Este blog nace en 2004 para recoger los mejores artículos de ENRIC GONZÁLEZ en El País, El Mundo, o donde le dé la gana. A partir de ahí, aquí cabe todo aquello que pueda robar a quien quiera que escriba algo, lo que sea, que no me haga sentir imbécil cuando se hable de fútbol. JM Román
martes, junio 06, 2006
MÁS PUBLICIDAD ARGENTINA
No defrauda, pero he vuelto a acordarme de como se me puso la piel de gallina la primera vez que vi aquel spot de la misma marca cervecera, no recuerdo si era 2001 ó 2002, y en pleno corralito un país en la ruina necesitaba algo de lo que siempre le estaba dando a su Selección, el aliento. Ahora eran los jugadores de la albiceleste los que animaban con el Vamos, vamos Argentina a todo un país que necesitaba fuerzas para levantarse y salir adelante.
domingo, junio 04, 2006
HIPOCRESÍA EN EL TRÁFICO DE GENTE por Juan Cruz

Un artículo para poner sobre la mesa un asunto gravísimo, se ha dicho que se está luchando contra él pero la impresión es que todo el mundo está mirando hacia otro lado. El mercado de la carne femenina unido al fútbol se abre en Alemania y nadie parece que lo vaya a parar.
Un acontecimiento como el Mundial precipita metáforas de la vida. La controversia acelerada por la evidencia de que ésta es una gran ocasión para los mercachifles de la prostitución esconde una de esas metáforas, subrayada ahora por Elena Valenciano. Cuando se trafica con armas, las naciones, incluso las que trafican, muestran el resquemor adecuado para lavar su mala conciencia: se trafica con armas en todo el mundo y para todo el mundo, pero parece que unos tráficos son mejor recibidos que otros. Cuando se trafica con material humano -inmigrantes, mujeres, niños, órganos...- la hipocresía internacional se pone más en evidencia.
Las legiones de prostitutas que están siendo reclutadas, sobre todo en los países del Este, no están formadas sólo por aquellas que ya tienen acreditado su oficio; entre ellas los chulos internacionales trafican con mujeres captadas desde la miseria, con el señuelo de un trabajo que les va a cambiar la vida. Los vacíos legales existentes, y la indecencia, han hecho que prosperen negocios terribles que se basan en las normas viejas, nunca abolidas, de la esclavitud.
Que Alemania, tan cuidadosa en algunos aspectos de los derechos humanos, pase por alto el contenido fraudulento del negocio que se avecina es un ejemplo de esa hipocresía que siempre se denuncia pero que nunca se erradica.
sábado, junio 03, 2006
GUARDIOLA: EL GUARDIÁN DE LA MEMORIA por Jorge Valdano
Mi primera formación futbolística la recibí en Sudamérica, por eso entiendo al medio centro desde la presencia y la sabiduría, como Pipo Rossi; desde el grito y la personalidad, como Obdulio Varela; desde la técnica para la distribución, como Didí. El heredero deslumbrante de esa estirpe se llama Pep Guardiola, hace su juego en Barcelona y no se cansa de batallar contra la decadencia. Guardiola es un creyente de cierto estilo de fútbol y lo defiende con ardor mesiánico en el campo de juego y en la mesa de bar. El tema me obsesiona porque estamos ante un jugador que, en medio de la consagración de la mediocridad, defiende ideas grandes. Usémoslo, entonces, como ejemplo.
Jugando al futbol es un excelente entrenador. Piensa tanto en el partido antes de jugarse el partido, que cuando juega el partido siempre nos queda la impresión de que el partido que está jugando ya lo jugó varias veces. De tanto pensar fue suplantando la mirada por la memoria. El partido que Pep se imagina tiene el campo dividido en once cuadrículas y la del medio se la reserva para él. Entre cuadrícula y cuadrícula el que corre es el balón, nunca el hombre. Cuando las cuadrículas no están ocupadas como él se imaginó se siente incómodo, perdido, como un ciego que entra en una habitación con los muebles cambiados de lugar. Puede ocurrir, por ejemplo, que Guardiola entre en contacto con la pelota y los extremos no estén pegados a las bandas, en ese caso los considera traidores a la causa de su fútbol. En esto es tan fundamentalista que si tiene que jugar un partido en la playa pone a un compañero en la orilla del mar y a otro en la escollera. De lo contrario que no cuenten con él. Sólo se siente peor cuando un compañero le invade su propia cuadrícula porque, celoso al máximo de la propiedad privada, termina con el mismo tipo de irritación que siente cualquiera que encuentra ocupado su sillón favorito en el salón de casa. Pep, antes de buscar acomodo en otro lugar, es capaz de sentarse encima del intruso.
El fútbol de Guardiola parece espontáneo, pero no lo es. Como esos conferenciantes que preparan el discurso hasta sabérselo de memoria y luego exponen, sin apoyarse en ningún papel, la noble mentira de la espontaneidad. Le da placer encontrar en el campo lo que se imaginó fuera. Si hasta ahora el gran jugador era aquel capaz de hacer lo imprevisible, desde Guardiola hay que reconocer otro modelo de gran jugador: él capaz de perfeccionar lo previsible. Aquel provocaba asombro, a este se le disfruta desde el sentido común: de hecho es muy difícil no estar de acuerdo con las ocurrencias almacenadas por Pep.
Es como la estatua del héroe de la ciudad que vigila dominante desde el centro de la plaza, como el reloj altivo e imprescindible de la estación de tren, como el guardia de tráfico que le pone orden y calma a la caótica circulación. Ahora pasen todas estas alegorías por la risa para desacralizarlas porque esto es futbol y conviene no pasarse de serios. Sólo pretendo buscar imágenes para que sitúen a Pep como símbolo, referencia y eje futbolístico en el centro mismo del Camp Nou. Y todavía no empezó el partido.
Si un jugador le da más de tres toques al balón en el centro del campo, lo excomulga con un comentario definitivo: "no sabe jugar al fútbol". Como su partido lo juega a dos toques, ha desarrollado al máximo la técnica del control y el pase, hasta dar lecciones de precisión en velocidad. Conducir, regatear y tirar, no forman parte de las necesidades básicas de su juego; nadie podrá decir que se trata de defectos o carencias, porque una de las manifestaciones menos reconocidas de la inteligencia de Guardiola, es que sabe esconder lo que peor hace. Tampoco con su físico hay que hacerse muchas ilusiones, pero como él conoció pronto esas carencias, las incorporó a su proceso de aprendizaje.
Guardiola es un hijo catalán de la escuela futbolística holandesa. A sus tendencias personales, hay que agregarle los geniales consejos de su admirado Johan Cruyff y, finalmente, el método académico y sistemático de Van Gaal, esas tres son las capas geológicas más sólidas de su personalidad futbolística. A estas alturas de su evolución, Pep entiende que un equipo es como un cerebro colectivo y el futbol, antes que "un sentimiento con el que se juega" es una idea con la que se divierte. "¿Sabes qué placer da ver aparecer los espacios que tú has provocado?" Pregunta con cara de iluminado.
Ahora sí empezó el partido y esta vez lo imagino con las cartas de navegación bajo el brazo espiando espacios vacíos por donde pase un balón, buscando lugares propicios para provocar la superioridad numérica, detectando sitios en donde los especialistas puedan hacer la apuesta del mano a mano. En el respeto al juego, en su intención de no regalar nunca la iniciativa, en el contagio de su amor por lo que hace, reconozco en Pep al medio centro de toda la vida, atravesado por todas las grandes tendencias del último siglo. Guardiola es una culminación porque hace lo que debe y siempre sabe los "porqués". Discutimos, porque yo siempre he preferido a los futbolistas y a los hombres con respuestas espontáneas antes que premeditadas, pero a pesar de la tenacidad de nuestras ideas no puedo dejar de hacer una excepción y admirarle la pasión, la convicción y el compromiso puestos al servicio de una hermosa geometría en donde el balón baila con exactitud.
martes, mayo 30, 2006
OTRA CULTURA DE SELECCIÓN
Publicidad de CTI apoyando a la albiceleste
Te entran ganas de entonar el Vamos Argentina Vamos!
EL MUNDIAL por Manuel Rivas
Los habitantes, los agentes de policía, los bandidos y los presos de São Paulo están deseando que llegue el Mundial de Fútbol. Una de las principales demandas planteadas en los motines carcelarios era la dotación de televisores en las prisiones. Según las noticias, entre otras exigencias, los amotinados pedían unos cien aparatos para poder sintonizar los partidos. Ha habido más de cien muertos. Son muertos de carne y hueso, caídos de este lado de la pantalla. La televisión, tantas veces catalogada como escuela de violencia, aparece en esta ocasión como un agente pacificador. Y el fútbol, factoría de fanatismos, se presenta en este caso como un ansiado periodo de tregua. El balón, con esa forma de globo terráqueo con las cicatrices cosidas, irrumpe dando botes hipnóticos, y es posible que, mientras dure el campeonato, las calles de São Paulo sean remansos de paz.
Yo también espero que llegue el Mundial. Es por la escalera. He estado escribiendo durante un tiempo en una buhardilla de un edificio de once pisos. Como ejercicio para atenuar ese efecto de las largas sentadas que los portugueses denominan cu de chumbo (culo de plomo), me propuse bajar y subir la escalera y renunciar al ascensor. Mis expediciones coincidían con el horario de los noticiarios de radio y televisión. En cada descansillo, me atacaba un suceso, salido de los televisores, que aporreaba la puerta, me daba un manotazo y se lanzaba atronando por el hueco de la escalera. Incluso escuché la noticia de que un ministro de Defensa se había abalanzado contra una manifestación de víctimas del terrorismo e intentó agredir a miles de personas, por lo que había intervenido la Gestapo. Otra noticia que me impresionó mucho fue la de un dirigente político que hablaba de avalanchas de inmigrantes delincuentes traídos por una agencia de viajes del Gobierno, y a los que se proveía de un salvoconducto y una pata de cabra. Empecé a entender el porqué no había nunca nadie en la escalera y el porqué los vecinos de más edad permanecían atrincherados en sus casas. Comprendí también, por fin, en qué consiste la Ley de la Adicción a las Especies Picantes, enunciada por Karl Popper. Ahora voy en el ascensor. No volveré a la escalera hasta que empiece el Mundial.
Manuel Rivas es escritor
domingo, mayo 28, 2006
ACUSE DE RECIBO
jueves, mayo 25, 2006
LA TRAMA DE 'DON LUCIANO' por Enric González
Ni el más paranoico de los aficionados al calcio pudo sospechar que todo estuviera amañado. Nada quedaba en manos del azar o del talento deportivo. Durante años, un grupo criminal encabezado por Luciano Moggi, director general del Juventus desde 1994, controló todos los estamentos del fútbol italiano y manipuló sistemáticamente los resultados. En esos doce años, la Vieja Señora de Turín ganó siete títulos de Liga.
La red de Moggi era todopoderosa y abarcaba la Federación, la Asociación de Árbitros, la compraventa de jugadores y hasta la moviola televisiva. Las fiscalías de Nápoles, Roma y Turín investigaron a fondo y en el mayor de los secretos la temporada 2004-05, grabando las conversaciones telefónicas de Moggi y decenas de sus cómplices, y han elaborado un sumario, centenares de miles de páginas, en el que se demuestra que el fraude era absoluto. El calcio dejó de ser una competición para convertirse en un simple espectáculo, rentabilísimo para sus organizadores y para el Juventus.
Las decisiones judiciales tardarán tiempo en conocerse. Serán necesarios años de juicios y apelaciones para que se resuelva el aspecto penal y quizá más para aclarar las demandas civiles: las asociaciones de consumidores preparan una demanda por fraude y exigen la devolución del dinero porque quienes pagaban el abono del estadio o compraban partidos de pago por televisión creían vivir emociones en directo cuando la función era tan previsible como La venganza de don Mendo.
Las sanciones deportivas, en cambio, deberían llegar ya a principios de julio con el fin de anunciar a tiempo a la UEFA qué equipos disputarán las competiciones europeas el próximo curso. Puede darse por seguro que la Juve no estará en Europa, sino en la Serie B o más abajo. El Lazio, el Fiorentina y el Milan también corren riesgo por cooperar, en mayor o menor grado, con don Luciano, el antiguo ferroviario de Civitavecchia que logró adueñarse del calcio.
Lo peor, sin embargo, no es que una institución tan gloriosa como el Juventus, la más importante, quede manchada y humillada por el descenso. Lo peor vendrá después. ¿Quién será capaz de creer en adelante en la honradez? ¿Quién podrá creer que los errores de los árbitros son involuntarios? La Federación ha sido intervenida por el Comité Olímpico y su nuevo gestor, Guido Rossi, antiguo vigilante de los mercados bursátiles, tiene la misión de limpiar a fondo. Lo tiene difícil porque no bastarán unas semanas para esclarecer responsabilidades. El diario de la Conferencia Episcopal, Avvenire, proponía una temporada sin fútbol como sacrificio catártico y plazo imprescindible para estudiar un sumario que abruma a los jueces. Moggi tenía una decena de teléfonos móviles y recibía una media de 416 llamadas diarias: más de 100.000 en un año. Sólo estudiar esas transcripciones es una tarea ingente.
De esas llamadas, de las efectuadas por sus cómplices y de los interrogatorios efectuados hasta ahora se puede deducir, más o menos, cómo funcionaba el fraude.
Árbitros
El delegado de Moggi en el colectivo arbitral era un hombre "con una aguda capacidad delictiva y una gran habilidad para borrar pistas y pruebas", según los informes preliminares de la fiscalía de Nápoles. El hombre en cuestión, Massimo de Santis, era, tras la jubilación de Pierluigi Collina, el árbitro más prestigioso de Italia y habría participado en la Copa del Mundo si los fiscales no le hubieran inscrito en la lista de investigados. De Santis, de acuerdo con sucesivos encargados de la designación de los árbitros para los encuentros de la Liga, decidía quién alcanzaba la internacionalidad y quién descendía a las categorías inferiores.
Los interrogatorios han permitido descubrir que De Santis instruía a los colegiados desde que empezaban, y promocionaba a los más dóciles. Quienes se equivocaban, como Paparesta, que hizo perder un partido a la Juve, eran humillados -Moggi le encerró en el vestuario tras el partido- y obligados a pedir perdón a don Luciano. Quienes no se sometían al sistema impuesto por De Santis y el dúo encargado de asignar los colegiados, Bergamo y Pairetto, dejaban de arbitrar.
De Santis, que conducía un Jaguar y dirigía los encuentros más delicados, se encargó personalmente de un Livorno-Siena que concluyó 3-6 -había que castigar al presidente livornés, Aldo Spinelli, por oponerse al sistema Moggi- y un Lecce-Juventus que concluyó 0-1 y en el que el Lecce fue masacrado: 55 faltas. Tras el lance, la Juve le regaló 23 camisetas oficiales.
Además de De Santis, han sido suspendidos otros ocho árbitros de máximo nivel. Las grabaciones dejan claro que la conspiración no se limitaba a asegurar arbitrajes favorables al Juventus y otras sociedades amigas, como el Lazio o el Messina, o a asegurarse del descenso de las enemigas, como el Bolonia. También se mostraban abundantes tarjetas -establecidas al margen de lo que ocurriera en el campo- a los equipos que la semana siguiente debían enfrentarse a la Juve para que, al menos, uno de sus jugadores importantes estuviera sancionado.
Banca
Luciano Moggi tenía aliados excelentes en el sector financiero. Entre los miembros de la sociedad General Athletics World (Gea), dirigida por su hijo, Alessandro, figuraba Chiara, hija de Cesare Geronzi, gran patrón de Capitalia, uno de los mayores bancos italianos. Según la Fiscalía de Nápoles, esa conexión fue utilizada en 2004 para desmantelar al Roma, competitivo -había ganado el scudetto en 2001- y que se negaba a plegarse a Moggi.
En la primavera de 2004, el Roma, propiedad del magnate petrolero Franco Sensi, había acumulado con Capitalia una deuda de 154,3 millones de euros. El Juventus quería a su técnico, Fabio Capello, y al centrocampista brasileño Emerson. Moggi pretendía además que el Roma entrara en el redil de los dóciles. Para ello utilizó a Capitalia, que hizo saber a Sensi que toda resistencia a los deseos del Juventus provocaría un corte del flujo crediticio y complicaría las negociaciones con Sky sobre los derechos televisivos.
Abrumado, Sensi cedió. Mientras Capitalia reestructuraba favorablemente la deuda del Roma e ingresaba en el capital de Italpetroli, la sociedad de Sensi, Capello y Emerson partían hacia Turín y Rosella Sensi, hija de Franco y más comprensiva con la Juve, tomaba las riendas del club. El 23 de octubre de 2004, Moggi habló por teléfono con Claudio Lotito, presidente del Lazio, el gran rival del Roma, "Has puesto el pie en el cuello de [Franco] Sensi, ¿eh?. ¡Qué ganas de reír! Has hecho bien", dice Lotito en la conversación grabada por la policía. "Ese pobrecillo ha quedado totalmente fuera de juego", responde Moggi.
Prensa
Los aficionados tienden a creer que la moviola no miente. Sí, puede mentir. En una llamada al técnico del popular programa El proceso de Biscardi, en el que cada lunes se analizaban las jugadas dudosas, se escuchaba a Moggi dar instrucciones para que un clarísimo fuera de juego del Juventus, que no se pitó y fue gol, se convirtiera "en algo de unos 20 centímetros, dudoso, un error arbitral comprensible". El canal Sette ha cancelado el programa de Biscardi.
Los designadores arbitrales, por su parte, tenían hasta 2005 una columna en La Gazzetta dello Sport en la que analizaban las jugadas conflictivas. Tras una pieza especialmente escandalosa, en la que omitían un clarísimo error que dio la victoria al Juventus, el director del diario cortó la colaboración, pero no explicó los motivos. Ha dado explicaciones esta semana, con más de un año de retraso.
Futbolistas
Eran simples peones. Hacían lo imposible para que les representara Gea por razones obvias: en esa sociedad, dirigida por Alessandro Moggi, trabajaban, además de Chiara Geronzi, hija del patrón de Capitalia, Davide, hijo del seleccionador nacional, Marcello Lippi. Gea tenía en su escudería a más de 200 futbolistas, muchos de ellos convencidos de que pagar una comisión a la firma de los Moggi les abriría la puerta de la internacionalidad.
Gea, que en los últimos cinco años obtuvo unos beneficios cercanos a los seis millones de euros, ostentaba una situación casi monopolística en el mercado italiano y podía decidir quién compraba, quién vendía y a qué precios. Cuando un club insumiso se negaba a vender al Juventus, aconsejaban al futbolista en cuestión que jugara mal y alegara depresión: eso ocurrió con Emerson (Roma), Ibrahimovic (Ajax) y Cannavaro (Inter). En el caso de Ibrahimovic y Cannavaro, la fiscalía sospecha que parte de sus contratos se pagaba en dinero negro.
Policía
Don Luciano conocía con antelación los pasos de la justicia porque contaba con la cooperación de un grupo de policías en las fiscalías de Nápoles, Turín y Roma. Esos agentes le procuraban escolta a él y a sus amigas -para tareas tan peligrosas como ir de compras o al dentista- y atendían hasta el más mínimo de sus deseos. Incluso un general de la Guardia de Finanzas, suspuestamente encargado de evitar la corrupción en el fútbol, estaba a sus órdenes. Moggi pagaba un precio muy barato por todo eso: los policías recibían entradas, tenían acceso a los futbolistas y se veían con pequeños regalos.
martes, mayo 23, 2006
‘PORCO’ CALCIO (Editorial El País)
Editorial del domingo 21 de mayo de 2006 en El País en el que no se aporta nada nuevo al escándalo que ha estallado en el fútbol italiano aunque sí presenta de forma clara y a grandes rasgos que está sucediendo, y sobre todo que puede pasar fuera de Italia, me quedo con eso.
El fútbol italiano toca fondo. Su buque insignia, la Juventus, se dirige, casi con toda seguridad, a una condena al descenso de categoría y a la pérdida de los dos últimos títulos ligueros por la implicación directa, a través de su ex director general Luciano Moggi, en la designación de árbitros, arreglo de partidos, coacciones y apaños en la compraventa de jugadores. La degradación rebasa con creces escándalos anteriores, como el de las quinielas clandestinas que llevó al Milan a la Serie B en los ochenta, la falsificación de pasaportes de extranjeros de origen italiano o el dopaje en los noventa. Ya no se trata de fenómenos más o menos localizados de corrupción, sino de un amplio y complejo entramado mafioso dirigido por Luciano Moggi, Lucianone para los amigos, un napolitano ex ferroviario que rondó por diversos clubes antes de recalar como director general en la Juve, la Vecchia Signora, propiedad de la Fiat y de la familia Agnelli.
La consecuencia de este escándalo es que el ambiente en el fútbol italiano ya no es de crisis sino de putrefacción. Las culpas, acusaciones y sospechas se extienden sin cesar, salpican a dirigentes de la Juve pero también al Milan, al Lazio y a la Fiorentina, a la cúpula de la Federación Italiana de Fútbol, a varios árbitros (uno de ellos designado para el próximo Mundial de Alemania), futbolistas, periodistas, policías y oficiales de la Guardia de Finanzas. La trama está aderezada hasta con dinero negro refugiado en cuentas secretas en la banca vaticana de una sociedad de Moggi para la compraventa de jugadores.
Muchos intuían el lodazal del calcio pero nadie sus dimensiones. Comenzaron a perfilarse con las escuchas telefónicas que la policía inició hace más de un año. Independientemente de la presunta responsabilidad penal de los implicados, el caso refleja una cultura perfectamente pervertida del deporte y del fútbol en particular. Las ingentes sumas manejadas en la televisión y en la comercialización de marcas están en su origen. Pero sería hipócrita y equivocado concluir que la corrupción en el fútbol es un fenómeno exclusivamente italiano. Los recientes escándalos en Alemania, mucho menores, lo demuestran. En España no hay indicios de que el fútbol haya ya caído en manos mafiosas. Pero tampoco faltan las sospechas.domingo, mayo 21, 2006
EL FÚTBOL ES EL APIO DEL PUEBLO por Francisco Correal
Si Artur Mas y Joan Saura creen que el triunfo del Barcelona en la Liga de Campeones puede redundar en un apoyo hacia el Estatuto –no hagamos preelectoralismo recordando que en los ocho años de Gobierno Aznar el Madrid obtuvo tres trofeos continentales–, a partir de esa visión tan terrícola del fútbol que en boca de estos políticos lo convierte en el apio del pueblo podemos deducir que el abrazo sincero y de estación de tren que Xavi Hernández le dio a la reina Sofía minará la soberbia de Esquerra Republicana. Ese real abrazo en la noche de París, que suena a canción de La Unión inspirada en un relato de Boris Vian, es más demoledor para los de Carod-Rovira que la remodelación del Gabinete.
Terminó el fútbol y empieza el Mundial. Terminó Cristo y empieza Dios. Ayer oí a un erudito a la violeta mofarse en una emisora de los que defienden como derecho inalienable la visión en abierto de los partidos del Mundial. Justo después de su comentario, esa misma emisora pregonaba la conveniencia de abonarse a la televisión de pago para ver los partidos. Cosas veredes. En 1974 había dos Alemanias y una sola cadena de televisión, vivía Franco y pudimos ver todos los partidos de aquel Mundial de Alemania; 32 años después, hay una sola Alemania y un sinfín de cadenas, pero el que no pague o piratee o lo convoque Luis Aragonés se queda sin Mundial, o termina como terminamos hace cuatro años, en el Mundial de los bares. Haciendo nuestra la sentencia de Antonio Díaz-Cañabate en Historia de una taberna: "Las desgracias no entran en la taberna; los desgraciados, sí".
Señor erudito a la violeta, pánfilo de la mercadotecnia, althuseriano a la remanguillé: el Mundial de Fútbol es la medida exacta de los bisiestos del alma. La máquina de precisión en la que se ajustan nuestros recuerdos, la frecuencia de nuestro crecimiento. A Sebastiao Salgado, fotógrafo brasileño, nadie le tiene que dar lecciones de solidaridad, porque se ha pasado media vida contando con su cámara de fotos los desgarros de la guerra y del hambre, las secuelas de la barbarie y del genocidio. Hace unos años le dieron un premio muy importante por su trabajo. Era año de Mundial y el periodista le preguntó por sus planes futuros, esperando que Salgado le diseñara su itinerario de guerras y miserias. Le respondió al periodista que era brasileño y que su proyecto inmediato era encerrarse en su casa para ver todos los partidos del Mundial.
En el primer Mundial de mi memoria, Inglaterra 66, el recuerdo iniciático coincide en nombre y apellido con el que abre esa caja de tesoros balompédicos que es el libro de Nick Hornby Fiebre en las gradas, la historia de una pasión por los colores del Arsenal, equipo londinense que dándole la vuelta a la gamberrada dialéctica del antibarcelonismo ha ganado las mismas Copas de Europa que el Logroñés, el Calavera o el Vandalia de Peligros. Ese recuerdo se llamaba Gordon Banks, el portero inglés de rasgos chinescos. Infancia, adolescencia, juventud, madurez saltan de cuatro en cuatro años. La legislatura más milimétrica. Proust redivivo.
viernes, mayo 19, 2006
DIATRIBA IMPERTINENTE por Gonzalo Suárez
Cada vez está más cerca el Campeonato del Mundo así que habrá que seguir recuperando historias para ir calentando motores. Hoy un artículo del director de cine Gonzalo Suárez sobre la Selección Española que participó en el Mundial de Estados Unidos en 1994.
La selección española no cree en Billy Wilder, ni siquiera en Dios. La carencia de humor le confiere seriedad. El don de la adustez es su mayor virtud. Y, tras toda virtud, acecha la mediocridad. Sus alardes de fe son voluntaristas, su juego también. Lejos del estado de gracia de Nigeria, por ejemplo. O de la exultancia de Maradona, cuyas proclamas divinas han conseguido que Dios esté más preocupado y ocupado de Argentina en el Mundial que de los tutsis y hutus en Ruanda. Los argentinos, Maradona mediante, están en las manos de Dios. Los españoles en las de Javier Clemente. La diferencia es obvia. Dios juega con los palos y las manos, Clemente con estrategias y cálculos. Dios se divierte, Clemente no. Su susceptibilidad a flor de piel contagia al equipo un talante masoquista y sufriente. Ha confeccionado una selección condicionada por su carácter, que se afirma más llevando la contraria que por el peso de su propia personalidad. Esto nos aboca a comportamientos siempre agónicos, en función del rival. Vamos a sudar tinta en este Mundial, y no precisamente por el calor, para el que Javier Clemente nos preparó en... ¡Cantabria!, sino por la rigidez colegial que nos hará pasar exámenes sin alegría, pendientes siempre de lo que hagan los demás.
Los jugadores en manos de Clemente me recuerdan a esos actores que se saben el papel para poderlo recitar, pero no tan bien como para poderlo olvidar e interpretar. Tienen la lección prendida con alfileres y los alfileres clavados en nuestra esperanza, impidiéndola volar.
Este equipo es lo que es y ha sido concebido para no soñar. Para cumplir con los designios nada inexcrutables de un entrenador cuya máxima ambición es no arriesgarse al ridículo de un regreso prematuro. Serio, demasiado serio.
Conocedor y temeroso de los rivales, encubre su miedo simulando una seguridad en sus propios criterios que está lejos de sentir. Tozudo y concienzudo, sardónico, frecuentemente irritado e irritante, su astucia está fuera de duda y su profesionalidad también. Es, al parecer, el más adecuado para la tarea que le ha sido asignada probar fortuna sin tentarla. Asumir e imponer los límites de antemano. No ir nunca más allá de lo que estrictamente se le puede exigir. Confía en que las circunstancias acaben dándole la razón, y reconviertan en pragmática una propuesta carente de imaginación.
No caigamos, sin embargo, en la veleidad de suponer que podría ser de otra manera.
Como dijo Jean Renoir, "lo mejor es enemigo de lo bueno". Demos por bueno lo que tenemos, por si acaso es lo que de verdad nos corresponde, y dejemos de lado los sempiternos ejercicios de crispación.
Mi amigo Fernando Trueba ganó el Oscar porque creía en Billy Wilder, Maradona no ganará este Mundial ni con la mano de Dios, confiemos en Bolivia sin deshacer las maletas y busquemos los resquicios por donde todavía se cuelan retazos de ilusión.
En este, Mundial hay fútbol. Equipos más fuertes, jugadores más técnicos, selecciones más homogéneas y mejor preparadas. Todo puede pasar. Ni el catastrofismo del partido con Corea, ni el triunfalismo del empate con Alemania deben llevarnos a engaño.
La pelota está en el tejado y, caiga del lado que caiga, no tenemos que permitir que nada ni nadie, ni Dios ni Clemente, nos arrebate el buen humor.
El fútbol es sólo un juego para pasarlo bien, ¡qué Dios sea clemente con nuestra esforzada selección!
Gonzalo Suárez, director de cine, periodista y escritor.
miércoles, mayo 17, 2006
LA FIEBRE DE UN VIEJO "GUNNER" por Santiago Segurola
El fútbol nació en Inglaterra para disfrute de la clase obrera. No faltaron excelentes periodistas, como Geoffrey Green o Hugh McIlvaney, capaces de establecer su influencia entre la clase alta y los intelectuales. Pero en el rígido sistema de clases británico, el fútbol era materia para los tabloides sensacionalistas. Los escritores observaban el fútbol con una frialdad desdeñosa. Si tenían algún interés, se dirigía al rubgy o el cricket. Un libro cambió radicalmente la mirada: Fever pitch. Lo escribió Nick Hornby, periodista de The Independent. Nacido en 1957, Hornby estaba marcado por dos pasiones. Combinaba su afición por el fútbol con el entusiasmo por la música pop y sus derivados. Con ingenio, excelente humor, enorme conocimiento y un estilo brillante, Hornby se convirtió muy pronto en una referencia casi contracultural. De lectura obligada, sus artículos generaban la clase de interés que producía aquello de lo que escribía. Hornby tenía una hinchada detrás. Y no sólo en el Reino Unido. Los pocos iniciados en Nick Hornby comentaban sus piezas en España, Holanda o Italia. Se trataba del desconocido con más seguidores en el periodismo futbolístico. Su éxito no podía esperar más. Era cuestión de poco tiempo. En 1993, publicó Fever Pitch, la historia de un joven hincha del Arsenal que mezcla, con un entusiasmo neurótico, su pasión por el fútbol, la música y las mujeres. En los tres campos, Hornby acredita un gusto exquisito. Escrito con mucha clase y una ironía sutil que comienza en un primer párrafo memorable, Fever Pitch parecía destinado a convertirse en un libro de culto para sus seguidores. Fue mucho más que eso. Se convirtió en un éxito mundial. En España se tradujo como Fiebre en las gradas, con una pésima traducción que destrozó la divertida peripecia del protagonista. El academicismo de la traducción no cazó ni uno de los giros que hacían de Fever pitch el libro que todos los aficionados habrían deseado escribir. Su éxito fue inmenso, pero su influencia resultó todavía mayor. Desde Fever pitch, el fútbol ha roto los diques clasistas en Inglaterra.
El fútbol está de moda en todas las clases sociales, entre escritores, analistas, ensayistas, políticos y hombres de negocios. Hornby acabó con los prejuicios y comenzó una imparable carrera literaria, como títulos como Alta fidelidad -novela llevada al cine por Stephen Frears- o About a boy, que también ha merecido una adaptación cinematográfica. Aunque nunca más ha escrito sobre el Arsenal y el fútbol en sus libros, seguro que Hornby seguirá la final de París con la devoción de un viejo gunner.
lunes, mayo 15, 2006
EL JUVENTUS, PRESUNTO GANADOR DEL SUPUESTO CAMPEONATO ITALIANO
El Juventus de Turín se convirtió ayer en el presunto campeón de lo que en ciertos medios se considera la Liga italiana. El equipo blanquinegro obtuvo una supuesta victoria, 0-2, frente al Reggina, lo que le permitió mantener sus teóricos tres puntos de ventaja sobre el Milan y coronar, al parecer, 74 jornadas consecutivas al frente de lo que las autoridades federativas, antes de ser destituidas bajo acusaciones de corrupción rampante, solían definir como "clasificación".
Los jugadores juventinos realizaron un simulacro de celebración sobre el césped y se largaron, cariacontecidos, a esperar el desenlace de lo que, a tenor de todos los indicios, podría ser calificado como el mayor fraude deportivo de la historia mundial. El fiscal napolitano Giuseppe Narducci dijo ayer mismo que la presunta banda criminal creada por el director general del Juventus, Luciano Moggi, para controlar la federación, los árbitros, los resultados de los partidos y hasta la moviola televisiva, era "peor que la mafia".
Moggi, con una supuesta lágrima en los ojos, se declaró "inocente" y "destruido" y anunció que dejaba para siempre el fútbol. Posiblemente había leído en los periódicos las transcripciones de sus propias conversaciones telefónicas: después de leer esa retahíla de amenazas, conspiraciones, chanchullos, corruptelas, pactos secretos y obscenidades, era imposible pensar en el calcio y no sentir arcadas.
Silvio Berlusconi, propietario (según el registro mercantil) del Milan y hombre célebre por su escrupuloso cumplimiento de la ley, exigió "la restitución inmediata" de los títulos ligueros de 2005 y 2006: daba ya por seguro que el Juventus, que hace un año y ayer mismo pareció ganarlos, sería privado de ellos y que pasarían automáticamente al segundo clasificado.
Resultaba bastante probable que el Juventus los perdiera, pero no tan probable que se los llevara el Milan: eran muchos los partidarios de que ambos campeonatos quedaran desiertos como recordatorio eterno de un fraude que no debía (en teoría) repetirse.
¿El Juventus, a Segunda? Pues sí, para no dar la razón al grupo de atontados que ayer, haciéndose pasar por tifosi juventinos (mejor no pensar que lo fueran realmente), colgaron en el estadio una pancarta con el siguiente texto: "El fin justifica los medios". Hundir al Juventus en las divisiones inferiores sería, en términos de repercusión social, como colocar al Real Madrid en Tercera o peor. No hacerlo equivaldría a aceptar que los tramposos ganan siempre.
Esta presunta columna opta por adherirse al fraude clamoroso del calcio y se copia a sí misma, en versión del 21 de febrero de 2005: "La verdad, en el calcio" es sólo una. La verdad se llama Luciano Moggi y es un señor calvo residente en Turín. Luciano Moggi es una de las pocas personas que saben por qué ocurre lo que ocurre". Él (supuestamente) lo sabía. El resto de Italia y del mundo se limitaba (supuestamente) a sospecharlo.
Que los jueces hagan ahora lo suyo, si les dejan. Afortunadamente, según fuentes oficiales, el campeonato se ha acabado. ¡Qué asco!
Enric González es autor de Historias del Calcio
sábado, mayo 13, 2006
DOS RECOMENDACIONES
Esperemos acontecimientos, aunque tengo la sospecha de que ahora si va a ser algo más que una tormenta en un vaso de agua.
SEMIFINALES (DOS SONETOS) por Joaquín Sabina
Los últimos sonetos publicados por Sabina en la sección Esta boca es mía de Interviu
"1. Para Riquelme con devoción
Déjame compartir, Román, hermano,
lo que sufrí, lo que gocé contigo,
Villarreal seduce al buen villano
que tiene un Arsenal por enemigo.
Gulliver, Liliput, Goliat, fulano
de tal y pongo al Diego por testigo
del bendito penal, maldita mano
de un Lehmann que levita, sumo y sigo.
Orgullo de los pibes, vente arriba,
ya sabes que los árbitros con IVA
no quieren dos equipos españoles,
quiero decir dos payos catalanes,
Castellón de la Plana tiene planes
para Riquelme, fábrica de goles.
2. Para Guardiola
Ronaldinho, alirón, Samuel en vena,
dulce condena contra un Milan cojo
que se ufana en ganar malgrat la pena
de atreverse a borrar su trampantojo.
Ancelotti suspira con gangrena,
Rijkaard no diu ni res ni guiña un ojo,
Berlusconi es un calvo con melena,
un duce que se quema en un rastrojo.
Catenaccio, balones a la olla,
remates con la nuca y con la polla,
Kaká no remontó la remontada.
¿Mi táctica? La samba y el fandango.
¿Mi hoja de ruta?, fruta con tamango.
¿y París? Una puta mal follada.
Campos Elíseos, mayo de 2006"
miércoles, mayo 10, 2006
FÚTBOL DE PAPEL por Sergi Pàmies
De una época en la que escribir sobre fútbol se consideraba una traición intelectual hemos pasado a un entusiasmo que multiplica los ejemplos de sana convivencia entre lectura y balón. Sin entrar en la oportunista producción de hagiografías de jugadores, el siglo XX ha generado una amplia bibliografía que puede servir para matar los tiempos muertos del Mundial. El novelista norteamericano Robert Coover, por ejemplo, escribió un texto en el que definía el fútbol como 'una suerte de fe sin teología, una causa sin ideología, una pasión sin límites' y como una 'representación del pecado y de la redención'. Difícilmente encontraremos mejor diagnóstico de una patología que suele degenerar en ataques de nostalgia, aunque algunos tengan suficiente talento para convertir su adicción en metáfora. Es el caso de Nick Hornby, autor de Fiebre en las gradas, uno de los mejores libros sobre fútbol jamás escrito, que transforma la autobiografía de un hincha del Arsenal en simbólica declaración de amor y terapia colectiva.
Pero los destrozos del balón también afectan a los clásicos: Eco, Montherlant, Nabokov, Sillitoe, Burgess, Camus... Son la coartada ideal para justificarnos sin pasar por bárbaros alienados. Incluso puede que, abusando de su suerte, el escritor decida acercarse al futbolista y escriba su biografía. Dan Franck hace compatible su trabajo de novelista con el de sombra de Zinedine Zidane, una elección que culminó en Zidane, le roman d'une victoire. El resultado de estas colaboraciones, sin embargo, no siempre es óptimo. El rey Pelé cayó en la tentación de firmar una novela titulada Asesinato en la Copa del Mundo (no traducida al castellano) que certifica que mientras que el fútbol es así, la literatura es asá. Uno de los motores que lleva a un escritor a interesarse por el fútbol tiene que ver con la admiración y esa forma de lealtad nacida en los descampados de la infancia. Bernard Morlino canalizó su vocación con Manchester Memories, retrato felizmente tendencioso de Éric Cantona. Roberto Fontanarrosa aplacó sus cabreos de hincha con, además de cuentos, humor en El fútbol es sagrado, antología de viñetas con textos como éste: 'Es tan pobre la situación actual del fútbol argentino, que el próximo cuadrangular amistoso lo vamos a hacer entre tres equipos'. Argentina es un país proclive a psicoanalizarse a través del fútbol. La prueba: Osvaldo Soriano, Jorge Valdano y, sobre todo, Eduardo Sacheri, autor de Esperándolo a Tito, libro imprescindible que incluye un homenaje a Maradona sin nombrarlo y otros prodigios de respeto a los mitos del barrio. El castellano latino-americano ha enriquecido el paisaje aportando osadía y toque. Juan Villoro golea a base de precisión y profundidad en su Los once de la tribu, Eduardo Galeano deslumbra por polivalente en El fútbol a sol y sombra, Osvaldo Soriano recupera balones en Memorias del Míster Peregrino Fernández y, aquí en España, algunos salen del armario para confesar su opción futbolística. Es el caso de Javier Marías (Salvajes y sentimentales), profundo y ameno pese a ser merengón; Manuel Vázquez Montalbán (El delantero centro fue asesinado al amanecer), profunda y amena pese a ser culé; Antonio Hernández (El Betis: la marcha verde), autor de una hilarante recreación de la enemistad entre béticos y sevillistas; J. M. Isasi Urdangarín (Variaciones Julen Guerrero), que practica la táctica del fuera de juego aplicado a los géneros; Juan Bonilla (cuentos y artículos), o incluso Camilo José Cela (Once cuentos de fútbol) antes de que fuera soez cadáver exquisito. Pero la pasión universal convoca otras voces. En Brasil, Edilberto Coutinho. En su exilio francés de origen yugoslavo, Vladimir Dimitrijevic, autor de un espléndido La vie est un ballon rond. En Inglaterra, John King y su Football factory, recorrido por las sucias entrañas de un grupo de hooligans y tantos y tantos otros que, pese a la diferencia de horarios y los defectos que, en su rentable decadencia, ha ido acumulando el fútbol, estarán siguiendo el Mundial. A disfrutar.lunes, mayo 08, 2006
EL ALEPH
La cabeza de Gea es Luciano Moggi, el ferroviario jubilado que dirige el Juventus (tras estancias en Roma, Lazio, Nápoles y Torino) y, se supone, la totalidad del calcio. Gea gestiona las carreras de más de 180 futbolistas y de 24 técnicos, por lo que sus tentáculos se extienden por todo el país y penetran en todos los clubes. Su vocación alephística se refleja en el elenco de sus directivos: Alessandro Moggi, hijo de Don Luciano; Francesca Tanzi (hija de Calisto Tanzi, ex presidente del Parma y protagonista del mayor fraude empresarial en la historia de Europa); Andrea Cragnotti (hijo de Sergio Cragnotti, ex presidente del Lazio y protagonista del segundo mayor fraude empresarial en la historia de Europa); Giuseppe de Mita (hijo del ex presidente del Gobierno Ciriaco de Mita); Chiara Geronzi (hija de Cesare Geronzi, presidente del megabanco Capitalia); y Davide Lippi (hijo de Marcello Lippi, seleccionador italiano).
La expresión "tráfico de influencias" no alcanza, ni de lejos, a definir lo que, según los fiscales, se cuece en Gea. Luciano Moggi, que en 1993 se libró con una simple multa y un arresto simbólico de una investigación que demostró que, como director general del Torino, obsequiaba a los árbitros con "señoritas de compañía", parecía el último representante de la Italia más tópica y eterna. Pero Silvio Berlusconi cayó, por poco pero cayó. Inmediatamente después cayó Bernardo Provenzano, el jefe supremo de la mafia siciliana, tras más de 40 años en paradero desconocido. Ahora está a punto de caer Luciano, investigado por presunta asociación para delinquir (un delito establecido de forma específica para combatir las mafias) "con el objetivo de cometer fraude en la competición".
Lo único seguro es el cambio en el Juventus. Antonio Giraudo (condenado y luego absuelto por dopar a los futbolistas de la Vieja Señora), Roberto Bettega y el propio Moggi, los tres dirigentes que eligieron un nombre tan siniestro como Tríada (la mafia japonesa) para definirse a sí mismos, protagonizarán la disolución más espectacular desde que en 1970 se pelearon Lennon y McCartney. La familia Agnelli, propietaria de Fiat y del Juventus, expresó ayer a través del heredero John Elkann su total "cercanía a los jugadores". De los directivos no dijo nada, para no tener que decir que ya estaban firmadas las cartas de despido.
Enric González es autor de Historias del Calcio
sábado, mayo 06, 2006
CROMOS DE FÚTBOL por Antonio Roa Márquez
Nota: Un pequeño relato, extraño o, cuando menos, inquietante.
Qué gran ilusión me daba ver de vez en cuando esa colección de cromos de futbolistas. La Liga 1978-1979 era mi favorita. Me la llevaba para ojearla al único lugar donde es posible un momento de soledad, y miraba y remiraba esas caras y esas poses futboleras.
jueves, mayo 04, 2006
DISCULPADME, PERO VOY A HABLAR DE FÚTBOL por António Lobo Antunes
Lobo Antunes, un peso pesado de la literatura contemporánea, se asoma al fútbol con una mirada peculiar, tampoco podía ser de otra forma.
Creo que ha dejado de gustarme el fútbol porque ya no hay jugadores que me hagan feliz. Ahora, como dicen los entrenadores, todo es cuestión de profesionalismo, trabajo y paciencia: se acabaron la improvisación, la fantasía, lo inesperado, se acabó mi equipo, Costa Pereira, Mário João, Germano, Ângelo, Cavem, Cruz, José Augusto, Eusébio, Águas, Coluna y Simões, para quienes el juego no era trabajo ni paciencia, era alegría y alma, era el Benfica. El fútbol ha perdido el humor, la poesía, el placer. Simões volvía atrás para regatear otra vez. Germano y Águas poseían una elegancia irrepetible. Ângelo, como el poeta Maiakovski, sólo tenía corazón. Coluna fue, por sí solo, todo un equipo: no jugaba al fútbol, creaba el fútbol, en el que introdujo el poder de la inteligencia y descubrió lo que no existe: la perfección. Se cuenta que un entrenador (aún no los llamaban técnicos)decía, antes de que entrase el equipo, tú haces esto, tú aquello, tú haces eso otro, y después, a Coluna:
-Tú haz lo que quieras
y Coluna hacía, en realidad, lo que quería: sacaba a todo un equipo derecho a ganar. Otto Glória, que sabía de fútbol, afirmó en más de una ocasión que nunca había encontrado a nadie como Coluna. Si Coluna volviese al Benfica, yo volvería al estadio porque, con Coluna en el campo, se acabarían los jugadores burócratas, subordinados, escribiendo memorandos, copiando minutas, distribuyendo circulares. Lo que veo ahora, en los raros momentos en que enciendo el televisor, son subordinados. Escrupulosos, obedientes, aburridos. Una especie de perfección negativa. Una monotonía oficinesca. Paulo Mendes Campos, poeta brasileño a quien le tengo mucho afecto, escribe que Ari Barroso, el gran comentarista, se hacía eco del estilo de Garrincha. Le doy la palabra: "Ari transmitía en la tele un partido del Botafogo y decía pausadamente: Garrincha con la pelota. Va a regatear. Claro. Va a regatear de nuevo. Va a perder la pelota. Atención, una floritura por aquí, otra por allá. Garrincha se la pasa al adversario. Eso no es posible. ¿Lo veis? Garrincha va a regatear de nuevo. Va a perder. ¿Por qué no centró enseguida? Claro que va a perder. Gol de Garrincha". Y añade: "la última fue seca y malhumorada: también a Ari le hicieron un regate en la tribuna". Es justamente eso lo que le pido al fútbol: la improvisación, lo inesperado, la falta de lógica, la locura, el genio. Que me hagan regates. Que me enardezcan. Que me sorprendan. Claro que siguen naciendo jugadores así: sólo que los técnicos, la dirección, los agentes, los transforman en robots previsibles. El único jugador imprevisible que he visto últimamente se llama Ronaldinho y juega en el Barcelona. Entre los portugueses no encuentro ni uno solo: Figo, que parece ser (así dicen) lo mejor que hay aquí, no pasa de un correcto amanuense. Cumplidor. Y a mí no me gustan los jugadores cumplidores. No me asombra, no hace milagros: ejecuta. Es un profesional serio. Y, Dios mío, estoy cansado de los profesionales serios. Lo que quiero es que inventen en el campo lo que Felipe II le pidió al arquitecto del Escorial: "Hagamos lo que sea para que el mundo pueda decir de nosotros que estábamos locos". El sentido común, en el deporte, no me interesa un pimiento: sólo me interesa que me dejen con la boca abierta, que me apasionen, que deliren: "una floritura por aquí, otra por allá. Claro que va a perder. Gol de Garrincha". Pero ¿cómo, si ahora el héroe es un técnico? Pero ¿cómo, si las virtudes son el trabajo y la paciencia? De modo que no me encaja. Me agobia. ¿Y los términos? "Líneas de pase", "presión alta", "armar el equipo". La improvisación truncada, las "jugadas de laboratorio". Voy a un estadio a perder la cabeza, no a mirar por el microscopio. Y, por tanto, ha dejado de gustarme el fútbol: no me hace feliz. Quien me haría feliz sería el entrenador de un equipo de provincias, hace muchos años: el equipo muy preparado, dispuesto a entrar en el campo, y él que trazaba en la pizarra de los esquemas tácticos una cruz con tiza, enorme, de ángulo a ángulo, después de lo cual se volvía hacia los muchachos con un grito que hacía estremecer la cabina:
-No hay tácticas ni medias tácticas: lo que hay que hacer es marearlos.
Así, pues, ésta es la única clase de técnicos que acepto:
-Lo que hay que hacer es marearlos.
Garrincha mareaba, Coluna mareaba, Águas mareaba, Eusébio mareaba o Benfica mareaba. Los amanuenses no marean: repiten lo que el técnico manda. No piensan: reproducen. No crean: copian. Pobre Benfica, pobre fútbol, pobre de mí. Cuando se acaben los técnicos y regresen los eufóricos que entran con pantalones cortos a por todas, sin trabajo ni paciencia ni presión alta ni líneas de pase, yo volveré. Con bufanda, bandera y gorra, abrazando a desconocidos en las gradas, y regresaré a casa haciendo florituras porque yo también seré el que habrá metido el gol. Escribo goal como lo escribiría Paulo Mendes Campos. En su homenaje, por haber llamado a Didi cosa mental. En la época en que el guardameta era un solitario bajo tres estacas, y veinte locos me arrebataban. Dios sería mi amigo y ya va siendo hora de mostrar que es mi amigo, si hiciese nacer a Coluna otra vez.
António Lobo Antunes, escritor portugués
martes, mayo 02, 2006
VOLVÉ PRONTO, ROMÁN por Julio César Iglesias

Más de una semana después de la gran desilusión futbolística de la temporada aún resuenan los ecos de lo que pudo ser y nunca llegó, ese instante mágico que tornó en trágico, las manos en la cara del presidente Roig, el lamento unánime, el silencio en el estadio. Qué pena Villarreal.
Pero si algo recordará ese momento será la mirada perdida de Riquelme, el gran jugador se tornó en fantasma sobre el campo, atravesó la frágil línea que separa la gloria del fracaso, y eso, como tantas otras veces, lo ha dibujado magistralmente Julio César Iglesias.
De pronto, Riquelme supo que vivía en un mundo vertical: la luna del escaparate. Puso aquel balón sobre el punto blanco, se sintió atrapado en una extraña turbulencia y detectó varios fenómenos inexplicables. Descubrió que el cosmos revienta por la garganta y percibió sobre las sienes un fluido sonoro en el que se confundían el sueño de París, la nariz remachada de Van Gaal, las patillas colgantes de Bianchi, los pases curvos al loco Palermo, La Bombonera, el dulce de leche y otros amores de infancia.
Levantó la mirada y comprobó que su pasado y su futuro cabían en dieciocho metros cuadrados de portería. Antes de tomar impulso se dijo que nunca había tenido una lengua tan pastosa, así que decidió sacudirse el hormigueo y reunió las últimas gotas de saliva. Como si el miedo se pudiera escupir.
Entonces le vinieron a la memoria las tres teorías sobre el tiro penal. A saber, podía cruzar los dedos y pulverizar la pelota con el macizo del empeine, o confiar en que el arquero anticipase la estirada y disparar al vacío, o sencillamente elegir una esquina y lanzar un tiro rasante. En el último momento optó por la más conservadora: para mayor seguridad aplicaría la tercera.
Enfrente estaba Lehmann, un descolorido muñeco alemán que, en aplicación de la ordenanza que patentaron sus colegas Bodo Illgner y Oliver Khan, bailaba con la suavidad prusiana de un oficial de húsares o, más exactamente, con la gracia equina del caballo del oficial.
Aquel montón de proteínas podía saltar lo que quisiera, pensaba Román, porque él, Topo Giggio, héroe de la Intercontinental y príncipe del toque, ya tenía la decisión tomada y, mirá vos, todo el tiempo se condensaba en un instante flexible, un temblor de banderas y un zumbido arterial.
Sólo había un problema: en su cabeza teutona, Lehmann también tenía un plan. Lo propio era que Riquelme golpease de derecha a izquierda; conociendo su potencia natural sacaría un morterazo junto al palo: en ese caso no lo alcanzaría ni el gato que atrapa la golondrina. Así, pues, habría que volar hacia el lado contrario por si, entre escupitajo y escupitajo, a aquel zombi de amarillo le daba la ventolera y se decidía por el toque lento, invertido y plano con el que sueñan los porteros en apuros.
Juan Román Riquelme miró la pelota: con su triple anillo rojo parecía el logotipo de Saturno. Lanzó la última perdigonada hacia la hierba, arrancó como un autómata, disparó con amortiguador y vio, horrorizado, que Lehmann atajaba, el mundo se deshacía y las banderas doradas eran en realidad un torbellino de hojarasca movido por el temporal.
Sabemos que aquello fue un cataclismo, pero volvé a la vida, Román.
lunes, mayo 01, 2006
Historias del Calcio. MATRIX

Los asesinos vocacionales se dividen en dos categorías: los organizados y los desorganizados. Los organizados son fieles a un modus operandi y planean con cuidado sus crímenes: un ejemplo clásico es el de Henri Landru, guillotinado en 1922 por el asesinato de 10 mujeres (a las que robó todo el patrimonio) y un muchacho. Los desorganizados improvisan en cuanto se les ofrece una ocasión o cuando se les dispara el ansia de matar, generalmente asociada al deseo sexual: el paradigma es Jack el Destripador, que en 1888 asesinó y mutiló a cinco prostitutas en Londres.
La clasificación organizado-desorganizado resulta igualmente útil en el ámbito de los futbolistas antideportivos. Los organizados son metódicos y suelen elegir con antelación a su víctima: insultan, provocan, pegan discretamente y con eficacia, cuentan con un plan de emergencia (en caso de apuro, alegan que los agredidos son ellos) e intentan coleguear con el árbitro igual que los asesinos procuran establecer vínculos con la policía.
Pavel Nedved, interior del Juventus, es un gran organizado.
Los desorganizados son los que no pueden resistir la tentación de cometer una burrada. Muchos de ellos son encantadores fuera del estadio, visitan a los niños en el hospital y ayudan a los compañeros en dificultades. Pero en cuanto pisan hierba se les cruzan los cables. Quizá resulten menos despreciables que los organizados; son, sin duda, más peligrosos. Hacen faltas terribles, y, en consecuencia, coleccionan sanciones. Que no sirven de gran cosa, porque las cumplen y vuelven a las andadas.
El más notable desorganizado del calcio es Marco Materazzi, central del Inter, también llamado Matrix por su afición a la patada voladora.
Materazzi encabeza la lista de los personajes detestados en el fútbol italiano. El codazo a Sorín en la eliminatoria europea frente al Villarreal fue tremendo, pero nada particular en el historial de Matrix, capaz de alcanzar niveles de violencia realmente extraordinarios. En un Milan-Inter de 2003 le pegó a Shevchenko una patada en las costillas. Un año después, en otro Inter-Milan, clavó la puntera en el pecho de Inzaghi. Luego se ganó dos meses de descalificación por pelearse a puñetazos con Cirillo, del Siena, en el túnel de vestuarios. En octubre pasado realizó una entrada estremecedora a Ibrahimovic. Un senador de la posfascista Alianza Nacional propuso que Materazzi fuera juzgado "como un delincuente común".
El temible Matrix carece del cinismo de los defensas organizados, fieles a un viejo lema italo-argentino ("si sobresale de la hierba, pégale duro; si resulta que es el balón, paciencia") porque lo suyo es el gore irracional, la locura repentina, la violencia gratuita. Su padre, el técnico Giuseppe Materazzi, ha tenido que pronunciar más de una vez la frase "mi hijo no es un asesino", más propia de las crónicas de sucesos que de las páginas deportivas. El propio Matrix llamó una noche a un programa de televisión para gimotear que sus condiciones técnicas eran mediocres y que a veces no podía controlarse. Internet está lleno de insultos a Materazzi. Algunas páginas, como loscarsomaterazzi.splinder.com se dedican en exclusiva a eso, a insultar al "carnicero" Materazzi.
La justicia deportiva hace poco. Hay, sin embargo, otra justicia: la del balón. Ayer funcionó. Empoli-Inter, minuto 92, 0-0. Materazzi controla un balón junto a la línea del centro del campo y, en un arrebato de inspiración, decide cederla hacia atrás. Suelta un globo que pasa por encima del portero y marca, en propia meta, el gol más hermoso de su vida.
La cara que se le quedó a Matrix valió por varias sanciones.
Enric González es autor de Historias del Calcio
sábado, abril 29, 2006
ES UNA PERO SON CUATRO por Eduardo Galeano
"El caso de Gran Bretaña es el más asombroso en el tema de la desigualdad de derechos en los Campeonatos Mundiales de Fútbol. Según me explicaron en la infancia, Dios en uno pero es tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nunca pude entenderlo. Y todavía no consigo entender tampoco por qué Gran Bretaña es una, pero son cuatro [Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte]; mientras que Suiza o España, pongamos por caso, siguen siendo nada más que una a pesar de las diversas nacionalidades que las integran".
Eduardo Galeano, escritor uruguayo, en El fútbol. A sol y sombra. Buenos Aires, Catálogos, 1995: artículo "Numeritos", pág. 228.
viernes, abril 28, 2006
FÚTBOL, ¿UNE O DIVIDE? por Raul Fain Binda

Los que piensan que el fútbol es disgregador, le atribuirán la corrupción de los intolerantes, de los racistas y los violentos. Los que piensan que es unificador, dirán que da aliento y socorro a las personas de buena voluntad que se oponen a los corruptos.
La distinción es importante, porque tiene que ver con la responsabilidad social de una de las actividades más apasionantes de la vida moderna. El interrogante del millón de dólares, ¿el fútbol une o divide, puede resolver conflictos sociales
Por nuestra parte, ofrecemos un enfoque complementario, para quienes se resistan a reducir el problema a sus dos opuestos lógicos, bueno o malo, lleno o vacío.
La naturaleza del fútbol depende de la naturaleza de los hombres y de las mujeres, no al revés. En otras palabras, el fútbol, por sí mismo, no tiene conciencia moral ni responsabilidad ética, como sí las tienen los seres humanos, aunque a veces parezca mentira. En esto, el fútbol es como el sexo, que también puede unir o dividir a hombres y mujeres.
En Football Against the Enemy, un libro ya clásico, Simon Kuper cuenta una de las anécdotas más deliciosas y terribles al mismo tiempo, que refleja todas las aristas del problema. El Muro de Berlín fue levantado entre gallos y medianoche, en 1961, dividiendo familias, amigos, amantes y, también, a los hinchas de los dos clubes de fútbol de la ciudad: Dynamo Berlin y Hertha BSC. El Dynamo era una criatura de la ocupación soviética, de modo que sus instalaciones y la mayoría de sus seguidores quedaron en el sector oriental, pero el Hertha, el club tradicional de la ciudad, tenía muchísimos hinchas desparramados en todos los barrios.
El estadio del Hertha quedó en el sector occidental, a pocos metros del muro, y era un magneto para los hinchas que quedaron en el sector oriental. Durante varios meses, centenares de personas se congregaron los días de partido al lado del muro, escuchando ansiosamente y estallando de júbilo cuando a lomos del viento llegaba el sonido del festejo de un gol o una buena jugada del club de sus amores.
Los guardias del muro pusieron fin a esta conmovedora muestra de fidelidad, que ellos encontraban "disgregadora", abriendo entonces las puertas a otras formas de tráfico sentimental: el de camisetas y recuerdos del Hertha y otros clubes de la Bundesliga.
Cuando el muro cayó, miles de alemanes orientales cruzaron al sector occidental, luciendo con orgullo sus camisetas de clubes del oeste, muchas llenas de agujeros.
No fue el fútbol lo que dividió a los berlineses: lo hizo una decisión política tomada por los hombres. Tampoco fue el fútbol el que derribó el muro y unificó a los alemanes, pero contribuyó a que esa gente siguiera soñando su sueño de unión.
Los burócratas de Alemania Oriental manufacturaron a fuerza de entrenamiento y dopaje muchos campeones de atletismo y natación, pero no pudieron crear buenos futbolistas. Esto habla mucho y bien de la base popular del fútbol. A fin de cuentas, el fútbol es lo que la gente quiere que sea.
miércoles, abril 26, 2006
EL FÚTBOL ES ZIDANE por Jorge Valdano
Hay equipos que luchan heroicamente contra sus limitaciones y son analizables en bloque (defensa lenta, centro del campo agresivo, delantera ingenua), como Dinamarca; y hay equipos que se apoyan en un orden, pero no podrían ser explicados sin reparar en las individualidades (como la Francia de Zidane). Qué gran tema Zinedine Zidane. Hay partidos que son aburridos porque tienen poca velocidad y otros que son caóticos porque tienen un exceso de velocidad. El fútbol europeo siempre tuvo prisa, pero en estos días exagera. El único reloj que da la hora justa es el de Zidane. Tiene un panorama amplísimo; sabe cuando hay que tenerla y cuando hay que soltarla, sabe cuando hay que jugar en corto y cuando hay que jugar en largo, sabe cuando hay que tocar hacia los laterales y cuando hay que profundizar. En un fútbol donde la norma es chocar, Zidane siempre encuentra los caminos despejados. El disco duro que tiene en la cabeza parece juntar la historia del fútbol europeo y la del fútbol suramericano; el resultado es un juego universal. Si uno de esos honrados jugadores suecos, daneses, o noruegos, que hacen siempre lo que parece que van a hacer, llegan a recibir la instrucción que les solía dar un viejo entrenador argentino a sus jugadores: 'Hacé que vas, no vayás, y andá', se desmayarían de la confusión. Zidane lo haría.
lunes, abril 24, 2006
LA VIEJA SEÑORA Y EL VIEJO ARTISTA
Podríamos contar que el Juventus no ha ganado ninguno de sus últimos cinco partidos. La Vieja Señora se mantiene al frente de la tabla desde principios de la pasada temporada, pero sus 15 puntos de ventaja se han quedado en 3 a falta de tres encuentros para el final de la Liga. Un defensor competente como Cannavaro se ha visto reducido a la condición de agresor -la semana anterior dislocó una clavícula y el sábado rompió una tibia-, el loado Ibrahimovic arrastra dos pies cuadrados, Emerson sufre de pubalgia, Vieira padece una astenia, Zebina y Zambrotta juegan sonánbulos... Fabio Capello ha fundido por enésima vez un equipo y los diez millones de seguidores viven horas de aflicción. El Juventus más arrogante de la era contemporánea se arriesga a quedarse sin un scudetto que daba ya por liquidado.
Si habláramos del Juventus, nos atendríamos a la segunda acepción que el diccionario da al término "deporte": "Actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas". Preferimos, sin embargo, la primera definición, la que deja de lado entrenamientos, sujeciones y normas: "Recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre". Y hablamos de un hombre que, inevitablemente, soporta mal a la Vieja Señora. "Los débiles carecen de representación en la tierra. Por eso he detestado siempre al Juventus. Para mí, ganar era un accidente", dice ese hombre; "para el Juventus es una condena".
El hombre no exagera cuando habla de victorias accidentales. Sus palabras son avaladas por las hemerotecas. ¿Pruebas? Las hay en abundancia. Este señor, que amaba jugar al fútbol, pero se negaba a ejercer como futbolista, le hizo una vez un túnel a Gianni Rivera delante de todo San Siro e inmediatamente le pidió perdón. "No se podía humillar así a un artista", explicó. Otra vez, después de driblar al portero contrario, se negó a marcar a puerta vacía: también le parecía un gol "humillante". Su momento supremo, el que le definió para siempre, llegó en un Padua-Cremonese. Su equipo, el Padua, había apostado por una táctica defensiva que no le gustaba. Hizo lo que le pareció lógico: tomó el balón y corrió hacia su portería, regateando a sus propios compañeros, hasta plantarse ante el guardameta. Entonces se frenó. Demasiado tarde, por desgracia, para un tifoso del Padua que, convencido de que el artista iba a marcar un golazo en propia puerta, sufrió un infarto y murió.
Antes de hacer un pase largo se encaramaba sobre el balón -no lo intenten en casa- y oteaba el horizonte con la mano de visera. En un Padua-Udinese se sonó la nariz con el banderín del córner y anunció al público, con gestos inequívocos, que iba a marcar directamente desde el ángulo. Y marcó.
Este señor, del que dijeron que tenía los pies más exquisitos del calcio, no llegó a la selección porque le gustaban demasiado el alcohol, el tabaco y las mujeres. Se llama Ezio Vendrame, tiene 59 años, convive con la depresión y escribe libros desgarrados y fascinantes en los que a veces habla de fútbol. Su estilo es, salvando las distancias, el mismo que el crítico Harold Bloom atribuye a san Marcos y Edgar Allan Poe, "dos fantásticos malos escritores". Pasó la infancia en un orfanato y tuvo su primer abrigo gracias a su primera paga como juvenil en el Udinese. Minutos después de comprarse el abrigo, vio a un niño gitano y se lo regaló.
Enric González es autor de Historias del Calcio
sábado, abril 22, 2006
EL PEOR AÑO DE PEP GUARDIOLA por David Trueba
Conocí a Pep Guardiola por azar poético. Y no es una metáfora lírica. Carga con esa maldición en el mundo del fútbol que es encontrarle placer a la lectura. No en vano hace poco leí una entrevista con un futbolista y a la pregunta "¿último libro leído?" contestaba "ninguno". Con un par. Bueno, pues Pep se sumó a unas lecturas, junto a Lluis Llach y Ariadna Gil, del poeta Miquel Martí Pol, que desde entonces lo adoptaría como lector predilecto, y allí nos conocimos. Y como siempre pasa, Pep quería hablar de libros y películas, y los literatos y peliculeros lo único que queríamos era hablar de fútbol.
La amistad instantánea consiste en conocer a alguien, charlar con él y saber inmediatamente que aquel tipo se va a convertir en imprescindible en tu vida. Eso nos pasó. Poco tiempo después Pep sufrió la más grave lesión de su carrera, esa lesión que los médicos no acertaban a definir, que le impedía golpear el balón y que le mantuvo inactivo durante un año. Año en el que muchas lenguas especularon con sus gustos sexuales, aficiones psicotrópicas, enfermedades incurables y demás patrañas, en lugar de preocuparse por si había un tío sufriendo que necesitara un gesto de apoyo.
Un futbolista que no juega es una persona infeliz. Como amigo yo traté de llenarle los ratos sociales con libros, películas, gente nueva, mientras él ocupaba los ratos privados en ensayos con su novia Cristina para fabricar a su hija que llegaría definitivamente a tres días del cambio de siglo. Pero quién me iba a decir a mí que el annus horribilis de Pep se iba a convertir en un lujo para mí. Vi sentado junto a él en la tribuna del Nou Camp, a ras de césped, algunos partidos que jugaron sus compañeros. Y entonces supe que de fútbol se podía saber, no sólo especular con teorías vacuas y fanatismos desatados, sino que tenía un lenguaje sencillo, como el de todos los oficios, pero que sólo los muy profesionales saben descodificar.
Yo escuchaba a Pep decir cosas como: "Cruyff me dijo que si me hacían faltas era culpa mía, por tener el balón demasiado rato. Hay que soltarlo antes", "El balón corre más que cualquier persona, es él quien debe correr", "Ese tipo es un 'cartero' entrega el balón después de darle la mano a su compañero, en lugar de lanzárselo", "La primera patada y el primer tiro a puerta siempre tiene que ser de tu equipo, así juegan los italianos", "Mira ese de ahí, se esconde, tus compañeros lo que necesitan es saber que estás disponible siempre", "Antes de que te pasen el balón debes saber dónde lo vas a mandar, si no está claro, mejor guárdalo, dáselo a tu portero, nunca lo regales", "Te sonará a gilipollez, pero al fútbol se juega con un balón", "Con Romario sabías que no podías contar, pero que si le ponías un buen balón él iba a meter el gol, y el gol era lo único que necesitabas de él", "Cuanto mejor es el rival y más temible el campo, mejor juegas", "El público suele aplaudir al jugador populista, que regatea inútilmente, que corre a salvar un saque de banda estúpido, que abronca a los compañeros cuando se pierde y que pide la pelota cuando se gana, esto es así", "El fútbol es el juego más sencillo del mundo, basta que tu pie obedezca a tu cabeza".
Pep no es nada profesoral, pero será un gran profesor de futbolistas. Es un producto de entrenadores adecuados en la edad adecuada, es seguidor a ultranza del equipo en el que juega, del equipo en el que soñó jugar, privilegio que le está permitido a muy pocos. Posee varias peculiaridades como futbolista que lo engrandecen: respeta a los mitos, escucha a los que saben más que él, ambiciona el partido perfecto, se reconoce pieza de un circo mediático y social incontrolable, del mismo modo que a ratos se ve como un gran impostor, es buen compañero, le divierte jugar y tiene curiosidad por todo.
Pep es como los personajes de las películas de Howard Hawks, hace las cosas en el campo no esperando que le feliciten, sino porque considera que hacerlo bien es su trabajo. Además, suele afirmar que llegará el día en que nadie sepa quién es. Yo lo dudo.
David Trueba, guionista y director de cine
jueves, abril 20, 2006
FANTASMAS SOBRE VERDE por Eduardo Verdú

Nota: Gracias a Javier Gadea por acordarse de este blog para colgar este artículo
El final de un futbolista es tan melancólico como la pérdida de un amigo en la infancia. De pequeños, casi todos sufrimos la mudanza de un compañero de barrio que emigró a una urbanización mejor o a un chalé a las afueras. Sin avisar, un día anunció su inminente partida sorprendiéndonos en mitad de un partido, forzándonos a seguir jugando con un fantasma. Así se ha ido Raúl, y Zidane, y Roberto Carlos, y Ronaldo. Este Real Madrid ya ha terminado pero aún sigue aquí, como un espíritu negándose a la evaporación, como una última sombra. Pero incluso sin esperanza y con el porvenir averiado, muchos continuamos corriendo con ellos, chutando a su lado, apurando la progresiva transparencia de sus cuerpos. ¿La inercia del cariño, de la costumbre, un antídoto contra la pena? Lo único que entendemos es que la traición es obra del destino, no de los amigos, y esto nos impulsa a comprar todavía los partidos en pago por visión como nos llevó a seguir quedando con nuestro vecino en el descampado cuando ya había anunciado su marcha, compartiendo una amistad desahuciada, jugando al fútbol sin mirar el reloj.
Hay quien siente a su club como una prioridad, como un ente claramente superior a los jugadores que lo representan. Aficionados que conciben a los futbolistas como las piezas reemplazables de un engranaje total representado en un escudo. Hoy algunos madridistas simplemente lamentan la ausencia de títulos, el polvo en las vitrinas, el desencuentro con su propia historia. Sin embargo, otros sentimos la pérdida de unos viejos compañeros, de unas caras que se van difuminando, que ya no nos sonríen ni nos hacen sonreír, el final del idilio con un tiempo engañosamente infinito.
La dimisión de Florentino ha terminado con una era claramente en decadencia pero no necesariamente sentenciada. Si él ha saltado del barco, no hay duda de que la grieta es irreparable. De repente, nos hemos encontrado al borde de un abismo que no pudimos o no quisimos prever. El regreso de Raúl tras su lesión también fue un ingenuo espejismo, por un momento ansiamos creer que todavía le quedaba césped por delante, aguanises, palancas, espacio en el anillo para más besos. Pero su imagen de nuevo en el campo es un déjà vu, el holograma de otro tiempo en el que habría metido el rechace del poste de Highbury.
Este Real Madrid se marcha. Aún quedan los cuerpos, pero se comportan como espectros, cada vez responden menos a nuestras demandas y nosotros a las suyas. Todos intentamos fingir que no pasa nada, que mañana habrá otro partido, sin asumir que es el final y que estamos tristes. Seguimos todos pero ya no pertenecemos al mismo barrio.
Otros chavales ocuparán sus puestos, vendrán de las afueras a conquistar nuestra amistad, nuestra devoción, a prometernos fidelidad y excitación. Sin embargo, cada vez es más difícil volverse a ilusionar, hacer nuevos amigos. Hoy comprendemos que no queremos otros compañeros de partido, sino a estos que se van. Se acaban unos hombres, un equipo, un ciclo y, también, un poquito nosotros. Por eso nos duele, porque envejecemos con ellos. Este Real Madrid nos oscurece con su apagón, ya no tenemos esa capacidad de regeneración, esa elasticidad en el entusiasmo. Aquel colega de barriada se fue prometiendo volver, visitar, mantenerse en contacto, sin embargo se terminó diluyendo en su nuevo entorno. Hasta ahora los futbolistas que nos dejaban también se extraviaban para siempre. Pero, ahora, es difícil perderlos de vista. Convertidos en poderosos iconos gracias a la publicidad y a su tremenda calidad, aprovecharán su fama para seguir ganando dinero y mantener la popularidad.
Comentaristas deportivos, entrenadores, representantes o gerentes de alto rango en su club o en un gran organismo futbolístico internacional son las nuevas fórmulas con las que últimamente reaparecen las antiguas glorias del estadio. Antes, el recuerdo de aquel compañero de juegos que se marchaba para siempre del vecindario se prendía en la memoria inmaculado y de corto, apolilladamente glorioso, intocable. Sin embargo, hoy seguiremos viendo a estos jugadores cuando ya se hayan borrado del fondo verde. Trajeados y alopécicos nos visitarán a través de anuncios y así podremos contemplar, por primera vez, cómo envejece un fantasma.
lunes, abril 17, 2006
LA RESURRECCIÓN DEL NÁPOLES
En el caserón donde vivo ocurrió, el 16 de marzo de 1583, una resurrección de ida y vuelta. Estaba Felipe Neri celebrando misa cuando le avisaron de que Paolo, uno de los chicos de la familia Massimo, agonizaba. El futuro santo corrió hacia la cama del enfermo. Le encontró, sin embargo, ya muerto. En tales circunstancias, no podía hacer otra cosa que resucitar a Paolo: le puso la mano en la frente durante unos minutos, rezó, regó el cadáver con agua bendita y el chico volvió a la vida. Pero no volvió muy conforme, según parece, porque le dijo a san Felipe que muchas gracias, pero que prefería la muerte. Y murió otra vez.
El extraño milagro del palacio Massimo tiene algo que ver, quizá, con la fiesta de Nápoles. El equipo de la ciudad abandonó el sábado la Serie C, equivalente a la Tercera española, después de dos años negros, y logró el ascenso a la B con una victoria sobre el Perugia ante su público y en su propio estadio, el San Paolo, justo en el fin de semana de la Pascua de Resurrección. Todo encajó al fin. Empezó a terminarse la pesadilla iniciada en 2004 con la quiebra, el descenso a la C y la refundación como Napoli Soccer.
Como en los días de gloria, la grada del San Paolo invocó a su santo particular, el más reverenciado en el golfo y la costa amalfitana después de san Genaro, el de la sangre licuada: sonó el triple silbido del árbitro y la gente, desenfundando las bengalas, se desgañitó a gritos de "¡Maradona, Maradona, Maradona!".
El actual propietario del Nápoles es Aurelio de Laurentiis, un productor cinematográfico con una filmografía larga y perfectamente prescindible. De Laurentiis acudió a la cabecera del Nápoles cuando la sociedad estaba muerta; no le puso la mano en la frente, sino 40 millones de euros en el bolsillo, y resucitó al cadáver en poco tiempo. Hasta ahí, todo un señor.
Para realzar el ascenso a la B, De Laurentiis concedió una entrevista telefónica desde Hollywood a La Gazzetta Sportiva. Y envió un mensaje a Franco Carraro, el presidente de la Federcalcio: "Le pido que haga, como el caballero que es, un gran gesto y devuelva a los napolitanos aquello que merecen, la Serie A". La cosa no quedaba aquí: "Por parte de Carraro sería un gesto distensivo que cancelaría estos años de tensión. Porque algún error lo ha cometido: meter al Nápoles en la Serie C fue un gran error de márketing por todo lo que representa esta ciudad".
¿Márketing? ¿Los ascensos y descensos son cuestión de márketing? ¿Los equipos de las grandes ciudades no pueden quebrar ni bajar de categoría? Carraro es un personaje inefable al que ni los abogados de Silvio Berlusconi se atreverían a defender, pero pedirle un doble ascenso por motivos de caballerosidad -De Laurentiis hizo ya esa petición el año pasado- parece demasiado incluso en un mundillo tan pintoresco como el del calcio.
De Laurentiis dijo también a la Gazzetta que el fútbol está "destinado a cambiar completamente" y que hace falta avanzar hacia el futuro con una "cultura mediática" como la de Hollywood.
Leyendo esa entrevista, me vino a la memoria el milagro del palacio Massimo. Ojalá no ocurra, pero no parece imposible que algún día los napolitanos, y muchos otros, añoren aquellos partidos contra el Manfredonia, el Torres o el Juve Stabia, disputados en campos parroquiales de tierra, pedrusco y solazo de mediodía. Ojalá los napolitanos no tengan algún día que decirle al santo De Laurentiis que muchas gracias, pero que estaban mejor muertos.
Enric González es autor de Historias del Calcio
jueves, abril 13, 2006
miércoles, abril 12, 2006
EL TOPO SABIO por Julio César Iglesias

Al olor de la Liga de Campeones, el topo Riquelme se abrió camino en el subsuelo del Madrigal. Oyó un rumor de banderas, despertó de su sueño de siglos, salió a la superficie, pidió la pelota y mandó al cuarto trastero a Recoba, Figo, Adriano, Verón y demás lumbreras del Inter de Milán.
Nacido de las cenizas de Maradona, recriado en la escuela de la calle y curtido en los talleres de Boca Juniors, el chico de cera había encontrado de nuevo la solución más simple al problema más complejo. Nunca conoceremos los verdaderos orígenes de su malicia porteña ni de su espíritu ahorrativo, pero, por algún reflejo del instinto de conservación, ganó, como siempre, a su manera. Aunque se mueve con un mismo dominio por todas las esquinas y dispone a voluntad de toda la escala de toques, ritmos y velocidades, volvió a jugar con amortiguador.
Esa disposición de ánimo ha determinado su estilo: ya sea por un impulso contemplativo o por economizar energías, se desliza entre los obstáculos con la medida lentitud de los peces de acuario; es un jugador ondulante cuyas evoluciones invitan a la pasividad. Quizá por ello provoca en sus rivales una especie de pachorra crepuscular, la misma fascinación que la serpiente en el pájaro. No importa si hablamos del estilista más fino o del sicario más recio: atrapados por su fuerza magnética, unos y otros parecen la tonta del bote.
Sólo entonces, cuando están medio dormidos, la mascarilla de Román adquiere un brillo casi imperceptible. Sale de su impavidez de cacique el tiempo justo para ejecutar, con una inesperada celeridad, alguna de esas picardías suyas que pueden terminar indistintamente en un pellizco de monja, un alfilerazo de viuda o una bomba volante. En su repertorio, la potencia y la sutileza se conjugan con una admirable armonía cuya explicación está más en la masa de la sangre que en los libros. Su naturalidad es tan inaprensible como su pulso: sus muñecas son de mármol, procesa el juego como una máquina calculadora, y no importa el grado de intensidad del partido. En la salud y en la enfermedad él tiene cardiograma plano.
El martes levantó sus orejas redondas, movió los bigotes, descifró en un segundo los arcanos del área, husmeó el balón como si fuese un queso de bola, miró la portería con ese gesto suyo de infinita perplejidad y metió un pase oblicuo.
De pronto había dejado a Toldo colgado del aire, al Inter colgado de Toldo y a nosotros colgados del televisor.
Luego dio el bostezo del lirón, proclamó el peligro amarillo y dijo, sin abrir la boca, "El fútbol soy yo".
lunes, abril 10, 2006
TSIMTSUM
Isaac Luria, un rabino del siglo XVI, acuñó uno de los conceptos más enigmáticos de la Cábala. Según Luria, Dios tuvo que contraerse para hacer un hueco externo en el que crear el universo. Luego, vinieron la rotura de los vasos, las chispas divinas y la purificación, acontecimientos esotéricos ajenos a lo que nos ocupa.
Lo más interesante de la teoría cabalística luriana es una paradoja pesimista: cuanto más se expande el universo, más se contrae la divinidad, forzada a un exilio autoimpuesto en los límites exteriores de su propia creación. La conclusión lógica consiste en que Dios es cada día más pequeño y está cada día más lejos. A todo eso se le llama tsimtsum.
Quizás el concepto del tsimtsum sea el único capaz de explicar el misterio del Inter, cada año más rico, cada año más caro, cada año más caótico y cada año más lejano del scudetto y de la copa orejuda de los campeones de Europa. Algún tipo de maldición mística pesa sobre la Bienamada de Milán, la sociedad más patética del Calcio.
Hasta la semana pasada, ser interista constituía una desgracia leve y relativamente llevadera. Los lenguas bronceadas -a los interistas se les llama así porque cada verano están convencidos de que la próxima temporada es la suya y no dejan de hablar de los múltiples trofeos que ganarán de calle- se organizaban la vida bastante bien, de acuerdo con el ritmo de la naturaleza: felicidad con el calor, incertidumbre con las primeras lluvias de otoño, escepticismo con el frío y atroces disgustos en la primavera, sepultados de inmediato por la adrenalina de algún fichaje veraniego destinado a cambiar de forma definitiva el destino del Internazionale.
Esos buenos tiempos concluyeron en El Madrigal. La gente del Inter quedó condenada a vagar en pena, felicitando por los siglos de los siglos al Villarreal y pidiendo perdón al mundo por haber hecho lo que hizo en esa noche aciaga. No por el codazo de Materazzi, que también, sino por la bochornosa renuncia a jugar al fútbol frente a un equipo que sí jugó.
El Inter ganó el sábado en Ascoli (1-2), pero dio lo mismo. En Milán esperaban su vuelta unos cuantos desquiciados -hasta en eso la desgracia es azul y negra: los grupos violentos interistas son comparables con los del Lazio- para atacar a los jugadores. A las tres de la madrugada, en el aeropuerto de Malpensa, el pobre Cristiano Zanetti, que no ha jugado apenas y en junio se larga al Juventus, fue el que corrió más lento y se llevó un golpe en la cabeza. A eso del amanecer, parecía imposible que el Inter pudiera caer más bajo.
Cualquier situación, sin embargo, es siempre susceptible de un empeoramiento. Lo peor llegó a las tres de la tarde, cuando los futbolistas del Milan acordaron saltar al campo con diez minutos de retraso como muestra de solidaridad con sus colegas del Inter. Sólo faltaba eso: la piedad del rival y las cuchufletas de la afición milanista.
El Milan estuvo a punto de caer frente al Lyón, pero logró el milagro en los últimos diez minutos. El Inter hizo un milagro distinto: arruinar el verano a cientos de miles de lenguas bronceadas y alejar hasta lo inconcebible el sueño de un título, una copa, una alegría.
Han pasado 17 años desde el último scudetto y cuatro decenios desde la última Copa de Europa. El tsimtsum se lleva cada vez más lejos la esperanza y abandona al Inter en la continua expansión de su miseria. Es imposible explicar la vergüenza que sienten los interistas. La vergüenza que sentimos.
Enric González es autor de Historias del Calcio
