lunes, octubre 17, 2005

EL CABALLERO Y LA DAMA

Hace dos años, cuando ya llevaba ocho en el Juventus, Alessandro del Piero renovó su contrato por cinco más. El futbolista tenía 28, vivía su mejor momento y obtuvo muy buenas condiciones económicas: 5,6 millones de euros por temporada más 2,3 por sus derechos de imagen. Ale estaba tan contento que pagó una página de publicidad en La Gazzetta dello Sport para anunciar personalmente la noticia de su unión vitalicia con la Vieja Señora del calcio. El titular del anuncio era gracioso: "Un caballero no abandona nunca a una dama".

El caballero Del Piero debió de pensar bastante en esa frase cuando, unos meses después, la dama en cuestión, convertida en una Rottenmeier con las facciones tremendas de Fabio Capello, empezó a darle leña. La llegada de Capello supuso para la Juve un retorno a los principios básicos de una sociedad metalúrgica -pertenece desde hace medio siglo a los Agnelli de la Fiat-, hosca y exigente. Del Piero era el futbolista mejor pagado, pero a Capello le pareció irregular. Y era cierto. Entre el caballero y el recién llegado Ibrahimovic la elección resultaba clara. Y Del Piero, desorientado y fallón, empezó a conocer de cerca el banquillo.

Capello fue un futbolista bastante malo desde el punto de vista técnico. No era de los que acarician el balón, sino de los que lo pisan, lo retuercen y, si es necesario, lo muerden. Pero tenía una voluntad de hierro y una mente despierta que le permitía captar las claves de cada partido. La voluntad y el conocimiento del fútbol, junto a un carácter de mil demonios y una ambición desmedida, le han permitido ser un entrenador de gran éxito.

Maneja la plantilla como un dictador y somete a cada futbolista a algo muy parecido a la tortura psicológica. Presiona, exige, amenaza, machaca y castiga hasta ser dueño de cuerpos y almas. Exprime a los jugadores hasta agotarles. A cambio, ofrece resultados. El día que Capello abandona un club se oye en el vestuario un gran suspiro de alivio.

Lo curioso es que, con el tiempo, sus víctimas suelen echarle en falta. Totti, Cassano y demás artistas del Roma brindaron cuando el tirano se largó por sorpresa a Turín. Un año después reconocían que nadie les había comprendido como Capello. Cassano no levantó cabeza desde que se fue y hoy, peleado con los propietarios del Roma y con casi todo el mundo, apartado del equipo y de la selección italiana, no sabe ya qué hacer para que le fiche el Juventus y reencontrarse con Capello. Puede ser un síndrome masoquista al estilo de Portero de noche. También puede ser que Capello entienda como nadie las flaquezas de los jugadores creativos.

Alessandro del Piero vivió desde el banquillo el título de Liga del curso pasado y esta temporada -ya siete victorias consecutivas- empezó igual. El Juventus funcionaba muy bien sin él. La exclusión, en su caso, resultaba especialmente dolorosa porque le alejaba de participar en el Mundial de 2006, el último de su carrera. El seleccionador, Marcello Lipi, que dirigió al equipo turinés en los días de mayor gloria de Del Piero, dijo la semana pasada que quien no jugara todas las semanas no podría ir a Alemania. Para Ale sólo parecía quedar una salida: buscarse un nuevo equipo en enero, tal vez en Inglaterra, y hacer valer ahí sus credenciales.

Había otra opción, casi imposible: reconquistar a la Vieja Señora. El sábado, Capello dio descanso a Trezeguet y sacó al campo a Del Piero. El Juventus jugó muy mal, pero Del Piero jugó muy bien e hizo algo extraordinario: robó el balón en el centro del campo, dribló a un par de contrarios, se metió en el área y marcó.

Capello sonrió en la banda e hizo otra muesca en su látigo: tras dos años de tortura, Del Piero era al fin suyo.

sábado, octubre 15, 2005

DESGRACIA GRANA

Una vez que he caído en la tentación de recuperar algunos artículos ya publicados en el blog por alguna circunstancia concreta, no quería hoy (15 de octubre) dejar pasar la oportunidad de colgar de nuevo "Desgracia Grana" en el día en que se cumplen 38 años del último vuelo de Gigi Meroni, la farfalla granata. Lo reconozco, es una debilidad personal, y uno de los principales motivos por los que comencé a recopilar los artículos de Enric González en este blog.


El Torino no ha ganado ninguno de sus últimos cuatro partidos y lleva 273 minutos sin marcar. Después de cinco victorias consecutivas en el arranque del campeonato y cuando parecía tener casi al alcance de la mano el sueño del retorno a Primera, el viejo Toro atraviesa una fase triste.

Pero esto no es nada. El club más desgraciado de todos los tiempos ha sufrido cosas muchísimo peores. La tifosería grana sabe encajar cualquier adversidad.

¿Qué otra sociedad futbolística tiene un santuario como el de Superga? Ahí está el monumento a los muertos de 1949, un maravilloso grupo de jugadores desaparecido en un instante. El avión que devolvía al gran Torino de un amistoso en Lisboa -en el que a punto estuvo de viajar Kubala, recién huido del Este y en tratos para fichar por la que era la mejor formación del planeta- se extravió en la niebla cuando iba a aterrizar y se estrelló contra el monte Superga. No hubo supervivientes. Y se abrió un hueco en el corazón de Turín que en parte ocupó la Juventus, el club de la Fiat.

Mi amigo Lorenzo me recordó que hubo otro momento negro en la historia grana. Este mes se cumplen 37 años. Fue un 15 de octubre cuando voló Gigi Meroni, la mariposa grana. Pocos futbolistas fueron tan amados y criticados como Meroni, un tipo peculiar, irremediablemente libre. Quizá en su debut alguien recordó que el piloto del avión de Superga se llamaba también Meroni. Un Meroni rompió el alma del Toro y otro Meroni se la devolvió: con aquel tipo flaco en el extremo -le daba igual la derecha que la izquierda- los grana parecían destinados a recuperar la primacía turinesa.

Gigi Meroni pertenecía a la categoría de los Garrincha y los Best. Era un genio loco que regateaba tres veces al mismo contrario si pensaba que ese engorro resultaba estéticamente apropiado para un juego que sólo entendía él; que sorteaba de forma humillante al contrario y luego se paraba a consolarle -el insigne Dino Zoff recuerda una de esas ocasiones-; que escandalizaba a la pacata Italia de la época dejándose barba, viviendo amancebado con una chica polaca y pintando cuadros de cierto mérito. Medio país le adoraba y el otro medio le detestaba. Muchos le culparon de la derrota contra Corea en el Mundial de Inglaterra 66 pese a que no jugó. La Gazzetta dello Sport desencadenó una furiosa campaña contra Meroni.

Y, sin embargo, quienes le vieron jugar no le olvidan.

El 15 de octubre de 1967, al concluir un partido, Gigi Meroni fue atropellado por un joven de 18 años, tifoso del Toro, que acababa de sacarse el carnet. Después de llorar a Meroni, cuyo féretro fue expuesto en el centro del estadio, la afición fue a animar al conductor, hundido en una depresión espantosa. Aquel muchacho que mató a una mariposa de 24 años se llamaba Attilio Romero y es hoy presidente del Torino. ¿Cómo podría parecerle grave una simple racha sin goles?

CENICIENTA EN GETAFE por Julio César Iglesias

Las musas se han puesto el uniforme del Getafe y, de pronto, llueve café en el campo. Cuando todos sospechaban que el equipo caería en la modorra crepuscular que suele abatir a los equipos ascensores, los puntos han empezado a caer del cielo en una inesperada y asombrosa ceremonia de la abundancia. Quizá se trate de un fenómeno provisional: jugados minuto a minuto, con viento a favor o con viento en contra, sus partidos se atienen a la lógica inestable del fútbol de alta competición. Se juegan en el alambre, al borde del abismo, y siguen, sobre la pauta del vacío, una frágil secuencia de acontecimientos que finalmente conduce a la victoria.

A primera vista, el Getafe es una estructura compuesta en un desguace. Parece el resultado de ensamblar piezas y excedentes de distintas máquinas, y su combinación de valores da lugar a un artefacto asimétrico, lleno de pinchos, correas, toboganes, aristas, engranajes, serpentines, resortes y cazos soperos. Pero, aunque lo parezca, no es uno de los extravagantes artilugios de Waterworld ni la creación póstuma de aquel beatífico profesor Franz de Copenhague que ingeniaba los grandes inventos del TBO, sino el resultado de un raro proceso evolutivo en el que han intervenido mediadores tan distintos como el azar, la paciencia, Quique Sánchez Flores o el comandante Schuster de Ausburgo.

Con permiso de los demás actores, Bernd Schuster es, precisamente, la figura más chocante del entramado. Casi nadie se detiene a recordar que en su día fue el sucesor natural del otro profesor Franz: el kaiser Franz Beckenbauer. Desde la desaparición de aquel prusiano de seda que jugaba con bastón de mando, nadie había llenado mejor que él las pantallas ni los espacios y, aún más, nadie había mantenido con la pelota cierta relación de jerarquía que se inspiraba tanto en el dominio como en la arrogancia. Daba gusto verle, aplomado en mitad de la cancha, con su porte atlético y su melena nibelunga: controlaba mirando a otra parte, como quien abre la correspondencia; distribuía el juego en todas las distancias, y transmitía a los espectadores la inequívoca sensación de que fútbol era él.

Mientras los expertos le auguraban el más brillante futuro del momento, aquel tipo tan germánico dijo por sorpresa que nunca más volvería a la selección alemana. Con ese gesto abdicaba, renunciaba a los honores de jugador de época y se resignaba a la condición de ídolo local. Prefería ser el comandante Schuster a ser el emperador Bernardo.

Un día se cuadró en Getafe. Hoy, bajo su autoridad, gente bragada como Pernía, gente ingeniosa como Güiza y agentes letales como Riki, Pachón o Gica Craioveanu se organizan en una disciplinada compañía dispuesta a conquistar territorio o a cavar trincheras, según convenga a la causa.

Permitamos que disfruten sin reservas de su semana de gloria.

Que nadie perturbe su sueño de campeones.

FÚTBOL Y ESCRITORES (3/3): EN EL BANDO CONTRARIO por Luis Fernando Charry

La historia no siempre es color de rosa. En el cuento 19 de diciembre de 1971, de Roberto Fontanarrosa, el viejo Casale ha decidido no volver a ver a su equipo, el Rosario Central: ha sufrido tantas veces en nombre de su Club que se encuentra al borde del infarto. Cuando iba al estadio, su equipo ganaba. Ahora el equipo no ha vuelto a ganar y un día una banda de jóvenes (la leyenda de Casale era ampliamente conocida en el barrio) lo secuestra y lo lleva como amuleto vencedor a las tribunas. El gozo de ver al Rosario puede más que la taquicardia. Casale disfruta el partido hasta que su equipo gana y él cumple su doble cita con el destino: muere en estado de gracia por contribuir al triunfo.

Se sabe que el fútbol produce alegrías funestas. También se sabe que algunos escritores no soportan este juego de multitudes. “Es feo estéticamente. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos. Mucho más lindas que el fútbol son las riñas de gallos. Ocurren ahí nomás, al lado de uno, son ideales para miopes”, dijo en su momento Jorge Luis Borges. Aunque Borges no fue el único. Guillermo Cabrera Infante llevaba más de 25 años viviendo en Inglaterra y siempre conservó un particular desprecio por este deporte. La escasa tradición cubana podría justificarlo, pero los años en Inglaterra (en el templo del fútbol) anulan esa explicación. Sin embargo el escritor cubano llegó a afirmar: “Ese juego nefasto incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”, se lee en el libro Salvajes y sentimentales, del escritor español –e hincha furibundo del Real Madrid– Javier Marías.

En opinión de Marías, no existe un deporte más angustioso que el fútbol. El autor de Mañana en la batalla piensa en mí (un título, si se lo piensa un poco, que se podría aplicar fácilmente al deporte en cuestión) recuerda que es de las pocas cosas que lo hacen reaccionar hoy en día de la misma manera que reaccionaba cuando tenía diez años y era un salvaje. En este sentido –y ya para tratar de contrarrestar la angustia de este hincha madrileño–, hay unas palabras bastante elocuentes del escritor mexicano Juan Villoro (hincha furibundo, por cierto, del Barcelona): “El tiempo es el gran estratega del fútbol. El partido dura 90 minutos, una jugada ocupa unos cuantos segundos y cinco o seis jugadas definen el marcador. En otras palabras, el problema estriba en qué hacer con los 89 minutos restantes”.

viernes, octubre 14, 2005

FÚTBOL Y ESCRITORES (2/3): UN DELANTERO GORDO por Luis Fernando Charry

En la historia de los escritores y el fútbol, no todos se han inclinado por esa posición bajo los tres palos. La idea de Soriano era jugar adelante y romper las redes. Un día, sin embargo, la rodilla falló y las lecturas de Raymond Chandler y Cortázar se mezclaron con la máquina de escribir: el resultado, tres colecciones de relatos y siete novelas.

En los tres libros de artículos periodísticos de Soriano –libros donde la literatura y la historia argentina y el recuerdo de su padre se funden– hay un apartado dedicado al fútbol. A la hora de tocar del asunto, Soriano tenía tantos atributos como Maradona en esa tarde de inspiración frente a los ingleses: el fútbol y la literatura, a veces, se compenetran y pueden albergarse dentro del mismo corazón. Así, hay relatos de partidos iniciáticos donde Soriano corre detrás del balón, descripciones terroríficas del penal más largo del mundo –con el estadio vacío–, perfiles de jugadores imborrables, con pinta de asesinos y con ganas de pelear un poco. Además, algunas historias de árbitros –esa suerte de editores dentro de la cancha– vendidos e insultados. Resumiendo: una mirada certera del fútbol que tanto desveló a Soriano, hasta el punto de que su último libro –Memorias del Míster Peregrino Fernández y otros relatos de fútbol–, publicado póstumamente, pretendía regresar a sus orígenes.

El título del libro alude a una de las leyendas del fútbol argentino que se haría famoso en Europa como creador del fútbol espectáculo. En esta disciplina, Peregrino Fernández fue partidario de poner en el terreno de juego (sobre todo si el equipo contrario iba ganando con evidente superioridad) doce jugadores. Incluso en aquella época que estuvo dirigiendo el Standard de Melbourne, el Míster no tuvo ningún inconveniente a la hora de enviar trece jugadores al campo: “nadie se avivó y ganamos seis a dos”, le contaba a Soriano mientras éste lo entrevistaba en un geriátrico cerca de Neuilly, en Francia, donde Peregrino Fernández pasaría sus últimos años.

En esta novela inconclusa, en el capítulo 16 (que a la postre sería el capítulo final), se lee lo que sigue: “Hay tres clases de futbolistas. Los que ven los espacios libres, los mismos que cualquier payaso ve desde la tribuna y los ves y te ponés contento y te sentís satisfecho cuando la pelota cae donde debe. Después están los que de pronto te hacen ver un espacio libre sin más, un espacio que vos mismo y quizás los otros podrían haber visto de haber observado atentamente. Ésos te toman de sorpresa. Y luego hay aquellos que crean un nuevo espacio donde no debería haber habido ningún espacio. Esos son los profetas. Los poetas del juego”.

jueves, octubre 13, 2005

FÚTBOL Y ESCRITORES (1/3): GOLES Y LETRAS por Luis Fernando Charry

“Cuando Diego Maradona saltó frente al arquero Shilton y le pasó la pelota con una mano por encima de la cabeza, el concejal Louis Clifton tuvo su primer desmayo en las Malvinas. El segundo, más prolongado, ocurrió cuando Diego dribleó a media docena de ingleses y consiguió el segundo gol de Argentina. Afuera un viento helado barría las desiertas calles de Port Stanley y las tropas británicas estaban en el cuartel oyendo, azoradas, cómo el pequeño diablo del Nápoli les arruinaba el festejo del cuarto aniversario de la reconquista de lo que ellos llaman las Falkland”, escribió alguna vez el escritor argentino Osvaldo Soriano (Mar del Plata 1943-Buenos Aires 1997; e hincha furibundo de San Lorenzo de Almagro) en una nota titulada ‘Maradona sí, Galtieri no’.

Por supuesto, Soriano no ha sido el único escritor que ha tenido una debilidad por el fútbol. En realidad la historia viene de tiempo atrás; han sido muchos (muchos y muy famosos y muy buenos escritores) los que han perdido la cabeza por el balón, los que han dejado las patadas por las letras.

En 1930, por ejemplo, el escritor Albert Camus jugaba de portero en el Racing Universitaire de Argel. Diez años más tarde, Camus se trasladó definitivamente a París y ahí estuvo buscando un equipo que lo admitiera bajo los tres palos. En esa época (la tuberculosis ya había aparecido en la vida del futuro premio Nobel) tuvo que dedicarse a contemplar el espectáculo desde afuera, en calidad de aficionado, y entonces decidió hacerse hincha del Racing París por una razón en apariencia sentimental: la camiseta azul con rayas blancas de su nuevo equipo francés le recordaba su antiguo equipo en Argel.

En cambio Vladimir Nobokov, que también jugó como portero, nunca cayó en esa clase de sentimentalismos. Por un lado, el autor de Lolita odiaba el jazz, los toros, las máscaras folklóricas primitivas, la música ambiental, las piscinas, los camiones, los transistores, los insecticidas, los yates, el circo, los night clubs y el rugido de las motocicletas, por mencionar algunos ejemplos. Por el otro lado amaba el fútbol y algunos textos literarios. Nunca, sin embargo, dijo lo que dijo Camus: “cuanto de importante sé de la moral humana lo he aprendido en el fútbol”.

martes, octubre 11, 2005

SIN SONRISAS

Acabo de leer la noticia de la sobredosis por cocaína y heroína de Lapo Elkann, y que, como casi todo lo que le pueda suceder a esta especie de familia Kennedy del Piamonte, ha sobrecogido a Italia. Por ello me he acordado de un artículo de Enric González, colgado en este blog hace algún tiempo, que tenía a este joven delfín de la familia Agnelli como protagonista. En él se dan algunas claves para entender a la Vecchia Signora en toda su extensión. El artículo, como siempre, magistral.


Lapo Elkann dice que al Juventus le hace falta una sonrisa. Y "jugadores simpáticos que alivien un clima demasiado tenso". Él sabrá. Lapo Elkann es, además de joven, multimillonario y consejero de la Fiat, nieto de Gianni Agnelli, hermano del vicepresidente de la Juve y copropietario de la sociedad. A Lapo le apetece ser presidente de la empresa futbolística de la familia, lo que hace suponer que lo será pronto. Por eso resultan especialmente graves sus palabras, que atentan contra el espíritu mismo de la Vieja Señora del calcio. En el Juventus no se sonríe, se trabaja. Ahí está el lema fundacional: Delectando fatigamur. Por el sufrimiento al placer.

Y ahí están Antonio Giraudo y Luciano Moggi, el administrador delegado y el director general del Juventus, dos tipos de aspecto tan siniestro que parecen elegidos en un casting. Giraudo no está para ñoñerías. "Sin ninguna sonrisa, el Juventus ha ganado en estos 10 años cinco títulos de Liga, ha disputado 16 finales y ha vencido en ocho, ha obtenido dos balones de oro y es, según L'Equipe, el primer equipo de Europa por resultados deportivos", masculló tras leer los comentarios de Lapo. Y añadió: "Nuestro estilo sin sonrisas es típico de los turineses: me viene a la mente Vittorio Ghidella (el gran patrón de Fiat Auto en los años 70 y 80), que sonreía poquísimo pero dominaba el 60% del mercado italiano y generaba beneficios inmensos".

Ese no fue el único sarcasmo de Giraudo a costa de la familia Agnelli. Como Lapo Elkann había sugerido la conveniencia de fichar a Antonio Cassano, "que tuvo una infancia difícil y es difícil de manejar, pero hace sobre el césped cosas extraordinarias y es muy simpático", el administrador delegado soltó todo el buen humor que llevaba dentro. "La Juventus es una de las sociedades más sólidas a nivel económico, sin que los Agnelli se hayan visto obligados a invertir durante una década. Las declaraciones de Lapo Elkann, miembro autorizado de la familia, nos ayudan de hecho a sonreír, porque al referirse a programas tan ambiciosos como el que incluiría la adquisición de Cassano nos permiten suponer que la familia pondrá dinero en el club, como han hecho todos estos años los Berlusconi, los Moratti o los Abramovich".

Si Giraudo trata así a uno de los propietarios, no cuesta demasiado suponer cómo tratará al resto del mundo. Disciplina piamontesa y mala leche a raudales. Delectando fatigamur. Ese es el auténtico espíritu juventino, el que se viste de blanco y negro porque no está para chorradas de colores.

Y, sin embargo, podía haber sido de otra forma. El Juventus comenzó jugando con camiseta rosa, gorrito blanco y corbata. Cuando las primeras camisetas se gastaron (y las coñas de los rivales empezaron a hacerse insufribles), los dirigentes juventinos eligieron como color definitivo el rojo, vibrante, agresivo y optimista. Y pidieron a un amiguete inglés, John Savage, delantero del Nottingham Forest, que hiciera llegar a Turín un paquete de zamarras de su club. Savage traspasó el encargo a un comerciante local, quien, presumiblemente, pensó que aquellos italianos no iban a viajar a Inglaterra para quejarse y les remitió un cargamento de camisetas que no vendía ni a tiros: las blanquinegras del Notts Country, el segundo equipo de la ciudad. Cuenta Renato Tavella, uno de los fundadores de la Juve, que aquel equipamiento suscitó "poco entusiasmo". En cualquier caso, el tendero de Nottingham acertó en su intuición. Lo pagado, pagado estaba. Y las franjas negras y blancas quedaron para siempre.

Luego, unas semanas antes de que Benito Mussolini tomara el poder, Edoardo Agnelli se hizo con la presidencia de la Juventus. Organizó el club como una dependencia de la Fábrica Italiana de Automóviles de Turín, hizo ver a los jugadores que la camiseta era un mono de trabajo y dio paso a la primera edad de oro juventina. Ahora, por más que diga Lapo, es tarde para cambiar. La Vieja Señora nunca ha estado de humor para sonrisas.

EL ADIOS DEL PRÍNCIPE, por Carlos Ares (en la despedida de Enzo Francescoli, febrero 1998)

Es una pena que para los aficionados españoles sea sólo un nombre y alguna imagen fugaz. El jugador uruguayo Enzo Francescoli, de 36 años, que anunció el pasado miércoles su retirada definitiva del fútbol profesional en el salón de honor del River, el club argentino donde se convirtió en uno de los ídolos indiscutidos de toda su historia, fue de aquellos que llevan las multitudes a los campos con la ilusión de que su sola presencia puede salvar la tarde.En toda su carrera disputó 617 partidos oficiales, desde que debutó a los 18 años en el Wanderers de Montevideo, convirtió 236 goles y conquistó 13 títulos. Jugó en el River, en el Matra Racing de París, el Olímpico de Marsella, el Cagliari y el Torino de Italia, y regresó al River en 1994. Fue también tres veces campeón de América con la selección de Uruguay y participó en dos Copas del Mundo.

Nadie, fuera del campo, te oyó jamás levantar la voz, criticar a un compañero o hablar mal de un entrenador. El Príncipe como le llaman, fue un caballero de fina estampa que hizo respetar los límites a la prensa deportiva, a los directivos y al público. Los aficionados del River deliran cuando gritan el tradicional "uruguayo, uruguayo" que será la música de fondo de su vida, pero todos los argentinos le quieren y le admiran como a, los ídolos propios. Cuando los fanáticos o la prensa querían utilizarlo como modelo para contraponer al inefable Maradona del Boca, fue el mismo Francescoli el primero en reconocer y admitir sinceramente que no cabía tal comparación: "Yo no puedo compararme con él, Diego fue un verdadero rey del fútbol y yo nunca me creí eso de ser el príncipe, como dice la prensa. Sí creo que fui un tipo tocado por la varita mágica. Uno como cualquier otro, al que el balón lo hizo importante".

En los momentos más duros de la vida de Maradona, fue Francescoli uno de los que puso la cara para defenderlo. La pasada temporada, antes de un clásico entre el River y el. Boca, Francescoli buscó especialmente a Maradona para dejar el testimonio de su afecto con un abrazo. Nadie del River, ni siquiera los barras bravas, podía criticar una decisión personal de Francescoli. Tras conquistar tres títulos consecutivos de Liga con el River y la Supercopa de América, anunció el final de su carrera. Desde ese momento intentaron convencerlo para que continuara al menos otra temporada. Pero los aficionados sabían que Francescoli cumpliría su palabra. "En el fútbol pasé los 18 años más felices de mi vida. Todo lo que yo soñaba era jugar algún día con Peñarol en el estadio Centenario. Ahora me llevo. mucho más de lo que podía imaginar".

Es una pena que los aficionados españoles no le conozcan demasiado, al menos para repartir la tristeza entre más.

viernes, octubre 07, 2005

ALGUNAS NOTAS

Buena parte de la literatura sobre fútbol oscila a menudo entre lo banal y lo sesudamente académico. Sin embargo, hay obras muy destacables, incluso para los no aficionados. El norteamericano Bill Bufford, ex director del prestigioso semanario británico Granta, es autor de uno de los mejores relatos periodísticos sobre el tema: Entre los vándalos (Ed. Anagrama, Barcelona, 1992), un retrato de los hooligans y de su modo de vida que es ya todo un clásico del periodismo y de las letras anglosajonas. Manuel Vázquez Montalbán, gran seguidor del Barça, un tema sobre el que escribió hasta su muerte en el diario El País (y en este blog han aparecido muchos de sus artículos), ambientó uno de los libros de la serie Carvalho en el mundo del balón: El delantero centro fue asesinado al amanecer (Ed. Planeta, Barcelona, 1998). El escritor uruguayo Eduardo Galeano lleva a cabo una recreación más poética del asunto en Fútbol a sol y a sombra (Ed. Siglo XXI de España, Madrid, 1998).

Además, existen estudios y ensayos excelentes sobre este deporte. En España, el periodista y ensayista Vicente Verdú realiza en El fútbol, mitos, ritos y símbolos (Ed. Alianza. Madrid, 1981) una investigación exhaustiva sobre la influencia del mundo del balón en la sociedad española. Dentro de la producción del prolífico Julián García Candau, uno de los mayores expertos en nuestro país, destacan: Épica y lírica del fútbol (Ed. Alianza, Madrid, 1996) y Madrid Barça: Historia de un desamor (Ed. El País Aguilar, Madrid, 1996). En otras coordenadas, Offside: Soccer and American Exceptionalism (Princeton University Press, Princeton, 2001), de Andrei S. Markovits y Steven L. Hellerman, explora por qué EE UU ha permanecido al margen de lo que se ha convertido en el fenómeno más globalizado de nuestra era. Alex Bellos se sirve del fútbol como vehículo antropológico para entender las razas, las clases y la corrupción en Brasil en Futebol: The Brazilian Way of Life (Bloomsbury, Nueva York, 2002). Y Bill Murray narra la historia de la enemistad entre los clubes Celtic y los Rangers en The Old Firm: Sectarianism, Sport, and Society in Scotland (Humanities Press, Atlantic Highlands, 1984).

Periodistas de primera fila analizan en todo el mundo las vertientes económicas y políticas del fútbol. Un ejemplo magistral es el del polaco Ryszard Kapuscinski con su libro La guerra del fútbol y otros relatos (Ed. Anagrama, Barcelona, 1994), que muestra las imbricaciones entre el fútbol y la política, ya que el relato que da título a la obra describe el conflicto que estalló entre Honduras y El Salvador tras un partido. Gabriele Marcotti escribe la columna Inside World Soccer para Sports Illustrated y colabora en varias publicaciones europeas. Para obtener información sobre las perspectivas en el fútbol y la globalización puede consultarse ‘Gloooooooooo-balism!’, de Franklin Foer (Slate, 12 de febrero de 2001). Para entrar en la filosofía del balón, además de los diarios deportivos, que analizan a diario la cuestión y en los cuales no encuentro casi nada interesante, destacan las secciones de deporte de los diarios de información general con columnistas de renombre y excepcional talento, como Enric González.

miércoles, octubre 05, 2005

LUTHER BLISSET, EL DELANTERO USURPADO por Juan Antonio Bermúdez

En la temporada 1983-84, un patoso delantero jamaicano fichado por el Milán al Watford inglés contribuyó decisivamente con sus errores a la pésima campaña que terminó con la escuadra rossonera en la Serie B del calcio.

Los tifosi milaneses purgaron en él su frustración. Especialmente irritados, los neofascistas nunca pudieron admitir que aquel negro desgarbado que había llegado con honores de estrella cobrase más que sus colegas blancos y se retirase millonario tras sufrir (o fingir, eso nunca se aclaró) una lesión, dejando al equipo en la peor crisis de su historia reciente.

Muchos años después, fusilado por el sol de su Jamaica natal, Luther Blisset apuraba en ron las últimas liras de su contrato millardario, sin saber que estaba prestándole su nombre a uno de los fenómenos contraculturales más significativos e impactantes del cambio de milenio.

Y es que sobre 1993 unos cuantos estudiantes de Bolonia “la roja”, la capital histórica de la izquierda italiana, tomaron el nombre del mediocre pelotero jamaicano para firmar panfletos y reivindicar actos de guerrilla mediática, en lo que era el arranque del fenómeno Luther Blisset.
El contexto de este segundo nacimiento de Blisset está muy bien definido: una izquierda intelectual vinculada a los centros sociales ocupados y a las redes culturales alternativas, embrión local de ciertas corrientes integradas luego bajo la inexacta etiqueta “antiglobalizadora”; una izquierda bien formada y a la vez curtida en el activismo de la lucha estudiantil.

La primera batalla de renombre ganada por este originario foco de acción de Luther Blisset en su guerrilla mediática se libró en el programa de televisión Chi l’ha visto, versión italiana y más morbosa de Quién sabe donde, en el que una llamada a nombre de Luther Blisset denunció la presunta desaparición del presunto ex-artista punky Harry Kipper, cerca de Udine, mientras viajaba en una bicicleta de montaña con la intención de trazar la palabra “ARTE”.

Entre los objetivos principales de este colectivo que comenzó a identificarse con el heterónimo múltiple Luther Blisset, hay que destacar así, sobre todo al principio, la puesta en cuestión de la infalible verdad difundida por los medios, el sabotaje desde dentro, con las mismas armas (la tergiversación, la manipulación, la no contrastación de fuentes) que tan a menudo les sirven a los propios mass media para construir la realidad a su antojo y conveniencia.

Pero el fenómeno fue enseguida más allá de esos furtivos fraudes mediáticos. Inmerso en el despegue de Internet, Luther Blisset encontró en la Red su medio ambiente ideal para crecer y multiplicarse. Además de las páginas virtuales o reales en las que se comentaba el asunto desde el escándalo o la fascinación o las dos cosas, Internet fue el cauce perfecto para miles de nuevas travesuras y nuevos textos rubricados por Blisset, perfilándose así definitivamente la naturaleza múltiple de la identidad del personaje.

Y mientras esto ocurría en la ingobernable república de Internet, los hipotéticos padres de la criatura, los cuatro veinteañeros boloñeses que fueron los primeros en utilizar el seudónimo Luther Blisset, convencieron a la todopoderosa casa Mondadori para publicar Q, una novela histórica escrita entre los cuatro. Q plantea un viaje por toda la Europa del siglo XVI, en pleno conflicto entre la modernidad del humanismo renacentista y el oscurantismo religioso heredado del medioevo que se resiste a desaparecer. Mezcla personajes y situaciones documentadas con leyendas de capa y espada, en un deslumbrante ejercicio de erudición y de fantasía, para trazar una parábola sobre el sentido de las grandes revoluciones sociales.

Sólo en Italia, el libro ha vendido casi 100.000 ejemplares, pero el número de lectores que han tenido acceso a Q es muy superior, ya que, desde la misma novela se daba permiso y se alentaba a fotocopiarlo (además de que ha estado disponible en varios lugares de Internet).

Con la edición en Mondadori, el proyecto Luther Blisset cumplía una de sus principales ambiciones: dar el salto desde la marginalidad a la cultura pop, llegar al corazón de la industria cultural. Pero lo más sorprendente fue la promoción de la novela, consistente en un “essere presenti, ma non apparire” (“hacerse presentes pero no aparecer”). Le interesa a Blisset una transparencia frente a los lectores pero una opacidad frente a los medios de comunicación. No se trata del aislamiento o la renuncia que han cultivado escritores como Onetti o Sallinger, sino de una peculiar forma de prestarse al juego de las actividades promocionales poniendo unos límites, para no degenerar en el tedioso culto al autor-personaje público. Luther Blisset, los cuatro Luther Blisset autores de Q, han concedido entrevistas y han hecho presentaciones públicas de sus libros, pero no han permitido que se difunda su imagen ni en fotografías ni en televisión, ni han filtrado detalles de su vida privada.

Y además le pusieron un plazo de vida a “su” Luther Blisset, el quinquenio que fue de 1994 a 1999, para no convertirlo en un autor-personaje más de los que criticaban. Desde entonces andan embarcados en un nuevo proyecto, el laboratorio de diseño literario Wu-ming.
Otros Luther Blisset siguen vivos, sin embargo, en todo el mundo, firmando y manifestándose aquí y allá, fiel a su identidad múltiple y única que contribuye a poner en crisis la tiranía del artista como clarividente genio individual.

¿Y a aquél Luther Blisset jamaicano que hundió al Milán en segunda, chi l’ha visto?

lunes, octubre 03, 2005

Historias del Calcio. LOS DEFENSAS DE CAMPO DEI FIORI


La plaza de Campo dei Fiori contiene el alma de Roma. Campo, donde la Inquisición hizo arder en la pira al monje-filósofo Giordano Bruno, es una de las pocas plazas romanas sin ninguna iglesia y sin ningún obelisco. La tradición del lugar es laica y un poco golfa: por la mañana aloja un mercado de verduras al aire libre, por la tarde propicia el paseo, por la noche se llena de bares y de ruido.

Cuando cierran los bares, ya de madrugada, no es extraño que alguien arroje al aire un balón. En cuanto asoma el cuero (o la bolsa llena de papeles, da igual) los antidisturbios se ponen el casco con un gesto desganado y se colocan en sus puestos: la rutina es bien conocida. Antes de que comience la carga policial y de que se rompan las primeras litronas (la coreografía está muy ensayada, no falla nunca) se permite que el balón ruede por la plaza y que se celebre el breve partidillo ritual que enfrenta a dos equipos arbitrarios (cada uno chuta hacia donde quiere) y sobradísimos de gente. Puede haber 100 o 200 personas involucradas en el juego-mogollón, carente de reglas y objetivos porque no hay porterías, y siempre se acaba igual: la policía despeja la zona, hace alguna detención simbólica y los vecinos, con un poco de suerte, consiguen dormir por fin.

Lo fascinante de esa ceremonia etílica y deportiva consiste en que siempre hay alguno que se queda atrás, a defender, con toda la atención puesta en cortar cualquier posible contraataque. Portería no hay, marcador tampoco, la juerga dura pocos minutos y el principal objetivo, se supone, consiste en abrirse paso entre la multitud y tocar el balón al menos una vez. Pero la defensa está ahí.

Parece como si el fútbol, en Italia, resultara inconcebible sin marcajes, presión y una defensa muy alerta. Incluso en la juerga de Campo. El calcio se paladea de forma distinta al fútbol de otros lugares: la tensión y el esfuerzo son más apreciados que la filigrana y la idea central, por encima del gol, es mantener la propia puerta a cero. Hagan la prueba y miren un partido italiano y luego uno inglés o español: en el segundo encuentro se tiene la impresión de que faltan jugadores, porque hay un montón de espacios libres por ahí: el centro del campo está lleno de aire y de tiempo para pensar. En Italia, el agobio invade hasta el último palmo de hierba.

Marcello, un amigo romanista, sostiene que las razones del defensivismo futbolístico italiano tienen raíces históricas. Durante unos 15 siglos, casi hasta el XX, la Península Itálica ha sido un no parar de invasiones y ocupaciones (desde los godos hasta los austro-húngaros, pasando por normandos, árabes, españoles, franceses y alemanes varios) y eso, según él, ha grabado en la memoria colectiva la necesidad de atrincherarse, resistir y buscar el golillo al contragolpe.

Es posible. El calcio, en cualquier caso, es un fútbol aparte. Esta temporada no hay ningún entrenador extranjero en la Serie A, una circunstancia única en las grandes Ligas europeas. Tampoco existen en otros países defensores como Maldini, que ayer, a sus 37 años, jugó un partidazo y marcó dos goles. Es extraño, pero con el tiempo, y sin saber por qué, uno acaba entregando el corazón al fútbol italiano. Y entendiendo a esos juerguistas de Campo que se alejan del gran barullo y se quedan atrás, con la mirada fija en el balón, cubriendo su zona, por si acaso.


Enric González es autor de Historias del Calcio

sábado, octubre 01, 2005

GATOS DE PAJA por Julio César Iglesias

Por influjo de algún espíritu burlón o por un absurdo golpe de fatalidad, hace pocas semanas, en la marmita del Camp Nou, Víctor Valdés y Santiago Cañizares evocaron la ficción de Dos hombres y un destino.

Valdés fue testigo de un extraño caso de transmutación. El Valencia venía de empatar con un penalti provocado y ejecutado por David Villa, uno de los duendes más rápidos, activos y maliciosos del campeonato. Con el equipo encogido por la depresión, Víctor recibió un pase atrás en el aliviadero del área, así que se preparó para recoger y alejar la pelota. Había ensayado ese recurso cientos de veces en las largas sesiones de barro y saliva que dan a los jugadores la pátina del especialista, pero Villa, la hormiga que se vuelve elefante, vio una señal y se le echó encima.
Cuando quiso despertar, Víctor había consumado el suicidio imposible: en la jugada boba del mes se había apuñalado por la espalda.

Poco después, su colega Cañizares, el portero fosforescente, salió del cuadro para bloquear un centro fofo de Ronaldinho. Esta vez se trataba de una situación estrictamente rutinaria; puesto que la jugada carecía de tensión, tendría que descolgar uno de esos balones de celofán que caen llovidos del cielo. Santi inició la pirueta de ballet que los arqueros se permiten en las jugadas de trámite: se marcó tres pasos en disposición rampante, ondeó suavemente los brazos, se suspendió en el aire y, de pronto, válgame Dios, sus huesos eran de trapo.

Le dio una colleja a la pelota, se la entregó a Deco y cuando quiso darse cuenta era el autor de la jugada pánfila del día.

En ese instante, ambos eran carne de picar. Difícilmente podrían eludir el doble filo de la profesión: el filo de las críticas y el filo de las miradas. Convencidos de que compartirían la misma suerte, se hicieron los encontradizos, buscaron un lugar junto al túnel, desmayaron la figura y se dieron el abrazo del proscrito.

Días después, con el corazón entrenado y las tripas revueltas, ocupaban su garita y nos ponían a pensar. De nuevo nos dijimos que el portero, por imperativos de sobriedad, sólo puede marcar su territorio con los gestos del merodeador profesional; un zarpazo, un bufido, un insulto clandestino, una carga a destiempo o quizá la flexión imperceptible que anticipa la estirada.

En nuestra parcialidad de espectadores, sabemos que, si los otros jugadores se equivocan, sus errores se disuelven muy pronto en la memoria del partido. Los errores del portero, en cambio, se miden siempre en la escala de los cataclismos. Por eso contuvimos la respiración cuando reaparecieron.

Clavaron en el suelo sus uñas de metal, pidieron cuatro en la barrera y volaron de nuevo hacia el balón. Estaba claro: escaldados o no, dos de nuestros mejores gatos habían sobrevivido y volvían a cazar.

jueves, septiembre 29, 2005

EL BEREBER Y LA GLOBALIZACIÓN (MUNDIAL 2002) por Manuel Vázquez Montalbán

La noticia de que Zidane está lesionado desestabiliza un Campeonato del Mundo de fútbol que repite en Corea y Japón el intento de globalización que representó el Mundial de Estados Unidos.

Religión civil de diseño, hegemónica en América Latina y en Europa, el fútbol puede extenderse por África y Asia y quedar merodeante en torno del núcleo del Imperio, poco más o menos como estaba el cristianismo con respecto a Roma en tiempos de Constantino.

Que de un bereber dependa la esperanza de juego de una competición desarrollada en Corea y Japón demuestra lo importante que fue, en su día, la vuelta al mundo de Magallanes y en la actualidad las declaraciones de Johan Cruyff recogidas en la red.

Ha sido Cruyff quien ha señalado a Owen, Aimar y Raúl como los tres solistas del Mundial, en unos tiempos en que escasean los dioses indiscutibles, renqueante Rivaldo y con rodillas de cupletista fina el gigantón Ronaldo.

A priori, el éxito del acontecimiento depende del deambular estratégico de Zidane, de la inspiración perversa de Raúl o Aimar y de las ráfagas de creatividad y velocidad de Owen, pero seguro que otras figuras conquistarán en Japón y Corea un lugar en el mercado de los próximos cuatro años.

De eso se trata. Como toda religión de diseño, el fútbol es cuestión de marketing: las reliquias abarcan un impresionante y variadísimo muestrario de meniscos vírgenes y mártires y el fetichismo implica a una selecta gama de empresas dedicadas al vestuario de los jugadores, como si fueran productoras de sábanas santas y apósitos reconsagrados, esas evanecescencias con las que las religiones han dado una dimensión textil complementaria de su mayor o menor talento sadomasoquista.

Juegue o no juegue Zidane en plenitud de condiciones, la globalización seguirá pendiente de la posición norteamericana, que, de momento, no ha incluido el Campeonato del Mundo de 2002 dentro de los objetivos de la libertad duradera.

Manuel Vázquez Montalbán, escritor

lunes, septiembre 26, 2005

LAS RAZONES DEL ÉXITO

En la guerra cultural planetaria, el fútbol es el producto europeo con más éxito. Estados Unidos no ha conseguido exportar ni el béisbol ni la versión del rugby que allí llaman football. El balón jugado con los pies, en cambio, rueda por los descampados suramericanos, por las calles africanas y por las esquinas de Asia. El invento británico no dejó de crecer durante el siglo XX y sigue expandiéndose en el XXI sin que las razones aparezcan del todo claras.

¿Es por la brillantez del juego? Esa respuesta se desploma a los pies de cualquiera que vea fútbol con cierta regularidad. El juego en sí sólo tiene el mérito del espacio abierto conjugado con la ocasional emoción en las áreas. ¿Es porque cada vez se juega mejor? Sigan con atención un partido normal de cualquier Liga normal, la japonesa, la colombiana o la polaca, y comprueben lo que da de sí. ¿Es por el brillo del césped? ¿Por el talento de los grandes futbolistas?

Un par de economistas, Stefan Szymanski y Andrew Zimbalist, han publicado un libro titulado National pastime (Pasatiempo nacional) en el que comparan la organización administrativa del béisbol y el fútbol y sugieren una posible respuesta.

El béisbol, como todos los deportes estadounidenses, se organiza sobre un sistema limitado de franquicias. Los clubes pueden cambiar de ciudad, pero son siempre los mismos. No hay ascensos ni descensos, se regula el mercado de fichajes de forma que favorezca a los débiles y se limitan tanto los sueldos de los jugadores como el presupuesto de los clubes. El resultado, en teoría, es una competición casi perfecta.

El fútbol, en cambio, se mueve en el caos. Cuando una junta directiva se fija el objetivo de ascender de categoría gasta todo lo que puede y lo que no puede en fichajes; si el equipo no logra ascender, no mejoran los ingresos y todo ese gasto, convertido en deuda, supone un paso hacia la quiebra. Aunque todo depende al final del juego y de los marcadores, las grandes instituciones disponen de un margen de ventaja: su importancia social las hace en la práctica inmunes al colapso económico. Pueden gastar y gastar y son cada día más fuertes frente a una clase media proletarizada ante el carísimo envite de los torneos continentales. El resultado, en teoría, es una competición desigual, previsible, imperfecta.

¿Saben qué sugieren Szymanski y Zimbalist? Que la gracia del fútbol está justamente ahí. El Juventus tiene que ganar al Parma y gana; el Milan tiene que ganar al Treviso y gana. Pero no siempre. La fluidez de la escala futbolística permite que un club de un barrio de Verona, el Chievo, pueda medirse hoy con las superpotencias. Cualquier otro club de barrio, en Ucrania o México, tiene el derecho a soñar en unos cuantos años mágicos, en una escalada desde las categorías regionales hasta la Primera División y en una fabulosa victoria internacional. ¿Por qué no? El truco es ése. El fútbol acoge todas las pasiones personales, sociales y nacionales porque en él nada es imposible. Llevado al extremo, resulta que el éxito del fútbol tiene más que ver con las normas federativas de ascensos y descensos que con la inspiración de Kaká.

Todo el mundo sabe que el Livorno no puede ganar la Liga. De momento, sin embargo, ese pequeño club de provincias ha decidido no vender a su héroe, Lucarelli, y está ahí, a rebufo del Juventus. Tras toda una vida en la oscuridad, disfruta de una época dorada. Quizá efímera, pero real. Olvídense de la belleza, del desmarque y del toque prodigioso. Lo que cuenta es otra cosa. El fútbol, como el halcón maltés, es del material con que se fabrican los sueños.

lunes, septiembre 19, 2005

TONI, EL QUE SE PARECE A MARCO

No le ayudaban ni el nombre ni la fortuna. Lo del nombre parece una tontería, pero pesa: Toni evoca un partido de barrio, un campo sin hierba y un banquillo. Y Luca Toni carecía de alternativas: o Luca, o Toni. Acerca de la fortuna, vale el testimonio de Marta, la novia de siempre: "Cuando le conocí era un gafe". Marta le conoció cinco años atrás, en el momento más bajo de la carrera del futbolista, si aquella sucesión de tumbos podía llamarse carrera.

Toni comenzó en 1994 en el Módena y en las temporadas siguientes se mantuvo en Tercera División, descendiendo peldaño a peldaño la escalera hacia la nada. Tras el Módena se fue al Empoli, al Fiorenzuola y al Lodigiani. Tenía 23 años y estaba en el Lodigiani, sin expectativas de mejora. A la edad en que los grandes futbolistas se han consagrado o están a punto, Toni decidió abandonar. Fue Marta quien le convenció de que siguiera en el fútbol un poco más de tiempo. Tampoco tenía nada mejor que hacer.

Siguió un poco de esperanza: pasó al Treviso, en Segunda, y marcó 15 goles. El gafe que fallaba goles hechos y resbalaba al lanzar los penaltis estaba convirtiéndose en un delantero centro apreciable, de esos que dan alegría a los equipos modestos y luego se pierden en el olvido. El Vicenza le contrató y alcanzó la Serie A, lo máximo a lo que podía aspirar. En 2001 saltó al Brescia, donde jugó dos años y compartió alineación con el gran Roberto Baggio. Eso era más que lo máximo, era la batallita que sus nietos tendrían que escuchar mil veces.
En 2003 regresó a Segunda, al Palermo. Tenía 26 años y su trayectoria iniciaba la curva descendente. Algo ocurrió en ese momento, porque el gafe se esfumó y Toni empezó a hacer cosas prodigiosas: como marcar 30 goles y meter al Palermo en la Serie A. En la temporada siguiente, más de lo mismo: 20 goles y el Palermo a la UEFA.

Cesare Prandelli es un buen entrenador que conoce la mala suerte. En 2004 tuvo que dejar el puesto de entrenador de la Roma en plena pretemporada para atender a su esposa, gravemente enferma. Tras un año en blanco, fue contratado unos meses atrás por los Della Valle, los nuevos propietarios del Fiorentina, y sólo puso una condición: que ficharan a Toni. Los riquísimos Della Valle pagaron 18 millones de euros al Palermo y se llevaron a Toni a Florencia.

Luca Toni es, a los 28 años, un delantero sensacional. Hace unas semanas anotó una tripleta con la selección italiana. Marcó en el primer partido de Liga. Volvió a marcar en el segundo. Ayer el Fiorentina se enfrentaba a un enemigo difícil, el Udinese de Vincenzo Iaquinta. El duelo de arietes tuvo un vencedor claro: Toni marcó otros dos goles y fabricó un tercero. Al final, 4-1. Iaquinta anotó un penalti y un gol que se anuló sin motivos: es bueno, como Gilardino (que ha llegado al Milan en el peor momento porque el equipo de Berlusconi sigue lastrado por la catástrofe de Estambul).

Toni, sin embargo, es algo más. En sus remates hay una elasticidad imposible, una precisión fatídica. Resulta imposible no evocar a un tipo alto como él (1,88) que también marcaba goles y que, como Toni, disfrutó de pocos años gloriosos. Toni llegó tarde. El tipo al que recuerda cada vez que se descoyunta en el área se fue demasiado pronto, a los 28, lleno de cicatrices. Una lástima, porque no habrá otro Marco Van Basten. La consolación es que de la nada haya surgido Toni, el mejor sucedáneo conseguido hasta la fecha.

jueves, septiembre 15, 2005

EL REFUGIO DE MESSINA

No hay en Italia, ahora mismo, estadios como los de Sicilia. Rugen, sufren y gozan más que los otros. El San Paolo de Nápoles tiene un carácter similar, pero con el equipo en Tercera pesa sobre la grada la sombra de un luto. Palermo y Messina, en cambio, viven los mejores momentos de su historia. El Palermo le dio el sábado un baño al lujoso Inter y el Messina remontó ayer un 0-2 y empató con el Fiorentina de Prandelli, un equipo elegante y prometedor.

El fútbol siciliano nunca lo ha tenido fácil. El grito feroz, "¡terroni!", con que se acoge en los estadios del norte a los equipos del sur, se complementa en su caso con inevitables invocaciones a la mafia y a la tradición sangrienta de la isla. Claro que hay mafia en Sicilia. Mucha y aparentemente eterna. Y a los mafiosos les gusta el fútbol. Claro que les gusta.

Que se lo pregunten a Giuseppe Morabito di Africa, uno de los grandes capos de la mafia calabresa. Morabito fue perseguido por los carabinieri durante 12 años, sin éxito. Se sabía que su refugio estaba en la zona de Aspromonte, pero no había forma de localizarlo. Hasta que un policía listo ató cabos. El nieto preferido del jefe mafioso, un chaval llamado Giuseppe Sculli, jugaba bien al fútbol y formaba parte incluso de la selección italiana sub-21. ¿Cómo podía Morabito, un apasionado del fútbol, resistir la tentación de asistir a los partidos del muchacho? De forma discreta, varios agentes se hicieron seguidores fieles de Sculli y de su equipo, el Verona. Y la cosa funcionó. Morabito fue identificado entre el público y detenido el 18 de febrero del año pasado. A su nieto, joven promesa del calcio, se le vino el mundo encima: un abuelo es un abuelo, aunque se dedique a la extorsión y el asesinato.

El Juventus acababa de fichar a Sculli y se encontró entre las manos con un jugador deprimido y casi inservible. ¿Qué se puede hacer con un futbolista en estas circunstancias? Enviarle a Messina, porque allí tienen ya experiencia en estas cosas. Sculli, un delantero finísimo, se ha incorporado esta temporada al equipo local. A sus espaldas tiene un centrocampista casi de su edad, Gaetano d'Agostino, con más complicaciones familiares que las del propio Giuseppe Sculli.

El centrocampista es hijo de Giuseppe d'Agostino, un arrepentido de la Cosa Nostra que colaboró con los fiscales anti-mafia y sobre el que pesa, por tanto, la condena a muerte de sus antiguos colegas. Las condenas mafiosas se extienden a la familia inmediata. Eso obligó al hijo futbolista a dejar Sicilia y a instalarse en la capital, donde a la policía le resultaba más fácil protegerle. El Roma le contrató, pero no es fácil jugar con soltura cuando debes entrenarte solo, con una escolta permanente y con miedo a que detrás de la próxima esquina te espere un sicario para arreglar cuentas. D'Agostino no hizo nada en Roma. A mitad de la pasada temporada le llamaron del Messina, y no dudó. Regresó a la isla, convencido de que el calor de los aficionados constituía la mejor protección, y en pocas semanas alcanzó la titularidad. Volvió a jugar estupendamente. Como Sculli ahora.

Nunca se sabe cómo acaban estas historias. Por ahora, todo va bien. El público del estadio San Filippo les mima y los dos refugiados, el nieto del mafioso y el hijo del arrepentido, gozan con el balón. Seguiremos informando.

sábado, septiembre 10, 2005

BRASILEÑOS: ESENCIA DE FÚTBOL por Julio César Iglesias

Dice la leyenda que un rayo incendió la hierba de Maracaná. Cuando se disipó el humo, un fuerte aroma de metal quemado o, más exactamente, un olor intenso a orquídea de fundición impregnó los pasadizos del estadio. Entonces apareció Mané Garrincha.

En el fútbol del exterior, todas las figuras solían formarse con una invariable lentitud académica en sus propias escuelas: todas partían de una determinada predisposición personal, todas mejoraban con el paso del tiempo y todas terminaban pareciéndose a alguien; seguramente a sus propios maestros. Más tarde, cumplido el largo periodo de aprendizaje, el alumno tiraba de repertorio y jugaba tan bien como cualquiera.

Sin embargo, las cosas son distintas en la factoría de Brasil: allí, el fútbol es una mera representación de la vida natural, de modo que en la cancha, como en la selva, todo el mundo regatea. Esta arraigada costumbre de gatos, pájaros y futbolistas no implica tanto una concesión al juego como una prueba de supervivencia. Aún más: en aquel apretado universo donde escapar es una obligación se incuba el catálogo de recortes, fintas y quiebros que practican los niños en los límites de la favela. Luego, Pelé, Tostao, Rivelino, Zico y los otros ídolos surgidos de la nada aceptan el singular destino de aprender de una sola manera: mirándose al espejo. Así terminan siendo iguales a sí mismos.

Quizá por eso lamentemos tanto la desaparición de cada figura brasileña. No logramos evitar la sensación de que cada ejemplar único se retira con su molde puesto, y sospechamos que cada despedida supone irremediablemente un principio de decadencia.

Por fortuna, los hechos siguen desmintiendo a los pesimistas. No importa el tamaño de quien se va: siempre llega tras él un sucesor, a su vez inconfundible e incomparable, cuya estatura desborda lo conocido. En la Liga española tenemos las pruebas, gente como Ronaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos, Belletti o Assunçao, seres capaces de inventarse un minuto tan diferente a los demás como una gema es distinta de otra gema. Llegado el momento, Assunçao volverá a transmitir a la pelota un compendio de maldades, Belletti nos mostrará de nuevo el valor oblicuo de la diagonal, Ronaldo se sublevará en un violento resoplido y Ronaldinho copiará su propio relámpago natal.

Noticias procedentes de Santos, estado de Sao Paulo, indicaban que una centella de color cobalto había caído sobre la cancha de Vila Belmiro. De pronto, un fuerte olor a ozono se ha apoderado del graderío y una criatura volátil llamada Robinho empieza a elevarse sobre el círculo central.

Es la historia interminable: Dios ha vuelto a parar en Brasil.

jueves, septiembre 08, 2005

MARADONA Y LA FRAGILIDAD por Jorge Valdano

"Maradona no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero", canta Andrés Calamaro y no está errado. El día que Diego dejó el fútbol le extirparon la pelota, la misma que lo llevó desde Villa Fiorito hasta el cielo. Desde entonces, su caída hacia un precipicio oscuro parece no tener final. Desde allá arriba hasta aquí abajo, en uno de los viajes más exagerados que haya hecho nunca el hombre. Ya sé que en la trampa de la droga entró mucho antes, pero quizá hubiera escapado más fácil si sus domingos tuvieran partidos, gritos de multitudes y una pelota atada a su pie izquierdo. Cierto Calamaro: nadie que haya vivido la apasionante aventura de ser Maradona puede volver a ser una persona cualquiera. Qué frágiles que son los dioses del fútbol, ¿verdad? Diego vive en el imaginario colectivo como un héroe que logró la hazaña de hacernos felices y ganadores; pero ése es un milagro peligroso, como lo son los recuerdos hermosos sin segunda oportunidad. Porque sin el balón Maradona es sólo un hombre que no encuentra manera de estar a la altura de su recuerdo perfecto. Ni ante sí mismo ni ante los demás. Salvo que la cocaína, balón en polvo, lo eleve, aunque sea por un rato, desde este precipicio de mierda hasta el Olimpo del que los dioses nunca debieran salir. Pero la cocaína es una mentira que cuando te devuelve a la tierra, en lugar de recuerdos deja vergüenza, culpa y huellas en la sangre para que la policía haga su trabajo y el periodismo lo convierta en un espectáculo.

Qué frágil que es la vida, ¿verdad? Porque cualquiera de nosotros, un día, hubiera pactado con el diablo con tal de jugar como Maradona, y hoy Diego seguro que daría hasta parte de sus recuerdos por tener la fuerza de ser como cualquiera. Pero eso, ya lo dijo Calamaro, no se puede. A un héroe como Maradona no se le compadece, tampoco se le defiende acusando a su entorno de un problema que es sólo suyo. Maradona fue víctima de una celebridad universal que hubiera confundido a cualquiera. Y fue víctima de una frivolidad social que, en los años ochenta, puso de moda la cocaína haciéndonos creer que era un juguete fashion para gente exitosa. Y fue víctima de su propia frivolidad por creer que su celebridad lo convertía en un exitoso sobrehumano, capaz de vencer a cualquier enemigo, incluso la droga.

Diego pidió ayuda en cada entrevista que le hicieron, millones de personas que, como yo, le amamos, quisiéramos ayudarle. La paradoja es que no sabemos cómo se hace. No podemos decir que no somos conscientes, porque su drama se ha televisado para el mundo entero. Sólo que nunca supimos cómo ayudarle.

sábado, septiembre 03, 2005

LOS "CÓDIGOS" DE LA MAFIA por Carlos Ares

(Nota: Por si alguien se pierde gira en torno a la reciente confesión pública de hizo Diego Maradona sobre el somnífero que pusieron en el agua a los brasileños en Italia 90)


En Argentina, si alguien del fútbol cuenta lo que no debe es advertido de que faltó a los códigos. La primera reacción de Julio Grondona, elegido bajo la dictadura militar presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, hace ya 27 años, y vicepresidente de la FIFA, a cargo de las finanzas -un modesto comerciante que en los últimos 20 años, sin que se le conozcan otros ingresos, acumuló una de las fortunas más importantes del país-, se ajustó a esos códigos. Denunció al denunciante: "Maradona no estaba en su sano juicio". Y añadió: "¿Qué bidón? Habrá que buscar el bidón, a ver qué dice. Hay que hacerle una inspección, a ver si estaba agujereado".

El que quiera oír que oiga y el que quiera ver que vea. Todo está la vista. Al menos, desde que Argentina venciera por 6-0 a Perú en 1978 y pasase a la final del Mundial de ese año, que organizó y ganó bajo la dictadura. Grondona se hizo cargo entonces del silencio cómplice y, duranta su mandato, el negocio del fútbol fue entregado a una empresa de televisión en exclusiva hasta 2014. La participación de empresarios, intermediarios, comisionistas, ladrones y parásitos llevaron a la quiebra a la mayoría de los clubes. El fútbol argentino se convirtió así en una fábrica de engordar pibes para venderlos.

Pero si es verdad, como se sabe, que esta pasión popular expresa a toda una sociedad, ¿por qué nadie más reacciona frente a hechos criminales que pervierten el sentido último de lo que aún debe reconocerse como un deporte? Ni el Gobierno, ni los funcionarios, ni siquiera los periódicos han sostenido posiciones editoriales reclamando una investigación sobre hechos que manchan a los inocentes y ponen en duda 100 años de historia. Sólo el presidente del Boca, Mauricio Macri, se atrevió: "Lo del bidón de Branco no debería llenarnos de orgullo. Esa clase de viveza criolla nos llevó siempre al fracaso. Y el deporte habla de nuestra sociedad". El masajista Galíndez se sintió aludido y parecía representar el sentimiento mayoritario de los aficionados cuando le contestó: "¿Qué puede hablar Macri? Cuidá tu club. Querés subir de gobernador, de intendente de la capital... Tenés riqueza, plata, pero no te metás conmigo, eh. Te quiero mano a mano, sin abogados, sin diputados, sin senadores. Te tirás contra los argentinos. Y tenés que dar gracias de que naciste con plata y en Argentina".

Ahora se explica mejor por qué entrenadores como Marcelo Bielsa o Carlos Bianchi renuncian al máximo orgullo, el de conducir a la selección. Dicen: "No". Al menos, mientras esté bajo el control de Grondona.

viernes, septiembre 02, 2005

EL DESMAYO ITALIANO

El 26 de septiembre del año pasado, en Udine, a 13 minutos del final del partido que enfrentaba al equipo local con el Brescia, Daniele Mannini marcó su primer gol en la Primera División. Si hubiera hecho caso a los comentarios de la prensa, Mannini, de 21 años, se habría retirado del fútbol al día siguiente. Aquél fue un gol maldito. "Una bajeza" para unos; "una desgracia" para otros. Mannini, el debutante del Brescia, marcó desde fuera del área cuando el portero rival, De Sanctis, estaba en el suelo quejándose de un golpe. Vergüenza eterna para Mannini. Su equipo, el Brescia, ganó 1-2, pero Mannini se fue al vestuario con lágrimas en los ojos.

Repetición de la jugada, a cámara lenta. Minuto 32 de la segunda parte. Un balón cuelga sobre el área del Udinese. De Sanctis sale y choca con un contrario, pero el balón es despejado. El guardameta, en pie, sigue la trayectoria del balón hasta que éste cae cerca de Mannini, en el pasillo del 8. Justo en ese momento, cuando comprueba que no se genera un contraataque sino que continúa el acoso sobre su área, De Sanctis se desploma. Mannini tira y, a puerta vacía, marca. ¿Verguenza eterna para Mannini?

Morgan de Sanctis había sido la enésima víctima de una enfermedad endémica entre los futbolistas italianos: el desmayo repentino. No parece que se trate de un mal contagioso, porque no se ha propagado a otros países. En Italia, en cambio, hace estragos. El desmayo debe ser doloroso, a juzgar por los gestos del afectado, pero dura muy poco tiempo: el justo para que un rival, alertado por los gritos de los compañeros de la víctima, demuestre su fair play lanzando fuera el balón. Entra el masajista, el caído se alza trabajosamente, cojea hasta la banda, bebe un trago de agua y salta de nuevo al césped en plena forma.

El desmayo italiano es muy característico porque sólo ataca en situaciones tácticamente convenientes. Jamás se ha desvanecido nadie que estuviera a punto de marcar. En cambio, cuando el contrario roba un balón y monta un contragolpe, el desmayo está asegurado.
O quizá ya no. Porque el doctor Capello ha descubierto una cura. Fabio Capello, el gran dictador del calcio, el hombre que lo ha ganado todo, que ha escrito todos los manuales de gramática parda y conoce todos los trucos del libro, pegó el sábado un golpe de mandíbula al aire e hizo un anuncio urbi et orbi: "A partir de mañana", dijo, "los jugadores de la Juventus no lanzarán el balón fuera de banda cuando un adversario esté caído. Se ha pasado de la falta táctica a la falta de desvanecimiento. Sólo pararemos si alguien se hace daño en la cabeza. Lo demás es asunto del árbitro, que puede parar el juego cuando lo juzgue conveniente".

Las palabras de Capello fueron acogidas con aplausos por los demás técnicos del calcio (menos Roberto Mancini, el Adonis del Inter, tan chulo como Capello y por tanto obligado a llevarle siempre la contraria). Es decir, los propios creadores del misterioso virus decidieron producir una vacuna. Ya inventarán otra cosa. El desmayo italiano tiene tanto futuro como el paludismo en Puerta de Hierro. Se acabó, afortunadamente.

Seguirá habiendo quien caiga al suelo, con un problema de verdad. Y seguirá existiendo el fair play de verdad. Como el que exhibió Paolo di Canio hace cuatro años, cuando vestía la camiseta del West Ham inglés. Estaba a punto de marcar y vio al portero del Everton sobre el césped, fuera de combate. Se detuvo, cogió el balón con las manos y llamó al árbitro. Todo un señor. Aquello fue juego limpio. Ojalá tenga oportunidad de hacer algo así el pobre Mannini, para olvidarse de aquel maldito gol de debutante y de aquel maldito desmayo italiano de De Sanctis.

lunes, agosto 29, 2005

Vuelve el gran Enric con LA LIGA MÁS DEMENCIAL

Ha concluído el verano en la Liga más demencial del planeta. Resumen de lo acontecido:
El Génova, un histórico del calcio, celebró en junio el ascenso y acto seguido fue condenado a seguir penando en los abismos, por amañar un partido con el Venecia; los aficionados, como es de ley, incendiaron la ciudad. El Torino, otro histórico, fue también enviado a las mazmorras clasificatorias por falsificación grosera de balances; los aficionados intentaron linchar al propietario después de incendiar la ciudad. El Lazio, con una deuda fiscal de 23 millones de euros, fue perdonado: a nadie le pareció buena idea que los laciales incendiaran Roma. El Treviso y el Ascoli fueron ascendidos por orden administrativa. El presidente de la Federación fue sometido a una investigación policial (aún en curso) por favorecer a la Reggina frente a la Salernitana.

Sigamos. El mejor árbitro del mundo, Pierluigi Collina, fue dispensado de la obligación de retirarse a los 45 para que siguiera dirigiendo grandes partidos por otra temporada; luego, tras pensárselo 10 minutos, la autoridad competente le relegó a la División B por compartir patrocinador (Opel) con el Milan. La UEFA impuso al Roma la prohibición de comprar o vender jugadores hasta el año próximo, pero un tribunal italiano levantó la sanción y no pasó nada. En la División B fueron clausurados ocho estadios por incumplir las normas de seguridad y varios alcaldes, como el de Brescia, prohibieron que se disputaran partidos el sábado como ordenaba la federación: el sábado, dijeron, es día de mercado; todo el mundo simuló entender el razonamiento.

Mientras se desarrollaban todos esos ritos tradicionales de pretemporada, ocurrió algo que heló la sangre al mundillo del calcio: Massimo Moratti, propietario del Inter y cabecita loca del calcio, el hombre que cambió a Roberto Carlos por Pistone, malvendió a Simeone y renunció a contratar a Zidane porque le pareció "innecesario", tuvo un momento de debilidad e hizo un buen fichaje. Intentó disimularlo quedándose a la vez con unos cuantos saldos del Real Madrid, pero no tardó en descubrirse que había comprado también a Pizarro, la joya chilena del Udinese. Con Adriano, Pizarro en el medio centro y Cambiasso (ese que no quiso Florentino) en todas partes, el Inter (que alineó a Figo, pero no a Solari) empezó a parecer un equipo. Adriano marcó ayer sus primeros tres goles. Los interistas, acostumbrados al fracaso, esperaban una desgracia inminente.

Moratti, además, pagó seis millones de euros a Vieri con tal de que se largara. Vieri fue contratado por el Milan y lo celebró con una botella de champán de 16.000 euros. La incorporación de Vieri (está mal decirlo, pero Vieri trae desgracia) hizo caer la cotización milanista en las casas de apuestas, y ayer el Milan no pasó del empate con el milagrosamente ascendido Ascoli. El Juventus, con Ibrahimovic, Emerson y Vieira, arrancó la temporada como principal aspirante al título.

Y en Livorno, la ciudad roja de Toscana, la gente agradecía al cielo una de esas lecciones que le enseñan a uno lo que es la vida. Lucarelli, el hombre que con una frase célebre ("tenetevi il miliardo") renunció al dineral que le ofrecían varios clubes, aceptó un sueldo normalito para cumplir el sueño de jugar en su amado Livorno y fue máximo goleador de la pasada temporada, volvió a marcar el sábado. Fue el primer gol, y seguramente el último porque el club quiere vender al héroe en cuestión de días. La vida es así, amiguitos. Incluso en Livorno.

sábado, agosto 27, 2005

EL ESTADIO por Eduardo Galeano

¿Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío? Haga la prueba. Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie. En Wembley suena todavía el griterío del Mundial del 66, que ganó Inglaterra, pero aguzando el oído puede usted escuchar gemidos que vienen del 53, cuando los húngaros golearon a la selección inglesa. El Estadio Centenario, de Montevideo, suspira de nostalgia por las glorias del fútbol uruguayo.

Maracaná sigue llorando la derrota brasileña en el Mundial del 50. En la Bombonera de Buenos Aires, trepidan tambores de hace medio siglo. Desde las profundidades del estadio Azteca, resuenan los ecos de los cánticos ceremoniales del antiguo juego mexicano de pelota. Habla en catalán el cemento del Camp Nou, en Barcelona, y en euskera conversan las gradas de San Mamés, en Bilbao. En Milán, el fantasma de Giuseppe Meazza mete goles que hacen vibrar al estadio que lleva su nombre. La final del Mundial del 74, que ganó Alemania, se juega día tras día y noche tras noche en el Estadio Olímpico de Munich. El estadio del rey Fahd, en Arabia Saudita, tiene palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que decir.

Eduardo Galeano, escritor uruguayo.

miércoles, agosto 24, 2005

ESPEJISMOS FUTBOLÍSTICOS por Vicente Verdú

(...)
El partido se desarrolla sin libreto, a diferencia del cine, el teatro o el telefilme; cuenta pues con los componentes de una aventura de la que se ignora el proceso y, sobre todo, el final. El marcador, justiciero, inapelable y total. De esa manera el espectáculo deportivo y significativamente el partido de fútbol (donde la predicción es notablemente menor, debido a las dificultades de control con el pie y a las inevitables irregularidades del campo) se presenta como la vida misma expuesta a lo largo de la cancha.

La justicia, el azar, el esfuerzo, la colaboración entre amigos o familiares, la adversidad, la suerte, acuden al campo como atributos capitales de la vida misma. El espectador sigue el espectáculo y obtiene una doble gratificación posible: la oportunidad estética del buen juego (no siempre garantizada pero crecientemente promovida por los clubes-espectáculo), y la vivencia de una vida "real" en paralelo: fuera de sí pero afectando emotivamente el interior. Con una ventaja impagable: cuanto sucede en la cancha nos afecta de verdad pero en la conclusión el daño recibido es "de mentira". La decepción de un mal resultado amarga la velada pero nada comparable a un revés familiar.

De esa manera el juego se hace doblemente: se juega dentro y fuera del césped, se juega con las emociones de verdad (para degustarlo mejor) y de mentira (cuando son negativas) para protegernos de su falso dolor. Los aficionados sufren así, se desesperan, confían, se desalientan, se ven recompensados por la justicia o por el destino tal cómo ocurre fuera del recinto pero la dosis que se recibe en el encuentro se desvanece sin consecuencias poco después.

En cuanto a todo el proceso de vivencia como hincha, el ciudadano recibe de su equipo un aporte estatutario que no encuentra en su discurrir normal. Su equipo le representa y actúa por él dentro de un nivel superior, a una altura inalcanzable. La adherencia de un aficionado a un club grande eleva simbólica o psicológicamente su talla, le reconforta integrado en una empresa común.

Los equipos de fútbol en la Liga española y otras participantes en la Champions League son conjuntos cuajados de figuras estelares, multimillonarios en dólares, internacionalmente famosos, planetariamente deseados, profesionalmente reverenciados. La luminosidad de esta conjunción convierte el espectáculo del fútbol en una experiencia extraordinaria que si traspasa lo real en cuanto a sus grandes metáforas, no lo anula, sin embargo, por completo.

El partido toma de lo real los caracteres del drama pero desborda lo común en cuanto que cada encuentro es motivo de transmisiones en las que participan cientos de millones de oyentes y telespectadores. Gentes de todas las clases que, al igual que cada uno de nosotros, comulga con el mismo suceso. Un suceso tan excepcional que nos asciende, tan global que nos trasciende.

De esta manera el fútbol nos electriza, nos exalta. Porque incluso los reveses que se padecen en cuanto aficionado tienen el carácter, dentro de la hinchada o en toda la nación, de las grandes derrotas bélicas. El fútbol, grande en sí, multiplica nuestras proporciones, nuestros registros emocionales e imaginarios y nos ingresa en un ámbito de fascinación ¿Una ilusión? ¿Una niñada? Efectivamente. El mundo está puerilizado y tiende cada día más a esta condición. Es necesario hacerse niño para cultivar la ilusión de un hincha. Pero cuando esta misma ilusión es, además, vivida masivamente y las ciudades se detienen, las calles se desertizan y los actos políticos o la justicia se aplazan a causa del partido, algo serio y real ocurre a la vez.

El fútbol, más que otros deportes, ha logrado este nuevo sortilegio. Ha conseguido introducirse en lo social con un efecto hiperreal: más real que lo real sin ser precisamente de este mismo mundo. Una nueva naturaleza real/irreal en el ejercicio de vivir infantilmente y asociada a otros casos de clonación o remedo de lo real que definen en conjunto una nueva etapa del sistema que he llamado "capitalismo de ficción", en un intento de definir el nuevo y transparente estilo del mundo.

Vicente Verdú es escritor y periodista. Extracto del artículo "Espejismos deportivos" en EXIT, Imagen & Cultura nº 15 , agosto/septiembre/octubre 2004

martes, agosto 23, 2005

GARRINCHA por Eduardo Galeano

Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al futbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticaron que nunca llegará a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado.Nunca hubo un puntero derecho como él. En el Mundial del 58 fue el mejor de su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue mas: él fue el hombre que dio mas alegrias en toda la historia del fútbol.

Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. Garrincha ejercía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése era él; el botafogo que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones, escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser besada.

¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo.

Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo.

Eduardo Galeano es escritor uruguayo

lunes, agosto 22, 2005

EL MOMENTO DE ADRIANO

Quien no vio a Bernd Schuster en el Europeo de 1980, no vio jugar al auténtico Schuster. Quien conoció a Franz Beckenbauer en los años 70, descubrió a un gran directivo que se alineaba como defensa libre en el Bayern y la selección alemana, pero se perdió al maravilloso centrocampista que fue antes. A Ronaldo hubo que verle en el Barcelona; a Cruyff, en el Ajax. Y a Adriano Leite Ribeiro, 22 años, hay que verle ahora mismo.

Adriano es un prodigio. Tanto músculo (1,89 de estatura, 91 kilos) no puede moverse con tanta soltura, ni puede tocar el balón (calza un 46) con tanta delicadeza, ni puede colarse como se cuela por los rincones del área. Sobre todo, esa montaña de músculo contra la que, como dice su compañero Toldo, "los contrarios rebotan", no puede ser eternamente indestructible: si un día se rompe, se desmoronará en un chasquido de tendones y ligamentos y, aunque se cure, no volverá a ser lo mismo.

El año pasado, el fenómeno del calcio fue el milanista Kaká, un mediapunta delicioso, también brasileño, que esta temporada está arrancando con dificultades. Este año no hay otro rey que Adriano. En verano, siete goles, máximo goleador y mejor jugador de la Copa América. Con el Inter ha marcado siete tantos en los cinco partidos oficiales disputados hasta ahora, ha anotado siempre y ha sido siempre el mejor del equipo. Roman Abramovich, el multimillonario dueño del Chelsea, ofreció al parecer 84 millones de dólares para llevárselo, pero ni el Inter ni él mismo estuvieron por la labor.

Adriano, como Ronaldo, es hijo de las favelas. Y no ha perdido la modestia. Afirma que el propietario del Inter, Massimo Moratti, le sacó de la chabola (exagera: ya jugaba en el Flamengo y tenía un sueldo decente en 2001, cuando Moratti pagó por él 8,4 millones de dólares) y que nunca le traicionará. En fin, ya veremos. El caso es que Adriano no ha adoptado todavía las maneras de los divos, pese a acudir cada día al vestuario interista, que, junto al del Real Madrid, es probablemente una de las mejores escuelas del mundo en la materia, y se comporta como una fuerza benigna. Ayuda a los compañeros, no se queja, no protesta las decisiones de los árbitros, se lleva bien con Vieri (eso es, seguramente, lo más difícil) y da las gracias por todo.

Cuando murió su padre, unas semanas atrás, viajó a Brasil, acudió al entierro, estuvo un par de días con la familia, regresó a Milán y, tras una noche en blanco, saltó al césped y marcó.

Para Zaccheroni, ex-técnico del Inter, Adriano "es menos dinámico que el mejor Ronaldo, pero es mejor que el mejor Ronaldo". Adriano Galliani, la mano derecha de Silvio Berlusconi, ya ha dicho que su "ilusión" es alinearle en el Milan junto a Andy Shevchenko. La prensa italiana le ensalza cotidianamente. Antes de que todo esto le pese en los pies, en la cabeza y en el bolsillo, hay que verle jugar. Ahora.

jueves, agosto 18, 2005

LA HERENCIA DE TRUENO

Gigi Riva acaba de cumplir 60 años. Rombo di Tuono, Estruendo de Trueno, el mejor futbolista italiano del último medio siglo, que jugó siempre en el Cagliari porque no le apetecía dejar su pobrísima Cerdeña natal para ser empleado de un equipo del norte rico, sigue siendo un tipo de una pieza: áspero, sarcástico y decente. Fuma tanto como cuando jugaba, o sea, mucho, y mantiene los mismos valores. A este hombre, las defensas contrarias le rompieron los dos peronés y sólo se le oyó un lamento: que en el hospital le quitarían los cigarrillos. El fútbol, dijo, es sólo un juego, un entretenimiento sin más importancia. Pero si te pagan por jugar eres un profesional del asunto y te dejas el pellejo en el césped. Sin quejas y sin discusiones.

A Riva le gustaba que le trataran como a un adulto. Una noche, en vísperas de un partido importante, el entrenador entró en su habitación y encontró a la mitad de equipo jugando al póker bajo una humareda de espanto. El entrenador sólo dijo una frase antes de irse: "Abrid la ventana". Al día siguiente, Riva y los suyos jugaron como nunca y ganaron.

Valeri Bojinov, un chaval espontáneo y exuberante, se distingue en muchas cosas de Rombo di tuono. Tiene la sensatez de no fumar, por ejemplo. Y nunca se quedará en su pueblo, porque lo dejó ya a los 13 años. El Lecce se lo llevó de Bulgaria cuando era un niño y el Tribunal de Menores otorgó su tutela al responsable de los juveniles de la sociedad. Ha vivido desde entonces en una especie de internado futbolístico. Debutó en Primera a los 15, ha padecido la agonía del descenso y la euforia del ascenso y hoy, con menos de 20 años y ya internacional en la selección búlgara del ex barcelonista Hristo Stoichkov, es uno de los máximos goleadores de la Liga italiana.

Bojinov ha estado a las órdenes de Zdenek Zeman, el héroe romántico que denunció el dopaje en el calcio y pagó por decir la verdad. Zeman es de la escuela de Riva: un fumador enamorado del sur y del fútbol de ataque, un tipo serio y severo que no gasta dos palabras si le basta con una. El un partido contra el Roma en el Olímpico, Bojinov marcó e hizo lo impensable: corrió hacia el banquillo y le estampó un beso a Zeman. Los demás jugadores dieron por supuesto que Bojinov sería despellejado. Pero a Zeman sólo se le escapó algo que pareció una sonrisa.

El jueves siguiente, durante el partidillo de entrenamiento, Zeman le pegó un grito a Bojinov y éste respondió mal. Zeman se hizo el sordo. Al día siguiente, el joven búlgaro se presentó en su oficina para pedir perdón y leyó en público una nota conmovedora en la que agradeció al entrenador todo lo que le estaba enseñando y en la que dio por supuesto que sería "merecidamente" relegado al banquillo.

Pero Zeman sacó en el partido siguiente a Bojinov como titular ante el Palermo. Y el chaval se lo agradeció con dos goles.

Bojinov es un gran futbolista y será un fenómeno. Quizá llegue a ser también un hombre. Como Riva, Zeman y otros especímenes similares, cada vez más raros.

viernes, agosto 12, 2005

UNA FRASE INOPORTUNA

Durante la pasada temporada, Cristiano Lucarelli, delantero del Livorno, se quejó de un mal arbitraje de una forma peculiar: "Nos quieren enviar a Segunda por cuestiones políticas", dijo, "quieren que acabemos como el Empoli, el Módena, el Ancona y el Perugia porque nuestra afición es de izquierdas y enarbola retratos del Che Guevara". Lo de Lucarelli fue un poco animal y el futbolista se disculpó de inmediato. Pero abrió un debate muy interesante, esquivado por la prensa (hablar de política y deporte es de mal gusto) e intensísimo en las radios deportivas y, sobre todo, en Internet.

Los clubes italianos solían atribuirse, en otro tiempo, una identidad política. En Turín, el Juventus era de derechas y el Torino, de izquierdas. En Milán, el Milan se consideraba progresista y el Inter, conservador. En Roma, el Lazio atraía a la ultraderecha (Mussolini era tifoso) y el Roma, a los comunistas. El Bolonia y casi todos los toscanos, como el Livorno, tendían a la izquierda. Ascoli, Verona, Padua y Triestina eran percibidos como neofascistas.

Las cosas, por supuesto, son mucho más complejas y en cada casa hay de todo. El propietario del Milan, Silvio Berlusconi, no tiene nada de izquierdista. El dueño del Inter, Massimo Moratti, es, en cambio, un magnate petrolero que simpatiza con el antiberlusconismo y el pacifismo, se empeña en numerosas causas sociales y proporciona equipamento deportivo a los indígenas de Chiapas. En cuanto a Lazio y Roma, sus aficionados más ruidosos compiten actualmente en ultraderechismo, quizá con una cabeza de ventaja de los laziales por su irreductible racismo, pero en el Estadio Olímpico caben todas las ideologías.

La policía sigue creyendo en las identidades después de investigar a los grupos más violentos. Un informe del grupo policial que trabaja en los estadios establece que entre los 128 clubes de Primera, Segunda y Tercera hay 27 "orientados" a la derecha, 15 más o menos de izquierda y siete mixtos. Los demás son, según ese informe, "apolíticos". La policía opina que Milan y Roma han virado a la derecha, que Lazio y Verona son "feudos de la ultraderecha" y que Ancona, Bolonia, Brescia, Génova y Livorno son "zona roja".

Todo eso debe ser más o menos cierto. Pero el fútbol es deporte sobre el césped, negocio en los despachos y fantasía en la grada. Y en los foros de Internet en los que se ha discutido la frase de Lucarelli ha quedado muy clara una cosa: los clubes están cargados de ideología, y ésta corresponde, siempre, a la de cada aficionado. Un tal Antonio aseguraba que su club, el Lazio, era "desde siempre la casa de los socialistas romanos". ¿Y por qué no? Lo que sí puede darse por finiquitado es el antiguo filocomunismo del Milan. Silvio Berlusconi, que nunca se equivoca, rezó antes de la final Milan-Steaua de Bucarest, en 1989. Y explicó luego el sentido de la oración: "He rezado para que pierdan los comunistas", dijo.

jueves, agosto 04, 2005

ZIDANE, EL GUARDIÁN DEL FÚTBOL por Santiago Segurola

Entre otras cosas, el fútbol es una cuestión de velocidades, aunque ahora se tiende a utilizar sólo una: la máxima, con todo lo que significa de atropello y abandono de la técnica en beneficio del atletismo. No hay precisión posible en estado de máxima aceleración, superada la frontera que permite tomar decisiones como un jugador y no como un robot. Por desgracia, abundan los entrenadores que predican un fútbol urgente. Para presionar, para cumplir las deberes defensivos, para atacar. Así, no hay manera de dar tres pases, ni de leer los partidos. Al grito de "viva Cartagena", el fútbol ha reducido sus enormes posibilidades estilísticas y ha puesto en peligro la raza del jugador pensante. La modernidad sirve como excusa para perpetrar ciertas aberraciones y para tranquilizar la conciencia de sus propagandistas.La figura de Zidane sirve fundamentalmente para recordarnos cómo se juega al fútbol. El jugador francés se distingue por tomar decisiones, y por tomarlas de manera adecuada. Lo hace para aparecer libre, para jugar a uno o dos toques, para girarse y retrasar la pelota, para cambiar el juego, para encontrar lo que otros no pueden encontrar porque la quemazón les nubla el pensamiento.

La particularidad de Zidane es contradictoria. En otros tiempos, este tipo de futbolista se hacía obligatorio en cualquier equipo. Gente capaz de articular el juego con naturalidad y sabiduría, haciendo lo correcto en los lugares apropiados. Pero ahora, esta raza se encamina a la extinción, devastada por los excesos: de velocidad, de obligaciones, de uniformidad.

No son pocos los que se sorprenden del prestigio de Zidane. "No hace nada especial", dicen. Cierto. No dispone de ninguna cualidad que le distinga y lo coloque a altura de los diferentes: de Pelé, Maradona, Cruyff, Di Stéfano, Van Basten. Pero ese reproche apenas importa. Interesa más lo que representa Zidane, el guardián del conocimiento, de la manera correcta de interpretar el fútbol, un jugador habitual en otros tiempos, atípico ahora, necesario siempre.

lunes, agosto 01, 2005

FELICIDAD

"-¿Cómo explicaría usted a un niño lo que es la felicidad?
-No se lo explicaría. Le tiraría una pelota para que jugara"

Dorothee Sölle, escritora y teóloga alemana.

domingo, julio 31, 2005

HEYSEL, LOS PORQUÉS Y LAS CONSECUENCIAS por John Carlin

La final más irrelevante del fútbol europeo se disputó el 29 de mayo de 1985 en el estadio de Heysel, en Bruselas. La anécdota fue que el Juventus derrotó al Liverpool y se llevó la Copa de Europa. La noticia, que apenas una hora y media antes de que Platini marcara el único gol habían fallecido 39 espectadores, casi todos italianos.

Increíblemente, la UEFA decidió seguir adelante con el partido. Cuando lo más apropiado habría sido olvidar la Copa por un año; reconocer que, a pesar de lo que decía el antiguo entrenador del Liverpool, Bill Shankly, el fútbol no es más importante que la vida o la muerte.
¿Qué pasó aquel día? ¿Por qué ocurrió la tragedia?

Fue, indudablemente, el día más terrible en la lamentable historia del hooliganismo británico. Un pequeño grupo de aficionados del Liverpool vivirá siempre con la memoria de que la catástrofe se debió a ellos. Y la ciudad de Liverpool lo reconoce. Hace pocos años se inició una tradición que se repetirá de ahora en adelante cada 29 de mayo. Las campanas del Ayuntamiento sonaron 39 veces en recuerdo de cada uno de los muertos.

Pero también hubo otros factores para el desastre. Como el comportamiento de algunos de los seguidores italianos y la decisión de disputar un encuentro tan importante en un estadio tan evidentemente inadecuado.

Según la reconstrucción generalmente aceptada de los hechos -lo curioso es que nunca hubo una investigación oficial-, los problemas comenzaron cuando un grupo de aficionados del Juventus lanzaron piedras, latas y misiles de varios tipos a los del Liverpool. Éstos, recordando que ellos habían sido las víctimas de los hooligans italianos en la final del año anterior, en Roma, contraatacaron. Así, cargaron sobre sus agresores, lo que en sí mismo no habría provocado consecuencias tan graves. El problema fue que muchos espectadores de los asientos contiguos, que no tenían nada que ver con la pelea, reaccionaron ante la embestida inglesa de la manera más natural: con pánico. Intentaron huir, pero no había hacia dónde hacerlo. Corrieron hasta un muro de piedra, algunos intentaron escalarlo, se derrumbó y, en el atropello general, murieron los 39.

Catorce aficionados del Liverpool recibieron condenas de tres años de cárcel por homicidio involuntario y Heysel no se volvió a utilizar para partidos de fútbol hasta el Campeonato de Europa de selecciones nacionales, la temporada pasada, tras hacerse amplias obras de reconstrucción.

El fútbol inglés tambien tuvo que sufrir las consecuencias: a sus clubes se les negó por cinco años la participación en las competiciones europeas y al Liverpool, en concreto, por siete. A nadie en Inglaterra le pareció injusta la medida aunque esa época de aislamiento tuvo un impacto nefasto sobre la calidad de su fútbol. Fue como si de repente hubiesen olvidado lo aprendido entre 1977 y 1984, cuando equipos ingleses ganaron siete de las ocho copas de Europa disputadas, y recurrieron al pensamiento único del pelotazo.

Tras la invasión de jugadores extranjeros, el nivel fue mejorando en la Liga inglesa a lo largo de los noventa, a tal grado que ahora conjuntos como el Arsenal, el Leeds, el Manchester United, el Chelsea y el propio Liverpool prometen ofrecer una seria alternativa a la nueva hegemonía española en los próximos años.

Pero la mejor noticia de todas es que los avances en la calidad del fútbol inglés han ido acompañados de un declive en las tendencias hooliganescas de los aficionados. Por algún motivo, aquéllos que siguen a la selección inglesa parecen incapaces de abandonar las viejas costumbres, pero en los últimos años los aficionados de los clubes que compiten en Europa han pasado por Madrid, Barcelona, Milán, Turín y Roma con mucho ruido, pero poca maldad.

Los del Liverpool tienen hoy fama de buenos, de fans ejemplares. Que así siga siendo.

miércoles, julio 13, 2005

SE VENDEN PIERNAS por Eduardo Galeano

Como todos los uruguayos, de niño quise ser futbolista. Por mi absoluta falta de talento, no tuve más remedio que hacerme escritor. Y ojalá pudiera yo, en algún imposible día de gloria, escribir con el coraje de Obdulio, la gracia de Garrincha, la belleza de Pelé y la penetración de Maradona.

En mi país, el fútbol es la única religión sin ateos, y me consta que también la profesan en secreto, a escondidas, cuando nadie los ve, los raros uruguayos que públicamente desprecian el fútbol o lo acusan de todo. La furia de los fiscales enmascara un amor inconfesable. El fútbol tiene la culpa, toda la culpa, y si el fútbol no existiera, seguramente los pobres harían la revolución social y todos los analfabetos serían doctores; pero, en el fondo de su alma, todo uruguayo que se respete termina sucumbiendo, tarde o temprano, a la irresistible tentación del opio de los pueblos.

Y la verdad sea dicha: este hermoso espectáculo, esta fiesta de los ojos, es también un cochino negocio. No hay droga que mueva fortunas tan inmensas en los cuatro puntos cardinales del mundo. Un buen jugador es una muy valiosa mercancía que se cotiza y se compra y se vende y se presta, según la ley del mercado y la voluntad de los mercaderes.

La ley del mercado, ley del éxito. Hay cada vez menos espacio para la improvisación. Importa el resultado cada vez más, y cada vez menos el arte, y el resulta o es enemigo e riesgo y la aventura. Se juega para ganar o para no perder, y no para gozar la alegría de dar alegría. Año tras año, el fútbol se va enfriando, y el agua en las venas garantiza la eficacia. La pasión de jugar por jugar, la libertad de divertirse y divertir, la diablura inútil y genial, se van convirtiendo en temas de evocación nostalgiosa.

El fútbol suramericano, el que más comete todavía estos pecados de lesa eficiencia. Ley del mercado, ley del más fuerte. En la organización desigual del mundo, el fútbol suramericano es una industria de exportación: produce para otros. Nuestra región cumple funciones de sirvienta del mercado internacional. En el fútbol, como en todo lo demás, nuestros países han perdido el derecho de desarrollarse hacia adentro. No hay más que ver a los seleccionados de Argentina, Brasil y Uruguay en este Mundial de 1990. Los jugadores se conocen en el avión. Solamente un tercio juega en el propio país; los dos tercios restantes han emigrado y pertenecen casi todos a los equipos europeos. El Sur no sólo vende brazos, sino también piernas, piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad de consumo.

En tiempos de tanta duda, uno sigue creyendo que la Tierra es redonda por lo mucho que se parece al balón que gira mágicamente sobre el césped de los estadios. Pero también el fútbol demuestra que esta Tierra no es muy redonda que digamos.

Eduardo Galeano es escritor uruguayo

domingo, julio 10, 2005

JOAQUÍN, FUEGO VERDE por Julio César Iglesias

Cuando George Best decidió ahogarse en su piscina de ginebra, algunos pesimistas llegamos a pensar que con él se iban para siempre los reflejos verdes que habían iluminado durante diez años todas las calles del fútbol británico, desde Penny Lane hasta Carnaby Street. Aquellos fogonazos irlandeses que deslumbraron a Europa serían un fenómeno sencillamente irrepetible porque, con su elegancia de ciprés y su madera de felino, George era sencillamente inimitable.

La secuencia de su regate nos hacía pensar en la visión atlética de una danza guerrera. Se encaraba con el defensa, aplomaba la figura detrás de la pelota y amagaba un par de fintas de iniciación. Sus gestos, voluntariamente exagerados, parecían una demostración de poderío, pero eran sólo una forma de ocultar la verdadera maniobra. Con tan exuberante preparación no importaban gran cosa los reflejos del defensa de guardia: la arrancada definitiva llegaba siempre por sorpresa.

En el último segundo alargaba el perfil, marcaba los tiempos del recorte y emprendía la aventura. A partir de entonces sus escapadas seguían la misma pauta que los relámpagos; eran la progresión horizontal de una chispa eléctrica.

Con él, como con Mané Garrincha o con Raymond Kopa, siempre tuvimos, pues, la sensación de estar ante ejemplares únicos, exóticos productos de la casualidad que surgían espontáneamente de la selva del juego. O quizá fueran una respuesta de las leyes de la evolución a las nuevas exigencias del estadio: a más velocidad de los galgos, mayor agilidad de la liebre.

De alguna de esas desconocidas reservas del azar y la biología procede Joaquín.

Según su ficha oficial, llegó del Puerto de Santa María, una plaza blanqueada por el salitre en la que los chiquillos hablan del duende como se habla de un familiar y de la que dijo Joselito El Gallo: "Quien no ha visto toros en el Puerto no sabe lo que es un día de toros". En los ídolos locales, ya sean poetas, cantaores, deportistas o toreros, suele haber un destello de sensibilidad que asociamos a la recurrente escuela andaluza. Y el caso es que, por causa desconocida, los jipíos, las medias verónicas, los endecasílabos y los centros al área trazan allí una misma curva sentimental.

Sea por cuna o por inspiración, Joaquín nació a la vez artista y futbolista. No hay más que verle en la Calle 7, mirando fijamente a Roberto Carlos con los ojos de George antes de ponerle un par de banderillas al cuarteo.

Después repite invariablemente el ceremonial: estira el perfil, abre el compás en un sonoro taconazo, encadena su doble zancada lateral y deja sobre la banda derecha el rastro de una violenta línea quebrada.

Sucesor de The Best, es, sin duda, el nuevo rey del zigzag.

martes, julio 05, 2005

EL ARQUITECTO PIRLO

No habla, no se ríe y no entiende los chistes, pero toda la alegría del Milan sale de sus pies. Andrea Pirlo (Brescia, 1979) se ha convertido en la única pieza insustituible en el esquema de Carlo Ancelotti. Durante esta temporada, se ha comprobado que el equipo no funciona cuando él no funciona.

La pirlodependencia milanista es tan profunda que a veces incomoda. El vicepresidente ejecutivo, Adriano Galliani, reconocía durante la temporada que la baja de Pirlo, por una lesión en una rodilla en la semifinal contra el Inter, suponía un problema excesivo. "Hemos buscado un sustituto en el mercado para estas ocasiones", comentó, "y no lo hemos encontrado. Es un jugador irreemplazable. No digo que sea nuestro mejor futbolista. Sólo, que no somos capaces de sustituirle. Y quizá Carlo [Ancelotti] debería empezar a buscar una nueva fórmula de juego para cuando Pirlo no esté".

Sin embargo, Ancelotti se siente muy orgulloso de haber encontrado un hueco para el hombre más raro del fútbol italiano, un prodigio a los 10 años -por entonces, tampoco se reía-, una promesa sensacional a los 16, cuando debutó en Primera con el Brescia, y un aparente fracaso a los 22. Era un mediapunta obsesivo; un tipo que, si no convertía cada pase en una ocasión de gol, se sentía frustrado, lo que le llevaba a perder balones y a eclipsarse durante largos periodos. El Inter le fichó y no supo qué hacer con él: se lo cedió al Reggina y al Brescia y acabó traspasándole al Milan.

Roberto Baggio es lo más parecido a Pirlo, una técnica prodigiosa en un cuerpo liviano, y su presencia en el Brescia sugirió al entrenador Mazzone un experimento: dejar a Baggio en su puesto natural de mediapunta y retrasar a Pirlo a la posición de mediocentro. Al principio, no funcionó. Incluso suscitó el sarcasmo del entonces saleccionador nacional, Giovanni Trapattoni: "Es como meter a Zico justamente delante de la defensa". Pero Ancelotti, en el Milan, tenía recursos para repetir el invento de Mazzone con mayor fortuna. Envió a Pirlo al mejor gimnasio del mundo, el de Milanello, y, aunque no consiguió un prodigio muscular -sigue sin llegar a los 70 kilos-, obtuvo un mediocentro capaz de robar balones y aguantar tarascadas.

Lo otro estaba garantizado porque hay muy pocos jugadores capaces de ordenar el juego como lo hace Pirlo. "Es fantástico. Sabe jugar el balón y, además, ayuda a sus compañeros". La frase es de Johan Cruyff, poco dado a los elogios, especialmente cuando se habla de italianos. Marcello Lippi, el actual seleccionador italiano, considera que Pirlo es la clave del Milan: "Es el jefe natural, un líder que habla con los pies", afirma.

La clarividencia de Pirlo y su capacidad para mantener la posesión del balón permiten que funcione un equipo desequilibrado que suele disponer un lateral-carrilero por la derecha, Cafú, y un lateral pegado a su área en la izquierda, Maldini, y carece de efectividad si Kaká no encuentra espacios. Todo acaba apoyándose en el pequeño arquitecto. Si él falta o renquea, aflora el Milan vulgar de Eindhoven y de muchos partidos de la segunda vuelta de la Liga italiana: Shevchenko, aislado; Kaká, inmóvil, y una capacidad de despliegue limitada a las subidas de Cafú.

sábado, julio 02, 2005

ESPLENDOR EN LA YERBA por Manuel Vázquez Montalbán

Voy de curtido por la vida y los campos de fútbol y yo, que he visto regatear a Kubala con las caderas, driblar de costado a Eulogio Martínez, a Di Stefano reinventarse el campo de fútbol con la imaginación o disfrazarse de poste, a Cruyff marcar goles con el flequillo, lamenté aquel día no llevar nunca -pero es que nunca- sombrero para quitármelo cuando vi a Romario dejando cubierto de vaselina y soledad al portero de Osasuna. Llamándose Romario no podía esperarse otra cosa que goles sureños, del sur más profundo del mundo, con un estilo de samba con seriedad de macumba, de la misma manera que llamándose Van Basten los goles han de ser nórdicos y de metro noventa de estatura. Romario marcaba goles y después levantaba el dedo hacia los cielos y se santiguaba hacia los infiernos, con una seriedad de samba trascendente, como si los goles le vinieran de fuera, cual la gracia santificante y las ayuditas del Espíritu Santo.

Cualquier otro delantero centro que se llevara la pelota al tacto, con los pies tan sensibles y blandos como los relojes de Dalí, para rematarla a continuación con pies de piedra excitaría el sentido del ridículo y el odio de los defensas y porteros. Pero Romario les despertaba un sentimiento religioso y, de no estar en pleno campo de fútbol delante de tantos desconocidos y de no tener todos tan metido dentro el sentido del ridículo, estoy seguro de que después de cada gol de Romario, sus antagonistas se arrodillarían y darían gracias a un dios no por menor y pagano menos considerable, por haber sido escogidos para el acontecimiento.

Otro valor añadido a este jugador es su misteriosa gestualidad, hierático como un diosecillo preocupado por la deforestación del Paraíso e inalterable al paso de las estaciones porque cuando Romario está en ellos, los campos de fútbol adquieren una dimensión de prado planetario y los 90 minutos una parsimonia de estaciones, de vez en cuando precipitadas por las decisiones geniales del dios reconcentrado. Romario creaba un espacio y un tiempo, o así nos lo parecía mientras duraba la magia.

Pero si algún día, como le ocurrió al marino que perdió la gracia del mar, él pierde la gracia del gol, no olvidemos que gracias a él volvimos a vivir tiempos de esplendor en la yerba, sin la suerte de tener a mano un poeta como William Wordsworth para contarlo.

Manuel Vázquez Montalbán, escritor