martes, junio 20, 2006

ESPLENDOR EN LA HIERBA por Ximo Brotons

"Algo vuela hacia el sol y no se sabe
si es la pelota o si es la misma tierra"

Baldomero Fernández Moreno


A Javier Marías se le puede perdonar todo, incluso –y ya es perdonar- que sea aficionado del Real Madrid. Porque gracias a este dato el señor Marías nos ha brindado a todos los amantes del deporte del balompié una selección de textos más o menos breves que están llenos de emoción, recuerdo, humor y fantasía.

No supone ninguna novedad resaltar la peculiar maestría literaria de Marías; sí lo es sin embargo leerla al servicio de un tema abusivamente tratado (el adverbio se queda corto) en los media. Por eso resulta tan grato y revulsivo, por eso produce temblor y hasta una pizca de orgullo comprobar que nuestro querido deporte rey no tiene por qué estar reñido con la alta literatura, como no lo están otras actividades de mayor solera y tradición (pienso por ejemplo en las piezas que cada año Fernando Savater escribe sobre el Derby Day, la famosa carrera de caballos). Y es que hasta ahora casi ningún gran escritor o artista –olvidemos a los oportunistas de hoy en día- han hablado bien del fútbol: un deporte jugado y seguido por las clases más bajas de la sociedad, un juego afeminado y traicionero, un deporte simiesco que se practica con los pies y no con el cerebro y las manos, etc., etc.

Ante tal avalancha de insultos, a los futboleros no nos bastaban ya aquellas palabras de Nabokov cuando rememoraba sus años balompédicos en Cambridge: “Oh, desde luego tuve mis días brillantes y vigorosos: el magnífico olor del césped...”. Tampoco nos bastaba el aliento trágico de Camus, que viva siempre en nosotros, también portero como Nabokov pero no en los cielos grises de Inglaterra sino bajo el sol azul de Argel. Es decir, teníamos dos porteros de primera categoría, incluso algún centrocampista memorable como Montaigne (quien en un pasaje de sus ensayos utiliza “el juego de la pelota”
para fabricar una comparación con el hecho de dialogar). Pero nos faltaba alguien ofensivo, repelente, impertinente, quisquilloso, alguien que incordiase a nuestra enemiga la muerte y a todos sus mortecinos burócratas, alguien que ya no sólo se defendiera celebrando sus recuerdos futbolísticos de juventud sino que se fuera al ataque para volver a ganar esa juventud que, como bien dijo el poeta, es sin duda nuestro más divino tesoro.

Pues bien, voilà, ese ser ofensivo se llama Javier Marías y es, ciertamente, nuestro delantero zurdo, nuestro Gento o nuestro Luis Suárez, o mejor aún, nuestro Garrincha o nuestro Antognoni. Ha escrito una fiesta de libro del que los aficionados estamos esperando ya nuevas entregas y donde habla de los inevitables Barça y Madrid, de la voluntariosa pero ineficaz selección española, de los mundiales y las eurocopas, de la gran final de la Copa de Europa de clubes (que sigue siendo la cumbre de todas las temporadas, final a la que en una ocasión asistí para ver triunfar en directo al Barcelona en el estadio más bello del mundo, el añejo Wembley, situado en Londres y a fecha de hoy cerrado para ser ultramodernamente remodelado...). Marías
recuerda cuando jugaba a chapas con su hermano, y al increíble Di Stéfano, y por la vía diletante nos entretiene hablando de los uniformes de los equipos, de los himnos nacionales, de las idiosincrasias de los clubes. Aquí un amago, allí un pase en profundidad, más tarde un desmarque y, ¡pronto!, un remate a la red. Así escribe Marías y así se juega, con desparpajo, con temple –y sobre todo con corazón.

Hay dos artículos y una idea en "Salvajes y sentimentales" (Aguilar) que me gustaría subrayar. La idea consiste en comparar el fútbol con las películas y los géneros cinematográficos. Es una apuesta arriesgada que el escritor sabe sin embargo desarrollar hasta lo hermosamente exacto, como cuando pone en paralelo los respectivos 5-0 del Barça y del Madrid con la épica de las películas del oeste y en concreto con la áspera pero sabrosa y sabia melancolía de "Grupo salvaje" de Sam Peckimpah. Protagonista indiscutible de dichas tragedias fue el presuntuoso, pesetero y marrullero Johan Cruyff, que no por nada ha representado, ha sido, durante la última década el personaje más revolucionario, más apasionado y más imprescindible del fútbol en España y en el mundo. Esa fiesta del ganar y del perder, esa extraña paradoja de la repentina tristeza que sucede a la victoria (fue Kafka quien escribió sobre el “fracaso del éxito”) y de la sorprendente alegría que sobreviene en el fracaso (¡la carcajada áurea de la que habla Nietzsche!) es una de las lecciones no menores que el fútbol también puede enseñar, y esa lección se resume quizá en aquello que el barón de Coubertin expresó sobre la importancia de participar, como si el éxito que todos deseamos se diese entonces por añadidura, inesperadamente, en un redoble triunfal en el que un íntimo agradecimiento anula por completo al rencor.

Los dos artículos que he mencionado tratan uno sobre la patada que el jugador y actor Eric Cantona propinó a un hooligan y el otro sobre las estancias infantiles de Marías en el pueblo de Soria. Pero yo diría que ambos textos hablan de la dignidad, o del amor propio que lucha y se
entrega. Y es que entre tanta bazofia televisiva, entre tanto millón indecente, entre tanta histeria nacionalista y tribal, hay en el juego del fútbol algo que también pertenece a la esfera de lo noble y de lo libre. Una vez leí un reportaje sobre la miseria y el hambre en Sierra Leona. Allí se decía que pese a toda la desventura de África todavía se veía a gente “haciendo el amor y jugando al fútbol”. Creo que desde ese viejo rincón nuestro que se empeña en celebrar su juventud y su vida a pesar de los pesares ha escrito Javier Marías este libro, para todos para nadie, para quien lo probó y lo sabe.

Ximo Brotons es profesor de filosofía

lunes, junio 19, 2006

TERMÓMETRO O ASCENSOR por Juan Cruz

Aunque sólo fuera por el verso de Neruda... Hoy frente a Túnez.

Han metido en el debate del Mundial la palabra Patria como cuando meten en el debate nacional la palabra Rota, de Ruptura. Son así, alevosos; cuando menos te lo esperas, saltan con la Patria. Como si fuera suya. A Fernando Arrabal lo metió el franquismo en un buen lío porque puso la palabra Patria en una dedicatoria. La Patria era de ellos; Arrabal, quieto. El escritor melillense, que se ha pasado la vida buscando padre y patria, precisamente, explicó que lo que había escrito no había sido Patria, sino Patra, y añadió en su defensa que ése era el nombre de su gata.

Patria es una palabra peligrosa, está rodeada de alambradas y de banderas y los que creen estar dentro se sienten sus propietarios; cuando ya creen que la tienen, electrifican las alambradas para que no se acerquen otros. Por eso da tanto calambre ahora la palabra Patria aplicada al fútbol. Pues esta noche volveremos a ser patriotas todos aquéllos a los que nos den ganas de serlo. Octavio Paz decía que la patria es la lengua; ¿y por qué no va a serlo la selección española? El fútbol es también una patria, como la lengua, como las lenguas.

Borges prevenía contra las banderas y pidió que lo enterraran donde se fundó la Sociedad de Naciones. Pablo Neruda, tan patriota, tenía un verso que ponía en guardia ante los excesos de la palabra Patria: "Patria, palabra triste, como termómetro o ascensor". Hablar de lo obvio conduce a la melancolía y el fútbol, a veces, lo ensombrecen con argumentos obvios. En lugar de hablar de la palabra Patria podrían haber hablado del entusiasmo, que es lo que genera el fútbol cuando se juega bien, y eso es lo que hizo el último miércoles el equipo español.

El fútbol, como la felicidad, es decir, como el entusiasmo, dura un espacio muy limitado de tiempo, casi un instante, y en esa concentración se producen todos los altibajos de la vida. Gilardino, el excelente cabeceador italiano, tocó el violín el sábado, después de obtener su gol, pero luego era el rostro más triste de la noche mientras su selección se estrellaba contra Keller. Estados Unidos, tan patriótico, llenó de banderas el campo, y no era para la guerra, sino para el fútbol.

En España fue el fútbol un arma arrojadiza de los patriotas; ahora la selección es de todos, es decir, de aquéllos que queremos que gane, y no tan sólo por patriotismo, sino por que juegue bien. Decía Nicolás Estévanez, un poeta y político canario del siglo XIX: "Mi patria no es el mundo,/ mi patria no es Europa,/ mi patria es de un almendro/ la dulce, fresca, inolvidable sombra". Ojalá hoy nos vayamos a la cama con la dulce, fresca, inolvidable victoria del equipo español. Dejen respirar a la palabra Patria.

domingo, junio 18, 2006

NECESITAMOS UN FANFARRÓN por Benjamín Prado

Un portero serio, nueve que se ríen y un fanfarrón: ésa es, sin ninguna duda, la mezcla que hace falta para ganar una Copa del Mundo. O sea, que, si queremos evitar que los periódicos de dentro de unos días lleven, como de costumbre, una foto de Raúl mirando al suelo y un titular que incluya la palabra "decepción", a nuestros jugadores no hay que trabajarles las piernas, sino la cabeza.

Para empezar, Iker Casillas es fantástico, pero no es Iríbar -aquel genio que entraba a los partidos con cara de funeral y dejaba la portería del tamaño de un ataúd- y suele vérsele de un buen humor muy peligroso; así que, por lo que más quieran, logren a cualquier precio que se ponga taciturno, esté templado y no le alteren los nervios, entre otras cosas, esos chistes enemigos que ya se cuentan por ahí sobre nosotros, el último consistente en parafrasear la famosa sentencia de Gary Lineker según la cual "el fútbol es un deporte que juegan 11 contra 11 y en el que al final siempre gana Alemania", sólo que cambiando "Alemania" por "España" y "gana" por "pierde". Que Casillas se ponga sombrío nos puede dar muchas alegrías.

Que nueve de los otros diez jugadores se rían es más difícil. Porque el problema de España es que esta gente se toma el fútbol de un modo algo melodramático, como si en vez de un juego fuese una ópera. Ánimo, muchachos; sacúdanse el agua negra de la tristeza y fíjense en los brasileños, que van a los encuentros bailando samba y, una vez en el campo, se tronchan hasta cuando fallan. Porque, si no lo consiguen, va a pasar lo de costumbre: que se bloquean y hacen lo fácil muy complicado y lo difícil imposible. Venga, chicos, tomáoslo menos en serio y estad tranquilos, sobre todo los delanteros. Recordad lo que decía Bill Shankly, aquel legendario entrenador del Liverpool: "Si estás en el área y no sabes qué hacer con la pelota, métela en la portería y ya discutiremos las otras opciones más tarde."

Pero lo que más necesita nuestro equipo es un fanfarrón, alguien que le contagie a sus compañeros optimismo y un punto de desvergüenza; un arrogante modelo Romario, George Best o Alcides Ghiggia, aquel extremo que alardeaba de entrenarse ganándole carreras a sus galgos y que tras marcar el gol con que Uruguay le quitó a Brasil, a domicilio, la final de 1950, declaró: "¿Qué cómo me siento? Imagínense: el Papa, Frank Sinatra y yo somos los únicos que conseguimos que Maracaná se quedara en silencio con 200.000 personas adentro". Adelante, chicos, siéntanse sobrados mejor que tensos, quiten esa cara de cobrador del frac con la que salen a las ruedas de prensa y apuesten por su número; no sean tan respetuosos con los rivales y háganse temer, que si pierden, siempre podrán decir lo que dijo el seleccionador inglés Bobby Robson, después de que su equipo las pasara japonesas para vencer a Camerún, en el Mundial de 1990: "No los subestimamos, lo que ocurre es que son mucho mejores de lo que creíamos". Por mi parte, me ofrezco a abrir la puerta de la jactancia: a Ucrania nos la vamos a merendar hoy mismo, y de ahí hacia delante, todo cuesta abajo, España, España, rá, rá, rá.

Benjamín Prado, escritor.


viernes, junio 16, 2006

EL JEFE SILENCIOSO por Enric González

"Cuando un chaval quiere divertirse de verdad, lo hace en serio. El juego auténtico es incompatible con la broma" no puedo sentirme más identificado con esa descripción, incluso ahora, cuando sigo pegándole patadas a un balón igual de mal que cuando era pequeño, no puedo concebir que se entienda este juego de otra forma. Gran artículo.


Hay un anuncio, supongo que de una marca de prendas deportivas, en el que un niño de barriada juega en un solar con un puñado de estrellas del fútbol. En su equipo no falta ni Beckenbauer. ¿Se han fijado en la expresión del niño? Está serio. En otro anuncio, supongo que de una marca de la competencia, un Ronaldinho niño-adulto ríe mientras hace malabarismos con el balón. Algo no encaja en esa segunda fantasía publicitaria ni, ya puestos, en la sonrisa permanente de Ronaldinho. Nietzche dijo que el hombre alcanza la madurez cuando recupera la seriedad con que jugaba de niño; la primera parte de la frase es discutible, pero la segunda no. Cuando un chaval quiere divertirse de verdad, lo hace en serio. El juego auténtico es incompatible con la broma.

Hablamos de Pirlo, el tipo menos sonriente del Mundial. El que menos habla. El que no bromea nunca. El técnico italiano, Marcello Lippi, le llama el jefe silencioso. Tiene los pies brasileños, la imaginación mediterránea y la expresividad facial de un notario escandinavo con ardor de estómago.

No le ha sido fácil llegar hasta aquí. Debutó en Primera a los 16 años, como los genios, pero ya en aquel Reggina-Brescia de 1995 empezó a notarse que le costaría encajar en el fútbol contemporáneo. Y sus problemas se acentuaron con el tiempo. Jugaba como media punta, un puesto escaso en el calcio y reservado a los Baggio, los Zola, los Totti, futbolistas que además de buenos son carismáticos y satisfacen la demanda publicitaria. Pirlo era bueno, pero no tanto. Y nunca se lo disputarán los anunciantes porque tiene su rostro ofrece sólo dos opciones, amenaza o pésame. El otro problema era físico: poca estatura, poco peso, poca fuerza.

Del Brescia pasó al Inter, que no supo qué hacer con él y lo cedió a la Reggina, luego al Brescia y por fin, en una nueva muestra del supremo talento interista para la autolesión, al Milan. El fichaje del pequeño incomprendido que no sonreía nunca fue un golpe de genio de Carlo Ancelotti, un tipo que aprovecha a sus futbolistas tan bien como Capello pero, a diferencia de Capello, no los quema. Ancelotti recomendó a Pirlo que se olvidara de la media punta y le envió todo un año al gimnasio para que adquiriera músculo. En los entrenamientos le metía entre los mastines, gente como Maldini, Costacurta y Gattuso, y le hacía defender. Pirlo, por su cuenta, pulía de forma obsesiva su toque. Del experimento salió un monstruo ligero como una ardilla y tenaz como un rotweiller, con la cabeza de un mariscal y el sentido práctico de un zapador. Pirlo es ahora la clave del Milan. Si mantiene el nivel del partido contra Ghana será también la clave de Italia.

El juego no es juego, decíamos, si no se toma en serio. La ironía, la sonrisa, la broma y el colegueo mejoran el ambiente y el espectáculo, pero resultan ajenos al rito misterioso que concentra todas las leyes del universo en un reglamento, que reduce todo el espacio a un rectágulo de 90 por 65 y suprime cualquier futuro posterior al silbido final. Pirlo conoce el secreto del juego. Juega serio, como un niño.

miércoles, junio 14, 2006

GOLPE FRANCO por Juan José Millás

Para los no iniciados, que cada uno encuentre el sentido que quiera o pueda al relato. Así es Millás.


Cuando mi mujer me preguntó en qué consistía el fuera de juego, me di cuenta de que era endiabladamente difícil de explicar.

-Te lo voy a dibujar, dije.

-No quiero que me lo dibujes, quiero que me lo expliques. ¿No eres escritor? Pues demuéstralo.

-Está bien, balbuceé, supongamos al equipo A y al equipo B.

-No me hables de equipos A o B. Háblame del Madrid y el Barça.

-Pero el Madrid y el Barça no juegan en el Mundial

-¿Entonces de qué va todo este lío?

-Por Dios, presta más atención a la realidad. Los equipos del Mundial están formados por los mejores jugadores de cada país.

-Pues utiliza como ejemplo a la selección de España. Y a la de Turquía.

-La Selección Española, aventuré, cometerá un fuera de juego cuando uno o varios de sus jugadores penetre en las líneas del equipo contrario...

Me detuve comprendiendo que había iniciado una jugada verbal con muy pocas posibilidades de llegar a la línea de meta. Veía la situación del fuera de juego dentro de mi cabeza, pero no era capaz de traducirla a una oración sencilla. Enseguida aparecían las subordinadas dispuestas a zancadillearme.

-Me rindo, dije. Veámoslo en el diccionario.

El Clave y el de la Real Academia despachaban el asunto calificándolo de "posición antirreglamentaria de un jugador". Así, cualquiera. El Seco tampoco me solucionó nada. Acudí entonces a la Larousse, que raramente me decepciona. Decía así: "En el fútbol se produce el fuera de juego cuando entre un jugador que no posee la pelota y la línea de meta contraria se encuentran menos de dos adversarios". Hasta ahí, perfecto. Pero añadía: "Salvo en casos excepcionales (saques de esquina, fuera de banda, etc.), dicho jugador será sancionado con un golpe franco en cuanto intervenga en la jugada de manera directa (entrando en posesión de la pelota) o indirecta (influyendo en el desarrollo del juego)".

Como no sabía explicar qué rayos era un golpe franco, me levanté y fui a la cocina a por unos panchitos. Al volver, mi mujer dijo con malicia: "Mañana estudiamos el saque de esquina".


Juan José Millás, escritor y periodista.

lunes, junio 12, 2006

EL 'MODELO 82' por Enric González

Y Enric se reengancha al Mundial, esto pinta bien.


Puestos a elegir, lo de España es bastante cómodo. No gana nunca y, por tanto, no sabe lo que se pierde. Se sufre más cuando se ha experimentado alguna vez el éxtasis de la victoria. Es el caso de Italia, que lleva un cuarto de siglo, toda una generación, intentando disfrutar de nuevo aquel placer brutal de 1982.

Una y otra vez, los tifosi y sucesivas selecciones han soñado con la repetición exacta del crescendo que condujo a la gloria en el Bernabéu. Pocos recuerdan los campeonatos de 1934 y 1938. Aquellos títulos mundiales no sirven como modelo porque para reproducirlos con un mínimo de fidelidad habría que poner a Mussolini en el palco y contar con árbitros entregados a la causa, de esos que hoy por hoy sólo tiene garantizados el Juventus. El Mundial de España es, pues, la referencia obsesiva.

El modelo 82 comporta un problema: agudiza la angustia del aficionado hasta niveles difícilmente soportables, porque implica un arranque mísero, una insólita sucesión de casualidades, algún amaño y al final, sólo al final, una maravillosa floración de fútbol. Jugar bien de entrada no le sirve a Italia: lo probó en 1978, con la mejor selección azzurra que se recuerda, y no funcionó. Italia siempre ha necesitado tocar fondo para dar lo mejor de sí, y esa característica nacional forma parte de su ADN futbolístico.

Para tener esperanzas, Italia necesita presentarse a la competición con los fiscales a cuestas. En 1982 fue por el escándalo de las apuestas clandestinas; esta vez, por los árbitros juvedependientes. Primera condición, cumplida. Necesita también que nadie apueste un duro por los azzurri. El maestro Gianni Mura predice en La Repubblica que Italia vencerá a Ghana, empatará con Estados Unidos y perderá con la República Checa, lo que la conducirá al segundo puesto, al emparejamiento con Brasil y al regreso a casa. Por ahí también vamos bien.

Luego viene lo difícil. En 1982, la primera fase italiana osciló entre la sordidez y la abyección: empate a cero con Polonia, empate a uno con Perú y empate a uno (muy, muy, muy sospechoso) con Camerún. Italia siguió adelante por coeficientes y por chiripa, sin haber ganado un solo partido. En la segunda fase tocó Argentina. Gentile cosió a patadas a Maradona y los azzurri ganaron 2-1. Y por fin Brasil, la floración, el milagro, el 3-2 de Sarriá. A partir de ahí, final incluida, puro trámite.

Para atenerse al programa, Italia tendrá que esmerarse hoy en jugar de pena (el reto está a su alcance) y en mostrar una patética incapacidad goleadora. Si sale bien, la maniobra se repetirá frente a Estados Unidos y frente a los checos, de forma que todo el mundo se pregunte cómo un equipo tan peñazo puede pasar a la siguiente fase. Entonces topará con Brasil y, según los planes, ocurrirá la floración milagrosa: Materazzi, quizá ayudándose con una porra eléctrica, se encargará de Ronaldinho como Gentile se encargó de Maradona; y Paolo Rossi se reencarnará en Luca Toni.

Ya está. Mundial ganado. El fútbol, si se planifica bien, es más fácil de lo que parece.

domingo, junio 11, 2006

EL JUGADOR NÚMERO 12 por Manuel Alegre


Acierto de El País en recuperar los artículos del poeta portugués Manuel Alegre que ya en la Eurocopa 2004 publicó varios textos en este mismo diario cuando era vicepresidente del Parlamento de Portugal (los cuales se colgaron en este blog). Hoy ha comenzado a publicar de nuevo con el debut de su Selección en el Mundial. Me gusta Portugal, espero que le vaya muy bien.

Los jugadores seleccionados por Scolari no me han sorprendido. Era obvio que nunca convocaría a quienes no formen ya parte del grupo. Estuviese de acuerdo o no (y, por ejemplo, nunca he estado de acuerdo con la exclusión de Baía), fue coherente con su filosofía y su método, escogió a aquéllos que ya estaban escogidos, aquéllos que conoce bien, en quienes confía y que confían en él. Aunque no hayan jugado muchos partidos con sus clubes o estén ligeramente lesionados o, como en el caso de Costinha, no tengan ritmo de competición. Para él, lo que cuenta es el espíritu de la selección. Y llamó a aquéllos que le dan esa garantía. Aquéllos que, en cierto modo, ya estaban allí. En especial, Costinha, indispensable en el vestuario y, como se vio contra Cabo Verde, en el medio campo. Scolari afirma, y yo también, que la garra de Costinha va a conseguir el milagro de ponerse en plena forma.

Yo prefería que Portugal estuviese en un grupo con adversarios supuestamente más fuertes: Inglaterra, Holanda o España. No dudo de que, en ese caso, la selección jugaría a su ritmo, con una concentración total y aquel rasgo que, en otras circunstancias, nos llevó a superar varios retos. Me dan miedo los llamados grupos fáciles. En primer lugar, porque ya no existen. En segundo, porque, por muy avisados que estén, los jugadores tienden de forma inconsciente a bajar el ritmo y esperar que las cosas sucedan. Pero, como dice una vieja canción brasileña, "esperar no es saber". No sé si Scolari recuerda la letra y la música. Si se acuerda de ella, le aconsejo realizar esta pequeña liturgia: hacer cantar a la selección "quien sabe actúa ahora / no espera a que las cosas sucedan". Yo no subestimaría a Angola ni a Irán. Si conseguimos ganar esos partidos, en mi opinión los más difíciles, todo es posible y puede que, parafraseando a Píndaro, "lo increíble se vuelva creíble".

Cristiano Ronaldo es, sin duda, excepcional. Puede desequilibrar un partido en cualquier momento. En un sentido positivo o negativo. Con un golpe de genio y un gol imposible o con una actitud irreflexiva acreedora de una tarjeta roja. Esperemos que juegue como en el Manchester. Para el equipo. Y no para él o para el aplauso fácil. Un Ronaldo en forma, maduro e inspirado, será la principal baza de Portugal, aquélla que podrá suponer una diferencia.

Sin embargo, creo que los jugadores fundamentales de la selección siguen siendo Figo y Deco, los que dirigen el juego y organizan al equipo y, sin menospreciar a los demás, le dan un inconfundible toque de talento y clase. Ya sé que nadie es insustituible, pero nuestro problema es que Figo y Deco sí lo son. Brasil tiene un equipo reserva de igual nivel que el titular y Portugal cuenta con suplentes de gran calidad. Pero no tiene a otro Figo u otro Deco. Tal vez por eso sea tan importante el jugador número 12, todos nosotros. Porque no sé si, además de mi amigo Eduardo Prado Coelho, se han dado cuenta de que todos estamos equipados, todos llevamos en la espalda el número 12, todos nos sentamos en el banquillo y, en cualquier momento, cualquiera de nosotros puede ser llamado para entrar en el equipo.

Manuel Alegre es poeta y diputado portugués.

sábado, junio 10, 2006

CATEDRALES PAGANAS por Santiago Segurola


Si el fútbol es la nueva religión pagana, según la inolvidable cita de Manuel Vázquez Montalbán, sus estadios deberían acreditarse como las nuevas catedrales contemporáneas. Como en la arquitectura religiosa, los estadios han atravesado todas las épocas hasta convertirse en aparatosos signos de la modernidad y de la trascendencia de un deporte que ya no lo es. Hace tiempo que el fútbol ha traspasado la frontera del juego y sus consecuencias. Ya no es el misterioso deporte que se juega con los pies, ni el generador de pasiones incontenibles, ni el refugio ocioso de la clase obrera, ni tan siquiera la bandera de una pequeña comunidad adscrita a sus colores. El fútbol es la representación de casi todas las cosas imaginables, una especie de universo paralelo donde se desarrollan todas las actividades posibles. Es deporte, política, negocio, tecnología, medicina, arte, violencia, fraude, emoción, pensamiento, belleza y fealdad. Se ha escapado de sus límites porque nada le ha contenido desde su nacimiento. El juego que idearon los privilegiados estudiantes de Eton, fue abrazado como suyo por los obreros que comenzaban a disfrutar de sus primeras horas libres en las tardes de los sábados. Desde ahí, su imparable crecimiento le ha llevado a una posición que hasta los norteamericanos quieren comprender. El fútbol se ha convertido en el símbolo de nuestro tiempo, para lo bueno y para lo malo.

Aunque los intelectuales se resistieron durante mucho tiempo a la evidencia de su importancia social, desdén inexplicable porque no se puede vivir de espaldas a lo que es fundamental para la gente, la certeza de la trascendencia del fútbol ya no admite dudas. Puesto que es uno de los grandes símbolos de nuestro tiempo, requiere de la simbología que lo identifique como religión universal. Los estadios hacen ese trabajo. Lo hicieron con modestia en los primeros años del siglo XX, en recintos sin pretensiones que sólo pretendían acoger a las pequeñas comunidades: una ciudad o un barrio. En estos lugares se jugó hasta que el fútbol dio noticias de lo que sería la globalidad. También fue pionero en esto. Cuando el fútbol traspasó el barrio y las ciudades, y después los países, y los continentes, cuando en un pueblo de Uganda se puede ver a un niño con la camiseta del Barça o del Madrid, cuando una antena parabólica capta en la selva amazónica los partidos de Old Trafford o San Siro, entonces no hay manera de disimular que el fútbol es más que fútbol.

La Copa del Mundo comienza el viernes en Múnich, en un estadio que impresiona desde fuera como sólo lo pueden hacer las construcciones destinadas a definir una época. Con su forma de colchón flotante, el estadio es la consagración del nuevo interés de la arquitectura por el deporte, y especialmente por el fútbol. En el mejor de los casos, los estadios habían sido recintos funcionales, con algunos toques distintivos en ocasiones. El arco de San Mamés pertenece a esa categoría creativa. Hay otros pocos y viejos estadios que añaden brillantes toques arquitectónicos, pero su tiempo ha pasado. En esos estadios adorados por los aficionados, no hay sitio para la comodidad, ni para la tecnología, ni para la seguridad. San Mamés es el viejo fútbol, privado de las adherencias que lo han convertido en un fenómeno abrumador. El estadio de Múnich, diseñado por los suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron -autores, entre otros proyectos, de la Tate Modern de Londres- escenifica el triunfo de un nuevo modelo, donde la vanguardia artística se implica en el negocio. No es sorprendente que en el mundo fenicio donde se mueve el fútbol actual, el estadio se vea privado de su nombre durante un mes. Allianz, la compañía de seguros que adquirió los derechos para registrar su nombre en el estadio durante 30 años, no podrá utilizarlos en los próximos 30 días. Durante este plazo, la FIFA dispone en exclusiva de esos derechos. Eso es el fútbol en estos días, un inmenso escenario, fundamentalmente económico, que requiere templos a su medida, donde los arquitectos más prestigiosos compiten en una carrera que no siempre produce resultados satisfactorios. Es más, la mayoría de las veces apunta hacia un horizonte excesivo en las formas y vacío en el fondo. Será la señal del fin de otro imperio. El del fútbol.


martes, junio 06, 2006

MÁS PUBLICIDAD ARGENTINA

Por fin he visto el clásico que no puede faltar antes de un Mundial que es el anuncio de la cerveza argentina Quilmes para apoyar a su Selección en Alemania 2006.

No defrauda, pero he vuelto a acordarme de como se me puso la piel de gallina la primera vez que vi aquel spot de la misma marca cervecera, no recuerdo si era 2001 ó 2002, y en pleno corralito un país en la ruina necesitaba algo de lo que siempre le estaba dando a su Selección, el aliento. Ahora eran los jugadores de la albiceleste los que animaban con el Vamos, vamos Argentina a todo un país que necesitaba fuerzas para levantarse y salir adelante.

domingo, junio 04, 2006

HIPOCRESÍA EN EL TRÁFICO DE GENTE por Juan Cruz


Un artículo para poner sobre la mesa un asunto gravísimo, se ha dicho que se está luchando contra él pero la impresión es que todo el mundo está mirando hacia otro lado. El mercado de la carne femenina unido al fútbol se abre en Alemania y nadie parece que lo vaya a parar.


Un acontecimiento como el Mundial precipita metáforas de la vida. La controversia acelerada por la evidencia de que ésta es una gran ocasión para los mercachifles de la prostitución esconde una de esas metáforas, subrayada ahora por Elena Valenciano. Cuando se trafica con armas, las naciones, incluso las que trafican, muestran el resquemor adecuado para lavar su mala conciencia: se trafica con armas en todo el mundo y para todo el mundo, pero parece que unos tráficos son mejor recibidos que otros. Cuando se trafica con material humano -inmigrantes, mujeres, niños, órganos...- la hipocresía internacional se pone más en evidencia.

Las legiones de prostitutas que están siendo reclutadas, sobre todo en los países del Este, no están formadas sólo por aquellas que ya tienen acreditado su oficio; entre ellas los chulos internacionales trafican con mujeres captadas desde la miseria, con el señuelo de un trabajo que les va a cambiar la vida. Los vacíos legales existentes, y la indecencia, han hecho que prosperen negocios terribles que se basan en las normas viejas, nunca abolidas, de la esclavitud.

Que Alemania, tan cuidadosa en algunos aspectos de los derechos humanos, pase por alto el contenido fraudulento del negocio que se avecina es un ejemplo de esa hipocresía que siempre se denuncia pero que nunca se erradica.

sábado, junio 03, 2006

GUARDIOLA: EL GUARDIÁN DE LA MEMORIA por Jorge Valdano

De nuevo Pep Guardiola, de nuevo Valdano, por nada en especial sólo que hay debilidades que siempre tienen un hueco en este sitio.

Mi primera formación futbolística la recibí en Sudamérica, por eso entiendo al medio centro desde la presencia y la sabiduría, como Pipo Rossi; desde el grito y la personalidad, como Obdulio Varela; desde la técnica para la distribución, como Didí. El heredero deslumbrante de esa estirpe se llama Pep Guardiola, hace su juego en Barcelona y no se cansa de batallar contra la decadencia. Guardiola es un creyente de cierto estilo de fútbol y lo defiende con ardor mesiánico en el campo de juego y en la mesa de bar. El tema me obsesiona porque estamos ante un jugador que, en medio de la consagración de la mediocridad, defiende ideas grandes. Usémoslo, entonces, como ejemplo.

Jugando al futbol es un excelente entrenador. Piensa tanto en el partido antes de jugarse el partido, que cuando juega el partido siempre nos queda la impresión de que el partido que está jugando ya lo jugó varias veces. De tanto pensar fue suplantando la mirada por la memoria. El partido que Pep se imagina tiene el campo dividido en once cuadrículas y la del medio se la reserva para él. Entre cuadrícula y cuadrícula el que corre es el balón, nunca el hombre. Cuando las cuadrículas no están ocupadas como él se imaginó se siente incómodo, perdido, como un ciego que entra en una habitación con los muebles cambiados de lugar. Puede ocurrir, por ejemplo, que Guardiola entre en contacto con la pelota y los extremos no estén pegados a las bandas, en ese caso los considera traidores a la causa de su fútbol. En esto es tan fundamentalista que si tiene que jugar un partido en la playa pone a un compañero en la orilla del mar y a otro en la escollera. De lo contrario que no cuenten con él. Sólo se siente peor cuando un compañero le invade su propia cuadrícula porque, celoso al máximo de la propiedad privada, termina con el mismo tipo de irritación que siente cualquiera que encuentra ocupado su sillón favorito en el salón de casa. Pep, antes de buscar acomodo en otro lugar, es capaz de sentarse encima del intruso.

El fútbol de Guardiola parece espontáneo, pero no lo es. Como esos conferenciantes que preparan el discurso hasta sabérselo de memoria y luego exponen, sin apoyarse en ningún papel, la noble mentira de la espontaneidad. Le da placer encontrar en el campo lo que se imaginó fuera. Si hasta ahora el gran jugador era aquel capaz de hacer lo imprevisible, desde Guardiola hay que reconocer otro modelo de gran jugador: él capaz de perfeccionar lo previsible. Aquel provocaba asombro, a este se le disfruta desde el sentido común: de hecho es muy difícil no estar de acuerdo con las ocurrencias almacenadas por Pep.

Es como la estatua del héroe de la ciudad que vigila dominante desde el centro de la plaza, como el reloj altivo e imprescindible de la estación de tren, como el guardia de tráfico que le pone orden y calma a la caótica circulación. Ahora pasen todas estas alegorías por la risa para desacralizarlas porque esto es futbol y conviene no pasarse de serios. Sólo pretendo buscar imágenes para que sitúen a Pep como símbolo, referencia y eje futbolístico en el centro mismo del Camp Nou. Y todavía no empezó el partido.

Si un jugador le da más de tres toques al balón en el centro del campo, lo excomulga con un comentario definitivo: "no sabe jugar al fútbol". Como su partido lo juega a dos toques, ha desarrollado al máximo la técnica del control y el pase, hasta dar lecciones de precisión en velocidad. Conducir, regatear y tirar, no forman parte de las necesidades básicas de su juego; nadie podrá decir que se trata de defectos o carencias, porque una de las manifestaciones menos reconocidas de la inteligencia de Guardiola, es que sabe esconder lo que peor hace. Tampoco con su físico hay que hacerse muchas ilusiones, pero como él conoció pronto esas carencias, las incorporó a su proceso de aprendizaje.

Guardiola es un hijo catalán de la escuela futbolística holandesa. A sus tendencias personales, hay que agregarle los geniales consejos de su admirado Johan Cruyff y, finalmente, el método académico y sistemático de Van Gaal, esas tres son las capas geológicas más sólidas de su personalidad futbolística. A estas alturas de su evolución, Pep entiende que un equipo es como un cerebro colectivo y el futbol, antes que "un sentimiento con el que se juega" es una idea con la que se divierte. "¿Sabes qué placer da ver aparecer los espacios que tú has provocado?" Pregunta con cara de iluminado.

Ahora sí empezó el partido y esta vez lo imagino con las cartas de navegación bajo el brazo espiando espacios vacíos por donde pase un balón, buscando lugares propicios para provocar la superioridad numérica, detectando sitios en donde los especialistas puedan hacer la apuesta del mano a mano. En el respeto al juego, en su intención de no regalar nunca la iniciativa, en el contagio de su amor por lo que hace, reconozco en Pep al medio centro de toda la vida, atravesado por todas las grandes tendencias del último siglo. Guardiola es una culminación porque hace lo que debe y siempre sabe los "porqués". Discutimos, porque yo siempre he preferido a los futbolistas y a los hombres con respuestas espontáneas antes que premeditadas, pero a pesar de la tenacidad de nuestras ideas no puedo dejar de hacer una excepción y admirarle la pasión, la convicción y el compromiso puestos al servicio de una hermosa geometría en donde el balón baila con exactitud
.

martes, mayo 30, 2006

OTRA CULTURA DE SELECCIÓN

Viendo la publicidad que se hace previa a un Campeonato Mundial, y que ahora está en plena ebullición, ya puede hacerse la idea de lo que significa una Selección (de verdad), cómo se vive y cómo se transmite eso tan manido de la "cultura de Selección". Sin entrar a valorar (me lo reservo para no ofender a nadie) el ambiente "festivo" que se vive en cualquier partido de la Selección Española, Manolo el del Bombo, los cánticos para animar, etc., y volviendo al tema de la publicidad que nos asedia, sólo un botón a modo de muestra. Si tenéis en mente algún anuncio con Cañizares, Fernando Torres, Raúl y compañía podéis compararlo con algo de lo que se hace en Argentina, por poner un ejemplo:

Publicidad de CTI apoyando a la albiceleste

Te entran ganas de entonar el Vamos Argentina Vamos!

EL MUNDIAL por Manuel Rivas

Los habitantes, los agentes de policía, los bandidos y los presos de São Paulo están deseando que llegue el Mundial de Fútbol. Una de las principales demandas planteadas en los motines carcelarios era la dotación de televisores en las prisiones. Según las noticias, entre otras exigencias, los amotinados pedían unos cien aparatos para poder sintonizar los partidos. Ha habido más de cien muertos. Son muertos de carne y hueso, caídos de este lado de la pantalla. La televisión, tantas veces catalogada como escuela de violencia, aparece en esta ocasión como un agente pacificador. Y el fútbol, factoría de fanatismos, se presenta en este caso como un ansiado periodo de tregua. El balón, con esa forma de globo terráqueo con las cicatrices cosidas, irrumpe dando botes hipnóticos, y es posible que, mientras dure el campeonato, las calles de São Paulo sean remansos de paz.

Yo también espero que llegue el Mundial. Es por la escalera. He estado escribiendo durante un tiempo en una buhardilla de un edificio de once pisos. Como ejercicio para atenuar ese efecto de las largas sentadas que los portugueses denominan cu de chumbo (culo de plomo), me propuse bajar y subir la escalera y renunciar al ascensor. Mis expediciones coincidían con el horario de los noticiarios de radio y televisión. En cada descansillo, me atacaba un suceso, salido de los televisores, que aporreaba la puerta, me daba un manotazo y se lanzaba atronando por el hueco de la escalera. Incluso escuché la noticia de que un ministro de Defensa se había abalanzado contra una manifestación de víctimas del terrorismo e intentó agredir a miles de personas, por lo que había intervenido la Gestapo. Otra noticia que me impresionó mucho fue la de un dirigente político que hablaba de avalanchas de inmigrantes delincuentes traídos por una agencia de viajes del Gobierno, y a los que se proveía de un salvoconducto y una pata de cabra. Empecé a entender el porqué no había nunca nadie en la escalera y el porqué los vecinos de más edad permanecían atrincherados en sus casas. Comprendí también, por fin, en qué consiste la Ley de la Adicción a las Especies Picantes, enunciada por Karl Popper. Ahora voy en el ascensor. No volveré a la escalera hasta que empiece el Mundial.

Manuel Rivas es escritor

domingo, mayo 28, 2006

ACUSE DE RECIBO

El periodista de El País Enric González ha obtenido el Premio Cirilo Rodríguez 2006, galardón que reconoce el trabajo de los corresponsales de medios españoles en el extranjero. Creo que era de recibo, y necesario, que desde aquí se le felicitara por este reconocimiento. Dicho queda.

jueves, mayo 25, 2006

LA TRAMA DE 'DON LUCIANO' por Enric González

Y seguimos con el tema. Hoy un extenso reportaje realizado por Enric González, casi todas las claves sobre la mesa. Esperemos acontecimientos.

Ni el más paranoico de los aficionados al calcio pudo sospechar que todo estuviera amañado. Nada quedaba en manos del azar o del talento deportivo. Durante años, un grupo criminal encabezado por Luciano Moggi, director general del Juventus desde 1994, controló todos los estamentos del fútbol italiano y manipuló sistemáticamente los resultados. En esos doce años, la Vieja Señora de Turín ganó siete títulos de Liga.

La red de Moggi era todopoderosa y abarcaba la Federación, la Asociación de Árbitros, la compraventa de jugadores y hasta la moviola televisiva. Las fiscalías de Nápoles, Roma y Turín investigaron a fondo y en el mayor de los secretos la temporada 2004-05, grabando las conversaciones telefónicas de Moggi y decenas de sus cómplices, y han elaborado un sumario, centenares de miles de páginas, en el que se demuestra que el fraude era absoluto. El calcio dejó de ser una competición para convertirse en un simple espectáculo, rentabilísimo para sus organizadores y para el Juventus.

Las decisiones judiciales tardarán tiempo en conocerse. Serán necesarios años de juicios y apelaciones para que se resuelva el aspecto penal y quizá más para aclarar las demandas civiles: las asociaciones de consumidores preparan una demanda por fraude y exigen la devolución del dinero porque quienes pagaban el abono del estadio o compraban partidos de pago por televisión creían vivir emociones en directo cuando la función era tan previsible como La venganza de don Mendo.

Las sanciones deportivas, en cambio, deberían llegar ya a principios de julio con el fin de anunciar a tiempo a la UEFA qué equipos disputarán las competiciones europeas el próximo curso. Puede darse por seguro que la Juve no estará en Europa, sino en la Serie B o más abajo. El Lazio, el Fiorentina y el Milan también corren riesgo por cooperar, en mayor o menor grado, con don Luciano, el antiguo ferroviario de Civitavecchia que logró adueñarse del calcio.

Lo peor, sin embargo, no es que una institución tan gloriosa como el Juventus, la más importante, quede manchada y humillada por el descenso. Lo peor vendrá después. ¿Quién será capaz de creer en adelante en la honradez? ¿Quién podrá creer que los errores de los árbitros son involuntarios? La Federación ha sido intervenida por el Comité Olímpico y su nuevo gestor, Guido Rossi, antiguo vigilante de los mercados bursátiles, tiene la misión de limpiar a fondo. Lo tiene difícil porque no bastarán unas semanas para esclarecer responsabilidades. El diario de la Conferencia Episcopal, Avvenire, proponía una temporada sin fútbol como sacrificio catártico y plazo imprescindible para estudiar un sumario que abruma a los jueces. Moggi tenía una decena de teléfonos móviles y recibía una media de 416 llamadas diarias: más de 100.000 en un año. Sólo estudiar esas transcripciones es una tarea ingente.

De esas llamadas, de las efectuadas por sus cómplices y de los interrogatorios efectuados hasta ahora se puede deducir, más o menos, cómo funcionaba el fraude.

Árbitros

El delegado de Moggi en el colectivo arbitral era un hombre "con una aguda capacidad delictiva y una gran habilidad para borrar pistas y pruebas", según los informes preliminares de la fiscalía de Nápoles. El hombre en cuestión, Massimo de Santis, era, tras la jubilación de Pierluigi Collina, el árbitro más prestigioso de Italia y habría participado en la Copa del Mundo si los fiscales no le hubieran inscrito en la lista de investigados. De Santis, de acuerdo con sucesivos encargados de la designación de los árbitros para los encuentros de la Liga, decidía quién alcanzaba la internacionalidad y quién descendía a las categorías inferiores.

Los interrogatorios han permitido descubrir que De Santis instruía a los colegiados desde que empezaban, y promocionaba a los más dóciles. Quienes se equivocaban, como Paparesta, que hizo perder un partido a la Juve, eran humillados -Moggi le encerró en el vestuario tras el partido- y obligados a pedir perdón a don Luciano. Quienes no se sometían al sistema impuesto por De Santis y el dúo encargado de asignar los colegiados, Bergamo y Pairetto, dejaban de arbitrar.

De Santis, que conducía un Jaguar y dirigía los encuentros más delicados, se encargó personalmente de un Livorno-Siena que concluyó 3-6 -había que castigar al presidente livornés, Aldo Spinelli, por oponerse al sistema Moggi- y un Lecce-Juventus que concluyó 0-1 y en el que el Lecce fue masacrado: 55 faltas. Tras el lance, la Juve le regaló 23 camisetas oficiales.

Además de De Santis, han sido suspendidos otros ocho árbitros de máximo nivel. Las grabaciones dejan claro que la conspiración no se limitaba a asegurar arbitrajes favorables al Juventus y otras sociedades amigas, como el Lazio o el Messina, o a asegurarse del descenso de las enemigas, como el Bolonia. También se mostraban abundantes tarjetas -establecidas al margen de lo que ocurriera en el campo- a los equipos que la semana siguiente debían enfrentarse a la Juve para que, al menos, uno de sus jugadores importantes estuviera sancionado.

Banca

Luciano Moggi tenía aliados excelentes en el sector financiero. Entre los miembros de la sociedad General Athletics World (Gea), dirigida por su hijo, Alessandro, figuraba Chiara, hija de Cesare Geronzi, gran patrón de Capitalia, uno de los mayores bancos italianos. Según la Fiscalía de Nápoles, esa conexión fue utilizada en 2004 para desmantelar al Roma, competitivo -había ganado el scudetto en 2001- y que se negaba a plegarse a Moggi.

En la primavera de 2004, el Roma, propiedad del magnate petrolero Franco Sensi, había acumulado con Capitalia una deuda de 154,3 millones de euros. El Juventus quería a su técnico, Fabio Capello, y al centrocampista brasileño Emerson. Moggi pretendía además que el Roma entrara en el redil de los dóciles. Para ello utilizó a Capitalia, que hizo saber a Sensi que toda resistencia a los deseos del Juventus provocaría un corte del flujo crediticio y complicaría las negociaciones con Sky sobre los derechos televisivos.

Abrumado, Sensi cedió. Mientras Capitalia reestructuraba favorablemente la deuda del Roma e ingresaba en el capital de Italpetroli, la sociedad de Sensi, Capello y Emerson partían hacia Turín y Rosella Sensi, hija de Franco y más comprensiva con la Juve, tomaba las riendas del club. El 23 de octubre de 2004, Moggi habló por teléfono con Claudio Lotito, presidente del Lazio, el gran rival del Roma, "Has puesto el pie en el cuello de [Franco] Sensi, ¿eh?. ¡Qué ganas de reír! Has hecho bien", dice Lotito en la conversación grabada por la policía. "Ese pobrecillo ha quedado totalmente fuera de juego", responde Moggi.

Prensa

Los aficionados tienden a creer que la moviola no miente. Sí, puede mentir. En una llamada al técnico del popular programa El proceso de Biscardi, en el que cada lunes se analizaban las jugadas dudosas, se escuchaba a Moggi dar instrucciones para que un clarísimo fuera de juego del Juventus, que no se pitó y fue gol, se convirtiera "en algo de unos 20 centímetros, dudoso, un error arbitral comprensible". El canal Sette ha cancelado el programa de Biscardi.

Los designadores arbitrales, por su parte, tenían hasta 2005 una columna en La Gazzetta dello Sport en la que analizaban las jugadas conflictivas. Tras una pieza especialmente escandalosa, en la que omitían un clarísimo error que dio la victoria al Juventus, el director del diario cortó la colaboración, pero no explicó los motivos. Ha dado explicaciones esta semana, con más de un año de retraso.

Futbolistas

Eran simples peones. Hacían lo imposible para que les representara Gea por razones obvias: en esa sociedad, dirigida por Alessandro Moggi, trabajaban, además de Chiara Geronzi, hija del patrón de Capitalia, Davide, hijo del seleccionador nacional, Marcello Lippi. Gea tenía en su escudería a más de 200 futbolistas, muchos de ellos convencidos de que pagar una comisión a la firma de los Moggi les abriría la puerta de la internacionalidad.

Gea, que en los últimos cinco años obtuvo unos beneficios cercanos a los seis millones de euros, ostentaba una situación casi monopolística en el mercado italiano y podía decidir quién compraba, quién vendía y a qué precios. Cuando un club insumiso se negaba a vender al Juventus, aconsejaban al futbolista en cuestión que jugara mal y alegara depresión: eso ocurrió con Emerson (Roma), Ibrahimovic (Ajax) y Cannavaro (Inter). En el caso de Ibrahimovic y Cannavaro, la fiscalía sospecha que parte de sus contratos se pagaba en dinero negro.

Policía

Don Luciano conocía con antelación los pasos de la justicia porque contaba con la cooperación de un grupo de policías en las fiscalías de Nápoles, Turín y Roma. Esos agentes le procuraban escolta a él y a sus amigas -para tareas tan peligrosas como ir de compras o al dentista- y atendían hasta el más mínimo de sus deseos. Incluso un general de la Guardia de Finanzas, suspuestamente encargado de evitar la corrupción en el fútbol, estaba a sus órdenes. Moggi pagaba un precio muy barato por todo eso: los policías recibían entradas, tenían acceso a los futbolistas y se veían con pequeños regalos.



martes, mayo 23, 2006

‘PORCO’ CALCIO (Editorial El País)

Editorial del domingo 21 de mayo de 2006 en El País en el que no se aporta nada nuevo al escándalo que ha estallado en el fútbol italiano aunque sí presenta de forma clara y a grandes rasgos que está sucediendo, y sobre todo que puede pasar fuera de Italia, me quedo con eso.


El fútbol italiano toca fondo. Su buque insignia, la Juventus, se dirige, casi con toda seguridad, a una condena al descenso de categoría y a la pérdida de los dos últimos títulos ligueros por la implicación directa, a través de su ex director general Luciano Moggi, en la designación de árbitros, arreglo de partidos, coacciones y apaños en la compraventa de jugadores. La degradación rebasa con creces escándalos anteriores, como el de las quinielas clandestinas que llevó al Milan a la Serie B en los ochenta, la falsificación de pasaportes de extranjeros de origen italiano o el dopaje en los noventa. Ya no se trata de fenómenos más o menos localizados de corrupción, sino de un amplio y complejo entramado mafioso dirigido por Luciano Moggi, Lucianone para los amigos, un napolitano ex ferroviario que rondó por diversos clubes antes de recalar como director general en la Juve, la Vecchia Signora, propiedad de la Fiat y de la familia Agnelli.

La consecuencia de este escándalo es que el ambiente en el fútbol italiano ya no es de crisis sino de putrefacción. Las culpas, acusaciones y sospechas se extienden sin cesar, salpican a dirigentes de la Juve pero también al Milan, al Lazio y a la Fiorentina, a la cúpula de la Federación Italiana de Fútbol, a varios árbitros (uno de ellos designado para el próximo Mundial de Alemania), futbolistas, periodistas, policías y oficiales de la Guardia de Finanzas. La trama está aderezada hasta con dinero negro refugiado en cuentas secretas en la banca vaticana de una sociedad de Moggi para la compraventa de jugadores.

Muchos intuían el lodazal del calcio pero nadie sus dimensiones. Comenzaron a perfilarse con las escuchas telefónicas que la policía inició hace más de un año. Independientemente de la presunta responsabilidad penal de los implicados, el caso refleja una cultura perfectamente pervertida del deporte y del fútbol en particular. Las ingentes sumas manejadas en la televisión y en la comercialización de marcas están en su origen. Pero sería hipócrita y equivocado concluir que la corrupción en el fútbol es un fenómeno exclusivamente italiano. Los recientes escándalos en Alemania, mucho menores, lo demuestran. En España no hay indicios de que el fútbol haya ya caído en manos mafiosas. Pero tampoco faltan las sospechas.

domingo, mayo 21, 2006

EL FÚTBOL ES EL APIO DEL PUEBLO por Francisco Correal

Si Artur Mas y Joan Saura creen que el triunfo del Barcelona en la Liga de Campeones puede redundar en un apoyo hacia el Estatuto –no hagamos preelectoralismo recordando que en los ocho años de Gobierno Aznar el Madrid obtuvo tres trofeos continentales–, a partir de esa visión tan terrícola del fútbol que en boca de estos políticos lo convierte en el apio del pueblo podemos deducir que el abrazo sincero y de estación de tren que Xavi Hernández le dio a la reina Sofía minará la soberbia de Esquerra Republicana. Ese real abrazo en la noche de París, que suena a canción de La Unión inspirada en un relato de Boris Vian, es más demoledor para los de Carod-Rovira que la remodelación del Gabinete.

Terminó el fútbol y empieza el Mundial. Terminó Cristo y empieza Dios. Ayer oí a un erudito a la violeta mofarse en una emisora de los que defienden como derecho inalienable la visión en abierto de los partidos del Mundial. Justo después de su comentario, esa misma emisora pregonaba la conveniencia de abonarse a la televisión de pago para ver los partidos. Cosas veredes. En 1974 había dos Alemanias y una sola cadena de televisión, vivía Franco y pudimos ver todos los partidos de aquel Mundial de Alemania; 32 años después, hay una sola Alemania y un sinfín de cadenas, pero el que no pague o piratee o lo convoque Luis Aragonés se queda sin Mundial, o termina como terminamos hace cuatro años, en el Mundial de los bares. Haciendo nuestra la sentencia de Antonio Díaz-Cañabate en Historia de una taberna: "Las desgracias no entran en la taberna; los desgraciados, sí".

Señor erudito a la violeta, pánfilo de la mercadotecnia, althuseriano a la remanguillé: el Mundial de Fútbol es la medida exacta de los bisiestos del alma. La máquina de precisión en la que se ajustan nuestros recuerdos, la frecuencia de nuestro crecimiento. A Sebastiao Salgado, fotógrafo brasileño, nadie le tiene que dar lecciones de solidaridad, porque se ha pasado media vida contando con su cámara de fotos los desgarros de la guerra y del hambre, las secuelas de la barbarie y del genocidio. Hace unos años le dieron un premio muy importante por su trabajo. Era año de Mundial y el periodista le preguntó por sus planes futuros, esperando que Salgado le diseñara su itinerario de guerras y miserias. Le respondió al periodista que era brasileño y que su proyecto inmediato era encerrarse en su casa para ver todos los partidos del Mundial.

En el primer Mundial de mi memoria, Inglaterra 66, el recuerdo iniciático coincide en nombre y apellido con el que abre esa caja de tesoros balompédicos que es el libro de Nick Hornby Fiebre en las gradas, la historia de una pasión por los colores del Arsenal, equipo londinense que dándole la vuelta a la gamberrada dialéctica del antibarcelonismo ha ganado las mismas Copas de Europa que el Logroñés, el Calavera o el Vandalia de Peligros. Ese recuerdo se llamaba Gordon Banks, el portero inglés de rasgos chinescos. Infancia, adolescencia, juventud, madurez saltan de cuatro en cuatro años. La legislatura más milimétrica. Proust redivivo.

viernes, mayo 19, 2006

DIATRIBA IMPERTINENTE por Gonzalo Suárez

Cada vez está más cerca el Campeonato del Mundo así que habrá que seguir recuperando historias para ir calentando motores. Hoy un artículo del director de cine Gonzalo Suárez sobre la Selección Española que participó en el Mundial de Estados Unidos en 1994.

La selección española no cree en Billy Wilder, ni siquiera en Dios. La carencia de humor le confiere seriedad. El don de la adustez es su mayor virtud. Y, tras toda virtud, acecha la mediocridad. Sus alardes de fe son voluntaristas, su juego también. Lejos del estado de gracia de Nigeria, por ejemplo. O de la exultancia de Maradona, cuyas proclamas divinas han conseguido que Dios esté más preocupado y ocupado de Argentina en el Mundial que de los tutsis y hutus en Ruanda. Los argentinos, Maradona mediante, están en las manos de Dios. Los españoles en las de Javier Clemente. La diferencia es obvia. Dios juega con los palos y las manos, Clemente con estrategias y cálculos. Dios se divierte, Clemente no. Su susceptibilidad a flor de piel contagia al equipo un talante masoquista y sufriente. Ha confeccionado una selección condicionada por su carácter, que se afirma más llevando la contraria que por el peso de su propia personalidad. Esto nos aboca a comportamientos siempre agónicos, en función del rival. Vamos a sudar tinta en este Mundial, y no precisamente por el calor, para el que Javier Clemente nos preparó en... ¡Cantabria!, sino por la rigidez colegial que nos hará pasar exámenes sin alegría, pendientes siempre de lo que hagan los demás.

Los jugadores en manos de Clemente me recuerdan a esos actores que se saben el papel para poderlo recitar, pero no tan bien como para poderlo olvidar e interpretar. Tienen la lección prendida con alfileres y los alfileres clavados en nuestra esperanza, impidiéndola volar.

Este equipo es lo que es y ha sido concebido para no soñar. Para cumplir con los designios nada inexcrutables de un entrenador cuya máxima ambición es no arriesgarse al ridículo de un regreso prematuro. Serio, demasiado serio.

Conocedor y temeroso de los rivales, encubre su miedo simulando una seguridad en sus propios criterios que está lejos de sentir. Tozudo y concienzudo, sardónico, frecuentemente irritado e irritante, su astucia está fuera de duda y su profesionalidad también. Es, al parecer, el más adecuado para la tarea que le ha sido asignada probar fortuna sin tentarla. Asumir e imponer los límites de antemano. No ir nunca más allá de lo que estrictamente se le puede exigir. Confía en que las circunstancias acaben dándole la razón, y reconviertan en pragmática una propuesta carente de imaginación.

No caigamos, sin embargo, en la veleidad de suponer que podría ser de otra manera.

Como dijo Jean Renoir, "lo mejor es enemigo de lo bueno". Demos por bueno lo que tenemos, por si acaso es lo que de verdad nos corresponde, y dejemos de lado los sempiternos ejercicios de crispación.

Mi amigo Fernando Trueba ganó el Oscar porque creía en Billy Wilder, Maradona no ganará este Mundial ni con la mano de Dios, confiemos en Bolivia sin deshacer las maletas y busquemos los resquicios por donde todavía se cuelan retazos de ilusión.

En este, Mundial hay fútbol. Equipos más fuertes, jugadores más técnicos, selecciones más homogéneas y mejor preparadas. Todo puede pasar. Ni el catastrofismo del partido con Corea, ni el triunfalismo del empate con Alemania deben llevarnos a engaño.

La pelota está en el tejado y, caiga del lado que caiga, no tenemos que permitir que nada ni nadie, ni Dios ni Clemente, nos arrebate el buen humor.

El fútbol es sólo un juego para pasarlo bien, ¡qué Dios sea clemente con nuestra esforzada selección!

Gonzalo Suárez, director de cine, periodista y escritor.


miércoles, mayo 17, 2006

LA FIEBRE DE UN VIEJO "GUNNER" por Santiago Segurola

Hoy día grande. Se juega la final de la Copa de Europa y para celebrarlo este magnífico artículo de Segurola en El País sobre Nick Hornby, al que siempre le estaré agradecido por regalar una novela como Alta Fidelidad.

El fútbol nació en Inglaterra para disfrute de la clase obrera. No faltaron excelentes periodistas, como Geoffrey Green o Hugh McIlvaney, capaces de establecer su influencia entre la clase alta y los intelectuales. Pero en el rígido sistema de clases británico, el fútbol era materia para los tabloides sensacionalistas. Los escritores observaban el fútbol con una frialdad desdeñosa. Si tenían algún interés, se dirigía al rubgy o el cricket. Un libro cambió radicalmente la mirada: Fever pitch. Lo escribió Nick Hornby, periodista de The Independent. Nacido en 1957, Hornby estaba marcado por dos pasiones. Combinaba su afición por el fútbol con el entusiasmo por la música pop y sus derivados. Con ingenio, excelente humor, enorme conocimiento y un estilo brillante, Hornby se convirtió muy pronto en una referencia casi contracultural. De lectura obligada, sus artículos generaban la clase de interés que producía aquello de lo que escribía. Hornby tenía una hinchada detrás. Y no sólo en el Reino Unido. Los pocos iniciados en Nick Hornby comentaban sus piezas en España, Holanda o Italia. Se trataba del desconocido con más seguidores en el periodismo futbolístico. Su éxito no podía esperar más. Era cuestión de poco tiempo. En 1993, publicó Fever Pitch, la historia de un joven hincha del Arsenal que mezcla, con un entusiasmo neurótico, su pasión por el fútbol, la música y las mujeres. En los tres campos, Hornby acredita un gusto exquisito. Escrito con mucha clase y una ironía sutil que comienza en un primer párrafo memorable, Fever Pitch parecía destinado a convertirse en un libro de culto para sus seguidores. Fue mucho más que eso. Se convirtió en un éxito mundial. En España se tradujo como Fiebre en las gradas, con una pésima traducción que destrozó la divertida peripecia del protagonista. El academicismo de la traducción no cazó ni uno de los giros que hacían de Fever pitch el libro que todos los aficionados habrían deseado escribir. Su éxito fue inmenso, pero su influencia resultó todavía mayor. Desde Fever pitch, el fútbol ha roto los diques clasistas en Inglaterra.

El fútbol está de moda en todas las clases sociales, entre escritores, analistas, ensayistas, políticos y hombres de negocios. Hornby acabó con los prejuicios y comenzó una imparable carrera literaria, como títulos como Alta fidelidad -novela llevada al cine por Stephen Frears- o About a boy, que también ha merecido una adaptación cinematográfica. Aunque nunca más ha escrito sobre el Arsenal y el fútbol en sus libros, seguro que Hornby seguirá la final de París con la devoción de un viejo gunner.

lunes, mayo 15, 2006

EL JUVENTUS, PRESUNTO GANADOR DEL SUPUESTO CAMPEONATO ITALIANO

Hoy la última entrega de Historias del Calcio de la temporada, y vaya final. Creo que leyendo esta última columna hay poco más que añadir a todo lo sucedido en Italia. Por lo demás, esperemos que durante el Mundial y el verano Enric González siga dejando perlas en El País y si no, pues ya disfrutaremos de nuevo a partir de septiembre.

El Juventus de Turín se convirtió ayer en el presunto campeón de lo que en ciertos medios se considera la Liga italiana. El equipo blanquinegro obtuvo una supuesta victoria, 0-2, frente al Reggina, lo que le permitió mantener sus teóricos tres puntos de ventaja sobre el Milan y coronar, al parecer, 74 jornadas consecutivas al frente de lo que las autoridades federativas, antes de ser destituidas bajo acusaciones de corrupción rampante, solían definir como "clasificación".

Los jugadores juventinos realizaron un simulacro de celebración sobre el césped y se largaron, cariacontecidos, a esperar el desenlace de lo que, a tenor de todos los indicios, podría ser calificado como el mayor fraude deportivo de la historia mundial. El fiscal napolitano Giuseppe Narducci dijo ayer mismo que la presunta banda criminal creada por el director general del Juventus, Luciano Moggi, para controlar la federación, los árbitros, los resultados de los partidos y hasta la moviola televisiva, era "peor que la mafia".

Moggi, con una supuesta lágrima en los ojos, se declaró "inocente" y "destruido" y anunció que dejaba para siempre el fútbol. Posiblemente había leído en los periódicos las transcripciones de sus propias conversaciones telefónicas: después de leer esa retahíla de amenazas, conspiraciones, chanchullos, corruptelas, pactos secretos y obscenidades, era imposible pensar en el calcio y no sentir arcadas.

Silvio Berlusconi, propietario (según el registro mercantil) del Milan y hombre célebre por su escrupuloso cumplimiento de la ley, exigió "la restitución inmediata" de los títulos ligueros de 2005 y 2006: daba ya por seguro que el Juventus, que hace un año y ayer mismo pareció ganarlos, sería privado de ellos y que pasarían automáticamente al segundo clasificado.

Resultaba bastante probable que el Juventus los perdiera, pero no tan probable que se los llevara el Milan: eran muchos los partidarios de que ambos campeonatos quedaran desiertos como recordatorio eterno de un fraude que no debía (en teoría) repetirse.

¿El Juventus, a Segunda? Pues sí, para no dar la razón al grupo de atontados que ayer, haciéndose pasar por tifosi juventinos (mejor no pensar que lo fueran realmente), colgaron en el estadio una pancarta con el siguiente texto: "El fin justifica los medios". Hundir al Juventus en las divisiones inferiores sería, en términos de repercusión social, como colocar al Real Madrid en Tercera o peor. No hacerlo equivaldría a aceptar que los tramposos ganan siempre.

Esta presunta columna opta por adherirse al fraude clamoroso del calcio y se copia a sí misma, en versión del 21 de febrero de 2005: "La verdad, en el calcio" es sólo una. La verdad se llama Luciano Moggi y es un señor calvo residente en Turín. Luciano Moggi es una de las pocas personas que saben por qué ocurre lo que ocurre". Él (supuestamente) lo sabía. El resto de Italia y del mundo se limitaba (supuestamente) a sospecharlo.

Que los jueces hagan ahora lo suyo, si les dejan. Afortunadamente, según fuentes oficiales, el campeonato se ha acabado. ¡Qué asco!

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, mayo 13, 2006

DOS RECOMENDACIONES

La Serie A italiana, y por ende, el calcio en general puede saltar por los aires. Me da la impresión que era algo que más temprano que tarde podía pasar y las claves no han sido un secreto para casi nadie. Numerosas de las Historias del Calcio que nos ha ofrecido Enric González apuntaban hacia estos acontecimientos que hoy pueden reventar la competición italiana, la historia de uno o varios clubes y la libertad de varios personajes inclasificables como Luciano Moggi. Recomiendo, cómo no, los artículos que viene publicando Enric González en El País, y también la entrada que Martí Perarnau ha elaborado sobre este asunto en su interesantísimo blog.

Esperemos acontecimientos, aunque tengo la sospecha de que ahora si va a ser algo más que una tormenta en un vaso de agua.

SEMIFINALES (DOS SONETOS) por Joaquín Sabina

Los últimos sonetos publicados por Sabina en la sección Esta boca es mía de Interviu

"1. Para Riquelme con devoción

Déjame compartir, Román, hermano,

lo que sufrí, lo que gocé contigo,

Villarreal seduce al buen villano

que tiene un Arsenal por enemigo.


Gulliver, Liliput, Goliat, fulano

de tal y pongo al Diego por testigo

del bendito penal, maldita mano

de un Lehmann que levita, sumo y sigo.


Orgullo de los pibes, vente arriba,

ya sabes que los árbitros con IVA

no quieren dos equipos españoles,


quiero decir dos payos catalanes,

Castellón de la Plana tiene planes

para Riquelme, fábrica de goles.


2. Para Guardiola


Ronaldinho, alirón, Samuel en vena,

dulce condena contra un Milan cojo

que se ufana en ganar malgrat la pena

de atreverse a borrar su trampantojo.


Ancelotti suspira con gangrena,

Rijkaard no diu ni res ni guiña un ojo,

Berlusconi es un calvo con melena,

un duce que se quema en un rastrojo.


Catenaccio
, balones a la olla,

remates con la nuca y con la polla,

Kaká no remontó la remontada.


¿Mi táctica? La samba y el fandango.

¿Mi hoja de ruta?, fruta con tamango.

¿y París? Una puta mal follada.



Campos Elíseos, mayo de 2006"

miércoles, mayo 10, 2006

FÚTBOL DE PAPEL por Sergi Pàmies

De una época en la que escribir sobre fútbol se consideraba una traición intelectual hemos pasado a un entusiasmo que multiplica los ejemplos de sana convivencia entre lectura y balón. Sin entrar en la oportunista producción de hagiografías de jugadores, el siglo XX ha generado una amplia bibliografía que puede servir para matar los tiempos muertos del Mundial. El novelista norteamericano Robert Coover, por ejemplo, escribió un texto en el que definía el fútbol como 'una suerte de fe sin teología, una causa sin ideología, una pasión sin límites' y como una 'representación del pecado y de la redención'. Difícilmente encontraremos mejor diagnóstico de una patología que suele degenerar en ataques de nostalgia, aunque algunos tengan suficiente talento para convertir su adicción en metáfora. Es el caso de Nick Hornby, autor de Fiebre en las gradas, uno de los mejores libros sobre fútbol jamás escrito, que transforma la autobiografía de un hincha del Arsenal en simbólica declaración de amor y terapia colectiva.

Pero los destrozos del balón también afectan a los clásicos: Eco, Montherlant, Nabokov, Sillitoe, Burgess, Camus... Son la coartada ideal para justificarnos sin pasar por bárbaros alienados. Incluso puede que, abusando de su suerte, el escritor decida acercarse al futbolista y escriba su biografía. Dan Franck hace compatible su trabajo de novelista con el de sombra de Zinedine Zidane, una elección que culminó en Zidane, le roman d'une victoire. El resultado de estas colaboraciones, sin embargo, no siempre es óptimo. El rey Pelé cayó en la tentación de firmar una novela titulada Asesinato en la Copa del Mundo (no traducida al castellano) que certifica que mientras que el fútbol es así, la literatura es asá. Uno de los motores que lleva a un escritor a interesarse por el fútbol tiene que ver con la admiración y esa forma de lealtad nacida en los descampados de la infancia. Bernard Morlino canalizó su vocación con Manchester Memories, retrato felizmente tendencioso de Éric Cantona. Roberto Fontanarrosa aplacó sus cabreos de hincha con, además de cuentos, humor en El fútbol es sagrado, antología de viñetas con textos como éste: 'Es tan pobre la situación actual del fútbol argentino, que el próximo cuadrangular amistoso lo vamos a hacer entre tres equipos'. Argentina es un país proclive a psicoanalizarse a través del fútbol. La prueba: Osvaldo Soriano, Jorge Valdano y, sobre todo, Eduardo Sacheri, autor de Esperándolo a Tito, libro imprescindible que incluye un homenaje a Maradona sin nombrarlo y otros prodigios de respeto a los mitos del barrio. El castellano latino-americano ha enriquecido el paisaje aportando osadía y toque. Juan Villoro golea a base de precisión y profundidad en su Los once de la tribu, Eduardo Galeano deslumbra por polivalente en El fútbol a sol y sombra, Osvaldo Soriano recupera balones en Memorias del Míster Peregrino Fernández y, aquí en España, algunos salen del armario para confesar su opción futbolística. Es el caso de Javier Marías (Salvajes y sentimentales), profundo y ameno pese a ser merengón; Manuel Vázquez Montalbán (El delantero centro fue asesinado al amanecer), profunda y amena pese a ser culé; Antonio Hernández (El Betis: la marcha verde), autor de una hilarante recreación de la enemistad entre béticos y sevillistas; J. M. Isasi Urdangarín (Variaciones Julen Guerrero), que practica la táctica del fuera de juego aplicado a los géneros; Juan Bonilla (cuentos y artículos), o incluso Camilo José Cela (Once cuentos de fútbol) antes de que fuera soez cadáver exquisito. Pero la pasión universal convoca otras voces. En Brasil, Edilberto Coutinho. En su exilio francés de origen yugoslavo, Vladimir Dimitrijevic, autor de un espléndido La vie est un ballon rond. En Inglaterra, John King y su Football factory, recorrido por las sucias entrañas de un grupo de hooligans y tantos y tantos otros que, pese a la diferencia de horarios y los defectos que, en su rentable decadencia, ha ido acumulando el fútbol, estarán siguiendo el Mundial. A disfrutar.

lunes, mayo 08, 2006

EL ALEPH

En El Aleph, uno de los relatos más célebres de Jorge Luis Borges, todo lo que ha existido, existe y existirá, multiplicado por todas las cosas que pudieron ser y no fueron, se concentra en una diminuta espiral vertiginosa llamada aleph, por el nombre de la cabalística primera letra hebraica. Nunca se ha descubierto un aleph en el mundo real, pero en el universo mágico del calcio sí hay uno. Se llama General Athletics, aunque es más conocido por las siglas Gea, y las fiscalías de Roma y de Nápoles escudriñan en su interior con el afán de desvelar un fenómeno que durante años ha intrigado a la ciencia: ¿por qué los errores arbitrales, los postes, los huecos en el césped y hasta la meteorología actúan siempre a favor del Juventus?

La cabeza de Gea es Luciano Moggi, el ferroviario jubilado que dirige el Juventus (tras estancias en Roma, Lazio, Nápoles y Torino) y, se supone, la totalidad del calcio. Gea gestiona las carreras de más de 180 futbolistas y de 24 técnicos, por lo que sus tentáculos se extienden por todo el país y penetran en todos los clubes. Su vocación alephística se refleja en el elenco de sus directivos: Alessandro Moggi, hijo de Don Luciano; Francesca Tanzi (hija de Calisto Tanzi, ex presidente del Parma y protagonista del mayor fraude empresarial en la historia de Europa); Andrea Cragnotti (hijo de Sergio Cragnotti, ex presidente del Lazio y protagonista del segundo mayor fraude empresarial en la historia de Europa); Giuseppe de Mita (hijo del ex presidente del Gobierno Ciriaco de Mita); Chiara Geronzi (hija de Cesare Geronzi, presidente del megabanco Capitalia); y Davide Lippi (hijo de Marcello Lippi, seleccionador italiano).

La expresión "tráfico de influencias" no alcanza, ni de lejos, a definir lo que, según los fiscales, se cuece en Gea. Luciano Moggi, que en 1993 se libró con una simple multa y un arresto simbólico de una investigación que demostró que, como director general del Torino, obsequiaba a los árbitros con "señoritas de compañía", parecía el último representante de la Italia más tópica y eterna. Pero Silvio Berlusconi cayó, por poco pero cayó. Inmediatamente después cayó Bernardo Provenzano, el jefe supremo de la mafia siciliana, tras más de 40 años en paradero desconocido. Ahora está a punto de caer Luciano, investigado por presunta asociación para delinquir (un delito establecido de forma específica para combatir las mafias) "con el objetivo de cometer fraude en la competición".

Lo único seguro es el cambio en el Juventus. Antonio Giraudo (condenado y luego absuelto por dopar a los futbolistas de la Vieja Señora), Roberto Bettega y el propio Moggi, los tres dirigentes que eligieron un nombre tan siniestro como Tríada (la mafia japonesa) para definirse a sí mismos, protagonizarán la disolución más espectacular desde que en 1970 se pelearon Lennon y McCartney. La familia Agnelli, propietaria de Fiat y del Juventus, expresó ayer a través del heredero John Elkann su total "cercanía a los jugadores". De los directivos no dijo nada, para no tener que decir que ya estaban firmadas las cartas de despido.

Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, mayo 06, 2006

CROMOS DE FÚTBOL por Antonio Roa Márquez

Nota: Un pequeño relato, extraño o, cuando menos, inquietante.


Qué gran ilusión me daba ver de vez en cuando esa colección de cromos de futbolistas. La Liga 1978-1979 era mi favorita. Me la llevaba para ojearla al único lugar donde es posible un momento de soledad, y miraba y remiraba esas caras y esas poses futboleras.

Me pregunto dónde estarán muchos de ellos. Algunos son famosos hoy día. Otros, ni se sabe. De vez en cuando, faltaba algún cromo. Suponía que del tiempo la goma se había resecado. No le di mayor importancia. Pero un día, la noticia de la muerte de Abad, ex futbolista del Español, me llamó la atención. Cogí el álbum y busqué. Y sólo encontré restos de goma reseca allí donde antes se encontraba el finado, con pose humilde de centrocampista luchador. Nervioso, miré al final del álbum, y un sudor frío me recorrió todo el cuerpo. Y es que una foto mía, pegada de broma hacía tiempo sobre un 'último fichaje', también había desaparecido.

jueves, mayo 04, 2006

DISCULPADME, PERO VOY A HABLAR DE FÚTBOL por António Lobo Antunes

Lobo Antunes, un peso pesado de la literatura contemporánea, se asoma al fútbol con una mirada peculiar, tampoco podía ser de otra forma.


Creo que ha dejado de gustarme el fútbol porque ya no hay jugadores que me hagan feliz. Ahora, como dicen los entrenadores, todo es cuestión de profesionalismo, trabajo y paciencia: se acabaron la improvisación, la fantasía, lo inesperado, se acabó mi equipo, Costa Pereira, Mário João, Germano, Ângelo, Cavem, Cruz, José Augusto, Eusébio, Águas, Coluna y Simões, para quienes el juego no era trabajo ni paciencia, era alegría y alma, era el Benfica. El fútbol ha perdido el humor, la poesía, el placer. Simões volvía atrás para regatear otra vez. Germano y Águas poseían una elegancia irrepetible. Ângelo, como el poeta Maiakovski, sólo tenía corazón. Coluna fue, por sí solo, todo un equipo: no jugaba al fútbol, creaba el fútbol, en el que introdujo el poder de la inteligencia y descubrió lo que no existe: la perfección. Se cuenta que un entrenador (aún no los llamaban técnicos)decía, antes de que entrase el equipo, tú haces esto, tú aquello, tú haces eso otro, y después, a Coluna:

-Tú haz lo que quieras

y Coluna hacía, en realidad, lo que quería: sacaba a todo un equipo derecho a ganar. Otto Glória, que sabía de fútbol, afirmó en más de una ocasión que nunca había encontrado a nadie como Coluna. Si Coluna volviese al Benfica, yo volvería al estadio porque, con Coluna en el campo, se acabarían los jugadores burócratas, subordinados, escribiendo memorandos, copiando minutas, distribuyendo circulares. Lo que veo ahora, en los raros momentos en que enciendo el televisor, son subordinados. Escrupulosos, obedientes, aburridos. Una especie de perfección negativa. Una monotonía oficinesca. Paulo Mendes Campos, poeta brasileño a quien le tengo mucho afecto, escribe que Ari Barroso, el gran comentarista, se hacía eco del estilo de Garrincha. Le doy la palabra: "Ari transmitía en la tele un partido del Botafogo y decía pausadamente: Garrincha con la pelota. Va a regatear. Claro. Va a regatear de nuevo. Va a perder la pelota. Atención, una floritura por aquí, otra por allá. Garrincha se la pasa al adversario. Eso no es posible. ¿Lo veis? Garrincha va a regatear de nuevo. Va a perder. ¿Por qué no centró enseguida? Claro que va a perder. Gol de Garrincha". Y añade: "la última fue seca y malhumorada: también a Ari le hicieron un regate en la tribuna". Es justamente eso lo que le pido al fútbol: la improvisación, lo inesperado, la falta de lógica, la locura, el genio. Que me hagan regates. Que me enardezcan. Que me sorprendan. Claro que siguen naciendo jugadores así: sólo que los técnicos, la dirección, los agentes, los transforman en robots previsibles. El único jugador imprevisible que he visto últimamente se llama Ronaldinho y juega en el Barcelona. Entre los portugueses no encuentro ni uno solo: Figo, que parece ser (así dicen) lo mejor que hay aquí, no pasa de un correcto amanuense. Cumplidor. Y a mí no me gustan los jugadores cumplidores. No me asombra, no hace milagros: ejecuta. Es un profesional serio. Y, Dios mío, estoy cansado de los profesionales serios. Lo que quiero es que inventen en el campo lo que Felipe II le pidió al arquitecto del Escorial: "Hagamos lo que sea para que el mundo pueda decir de nosotros que estábamos locos". El sentido común, en el deporte, no me interesa un pimiento: sólo me interesa que me dejen con la boca abierta, que me apasionen, que deliren: "una floritura por aquí, otra por allá. Claro que va a perder. Gol de Garrincha". Pero ¿cómo, si ahora el héroe es un técnico? Pero ¿cómo, si las virtudes son el trabajo y la paciencia? De modo que no me encaja. Me agobia. ¿Y los términos? "Líneas de pase", "presión alta", "armar el equipo". La improvisación truncada, las "jugadas de laboratorio". Voy a un estadio a perder la cabeza, no a mirar por el microscopio. Y, por tanto, ha dejado de gustarme el fútbol: no me hace feliz. Quien me haría feliz sería el entrenador de un equipo de provincias, hace muchos años: el equipo muy preparado, dispuesto a entrar en el campo, y él que trazaba en la pizarra de los esquemas tácticos una cruz con tiza, enorme, de ángulo a ángulo, después de lo cual se volvía hacia los muchachos con un grito que hacía estremecer la cabina:

-No hay tácticas ni medias tácticas: lo que hay que hacer es marearlos.

Así, pues, ésta es la única clase de técnicos que acepto:

-Lo que hay que hacer es marearlos.

Garrincha mareaba, Coluna mareaba, Águas mareaba, Eusébio mareaba o Benfica mareaba. Los amanuenses no marean: repiten lo que el técnico manda. No piensan: reproducen. No crean: copian. Pobre Benfica, pobre fútbol, pobre de mí. Cuando se acaben los técnicos y regresen los eufóricos que entran con pantalones cortos a por todas, sin trabajo ni paciencia ni presión alta ni líneas de pase, yo volveré. Con bufanda, bandera y gorra, abrazando a desconocidos en las gradas, y regresaré a casa haciendo florituras porque yo también seré el que habrá metido el gol. Escribo goal como lo escribiría Paulo Mendes Campos. En su homenaje, por haber llamado a Didi cosa mental. En la época en que el guardameta era un solitario bajo tres estacas, y veinte locos me arrebataban. Dios sería mi amigo y ya va siendo hora de mostrar que es mi amigo, si hiciese nacer a Coluna otra vez.

António Lobo Antunes, escritor portugués

martes, mayo 02, 2006

VOLVÉ PRONTO, ROMÁN por Julio César Iglesias


Más de una semana después de la gran desilusión futbolística de la temporada aún resuenan los ecos de lo que pudo ser y nunca llegó, ese instante mágico que tornó en trágico, las manos en la cara del presidente Roig, el lamento unánime, el silencio en el estadio. Qué pena Villarreal.
Pero si algo recordará ese momento será la mirada perdida de Riquelme, el gran jugador se tornó en fantasma sobre el campo, atravesó la frágil línea que separa la gloria del fracaso, y eso, como tantas otras veces, lo ha dibujado magistralmente Julio César Iglesias.


De pronto, Riquelme supo que vivía en un mundo vertical: la luna del escaparate. Puso aquel balón sobre el punto blanco, se sintió atrapado en una extraña turbulencia y detectó varios fenómenos inexplicables. Descubrió que el cosmos revienta por la garganta y percibió sobre las sienes un fluido sonoro en el que se confundían el sueño de París, la nariz remachada de Van Gaal, las patillas colgantes de Bianchi, los pases curvos al loco Palermo, La Bombonera, el dulce de leche y otros amores de infancia.

Levantó la mirada y comprobó que su pasado y su futuro cabían en dieciocho metros cuadrados de portería. Antes de tomar impulso se dijo que nunca había tenido una lengua tan pastosa, así que decidió sacudirse el hormigueo y reunió las últimas gotas de saliva. Como si el miedo se pudiera escupir.

Entonces le vinieron a la memoria las tres teorías sobre el tiro penal. A saber, podía cruzar los dedos y pulverizar la pelota con el macizo del empeine, o confiar en que el arquero anticipase la estirada y disparar al vacío, o sencillamente elegir una esquina y lanzar un tiro rasante. En el último momento optó por la más conservadora: para mayor seguridad aplicaría la tercera.

Enfrente estaba Lehmann, un descolorido muñeco alemán que, en aplicación de la ordenanza que patentaron sus colegas Bodo Illgner y Oliver Khan, bailaba con la suavidad prusiana de un oficial de húsares o, más exactamente, con la gracia equina del caballo del oficial.

Aquel montón de proteínas podía saltar lo que quisiera, pensaba Román, porque él, Topo Giggio, héroe de la Intercontinental y príncipe del toque, ya tenía la decisión tomada y, mirá vos, todo el tiempo se condensaba en un instante flexible, un temblor de banderas y un zumbido arterial.

Sólo había un problema: en su cabeza teutona, Lehmann también tenía un plan. Lo propio era que Riquelme golpease de derecha a izquierda; conociendo su potencia natural sacaría un morterazo junto al palo: en ese caso no lo alcanzaría ni el gato que atrapa la golondrina. Así, pues, habría que volar hacia el lado contrario por si, entre escupitajo y escupitajo, a aquel zombi de amarillo le daba la ventolera y se decidía por el toque lento, invertido y plano con el que sueñan los porteros en apuros.

Juan Román Riquelme miró la pelota: con su triple anillo rojo parecía el logotipo de Saturno. Lanzó la última perdigonada hacia la hierba, arrancó como un autómata, disparó con amortiguador y vio, horrorizado, que Lehmann atajaba, el mundo se deshacía y las banderas doradas eran en realidad un torbellino de hojarasca movido por el temporal.

Sabemos que aquello fue un cataclismo, pero volvé a la vida, Román.

lunes, mayo 01, 2006

Historias del Calcio. MATRIX


Los asesinos vocacionales se dividen en dos categorías: los organizados y los desorganizados. Los organizados son fieles a un modus operandi y planean con cuidado sus crímenes: un ejemplo clásico es el de Henri Landru, guillotinado en 1922 por el asesinato de 10 mujeres (a las que robó todo el patrimonio) y un muchacho. Los desorganizados improvisan en cuanto se les ofrece una ocasión o cuando se les dispara el ansia de matar, generalmente asociada al deseo sexual: el paradigma es Jack el Destripador, que en 1888 asesinó y mutiló a cinco prostitutas en Londres.

La clasificación organizado-desorganizado resulta igualmente útil en el ámbito de los futbolistas antideportivos. Los organizados son metódicos y suelen elegir con antelación a su víctima: insultan, provocan, pegan discretamente y con eficacia, cuentan con un plan de emergencia (en caso de apuro, alegan que los agredidos son ellos) e intentan coleguear con el árbitro igual que los asesinos procuran establecer vínculos con la policía.

Pavel Nedved, interior del Juventus, es un gran organizado.

Los desorganizados son los que no pueden resistir la tentación de cometer una burrada. Muchos de ellos son encantadores fuera del estadio, visitan a los niños en el hospital y ayudan a los compañeros en dificultades. Pero en cuanto pisan hierba se les cruzan los cables. Quizá resulten menos despreciables que los organizados; son, sin duda, más peligrosos. Hacen faltas terribles, y, en consecuencia, coleccionan sanciones. Que no sirven de gran cosa, porque las cumplen y vuelven a las andadas.

El más notable desorganizado del calcio es Marco Materazzi, central del Inter, también llamado Matrix por su afición a la patada voladora.

Materazzi encabeza la lista de los personajes detestados en el fútbol italiano. El codazo a Sorín en la eliminatoria europea frente al Villarreal fue tremendo, pero nada particular en el historial de Matrix, capaz de alcanzar niveles de violencia realmente extraordinarios. En un Milan-Inter de 2003 le pegó a Shevchenko una patada en las costillas. Un año después, en otro Inter-Milan, clavó la puntera en el pecho de Inzaghi. Luego se ganó dos meses de descalificación por pelearse a puñetazos con Cirillo, del Siena, en el túnel de vestuarios. En octubre pasado realizó una entrada estremecedora a Ibrahimovic. Un senador de la posfascista Alianza Nacional propuso que Materazzi fuera juzgado "como un delincuente común".

El temible Matrix carece del cinismo de los defensas organizados, fieles a un viejo lema italo-argentino ("si sobresale de la hierba, pégale duro; si resulta que es el balón, paciencia") porque lo suyo es el gore irracional, la locura repentina, la violencia gratuita. Su padre, el técnico Giuseppe Materazzi, ha tenido que pronunciar más de una vez la frase "mi hijo no es un asesino", más propia de las crónicas de sucesos que de las páginas deportivas. El propio Matrix llamó una noche a un programa de televisión para gimotear que sus condiciones técnicas eran mediocres y que a veces no podía controlarse. Internet está lleno de insultos a Materazzi. Algunas páginas, como loscarsomaterazzi.splinder.com se dedican en exclusiva a eso, a insultar al "carnicero" Materazzi.

La justicia deportiva hace poco. Hay, sin embargo, otra justicia: la del balón. Ayer funcionó. Empoli-Inter, minuto 92, 0-0. Materazzi controla un balón junto a la línea del centro del campo y, en un arrebato de inspiración, decide cederla hacia atrás. Suelta un globo que pasa por encima del portero y marca, en propia meta, el gol más hermoso de su vida.

La cara que se le quedó a Matrix valió por varias sanciones.

Enric González es autor de Historias del Calcio