lunes, enero 29, 2007

Historias del Calcio. ZEITGEIST

Un señor llamado Giovanni Bernardone dei Moriconi, apodado Francisco (porque su madre era francesa) de Asís (porque nació allí), fundó a principios del siglo XIII una orden de frailes basada en la pobreza y la fraternidad. Francisco de Asís predicó el amor por la naturaleza y la vida y revolucionó la percepción del cristianismo entre los creyentes de a pie. Aunque nadie lo notara entonces, sus palabras generaron un zeitgeist, un espíritu del tiempo. Décadas después, Giotto, el pintor que decoró la basílica franciscana de Asís, tradujo en arte ese zeitgeist: se apartó del hieratismo bizantino e insufló alma y movimiento en sus figuras. Las claves del Renacimiento y de la Edad Moderna estaban todas ahí. El zeitgeist de Asís floreció durante siglos.
El zeitgeist de una época es fácil de percibir, pero difícilmente se deja comprender. Flota en el aire. En algunas ocasiones, el zeitgeist imperante cambia de forma tan brusca que a nadie se le escapa el fenómeno. Eso ocurrió, por ejemplo, cuando el espíritu turbulento de los 60 y los 70 se transformó en el espíritu mercantil y orondo de los 80. Una de las ciudades que con más presteza se adaptaron entonces al nuevo signo de los tiempos fue Milán. Era la Milano da bere del socialista Bettino Craxi, vestida de Armani, corrupta hasta la médula y forrada de liras en negro. En España no se usaba aún el término pelotazo ni se sospechaba que los ladrillos llegarían a ser de oro, pero en Milán ya galopaba el futuro, plasmado en la simbiosis entre el poder político de Craxi y el emergente poder económico de un constructor llamado Silvio Berlusconi.

Con el dinero inmobiliario, Berlusconi fundó un imperio televisivo y compró una sociedad futbolística en la que aplicó todo su instinto. El Milan fue el primer equipo galáctico y probablemente el mejor. Hoteles de cinco estrellas, merchandising, tecnología aplicada (el Milan Lab), espectáculo permanente y presupuestos de vértigo. La fórmula, como se sabe, funcionó.

No hay más que echar un vistazo al Milan de hoy para adivinar que el zeitgeist de los 80 se ha evaporado por las rendijas de la historia. Hay algo de vieja fotografía en las maniobras de Seedorf, el oportunismo de Inzaghi y el voluntarismo portentoso de Maldini. La imagen de Adriano Galliani, el factotum milanista, en la grada de San Siro con Ronaldo, el otro día, es decididamente sepia. Ronaldo tiene sólo 30 años, pero su corpachón, demasiado grande para sus rodillas y para sus reflejos, constituye casi una metáfora.

El Milan sudó ayer para ganar, 1-0, gol de Inzaghi, al modestísimo Parma. El joven italoamericano Giuseppe Rossi, un delantero prometedor por el que ya se ofrecen fortunas, no hizo nada, pero aún así al Parma le bastó defender para desnudar las verguenzas de un Milan cada vez más parecido a un diplodocus: pesado, lento, con un culo muy grande y una cabeza muy pequeña.

No sirve apelar a los puntos de sanción, ni a la fuga de Shevchenko, ni a la potencialidad de Kaká y quizá de Gourcouff. El glamour milanista se ha desvanecido. Es de otra época.

Lo mejor que se vio ayer tarde en el calcio (a falta del vespertino Sampdoria-Inter) ocurrió cerca de Milán, en Bérgamo. El Atalanta ganaba al Catania, 1-0, a falta de cinco minutos. La cosa parecía tan cantada que el entrenador retiró a Doni, el alma del Atalanta bergamasco. El Catania probó un último recurso y sacó al campo a Takayuki Morimoto, un japonés de 18 años que nunca había jugado en la Serie A. Morimoto tardó tres minutos en marcar un gol que habría firmado el Ronaldo de antes. Es difícil definir el zeitgeist contemporáneo, impregnado de miedo y gnosticismo, pero seguramente tiene más que ver con Morimoto que con Ronaldo.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, enero 27, 2007

EL FULL MONTY Y LA GLOBALIZACIÓN por John Carlin


Quedan 20 jornadas para que acabe la Liga inglesa pero ya sabemos que el campeón va a ser el Manchester o el Chelsea. Mejor sería que quedaran cuatro candidatos, como en España, pero teniendo en cuenta que hace 12 meses nadie dudaba que el Chelsea sería campeón, algo se ha avanzado.

Pero no tanto como para evitar que esta semana la atención del público deportivo inglés se haya desviado en una dirección completamente diferente. Su nombre es Monty Panesar. Si un marciano hubiera aterrizado en Inglaterra el lunes o martes pasado, (o un español que hablara inglés pero no entiendera los códigos básicos de la cultura inglesa) supondría que se trataba de un mítico guerrero cuya misión era salvar al país de la catástrofe. San Jorge contra el dragón; el rey Ricardo Corazón de León contra los franceses; Churchill contra Hitler.

Las comparaciones no son exageradas. Estamos hablando del críquet, la expresión quintaesencial de la cultura inglesa. Y nos referimos, concretamante, a una serie de partidos que se están llevando a cabo en este momento contra el rival más antiguo y más detestado, como el Barça para el Madrid o el Madrid para el Barça: Australia. Se jugarán cinco partidos en total. Ya se han disputado dos y ambos los ganó Australia. Si Inglaterra no gana el tercero, que empezó el jueves y acaba el lunes (un partido de críquet internacional dura cinco días) pierde la serie y el país se hunde en una depresión de la que ni Papá Noel le podrá sacar.

¿Quién es Monty Panesar? Monty Panesar es un jugador que el entrenador inglés no seleccionó para los dos primeros partidos. Hubo un consenso casi absoluto en la prensa inglesa: el seleccionador se equivocó. The Guardian, quizá el diario más serio de Inglaterra, opinó que si Monty Panesar no entraba en la selección, esta vez Tony Blair se vería obligado a abordar la crisis en una sesión urgente del parlamento. Todos los periódicos, todos los grandes periodistas deportivos ingleses, se olvidaron de Mourinho, de Ferguson, de Wenger y de Wayne Rooney para concentrar su atención en la gran cuestión nacional.

Monty Panesar por fin jugó, y cumplió. Hizo en el primer día lo que la nación esperaba de él, y más. No vamos a intentar explicar aquí las reglas del críquet, pero digamos que el equivalente futbolístico de la hazaña de Monty Panesar sería que un canterano del Real Madrid marcara tres goles al Barça en el Camp Nou. Lo que hubiera dejado atónito al español (y al italiano, y al chino, y al marciano) es que Monty Panesar no podría tener un aspecto más diferente al del resto de los jugadores de la selección inglesa de críquet, hombres fornidos, de tez blanca o rosada. Panesar es un señor bajito, moreno y barbudo que, siendo un devoto sikh, juega siempre con un turbante negro. El público le ha puesto el apodo del militar inglés más ilustre de la Segunda Guerra Mundial, el Mariscal Monty Montgomerie, pero el nombre que le dieron sus padres, inmigrantes que llegaron de la India en 1979, fue Mudhsuden Singh. Sería intrigante saber qué pasa por la cabeza de los padres cada vez que van a un estadio a ver jugar a su hijo y se ven rodeados de fans luciendo, además de sus banderas inglesas, turbantes negros.

Ya es mucho que un francés (Wenger) y un español (Rafa Benitez) sean adorados por las aficiones de clubes ingleses tan ancestrales como el Arsenal y el Liverpool. ¡Pero que el héroe nacional de la tierra del Almirate Nelson, del Duque de Wellington y la Reina Victoria sea un joven sikh!

La mezcla de la globalización y el deporte ha dado a la humanidad cosas fantásticas.

miércoles, enero 24, 2007

EL IDIOTA DEL CÓRNER por Javier González

Reseña de la novela 'El idiota del córner' de Ian McCoy en la revista literaria Mercurio (enero 2007)

En la grada su asiento de socio estaba junto al vértice de tiza del córner. En los descansos de los partidos, mientras comía su sandwich de rosbeef, se embobaba mirando el flamear al viento del banderín, Por la bocadura de entrada al estadio (puerta 45), solía colarse un viento brioso como de alta mar que agitaba el pañito del banderín. Desde su asiento el tipo imaginaba que aquel banderín fluorescente era como una bandera de popa de un hermoso velero. Se lo decía a su mujer antes de los partidos, y ella le sonreía cariñosa mientras le preparaba el rosbeef y le despedía deseándole suerte para el partido: "Suerte, buen partido...y buena mar", le decía juguetona. Antes, los dos ya habían acordado lo mismo de siempre en los partidos televisados. Desde su asiento junto al córner, aprovechando que las cámaras enfocaban de cerca el saque de esquina, él se levantaría a saludarla por la tarde. Y así era siempre. Llegado el momento álgido del córner, detrás del concentrado pelotero solía verse a un tipo rosado y gordito que saludaba y daba besos a la cámara sin prestar atención al córner. Con los brazos parecía que cogía un volante grande como el de un gran trailer. Pero no era un volante deforme. Era el timón de un velero imaginario con bodegas de amor en su vientre. Desde casa, la mujer le lanzaba besos trenzados como nudos marineros.

Todo fue bien hasta que un lunes, de ida al trabajo, ella leyó en la prensa gratuita de la calle un artículo: "El idiota del córner". Era su marido. Mofa brutal: ¿Quién era aquel gordito cretino que saludaba y parecía conducir desde el córner?

De igual título -El idiota del córner- es la novela del escocés Ian McCoy, basada -asegura su autor- en la historia real de un hincha del Celtic. ¿El propio McCoy?


Aprovechando y hablando del Celtic y de su fantástica hinchada, la noche en que el You´ll never walk alone, tan suyo como de Anfield, sonó en un Celtic -Barça en honor a las victimas del 11-M en Madrid. Retumbaron los cimientos de Celtic Park. !Qué momento!


lunes, enero 22, 2007

Historias del Calcio. EL MEJOR FUTBOLISTA DE ITALIA

Los futbolistas de élite, como los políticos, suelen mantener una relación ansiosa con el público y la historia. No lo saben al principio, cuando debutan como profesionales y aún no tienen lo que, a poco que vayan bien las cosas, les dará el tiempo: un montón de millones en el banco, un deportivo en el garaje y una modelo en casa. El futbolista joven supera poco a poco los miedos, juega y sueña momentos de gloria. El ansia llega más tarde, con la veteranía. Cuanto más celebrado es, mayor el ansia. Los aplausos se dan por descontados y nunca son suficientes. Hacen falta más focos, más vítores, más premios. El futbolista treintañero empieza a vislumbrar la retirada, una especie de muerte civil que le apartará de escena y le arrebatará parte de su identidad. En ese momento empiezan las tensiones con la historia, traducibles en una pregunta: "¿Qué se recordará de mí cuando haya muerto?".

Algunos, pocos, saben que la retirada no traerá el olvido. Francesco Totti será el rey de Roma mientras viva. Paolo Maldini será un modelo para futuras generaciones. Un caso extremo es el de Alessandro del Piero, que ya es el monumento de sí mismo. Hace cuatro años, cuando renovó con el Juventus hasta 2008, hizo una promesa en una página de publicidad de La Gazzetta dello Sport: "Un caballero no abandona nunca a una señora". Su compromiso con la Vecchia Signora de Turín estuvo a punto de romperse con el descenso administrativo a la Serie B y la inevitable tentación de cambiar de equipo, pero, para su suerte, no hubo ninguna oferta golosa. Del Piero siguió en la Juve y en la temporada del castigo ha alcanzado dos hitos excepcionales: 500 partidos y 200 goles con la Signora.

Se trata de un caso curioso. Cuando debutó, le quitó el puesto a Roberto Baggio, un futbolista de superior talento. La madurez le aportó una misteriosa musculatura -hay que decir misteriosa porque la justicia italiana no ha podido probar las sospechas de dopaje- y le privó de la magia juvenil. Hoy es un futbolista regular que cumple a la perfección con su trabajo. El sábado marcó un gol, fabricó otros dos y aupó al Juventus a la cabeza de la clasificación, con la Serie A al alcance de la mano.

Más allá, Del Piero seguirá explotando las cualidades que le han ayudado a sobresalir por encima de compañeros más hábiles: la inteligencia, la simpatía, las dotes de actor.

Alessandro del Piero se sabe destinado a dirigir la Juve, quizá a presidirla. A diferencia de Baggio, ocupado en su finca agrícola y en sus partidas de caza, tan desaparecido que la prensa especula sobre si ha engordado o no, Del Piero seguirá en escena.

Existe una categoría aún más especial, la de quienes no se preocupan ni por el público ni por la historia. Son tipos que aman el balón, no la gloria, y no llegan a superar el miedo del primer día. Les cuesta funcionar bajo presión y difícilmente alcanzan a jugar en equipos de renombre. Cristiano Doni es uno de ellos. Maduró tarde, creció en el Atalanta de Bérgamo, pasó una temporada deprimente en el Sampdoria, se comportó discretamente en el Mallorca y el pasado verano, con 33 años, regresó al Atalanta. Nadie esperaba de él más que lo justo: un poco de experiencia y un poco de orden en el centro del campo.

Doni ha sido elegido por La Gazzeta dello Sport, con toda justicia, como el mejor jugador del calcio en la primera vuelta liguera. Fue suplente en la Copa del Mundo de 2002, nunca ha disputado un encuentro de la Champions ni ha lucido un scudetto sobre el pecho. En teoría, debería estar condenado al olvido. "Cada partido era un examen. Sentía una opresión en el estómago. Jugaba estresado", dijo ayer a La Gazzetta hablando de su modesta carrera.

Ya al borde de la muerte futbolística, liberado de presiones, Doni se ha convertido en una maravilla. Por fin, hace lo que le gusta: jugar con un balón.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, enero 21, 2007

EL PEQUEÑO GIGANTE por José Pékerman


A veces los jugadores entran en los clubes a contramano. Eso es lo que sucedió con Saviola en el Barcelona. Entró en el club en un momento de inestabilidad, de cambios de directiva, entrenador y jugadores. En esas condiciones, cuesta asentarse en el equipo a cualquier jugador y más a alguien que viene de otra competición, muy joven, y con unas circunstancias personales difíciles por la enfermedad de su padre.

No es fácil sobreponerse a determinados obstáculos que se presentan en la carrera de un futbolista. Existen muchos ejemplos de jugadores con grandes condiciones que se han apagado incomprensiblemente.

A mí me alegra sobremanera el buen momento de Saviola porque es un jugador muy completo y una persona extraordinaria. Es un jugador de los que siempre valoran los entrenadores, no sólo por su rendimiento en el equipo a base de goles y juego; también debe tenerse en cuenta su aportación al grupo en su comportamiento. Javier es un chico tremendamente positivo, nunca está de mal humor, no se queja, es muy querido por sus compañeros, es humilde y tiene una gran capacidad para integrarse. Sabe responder a las expectativas y cómo comportarse en cada momento.

En el Mundial sub 20 de Argentina, él tuvo que asumir un papel de líder. Ya era una figura reconocida en River y en aquella selección le correspondió liderar un grupo que tenía la obligación de ganar el campeonato jugando bien, porque se jugaba en casa. No le pesó la responsabilidad y cumplió con creces en medio del dolor personal por la grave enfermedad de su padre. Nunca se quejó y su actitud fue un ejemplo para todos. Por eso no me sorprende que no se haya desmoronado cuando se dudaba de él en Barcelona y se le cedió al Mónaco y al Sevilla. Saviola es un luchador nato, además de un gran futbolista.

A veces los entrenadores quieren jugadores grandes y fuertes porque piensan que de esta forma se le hace más daño a las defensas. El Conejo demuestra que el fútbol admite que puedan practicarlo todas las tipologías humanas siempre que cumplan el principal requisito: saber jugar. Y Saviola juega muy bien al fútbol. Es rápido y muy preciso, tiene mucha técnica, sentido de anticipación y viveza. Por eso siempre está bien perfilado para el gol. Por eso puede hacer goles de rebote, de cabeza, en velocidad, con poco ángulo, con espacios libres, sin ellos. Siempre hará goles y jugadores como él no abundan. Uno no debe llevarse a engaño por su baja estatura. Si le dan confianza meterá más de 20 goles esta temporada y las próximas. Sin olvidar un detalle importante: el juego del Barcelona le favorece notablemente por la muy buena técnica de sus compañeros. Y a los compañeros técnicos (Ronaldinho, Eto'o, Deco, Iniesta, Xavi, Messi, etc.), les conviene un delantero que sepa leer el juego, que pueda buscar un balón en velocidad, jugar en el área y, a su vez, descargar una pared, realizar un desmarque interesante o dar un pase de gol.

Sucede muchas veces que resulta difícil valorar lo de casa, y se busca en otros escaparates relucientes lo que se tiene en abundancia en el salón. Estoy convencido que un secretario técnico tan inteligente como Beguiristain, y un entrenador tan capaz como Rijkaard no dejarán escapar a ese pequeño gigante.

José Pékerman fue seleccionador de Argentina en el Mundial de Alemania 2006.

martes, enero 16, 2007

Historias del Calcio. LOS HEREDEROS DE MULCASTER


Todo era más fácil con la esferomaquia griega o el harpastum de las legiones romanas. Pasaron más de mil años y seguía siendo fácil, fuera con los partidos carnavalescos del medioevo inglés (cientos contra cientos durante toda una jornada), con el soule francés o con el aristocrático y violento calcio florentino (27 contra 27). El asunto consistía en organizar una batalla campal en torno a un balón. Las cosas suelen ser sencillas hasta que alguien teoriza. En el caso del fútbol, el nacimiento de la teoría data de 1581. El culpable fue un extraordinario pedagogo, Richard Mulcaster, que criticó la práctica habitual, consistente, según sus propias palabras, en "amontonar a una multitud de villanos entre espinillas magulladas y piernas rotas", y sugirió algunas modificaciones: "un número inferior de jugadores, organizados en base a zonas y posiciones", con "un maestro de entrenamiento" y alguien que pudiese "valorar el juego, un juez superpartes con autoridad".

Intentan combinarlo todo y luego hacen la danza de la lluvia. A veces, llueve. A veces, no

Pasaron tres siglos antes de que la Football Association estableciera, tras unos cuantos tanteos a ciegas (como la prohibición inicial de pasar el balón hacia adelante), las primeras normas reconocibles. Luego llegaron Didí (el brasileño que enseñó al mundo a chutar), la profesionalización, el balón impermeable ligero y la globalización hipercapitalista. Pero Mulcaster había intuido lo esencial: aquel juego rudimentario podía estilizarse y evolucionar hasta convertirse en una actividad científica. La lectura de How to score (Cómo marcar), un libro del físico británico Ken Bray que combina ciencia, historia y fruición, ayuda a entender hasta qué punto el resultado de un partido de fútbol depende de factores oscuros, casi mágicos.

Cuando empieza la temporada hay ya muchas cosas seguras. Los centrocampistas de todos los equipos van a correr más o menos lo mismo, unos 10 kilómetros por partido; los porteros van a ser los jugadores que más tiempo controlarán el balón; habrá un gol cada diez remates o nueve si los delanteros son habilísimos... Lo esencial está predeterminado.

Luego, unos ganan y otros pierden y nunca se sabe realmente por qué. Quien sepa por qué va mal el Madrid, por qué renquea el Chelsea o por qué el Inter parece invencible que levante la mano. La clave, por supuesto, radica en el equipo: cuanto más colectivo el juego, mejor. Vale. El misterio, pues, se esconde en la construcción de un equipo.

Los entrenadores son como los economistas: la ciencia que acumulan sirve básicamente para explicar por qué no se cumplen sus pronósticos. Cuando sí se cumplen, cuando los proyectos cuajan y se encuentran en las manos con una formidable máquina de fútbol, algunos reaccionan con arrogancia, como Fabio Capello o José Mourinho. No es extraño: les ha salido bien una fórmula mágica y se sienten los reyes del mambo.

Otros, más lúcidos, adoptan una sonrisa melancólica. Es el caso de Roberto Mancini. Fue un futbolista rebelde y exquisito y es el tipo más elegante del calcio, posee un yate espléndido y, con sólo 42 años, dirige un Inter implacable. El equipo tradicionalmente más caótico y propenso a las neurosis se ha metamorfoseado, de un año a otro, en una fábrica de victorias de ritmo japonés. Sin embargo, Mancini habla menos que otras temporadas. Parece inmerso en un nirvana triste, como el Frank Rijkaard de los buenos tiempos.

¿Qué puede decir? Sabe lo que ha hecho y que las cosas van bien. También sabe que, habiendo hecho lo mismo, las cosas podrían ir mal. Los herederos de Mulcaster, llegado el siglo XXI, disponen de presupuestos gigantescos, bancos de datos, asesoramiento clínico y jugadores con extraordinarios recursos técnicos. Intentan combinarlo todo y luego hacen la danza de la lluvia. A veces, llueve. A veces, no.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, enero 07, 2007

LAS OCHO UVAS por Julio César Iglesias


Puntual como el catarro, Fabio Capello ha vuelto a cantar su villancico por Navidad. Lo había hecho por vez primera en los años de presidencia de Lorenzo Sanz. Después de varios meses de fútbol-zambomba, su equipo mandaba en la clasificación, pero los espectadores locales no terminaban de identificar aquella murga con el espectáculo del domingo. Acostumbrados a disfrutar de la habilidad de los mejores futbolistas, no entendían a un entrenador cuyo equipo se deshacía de la pelota como de un trasto viejo.

A fin de año, un periodista preguntó al sospechoso cómo era posible que, con su alarde presupuestario, el Madrid pudiera jugar tan mal.

"Con lo que tengo, no se me puede pedir más", contestó muy ofendido.

Después de romper la hucha, Sanz le había cerrado ocho nuevos fichajes: el portero Illgner, campeón mundial con Alemania; Panucci y Secretario, laterales derechos del Milan y el Oporto; Roberto Carlos, lateral izquierdo del Inter; Seedorf, primer centrocampista del Sampdoria; Zé Roberto, el zurdo más acreditado de Brasil; Suker, máximo goleador de la Liga, y Mijatovic, el mejor jugador del campeonato. Por si necesitaba jugadores de relleno, disponía de Raúl, Hierro, Sanchís y Redondo, entre otras figuras internacionales.

Pero aquel día de diciembre se puso la máscara de cemento, le tomó el número al reportero y dijo de nuevo: "Con lo que me han dado, no podemos hacer más". Luego, ya fuera porque recibió algún aviso por la línea de órdenes o porque el Bernabéu empezaba a sublevarse, aceptó que Redondo se hiciera cargo de las operaciones y aquel equipo, que más tarde ganaría la Liga de Campeones con Heynckes, levantó el vuelo en un minuto.

Diez años después, puntual como el cuco del reloj, ha respondido igual que entonces a una pregunta de Pablo Polo.

"No podemos jugar como el Barcelona. Hay que hacer el vino con la uva que se tiene", ha dicho en una sutil evocación de la vendimia.

También le han servido ahora ocho ejemplares de pura cepa. A saber, Cannavaro y Emerson, sus compinches en la Juve; Diarra, el hombre escoba con el que siempre soñó; Van Nistelrooy, goleador del Manchester United; Reyes, agitador del Arsenal; Marcelo, el lateral izquierdo del futuro; Higuaín, un delantero de última generación, y Gago, quizá el mediocentro más brillante del mercado. A ellos se suman Ronaldo, Robinho, Ramos, Beckham, Cicinho, Guti o Raúl, casi una selección Resto del Mundo.

Habrá que reconocer sus méritos de bodeguero: jugar tan mal con futbolistas tan buenos exige mucho entrenamiento. Hace falta mucha solera para convertir tanta uva en el vino que vende Asunción.

A la espera de que Gago tome el mando, no es blanco ni tinto ni tiene color.

jueves, enero 04, 2007

SE VENDEN PIERNAS por Eduardo Galeano


Como todos los uruguayos, de niño quise ser futbolista. Por mi absoluta falta de talento, no tuve más remedio que hacerme escritor. Y ojalá pudiera yo, en algún imposible día de gloria, escribir con el coraje de Obdulio, la gracia de Garrincha, la belleza de Pelé y la penetración de Maradona.

En mi país, el fútbol es la única religión sin ateos, y me consta que también la profesan en secreto, a escondidas, cuando nadie los ve, los raros uruguayos que públicamente desprecian el fútbol o lo acusan de todo. La furia de los fiscales enmascara un amor inconfesable. El fútbol tiene la culpa, toda la culpa, y si el fútbol no existiera, seguramente los pobres harían la revolución social y todos los analfabetos serían doctores; pero, en el fondo de su alma, todo uruguayo que se respete termina sucumbiendo, tarde o temprano, a la irresistible tentación del opio de los pueblos.

Y la verdad sea dicha: este hermoso espectáculo, esta fiesta de los ojos, es también un cochino negocio. No hay droga que mueva fortunas tan inmensas en los cuatro puntos cardinales del mundo. Un buen jugador es una muy valiosa mercancía que se cotiza y se compra y se vende y se presta, según la ley del mercado y la voluntad de los mercaderes.

La ley del mercado, ley del éxito. Hay cada vez menos espacio para la improvisación. Importa el resultado cada vez más, y cada vez menos el arte, y el resulta o es enemigo e riesgo y la aventura. Se juega para ganar o para no perder, y no para gozar la alegría de dar alegría. Año tras año, el fútbol se va enfriando, y el agua en las venas garantiza la eficacia. La pasión de jugar por jugar, la libertad de divertirse y divertir, la diablura inútil y genial, se van convirtiendo en temas de evocación nostalgiosa.

El fútbol suramericano, el que más comete todavía estos pecados de lesa eficiencia. Ley del mercado, ley del más fuerte. En la organización desigual del mundo, el fútbol suramericano es una industria de exportación: produce para otros. Nuestra región cumple funciones de sirvienta del mercado internacional. En el fútbol, como en todo lo demás, nuestros países han perdido el derecho de desarrollarse hacia adentro. No hay más que ver a los seleccionados de Argentina, Brasil y Uruguay en este Mundial de 1990. Los jugadores se conocen en el avión. Solamente un tercio juega en el propio país; los dos tercios restantes han emigrado y pertenecen casi todos a los equipos europeos. El Sur no sólo vende brazos, sino también piernas, piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad de consumo.

En tiempos de tanta duda, uno sigue creyendo que la Tierra es redonda por lo mucho que se parece al balón que gira mágicamente sobre el césped de los estadios. Pero también el fútbol demuestra que esta Tierra no es muy redonda que digamos.

Eduardo Galeano es escritor uruguayo

domingo, diciembre 31, 2006

LOS ESPAÑOLES CONQUISTAN LA 'PREMIER' por John Carlin


Los periodistas deportivos ingleses han estado publicando sus listas de los mejores jugadores del año y los que más han sonado han sido Cristiano Ronaldo y Paul Scholes, del Manchester United, Didier Drogba, del Chelsea, y un español, Cesc Fábregas, del Arsenal.

Los españoles se han integrado con facilidad y han conquistado los corazones de la afición

Llamé a un par de periodistas y les pregunté si me ayudarían a hacer una evaluación anual no sólo del joven catalán sino también de los demás españoles que militan en equipos de la Premier League. La conclusión es que, con una desafortunada excepción, los españoles se han integrado con extraordinaria facilidad en el fútbol inglés, han conquistado los corazones de sus aficiones, y se han ganado la admiración de los analistas profesionales. En todos los casos, los equipos en los que juegan acaban el año en la mitad alta de la tabla.

- El más joven y el mejor. Paul Merson, antiguo integrante de la selección inglesa, ha dicho que Fábregas, un jugador de muchísimo temple para sus 19 años, será un día el mejor jugador del mundo. Puede que exagere pero lo que no se discute es que el centrocampista que los aficionados del Arsenal llaman "fab" (de "fabuloso") se ha convertido en el eje y el cerebro de un equipo que despliega el fútbol más fluido, inteligente y atractivo de Inglaterra. "Se está convirtiendo en el jugador más indispensable del Arsenal, más incluso que Thierry Henry", dijo un periodista que además es fanático del equipo londinense.

- El más respetado. Xabi Alonso, el controlador del centro del campo del Liverpool, posee -más que cualquier jugador inglés- la personalidad que más empatía despierta en Inglaterra. Además de ser un completísimo futbolista, logra el imposible reto de dejarse siempre la piel en el campo proyectando una glacial serenidad. Serio y modesto, lúcido en las entrevistas, los aficionados del mítico Anfield lo adoran.

- El más enigmático. Luis García, también del Liverpool, se ganó a la afición para siempre con sus goles decisivos, y algunos espectaculares, rumbo al inesperado triunfo en la Liga de Campeones de 2004-2005. No deja de sorprender con sus golazos, pero es uno de esos jugadores frustrantes (y por eso muchas veces suplente) que tiende a desaparecer durante un partido, o jugarlo a su aire.

- El genio más errático. Pepe Reina es el portero número uno del Liverpool, en parte porque mantiene viva una antigua tradición. No importa que hayan nacido en Zimbabue, Polonia, Inglaterra o España, los porteros del Liverpool de los últimos veinte años siempre han seguido un mismo modelo: hacen las paradas más espectaculares, y las pifias más bochornosas. Cuando jugaba en el Villarreal, Reina parecía el portero más sólido, más imperturbable del mundo, pero el maleficio de Anfield no lo supera nadie.

- El más querido. Nadie se lo hubiera creído hace tres años, pero la conquista española de la ciudad de los Beatles es casi total. El ídolo del otro equipo de Liverpool, el Everton, es el donostiarra Mikel Arteta. Reconocido como la figura de un club que está en la sombra del gran vecino, pero que cuenta con una media de 35.000 espectadores por partido en casa, el centrocampista español, de 24 años, fue elegido en mayo como el mejor jugador del Everton no sólo por los aficionados, sino por sus compañeros de equipo.

- El más frustrado. Albert Luque llegó al Newcastle United del Deportivo la Coruña en agosto de 2005 con la reputación de ser uno de los tres o cuatro delanteros más letales de España. Por eso el Newcastle pagó 14 millones de euros por él. Ha sido una de las peores inversiones del club peor administrado de Inglaterra. Luque tuvo mala suerte con una lesión seria nada más llegar, pero desde que se recuperó hace ocho meses apenas ha sido titular. Es el español que peor se ha adaptado a Inglaterra, o que Inglaterra menos ha sabido aprovechar.

- El más inglés. No por su personalidad, sino por su estilo de juego, es el otro donostiarra de la Premier, que ha vivido una especie de metamorfosis desde que llegó al Bolton Wanderers procedente del Real Madrid en 2002. Iván Campo, que jugaba de central en España, se mueve ahora como centrocampista. Pero lo más curioso es que se ha transformado en el prototipo de jugador del Bolton, que es lo mismo que decir un jugador cien por cien inglés. Más peleón que refinado, entregado a muerte a la causa, Iván Campo define y encarna a un equipo que está haciendo maravillas esta temporada: cuarto en la Liga y con serias posibilidades de clasificarse para la Liga de Campeones.

lunes, diciembre 25, 2006

VIVA EL BOXING DAY por Raul Fain Binda

Cómo si de ¡Qué Bello es Vivir! se tratara, vuelvo a recuperar este artículo navideño sobre la peculiaridad inglesa que tanta envidia provoca a los futboleros en estos días.



El ser inglés consiste, por encima de todo, en no ser como los demás.

Los ingleses conducen por la izquierda, sus escuelas públicas son en realidad privadas, el conductor de un ómnibus es el que vende los boletos (el que está al volante es el driver), en un ministerio el rango de secretario (de Estado) es más encumbrado que el de ministro... y el fútbol no descansa a fin de año.

Mientras los futbolistas de otras grandes ligas europeas se tienden al sol en playas exóticas o se atracan de pavo en sus casas de nuevo rico, los jugadores de la Premier League van del pub a la cancha y de la cancha al pub.

En un programa oficial plagado de jornadas, el fútbol inglés tiene en el Boxing Day su fecha con mayor carga histórica.

(...)

Día de los regalos


Boxing Day es el día siguiente a Navidad. En una época, particularmente durante el siglo XIX, fue una especie de Navidad alternativa para la inmensa masa de sirvientes que se deslomaba el 25 de diciembre trabajando para sus señores.

En la mañana del 26, bien tempranito, los sirvientes podían visitar a sus familias, cargados de paquetes de regalos (boxes o cajas) y las sobras del banquete.

También el 26 las iglesias abrían los boxes de limosnas destinadas a los pobres y los aprendices de todos los artesanos del reino visitaban a los clientes, con cajas para recoger las "ayuditas".

Las familias tradicionales, los nobles con dependientes económicos o clientela política, también salían ese día a repartir boxes con regalitos y sobras de comida, para mantener la ilusión de un clan o familia extendida de corte feudal.

Para hacerlo más breve, el Boxing Day era la Navidad de los pobres, cuando los ricos purgaban con actos de caridad la glotonería y derroche del día anterior.

Dado que el 26 no era feriado religioso, se podía ir al fútbol, que ha sido tradicionalmente el deporte de los pobres.

Raigambre popular

Volviendo ahora al Boxing Day, a la ávida demanda de fútbol en esta época del año, se nos ocurre que esto es una nueva prueba de la auténtica raigambre popular de este deporte.

Para las clases acomodadas, el Boxing Day señala desde la época victoriana el día de la caza del zorro... "señalaba" será la palabra en el futuro, porque la cacería de este Boxing Day puede haber sido ser la última, por lo menos en el plano legal.

Todas las otras actividades están de gira o reducidas en el nivel competitivo... excepto el fútbol.

Este país se está desprendiendo de sus tradiciones con una rapidez que escandaliza a los anglófilos extranjeros.

La prohibición de la caza del zorro es casi segura... Este asunto refleja un acomodamiento de las relaciones entre cierta gente de la ciudad y cierta gente del campo, entre políticos y propietarios.

El fútbol en este país es más democrático que eso, porque realmente representa a las comunidades regionales.

Por eso y otras cosas, ¡qué viva el Boxing Day!

viernes, diciembre 22, 2006

LOS MARTILLOS DEL NORTE por John Carlin


¿Qué se le regala para Reyes al hombre que lo tiene todo? ¿Un avión? ¿Un yate? ¿Un alcalde en la Costa del Sol? Más recomendable, quizá, es probar con algo que dure, un juguete que ilusione más allá del primer día. Y para eso nada mejor, nada, que el regalo que acaba de recibir el padre del hombre más rico de Islandia. Un equipo de fútbol. En este caso, el West Ham United, de la Premier League.

Una isla de 300.000 habitantes en el Atlántico Norte se suma esta semana a Rusia, Estados Unidos y Egipto, países cuyos ciudadanos también se han comprado clubes ingleses. Pero, aunque el Chelsea, el Manchester United, el Aston Villa y el Fulham ya están en manos de super ricos extranjeros, lo curioso es que no ocurra más a menudo, que grandes instituciones como el Liverpool y el Arsenal no hayan caído también. Si uno cuenta con el dinero para comprarse un equipo de Primera, ¿por qué no? Como dicen los ingleses cuando se les ofrece una cerveza, "silly not to" ("tonto no hacerlo").

Así lo ha entendido Bjorgolfur Gudmundsson, cuyo hijo Thor es el primer islandés billonario de la historia. A cambio de la cantidad irrisoria de 120 millones de euros -no sólo se compra un equipo, sino una enorme parcela en la metrópolis más rica de Europa-, el señor Gudmundsson ya es, desde el martes de esta semana, el presidente de honor vitalicio del West Ham.

¡Lo que hace el dinero! Tras aportar más fama y gloria al Real Madrid que nadie -y a la larga, olvídense de Beckham, al valor económico de la marca-, Alfredo di Stéfano sólo ostenta el título de presidente de honor. En cambio, el señor Gudmundsson, cuya contribución a la causa del West Ham hasta el martes pasado había sido nula, tiene asegurado el puesto hasta que se muera. Su amigo Eggert Magnusson, el nuevo presidente ejecutivo, también es rico comparado con el aficionado medio, pero, como no puso el dinero, no tiene las mismas garantías de permanencia.

Ahora, claro, el West Ham -también conocido como The Hammers, Los Martillos- no es el Real Madrid. Pero tiene su respetable dosis de carisma. No ha ganado nunca la Liga inglesa en sus 111 años de vida, es verdad. Y en Europa sólo ha triunfado una vez: en la Recopa, ganada en 1965. Pero el lugar especial que ocupa en el imaginario de la afición inglesa -sólo un peldaño por debajo de los Liverpool, Arsenal y Manchester- se debe precisamente a aquel equipo que ganó la Recopa. Porque ese West Ham aportó más jugadores que cualquier otro club a la selección inglesa más venerada de la historia, la que ganó la Copa del Mundo de 1966: la santa trinidad de Bobby Moore, el gran capitán; Geoff Hurst, que marcó un hat-trick en la final, contra Alemania, y Martin Peters, el cerebro del mediocampo.

Después, durante los años 70 y 80, el West Ham tuvo en sus filas a uno de los diez mejores jugadores que han producido las islas y al más elegante: Trevor Brooking, el Zidane inglés.

Todo esto nadie en Inglaterra asociado con el fútbol lo olvida.

Con Brooking, el West Ham ganó la Copa inglesa un par de veces, siempre jugando un fútbol atractivo, generoso y muchas veces suicida. Por eso nunca ha ganado la Liga. Por eso también los aficionados del West Ham caen bien. Se sabe que sufren, pero por una alegre causa.

Con los millones de Gudmundsson y su hijo puede que sufran menos. Si uno buscase el dueño ideal para un club de fútbol, Gudmundsson sería un candidato. Ex presidente del mejor club de Islandia, el KR, Gudmundsson es un amante del fútbol de verdad, un hombre que desde siempre ha ido a ver a su equipo desde la tribuna, codo a codo, nada de palcos, con los aficionados que pagan por la entrada. El presidente ejecutivo, Magnusson, es otro forofo, ex presidente de la asociación islandesa de fútbol que, además, con sus 59 años, sigue jugando al fútbol tres veces a la semana.

Y, encima, como buenos nórdicos, los dos millonarios son fans a muerte del fútbol inglés.

Si en estos tiempos globalizados, en los que las fronteras del fútbol se vuelven cada día más porosas, algún aficionado español está buscando equipo en Inglaterra, el West Ham pinta, de repente, como una excelente opción.

lunes, diciembre 18, 2006

Historias del Calcio. UN AÑO NEGRO PARA EL JUVENTUS


Resultará que sí, que es la temporada del Inter. Las señales se multiplican: un Inter brasileño gana la Intercontinental, el Estudiantes (dirigido por dos ilustres veteranos interistas, Simeone en el banquillo y Verón en el campo) gana el campeonato argentino. Y en el Inter que nos ocupa, el italiano, Marco Matterazzi marca goles de chilena: el de ayer podía anularse por juego peligroso porque un tipo de casi dos metros con los pies en alto es una amenaza, y más si los pies son de Matrix, pero valió. Son ya nueve victorias consecutivas, un liderato desahogado y la palabra scudetto pintada en la frente.

Como en el Apocalipsis bíblico, se abren uno a uno los siete sellos de las calamidades. Ya son seis. Debería bastar

La temporada será del Inter, parece claro. Pero el año es del Juventus. Ningún aficionado podrá olvidar las desgracias que se han abatido en 2007 sobre la institución turinesa.

Primer golpe, el descubrimiento de la manipulación arbitral. Segundo, el título retirado y concedido al Inter. Tercero, el descenso a la Serie B, con penalización incluida. Cuarto, la hemorragia de la plantilla: dicen adiós Vieira, Ibrahimovic, Cannavaro, Emerson, Thuram, Zambrotta. Hasta aquí, los golpes son deportivos. A partir del quinto, ya no: el quinto es la tragedia de Pessotto, recién transformado de jugador en delegado del equipo, que en plena depresión se lanzó desde la azotea de la sede social y durante días se debatió entre la vida y la muerte.

El sexto llegó el viernes, donde menos podía esperarse: en la categoría juvenil. El Berretti, uno de los equipos de la cantera blanquinegra, terminó de entrenarse a las 17.30 en el centro deportivo de Vinovo. Dos de los jugadores, Alessio Ferramosca, centrocampista zurdo, y Riccardo Neri, portero, ambos de 17 años, no fueron con los demás al vestuario. Se quedaron fuera para recoger los balones y nadie notó su ausencia hasta una hora después.

Ferramosca y Neri fueron hallados a las 20.30. Aparentemente, habían intentado repescar varios balones caídos en un pequeño estanque de las instalaciones, dedicado a la recogida de agua de lluvia. Ferramosca ya estaba ahogado. Neri había luchado durante horas y su corazón latía aún, pero sufría una hipotermia aguda (su cuerpo estaba a 22 grados, más allá del límite mortal) y los esfuerzos por reanimarle resultaron inútiles.

La Fiscalía de Turín abrió ayer una investigación bajo la hipótesis de homicidio involuntario. El estanque, de cuatro metros de profundidad, estaba revestido de materia plástica y tenía las paredes casi verticales: era imposible salir de él. No había señalización de peligro. Y ningún responsable del equipo se quedó con los dos muchachos: suele decirse que el trabajo de un entrenador de juveniles no concluye hasta que todos sus chicos vuelven al vestuario.

Maurizio Schincaglia, el desolado entrenador del Berretti, y los máximos dirigentes juventinos corren riesgo de procesamiento. La desgracia, en cualquier caso, ya había ocurrido. El equipo de los mayores suspendió su encuentro y la afición blanquinegra volvió a encogerse de dolor.

La temporada de la Juve avanza entre desgracias. Como en el Apocalipsis bíblico, se abren uno a uno los siete sellos de las calamidades. Ya son seis. Debería bastar.

Enric González es autor de Historias del Calcio

lunes, diciembre 11, 2006

Historias del Calcio. FENÓMENOS LOMBARDOS

Echemos un vistazo a la tabla y busquemos los tres clubes lombardos. El Inter, que durante años se distinguió por gastar mucho y ganar poco (cada gol venía a costar lo que el yate de Briatore con el depósito lleno), se destaca en cabeza de forma alarmante. De seguir así, allá por mayo tendrá que empezar a disputar contra sí mismo la temporada 2007-08. Sigamos. En el quinto puesto, el Atalanta de Bérgamo, tan modesto que se define a sí mismo como el rey de los clubes de provincias y cuya vitrina de trofeos, luminosa y despejada, guarda como un tesoro la Copa de Italia de 1963, único metal obtenido hasta ahora. El Atalanta juega como una furia. Bajando, bajando, aparece el Milan, con 13 puntos, a un partido de los puestos de descenso. El Milan inició la competición con ocho puntos negativos, es cierto, pero también lo es que sin la penalización andaría por detrás del Catania y hombro con hombro con el Atalanta. Corren tiempos oscuros para el milanismo.

Lo del Milan resulta hasta cierto punto explicable porque su enfermería, con diez lesionados, parece la del Valencia. Ayer, frente al Torino, Ancelotti sacó a jugar un montón de delanteros (Oliveira, Inzaghi, Borriello, Gilardino), pero no cambió nada: las puntas milanistas siguieron manteniendo con los postes una relación morbosa. El palo de Gilardino, de penalti, fue el número 15 de la temporada. Y aún hubo suerte porque el Torino se contagió de la querencia y, en una misma jugada, estrelló el balón contra el larguero y contra el poste. Dicen que la fijación con la madera es síntoma de fragilidad psicológica; puede ser, pero en este caso lo más frágil del asunto es Ancelotti. Silvio Berlusconi, el propietario de la sociedad, se declara dispuesto a "apretar los dientes". Por la cara con que lo dice, se deduce que quiere apretar los dientes sobre la yugular del entrenador.

El Inter parece sufrir una crisis de identidad: cree ser el Juventus. Gana siempre, juegue bien o juegue mal. Ayer, con un 0-3 sobre el Émpoli, logró su octava victoria consecutiva en la Liga, igualando las marcas históricas de 1940, 1965 y 1989. La Bienamada confirma así su personalidad ciclotímica. Cada cierto número de años rompe las costuras y arrasa. Luego pasa una o dos décadas recordando los viejos buenos tiempos.

El más llamativo de los fenómenos lombardos es, en cualquier caso, el de Bérgamo. El Atalanta es un equipo peculiar, empezando por el nombre. Atalanta era, en la mitología griega, la hija del rey de Arcadia. El padre la repudió y fue criada por osos. De joven, mató a dos centauros que intentaron violarla. Fue precursora del deporte profesional: Melanio la retó a una carrera y la venció dejando caer sobre la pista manzanas de oro que Atalanta se detenía a recoger. Atalanta y Melanio se casaron, pero hicieron algo que molestó a Afrodita y ésta los convirtió en leones con el fin de que no pudieran fornicar. Pues bien, hablamos de un club que decidió llamarse Atalanta. A partir de ahí, todo es posible.

El Atalanta juega un poco como el Sevilla: rápido, duro y a la cabeza. Tiene un entrenador formidable, Stefano Colantuono, discípulo y amigo del Spalletti romanista. Los dos entrenadores de moda en el calcio son tan buenos colegas que se intercambian información y comentarios después de cada jornada. Es algo bonito, sobre todo si se tiene en cuenta que aquí, hasta el curso pasado, mandaban los gruñidos de Capello. La vida del Atalanta se ha hecho tan, tan dulce, que Bombardini, con nombre de goleador nato, marcó ayer, a los 32 años, su primer tanto en la Serie A. Nunca es tarde.

Enric González es autor de Historias del Calcio

lunes, diciembre 04, 2006

Historias del Calcio. UN CIERTO TIPO DE BELLEZA


Ninguna victoria es tan bella como un buen fracaso. Eso es un axioma, una verdad tan evidente que no requiere demostración. Basta recordar la puerta que se cierra y condena a Ethan Edwards a seguir vagando (Centauros del desierto), a Anna cuando pasa frente a Holly Martins y no le mira (El tercer hombre), a Richard Blane cuando despide a Ilsa Lund y se queda en el aeropuerto con Renault (Casablanca). O algo más terrible: la multitud de sombras andantes con que se cierra Espoir, la película de André Malraux sobre la guerra civil española. La derrota, en ciertas circunstancias, convierte la dignidad humana en un cristal purísimo.

El Torino, ya lo hemos dicho otras veces, es el vencido más hermoso del calcio. Su historia resulta irreprochable. El momento fundacional del mito del Toro fue probablemente el partido Torino-Legnano de 1921, semifinal de una Liga que entonces se disputaba por un sistema mixto de eliminatorias y grupos. El Torino y el Legnano, empatados a puntos, disputaron un encuentro para decidir quién llegaba a la final, pero los 90 minutos acabaron en empate a uno. En la prórroga, de 60 minutos, no hubo goles. El árbitro ordenó entonces que se jugara otra media hora. A los ocho minutos de la segunda prórroga, agotados, ciegos, los jugadores de ambos equipos protagonizaron un célebre beau geste: dejaron el balón quieto en el césped, se dieron la mano y renunciaron a seguir en la competición.

Todo lo demás es bien conocido. El Torino tuvo en los años 40 el mejor equipo de Europa y quizá del mundo. Ese equipo, que ganó cinco títulos consecutivos de Liga, desapareció el 4 de mayo de 1949 en el accidente aéreo de Superga. El Torino tuvo en los años 60 a uno de los futbolistas más exquisitos, excéntricos y sentimentales de todos los tiempos: Gigi Meroni, la mariposa grana. Meroni murió el 15 de octubre de 1967, en la cima de su carrera, accidentalmente atropellado a la salida del estadio por un joven tifoso que le adoraba; el muchacho que conducía el coche, Attilio Romero, llegó a ser, muchos años después, presidente del Torino. ¿Pasan estas cosas en otros clubes?

En 1992, el Toro llegó a la final de la UEFA. El partido de ida, Ajax-Torino, terminó 2-2. En la vuelta, en Turín, el Torino perdió 0-1 después de lanzar el balón cinco veces al palo.

Los colores originales de la camiseta del Torino fueron el negro y el naranja, pero el naranja desteñía en amarillo y componía los colores de los Habsburgo austríacos, enemigos de los Saboya piamonteses, por lo que pareció apropiado cambiarlos. En 1906, en la cervecería Voigt de Turín, se refundó la sociedad con el ingreso de un grupo de juventinos disconformes con la profesionalización de la Juve, y se optó por una camiseta grana, en homenaje al pañuelo de color sangre que distinguía la Brigada Saboya del ejército piamontés.

Ayer, en el partido con que celebraba el centenario, el Torino venció 1-0 al Empoli. Al Empoli le anularon un gol legal. El gol del Toro, espectacular, llegó casi en el último minuto. Tratándose del Toro, fue extraño. Como si Richard Blaine, por una vez, embarcara con Ilsa en el avión de Lisboa y mandara a paseo Casablanca.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, diciembre 02, 2006

AGOTASTE MI PASIÓN, CARGANTE FÚTBOL por Carlos Boyero

Artículo de hace unos años de Boyero en El Mundo, más o menos la vida sigue igual.

Es fácil que la melancolía otoñal se enganche al pasado, lo maquille, lo deforme, lo edulcore, se autoengañe con esplendores en la hierba que casi siempre fueron fugaces. Me ocurre con el interrogante de aquella canción de Formula V que una serie de televisión volvió a poner de moda: «Cuéntame cómo te ha ido, si has conocido la felicidad». La respuesta a algo tan categórico, cuando ya no puede existir ningún rito iniciático, siempre es tan dudosa como compleja. A veces sonrío, intentando evitar que ese gesto consolador se transforme en un rictus amargo. Otras, me ayuda a clarificarme el caos cercano a la desolación que expresaba Manolo Tena en otra canción memorable: «Todos me preguntan: '¿qué te pasa?' y yo no sé qué contestar».

Continúan torturándome los ecos retros y melómanos con aquella vieja queja tan extendida entre las sufridas y sumisas hembras españolas de la era franquista: «No sé por qué los domingos por el fútbol me abandonas». Ninguna incertidumbre hamletiana en la explicación del macho. Porque la inexcusable cita de la tarde del domingo otorgaba en horario invariable tensión, placer e ilusión. Veintidós personas alrededor de una pelota adquirían dimensión épica y lúdica, hacían luminoso el color habitualmente grisáceo de la realidad, conseguían que el personal identificara sus sueños con las deseadas hazañas de los gladiadores incruentos, desaparecían los odiosos tiempos muertos, se suplían variados tipos de carencias. El fútbol era el opio del pueblo, pero los dueños del gran tinglado aún no habían decidido explotar su mercantilismo hasta matar de sobredosis a la clientela. Esta sabía que conseguiría su droga exclusivamente en la tarde del domingo y el resto de la semana se concentraría en hablar de las delicias del último pasote y anhelar el siguiente. La avaricia de los traficantes acabó con esa drogadicción pausada. En mi caso han conseguido que me desenganche, que pase del fútbol excepto cuando la mercancía tiene toda la pinta de ser excelsa.

No soporto encender la tele cualquier día, a cualquier hora, en cualquier cadena y encontrarme con fútbol. Es uan sensación mareante, abusiva, con capacidad para provocar el asco.

En nombre del antiguo y duradero amor todavía es posible fijar ligeramente tu atención en la belleza de un gol o de una jugada, pero el material adicional que acompaña a esto es insufrible.

Me refiero al cochambroso, obvio y patético nivel expresivo de los comentaristas de los partidos, a los impresentables presentadores de los programas de fútbol, a los estomagantes tópicos, la inanidad, los lugares comunes y la estupidez que forman las señas de identidad de las entrevistas, al ridículo sentido del humor y la grotesca agudeza mental que pretenden imprimir los conductores de un circo que parece ideado para unos receptores entre ágrafos y analfabetos.

Hay excepciones, pero son mínimas. Si quiero ser respetado y que no me traten como a un disminuido mental sólo encuentro el perdurable oasis de El día antes y El día después. A cambio me obligan a sufrir vergüenza ajena con los extenuantes Estudio estadio, Fútbol es fútbol y los bloques deportivos de los informativos intentando estirar lo inestirable. Ya no abandono a nadie por el fútbol. El desamor hacia él no me consume sino que me libera.

Nota: De acuerdo, pero a pesar de todo el fútbol y sus historias paralelas siguen siendo maravillosos. El amor al fútbol siempre me pareció tan extraño. Así que hoy cosas raras:




lunes, noviembre 27, 2006

Historias del Calcio. TEORÍA DEL ERROR AJENO

El fútbol no se practica igual en todas partes. Ni siquiera en Europa. El tráfico de futbolistas y la globalización de las competiciones no han conseguido homogeneizar del todo el deporte más universal. Si uno mira con atención un partido inglés, ve a unos cuantos tipos jugando: sigue habiendo algo de lúdico en torno a ese balón que se mueve rápido de un lado a otro. Si el partido es español, se percibe un punto de coquetería, quizá porque el público paga más a gusto por el espectáculo que por el marcador. En un partido italiano resulta fácil intuir que la gente sobre el césped no juega, sino que trabaja por ganar.

Fabio Capello, que sabe unas cuantas cosas sobre el calcio, cuenta que con los futbolistas italianos tiene la impresión de que no les apetece salir al campo. Parece como si prefirieran estar en cualquier otra parte. Sufren la pesadumbre del trabajador al inicio de la jornada, porque saben que no asumirán la iniciativa. Saben que no les conviene imaginar o crear, sino otra cosa.

El calcio es un gusto adquirido, como el tabaco o la cerveza negra. No suele gustar la primera vez. A muchos paladares selectos no llega a gustarles nunca. Desde un cierto punto de vista, podría haber algo de repelente en un fútbol cuyo resultado ideal es el 1-0. Olvidémonos de que el Roma ha marcado 10 goles en dos partidos: en Italia está muy interiorizada la teoría de que no hay gol sin fallo defensivo y, por tanto, el teórico partido perfecto debe concluir con empate a cero. Lo suyo, pues, es un marcador corto y sufrido.

Adentrémonos en un jardín altamente resbaladizo, casi colindante con el paraje onírico de las identidades nacionales: ¿por qué el calcio es como es?

Las generalizaciones y los tópicos funcionan poco. Empezando por lo del catenaccio o cerrojo, inventado en 1932 por un austríaco, Karl Rappan, entrenador del Servette suizo. Rappan presentó al mundo su invento en el Mundial de Francia 1938, como técnico de una selección suiza que venció a Alemania. El catenaccio, por entonces aún llamado verrou, en francés, consistía en atrasar hacia la defensa los dos centrocampistas de la disposición clásica 3-2-5, haciendo de uno un marcador y del otro, aún más retrasado, un hombre libre. Se considera que su edad de oro fueron los 60, aunque la interpretación más depurada, ya en el ocaso del invento, la ofreció Alemania en 1974.

El catenaccio tiene hoy nombre italiano por el entrenador Nereo Rocco, que en los 40 y 50 lo utilizó con éxito en varios equipos modestos hasta llegar al Milan. Se atribuye a Helenio Herrera y al gran Inter de los 60 la presunta simbiosis entre calcio y catenaccio, pero eso es inexacto. Herrera, en efecto, no sentía el menor escrúpulo por amontonar gente en defensa y colocar delante de ella a Luis Suárez, para que sirviera balones largos a un par de atacantes. Lo hacía, sin embargo, sólo a veces. Al principio de su reinado, para economizar las fuerzas de un equipo que jugando al ataque podía ganar a casi cualquiera. Al final, para maquillar los defectos de una formación envejecida. Se trataba de un recurso ocasional, basado en criterios puramente utilitarios.

La clave del calcio no tiene que ver con el catenaccio. Aventuremos una teoría, tan descabellada como cualquier otra. Los italianos fueron dominados por potencias extranjeras durante unos 1.300 años, hasta la segunda mitad del XIX. Se acostumbraron a que el Estado fuera extranjero y aún no se creen que sea suyo, lo que podría explicar algunos fenómenos relacionados con la evasión fiscal. También aprendieron a hacer lo mejor que se podía hacer en tal caso: aprovechar en beneficio propio los fallos del sistema dominante.

El italiano tiene un sentido innato para detectar la rendija o el punto frágil en cualquier sistema que se le ponga enfrente. Espera su ocasión y la aprovecha. La esencia del calcio es, probablemente, ese talento.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, noviembre 25, 2006

UN AÑO DESPUÉS. BEST, IN MEMORIAM

Hoy hace un año de la muerte de George Best, entonces desde este blog se le quiso rendir un homenaje. Hoy quiero recordarlo de nuevo.





Hoy ha muerto George Best, un mito del fútbol de todos los tiempos, un icono de este blog.


Fue bonito mientras duró. George Best fue un grandísimo jugador, fugaz pero grande, muy grande. El mejor que se ha visto en las Islas Británicas. En la santísima trinidad que armaba con el escocés Law y el inglés Charlton, Best era, simplemente, the best (el mejor). Law era un goleador innato y Charlton era el aristócrata del medio campo. Pero Best lo tenía todo.

A los 17 años empezó jugando de extremo izquierdo en el Manchester. Hacía, mejor que nadie, todo lo que un extremo debe hacer, pero también marcaba más goles que nadie en su equipo y más que nadie en la liga inglesa. Y los marcaba con la cabeza, con disparos de larga distancia, con vaselinas, después de regatearse la mitad del equipo rival. Y al portero, como cuando marcó el segundo gol en la final de la Copa de Europa de 1968 (Manchester, 4; Benfica, 1).

Fue dos años antes, también contra el Benfica, en Lisboa, cuando Best se consagró como un dios del fútbol. Nunca había perdido en casa el equipo de Eusebio en competición europea. Esta vez perdió 5-1 y Best, con 19 años, marcó dos goles. Los aficionados del Benfica, rendidos ante su talento, le bautizaron el Beatle, por su melena, y cuando acabó el encuentro uno de ellos saltó al campo con un cuchillo, no para matarlo, sino para pedirle un rizo del pelo.

El problema fue que se creyó lo de Beatle. Best fue el prototipo de un fenómeno común hoy en día: el futbolista que se convierte en celebrity. Creaba noticias no sólo con lo que hacía en el campo sino, más y más al pasar el tiempo, con lo que hacía fuera de él. Perseguido por los fotográfos, se pasaba las noches en Tramps, la discoteca de la jet-set londinense, donde solía aparecer Mick Jagger. Y, como a Mick, sus aventuras sexuales lo convirtieron en leyenda. "Dicen que me he acostado con siete Miss Mundos", comentó Best una vez. "Mentira, sólo fueron cuatro. A las otras tres no les hice el favor".

Fue como consecuencia de una escapadita a Marbella en 1972 con la entonces Miss Mundo cuando se creó la ruptura final entre Best y Busby. Tal fue el impacto de la noticia de su retiro que el asunto Best se debatió en el Parlamento británico. Pero no había dios que pudiera haber detenido su descenso a la autodestrucción futbolística.

Muchos años después, en 1980, emprendió un tratamiento contra el alcoholismo, mientras jugaba en California para los San Jose Earthquakes. Cuatro años más tarde lo encarcelaron en Inglaterra por conducir bajo la influencia del alcohol.Pese a todo, Best no ha acabado siendo un personaje patético, como Maradona o Gascoigne. Seguramente porque siempre fue una persona inteligente, capaz de expresarse con agudeza e ironía, y con el don encantador de poder reírse de sí mismo.

Hasta siempre, The Best!


jueves, noviembre 23, 2006

EL GRAN CAÑÓN por Vicente Verdú

Más Puskas, era necesario



Los jugadores elegantes suelen tener una muerte sin demasiada peripecia. Nacen, se perfeccionan, se bruñen, llegan a lo exquisito y mueren como estrellas. Su luminosidad vertical se apaga de abajo arriba y su muerte asciende desde la base a la cima como un fósforo. Sólo los jugadores conformados como grandes bloques, ejemplares con más potencia que estilo, más piedra que zumo, caen levantando polvareda.

Puskas no ha muerto, sin embargo, de una vez. Ni explotando en un choque de carretera ni siendo la bomba fatal de un suicidio. Contrajo el Alzheimer hace años y en su manoteo sobre paredes y muebles fue dejando las huellas anticipadas de su recuerdo. Exactamente, mientras se evaporaba en su propia memoria la memoria deportiva se hilaba. No muere, por tanto, en medio de una consternación.

La consternación tenía lugar este tiempo inmediato al contemplarlo. La colosal potencia de su fútbol lo había vaciado de casi toda munición. Y, en los últimos tiempos, apenas contaba con la escasa provisión para ser lúcido encarrilándose hacia el fin. Desconcertando seguramente a los más próximos de sus parientes como desconcertaba en el estadio a rivales y a compañeros.

Sus disparos fulgurantes le valieron el sobrenombre de cañoncito pum. Ni cañonazo ni siquiera pelotazo. Lo más espectacular pudo ser su potencia pero, a diferencia de un Roberto Carlos, por ejemplo, no tiraba a destrozar cuanto hallara a su paso sino a dejar el obstáculo indemne. El balón se colaba como enfilado en el tubo del cañón hasta hacer sentir que el espacio, aparentemente tupido, se hallaba perforado por una suerte de cilindro al que Puskas acoplaba la dirección del esférico.

Todo ello realizado sin la menor señal de esfuerzo o de exagerada aplicación. Soltaba la pierna y durante varias temporadas nadie consiguió soltarla igual. El tiempo ha mostrado, para demérito del modelo, que otros jugadores imitan a determinados maestros pero Puskas no pudo imitarse.

Goleaba a la manera de un artesano tradicional, un operario con oficio profundo porque aun siendo un milagro la factura de sus goles, cualquiera podía advertir que procedían de un aprendizaje autóctono y tradicional. Ningún maestro fue superior a él pero su maestría poseía la densidad de lo bien aprendido y madurado.

Su muerte alude a un deterioro cerebral pero qué otro destino podía esperarse de un conspicuo profesional que se gastaba en la descarga de cada disparo. De hecho la lenta y continua pérdida de su vigor mental se vio temporalmente correspondida por un injusto olvido oficial. Fue, en fin, tan fácil quererlo que su nombre ha permanecido tan intacto como si ahora mismo pudiera saltar al campo y recibir el gran clamor. Porque Puskas hace tiempo que pasó de ser un nombre de jugador para hacerse la denominación de un mito. Y hasta de un concepto.

Una pieza sin réplica en la historia del fútbol y una figura que, sin sustitución alguna, será el testimonio directo del fin de una época. El final incluso de una era tan eximia en la historia madridista que cualquiera de lo ocurrido posteriormente ha de mirar hacia arriba para recibir una cabal información sobre entrega, competencia y honor.

lunes, noviembre 20, 2006

Historias del Calcio. LIBERACIÓN

La peor violencia no es la que rompe huesos y derrama sangre. La peor es la que quiebra la voluntad de la víctima, que, envilecida, acaba dando las gracias al agresor. El llamado síndrome de Estocolmo, por el que el secuestrado se identifica con el secuestrador, forma parte de ese tipo de violencia, muy abundante tanto en la variedad individual como en la colectiva: se da en las familias, en las empresas, en la política. Y en el deporte. Fue, durante años, el caso del Siena.

El Siena, en Primera desde 2003, vive sin la tiranía de Moggi el mejor año de su historia

El actual Siena nació en 1904 con un nombre interesante, Sociedad de Estudio y Diversión, y una camiseta aún más interesante, a cuadros blancos y negros, como la bandera local. El Siena fue, por tanto, la formación blanquinegra original: el Juventus nació de color rosa. Lo de Estudio y Diversión duró poco y fue sustituido por una denominación aún más curiosa, la de Sociedad Deportiva Robur. Como Robur, en 1908, los sieneses empezaron a participar en competiciones futbolísticas más o menos serias.

Siguió casi un siglo sin grandes gestas. En 2000, tras 55 años en las categorías regionales, el Siena (con ese nombre desde 1934) volvió a la Serie B. Y en 2003, el éxtasis: la Serie A, la máxima categoría.

El Siena, sin embargo, disfrutó poco. En las tres temporadas siguientes se salvó por los pelos del descenso y fue incapaz de formar una plantilla competitiva. Las razones eran obvias: el Siena era un filial, una cantera, un campo de entrenamiento dirigido por fuerzas extrañas. Los más piadosos calificaban al Siena de filial del Juventus, pero no era cierto: era filial de una sola persona, llamada Luciano Moggi. A través de su sociedad de futbolistas, la GEA, Moggi controlaba el Siena y lo utilizaba para sus intereses: tomaba del Siena los jugadores que le interesaban, aparcaba allí a los pupilos que no podía colocar en otra parte...

Un caso particular fue el de Stefano Argilli, un defensa que llegó al Siena en 1996 y se convirtió en el protagonista del ascenso desde la Serie C a la A. En 2005, Argilli, el jugador más amado por la afición, fue traspasado al Módena por razones que nadie supo explicarse. Las explicó el propio Argilli: "Porque en el Siena manda Moggi". Y a Lucianone le convenía, para cuadrar las cuentas de GEA, que Argilli fuera al Módena.

El director general del Siena, Giorgio Perinetti, lo explicaba hace poco a la Gazzetta dello Sport: "Llevábamos grabada sobre la piel la etiqueta de moggidependientes, y no era agradable convivir con las risitas ajenas y con frasecitas referidas a que con nuestros contactos nunca volveríamos a bajar", dijo. Perinetti se declara aún amigo de Moggi y asegura que la dependencia favorecía a los sieneses, poniéndoles en condiciones de "pescar a manos llenas en el parque de futbolistas del Juventus".

¿Pescar? ¿A manos llenas? Lo único que pescó el Siena fueron disgustos, miseria y salvaciones de último minuto. La prueba de que Moggi era un yugo se dio en cuanto se derrumbó, este verano, el sistema de Lucianone. El Siena buscó jugadores por donde pudo y reunió a Frick, a Conco, a Gastaldello, a Bogdani, a Beretta. Inició la temporada con un punto de penalización, por no pagar impuestos, pero tiene ya 16. Sin la penalización, estaría a dos puntos de la Liga de Campeones. Aunque ayer perdió en Udine, el Siena, libre de la tiranía de Moggi, vive el mejor año de su historia.

Emilio Giannelli, un dibujante que publica cada día una viñeta-editorial en la portada del Corriere della Sera, el principal diario del país, es tifoso del Siena y hace un resumen de la situación con un tremendismo muy toscano: "Vivir como súbditos es contrario a la historia de Siena y de los sieneses; fuimos los últimos en ceder ante Carlos V, y eso por culpa de la traición de los florentinos. Finalmente, hemos reconquistado nuestra libertad también en el fútbol y no somos ya prisioneros de Moggi".

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, noviembre 18, 2006

PANCHO GRANDE por Julio César Iglesias

Ayer moría en Budapest Ferenc Puskas, un mito


Pancho ha cambiado el limbo del Alzheimer por el limbo de los justos. Ha gritado algunas de sus frases favoritas, "¡Pégale, Alfredo!", "¡Pásala, Bozsik!", "¡Tómala, Paco!", y ha abandonado la cancha comentado entre dientes algún partido intemporal con Di Stéfano, Josef Bozsik y Paco Gento, tres de sus socios más queridos.

Sin perjuicio de sus Pichichi, sus Ligas y sus Copas de Europa, fue uno de esos personajes de posguerra dotados de la ciencia que sólo se consigue en los arrabales. Dueño de un tacto excepcional, habría hecho carrera en cualquier oficio compatible con el ritmo, la bohemia y la fantasía; podría haberse convertido en un violinista de época, pero prefirió el fútbol.

En realidad su elección no importaba gran cosa, porque ingresaría en el Honved de Budapest y en la Selección Húngara, dos de los equipos que más veces han sido comparados a una orquesta. Con su calzón planchado, su casco de gomina y sus pantorrillas de tirador hizo del juego un ejercicio de estilo, y de los estadios una propiedad intelectual. Por algún capricho del cálculo de probabilidades no ganó el Mundial de Suiza, pero con su asombrosa visión del gol estableció una nueva escala de valores, alegró la vida de una Europa renqueante que se movía entre sus propios escombros y dejó para el recuerdo algunas memorables secuencias en blanco y negro. Todavía se recuerda aquella maniobra suya junto al pico derecho del área chica de Wembley. Aunque jugaba contra Inglaterra en el corazón del Imperio Británico, su pulso seguía marcando, como siempre, las doce en punto. Pisó la pelota con delicadeza, esperó la llegada de Billy Wright, el capitán de los pross, y en el último instante la ocultó como un trilero. Mientras su oponente pasaba de largo, miró el palo más próximo, plegó la zurda, retrasó la cadera y, como los billaristas de lujo, ejecutó un massé. Los supporters oyeron un taponazo de botella, Wright siguió su recorrido, y aquella bola subió misteriosamente por la diagonal y entró por el canto. Fue uno de sus tres goles de la noche y uno de los tres goles del siglo.

Luego, en 1956, alcanzó el grado de coronel como premio a su trayectoria, se fue de gira con el Honved, valoró la represión soviética en la Revolución de Octubre y finalmente se exilió en Madrid. Fue entonces cuando empezó su segunda época. Conectó inmediatamente con Alfredo Di Stéfano, encontró en Paco Gento el expreso que buscaba, practicó una nueva forma de artillería que le valió el sobrenombre de Cañoncito Pum, alternó la cerveza con el caldo de gallina, fundó una fábrica de salchichas, echó barriga y levantó dos monumentos; uno al fútbol y otro al colesterol.

Desde entonces sus compañeros empezaron a llamarlo Pancho.

Hace algún tiempo supimos que había empezado a ensimismarse.

Y ahora, como los más grandes, sólo se ha ido un poco. Aunque su historia termina, su leyenda continúa.

lunes, noviembre 13, 2006

Historias del Calcio. FRANCÉ


El fútbol, como la vida, está lleno de tiempo-basura. Como la vida, el fútbol se descompone al final en un puñado de momentos brillantes. El resto es un vago malestar: fenómenos metabólicos, estadísticas, humo. Y, sin embargo, ni el fútbol ni la vida son mal negocio. Hay momentos que duran para siempre.

El sábado, poco después de las diez de la noche, uno de esos momentos iluminó el calcio.

El Milan y el Roma empataban a uno en un encuentro importante para ambos. El Milan, un viejo acorazado con la cubierta llena de cañones y un montón de vías de agua en la sentina, necesitaba demostrar que aún podía ganar una gran batalla. Ya había perdido en casa con el Inter y el Palermo, los dos jefes de la clasificación, y no podía permitirse otra derrota. El Roma, que no quería alejarse de los líderes, sentía menos urgencia porque pensaba en la historia: llevaba 20 años sin triunfar en casa del Diablo y le faltaba una victoria, que podía ser esa, para alcanzar las mil en la Serie A. El Milan se jugaba la vida. El Roma se jugaba la gloria.

El Milan había salido con rabia tras el descanso y los romanistas se refugiaban atrás, contra las cuerdas, confiando en sacar un golpe que noqueara al rival. Pero todos los golpes los daba el Milan. Hacia el minuto 15 del segundo tiempo, cualquier apostador sabía dónde poner su dinero. El míster del Roma, Spalletti, comprobó que era suicida exponerse a la potencia de fuego del acorazado milanista y retiró a Perrotta, la pieza central del tridente, para introducir a un chaval de 20 años llamado Aquilani. Delante, como falso ariete, siguió Francesco Totti, Francé (léase Franché), 30 años, cerebro rápido y trote lento, un genio con el peroné lleno de clavos y arandelas.

Francé ya había marcado el gol de su equipo. Con Aquilani, que salió dispuesto a hacer el partido de su vida, La Mágica se echó encima del Milan.

Faltaban siete minutos para el final cuando ocurrió lo que ocurrió. Seedorf perdió la pelota no muy lejos de su área. El balón se aproximó a Aquilani, quien, rodeado de dos contrarios, probó una cosa absurda: un centro de rabona dirigido a su espalda, hacia el extremo izquierdo, donde debía estar Mancini. La rabona salió perfecta, Mancini apareció por la banda y tocó hacia el área. A Totti, ariete inverosímil, le bastó poner la cabeza. Apenas cinco segundos para fabricar un gol maravilloso. Y una victoria histórica.

Un momento mágico es una puerta abierta al sueño. En cuanto terminó el partido, Totti y los suyos empezaron a pensar en el scudetto. ¿Por qué no? El portero, Domi, está en forma. Los dos centrales, Mexes y Chivu, son hoy los mejores del campeonato. La pareja de medios centro, De Rossi y Pizarro, no desmerece frente a cualquier cosa que puedan alinear el Inter, el Milan o el sorprendente Palermo. Los extremos brasileños, Taddei y Mancini, no pertenecen a la categoría del centrocampista reciclado: son de verdad. Y luego está Totti.

Lo normal es que este scudetto acabe cosido en la camiseta del Inter porque, con el ogro Juventus encerrado, por poco tiempo, en la Serie B y con el Milan achacoso, La Bienamada más potente del último decenio carece de excusas.

Pero la magia, ese material invisible que se pega a la memoria, está del lado de la banda de veinteañeros que dirige Totti. Como los adolescentes enamorados, hacen cosas imposibles.

Lo cual, en romano, se dice en dos palabras: Ahó, Francé. El resto se expresa con los ojos y las manos.

Enric González es autor de Historias del Calcio

jueves, noviembre 09, 2006

LA DESESPERACIÓN DE LOS INGLESES por John Carlin

No sólo la selección española da pena, así que mal de muchos...


Si a alguien se le ha pasado por la cabeza la idea de que la selección española está pasando por un mal rato, que hable con los ingleses. Los pobres, que viven los colores patrios con tanta locura, sí saben lo que es sufrir.

Inglaterra y España, como ya es conocido, están unidos hace tiempo por la singular calamidad de que poseen dos de las tres ligas de fútbol más poderosas del mundo pero, a la hora de la verdad, sus respectivas selecciones siempre decepcionan.

Pero hoy, esta misma semana, se ha abierto una nueva brecha. España, victoriosa contra Argentina, vuelve a soñar, mientras que para Inglaterra, tras la vergonzosa derrota contra Croacia en la Eurocopa, es el fin del mundo. La mañana después del partido el diario the Sun demostró por qué es el diario de mayor venta en el mundo occidental al dar con un titular que reflejó el abatimiento con el que despertaron los ingleses tras aquella pesadilla. "¡Ni idea", clamó the Sun, "ni esperanza!".

Ver jugar a España contra Argentina una hora después del Inglaterra-Croacia fue disfrutar con los Harlem Globetrotters, con el Brasil de Pelé, la Holanda de Cruyff. No es ninguna exageración. No hay palabras para describir lo deplorable que fue la actuación de Inglaterra en Zagreb. El cronista del Sun se acercó un poco al comentar: "Somos el país que dio el fútbol al mundo. Hoy no sabemos ni jugarlo".

Pero lo peor no es eso. Lo peor no es que la selección inglesa fuera incapaz de hilvanar más de dos pases seguidos contra Croacia; que hicieran su pimer disparo a puerta en el minuto 90; que el mejor jugador inglés fuera el portero (y esto a pesar de que su pifia en el segundo gol pasará a la historia); que el resultado final de 2 a 0 no reflejara ni de cerca el abrumador dominio de Croacia, un país cuya poblacíon (4,8 millones) es la decima parte de la inglesa. Lo peor tampoco es que en la anterior eliminatoria de la Eurocopa, cero a cero en Manchester contra Macedonia (población dos millones), el equipo rival jugara con más fluidez y creara más ocasiones de gol.

Lo peor es que la federación de fútbol inglés ya hizo lo que le exigía todo el mundo después del fracaso del Mundial. Despidió al entrenador y puso a uno nuevo. Que a su vez despidió al capitán.

Por eso no hay ahora "ni idea, ni esperanza". Los españoles todavía pueden seguir alimentando la idea de que, con un buen sustituto para Luis Aragonés, la selección haga algo notable un día de estos. Puede incluso ser que la debacle inglesa unida al triunfo contra Argentina obligue a una reflexión más pausada antes de nombrar un nuevo seleccionador.

Inglaterra, mientras, está de luto. El único consuelo es que volvió a empezar la liga. Lo que dará tiempo para olvidar. Hasta que vuelva la pesadilla. Hasta que, de aquí a cinco meses, vuelva el horror de la Eurocopa y la selección tenga que medirse contra Israel, en Israel. Visto desde aquí, desde lo acontecido esta semana, no hay dios -ni uno solo de los que habitan esas tierras- que les ayude.

martes, noviembre 07, 2006

Historias del Calcio. EL ÁNGEL EN EL INFIERNO


Hay equipos que, por razones variopintas, se visten con una bandera remota: el Boca va de sueco, el Barcelona va de suizo y el Lazio va de griego. Otros llevan los colores de su ciudad, como el Roma. O los de un club más antiguo, como el Juventus, que recibió camisetas del Notts County. Casi todos los colores del fútbol nacieron de la casualidad. Pero no los del Milan. El Milan eligió las rayas negras y rojas porque buscaba una combinación cromática infernal, capaz de infundir temor en los rivales. Es decir, el Milan tenía un plan. Desde el principio.

Al Milan se le llama, como es normal, El Diablo. Eso es lo que buscaba. Hablamos de una sociedad con un punto narcisista, reflejado incluso en el atuendo de los técnicos: Ancelotti y su ayudante, Tassotti, se sientan en el banquillo con traje oscuro y camisa y corbata burdeos. Se trata, se supone, de una elegancia diabólica que entona, se supone, con los ojos fríos de Maldini, los labios apretados de Pirlo y los rugidos de Gattuso.

Pero el Diablo renquea con una defensa anciana, un centro del campo al que le pesa todavía el Mundial y una delantera huérfana de Shevchenko. Ayer perdió de mala manera con el Atalanta, que no sólo es vecino (Bérgamo está a dos pasos), sino que luce los colores del Inter. Ancelotti se defendió culpando al árbitro, la excusa mefistofélica por excelencia. La verdad, sin embargo, aparece cruda y el primero en verla es el propio Berlusconi, que, sin perder de vista a Ronaldinho, ha enviado una expedición a Brasil para buscar un futbolista barato, desconocido y maravilloso.

¿Por qué no? El truco de la expedición ya funcionó una vez. Un tipo del Milan se fue a São Paulo y se trajo a un tal Ricardo, llamado Cacá como muchos Ricardos brasileños, pero con el rasgo de coquetería de firmar Kaká. El chaval costó seis millones de dólares. Nadie sabe cuánto costaría ahora. Tiene el primer paso de Platini, ese paso falsamente exagerado que deja atrás al contrario; tiene la velocidad de un extremo, la parsimonia de un mediocentro, el pie de un ángel y el disparo de un demonio.

Kaká es el tesoro del Diablo y su única esperanza en una temporada que comenzó mal, con una sanción de ocho puntos negativos, y prosigue mal. Sólo Kaká mantiene vivos los sueños milanistas. El scudetto queda muy lejos, pero en Europa, a veces, basta el talento de un genio para saltar una eliminatoria, y otra, y otra.

Kaká forma parte de una estirpe bastante rara, la del genio sin tormentos interiores. Muchos grandes del balón, como Garrincha, Best o Maradona, sufrieron por sus demonios personales. Quienes no pagaron ese peaje tenían, al menos, algún defectillo que ayudaba a los demás a soportar su talento: Cruyff era vago, fumador y mandón, Di Stefano era seco de carácter, Beckenbauer era arrogante. Entre los de hoy, Ronaldo es glotón y Ronaldinho no es Adonis. Pelé carecía de defectos y encima tocaba la guitarra, pero era inculto.

Kaká es guapo, alto, veloz, resistente a las lesiones. Es simpático y disciplinado. No fuma, no bebe, no trasnocha y reza con frecuencia. Por si todo eso fuera poco, lee ensayos. Y juega como los ángeles.

Tanta perfección tiene algo de diabólico.

Enric González es autor de Historias del Calcio