del Zaragoza, donde había completado unas excelentes temporadas, Jankovic, un desconocido yugoslavo, dictó brevemente su magisterio en el medio campo. Una grave lesión quebró su carrera. Ingresó Bernd Schuster, procedente del Barça, el medio centro perfecto. Con Schuster al mando de las operaciones, el Madrid marcó 106 goles en la temporada 89-90, récord del fútbol español. Hugo Sánchez marcó 38 tantos aquel año, todos a un toque, proeza que explica la inteligencia de un delantero centro que convirtió hizo un arte del remate y el desmarque. Hugo Sánchez no sólo era mortífero: su ambición competitiva no tenía límites. En aquel equipo, jugadores como Chendo no merecían el crédito debido. Lateral potente, casi insuperable en el mano a mano, con una respuesta eléctrica a las situaciones de emergencia, Chendo era un gran especialista defensivo en un equipo de artistas.


El Madrid de la Quinta emergió como un acontecimiento social y deportivo en España. Se vivían tiempos de cambio y aquellos jóvenes futbolistas representaban a una nueva generación, Alrededor de la movida y de la Quinta del Buitre, Madrid recuperó su vigor anímico. Los protagonistas eran más ajenos a las consecuencias de lo que se pretendía, aunque su trascendencia social les colocó en una posición delicada. Convertidos en constante foco noticioso, el grupo se convirtió en una coartada para todo. Emergieron los críticos, encontraron defensores y el fútbol atendió a esa costumbre tan española de la división. Se dice que el Madrid no ganó la Copa de Europa, demérito que por lo visto inhabilita a aquel equipo para obtener el reconocimiento que merece. La irrupción del formidable Milan de Sacchi impidió la conquista del grial madridista, pero sólo ahora se valora la importancia de los cinco títulos de Liga consecutivos. Nadie acudía a la Cibeles para celebrarlos.


La Quinta articuló a un gran equipo, capaz de jugar con brillantez durante un largo periodo. Esa consistencia es otro mérito poco analizado. En buena parte, el éxito se relacionó con un hecho infrecuente. Es muy extraño encontrar un grupo de juveniles tan exquisito y complementario. Sanchis, que tenía alma de goleador, se retrasó del medio campo a la defensa, donde permaneció hasta la conquista de la octava Copa de Europa. Michel tenía vocación de director, pero desde el principio funcionó como un fantástico suministrador de juego desde el ala derecha. Martín Vázquez se ganó definitivamente la titularidad tras la baja de Valdano. Su consagración en la temporada 89-90 significó también el final de la Quinta. Abandonó el Madrid y fichó por el Torino. El Madrid no volvería a ganar la Liga hasta la temporada 94-95. Curiosamente, ese año Martín Vázquez regresó al club.


El clamor en torno a Butragueño se rebajó en la segunda parte de su trayectoria. Le salieron críticos y no pocos consideraron que era un jugador menor. Todo lo contrario. Mientras mantuvo su punta de velocidad, Butragueño no solo fue el compañero ideal de Hugo Sánchez, sino el delantero que aclaraba las jugadas por su facilidad para asociarse con los futbolistas de ataque. Para proteger su liviano físico, jugaba a un toque y tiraba paredes fuera del área. La posibilidad del penalti le protegía en el área, y allí se caracterizó por la frialdad para tomar decisiones. No era especialmente rápido, pero su primer paso causaba muchos problemas a los centrales. No tenía remate de media distancia, pero dentro del área tenía mano de cirujano. A sus buenos desmarques añadía la facilidad para colocar la pelota en los rincones de la portería. Marcó muchos y buenos goles, fue una celebridad nacional y completó una excelente trayectoria en un gran Real Madrid, el que mejor ha jugado en los últimos 40 años. Ese equipo recuperó para la Liga española el gusto por la exquisitez, por el compromiso con la belleza, con una idea que ahora parece natural en la Liga española, pero que de ninguna manera era predominante en los años ochenta. En el Madrid de la Quinta se encuentra la piedra fundacional de una manera de interpretar el juego que continuaría el magnífico Barça de Cruyff.

viernes, diciembre 28, 2007

MILAN, LA MÁQUINA CONTRACULTURAL por Santiago Segurola


Arrigo Sacchi puede explicar unas cuantas cosas del fútbol como cultura. Su celebrado Milan siempre fue observado con recelo en Italia, donde se entendió que aquel equipo llegaba para destruir los principios básicos del calcio. Italia adora el contragolpe, la especulación, el desprecio por los riesgos, la astucia y el gol oportunista. En Italia triunfó el catenaccio como una forma de vida. Gianni Brera, el venerable periodista de L’Reppublica, decía que Italia era una mujer que debe defenderse y proteger su virginidad, y lo mismo pensaba para su estilo de fútbol. Brera, como la mayoría de los italianos, creía que Sacchi era el anticristo destinado a acabar con un modelo interiorizado por toda una nación de fanáticos. El entrenador italiano por excelencia era Trappatoni. Sacchi era un intruso extranjerizado. Nunca se hizo más evidente la sospecha que en su etapa como seleccionador. Costaba soportarle en el Milan, pero en la selección de ninguna manera: ese hombre era un peligro.
La revolución de Sacchi fue doblemente laboriosa. No sólo introdujo nuevas perspectivas en el fútbol, sino que lo hizo en el país más incómodo para aceptarlas. Sacchi no se había distinguido por una meritoria carrera como jugador. Desde joven se distinguió por la curiosidad y las obsesiones. Viajó por Europa, tomó nota de lo que vio, descartó lo prescindible y se forjó un universo que trasladó al Parma, equipo de la Segunda División que cautivó a un ambicioso empresario milanés. Como Sacchi, Silvio Berlusconi también tenía un plan. Se hizo cargo del club después de un corrupto periodo que se cerró con el descenso administrativo a Segunda. Berlusconi sabía que el fútbol es un motor imparable de pasiones, que el Milan era una de las sociedades más prestigiosas del mundo y que el éxito en el fútbol tiene un incomparable efecto publicitario.
Berlusconi fichó al desconocido Sacchi como entrenador de un equipo que había vivido bajo el imperio de la Juventus. El nuevo técnico quería marcajes zonales, la defensa más cerca del medio campo que del portero, la utilización del fuera de juego como arma disuasoria para los rivales, un dinamismo abrumador y un mensaje dominante. El Milan no había nacido para ser dominado. Todo esto significaba la máxima exigencia, una atención absoluta a todos los detalles tácticos, el compromiso de todo el equipo con las ideas de Sacchi. Cualquier imperfección, cualquier hereje, colocaba al equipo en una situación crítica. El técnico exigía a los jugadores unas convicciones tan indeclinables como las suyas.
Aquel equipo legendario surgió entre dudas y terminó triunfal. Era un ejército de generales. En un periodo de cinco años se reunieron luminarias como Baresi, Maldini, Ancelotti, Rijkaard, Donadoni, Gullit y Van Basten. Los tres holandeses eran jóvenes, poderosos y versátiles. Añadieron una inigualable capacidad atlética a un equipo aplastante. El Milán ganaba por organización, despliegue, atención a los detalles y clase. Era un equipo rotundo. Había un desgaste enorme en el capítulo físico y mental. Finalmente al equipo le resultaba gratificador descansar en el matemático ejercicio defensivo de Baresi.
Italia asistió con estupor a los arrolladores años del Milan de Sacchi. Su hegemonía fue menor en el calcio que en Europa, donde su modelo causó una admiración ilimitada. Baresi, un futbolista que tenía un toque discreto, se convirtió en el defensa perfecto. Su cabeza contenía todo el libro de instrucciones de Sacchi. Manejaba los movimientos de la defensa como un director de orquesta. Había una belleza insospechada en el perfecto ejercicio defensivo del Milan, el equipo que amargaba la vida a los delanteros, obligados a pensar demasiado, a jugar contra su naturaleza, a preocuparse por la astucia de los defensas cuando toda la vida ha sido al revés.
Aquel Milán frustró a otro gran equipo, el Madrid, y pareció inaccesible durante cuatro o cinco años. No había mejor defensa que Baresi, mejor lateral que Maldini, mejor medio centro que Rijkaard, mejor todocampista que Gullit y mejor delantero que Van Basten, en cuya elegante figura se reunían las mejores cualidades del equipo. Preciso, genial si era necesario, incontenible cuando era necesario, sutil si lo requería la ocasión, ganador siempre, Van Basten terminaba en el área lo que Baresi comenzaba en la defensa. La trayectoria fue fascinante, pero la exigencia tenía un precio. La obsesión de Sacchi le ocupaba todos los minutos del día. Un día se acercó a Van Basten mientras el jugador almorzaba. Quería precisar un detalle del juego, un problema menor que a Sacchi le parecía inaplazable. Van Basten no aguantó más. Se giró y miró a Sacchi. “Mientras como, no”, contestó. Se acababa un ciclo fascinante.

domingo, diciembre 23, 2007

ALBELDA por Manuel Vicent


Cada equipo de fútbol, durante una época determinada, genera un jugador cuyo espíritu sintetiza el sueño colectivo de la tribu. En el Valencia CF este jugador ha sido David Albelda. Más allá de la convulsión de las gradas y de los negocios redondos del palco, el fútbol lo desarrollan unos deportistas sobre una geometría muy pura: el balón es una esfera, el césped está trasquilado por planos paralelos, unas líneas rectas definen el espacio y las áreas del campo, las porterías tienen cuatro ángulos, la red forma cuadrados y existe un punto por antonomasia que es el de penalti. Sobre esta geometría euclidiana se agitan los músculos, el corazón y el cerebro de unos atletas con el único afán de la gloria, pero los dioses son muy caprichosos y entre once eligen sólo a uno para que asuma las prerrogativas del héroe y se concentren en él todas las pasiones del público. Entre la directiva del club y ese ídolo se establece una distancia oscura, misteriosa, insalvable. Lo que ha sucedido en el equipo del Valencia ha sido que un presidente de muy pocas luces en la mollera pero cuyo trasero apenas cabe en la butaca del palco, ha creído que por el hecho de ser propietario del club podía salvar la distancia infinita que separa el dinero de la magia para menoscabar o humillar a un héroe por una venganza personal o por otra cuestión privada cualquiera. David Albelda ha sido parte fundamental durante años del espíritu del Valencia, el que ha cohesionado el equipo. Cuando ese espíritu se rompe todo se quiebra, porque entonces la geometría pura del campo abandona la imaginación de los jugadores, llena de caos todas las mentes y convierte el césped mentolado en una selva. Un presidente ahíto de dinero de papá, que te da la mano con sólo tres dedos a la hora de saludar, preside los partidos de su equipo con la mirada perdida. No le interesa nada de lo que sucede en el campo. Está pensando en otros negocios. De hecho, mientras los jugadores se agitan por el césped, él ya ve el Mestalla convertido en pisos de lujo y los billetes lloviendo en otro campo. Este señorón, al que los dioses confundan, se ha atrevido a profanar a David Albelda, al ídolo de la tribu, sin saber las fuerzas oscuras que ha destapado.

Manuel Vicent es escritor

viernes, diciembre 21, 2007

BRASIL 1982, LOS PERDEDORES QUE VENCIERON por Santiago Segurola

Mi padre me regaló verlos a todos en el Benito Villamarín el día que jugaron contra Escocia. Qué momento!


¿Puede un equipo que es tomado como la esencia del fracaso figurar entre los mejores que ha visto el fútbol? Sí. Brasil no ganó el Mundial de España, pero su recuerdo es imborrable. Y de eso también trata el fútbol. No hay mucho que decir sobre la mayoría de los ganadores del Mundial en las últimas ediciones. Aprovecharon su momento y ya está. Los aficionados más jóvenes difícilmente escucharán vibrantes historias de la selección alemana que conquistó el Mundial de Italia 90. Los brasileños recuperaron el título en 1994, después de un cuarto de siglo de sequía, pero hasta Romario pareció disminuido en aquel equipo. De la victoria de Italia ante Francia en el Mundial de 2002 no habrá otro recuerdo que el cabezazo de Zidane a Materazzi. Lo demás es material de desecho. Si un equipo queda en la memoria de la gente es que ha ganado de verdad. Lo otro es un trofeo en la vitrina.


Otro equipo representa algo parecido al Brasil de 1982. Se trata de Hungría, de la célebre selección de Puskas, Boszik, Hidegkuti y Czibor. La derrota frente a Alemania en la final de la Copa del Mundo de 1954 fue tan o más sorprendente que el maracanazo de Uruguay en 1950. Pero los brasileños ni tan siquiera llegaron a la final. Italia ganó el grupo que daba acceso a las semifinales y finalmente conquistó el trofeo. Era un buen equipo. Brasil era otra cosa, y puede que más imperfecta. Le faltaba un delantero centro de garantías. Telé Santana, el seleccionador, se decidió por el inservible Serginho, un gigante que se preguntó durante todo el torno qué demonios pintaba en aquel equipo maravilloso, en lugar del joven Careca. No había nadie para concretar en el área lo que forjaban los prodigiosos centrocampistas y laterales.


Cuando se habla de Brasil 82 se habla de Leandro, Junior, Sócrates, Falcao, Toninho Cerezo y Zico. Se habla también de una manera fascinante de jugar: fluida, ingeniosa, atrevida y versátil. La habilidad no estaba reñida con el pase. El pase no estaba peleado con el remate. El remate era la consecuencia de un proceso en el que todos participaban de manera creativa. Leandro y Junior eran dos laterales que podían jugar con el 10 en cualquier equipo del mundo. De hecho, Junior fue el cerebro del Torino en los años ochenta.


En el medio campo, Sócrates, Zico, Falcao y Toninho Cerezo resultaban imparables. Pocas veces se ha visto una colección parecida de virtuosos complementarios. Podían ganarte de cien maneras diferentes, pero difícilmente lo harían con una jugada grosera. Excepto Zico, centrocampista con alma de delantero o al revés, dualidad que le hacía temible en las dos zonas del campo, los otros tres jugadores destacaban por su presencia física. Altos, de zancada larga y gran recorrido, su versatilidad les permitía ocupar todos los puestos del centro del campo y aprovechar su destreza en los remates de media distancia o en las apariciones en el área. Entre ellos, Sócrates era el menos dotado para las tareas defensivas, si es que esas tareas le pasaron alguna vez por la cabeza. Aquel Brasil competía en dos categorías. Por un lado, pretendía la Copa del Mundo, pero durante el torneo comenzó a competir con un fantasma, el Brasil de 1970.

Por raro que parezca, estuvo más cerca de lo segundo que de lo primero. Fue derrotado por Italia en un partido inolvidable y no llegó a las semifinales. No hubo Copa del Mundo, pero su juego deslumbró. En el fútbol de Brasil se contenía toda la belleza del juego. Pronto se sacó el metro patrón para medir la grandeza de aquella selección. La medida era el equipo que conquistó el Mundial de 1970. Quizá ninguna selección se ha acercado tanto al mito que crearon Pelé, Gerson, Tostao, Jairzinho y Rivelino.

sábado, diciembre 15, 2007

¿EL OPIO DE LOS PUEBLOS? por Eduardo Galeano


¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan". Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del '78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió "este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre".

Eduardo Gaelano es escritor uruguayo

miércoles, diciembre 12, 2007

SOBRE LA SELECCIÓN ARGENTINA, LA ALBICELESTE


“Cuando un sentimiento supera todo lo racional no se puede desdeñar; cuesta muchísimo aglutinar a todo un pueblo detrás de una cosa, aunque sea de un juego”.

Ricardo Darín, actor argentino


Quizá sea eso algo parecido a lo que llaman "cultura de selección"


lunes, diciembre 10, 2007

LIVERPOOL 1975-1985, UNA MANERA DE JUGAR, UNA MANERA DE VIVIR por Santiago Segurola


A diferencia de los grandes equipos de los últimos 30 años, el éxito del Liverpool no se debió a un grupo definido de jugadores, sino al definido estilo de su juego, a una manera de vivir el fútbol. La coherencia y la ambición se las inyectó Bill Shankly, uno de los muchos escoceses que transformaron el fútbol en Inglaterra. Escocés fue el gusto por el juego de pase frente al choque inglés. Escocés fue Matt Busby, el mítico entrenador del Manchester United, y lo es Álex Ferguson, el técnico que ha reeditado en los últimos 20 años la hegemonía del equipo de Old Trafford. Escocés hasta la médula era Bill Shankly, nacido en una familia de mineros, minero él mismo, hombre de carácter y entrenador carismático. Shankly sacó al Liverpool de pobre, después de años de regresión a finales de los 50. Lo devolvió a Primera y no tardó mucho en conquistar su primer título de Liga. Ganó el campeonato en 1965, en plena efervescencia del pop y de una ciudad que encontraría en el fútbol una manera de afrontar la terrible crisis industrial de la década siguiente.

Shankly nunca ganó la Copa de Europa, pero los seguidores y futbolistas del Liverpool saben que el éxito se debe a su viejo entrenador. Cuando se retiró en 1975, dejó al equipo en manos de su ayudante, Bob Paisley, que dejó su puesto a otro ayudante, Joe Fagan, que traspasó los poderes a Kenny Dalglish, el delantero escocés que había sucedido y mejorado a Kevin Keegan. Así se hacían las cosas en Anfield. Al fondo, el ideario del viejo entrenador: juego de pase, rápido, solidario, sin egoísmos. Todo esto sucedió en un periodo interesante del fútbol británico. Mientras el Liverpool se hacía casi hegemónico en la Liga y en Europa, la mayoría de los equipos eligieron la ruta contraria al equipo de éxito.

Por aquella época, un tal Charles Hughes se hizo cargo de la dirección deportiva de la federación. Hughes escribió un libro que fue recibido como la Biblia del fútbol por sus partidarios. Se titulaba The Winning Fórmula (La Fórmula Ganadora) y era la obra de alguien dispuesto a castrar el juego. Todo se reducía a estadísticas, porcentajes, presuntas maneras de sacar el máximo provecho posible al lugar de las faltas, los rechaces, a todo lo que no depende del ingenio de los jugadores. El pelotazo y el rechace hizo furor en la mayoría de los equipos, que se igualaron por lo bajo. El Manchester United descendió a Segunda División. El Chelsea, también. Todos jugaban a lo mismo, con consecuencias atroces en la selección. Inglaterra estuvo ausente de los Mundiales de 1974 y 1978. Una generación de excelentes y díscolos futbolistas (Bowles, Worhtington, Marsh, Currie) fue sacrificada en el altar de la fórmula ganadora de Hughes, fórmula inservible a la luz de los fracasos ingleses.La excepción más notable fue el Liverpool, que estaba en las antípodas de las tesis de Hughes. Con Bill Shankly triunfó el passing game, donde la posesión de la pelota era fundamental. En este sentido, el Liverpool estaba más cerca del Ajax que del fútbol inglés. El equipo comenzó a forjarse en los años sesenta con jugadores como los extremos Callaghan y Thompson, el combativo central Tommie Smith o el goleador Roger Hunt. Allí se gestó el equipo comenzaría el asalto a Europa. Ingleses como Keegan, Emlyn Hughes o Phil Neal, galeses como Toshack y Rush, irlandeses como Heighway y Lawrenson, escoceses como Hansen, Souness y Dalglish, todos adscritos al ideario de Dalglish y a la mística del club, todos dispuestos a mantener la llama sagrada del Liverpool: entre 1977 y 1985, es decir, entre la primera Copa de Europa de los reds y la tragedia de Heysel, el Liverpool dominó el fútbol europeo.

No hubo una alineación especialmente memorable, ni un entrenador al frente del equipo que ganó cuatro veces la Copa de Europa, dominó con puño de hierro la Liga inglesa y reunió una legión de seguidores por el mundo. El Liverpool era una idea de fútbol y de vida. Los reds consagraron lo mejor del fútbol inglés (pasión y generosidad) con lo mejor del fútbol europeo. Que su estilo no fuera imitado en la Liga inglesa le benefició. Se encontró sin demasiados rivales. Es ahora, cuando el Arsenal de Wenger recoge y mejora muchas de las bases que estableció Shankly, el momento de apreciar el mérito del Liverpool.