miércoles, noviembre 01, 2006

CUANDO FUERON REYES DE LONDRES por Santiago Segurola

Al hilo del partido de Liga de Campeones entre Barça y Chelsea, recupero un estupendo artículo de Segurola en El País que ya se colgó en este blog hace algo más de un año y que recordaba al Chelsea de los años sesenta, pura cultura pop. Cuando se publicó este texto el equipo londinense aún no había conseguido su segunda Premier consecutiva (y tercera de su historia). Segurola, cómo siempre, admirable.







Dos título de Liga en 100 años de historia no parece gran cosa para un club que ahora está de moda en Europa. El Chelsea lo conquistó con ocasión de su cincuentenario, en 1955, y en su centenario, 2005, tras haber vivido sus mejores momentos en los años sesenta. Casi por ubicación física, al Chelsea le correspondió un papel importante en el agitado Londres de aquellos días. Aunque su estadio no tenía ningún glamour -Stamford Bridge servía para el fútbol y para las carreras de galgos en su vieja pista de ceniza-, se alzaba en Fulham Road, en medio de uno de los barrios preferidos de la movida pop, al lado de King's Road, hervidero de nuevas tendencias. Allí tenía su cuartel Mary Quant, la creadora de la minifalda, y por allí pululaban o vivían buena parte de los músicos que hacían época: los Beatles y los Stones se dejaban caer por allí; Marianne Faithful y el fotógrafo David Bailey, también; las estrellas del cine británicas y norteamericanas frecuentaban el barrio. Y en el barrio estaba un equipo de fútbol que pretendía estar a la altura de los tiempos.

Aquel Chelsea se adelantó 25 años a lo que Ruud Gullit definió como fútbol sexy. Gullit intentó practicarlo con el equipo londinense en los años noventa. Con cierto éxito y con dinero para fichar a jugadores como Zola o Verón, precursores de la invasión de estrellas extranjeras. Pero en los años sesenta no había ningún extranjero. Era un equipo de ataque con varios de los jugadores más coloristas del fútbol británico. Uno de ellos era Alan Hudson, un centrocampista que llevaba el ingenio hasta la frontera de lo extravagante. Habitual de clubes, amigo de estrellas del pop, proclive a los excesos, su talante no cuadraba con el estilo marcial que Alf Ramsey pretendía en la selección inglesa, así que no dejó huella en el equipo nacional. Junto a Hudson brillaba el escocés Charlie Cooke, extremo en ocasiones, centrocampista en otras, genial siempre. Y en la delantera todos los focos apuntaban a Peter Osgood, un héroe para la hinchada. Era alto y fornido, de pelo ensortijado y moreno, con un aire a Tom Jones que hacía valer entre las habituales de los bares y clubes de King's Road. Sin tener la clase pura de Hudson y Cooke, ninguno representaba mejor los valores del Chelsea que Osgood. Dentro del campo y fuera. Su fama mereció el interés de Raquel Welch, que se dio un garbeo por el barrio en una visita a Londres en 1972, un año después de que el Chelsea derrotara al Madrid en la final de la Recopa. El Cuerpo quería conocer a Osgood y no se privó de visitar el vestuario en los momentos previos a un partido. Algunos jugadores de aquella generación todavía lo consideran el mejor momento de sus carreras.

El Chelsea no ganó ninguna Liga en esa época, pero se ganó fama de equipo juerguista y divertido frente al circunspecto Arsenal, tradicionalmente defensivo y alejado de las cosas mundanas. Mientras frecuentaban a los ídolos del pop, sacaban tiempo para jugar bien y satisfacer a una hinchada que pronto vio el desplome del equipo. Casi fue un derrumbe cultural. Con la caída de King's Road como centro neurálgico de la movida londinense se asistió a los peores años del Chelsea. Descendió a la Segunda División y tardó casi 15 años en establecerse con alguna firmeza en la Primera. Lo hizo cuando el fútbol se convirtió en un negocio y perdió buena parte de su imagen de pasatiempo para la clase obrera. En los años noventa se puso de moda el fútbol y la moda también alcanzó a los políticos, muchos de los cuales salieron del armario y confesaron sus preferencias. Algunas resultaban poco creíbles. El primer ministro, John Major, a quien no se le conocía especial pasión por el fútbol, se declaró hincha del Chelsea, como algunos otros políticos conservadores. Eran los años de Gullit, y luego de Zola y Verón. Buenos años futbolísticos que estuvieron a punto de enviar a la bancarrota al Chelsea, presidido entonces por Ken Bates. El destino del club parecía desesperado, pero algo le favorecía: Londres siempre es un mercado apetecible, y más para los nuevos barones de las grandes empresas rusas del petróleo, gas y derivados, gente como Roman Abramovich, que se encontró con el juguete perfecto, en la ciudad perfecta, en el barrio perfecto. En Chelsea.

Nota al partido de ayer: Impresentable Mourinho, una vez más

lunes, octubre 30, 2006

Historias del Calcio. ELOGIO DE LA LOCURA


Los manuales de Derecho Procesal deberían incorporar con urgencia los mecanismos de la justicia deportiva italiana. A estas alturas del siglo XXI parece desabrido, incluso un poco grosero, emitir una sentencia y darla por válida, dejando al pobre reo, que al fin y al cabo es quien más sabe del caso, con la palabra en la boca y el corazón encogido. ¿Es eso civilización? No, eso es autoritarismo retrógrado.

Lo moderno es lo que ha ocurrido esta semana en el calcio: jueces y reos (Juventus, Milan, Lazio, Florentina y, en sumario aparte, Reggina) se han sentado a discutir las sentencias ya pronunciadas y han llegado a un acuerdo para rebajarlas. Es hermoso, ¿no? Los tribunales deberían funcionar así en todas partes. "¿Cómo? ¿Cadena perpetua por 20 atracos con violencia y tres homicidios? Seamos hombres de mundo, señor juez, no nos dejemos llevar por un arrebato". El juez acaba comprendiendo y dejando la cosa en seis meses de arresto domiciliario, porque el reo es en el fondo simpático y, además, bastante disgusto se ha llevado con todo el lío del proceso. Que le sirva de lección y que no vuelva a portarse mal.

El sistema se llama "arbitraje" y ha permitido al Juventus recuperar de golpe ocho de los 17 puntos de penalización con que, de forma adicional al descenso, la sociedad había sido penalizada. El Lazio también ha sabido negociar con los "árbitros" judiciales: de menos 11 a menos tres. Al Fiorentina le ha salido peor: de menos 19 a menos 15. Y el Milan no ha ganado nada y se queda en menos 8.

Pese a toda su elegancia social, el "arbitraje" puede confundir un poco al aficionado. Especialmente si no maneja con soltura los conceptos de "responsabilidad objetiva" y "responsabilidad subjetiva", que hoy, en el calcio, han sustituido al fuera de juego posicional como cumbre teórica de la discusión de bar. Para quienes se pierden con esas sutilezas, la única esperanza es el fútbol. Que a veces es capaz de redimir cualquier miseria.

Al Milan y al Inter habrá que agradecerles durante mucho tiempo lo que hicieron el sábado en San Siro. Al Inter un poco menos, porque hizo lo que se esperaba de él: pegar y encajar, como un púgil demasiado joven y demasiado fuerte, ansioso por ganar y alzar el título. Lo del Milan tuvo especial mérito, porque con un 1-4 en contra y con la alineación cargada de años (Seedorf, Maldini, Cafú, todos cercanos a los 35) arremetió contra el Inter y estuvo a punto de comérselo. Un derby que concluye 3-4 permite olvidar un montón de asquerosidades, tanto objetivas como subjetivas.

Los goles y el juego no lo fueron todo. Lo más importante, esta vez, fue la locura. Tras marcar su gol, Stankovic se lanzó sobre el entrenador, Mancini, y le zarandeó como a un muñeco gritando "¿Lo ves?, ¿lo ves?". El primoroso flequillo de Mancini quedó seriamente dañado. Más tarde, durante los últimos minutos, con el Milan enloquecido al ataque, Vieira se lastimó el tobillo, pero Maldini prefirió sustituir a Ibrahimovic. Vieira siguió sobre el césped, cojo y furioso, hasta el silbido final. Entonces se lanzó sobre Mihailovic, el "segundo" de Mancini, le dijo de todo y le pegó unos cuantos empujones, por no pegárselos directamente a Mancini.

Lo máximo en materia de locura pasional no correspondió, sin embargo, a Stankovic o a Vieira, sino, como de costumbre, a Materazzi. El futbolista más detestado del mundo marcó un gol de cabeza, el 1-4, y se levantó la camiseta para mostrar la inscripción que llevaba debajo: "Felicidades, Davide". Su hijo Davide, forofo del Milan (es lo que pasa con padres así), cumplía años. A Materazzi le expulsaron por ese gesto y su ausencia dio alas al Milan.

Los franceses dirán lo que quieran. Entre la responsabilidad objetiva, la responsabilidad subjetiva y Materazzi, uno se queda con Materazzi y con la locura, toda la vida.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, octubre 29, 2006

EL APAGÓN DE RONALDINHO por Julio César Iglesias


Nadie sabe muy bien cuándo empezó la depresión de Ronaldinho. Algunos piensan que fue un minuto después de ganar su primera Liga de Campeones. Con ese título redondeaba un año y un historial; por fin dejaba de ser el consabido malabarista brasileño y se acreditaba como jugador de batalla. A despecho de sus críticos más duros, había demostrado de una vez por todas que era capaz de conciliar la utilidad con la fantasía. Su estilo consistía en una habilidad excepcional para convertir una travesura en la solución a cualquier problema.

O quizá hizo crisis en el Mundial de Alemania, cuando comprobó que la gloria era un valor con fecha de caducidad. Levantabas la copa y un mes más tarde el éxito estaba amortizado: no valían gran cosa ni tu gol del año, ni tus pases ciegos, ni tus libres a la escuadra ni tus otras filigranas de Barcelona. Definitivamente, la memoria de los espectadores era tan endeble como la lógica del juego. Por un comprensible impulso de desconfianza, el último balón de oro fue desmantelándose poco a poco ante las cámaras; perdió toque, perdió regate, perdió puntería y se encontró de repente en una nueva situación. Oficialmente, seguía siendo el mejor futbolista del mundo, pero ahora parecía un indio de madera.

Su formación personal no le ayudaría gran cosa. Como otros ídolos de barrio, él se había distinguido de sus colegas por una sola habilidad natural: el dominio de la pelota. Antes de cumplir su etapa de meritorio, quedó atrapado en la maraña del fútbol profesional; en un laberinto de fichajes, viajes y corretajes. La aventura le transformaría en un multimillonario; como Ronaldo, su verdadera inspiración, sería la envidia de los garotos de todo el mundo, pero carecería del resabio que permite conservar la riqueza a un nuevo rico. En esas condiciones, su plan de vida estaba cantado: delegaría en su hermano, se colgaría del cuello una cadena de mastín, haría alguna escapada a la discoteca de moda y más que un potentado sería una caja de caudales. Hacia finales de junio oyó en su interior un crujido sospechoso: tenía el bolsillo lleno y la cabeza vacía.

Alguien debió explicarle entonces que pertenecía a la exclusiva casta de deportistas que se mueven en el límite de lo posible. Usa un catálogo de sutilezas prendidas con alfileres, trucos infinitesimales en los que la suerte de la jugada es siempre una cuestión de centímetros cuadrados. En su mundo, cualquier mínima caída de tensión basta para descomponer el plan.

Ahora está ante un pequeño dilema, y ha de solventarlo él. Si siente que ha perdido su tacto de prestidigitador, sólo debe esperar a que el balón se lo devuelva; si siente que ha perdido el gusto por el juego, necesita una nueva excusa profesional.

Tiene que marcarse urgentemente una nueva meta.

martes, octubre 24, 2006

Historias del Calcio. EL EMPERADOR TRISTE


Óscar Alberto Dertycia no siempre fue calvo. Lució una hermosa melena hasta 1990. Aquel año, en un invierno, perdió todo el cabello. Dertycia, joven delantero del Argentinos Juniors, había sido fichado por el Fiorentina para componer con Baggio una fenomenal pareja de ataque. Pero no hubo manera: por más balones que recibía, Dertycia no marcaba. Lo fallaba todo. Se lesionó gravemente, se deprimió y empezaron a caérsele mechones de pelo. Todos los médicos coincidieron en el diagnóstico: alopecia nerviosa. Dertycia se marchó de Florencia y de Italia a final de temporada, calvo y triste.

Adriano, por el momento, es calvo porque se afeita el cráneo. Su cuero cabelludo resiste. Lo demás goza de poca salud: las piernas, los pies, la cabeza. Adriano no marca un gol para el Inter desde el 29 de marzo (fue un gol que no sirvió de nada porque el Villarreal superó la eliminatoria) y, lo que es más grave, no parece en condiciones de marcar. Hace sólo un año se le llamaba El Emperador y se le comparaba con los más grandes delanteros de la historia. Ahora es un alma en pena, un tarugo, un jugador que no juega.

En el Inter atribuyen el desplome de Adriano a la fatiga psicofísica acumulada en las últimas dos temporadas. Lo cual resulta plausible, aunque pueda extrañar en un joven de 24 años: Dertycia también tenía 24 años cuando sufrió su año negro en Florencia. En Adriano, sin embargo, la impotencia goleadora reverdece ciertas sospechas que asomaron ya en los buenos tiempos. Algunos viejos catadores de fútbol, como el napolitano Giorgio Galeone, hoy técnico del Udinese, le negaron desde el principio la condición de fenómeno: fuerte, sí; espectacular, también; pero Adriano, decían los Galeone, carecía de esa inteligencia especial e indefinible que permite a los realmente grandes adivinar los movimientos de los demás jugadores sobre el campo.

Esa limitación constituía, hasta cierto punto, el atractivo de Adriano. Tenía que correr más que el contrario porque no utilizaba la astucia; tenía que disparar más fuerte que nadie porque le costaba colocar el balón; sus exhibiciones físicas eran tan portentosas que deslumbraban. Cuando las fuerzas empezaron a fallarle y se sucedieron las pequeñas lesiones, Adriano se convirtió en un futbolista vulgar, de los que se marcan solos porque embisten contra el bulto.

Acabó la temporada jugando mal, jugó poco y mal en el Mundial de Alemania y regresó mal tras las vacaciones. Roberto Mancini, el técnico interista, le ofreció la posibilidad de reincorporarse más tarde para que disfrutara de un descanso adicional. Pero Adriano no quiso: estaba ansioso por recuperarse a sí mismo y demostrar lo antes posible que el bache estaba superado.

Se entrenó con voluntad y sin provecho perceptible. En los partidillos con los compañeros le salía a veces lo que antes le salía siempre. En los partidos de verdad, en cambio, continuaba negado. Se convirtió en un habitual del banquillo y no cejó: siguió entrenándose fuerte. Hasta el lunes pasado. Dejó caer los brazos y anunció que se sentía incapaz de hacer nada.

El Inter le ha concedido unas vacaciones sin fecha de retorno. Adriano volará hoy o mañana hacia Río de Janeiro para estar en Brasil diez días, quizá más. Mancini ha renunciado a contar con Adriano para el derby con el Milan de esta semana porque en las actuales condiciones no hace ninguna falta. Algún día, se supone, volverá el Adriano de antes. O eso o el Adriano de hoy se irá para siempre.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, octubre 22, 2006

EL HOMBRE MÁS ODIADO DE INGLATERRA por John Carlin

"Por tres puntos, le pegaría un tiro a mi abuela". Brian Clough, legendario entrenador del Nottingham Forest.



Hubo más decepción en Inglaterra que en España tras la derrota del Barça contra el Chelsea esta semana. Diría incluso que la victoria del equipo londinense se celebró con más ganas en España.

¿Cómo puede llegar uno a afirmar semejante barbaridad? Es una sencilla cuestión de matemáticas. Presten atención.

En España, el 30% de la población es del Barça. En Inglaterra puede que (seamos generosos) un 2% sea del Chelsea. Eso, por un lado. Por otro, del 98% que no van con el Chelsea, la totalidad celebra todas sus derrotas. Si eres inglés y no estás con el Chelsea, estás contra él.

O sea que (y aquí acaba la clase de matemáticas), tomando en consideración que Inglaterra tiene 50 millones de habitantes y España 40 millones, podemos afirmar que 49 millones de ingleses lloraron la derrota del Barça el miércoles mientras que en España sólo lo hicieron 12 millones (bueno, habría que excluir a los bebés y a los raros a los que no les gusta el fútbol, pero creo que el punto está claro, ¿no?).

El odio (no, la palabra no es demasiado fuerte) que despierta el Chelsea entre los aficionados ingleses se debe a tres factores. Primero, al hecho de que desde hace un par de años no hay nadie que los toque en la Liga inglesa. Segundo, al dueño del club, el multitrillonario ruso Roman Abramovich, cuya frivolidad en gastarse obscenas cantidades en fichajes y sueldos ofende. Tercero, y ante todo, al entrenador, José Mourinho.

Que un señor tan antipático, tan contrario a los valores ingleses más fundamentales, tenga tanto éxito y gane tanto dinero resulta insufrible. ¿Cuáles son estos valores? Pues, básicamente, el fair play. Suena a tópico, pero muchas veces los tópicos reflejan la verdad. No es que el inglés siempre sea fiel a sus principios, sino que atribuye una enorme importancia al concepto de ser justo, equitativo y decente con el otro.

El segundo importante valor en Inglaterra es la modestia. Se detesta al fanfarrón.

Durante los dos años y pico que lleva en Inglaterra, Mourinho ha actuado de manera flagrante, casi despreciativa, contra estos valores. La imagen pública del portugués es la de un hombre engreído, enamorado de sí mismo, cuyas declaraciones responden únicamente a sus propios intereses, sin el más mínimo afán de tender la mano a los demás.

El caso más reciente ocurrió la semana pasada tras un choque entre un delantero del humilde Reading (pronunciado reding) y su portero, Cech, que acabó con este último en el hospital con una fractura en el cráneo. Las intempestivas declaraciones de Mourinho tras el partido fueron interpretadas por el público inglés como una acusación de intento de asesinato por parte del delantero del Reading. Lo cual, teniendo en cuenta que fue claramente un accidente, causó una indignación nacional enorme.

Lo que pone más sal en la herida del pueblo que inventó el fútbol es que Mourinho es innegablemente un entrenador brillante, capaz de motivar a jugadores que ganan fortunas gigantes a pelear como hicieron contra el Barça el miércoles: no sólo como si sus vidas dependieran del resultado, sino también las de sus madres, esposas e hijos.

Por todo esto, y más, cada vez que ha jugado el Barça contra el Chelsea de Mourinho recibo correos electrónicos y llamadas de amigos del Arsenal, del Liverpool, del Manchester (incluso de algunos a los que no les gusta en especial el fútbol) expresando el ferviente deseo no sólo de que el Bar-ça gane al Chelsea, sino de que lo humille. Así que para la vuelta, el 1 de noviembre en el Camp Nou, que Ronaldinho y compañía lo sepan: representan mucho más que un club, mucho más que a Cataluña o a España. Deben vencer no sólo por Sant Jordi, sino también por su tocayo Saint George, el santo patrón de Inglaterra.



PD: A León, muchas gracias

jueves, octubre 19, 2006

EL FÚTBOL por Eduardo Galeano


La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.

En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.

El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.

Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

Eduardo Galeano, escritor uruguayo

lunes, octubre 16, 2006

Historias del Calcio. LA MALDICIÓN DEL 'GRUPO SALVAJE'

Enric González vuelve a escribir un sensacional artículo sobre aquel mítico Lazio de los años 70, un grupo "inolvidable".



Giorgio Long John Chinaglia fue el corazón de aquel equipo de "locos, salvajes y sentimentales, simpatizantes fascistas, pistoleros y paracaidistas, jugadores de azar y bailarines de club nocturno; era un equipo dividido en clanes, con dos vestuarios; quien entraba en la habitación errónea corría el riesgo de encontrarse con la amenaza de una botella rota bajo el cuello". La frase es de Guy Chiappaventi, periodista, tifoso laziale y autor de Pistolas y balones, un libro sobre aquel grupo salvaje que dio al Lazio, en 1974, un inolvidable título de Liga.

Chinaglia, un ariete de fuerza descomunal, era jefe de un clan. El jefe de la otra facción era el lateral izquierdo, Gigi Martini, hoy diputado posfascista. "En aquel equipo", recuerda Felice Pulici, el portero, "llevábamos pistola más o menos todos". En las concentraciones disparaban contra las farolas, las lámparas del hotel o los tifosi del Roma. El interior Luciano Re Cecconi murió durante un atraco fingido: un joyero vio el arma, no cayó en la broma y disparó. Long John Chinaglia usaba una Mágnum del calibre 44, capaz de atravesar paredes.

Aquel grupo indeseable, pero triunfal, estableció la ecuación que identifica al Lazio con el fascismo. Decenas de miles de seguidores laziales de todas las coloraciones políticas querrían romper la ecuación a martillazos, pero es inútil porque existe en ella una verdad matemática: la ultraderecha domina la grada. Di Canio, el delantero con la efigie de Mussolini tatuada sobre la piel, abandonó el equipo tras la pasada temporada. Ya nadie en el césped saluda brazo en alto. La sombra fascista, sin embargo, emerge de nuevo.

Esta semana han sido detenidos Fabrizio Piscitelli, alias Diabolik, Fabrizio Toffolo, Yuri Alviti y Paolo Arcivieri, fundadores y jefes de Los Irreductibles, definidos por el fiscal como "el grupo más fascista, racista, homófobo y antisemita" de entre todos los grupos fascistas que, del lado del Lazio y del lado del Roma, pueblan la grada del estadio Olímpico. Los cuatro son acusados de ejercer como mamporreros del mítico Long John Chinaglia, residente en Estados Unidos, sobre el que pesa una orden de arresto.

Según el fiscal, Chinaglia quería adueñarse de la sociedad e inventó una oferta de compra de un supuesto grupo inversor húngaro.

Mientras decía representar a los fantasmagóricos húngaros con papeles falsificados en Nápoles y agitaba la falsa oferta para especular en bolsa con las acciones del Lazio, Los Irreductibles amenazaban al actual presidente, Claudio Lotito, y al entrenador, Delio Rossi, con el fin de que uno vendiera a cualquier precio y el otro abandonara. Más concretamente, amenazaban a las esposas de ambos con llamadas telefónicas de contenido irreproducible. Los cuatro ultras, con un largo expediente judicial, ya se veían como directivos de la mano de Long John.

Chinaglia fue una vez presidente del Lazio, en 1983. Sólo consiguió el descenso a Segunda. Luego se dedicó a comprar y vender otras sociedades futbolísticas italianas y a organizar eventos deportivos desde Nueva York. Pero entre Chinaglia y el Lazio existe una atracción fatal, un vínculo indestructible y ruinoso para ambas partes. Chinaglia quiso volver. La grada se pasó meses vitoreando su oferta de compra y vituperando al presidente Lotito. Ahora Chinaglia es un fugitivo.

Buena parte de la grada, hija del mito del grupo salvaje de 1974, sigue estando, pese a todo, con Long John Chinaglia y con Los Irreductibles. Los cuatro ultras detenidos tienen entre 40 y 46 años de edad: eran niños cuando se ganó aquel scudetto de los balones y las pistolas. La maldita ecuación debió de quedárseles grabada en el alma.

Enric González es autor de Historias del Calcio

domingo, octubre 15, 2006

EL CLUB ANTES QUE LA PATRIA por John Carlin


Con la posible excepción de Argentina, no hay pueblo cuyo estado de ánimo dependa más de los resultados de su selección que el inglés. Pero eso no impide que estos partidos internacionales que interrumpen el principio de la temporada causen casi tanta irritación en Inglaterra como en España, donde la selección despierta pasiones más tibias.

Durante la larga travesía del desierto que, para el aficionado de verdad, supone siempre el verano, el comienzo de la Liga se vislumbra como un lejano oásis tropical. Pero llega septiembre, comienza octubre y la Liga no acaba de arrancar. Empiezas a beber y te quitan el vaso de la mano. O, como dirían los ingleses, que les gusta salpicar la conversación con frases en latín, sufres el síndrome del coitus interruptus. Tu equipo da señales de que podría hacer una gran temporada, le quita un punto al Chelsea, el nuevo delantero pinta bien y entonces... dos semanas de limbo en las que a uno no le queda otra que exprimirle algunas gotas de interés al Inglaterra-Macedonia, buscar algún consuelo en el partido contra Andorra.

No. A la hora de la verdad, el fan inglés es como el español. Club before country. El club antes que la patria.

La prueba más contundente la dieron los aficionados del Tottenham en plena guerra de las Malvinas. Recuerdo haber ido a un partido de los Spurs en su estadio, White Hart Lane, en mayo de 1982. La fuerza aérea argentina ya estaba hundiendo barcos de guerra británicos en el Atlántico Sur, pero cada vez que uno de los dos argentinos del Tottenham, Osvaldo Ardiles o Ricardo Villa, tocaba el balón la afición les ovacionaba.

Ardiles y Villa eran pioneros. Hoy lo raro es ver a un jugador inglés vistiendo la camiseta de un Tottenham, un Liverpool o incluso un Charlton Athletic. Y en el Arsenal, ya nunca.

Desde que un desconocido francés llamado Arsène Wenger llegó al Arsenal hace exactamente diez años y una semana, lo que se ha visto en el gran club del norte de Londres es una erosión inexorable del componente inglés. A tal grado que cuando el Arsenal se enfrentó al Real Madrid en la Champions la temporada pasada, en el Bernabéu, había más ingleses en el equipo español (2) que en el londinense (0).

¿Pero existe hoy un fan del Arsenal que se ofenda ante esta situación; que quisiera poner, por ejemplo, al seleccionador inglés, Steve McClaren, en lugar de Wenger? Ni uno.

Inexplicablemente, un altísimo porcentaje de mis amigos son del Arsenal. Sé que no ha habido gente de fútbol más feliz que ellos en el mundo a lo largo de la última década. Wenger ha colmado al Arsenal de títulos, logrando que sus franceses, holandeses, españoles, suecos, cameruneses, brasileños, checos, suizos y alemanes combinen la feroz competividad del fúbol inglés con el arte del mejor fútbol latino. Wenger declaró en una entrevista con L'Équipe esta semana que "todos los grandes equipos han jugado con la preocupación de gustar" y que el leit-motiv de su club es "ganar con estilo".

Con razón el Real Madrid, como Wenger mismo confirmó en la misma entrevista, ha intentado contratarlo repetidas veces. Es el mejor entrenador del mundo. El día que se vaya, el norte de Londres estará de luto. Porque para el fan del Arsenal no hay ser en la tierra que inspire más devoción que el francés.

viernes, octubre 13, 2006

ESPÍRITU ROJO por Arrigo Sacchi

España tiene, desde siempre, una gran tradición en fútbol, grandes jugadores y un gran amor por este deporte. Los clubes han escrito una página importante en la historia futbolística europea y mundial, ganando todas las competiciones. El año pasado el Barça ganó la Champions de un modo espectacular y el Sevilla la Copa de la UEFA. Sólo la selección no tiene éxitos, casi siempre fracasa, ¿por qué? Hay que hacer un análisis profundo para comprender las causas de este fenómeno negativo. Nos conviene siempre pensar que el culpable es el entrenador o la mala suerte. La roja ha cambiado en su historia a muchos entrenadores, pero al final nadie ha tenido éxito. Esta vez tiene al entrenador más famoso, experto y, quizás, más ganador de España: Luis Aragonés. España participó en el Mundial de Alemania con un equipo joven, con experiencia y con muchos jugadores interesantes y de óptimo nivel. Comenzó jugando bien, con alegría, entusiasmo y capacidad colectiva; jugó un fútbol total muy bonito. En la primera fase fue, quizás, el equipo más divertido y mostró talento, buen juego y a un entrenador experto y capaz. La mayoría de los críticos pensaron que al fin España podría ser gran protagonista del Mundial. Pero en los octavos se enfrentó a un equipo experto y rico en talentos, como Francia, y los rojos, todos a la vez, desaparecieron. Parece imposible, los jugadores cuando juegan con la selección nunca ganan a pesar de la presencia de grandes futbolistas como Raúl, Puyol, Xabi Alonso y Xavi, y de jóvenes interesantes como Sergio Ramos, Torres, Iniesta y Cesc. Creo que el nivel del equipo está entre los mejores del mundo. Jugadores que en sus clubes hacen maravillas como Cesc, un fenómeno en el Arsenal, cuando vuelven a jugar con la selección parecen un jugador normal, como Xavi o Xabi Alonso, entre otros. Un día, hablando de este tema con algunos jugadores españoles del Real Madrid, ellos contestaban que faltaba una motivación fuerte como tienen los italianos, alemanes o argentinos; pero en otros deportes de equipo la selección española gana y no falta la motivación. Otra veces algunos me hablaban de los problemas político-territoriales que no permiten construir un equipo unánime en espíritu, pero hemos visto que la selección de baloncesto ha ganado y los problemas ético-políticos han desaparecido. Otra hipótesis podría ser que esos jugadores ganan y cobran mucho con el club y por lo tanto cuando juegan con la selección no tienen hambre de ganar. Pero hay jugadores italianos que ganan mucho con los clubes y con la selección luchan y son casi siempre competitivos al máximo nivel. Yo creo que en un análisis total hay que pensar que, quizás, la selección sí tiene pequeños problemas de motivación y político-territoriales y que algunas veces también hay momentos negativos con jugadores de nivel bajo. Lo mismo ocurre cuando tiene talentos, y también es verdad que la cosa no sale bien ya sean los entrenadores unas veces buenos y otras no.

Otros críticos piensan que, a nivel técnico-táctico, el equipo español intenta jugar un fútbol a todo campo, atacando con muchos jugadores, intentando ganar el partido con un dominio total, jugando con generosidad, pero sin tener la fuerza física ni mental, la personalidad y las capacidades cognitivas necesarias para tener ese objetivo. Otros críticos piensan que el equipo juega un fútbol sin tener el equilibrio táctico y la personalidad que en los clubes españoles dan los jugadores extranjeros, que falta en general madurez y equilibrio psicológico y táctico. Otros piensan que existe una falta de fuerza física en competiciones cortas como el Mundial y la Eurocopa, donde se juega cada tres o cuatro días y es muy importante recuperarse rápidamente. Parece, por lo tanto, que existen problemas distintos y varios. Seguro que no se arreglarán echando al entrenador, del que se puede esperar que resuelva problemas que han existido desde siempre. Ahora España tiene un grupo de jugadores importantes, jóvenes, muy interesantes, que pueden progresar aún más en el futuro. Pero sin mejorar el espíritu del equipo, la motivación, las calidades cognitivas, la personalidad, el equilibrio táctico y la modestia, será difícil tener un futuro mejor. Buen trabajo, y esperamos que todos puedan enseñar algo más para dar la satisfacción a la afición de toda España como merecería la tradición futbolística de este gran país. Ayer España se enfrentó en un partido amistoso contra Argentina, el encuentro era importante no sólo porque jugaba contra un grande del fútbol, sino porque se decía que una derrota podría ser fatal para Aragonés. Suerte, la roja ganó con mérito, Xavi e Iniesta fueron espectaculares y Aragonés espero que pueda continuar trabajando como merece.

Arrigo Sacchi, ex técnico de la selección nacional de Italia

domingo, octubre 08, 2006

EL DEPORTE Y LA POLÍTICA por Santiago de Pablos

A propósito de un partido que levantará más de una ampolla.

El partido Cataluña-Euskadi ha sido calificado de "hito histórico" para la selección vasca, que, tras muchos años, vuelve a jugar fuera de su tierra. El encuentro -con su lema Juntos por la paz- se enmarca en el contexto de la tregua de ETA y se ha rodeado de cierta polémica, fruto de la reivindicación de selecciones oficiales en ambas comunidades. La relación entre la política y la selección vasca ha sido una constante en su historia, aunque no siempre ésta se ha identificado con el nacionalismo. Por ejemplo, sus primeros partidos tuvieron lugar, precisamente contra Cataluña, en 1915. Pero carecían de intencionalidad política, como lo demuestra el que en alguno se denominara Selección Norte.

Con el tiempo, la expansión del nacionalismo vasco hizo que su relación con el fútbol fuera más estrecha. Tras los partidos interregionales de 1915-16 y la gira de un combinado por Suramérica en 1922, la selección -Vasconia, término que engloba a Navarra- volvió a enfrentarse a Cataluña en 1930 y 1931. La idea partió del nacionalista Manu de la Sota y no puede separarse del intenso momento político previo a la II República. De hecho, la prensa del PNV reconocía: "Hay quien dice que no puede mezclarse el deporte con la política. ¿Pero no vamos a hacer cuestión nacionalista, nacionalizadora, eminentemente patriótica, si el deporte nos sirve de rápido vehículo de nuestras aspiraciones?".

En la Guerra Civil, el primer Gobierno vasco, a iniciativa de Sota, creó el equipo Euzkadi para efectuar propaganda en el extranjero y recaudar fondos. El Euzkadi, integrado sobre todo por jugadores del Athletic, realizó una exitosa gira por Europa y América hasta que la FIFA, tras reconocer a la federación franquista, lo declaró en rebeldía. Pero encontró asilo político en México y participó, antes de disolverse, en la Liga mexicana de 1938-39. Con independencia de sus éxitos, su historia ha sido objeto de cierta mitificación, puesto que no era una selección, sino un combinado. Además, tuvo muchas dificultades en América por discrepancias internas y roces políticos con la colonia vasca. Incluso sus resultados han sido objeto de leyenda: se repite que fue campeón mexicano en 1939 -así lo dice la web de la federación vasca- cuando quedó subcampeón, por detrás del Asturias.

Durante el franquismo sólo se disputó en 1971 un partido entre el País Vasco y Cataluña. Fue un homenaje al árbitro Juan Gardeazábal sin connotación política. Por fin, en 1979, la selección vasca -recuperó la equipación del Euzkadi con los colores de la ikurriña- se enfrentó a Irlanda en San Mamés. Algunos anunciaron que "el País Vasco podría contar, después del Mundial de 1982, con su propia selección, con el visto bueno de la federación española y de la FIFA", aunque "el paso definitivo" se daría cuando se aprobase el Estatuto. Pero, aunque se aprobó pocos meses después y entre 1979 y 2005 Euskadi ha disputado 18 partidos, este deseo, objeto de frecuentes polémicas, parece lejos de hacerse realidad.

Santiago de Pablo es catedrático de Historia Contemporánea

viernes, octubre 06, 2006

¿EL OPIO DE LOS PUEBLOS? por Eduardo Galeano

¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan". Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del '78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió "este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre".

Eduardo Gaelano es escritor uruguayo

lunes, octubre 02, 2006

Historias del Calcio. ¿QUIÉN MATÓ A KENNEDY?


Las teorías conspiratorias son edificantes porque, de alguna forma, enaltecen al ser humano. Contra la evidencia de que el hombre tiende sin remedio a la chapuza, la indiscreción y la soberbia, quienes creen en las verdades alternativas atribuyen a sus congéneres una capacidad suprema para planear, ejecutar y silenciar de manera perfecta formidables maniobras secretas que alteran el destino del mundo.

Abundan quienes creen que la llegada a la Luna fue un montaje, que el 11-S fue organizado desde Jerusalén y el Pentágono, que los socialistas españoles mantienen una relación perversa con unos polvos bóricos y que Elvis Presley sigue vivo. En Italia, el país de la dietrología (la ciencia de lo que está detrás, oculto), esa tendencia a la fabulación posee una gracia especial por la distancia entre lo real (el país funciona de milagro) y lo fantástico (todo lo que ocurre forma parte de un plan maestro).

La última gran teoría dietrológica italiana explica bajo una nueva luz lo que ha ocurrido en el calcio. Pensábamos que el director general del Juventus, Luciano Moggi, había creado una trama de relaciones con los poderes federativos y arbitrales que le permitía manipular los resultados. Parecía que las conversaciones telefónicas intervenidas a Moggi y a otros dirigentes de su cuerda resultaban esclarecedoras: pedían un árbitro así o asá, que amonestara a tal jugador o a tal otro, que pitara un penalti a favor de éste o aquél..., y el domingo siguiente salía todo clavado. El asunto se perfilaba bastante claro, dentro de la turbiedad.

Miles de juventinos, entre ellos el actual técnico del equipo, Didier Deschamps, están convencidos de que las cosas no fueron así. En realidad, ocurrió lo contrario. Se ha descubierto (y esa es la parte cierta: todas las teorías conspiratorias necesitan un punto al que agarrarse) que el jefe de seguridad de Telecom Italia formaba parte de una banda que espiaba ilegalmente a miles de ciudadanos más o menos poderosos. A partir de ahí, las piezas encajan.

¿Quién era el presidente de Telecom? Marco Pronchetti Provera, vicepresidente del Inter. ¿Quién asumió las riendas del calcio tras descubrirse los manejos de Moggi? Guido Rossi, el nuevo presidente de Telecom y forofo interista. ¿Quién es el vicepresidente ejecutivo de Telecom? Carlo Buora, otro vicepresidente del Inter. ¿Qué hizo el propietario del Inter, Massimo Moratti, cuando antes de que estallara el escándalo recibió la confidencia de que el árbitro De Santis no era imparcial? Contrató a un detective para que averiguara si la acusación era cierta y el detective resultó ser socio del jefe de seguridad de Telecom. ¿Más pruebas? El patrocinador del calcio es Tim, sociedad filial de Telecom.

Según la verdad juventina, el Inter y Telecom manejaron durante años los hilos de la corrupción y echaron las culpas al pobre Moggi, pillado en un par de desahogos telefónicos. Moratti, el patrón interista, un tipo que en quince años de gestión no dio pie con bola, nos tuvo bien engañados. Mientras se hacía el tonto, organizó un plan maquiavélico cuyos objetivos aparecen hoy claros: uno, jorobar a Moggi; dos, que el Juventus ganara siempre y el Inter nunca (a este segundo objetivo aún no se le ha encontrado explicación dietrológica).

Moratti prestará hoy declaración voluntaria ante el fiscal especial del calcio. Habrá que preguntarle dónde estaba el día en que mataron a Kennedy: éstos del Inter son capaces de cualquier cosa.

Enric González es autor de Historias del Calcio

viernes, septiembre 29, 2006

LA BARCA DE CALDERÓN por Julio César Iglesias

Le propongo un plan, Calderón. Se trata de llevar engañado a Fabio Capello hasta alguna de las suntuosas bodegas de la ribera del Duero con la excusa de una cata benéfica. Allí, harto de vino, quizá fuera capaz de aceptar la siguiente alineación: Casillas; Cicinho, Cannavaro, Ramos, Roberto Carlos; Diarra, Guti; Reyes, Van Nistelrooy, Ronaldo y Robinho. La operación consiste en conseguir que se trague entero ese fabuloso equipo titular, aunque luego, jaleado por los amigotes que lo envuelven en aroma de habano y jamón de bellota, ponga las comas donde quiera.

Hará falta mucha mano izquierda. Nuestro hombre tiene un ego que no cabe por la puerta grande de las Ventas, así que durante el guateque habrá que aguantar su mirada de cabo furriel y engatusarlo con ciertas concesiones: colgarle algún medallón de merluza, añadir algunos caballos al motor de sus coches, sacarle copia en el museo de cera por si decide suplantar al muñeco o reírle sin pudor los bufidos y los estornudos.

También es probable que la simple mención de un equipo tan exuberante, con su arquero volador, sus laterales explosivos, sus centrales de batalla, sus cerebros complementarios, sus carrileros de vértigo y sus dos goleadores de manual, le violente las hormonas. Para él, las dos horas que los espectadores encomiendan a sus futbolistas favoritos, es decir, a los más hábiles, son tiempo perdido. En otras palabras, no trabaja para que sucedan cosas, sino precisamente para evitar que ocurran: quiere que los defensas no demoren el despeje, que los medios no pierdan la posición y que los delanteros no tiren alguno de esos recortes con los que se construye el gol del año. En su cabeza todo está prohibido salvo el olor a casquería.

Sin embargo ya no hay duda de que esta ley tan marcial empobrece el espectáculo y conduce a los espectadores locales a un berrinche compulsivo de consecuencias incalculables. Conclusión: antes de que decidan lanzarlo por la ventana con sus seis millones de euros anuales en el bolsillo, conviene que hagamos algo por él.

Descartada la hipótesis de que Luciano Moggi, su jefe en la Juve, le eche otra mano, o la de que Frank Rijkaard le dé un cursillo de fútbol moderno, sólo queda la solución de la bodega. Allí, entre copa y copa, José Mercé puede cantarle aquello de "Han quitado el derecho que tenía / el vino a pasar sobre mis penas". En mitad de un jipío le deslizamos la alineación soñada, le explicamos el auténtico significado de la expresión renacentista de Juanito "Noventa minuti in Bernabéu son molto longo" y quizá logremos hacerlo entrenador del Madrid.

No se preocupe por el coste del convite. Robinho, Reyes y la hinchada brindarían a su salud y se harían cargo de la cuenta.

Avanti, Calderón.

miércoles, septiembre 27, 2006

DE MARADONA A LOS PLANETAS A RITMO DE GOL por Juan Manuel Lamet

Recuperando una entrada de hace tiempo, cómo siempre porque me apetece, y sobre todo hoy, después de estar todo el día escuchando a Los Planetas.



Música y fútbol; fútbol y música. Ambos han ido de la mano durante las últimas décadas en una relación de dependencia parcial que los mantendrá unidos para siempre. El fútbol ha inspirado a artistas a la hora de componer grandes canciones, y los cánticos de la afición sirven siempre de jugador número 12. Y es que sin música el fútbol perdería intensidad. Qué sería de Brasil sin la incansable y ruidosa torcida, o de la Champions League, por ejemplo, sin el We are the champions de Queen como colofón. Sobre todo, no sería lo mismo el fútbol sin el rock, ya que ambos movilizan a las mismas masas y las marcan de por vida.

En julio de 1998 numerosos franceses celebraban el triunfo de su selección en el Mundial que ellos mismos organizaban. Entre los muchos cánticos que acompañaban los festejos se podía escuchar ‘Sit Down’ de los británicos James, puesto que los franceses lo hicieron suyo cambiando el estribillo original (oh sit down) por Oh Zidane, tratando de glorificar así a Zizou, auténtico protagonista de la victoria en la final de los bleus.

Oportunismos aparte, son bastantes más los temas que guardan algún tipo de relación “real” con el fútbol. Dejando a un lado a Julio Iglesias, portero casi accidental del Real Madrid B, podría hablarse de Cruyff como uno de los primeros futbolistas metidos a cantante. Aunque sin duda Maradona no le fue a la zaga cuando en su etapa de mayor apogeo grabó junto a Pimpinela el tema ‘Querida Amiga’. Diego Armando Maradona ha sido una de las figuras más representativas no sólo del fútbol, sino también de nuestra sociedad, lo que le ha valido para ser “inspirador” de temas como ‘Santa Maradona’ de Mano Negra o ‘Maradona’ de Andrés Calamaro. George Best, a quien The Wedding Present dedicaron un álbum completo en 1987 fue el primer futbolista rockero, “el que hizo comulgar el fútbol con el rock”, según Santiago Segurola.

No sólo futbolistas foráneos son nombrados en algunos himnos pop; Gaizka Mendieta tuvo el honor de marcar un gol realmente increíble en ‘Un Buen Día’ de Los Planetas. Y ésta no fue la única vez que los granadinos se inspiraron en el deporte rey para componer; J y compañía también tomaron referencias de él en ‘La Copa de Europa’ o ‘El Artista Madridista’, al igual que lo hicieron otros andaluces como Sr. Chinarro (‘La Pena Máxima’) o Deneuve (‘St. Denis 3.0’). En Inglaterra la relación entre balompié y música aumenta considerablemente. New Order decidieron apoyar a su selección (anfitriona) con el himno de la Eurocopa ‘96. The Lightning Seeds se apuntaron a la vena patriótica en 1998 con ‘Three Lions’, tomando como título los tres leones del escudo inglés. Sin duda, los más originales fueron The Smiths, yendo más allá de lo meramente deportivo con su ‘Sweet And Tender Hooligan’.

Sin embargo, no todo son parabienes con el deporte rey, y mientras Los Sencillos se quejan de él en ‘Siempre Hablando de Fútbol’, Belle & Sebastian se negaban a jugarlo en ‘I Don’t Want To Play Football’. Speedtwins fueron bastante más explícitos: ‘I Hate Football’.

En fin, que no sólo los porteros cantan. Ni todo el mundo sueña con ser futbolista ni todos quieren ser estrellas de rock. Un niño con un balón y otro con una guitarra ¿por qué no iban a jugar juntos?

lunes, septiembre 25, 2006

Historias del Calcio. EL CASO DEL ENTRENADOR SIN SUERTE

No es amargo ni antipático, más bien todo lo contrario. Pero basta verle para comprender que este hombre carga con un peso, con algún tipo de fatalidad indefinible. Cuando su equipo pierde no brama contra los jugadores, ni patea el banquillo, ni da a entender con los ojos (los entrenadores saben que hay una cámara cerca, y actúan para ella) que a alguien se le caerá el pelo en el vestuario. No. Se afloja la corbata, absorbe la desgracia y la encaja entre las cejas, enarcadas como las de un payaso triste.

Su padre, tifoso interista, tenía una pensión en Cesenatico, una localidad turística de la costa oriental italiana. La pensión, para que no cupieran dudas, se llamaba Ambrosiana, el nombre del Inter en tiempos fascistas, cuando el internacionalismo no se toleraba ni en el fútbol. A los 13 años ingresó en el equipo juvenil de su pueblo, como lateral derecho. Era 1967 y el terzino, el lateral italiano, era el último mono, la carne de cañón del catenaccio: no debía pensar, no debía subir de medio campo, no debía intentar cosas bonitas. Su misión consistía en pegarse al extremo rival, correr con él, sudar con él y pegarle cuanto fuera posible. El modelo no era Facchetti, el apolíneo lateral-goleador, sino Burgnich, el perfecto perro de presa. Ideal para un muchacho.

Intentó varias veces cambiar de equipo, sin éxito. Su carrera se limitó al rincón derecho del Cesenatico juvenil. Fue una carrera breve, finiquitada a los 18 años por una enfermedad pulmonar. Tras unos años como camarero en la pensión familiar y como agente de seguros, volvió al calcio como técnico del Cesenatico infantil. En 1984 alcanzó el cargo de entrenador del Cesenatico (Segunda Regional), pero una extraordinaria cadena de desgracias administrativas casi le devolvió a la pensión: tardó cuatro años en ser admitido en la escuela de entrenadores. Ya con el carné, ascendió al Venecia, que el año siguiente le despidió, le recontrató para salvar la categoría y una vez salvado le despidió de nuevo.

Tras un paso por el Bologna, estudió en Barcelona los métodos de Cruyff. En 1995 se hizo con el Udinese y lo llevó a Europa, lo máximo en la historia del club. Su 3-4-3 supuso una revolución en el calcio. Luego pasó al Milan (él, interista y de izquierdas) y logró el scudetto de 1999. En 2001 fue despedido. Pasó al Lazio y lo clasificó para la UEFA: fue despedido, porque la sociedad prefirió al glamuroso Mancini. La temporada siguiente sustituyó a Héctor Cúper en el Inter y consiguió clasificarlo para la Champions: fue despedido, porque también el Inter, el club de sus amores, prefirió a Mancini.

Este año se cumple el centenario del Torino, devuelto a la Serie A por la carambola del caso Moggi. El Torino tiene derecho a considerarse el club más desgraciado de todos los tiempos: nadie, ni el Manchester United (en el accidente de Múnich sobrevivieron Busby y Bobby Charlton), ha sufrido una tragedia tan grave como la del 4 de marzo de 1949, cuando el avión que llevaba al "gran Torino", uno de los mejores equipos de todos los tiempos, se estrelló contra la colina de Superga. No quedó nadie.

Alberto Zaccheroni se sienta en el banquillo del Torino. Sólo ha conseguido, por ahora, dos empates y dos puntos. La cosa empieza mal. No cuesta mucho imaginarle tras una mesa desordenada, con una botella de whisky medio vacía y un revólver chato en el cajón, a la espera de otro caso. Como los detectives malditos del género negro, Zaccheroni no gana nunca. Le persigue la fatalidad. Y pierde con elegancia, con las cejas arqueadas y la corbata floja.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, septiembre 23, 2006

PUREZAS por Agustí Fancelli

Otra vez los nacionalismos, ¡qué hartura!


La publicidad tiene eso: en apenas 20 segundos es capaz de generar una polémica de largo alcance. Tan breve lapso de tiempo le basta en efecto para explicar una historia. Una historia en clave lírica, cómica o dramática, según el producto que se propone vender. Cuando ese producto es de signo nacionalista, entonces el género predilecto es el épico, el cuento de buenos y malos, sin duda el más eficaz a la hora de despertar las conciencias adormecidas.

En el caso que nos ocupa, el niño rubito y soñador pretende tan sólo participar en el juego con la camiseta de sus amores, la de la selección catalana. El escenario es un descampado; la música de fondo, new age, tipo Carros de fuego. Los niños llevan zamarras de colores variados, la mayoría no identificados frente a dos claramente denotativos: el amarillo de la canarinha y el rojo de la roja. Y, vaya por Dios, tenía que ser justamente el chaval de la roja el más chulo de todos: con gesto prepotente, comunica al ángel catalán que su atavío no es de recibo. El héroe ante la prueba, según el viejo esquema del relato mítico de Vladimir Propp. La respuesta no tarda: noblemente, el ángel se desprende de la zamarra y la lanza al aire. Su gesto es seguido por otros serafines de equiparable bondad: sólo así puede dar comienzo el partido.

Corte súbito, primer plano de la tetilla desnuda del héroe, la percusión reproduce el latido del corazón, el rótulo "una nació" ("una nación") se sobrepone al pecho noble y vibrante. Plano de la camiseta colgada, voz en off que anuncia: "Juntos la acabaremos llevando". Última imagen digna del final de 2001: el héroe con la zamarra, sus escuderos a pecho descubierto. ¿Por qué?

Dos conclusiones: para ser uno mismo hay que serlo en contraposición a otro, al que hay que faltar sistemáticamente; y dos, el nacionalismo es un juego de purezas de corazón. Así de sencilla es la épica publicitaria nacionalista. Y así de eficaz, a la vista de que consigue que se sigan escribiendo columnas como ésta.

jueves, septiembre 21, 2006

UN AUTÉNTICO NUEVE por Patxo Unzueta

Artículo recordando al mítico Telmo Zarra, el gran delantero centro que murió en febrero de 2006



En agosto de 1997, Telmo Zarraonandia, Zarra, se fundió en un abrazo, en el centro del campo de San Mamés, con Bert Williams: el que marcó el gol de Maracaná y el portero al que se lo marcaron, en julio de 1950, en el Mundial de Río. El gol por antonomasia, el de la victoria de España contra Inglaterra por 1-0, relatado por Matías Prats. Aquel abrazo era el de la reconciliación simbólica entre portero y delantero, las dos categorías esenciales de héroes en el planeta futbolístico.

El delantero centro por excelencia, murió ayer, a los 85 años. Había nacido en Asua (Vizcaya), donde su padre era jefe de estación. Su hermano mayor, Tomás, que llegó a jugar en el Oviedo, lo hacía de portero. Telmo se inició en ese deporte lanzando chuts para entrenar a su hermano. Pero entonces, de chaval, era más un regateador que un chutador, según se recordaba a sí mismo en una entrevista que apareció en este periódico en vísperas del Mundial de España. Jugó en el Asua y el Erandio antes de fichar por el Athletic en la temporada 1940-41, a sus 18 años. Debutó en un amistoso contra una selección de Guipúzcoa, marcando 7 goles, a los que seguirían otros 334 en partidos oficiales, de ellos 251 en la Liga. Todavía hoy conserva el récord de ser el jugador que más veces, seis, ha sido máximo goleador de ese torneo y comparte con Hugo Sánchez el récord de goles, 38, marcados en un campeonato; 38 goles en 30 partidos que tenía entonces la Liga, ocho menos que ahora.

Fue sobre todo un rematador de cabeza, "la mejor de Europa después de la de Churchill". Cuando empezó, según reconocería muchos años después, tenía miedo al choque y por eso procuraba adelantarse, saliendo al encuentro de la pelota en vez de esperarla, y así fue como se convirtió en un especialista. El miedo lo superó con mucho entrenamiento, rematando centros de Gainza y de Iriondo, los dos extremos de la famosa delantera que recitaban de memoria los niños de los años 40 y 50: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza. Desde ayer, Iriondo es el único sobreviviente.

Zarra fue conocido y admirado por personas que nunca habían pisado un campo de fútbol. En 1994, Jordi Pujol sostenía que en los años cincuenta el español medio se identificaba con la imagen de Zarra: la furia, la nobleza. Se contaba en Bilbao que una vez había tirado el balón fuera, renunciando a marcar a puerta vacía, al ver que se había lesionado el portero. En aquellos años había pocos partidos internacionales, pero Zarra jugó en casi todos los que disputó la selección entre 1945 y 1951. En 20 encuentros marcó otros tantos goles.

En una entrevista que le hice en junio de 1982 me contó cómo había conocido a su mujer, Carmentxu: "Un año que yo estaba lesionado, con la pierna enyesada, se me ocurrió ir al baile de la plaza el día de la fiesta del pueblo. Pero, claro, no podía bailar y me quedé sentado en una esquina. Como yo era allí muy famoso, al principio todos me hacían caso, pero empezó la música y se fueron a bailar. Menos Carmentxu. Dijo que se quedaba a hacerme compañía y, en fin, así nos conocimos". Zarra: el 9.

lunes, septiembre 18, 2006

Historias del Calcio. EL GRAN NEGOCIO


Los indios algonquines, pertenecientes a la gran federación de los senapes, tienen mala reputación en las escuelas de negocios. Los algonquines vivían en Manhattan, pero vendieron la isla a los holandeses por 24 dólares. Luego, fueron exterminados y quizá un soldado holandés, en plena matanza (febrero de 1643) recuperó el dinero. En la actualidad, hay reservas de algonquines en Canadá, cerca del lago Kienawisik (o Montigny), un acogedor paraje con inviernos de 40 grados bajo cero.

Se podría defender el criterio mercantil de los algonquines recordando que desconocían los conceptos del dinero y la propiedad privada. Se podría argumentar también que, vista la matanza posterior, no habría valido la pena regatear un buen precio por la isla. Hoy, sin embargo, vamos a defender a los algonquines por otra vía: hablando del Inter de Milán.

El Inter es esa sociedad futbolística que vendió a Roberto Carlos al Madrid ("es malo", dijeron) y le sustituyó, sucesivamente, por Centofanti, Pistone, Macellari, Gresko, Georgatos y, finalmente, Gilberto, procedente del Alcantarilla de Murcia (fútbol sala). Vendió a Pirlo al Milan y con lo que sacó contrató a Emre. Vendió a Ronaldo y compró a Morfeo. En 1996 no quiso a Zidane, que acabó en el Juventus, porque no hacía "ninguna falta".

El Inter compró el año pasado a Pizarro, un centrocampista chileno que había convertido al Udinese, una potencia menor del calcio, en un equipo estupendo. Pizarro costó 12 millones de euros. El entrenador, Roberto Mancini, decidió que su sitio era el banquillo porque el equipo ya disponía de Verón para organizar el juego. Pizarro era mejor que Verón, pero Verón era más amigo de Mancini: ambos habían hecho migas en su club anterior, el Lazio.

Verón se fue a final de temporada y el Inter, aprovechando la liquidación del Juventus, compró a Vieira e Ibrahimovic. También se quedó con Grosso, el lateral izquierdo de la selección que ganó el Mundial. Y con el lateral derecho Maicon, uno de los presuntos sucesores de Cafú en la selección brasileña. Y con Dacourt, un mastín implacable procedente del Roma. El Inter se gastó unos 60 millones de euros, una nimiedad teniendo en cuenta que con la Juve descendida y con el Milan penalizado, el scudetto era cosa segura y había que ganarlo a lo grande, como se hacen las cosas en esa casa.

Pero había que equilibrar un poco el presupuesto porque no todo puede ser comprar. También hay que vender. Lógicamente, el vendible no podía ser otro que Pizarro. El chileno protestó, pataleó y lloró y, al final, de mala gana, dejó el Inter y acabó en el Roma para reencontrarse con Luciano Spalletti, el técnico que había hecho maravillas con él en el Udinese. El Inter se embolsó seis millones, nada menos.

Hasta José Mourinho, el técnico del Chelsea, dice que el Inter tiene la mejor plantilla de Europa. Lástima que falte un organizador en un centro del campo sobrado de músculo (Vieira, Cambiasso, Dacourt) y falto de cerebro. El Inter dio pena en Lisboa, en el primer partido de la Liga de Campeones. El sábado dio lástima verle empatar en casa con el Sampdoria: parecía un titán lobotomizado.

El Roma, con Pizarro, ganó por 4-0 en la Liga de Campeones y ha ganado los dos partidos de la Liga nacional. Va en cabeza.

Como decíamos, no es justo criticar a los algonquines. Si Manhattan hubiera sido del Inter, habría acabado en manos de Silvio Berlusconi por 12 dólares, con Pizarro incluido en el lote.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, septiembre 16, 2006

ARAGONÉS Y LA SELECCIÓN ABSOLUTA por Vicente Verdú

Otra perspectiva para el debate sobre "la roja" y el seleccionador.



Luis Aragonés se había otorgado 48 horas para dimitir o no como seleccionador pero su resolución ha sido tan repentina que los especialistas la igualan al tiempo indispensable para hacer sumas y restas sobre el estipendio o la indemnización. Como el seleccionador se afana en hacer saber, él es un profesional escéptico, cínico o con el culo pelado. Y más todavía respecto al mismo punto. En Dortmund, durante el último campeonato del Mundo, cuando las autoridades locales le agasajaron con un ramo de flores él lo rechazó diciendo: "¿Un ramo de flores para mí que no me cabe en el culo ni el pelo de una gamba?". Aragonés proclamaba así que goza de un culo estricto, homófobo y español, sin fisuras. Y de ahí, probablemente que la selección española de fútbol, "la Absoluta", vaya de mal en peor.

Desde hace cinco siglos la esencia histórica española despide un pesimismo que ha impregnado nuestros mismos días. En este largo trayecto ha conllevado una incesante cadena de desprendimientos, desvertebración y óxidos que si no han descompuesto por entero el corpus patrio ha sido gracias a ciertos tejidos correosos y esfínteres como el del seleccionador. Porque no en vano su apellido y sus eventuales patillas de trabucaire evocan el Aragón de Agustina de Aragón y al espíritu de la Guerra de la Independencia de cuya gesta brotó la vacilante identidad española.

En el enfrentamiento con lo afrancesado o afeminado, en la oposición a lo volteriano y el abrazo a lo fernandino absolutista se halla el antecedente nuclear de la selección Absoluta. Si se trata de la raza, Luis alardeó sus propias convicciones cuando animó al sevillano Reyes en un entrenamiento diciéndole que era mucho mejor que "ese negro de mierda", Tierry Henry, con quien se alineaba por entonces en el Arsenal.

Los negros son una mierda, los franceses son maricones, los españoles son una etnia y su testosterona no admite fáciles comparaciones. ¿Que nos eliminan casi siempre en octavos de final? Así ha venido a fraguarse el ser nuestra Patria.

La reiterada y trivial comparación que se viene haciendo con el comportamiento de otras selecciones nacionales (de baloncesto, de fútbol sala, de waterpolo o de balonmano) que lograron campeonatos del mundo debería evitar conclusiones superficiales. Porque bien, son campeonas del mundo, pero ¿son españolas?

En primer lugar no son naturales. Todas ellas juegan bajo techo, sobre pavimentos sintéticos y con permanente luz artificial. Ocioso será añadir que los cuatro ejemplos se refieren además a estilos deportivos con un incuestionable aire de feminidad. Tres de ellas se juegan con las manos y la restante es un menguado remedo del balompié.

Los futbolistas son, por antonomasia, hombres, mientras en las piscinas o en las pistas cubiertas, no desentonan las mujeres. El fútbol se desarrolla sobre un campo abierto (de batalla) mientras los otros se practican en recintos climatizados, palacios llamados "de deportes" y en prefabricados.

Los factores que determinan el enfrentamiento al aire libre, la inclemencia de los vientos, las nevadas, los aguaceros o las irregularidades del terreno, son eliminadas del escenario donde se celebran aquellas competiciones en las que nuestras selecciones ganaron algún campeonato mundial. ¿Eran propiamente competiciones viriles? ¿Luchas fieras con españoles? La fiereza, el orgullo y el honor, desde Bailén a la Guerra de África, tuvo su correspondencia en la olimpiada de Amberes, en el Mundial de Brasil de 1950 o en el gol de Marcelino en la Eurocopa. ¿Sucesivos fracasos después?

El fracaso de lo español coincide con nuestra abnegada manera de ser; y de servir a Dios y a la Patria. Una sencilla observación hace saber que casi tan sólo en la selección nacional de fútbol -la Absoluta- quedan jugadores que se santiguan al saltar al campo y besan, cuando suena el himno, la medalla de la Patrona. Contrariamente, en los deportes de interior se ha perdido prácticamente la fe y, significativamente, las alineaciones se encuentran trufadas de catalanes. No significa esto que los catalanes sean ateos o menos católicos pero no puede aspirarse a ser creyente o católico de verdad sin ser, a la vez, españoles entusiastas.

Dios, Patria y Rey. Reyes abdicó hace poco de su estancia en Inglaterra debido a su irrenunciable naturaleza española. Cesc, en cambio, se encuentra dentro del conjunto nacional como un virus a erradicar, una especie de boletus. De incorporar al equipo gentes poco o nada españolas es preferible optar por tipos como Pernía que reproducen fielmente el modelo cacereño, sarmentoso y conquistador.

De ningún modo deberá reforzarse la selección Absoluta con productos espurios. La selección no está llamada para triunfar a toda costa sino, principalmente, para reproducir, como genuino representante de España lo más auténtico de lo español, por doloroso que sea.

¿La continuación de Luis? Mientras siga doliéndonos España no hallaremos referencias más apropiadas de nuestra identidad secular que la recreación del imaginario colectivo en los funestos destinos de la selección. Sólo Luis Aragonés ha alcanzado a desentrañar, como profundo sabio de Hortaleza, la llave de su incomprensible permanencia. Cuanto más propicia sea la posibilidad de un nuevo fracaso mayor apego a la adversidad. Mayor entrañamiento (o ensañamiento) con el mal absoluto de la selección nacional

Luis Aragonés se había otorgado 48 horas para dimitir o no como seleccionador pero su resolución ha sido tan repentina que los especialistas la igualan al tiempo indispensable para hacer sumas y restas sobre el estipendio o la indemnización. Como el seleccionador se afana en hacer saber, él es un profesional escéptico, cínico o con el culo pelado. Y más todavía respecto al mismo punto. En Dortmund, durante el último campeonato del Mundo, cuando las autoridades locales le agasajaron con un ramo de flores él lo rechazó diciendo: "¿Un ramo de flores para mí que no me cabe en el culo ni el pelo de una gamba?". Aragonés proclamaba así que goza de un culo estricto, homófobo y español, sin fisuras. Y de ahí, probablemente que la selección española de fútbol, "la Absoluta", vaya de mal en peor.

Desde hace cinco siglos la esencia histórica española despide un pesimismo que ha impregnado nuestros mismos días. En este largo trayecto ha conllevado una incesante cadena de desprendimientos, desvertebración y óxidos que si no han descompuesto por entero el corpus patrio ha sido gracias a ciertos tejidos correosos y esfínteres como el del seleccionador. Porque no en vano su apellido y sus eventuales patillas de trabucaire evocan el Aragón de Agustina de Aragón y al espíritu de la Guerra de la Independencia de cuya gesta brotó la vacilante identidad española.

En el enfrentamiento con lo afrancesado o afeminado, en la oposición a lo volteriano y el abrazo a lo fernandino absolutista se halla el antecedente nuclear de la selección Absoluta. Si se trata de la raza, Luis alardeó sus propias convicciones cuando animó al sevillano Reyes en un entrenamiento diciéndole que era mucho mejor que "ese negro de mierda", Tierry Henry, con quien se alineaba por entonces en el Arsenal.

Los negros son una mierda, los franceses son maricones, los españoles son una etnia y su testosterona no admite fáciles comparaciones. ¿Que nos eliminan casi siempre en octavos de final? Así ha venido a fraguarse el ser nuestra Patria.

La reiterada y trivial comparación que se viene haciendo con el comportamiento de otras selecciones nacionales (de baloncesto, de fútbol sala, de waterpolo o de balonmano) que lograron campeonatos del mundo debería evitar conclusiones superficiales. Porque bien, son campeonas del mundo, pero ¿son españolas?

En primer lugar no son naturales. Todas ellas juegan bajo techo, sobre pavimentos sintéticos y con permanente luz artificial. Ocioso será añadir que los cuatro ejemplos se refieren además a estilos deportivos con un incuestionable aire de feminidad. Tres de ellas se juegan con las manos y la restante es un menguado remedo del balompié.

Los futbolistas son, por antonomasia, hombres, mientras en las piscinas o en las pistas cubiertas, no desentonan las mujeres. El fútbol se desarrolla sobre un campo abierto (de batalla) mientras los otros se practican en recintos climatizados, palacios llamados "de deportes" y en prefabricados.

Los factores que determinan el enfrentamiento al aire libre, la inclemencia de los vientos, las nevadas, los aguaceros o las irregularidades del terreno, son eliminadas del escenario donde se celebran aquellas competiciones en las que nuestras selecciones ganaron algún campeonato mundial. ¿Eran propiamente competiciones viriles? ¿Luchas fieras con españoles? La fiereza, el orgullo y el honor, desde Bailén a la Guerra de África, tuvo su correspondencia en la olimpiada de Amberes, en el Mundial de Brasil de 1950 o en el gol de Marcelino en la Eurocopa. ¿Sucesivos fracasos después?

El fracaso de lo español coincide con nuestra abnegada manera de ser; y de servir a Dios y a la Patria. Una sencilla observación hace saber que casi tan sólo en la selección nacional de fútbol -la Absoluta- quedan jugadores que se santiguan al saltar al campo y besan, cuando suena el himno, la medalla de la Patrona. Contrariamente, en los deportes de interior se ha perdido prácticamente la fe y, significativamente, las alineaciones se encuentran trufadas de catalanes. No significa esto que los catalanes sean ateos o menos católicos pero no puede aspirarse a ser creyente o católico de verdad sin ser, a la vez, españoles entusiastas.

Dios, Patria y Rey. Reyes abdicó hace poco de su estancia en Inglaterra debido a su irrenunciable naturaleza española. Cesc, en cambio, se encuentra dentro del conjunto nacional como un virus a erradicar, una especie de boletus. De incorporar al equipo gentes poco o nada españolas es preferible optar por tipos como Pernía que reproducen fielmente el modelo cacereño, sarmentoso y conquistador.

De ningún modo deberá reforzarse la selección Absoluta con productos espurios. La selección no está llamada para triunfar a toda costa sino, principalmente, para reproducir, como genuino representante de España lo más auténtico de lo español, por doloroso que sea.

¿La continuación de Luis? Mientras siga doliéndonos España no hallaremos referencias más apropiadas de nuestra identidad secular que la recreación del imaginario colectivo en los funestos destinos de la selección. Sólo Luis Aragonés ha alcanzado a desentrañar, como profundo sabio de Hortaleza, la llave de su incomprensible permanencia. Cuanto más propicia sea la posibilidad de un nuevo fracaso mayor apego a la adversidad. Mayor entrañamiento (o ensañamiento) con el mal absoluto de la selección nacional

Vicente Verdú es escritor y periodista.

miércoles, septiembre 13, 2006

VISCA FRANK por Julio César Iglesias

Este artículo ya se colgó hace mucho tiempo en este blog, pero lo cierto es que este tipo no deja de sorprenderme, y siempre para bien. Ha conseguido desde la más absoluta normalidad montar una maquinaria tan perfecta que es difícil imaginar hoy un equipo que juegue mejor al fútbol que su Barça. Y, encima, une a este buen hacer una imagen insuperable, de persona educada, respetuosa siempre, elegante, preparado, sin que la situación lo sobrepase nunca. No sé, es la imagen que me da a mí, aunque siempre hay quien por criticar puede llegar a recurrir a su condición de presumido por no querer salir del banquillo cuando llueve, bien para no despeinarse o bien para no mojarse su indumentaria "fashion". Eso será lo verdaderamente importante.
Nota: No faltará quien recuerde aquel salibazo que le propinó a Ruddy Voeller en el Campeonato del Mundo Italia 90, y, claro, lo cortés no quita valiente.


Justo antes del partido Madrid-Barcelona (10/04/05), quizá el mejor de la temporada minuto por minuto, Frank Rijkaard, con la cara embozada entre las manos, miraba fijamente la boca del túnel de vestuarios. De pronto el graderío empezó a zumbar como una central eléctrica y apareció en escena Vanderlei Luxemburgo enfundado en su inseparable gabardina oscura. Aunque aquél era un mal momento para la cortesía, Frank se le acercó en una estudiada secuencia de movimientos, le dio un abrazo y le hizo una de esas confidencias que sólo pueden entender los cómplices. Luego recuperó su aire sombrío y volvió a su concha de apuntador.

Aquel brasileño de facciones duras le había inspirado siempre un sentimiento reverencial. En las canteras del norte de Europa, con sus códigos inflexibles y sus horarios de factoría, los emisarios del exótico Brasil tenían la reputación de ejemplares únicos: eran la mutación que cabe esperar de tanta diversidad genética y tanta presión ambiental. Visto de cerca, Vanderlei personificaba mejor que nunca al pionero curtido en la abigarrada selva de las canchas del trópico. Allí estaba ahora, con sus pómulos de garimpeiro quemados por la taquicardia, hurgando en el fondo del bolsillo o en el teclado de un transmisor. Qué noche tan cargada y qué tipo tan particular.

Frank volvió al sillón azul de su puente de mando sin darse cuenta de que pertenecía a la misma estirpe. Años antes llegaba a la Selección holandesa y al Milan infiltrado entre Ruud Gullit y Marco Van Basten, dos de los futbolistas más grandes de la época. Perdido en tierra de nadie, a mitad de camino entre aquel antílope rubio que jugaba en una burbuja y su imponente amigo de pelo ensortijado, un extraño purasangre con bigote, debía interpretar un papel auxiliar. Carecía de la ingravidez del primero y de la exuberancia del segundo, así que, atrapado en un estilo seco, casi alemán, se convertiría en la versión mestiza del hermano pobre. Sin embargo aprendió a nadar contracorriente y alcanzó una sólida consideración profesional; la de uno de esos cartógrafos del fútbol que tienen cada metro y cada instante en la cabeza. Compañero leal en todos los supuestos y posiciones, terminó siendo, sencillamente, el más valioso subalterno del mundo: el color que le faltaba al cuadro.

Hoy, en el banquillo, se ha erigido en conservador de la escuela holandesa. Predica el toque, el aprovechamiento de espacios y la movilidad unánime que la crítica llamó fútbol total.

Es, como en su etapa de jugador, una figura compatible con todos los sonidos, aromas y matices del juego. La suma imposible de un general, un asistente y un amigo.

lunes, septiembre 11, 2006

Vuelve Enric González con LA PIEL DEL ENEMIGO

Vuelven las Historias del Calcio, y lo hacen en una temporada extraña sin la Vieja Señora entre la élite del calcio, lo nunca visto. Pase lo que pase volverá a ser un año apasionante, y lo seguiremos a través de las fantásticas piezas que Enric González dejará cada semana en las páginas de El País. A disfrutar.


Dicen que es sabio meterse en la piel del enemigo. Que se comprenden muchas cosas tratando de pensar como él. Si eso es verdad, el karma colectivo del calcio puede ser un poco menos inmundo a partir de esta temporada. No por lo que ha pasado (los castigos nunca son bonitos de ver), sino por lo que va a pasar. Este año, al Inter le toca ejercer de favorito y de antipático, el papel que correspondía a su gran rival histórico, el Juventus; el Milan parte en desventaja frente al otro equipo milanés, justo lo que solía hacer el Inter; y el Juventus, en el pozo de Segunda, sufre lo que sufrió el Milan a principios de los 80.

El Torino está en Primera. El Inter y el Roma, los segundones de la historia reciente, se toman revancha de pasadas injusticias. Y la Juve, la arrogante señorona de Turín, se dispone a afrontar las asperezas de los estadios de provincia. Muchos italianos imaginaban que un mundo feliz sería algo muy parecido a eso. Pero resulta que no. Hay algo de obsceno en la imagen del Juventus, tan prepotente, tan despectivo en el pasado, humillado con el descenso y con un tremendo lastre de 17 puntos (quizá le reduzcan la carga: en Italia siempre queda una posibilidad de pacto) que pesa más de lo que parece. Hay algo que obliga a cerrar los ojos, a apartar la vista. Como si Lady Godiva saltara desnuda al césped.

Quién iba a decir que el Juventus acabaría suscitando simpatía en ese 75% de los aficionados (el otro 25% tiene el corazón blanquinegro) que sobrellevaban mal la antigua hegemonía de la señorona y sobrellevaron peor los años en que Luciano Moggi, el director general juventino, decidía quién se llevaba un penalti, quién una tarjeta, quién una expulsión. Se percibía ya en la prensa de pretemporada, que, tras la furiosa catarsis de julio, empezó en agosto a ser consciente de la magnitud de la tragedia. Quedó claro el sábado, en el modesto estadio del modesto Rímini: el público apenas pudo proferir los abucheos de rigor y acabó insultando al Cesena, el rival de su provincia, como desentendiéndose del Juventus, como disimulando ante lo que estaba viendo.

Un equipo mal dirigido (el nuevo entrenador, Didier Deschamps, se equivocó en todo), con campeones del mundo como Buffon, Del Piero y Camoranesi convertidos en gelatina estupefacta, incapaz de ir más allá del empate frente a un equipo con un hombre menos y no especialmente combativo: eso fue el Juventus. Tendrán que ir a más, por fuerza. Con el puntito de Rimini, sólo faltan 16 para poner el marcador a cero.

No les será nada fácil recuperar la máxima categoría. Pero en lugar del dictador Capello hay un técnico confuso, en lugar de los ojos de lagarto de Moggi hay dos muchachos jóvenes y sonrientes, Yaki y Lapo Elkann, los herederos de Agnelli, y en el pecho de los jugadores, donde debería alojarse el scudetto tricolor del año pasado, hay un vacío angustioso.

La compasión resulta inevitable. Más cuando se escucha el bramido rabioso de la afición juventina, que aúlla a la luna y grita contra los directivos "traidores" por no apelar a la justicia ordinaria; contra los futbolistas "mercenarios" que se fueron a otros clubes; contra unos rivales, Inter, Milan, que no pueden escucharles porque están en otro mundo, kilómetros por encima del fango de Segunda.

¿Cómo no ponerse en la piel del enemigo?

Enric González es autor de Historias del Calcio

IN MEMORIAM por El Roto


ACUSE DE RECIBO
Tiene razón León, el 11 de septiembre es aniversario de otras cosas, y entre ellas el golpe de estado que en 1973 provocó la caida del gobierno de Salvador Allende. Tampoco lo queremos a olvidar.

"(...) Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres el momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. (...)"

Extracto de la última alocución al pueblo de Chile de Salvador Allende en Radio Magallanes.

viernes, septiembre 08, 2006

LA GEOPOLÍTICA DEL FÚTBOL por Pascal Boniface

En el fútbol, la derrota nunca es definitiva, pero siempre es apasionada. Para los amantes de ese deporte, la FIFA (el organismo regulador del fútbol internacional) debería haber sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz hace mucho tiempo. Para otros, exasperados por el balompié y las emociones que despierta, el deporte ya no es un juego, sino un tipo de guerra que aviva los sentimientos nacionalistas más básicos.

¿Existe una relación entre el fútbol (y el deporte en general) y el espíritu de nacionalismo y militarismo? Durante la Edad Media, el deporte solía estar prohibido en Inglaterra, porque se practicaba a expensas del entrenamiento militar. Después de la derrota de Francia ante la Alemania de Bismarck en la guerra franco-prusiana, el barón Pierre de Coubertin (que volvió a lanzar los Juegos Olímpicos unas décadas más tarde) aconsejó una renovación del énfasis nacional en el deporte, que por entonces se entendía como una forma de preparación militar.

En un partido de fútbol, los rituales -las banderas ondeando, los himnos nacionales, los cantos colectivos- y el lenguaje que se emplea (el encuentro comienza con un "estallido de hostilidades", uno "bombardea" la portería, hace saltar por los aires la defensa y lanza un "misil") refuerzan la percepción de una guerra por otros medios. Y de hecho, han estallado guerras reales por el fútbol. En 1969, Honduras y El Salvador se enfrentaron tras un partido de clasificación para la Copa del Mundo.

Al parecer, los partidos de fútbol pueden revivir rivalidades nacionales y conjurar los fantasmas de guerras pasadas. Durante la final de la Copa de Asia, en 2004, que enfrentó a China y Japón, los seguidores chinos lucieron uniformes militares japoneses al estilo de los años treinta para expresar su hostilidad hacia el equipo nipón. Otros aficionados chinos blandían carteles con el número "300.000", una referencia a la cifra de chinos asesinados por el ejército japonés en 1937. Pero ¿de verdad podemos decir que el fútbol sea responsable de las malas relaciones diplomáticas actuales entre China y Japón? Por supuesto que no. La hostilidad en el terreno de juego apenas refleja las tensas relaciones existentes entre ambos países, que soportan el peso de una historia dolorosa. Al otro extremo del espectro, la dramática semifinal entre Francia y Alemania jugada en Sevilla en 1982 no tuvo efectos políticos, ni para las relaciones diplomáticas entre los dos países ni para las relaciones entre los dos pueblos. El antagonismo quedó confinado al estadio, y acabó cuando lo hizo el partido.

Lo que verdaderamente ofrece el fútbol es una zona residual de enfrentamiento que permite una expresión controlada de la animosidad y no afecta a los ámbitos más importantes de interacción entre los países. Francia y Alemania pronto tendrán un ejército común -ya utilizan la misma divisa-, pero la supervivencia de los equipos nacionales canaliza, dentro de un marco estrictamente limitado, la persistente rivalidad que existe entre los dos países.

El fútbol también puede ser una ocasión para los gestos positivos. En 2002, la organización conjunta de la Copa del Mundo por parte de Japón y Corea del Sur ayudó a acelerar la reconciliación bilateral. La actuación de los jugadores surcoreanos fue aplaudida incluso en Corea del Norte. De hecho, el deporte parece ser el mejor barómetro de las relaciones entre el dividido pueblo coreano.

Además, el fútbol, más que los discursos dilatados o las resoluciones internacionales, puede contribuir a inducir un avance hacia soluciones pacíficas para conflictos militares. Después de su clasificación para la Copa del Mundo de este año, el equipo nacional de Costa de Marfil, que incluye a jugadores del norte y el sur, se dirigió a todos sus compatriotas y pidió a las facciones enfrentadas que dejaran las armas y pusieran fin al conflicto que ha arrasado su país. Después de que el presidente de Haití Jean-Bertrand Aristide fuera derrocado hace unos años, el equipo de fútbol brasileño actuó como embajador para las fuerzas de paz de Naciones Unidas encabezadas por Brasil. Y cuando un conflicto toca a su fin, desde Kosovo hasta Kabul, el fútbol es el primer indicio de que una sociedad está volviendo a la normalidad.

El ex presidente de la FIFA João Havelange a menudo soñaba con un partido de fútbol entre israelíes y palestinos: el entonces vicepresidente de Estados Unidos Al Gore consideraba ese encuentro un medio para ayudar a Washington a resolver el conflicto palestino-israelí. Quizá algún día llegue a celebrarse. Sin duda, el partido de fútbol entre Irán y Estados Unidos de 1998 ofreció un momento de fraternización entre ambos equipos. Otro encuentro entre esos dos países podría ser útil en estos momentos difíciles.

El fútbol es útil porque permite enfrentamientos simbólicamente limitados y sin grandes riesgos políticos. Su impacto en la opinión pública nacional e internacional es amplio, pero no profundo. Como dijo el sociólogo Norbert Elias: "Los espectadores de un partido de fútbol pueden disfrutar de la emoción mítica de las batallas que se libran en el estadio, y saben que ninguno de los jugadores sufrirá daño alguno".

Como en la vida real, los aficionados pueden estar divididos entre sus esperanzas de victoria y el temor a una derrota. Pero en el fútbol, la eliminación de un adversario es siempre temporal. Siempre es posible un partido de vuelta. Como francés, espero con impaciencia el encuentro entre Francia y Alemania en la próxima Copa del Mundo. Pero quiero que Francia se vengue por su derrota en la última Copa del Mundo en Sevilla, y no por su derrota en Verdún.

Pascal Boniface
es director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS) de París. Su libro más reciente es Football et Mondialisation.

sábado, septiembre 02, 2006

CHICOS MALOS V. JULIO ALBERTO (perfiles por Iván Castelo)


No hay secretos. Todo es público. Está en su libro de memorias ("Mi verdad", 1995), una especie de psiconálisis exhibicionista, la terapia habitual de los enganchados. Pero recayó y trató de suicidarse al borde de la locura. Dinero, mucho dinero. Y juventud, divino tesoro para la reina de los mares, la cocaína. Antes de fichar por el Barça, ya le marcó su yo interior un accidente mortal: el atropello de un transeúnte en la M-30. En Barna conoció a Diego (Maradona) y ahondó en la herida nocturna. Ídolo culé, con un gol a la Juventus en la semifinales de la Copa de Europa del 86 (sí, la de la final contra el Steaua; cualquiera pierde el norte tras aquél ridículo), fue un icono de la Selección que deslumbró en la Eurocopa del 84 y en el Mundial del 86. Por su entrega, por su fidelidad, por su carisma. Fueron un auténtico 'shock' en los 90 las revelaciones de su libro, como alquilar una isla un fin de semana (se casó con una Botín, tres matrimonios arruinados), gastarse su fortuna en coca y prostíbulos (también adicto al sexo) y su intento de suicidio en un hotel de Barcelona. Ahora, lleva vida de ex (eso es para siempre) y parece rehabilitado. Estuvo en las Maldivas de tratamiento. A su vuelta a Barcelona en 1998 fue detenido, acusado de robar dinero de la caja del bar en el que trabajaba. Ahora se manifiesta rehabilitado. Ánimo.

viernes, septiembre 01, 2006

CHICOS MALOS IV. PAUL GASCOIGNE (perfiles por Iván Castelo)

Fue el mejor en su momento, finales de los ochenta y semifinalista en el Mundial de Italia 90, pero se fue consumiendo como sólo la noche apaga a los diablillos que recluta. Una foto mítica: Vinnie Jones agarrándole sus partes con fuerza e intención. Y una mala suerte supina (bueno, la que acompaña a los talentos que eligen ser perdedores y autodestructivos, una decisión respetable, personal e intransferible): dos lesiones gravísimas, una por una entrada criminal en una final de Copa inglesa en la que el agresor, él, recibió más castigo que el agredido, y otra con el Lazio romano. Poco más se supo de su fútbol creativo, brillante, como un paseo en Vespa por la Roma de Nanni Moretti. Maniaco depresivo violento, con desorden compulsivo obsesivo, grabó un 'single', de éxito en el Reino Unido (allí lo oyen y lo compran todo) y recayó de una de sus lesiones al recibir un puñetazo cuando estaba de marcha con ¡muletas! Apasionado del Algarve portugués, invitaba siempre que podía a un grupo de 'hooligans' a quemar con él los bares. Divorciado de Sheryl, por su alcoholismo recalcitrante y por su reconocida condición de maltratador, estrelló una vez el autobús del Middlesbrough. Por una gracia. Intentó jugar en China (a vueltas con las cervezas no le dejaron en el Gamsu Tianma). Eso sí. Se ganó a Inglaterra con sus sentidas lágrimas cuando vio la amarilla que le habría costado perderse la final del Mundial de Italia en 1990. Tras una orgía en el 85 revelada por el azote de los futbolistas, 'The News of the World", Gazza contestó tan pancho: ¿Tres en una cama? Pensaba que eran cuatro...".