domingo, febrero 01, 2015

ABDON EN POLVO CONVERTIDO por Manuel Jabois

Publicado por la revista Jot Down, guardé este texto de Jabois durante tres años. Espero que ya haya prescrito cualquier delito de reproducción. Digo espero, porque nunca se sabe. Abdón Porte ya ha sido protagonista de este blog, pero con un lujo como el que escribe Jabois ¿quién no le daría sitio?




El primer Abdón era hijo de Hillel el piratonita: dio a la tierra cuarenta hijos y treinta nietos que montaban en setenta burros. Juzgó en Israel ocho años y su nombre venido del hebreo significa siervo. Fue enterrado en el monte Amalec en el fondo de los tiempos, cuando Abdón Porte era aún descendiente de sus descendientes.

Nació El Indio, como le llamaban, en 1880; de él se cuenta que tuvo infancia de traste en la barriada de Libertad, departamento uruguayo de Durazno, llamado así porque fue creado alrededor de un duraznero, el naranjo americano. Porte creció pateando el balón y exhibiendo dotes de mando. Era fuerte y dominador; la foto de su juventud lo presenta con una mandíbula ancha y rasgos profundos de chamán efebo, con las cejas larguísimas cubriéndole los ojos a modo de visera tormentosa. Su estampa era de indio antiguo, como si una pareja superviviente lo hubiese engendrado a escondidas. “Formidable columna y rasgos característicos”, le dijeron los periódicos.

Abdón Porte debutó en el Colón y siguió en el Libertad, los dos en la Primera División. No pasó inadvertida su presencia y liderazgo para Nacional, que lo hizo llegar al tricolor en sólo unos meses. Su leyenda comenzó un 12 de marzo de 1910 en la banda derecha del Gran Parque Central, el estadio del coloso del Río de la Plata. Un año después era ya capitán con el 5 a la espalda. En ese tiempo Porte fue situado en el centro del campo como stopper, un todocampista de pulmones exagerados que devoraba en la marca a los delanteros y percutía como un hipopótamo en el campo rival, arrastrando la pelota hasta engullirla. Fue el primer medio volante en alzarse como máximo goleador en Uruguay.

“Era un típico hombre defensivo de estilo combativo; tenaz centre-half de un período brillante del fútbol oriental. Abdón Porte era notable, con virtudes y cualidades extraordinarias, defensivas y de colaboración, bien conocidas y recordadas por mucho tiempo, por los aficionados de antaño. Era un muchachón bueno, amigo de los amigos; gauchazo para hacer bien. Manso en la cancha aunque lo rompieran a patadas”, escribió Luis Scapinachis. “Era”, según Xosé de Enríquez, “era un lungo rústico, flaco, morochón y peloduro”. “Fue un tremendo macho, pero no agredía”, destaca el periodista Julio Toyos. Estuvo en la selección nacional que ganó la primera Copa América y contabilizó en 207 partidos 19 títulos.

“Abdón Porte lo dejaba todo en el campo. Lo dejaba todo para defender a su Nacional. Para ese hombre no había nada más importante que ponerse la camiseta”, comenta el periodista Jorge da Silveira en un documental dedicado a Porte emitido por el Canal 12 de Montevideo: “Un hombre de poca conversación y terrible entrega. No aflojaba nunca”. De su esfuerzo da cuenta una anécdota: en una época en el que no había sustituciones se lesionó a los diez minutos y jugó cojo el resto del partido. Estuvo de baja de casi un mes, el mayor tiempo que Abdón Porte permaneció sin jugar al fútbol. “Entonces”, dice Toyos, “cualquier profesión, fuera periodista, abogado o futbolista, merecía toda la pasión en absoluto, sin ningún límite”.

Adorado por las gradas, símbolo indiscutible de Nacional, equipo creado como “respuesta criolla al fútbol de los gringos”, Abdón Porte empezó a ver a los 38 años la hora en la que nada puede devolver lo que fuiste. El escritor Eduardo Galeano cuenta que incluso se asomaban los silbidos a la tribuna cuando Abdón cedía. Ese mismo año el club colocó en su puesto a Alfredio Zibechi y Porte se sentó, por primera vez, en el banquillo.

Tras un partido en que Nacional derrotó al Charley 3-1, la plantilla fue a celebrar una cena en la sede del club, en el centro de Montevideo. A la una de la madrugada del 5 de marzo de 1918 Abdón Porte dejó la fiesta y se subió a un tranvía que lo dejó a las puertas del Parque Central. El estadio había sido cien años antes la chacra de una vieja en la que se firmaron los tratados con Oriente y fue investido José Gervasio Artigas Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres, el líder de la Revolución del Río de la Plata. Hacia el centro de ese lugar se encaminaba en una noche de invierno Abdón Porte. De pie sobre el círculo central que dominó durante una década, en medio del silencio del estadio, rodeado de las gradas vacías que lo aclamaron como a un dios, el 5 de Nacional se sacó un revólver y lo apoyó en el pecho, haciendo estallar el corazón.

“No en la sien, como suelen los suicidas, porque eso sería hacerlo con la razón, sino en el corazón”, dice Julio Toyos. A las seis de la mañana el perro de Severino Castillo, un empleado del campo, arrastró al hombre al césped. “Notó que en el mismo centro del field se encontraba un hombre en posición de cúbito dorsal. Al principio no le preocupó el hecho, pero en la nueva recorrida, viendo la inmovilidad del cuerpo, no obstante haberse iniciado una pequeña lluvia, acentuó más su atención. Poco tuvo que hacer el empleado que conocía al jugador de Nacional. El revólver que yacía al lado del cuerpo, ya ensangrentado, le dio toda la magnitud del suceso. El tiro había dado de lleno en el corazón, produciendo, como es de presumir, una muerte instantánea. Movido el cuerpo, se encontró a su lado un sombrero de paja, bajo el cual Porte había colocado dos cartas”, dijo la prensa al día siguiente. “Nacional pierde al creador de cien victorias”.

(Dos años después, como contestación a un artículo publicado en El País titulado Qué coupet, el diputado Washington Beltrán Barbat fue retado a duelo por el expresidente José Batlle y Ordóñez; bajo una lluvia torrencial, y tras un primer intento nulo —ninguna de las dos balas hizo cuerpo— Batlle acabó matando de un disparo bajo la axila a Beltrán, que cayó redondo en el círculo central del Parque Central).

Un sobrino de Abdón Porte crearía escuela en el club como delantero y ganaría también, como su tío, la Copa América con Uruguay. Alfredo Zibechi, el hombre que sustituyó a Abdón en el centro del campo, se convirtió en una leyenda del fútbol uruguayo. José María Delgado, el presidente del club al que iba dirigida una de las cartas, hizo carrera en Nacional y es uno de sus más emblemáticos símbolos; una grada lleva su nombre. En la misiva Abdón le instaba a cuidar de su “vieja” y de su novia, con la que se iba a casar un mes después. “Hagan por mí como yo hice por ustedes”, pidió antes de despedirse: “Adiós querido amigo de la vida”. Debajo, unos versos:

Nacional aunque en polvo convertido
y en polvo siempre amante.
No olvidaré un instante
lo mucho que te he querido.
Adiós para siempre.

A modo de posdata había una aclaración: En el Cementerio de la Teja con Bolívar y Carlitos, que hace referencia a los hermanos Céspedes, mitos del club muertos de manera temprana a causa de una enfermedad.

Porte da nombre a una tribuna del Gran Parque Central. Allí, cuando los jugadores de Nacional saltan al césped los días de partido, se extiende una gran pancarta en la que se lee con letra inmensa: “Por la sangre de Abdón”.

Publicado en la revista Jot Down en febrero 2012

martes, enero 20, 2015

MILAGROS URUGUAYOS por Enric González

Sigo pensando en lo que hubiésemos disfrutado con una corresponsalía de Enric González en Buenos Aires regalando asuntos del Cono Sur. Chi lo sa?




El Atlético de Madrid es, ahora mismo, el mejor equipo uruguayo del mundo. No, no lo digo por Godín. Ni por el Cebolla Rodríguez, que se marcha. Ni por Giménez. Este no es un asunto de pasaportes porque los futbolistas uruguayos, como los bilbaínos, nacen donde les da la gana. Hay uruguayos argentinos, como el propio Diego Simeone, y uruguayos de todas partes. Que no se me ofenda nadie, porque no hablamos de patrias ni de banderas, sólo de fútbol. De ese fútbol colectivo que en cuanto supera un cierto nivel de madurez, coraje, autoconocimiento y sangre fría, se sitúa en el nivel de lo uruguayo.

A ver si me explico. Lo más normal sería comenzar por Abdón Porte, El Indio, mediocentro del Nacional, que el 5 de marzo de 1918, de madrugada, con 25 años, caminó solo hacia el centro de la cancha y se pegó un tiro. Iba a perder la titularidad y no pudo soportarlo. Dejó bajo un sombrero, junto a su cadáver, un par de cartas. En una de ellas iban unos versos dedicados al Nacional, cursis como suelen ser las cosas trágicas: «Nacional, aunque en polvo convertido, y en polvo siempre amante, no olvidaré un instante lo mucho que te he querido. Adiós para siempre». Fútbol uruguayo.

Abdón Porte había jugado con la selección ganadora en 1916 del campeonato suramericano, actual Copa América. En ese equipo jugaban dos futbolistas negros, Isabelino Gradín y Juan Delgado. En ninguna otra selección del planeta jugaban negros. En la uruguaya, sí. Fútbol uruguayo.

Si hubiera que encarnar en una persona eso que llamamos fútbol uruguayo, sería sin duda en Obdulio Varela, el Negro. Ya saben de quien hablo: del tipo que derrotó a la mejor selección en el estadio más grande y creó una palabra potentísima, Maracanazo. Varela fue quien recogió el balón de la red, tras el gol de Brasil en la final del Mundial de 1950, caminó lentísimo hacia el centro del campo y se puso a hablar con el árbitro en un lenguaje incomprensible para que acudiera alguien y tradujera. La alegría brasileña se transformó en impaciencia y rabia durante esos minutos. «Cuando empezamos a jugar de nuevo, ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban; entonces todos nos dimos cuenta de que podíamos ganar el partido. ¿Cómo conseguimos eso? Es que el jugador tiene que ser como el artista: dominar el escenario». Esa explicación se la dio, muchos años después, al periodista y escritor argentino Osvaldo Soriano. Dominio del escenario. Fútbol uruguayo.

Hablamos de un país minúsculo, con poco más de tres millones de habitantes, y con dos títulos mundiales. O sea, fútbol uruguayo.

Veía al Atlético de Madrid en su partido de Copa con el Real Madrid, hace unos días, y veía a un equipo, el rojiblanco, capaz de dominar cualquier escenario y acallar cualquier estadio (el Bernabéu repleto y rugiente no es precisamente cualquier estadio), un equipo en el que se habría sentido a gusto Obdulio Varela y que habría enorgullecido a Abdón Porte. Veía a un equipo consciente de que al fútbol se juega con las piernas, con la cabeza y con el corazón, con un asombroso espíritu colectivo, con una rara capacidad para combinar lucha y reflexión sin perder el hilo en 90 minutos.

Hay quien piensa que el Maracanazo fue el mayor milagro futbolístico que se ha visto sobre el césped. Uruguay no podía ganar ese partido, no ante un gran Brasil, no después de oír decir a sus propios directivos que aspiraban a una derrota no demasiado abultada, no en un Maracaná abarrotado. Y lo ganó. Cosas del fútbol uruguayo. Que, según se ve, no ha perdido su capacidad taumatúrgica. Diego Simeone y su banda de uruguayos han conseguido que Fernando Torres vuelva a ser un buen delantero: puro milagro uruguayo.

Publicado en El Mundo (19/01/2015)

miércoles, enero 07, 2015

LA ETERNA CONSPIRACIÓN por Enric González

Propósito a incumplir en 2015, que no falte una 'Zona Cesarini' en este blog. Bastantes se han quedado ya en el tintero de El Mundo y alguna habrá que recuperar. Digo yo.



Cuando dirigía al Real Madrid, José Mourinho solía elogiar el fútbol inglés y lo comparaba con el fútbol español. En Inglaterra, decía, los árbitros eran más competentes y ecuánimes, la prensa especializada era más razonable y no existían las campañas que a él le tocaba sufrir como responsable técnico del Madrid. Pero eso ha cambiado. El fútbol inglés, según Mourinho, está degradándose rápidamente. Antes funcionaba bien. Desde hace una semana es un desastre, porque el Chelsea de Mourinho empató un partido y perdió otro y el Manchester City de Pellegrini le ha alcanzado en el liderato. Al Special One le toca sufrir de nuevo una horrenda conspiración.
El 28 de diciembre, el Chelsea empató a uno con el Southampton.Cesc sufrió un penalti que el árbitro no señaló. Tras el partido, Mourinho afirmó que la prensa, los comentaristas de televisión y los directivos de otros clubes habían lanzado una campaña de presión sobre los árbitros, para que perjudicaran al Chelsea. Las cosas empeoraron el primer día de 2015, cuando el Chelsea se desplazó a White Hart Lane para jugar contra el Tottenham. El técnico local,Mauricio Pochettino, ex del Espanyol, que había perdido sus siete enfrentamientos previos con Mourinho, le doró la píldora antes de que rodara el balón: dijo que el entrenador del Chelsea era un hombre admirable, posiblemente el mejor entrenador del mundo, y consideraba un honor medirse con él. A Mourinho le dio igual. En cuanto empezó el partido montó su propio espectáculo.
Primero fue una posible mano de un defensa del Tottenham dentro del área. El árbitro no pitó penalti y el portugués entonó una larguísima letanía de insultos y maldiciones. Luego consideró queFazio, del Tottenham, merecía una segunda tarjeta por una entrada sobre Hazard, la estrella de los blues, y se lo hizo saber al árbitro y a todo el estadio. No le importó mucho que, acabado el partido, Hazard reconociera que eso no había sido siquiera falta. Mourinho, derrotado por un clamoroso 5-3, proclamó que el árbitro no corría lo suficiente y sugirió que había perjudicado conscientemente al Chelsea. Luego, tras insistir en que existía una campaña contra su equipo, aventuró que el fútbol inglés acabaría perdiendo a Hazard porque los árbitros no le protegían.
La cosa no es nueva. En 2007, antes de trasladarse a Madrid, Mourinho causó bastante asombro durante un encuentro con el Manchester United de Ferguson. El árbitro de aquel partido, Graham Poll, ya retirado, relató su experiencia. Mourinho empezó por gritarle continuamente desde la banda. "Me acerqué a José", escribió Poll, "porque pensé que simplemente estaba reaccionando a la presión ambiental y quería pedirle que fuera más considerado. Pero antes de que pudiera decirle nada, avanzó su cabeza hacia la mía y me dirigió una retahíla de insultos que incluyó un desafortunado comentario personal sobre mí y Sir Alex Ferguson". En concreto, Mourinho dijo que el árbitro Poll practicaba sexo oral con el técnico del Manchester United. Poll no denunció a Mourinho porque se retiraba semanas después y prefería evitar líos.
El diario The Sunday Times indicaba el domingo que los técnicos poderosos estaban abusando de los árbitros y señalaba a Mourinho, para el que pedía una sanción. Veremos. Tal vez Mourinho lamente ahora que el fútbol inglés no sea como el español, donde los arbitrajes son ecuánimes, la prensa se porta de forma razonable, no existen conspiraciones contra un equipo determinado, etcétera. Esas cosas, realmente, parece que sólo ocurren allí donde está él.

Publicado en El Mundo (05/01/2015)


domingo, junio 22, 2014

SÓCRATES Y LA DEMOCRACIA por Carla Guimarães



El 2014 no es solo el año del Mundial en Brasil. También se cumplen 50 años del golpe militar que nos arrebató la democracia a los brasileños. Yo nací durante la dictadura y llegué a la adolescencia justamente cuando el país despertaba de una pesadilla que duró 21 años. La democracia me tomó por sorpresa, no sabía qué significaba ni por qué era tan importante. Mi padre me explicó que la democracia se aprende poniéndola en práctica y si no estamos acostumbrados a ejercerla de manera activa, es posible que nos la terminen quitando. Lo cierto es que en Brasil, incluso cuando aún estábamos en dictadura, se puso en práctica la democracia. Quizá no en todo el país, pero al menos en un equipo de fútbol.

La dictadura brasileña terminó en 1985, pero en 1982 el Sport Club Corinthians realizó una insólita experiencia sociológica. Uno de los artífices de lo que quedó conocido como Democracia Corinthiana fue un jugador que tenía nombre de filósofo, Sócrates. Ídolo incontestable del fútbol brasileño, además de atleta, Sócrates era médico y activista político. En la década de los ochenta, el Doctor, como era conocido, jugaba en el Corinthians y el país vivía un momento de efervescencia política y social. La dictadura había perdido apoyo internacional y abría paso, a regañadientes, a una transición democrática.

La elección del primer presidente de la democracia, sin embargo, sería realizada de manera indirecta, o sea, exclusivamente con los votos del Congreso. En este momento, después de años de represión, el pueblo decidió salir en masa a las calles para exigir elecciones directas, en las que todos los brasileños pudiesen votar. El movimiento quedó conocido como Diretas Já y además de importantes figuras políticas, como los futuros presidentes Lula y Fernando Henrique Cardoso, varias personalidades de la sociedad dieron la cara por esta idea. Entre ellas estaba Sócrates, que ya vivía la experiencia democrática dentro de su club de fútbol.

Después de una de las peores temporadas de su historia, el Corinthians eligió un nuevo presidente que nombró como director de fútbol a un sociólogo llamado Adilson Monteiro Alves. Adilson tenía el extraño hábito de tomar decisiones después de escuchar a los jugadores y miembros del equipo. Si unimos a este hecho que en aquel momento jugaban en el Corinthians Sócrates, Wladimir y Casagrande, tres jugadores que estaban comprometidos con la política, encontramos la fórmula de la revolución que cambió la historia del club.

A partir de este encuentro, surgió la idea de montar un sistema de autogestión en la que jugadores, equipo técnico, directiva y trabajadores del club votaban y deliberaban las más diversas pautas, desde las contrataciones hasta el menú de la cafetería, desde la convocatoria del equipo hasta si los jugadores deberían o no quedarse concentrados antes de los partidos. Todo se decidía en asamblea y los beneficios eran compartidos entre todos los empleados, sin prejuicio de la función que desempeñaban.

Aquel año, por coincidencia o no, el equipo hizo una excelente campaña, llegando a la final del Campeonato Paulista, cuando los jugadores saltaron al campo con una enorme pancarta donde estaba escrito: “Ganar o perder, pero siempre en democracia”. Ese día, el Corinthians ganó el campeonato.

Quiero creer que mucho de la confianza que llevó el equipo a la victoria tuvo que ver con lo que estaba ocurriendo en el club. Los jugadores, e incluso los hinchas del Corinthians, sentían que formaban parte de algo mayor, de algo por lo que merecía la pena luchar. Una idea compartida que significaba mucho más que los meros colores de un equipo. Pero ni el ejemplo de la Democracia Corinthiana, ni las multitudinarias manifestaciones, ni siquiera la amenaza de Sócrates de irse de Brasil en caso de que las elecciones no fuesen directas evitaron que el primer presidente democrático fuera elegido exclusivamente con los votos del Congreso. La dictadura, manteniendo su tradición, hizo caso omiso de las demandas populares.

Solo en 1989 pudimos votar en las primeras elecciones presidenciales directas. Digo pudimos y me incluyo en la frase porque a pesar de no tener edad aún para votar, esa fue la primera vez que voté. Yo, como Sócrates, viví la experiencia democrática incluso antes de poder votar.

Mi padre, que también era dado a las experiencias sociológicas, decidió que estábamos viviendo un momento tan importante de la historia del país que mi hermana y yo deberíamos aprender el valor de la democracia practicándola dentro de casa. Y nos hizo una propuesta insólita: su voto sería fruto de una decisión de los tres. Veríamos los programas electorales de la tele, hablaríamos sobre cada candidato y a vísperas de las elecciones decidiríamos a quién mi padre debería votar. Su primer voto sería nuestro primer voto. Yo tenía 14 y mi hermana 12 cuando votamos en aquellas elecciones. Esta experiencia me marcó tanto, que desde entonces no he perdido ni una elección, sea en Brasil o en España.

La democracia, sin embargo, es mucho más que votar cada cuatro años. Las manifestaciones en las calles brasileñas, y también en las españolas, son un ejercicio de ciudadanía que debería ser escuchado, y como mínimo respetado, por los políticos. Son el reflejo de que queremos una democracia mejor, más participativa y más directa. Y estamos dispuestos, como decía mi padre, a ponerla en práctica. La existencia de la Democracia Corinthiana en un momento en que Brasil aún vivía una dictadura es un ejemplo de que la iniciativa popular puede adelantarse incluso a la propia Historia.

Carla Guimarães es escritora brasileña. Texto publicado en elpais.com

lunes, abril 14, 2014

EL FÚTBOL NIKE por Martín Caparrós

Uno de El País Semanal que estaba medio escondido. De vuelta a las andadas, robando de aquí y de allá. Bien hallados


Los vi en lugares tan distintos, pero todos hacían más o menos lo mismo. En un descampado en Bogotá, una cancha coqueta en Barcelona, un patio de escuela en Uagadugú, la vera del lago Lemán en Ginebra: chicos y una pelota, y en lugar de correrla y patearla, como hacíamos cuando yo era así de chico, intentaban malabarismos y piruetas.
Una de las cosas que más me intrigan en el fútbol es cómo se fue construyendo la idea de belleza que todos aceptamos. No es fácil, en general, saber por qué creemos que tal cosa es bella y que tal otra no –y lo creemos desde hace tanto tiempo que es casi imposible saber cómo y por qué empezamos. En el fútbol, en cambio, todo es tan reciente que quizá se podría.
Y a veces pienso que valdría la pena reconstruir cómo fue, por ejemplo, que hace cien años se empezó a suponer que pasar la pelota entre las piernas de un contrario era más “bello” que pasarla por un costado, o que pegarle con la parte de atrás del pie era más que pegarle con el lado de afuera que era más que pegarle con el lado de adentro que era más que pegarle con la punta. Son ejemplos, para decir que podríamos haber imaginado cosas muy distintas. De hecho el regate/gambeta/finta/dribbling, la quintaesencia de la belleza futbolera, al principio no existía.
Los argentinos, faltaba más, claman que lo inventaron. “Aquel fútbol inglés muy técnico pero monótono no habría logrado ejercer la influencia requerida por el espíritu de nuestras multitudes –escribió el maestro Borocotó, todavía en los años cuarenta y en El Gráfico porteño–; tuvimos que adornarlo con el dribbling que encandila las pupilas, que es patrimonio de estas tierras”.
El dribbling que encandila las pupilas, sin embargo, tenía una meta: llegar a la meta. El Fútbol Nike no siempre la tiene. El Fútbol Nike es esa forma de entender el juego donde la meta es, más que nada, filmar propagandas carísimas llenas de trucos superhollywood para vender alguna cosa. Lo empezó Nike, pero ya no hay sponsor global que no se haga su publicidad de millones de dólares con recontrafiguras desplegando taquitos, bicicletas y chilenas. Lo curioso es que, desde los anuncios, el Fútbol Nike desbordó a los partidos: cada vez más, el público –y sobre todo el público principal, el de la tele– espera el paso de baile del figurín de turno, malabarismo de la foca, pelota sobre la nariz; cada vez se interesa menos por cómo 11 muchachos se ayudan para hacerse uno.
El Fútbol Nike no está pensado para armar equipos sino ídolos vendedores. Para quienes no saben ver fútbol, la chilena a la segunda bandeja es más fácil de mirar, de entender que un diez con la pelota en los pies y un siete que arrastra a la esquina derecha a sus dos marcadores para que pase el cuatro y reciba, en la puerta del área, el pase filtrado mientras el nueve llega, desde atrás, desmarcado, por la izquierda, listo para empujarla adentro.

Es complicado, no cabe en la pantalla. En cambio el firulete es perfecto para el anuncio de la cola o el resumen del partido: es televisivo, que es lo que es el fútbol contemporáneo. Y allí se cierra el círculo: antes del reino de la tele, un chico aprendía a jugar mirando a sus compañeros del colegio, a los pataduras de su cuadra; si alguna vez veía una rabona era un milagro. Ahora lo primero que hacen es imitar los vídeos de Neymar; aprenden la bicicleta antes que a dar un pase; aprenden que lo que importa es saber bicicletear, no saber pasarla. Y así el Fútbol Nike se reproduce a sí mismo y un juego de equipo, de colaboración, de sudor compartido, se va transformando en pura destreza individual: un número de circo.

sábado, junio 02, 2012

HÉROES TRÁGICOS por Enric González

Todavía quedan huecos en El País para que el maestro Enric González deje patente cómo se cuentan las cosas.



¿De qué hablamos cuando hablamos de fútbol? Podemos hablar del juego, evidentemente. De tal finta, o tal combinación, o tal posición irregular. Pero eso no da para mucho. Lo habitual es hablar de lo que envuelve el fútbol y le da significado. Es lo que ocurre con la literatura futbolística, que tiende a prescindir de lo obvio, es decir, del balón, y prefiere explorar la pasión de quienes lo manejan y de quienes extraen de él su felicidad o su miseria. Si el futbolista es el gran héroe contemporáneo, cosa que se puede lamentar pero resulta difícil discutir, para el trabajo literario hay pocos materiales más atractivos que los que ofrece el héroe trágico del fútbol.

Cuando se escribe sobre fútbol se escribe sobre personas. Sobre los héroes de la cancha, mimados y zarandeados, adorados y vilipendiados, sometidos a presiones tan brutales como absurdas, y sobre la masa anónima de la grada, que vuelca en el deporte pulsiones complejísimas: desde la voluntad de pertenencia a la sublimación de la propia existencia a través de héroes en calzón corto. Se puede hacer buena literatura con una jugada o un gol, y la hacen semanalmente los mejores cronistas deportivos, pero se trata de argumentos con poco recorrido. Incluso los cronistas deportivos recurren a la personalización: la tentación es irresistible.

La dificultad de conjugar juego y literatura tiene un perfecto ejemplo en el cuento 19 de diciembre de 1971, de Roberto Fontanarrosa, una de las cumbres de la literatura futbolística. El cuento se refiere a una semifinal que en tal fecha disputaron en Buenos Aires Central y Newell’s, los dos equipos de Rosario (Argentina), y que por diversos motivos tuvo un enorme impacto. En el partido hubo solo un gol, de trascendencia histórica para miles de rosarinos. Pero el Negro Fontanarrosa prefirió olvidar ese lance y fabular de forma periférica sobre la peripecia de unos hinchas canallas, como se apoda a los de Central, y de la tragedia (o éxtasis definitivo) de un viejo apasionado canalla con problemas cardiacos.

El gol, en cambio, tuvo su propio recorrido cultural por vías protoliterarias. Como en las representaciones litúrgicas del teatro medieval, cada 19 de diciembre los canallas escenifican en diversas ciudades del mundo “la palomita de Poy”, el gol que decidió el partido. A veces ha sido el propio Poy quien ha realizado el testarazo estelar en la función. Si no está Poy, vale cualquiera. Igual que la consagración en el Medievo, el gol adquiere la categoría de inefable: es lo que es y se puede evocar, pero no reconstruir con palabras, porque mengua.

Abdón Porte, uruguayo de Libertad, fue mediocentro y capitán del Nacional de Montevideo hasta 1917. Al concluir la temporada de ese año, los directivos del club le comunicaron que habían fichado a Alfredo Zibechi para sustituirle y que preferían que se quedara en el banquillo como suplente, con la idea de que poco a poco pasara a desempeñar una función que apenas existía por entonces, la de entrenador. Porte recibió la noticia tras el partido de la última jornada, frente al Charley. No hizo comentarios. Fue con sus compañeros a celebrar la victoria, 3-1, y hacia medianoche regresó al Parque Central, el estadio de Nacional. No se sabe cuántos años tenía Abdón esa noche porque se ignora su fecha de nacimiento. Debía tener menos de 30. Abdón caminó sobre la hierba hasta el círculo central, empuñó una pistola y se disparó al corazón.Entre los muchos héroes trágicos que el fútbol ha prestado a la literatura, y en medida menos relevante a otras artes, el más destacado es sin dudaAbdón Porte. Sobre él escribió Horacio Quiroga el cuento Juan Polti. Eduardo Galeano relató su historia en Muerte en la cancha, uno de los capítulos de su clásico El fútbol a sol y sombra. La pieza más reciente, hasta donde sabe el cronista, es Abdón en polvo convertido, de Manuel Jabois. No será la última.

Abdón no se mató por quedarse sin fútbol. Podía haber jugado en otro club. Abdón se mató porque no soportaba la idea de no vestir nunca más la camiseta de Nacional, su gran amor. Sobre su cadáver se halló una nota en verso dedicada a Nacional: “Aunque en polvo convertido, y en polvo siempre amante, no olvidaré un instante lo mucho que te he querido”.

Los otros grandes personajes trágicos del fútbol han tenido un final más lento y encarnan al héroe que, privado del balón, del aliento de las gradas y de la condición semidivina que caracteriza al jugador en activo, muere de pena y de tedio. Ese fue el caso de Manuel Francisco dos Santos, Garrincha (1933-1983), un mestizo con los pies girados, una pierna más larga que otra y la columna vertebral torcida. Según el psicólogo de la selección brasileña, Garrincha era “un débil mental incapaz de comprender el fútbol”. Ciertamente, el mejor extremo derecho de todos los tiempos nunca llegó a captar los mecanismos de puntuación en la liga ni entendió que tras una final no se disputara encuentro de vuelta. Solo sabía jugar. Después de retirarse, Garrincha, fumador y alcohólico desde los 10 años, se dejó morir. Duró hasta los 50.

Similares, aunque no tan desoladores, fueron los casos de George Best, el mágico extremo norirlandés del Manchester United en los sesenta, fallecido en 2005 poco después de un trasplante de hígado, o de Paul Gascoigne, el futbolista inglés más exquisito de los noventa, que sobrevive aún, a los 46 años, pese a úlceras, trastornos cardiacos y hepáticos, problemas psicológicos, peleas y algún intento de suicidio.

La de Adriano Leite Ribeiro (Río de Janeiro, 1982) es una historia distinta. Adriano no esperó a retirarse para hundirse. Era la estrella del Inter de Milán, un gigante capaz de hacer diabluras con el balón, cuando a los 25 años murió su padre. Él debió morir también un poco, porque desde ese momento solo pensó en volver a Brasil. No para jugar, sino para encerrarse en su favela natal con sus amigos de infancia, convertidos en distribuidores de droga, y anestesiarse con cerveza y cocaína. Es lo que viene haciendo últimamente, con algunas pausas en las que ficha por un equipo y trata, sin éxito, de recuperar el fútbol.

¿Qué decir de René Houseman? El mejor extremo derecho del fútbol argentino llegó a jugar ebrio, con Huracán, un partido contra River Plate. Apareció tambaleándose por el vestuario poco antes de iniciarse el encuentro, pero aun así le alinearon. Él mismo contó, años más tarde, lo que ocurrió sobre el césped a cuatro minutos del final y con empate a cero: “Parece que fui a buscar una pelota, procedente de un pase de Russo. Avanzando de derecha a izquierda en diagonal eludí a uno, la tiré larga entre los dos defensores centrales y cuando desde el arco me salió Fillol en el mano a mano amagué, lo eludí y la crucé suavemente con la pierna derecha. Modestamente, un golazo. Dicen que me quedé tirado en el suelo, riéndome. Tras eso me hice el lesionado, pedí el cambio y me fui a dormir a mi casa. Comentan que la gente, ignorando mi estado, me despidió con el cántico tradicional: Y chupe, y chupe, y chupe, no deje de chupar, el Loco es lo más grande del fútbol nacional”.

Houseman vagabundea ahora por su barrio, flaco, pobre y simpático, en lucha permanente contra el alcohol.

Brian Clough nunca marcó un gol borracho porque sus demonios interiores y su alcoholismo despertaron cuando se retiró como futbolista y empezó a entrenar. El drama personal de Clough está contado en dos libros, Provided you don’t kiss me (Con tal de que no me beses), de Duncan Hamilton, y The Damned United, de David Peace, trasladado al cine en 2009. Socialista, donante de fondos a los mineros en huelga, presidente de la Liga Antinazi, entrañable o insufrible según los momentos, Brian Clough es considerado uno de los mejores técnicos de la historia del fútbol inglés. Tuvo éxito desde que dio los primeros pasos como entrenador, pero pese a ello no soportó la presión. Mantenía una lucha permanente contra el mundo. Durante la temporada 1992-1993, la última con el Nottingham Forest, al que había hecho ganar todos los títulos posibles, ofreció un espectáculo deprimente. Tenía el rostro hinchado, la nariz bulbosa, los ojos vidriosos. Hablaba con dificultad. Sufría una borrachera inacabable. El Forest bajó y Clough fue despedido. En 2003 se sometió a un trasplante de hígado. Murió al año siguiente, de un cáncer de estómago.

A veces no es la presión del propio fútbol la que provoca tragedias, sino presiones peores. Como las que sufrió Matthias Sindelar, el mejor jugador nacido en Austria. Sindelar, apodado Mozart por su talento y de origen judío, no aceptó la anexión de su país al Reich alemán en 1938 ni soportó el régimen nazi. El 3 de abril de ese año se disputó un amistoso entre las selecciones de Alemania y Austria antes de que ambas se fundieran en una sola, y Sindelar, que se negó a saludar brazo en alto, humilló a sus adversarios: primero, rematando intencionadamente fuera los balones que le llegaban; luego, driblando una y otra vez y llevando a su equipo a la victoria. No se lo perdonaron. Tuvo que abandonar el fútbol y fue sometido a continuas investigaciones policiales. Un año después, su cadáver y el de su novia fueron encontrados en la casa vienesa que compartían. Oficialmente, murió por un escape de gas. Pero siempre se ha especulado con un suicidio, o incluso con la hipótesis de un asesinato cometido por la Gestapo.

Luego, caso aparte, está lo de Diego Armando Maradona, una comedia trágica, o una tragedia humorística, que constituye en sí misma un género literario. Jorge Valdano suele decir que Maradona es objeto en Argentina de la misma veneración que mitos como Evita Perón, Carlos Gardel o Ernesto Che Guevara, con la diferencia de que él sigue vivo. Maradona ha resistido años de adicción a la cocaína y ha llegado a estar al borde de la muerte, pero, como en la cancha, ha tenido algo que no han tenido otros. Y ha logrado escapar.

Cuentos reunidos. Roberto Fontanarrosa. Alfaguara. Cuentos argentinos. Roberto Fontanarrosa. Siruela. El fútbol a sol y sombra. Eduardo Galeano. Siglo XXI. Cuentos completos. Horacio Quiroga. Colección Archivos / Cruz del Sur. Irse a Madrid y otras columnas.Manuel Jabois. Pepitas de Calabaza. Provided you don’t kiss me. 20 years with Brian Clough. Duncan Hamilton. Harper Perennial. The Damned United. David Peace. Faber and Faber.

domingo, abril 29, 2012

GUARDIOLA EN EL ADIÓS



No por esperada ha sido menor la sacudida que ha provocado la despedida de Pep Guardiola. Innumerables reacciones, casi todas elogiosas, aunque no falten detractores, como siempre ocurrió y ocurrirá. En este blog nunca se escatimaron elogios para su etapa como jugador y, por supuesto, tampoco se ha hecho en su corta, pero intensa y exitosa, carrera como entrenador. Por ello hoy cuelgo tres piezas a la vez.

La primera es un hecho casi insólito, el editorial que un diario de información general como es El País le dedicó el día de su despedida como jugador del FC Barcelona, allá por el año 2001.

Las otras dos columnas son actualidad, ambas escritas por plumas madridistas, Boyero y Jabois, cada uno con visiones contrapuestas de su club, o más bien, la visión que ambos tienen de Jose Mourinho, el "archienemigo" de Pep y el hombre que mueve hoy todos los hilos del Real Madrid. Y es que, por suerte o por desgracia, todo lo ocurrido en los últimos años en torno a Guardiola requería ser puesto ante el espejo mediático de Mou. Carlos Boyero se bajó del carro mourinhista incluso antes de su llegada y ha mantenido esa línea con una dureza extrema que molesta a más de un correligionario. En la despedida ha reiterado, con la contundencia de siempre, todo lo escrito sobre Guardiola y, por ende, sobre Mourinho. El otro artículo es de Manuel Jabois, publicado en El Mundo. Alineado el escritor gallego con el denominado "mourinhismo", en su caso ácido y mordaz, ofrece otro estupendo artículo, con mucha más carga irónica, no exento de cinismo e incluso mala leche, pero que deja entrever la grandeza del personaje homenajeado. Quizá lo ha hecho Jabois a su pesar. O tal vez no.



GUARDIOLA (Editorial El País 13/04/2001)
Una larga y brillante carrera ha hecho de Pep Guardiola algo más que un jugador de fútbol. De ahí la trascendencia que ha alcanzado su despedida del Barcelona, donde ha alcanzado todas las metas que puede soñar un futbolista. Ingresó de niño y, después de 17 años, sale convertido en el símbolo por excelencia del barcelonismo, el representante perfecto de una década prodigiosa. Pero su espléndida trayectoria no basta para explicar el impacto que ha tenido Guardiola para el Barcelona y, por extensión, para el fútbol español.

Probablemente ningún jugador español haya ofrecido tantas vertientes como Guardiola, un referente de primer orden en lo futbolístico, inquieto representante del deportista que se niega a vivir en una burbuja ajena a la realidad. Se diría que no hay un Guardiola, sino múltiples Guardiolas,o múltiples miradas sobre un jugador que deja un enorme vacío. El fútbol es mucho más que fútbol cuando lo protagonizan jugadores excepcionales como el centrocampista barcelonés, por su compromiso con el oficio que practican, con sus compañeros, con su club y con la afición que les sigue y que ellos mismos terminan representando.

Su marcha coincide con un periodo de turbulencias en el Barcelona, que ha visto desfilar en menos de un año al presidente Nuñez, al entrenador Van Gaal, a su principal estrella, Figo, y al capitán, el último representante del dream team que reunió Johan Cruyff. A esta sensación de estupor que sufre el barcelonismo se añade la perplejidad que provocó la soledad de Guardiola en el momento de anunciar su decisión, con la elocuente ausencia del presidente, Joan Gaspart, y de los principales dirigentes del club.

Es evidente que con Guardiola se va un gran símbolo del barcelonismo. Nadie ha hecho un uso mejor y más razonable de esa representatividad. Pero quizá ese manto comenzaba a ser demasiado pesado y le recortaba la verdadera pasión de todo jugador: el fútbol.


Y AHÍ ESTÁ por Carlos Boyero
Era tan modélico que los miserables necesitaban desesperadamente encontrarle grietas, intentar degradarle, sembrar la sospecha de que tanta perfección solo podía obedecer a un disfraz de la impostura. Guardiola, aunque desconociera la poesía de Leonard Cohen, fue practicante fiel de una de sus sentencias: "Antes de aprender magia la gente debería conocer la etiqueta". Tal vez no fuera un mago como jugador, pero sí un representante cualificado de la inteligencia. Su forma de mover el balón tenía la virtud del metrónomo. Tambien poseía alma. Y orgullo. Y por supuesto, siempre practicó la etiqueta.

Era tan bueno como futbolista que en aquella época sus enemigos clandestinos hicieron correr el rumor de que sus apetencias sexuales estaban relacionadas con los machos. Eran más gráficos, más pedestres, más soeces. Según ellos, Guardiola no era homosexual, sino maricón, pronunciado con la rabia ágrafa y el rencor analfabeto, todo ello tan ibérico, que caracteriza a los bárbaros que están encantados consigo mismos y con su dudosa hombría.

Pero si con un balón en sus pies este hombre fue muy bueno, dirigiendo al equipo de su alma ha sido genial. Siguió practicando en su comportamiento la racionalidad, la elegancia, el respeto a sí mismo y a los demás (incluidos los que no se lo merecen), pero lo que hizo entrenando al Barcelona era puro arte, pura magia. Excepto para los espíritus cerriles o corroídos por eso tan devastador de la envidia, la agradecida memoria de cualquier persona que ame el futbol recordará dentro de infinitos años y transmitirá a las generaciones que no contemplaron ese cotidiano milagro, que el fútbol fue precioso durante cuatro años.

¿Qué va a hacer el abyecto villano ahora que se ha retirado el héroe? Ese heroe cansado y al que le ocurre eso tan humano de sentirse vacío, que se larga con dignidad cuando está en derrota e imagino que con la certeza de que aunque vuelva a triunfar en otros equipos, lo que ha representado este Barcelona es irrepetible. Es probable que hasta los más tontos del lugar, los que le calificaban desdeñosamente de meacolonias y de estar interpretando continuamente un papel, acaben echándole de menos. Yo nunca me canso de ver actuar a Cary Grant. Y seguro que también poseía un lado oscuro. Gracias por todo, admirable Guardiola.


GUARDIOLA SIEMPRE VUELVE por Manuel Jabois

Para ver una conmoción parecida a la marcha de Pep Guardiola del Barcelona hay que remontarse a once años atrás, cuando Pep Guardiola se marchó del Barcelona. Fue tal el luto, entre páginas, entrevistas y homenajes, que el pobre Pep, que sólo tenía 30 años y aspiraba a jugar en la Juve, tuvo que conformarse con el Brescia. Ya entonces se le rodeó de mística, pues la piedra fundacional sobre la que Cruyff erigió su Iglesia había sido recogepelotas en el Camp Nou en años oscuros: de treinta tiros a puerta iban fuera veintinueve. Probablemente fue en aquel tiempo, corriendo de un lado a otro como Oliver Twist, cuando Pep formó su ideal de jugador: cortita y al pie, tratando de llegar a portería entre rondos amables para que los niños del Estadi no sufran lo que sufrió él cuando gobernó el equipo Venables.

"No sé dónde está la felicidad, he venido a encontrarla”, dijo al llegar a Italia. Automáticamente lo pusieron a mear. Era un chico flaco y guapo que pensaba tanto dentro del campo que a veces se le escapaba algún pensamiento fuera. Por la hierba corría con los hombros muy arriba, chupado y feliz, y cuando pensabas que te estaba avisando de un hueco para aparcar el coche dejaba solo frente al portero a Romario. Veía el fútbol en cinemascope, reposando la mirada con la lentitud de una vaca de un lado a otro mientras movía el pie como una cobra. Fue el relojero del Dream Team: llegaba la pelota a sus pies y acto seguido se escuchaba un tic tac en los equipos contrarios como si les hubieran dejado un paquete en la puerta. El día anterior a la final de Wembley discutió con Salinas por el número de escalones que había hasta el palco. "Son 33 pasos", le dijo al delantero. "Qué van a ser 33", contestó Salinas, que no sabía ni contar defensas. Y al subir a recoger la Copa de Europa Pep se le acercó al oído para decirle: "33". "O sea", estalló Salinas, "que ganamos la final para esto".

La anécdota de los escalones que le separaban de la gloria ilustra al Pep curiosón en los detalles que conforman la palabra de moda en el Barça: el relato. A Guardiola le importaba el partido, pero también su escenificación literaria; el extrarradio de la noticia, su composición poética. En cierto momento Pep fue la prolongación futbolera del Boom en Barcelona, la ciudad de Barral, la capital en la que Balcells puso a escribir a todos a su alrededor porque además alrededor de Balcells pueden escribir muchos. Guardiola no sólo fue un jugador dulce y letal sino también un narrador, juez y parte del discurso que a su alrededor comenzó a forjarse en torno a una herencia subliminal de Rinus Michels, Johan Cruyff y él mismo. Así se explica que en 2001, veinte años después de apoyar la Constitución frente al golpe de Estado, El País publicase un editorial titulado secamente: "Guardiola".

Regresó dos años después con la candidatura de Bassats; el hechizo no sólo perduraba, sino que se incrementaba por momentos. "Su contrato es digno de ser colgado en el museo del club, al lado de la camiseta de Kubala o de las botas de Samitier", dijo en 2003 uno que debe estar ahora en el psiquiátrico. Ganó Laporta prometiendo traer a Beckham para finalmente fichar a Maradona, que fue el propio Laporta gordo y empapado en champán masticando puros, siempre con una actriz porno cerca o a punto de estarlo. Guardiola se recogió en silencio, pues estaba acostumbrado a perder contra el Madrid, no contra el Barça, y emprendió un camino abismal hacia el fondo de sí mismo en lo que constituye la verdadera epopeya del barcelonismo. Hay en ese retiro de Guardiola al conocimiento una leyenda de la que se escapan aquí y allá pequeños retales de gente que asegura que lo ha visto, como un Cristo en faena aprendiendo a ser carpintero y no Dios, pues la humildad es como el dinero: el que guarda siempre tiene.

Habría que remontarse a 1492 para recordar un impacto semejante al que tuvo el viaje de Guardiola a Argentina para conquistar a Bielsa, con el que charló once horas seguidas: si los contrata el Sabadell tiene que cerrar el banco. Pep se hizo entrenador sin entrenar, de la misma manera que sigue jugando sin jugar y pronto, de persistir en esos eructitos silenciosos que suelta como garbanzos en rueda de prensa, hablará sin hablar y tendremos que conformarnos con la traducción de Lillo, que es capaz de coserle un brazo a un cojo. De la travesía por los intestinos del fútbol y sus paseos por bibliotecas de incunables en castillos de brujas Guardiola salió no sólo indemne sino mucho más fuerte, listo para la fiesta.

Por fin en 2008 Laporta apeló al imaginario colectivo y removió las bajas pasiones del culé, necesitado de honra tras la debacle del pasillo: Pep tomó el mando, perdió los dos primeros partidos y cuando ya estábamos poniendo los chuletones al fuego se presentó en casa con seis títulos y una colombiana de Barranquilla. La victoria le dejó literalmente sin pelo, le encaneció la barba y, si este año sabático se aplica, pronto devendrá en coronel Kurtz recostado en el banquillo entre cojines y en penumbra susurrando "el horror, el horror" al ver un disparo desde cuarenta metros que se cuela por la escuadra: "Si va fuera, ¿vas a ir tú a buscar el balón?".

Lo ha hecho todo tan bien en la pizarra y ha explotado con tanta misericordia a Messi que uno se aboca sin remedio a guardarle un rencor divino, como se odia a un escritor muy bueno. De todos los méritos acumulados por Guardiola ninguno ha sido mayor que el desquiciar al madridismo, esa estructura inamovible capaz de coleccionar crisis y títulos en la misma semana. Escribe lucidísimo Pedro Ampudia: "El martes fue el Barcelona el que cayó eliminado frente al Chelsea. La desbordante alegría que sentí es algo que nunca le podré perdonar a Guardiola. Recordé aquella frase de Ray Loriga en 'Lo peor de todo' y me di cuenta de que durante los últimos años me había convertido en uno de ellos: "La gente buena no se conforma con lo buena que es y tiene que estar mirando siempre lo malos que son los demás. Lo mismo les pasa a los hinchas del Barcelona".

Guardiola, efectivamente, nos convirtió a los madridistas en barcelonistas e inoculó algo impredecible: la 'barcelonitis'. Llevamos cuatro años mirándoles a ellos con la misma obsesión con la que ellos llevan mirándonos cincuenta, alegrándonos de sus derrotas casi tanto como de nuestras victorias, en lo que constituye una especie de derrota final. Pep nos puso delante del espejo y nos ha transformado, de repente, en rapsodas de nuestra desgracia, que para colmo era el éxito ajeno. Hemos encontrado en la desazón el estímulo sexual de la metáfora, con lo que eso tiene de abominable, y nuestra antaño escritura de barro y épica es hoy un ejercicio arabesco que recuerda el juego del Barça en días plomizos, cuando se sublima la posesión al punto de estar Mascherano dando toques en su área como si lo acabasen de presentar. Los sueños del 'tiquitaca' engendran monstruos.

Al final Pep se nos ha hecho auténtico y hasta un poco víctima, viendo la legión de cantores de Hispalis que tiene alrededor hablando de los goles del Barça como un puñadito de arroz derramado sobre el África negra. Lo peor no ha sido Guardiola sino el guardiolismo y la exaltación teatral de su relato, al que contribuyó finamente. Todo lo literario que hizo el Madrid de las cinco Copas de Europa fue ponerle a uno la Saeta Rubia: nadie nos dijo que con dos ya podríamos cambiar el mundo. Con todo, Guardiola condujo al Barça a un juego frenético y le puso encima una reputación escandalosa y un monumento al fútbol, obra suya y de una generación irrepetible. A ratos, cuando Messi saltaba de la chistera como un conejo enloquecido, juro que los creí invencibles y que jamás pensé que todo volvería a ser como antes.

La prensa extranjera ha comparado su marcha con la separación de Los Beatles y su adiós ha recorrido las portadas como la llegada del hombre a la luna, el único sitio al que Pep podría viajar dejando a los madridistas confiados, aunque con uno de guardia en el telescopio. Una conversación entre él y Bielsa sobre el 3-4-3, cada uno sentado en un cráter mientras la luna orbita sobre la Tierra y las mareas se adecúan a sus monólogos, es la recreación del posguardiolismo ideal. Pero el noi de Santpedor no descansa. "No es un adiós, es un hasta luego", avisaba una pancarta en la despedida de 2001. Pep, como el cartero, siempre vuelve. Para intentar follarnos otra vez en la cocina.

lunes, abril 02, 2012

UN JUGADOR QUE INVENTABA DONDE OTROS PRODUCÍAN por Santiago Segurola

A 20 años de la muerte de Juan Gómez "Juanito", este blog rinde tributo a un jugador que, imperdonablemente, aún no había aparecido por aquí. Recupero un viejo artículo que Santiago Segurola publicó en El País apenas horas después de la muerte del genio de Fuengirola, y en el que se trazan algunos retazos de la personalidad de aquel jugador de fútbol con alma de torero, o torero con alma de futbolista. Pero eso nunca llegaremos a descifrarlo.







Cierta vez Jorge Valdano dijo una de las frases más certeras que se han oído en el fútbol. Era para definir a Juanito: "Todo lo malo que ha hecho en la cancha cabe en un minuto. Pero hay gente que sólo se empeña en recordar ese minuto". Valdano aludía a la lista de reclamaciones que se levantaron contra su compañero: el desplante y el botellazo de Belgrado, la agresión a Matthäus, el escupitajo a Stiellke y unos cuantos contenciosos que el jugador resolvía de la misma manera que jugaba: muy deprisa. La vena abrupta de Juanito existía, pero por encima estaba su condición de futbolista puro. Juanito amaba el juego de una forma febril. Por eso, nunca renunció a disfrutar con el balón y, por eso también, aplazó su retirada más allá de lo prudente. Se negaba a dejar el juego de la pelota, a divertirse y divertirnos, y también a cabreamos. Se resistió a hacerse viejo.Despojado de su condición de futbolista, probablemente se sintió infeliz. Cuando la edad le traicionó, se agarró a lo que estaba más cerca de la raya del campo: el banquillo. Tenía dotes e instinto para adiestrar un equipo, pero siempre dio la impresión de estar más satisfecho con la pelota que con la pizarra. Había nacido para jugar.

Entusiasmo

En un fútbol cada vez más cuadriculado, Juanito tenía el raro privilegio de provocamos entusiasmo. A todos, incluso a los hinchas adversanos. Siempre existió la sospecha de que bajo el odio a Juanito latía el miedo a su ingenio. Un ejemplo: durante años San Mamés le dedicó insultos, botellas y pancartas. En su última aparición con el Madrid en la Catedral fue sustituido en los minutos finales del partido. Mientras caminaba hacia la boca del túnel, todo el estadio se levantó respetuoso y saludó a su viejo enemigo con una ovación inolvidable. El temor al gran futbolista había pasado. Quedaba la hora del tributo a su enorme talento.Chamartín y San Mamés y todos los campos tuvieron que rendirse a un jugador que disponía de todas las cualidades que adornan a los futbolistas geniales: la imaginación, la velocidad física y mental, su deseo ganador y muy especialmente su gusto por la sorpresa. Juanito inventaba donde los demás producían.

Todo lo hacía a lo grande. Dejaba huella por donde pasaba. Mattháus puede dar fe de ello. Nada podía sujetarle, ni los defensas, ni el árbitro, ni los micrófonos. Tenía un talento explosivo, y a veces la dinamita estallaba en las manos. Nunca quiso los tonos medios. Sus regates eran secos y sus carreras fulgurantes; sus pases llegaban precisos e imprevistos; los remates tenían un desparpajo adolescente; sus declaraciones eran sinceras y muchas veces inoportunas. Siempre pareció un chiquillo con ganas de crecer. Por eso amaba tanto al fútbol: porque le gustaba jugar y sirprendernos. Juanito lo logró: siempre nos cogió por sorpresa, incluso a la hora de la muerte.


Por cierto, si no han tenido oportunidad no se pierdan el especial que le dedicó Informe Robinson de Canal+. Aquí se lo dejo, disfrútenlo: El Siete Maravilla

lunes, diciembre 05, 2011

SÓCRATES por David Trueba




Siendo niño me gané en una ocasión el respeto de mi familia. Al parecer, en sueños, había estado hablando de Sócrates. Los que dormían conmigo en esa habitación de familia numerosa lo contaron a la hora de comer. La admiración porque el hijo pequeño mencionara en sueños al filósofo griego confirmó las tremendas expectativas que había generado años antes al anunciar, ante unas visitas, que mi partido político favorito era Euzkadiko Ezquerra, rendido a la bella sonoridad.

De quien hablaba en sueños no era del filósofo, sino del futbolista brasileño, el capitán de la selección, el Doctor Sócrates, que se había convertido en mi jugador favorito al encontrar fascinante su aspecto y su habilidad para tirar penaltis de tacón.

Para no decepcionar a la familia, tan poco aficionada al fútbol, me empleé a fondo en justificar una admiración tan desmedida. Fue bien fácil. Sócrates es de esos pocos futbolistas que permitió que el juego volara a través del negocio y los resultados, convocando una idea universal de arte, carácter y compromiso.

La democracia corinthiana fue una cima de la autogestión deportiva, donde las decisiones de un equipo ganador y exitoso se tomaban en asamblea. En plena dictadura brasileña cada una de sus decisiones iba apoyada en frases de libertad y de exigencia democrática, que acabaron por contagiar a todo el país. Por si fuera poco saldaron las deudas del club y cuando se desmontó la unidad del grupo por razones diversas, las cuentas arrojaban beneficios, cosa inédita en la gestión futbolística.

La tragedia del viejo estadio de Sarriá, cuando Brasil fue eliminada por Italia en el memorable partido del Mundial 82, acrecentó el mito del capitán y aquella selección divertida, espectacular y generosa.

Dicen que el entrenador Telê Santana afirmaba que lo importante no era jugar para ganar, sino para ser recordados. Y en aquel caso, pese a que el futuro destrozaría muchas ilusiones, y la contabilidad y el resultadismo degradarían nuestro mundo, tuvo toda la razón.

Vence el recuerdo y nos mantenemos firmes en la fidelidad a aquella propuesta, claro que sí. Y por eso la segunda muerte de Sócrates la sentimos como particular y cercana, por todas aquellas cosas que nos invitó a imaginar, a tratar de poner en pie durante una vida.

domingo, diciembre 04, 2011

SÓCRATES, EL DEMÓCRATA DEL FÚTBOL por Jordi Quixano


Despedida de un mito, el adiós con el brazo alzado y el puño cerrado. De todas las reseñas vistas me quedo con esta que ha realizado Jordi Quixano para El País. Aquí uno que tuvo la suerte de verlo en vivo en el Benito Villamarín, allá por el verano del 82. Grande El Doctor.



El estadio de Pacaembú a reventar, 37.000 gargantas alborotadas, voces perdidas entre el ruido, aficionados expectantes antes de la final del torneo paulista de 1983, entre el Corinthians y el São Paulo. De repente, un futbolista, estilizado, pelo rizoso, barbado, salta al campo solo, con el brazo alzado y una camiseta con mensaje. "Ganar o perder, pero siempre con democracia", se leía. Más gritos, más fuertes. Era Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieria de Oliveira (Belém, Brasil; 1954), el jugador de O Timao, todo un ídolo por su elegancia en el juego, por su filosofía de vida fuera de él, por un manual político valiente, rebelde. Era El Doctor. Querido por muchos porque siempre siguió a rajatabla su ideal, "el de ayudar a los demás", ha fallecido en el centro hospitalario de su país en el que permanecía ingresado a causa de un choque séptico de origen intestinal, provocado por una bacteria. Ha sido la consecuencia, en cualquier caso, de los excesos de muchos años con la bebida, algo que también defendió, aunque en los últimos años se recetara, con su ironía habitual, cerveza sin alcohol.

Para Sócrates el balón fue un adorno de los libros en su infancia, azuzado por su padre -admirador de los filósofos griegos- para que ejerciera una "profesión digna". Siempre le atrajo la medicina, pero su talento no estaba en las manos, sino en los pies, minúsculos (calzaba un 37; algo extraño en alguien de 1,93 metros) y un tanto deformados porque tenía un hueso desencajado en el talón, lo que le permitía tirar, por ejemplo, penaltis de tacón con una fuerza extraordinaria. Así que cuando se dio cuenta, con 23 años, era jugador del Corinthians y médico. "Sócrates Souza, pediatra", ponía en el cartel de bienvenida de su casa. Con los shorts azules y la camiseta ajustada, como en la época, Sócrates deslumbró al mundo en España 1982 con la afamada selección de Brasil -también fue el capitán en México en 1986-, que desplegó uno de los juegos más bellos y menos premiados. "Mala suerte y peor para el fútbol", convino el jugador a pie de campo, nada más ser eliminado por Italia (3-2) en la segunda fase, lo que se conoce como La tragedia de Sarrià. "No hay que jugar para ganar, sino para que no te olviden", insistió hace poco. Su selección lo consiguió, con ese fútbol alegre, un tanto despreocupado, de mucho toque, con Junior, Serginho, Zico, Eder, Falcao, Cerezo... En medio de cada ataque estaba Sócrates, siempre con la cabeza alta y los brazos caídos, enganche que danzaba hacia la derecha, que bien valía para distribuir el cuero que para lanzar paredes, que para soltar algún centro y llegar desde la segunda línea al remate.

No le fue bien al 8 salir de su país, al contrario que a su hermano pequeño Raí, que deslumbró en Francia (PSG) después de aupar al São Paulo de Telé Santana en la final de la Intercontinental contra el dream team de Cruyff en el 92. El Doctor no fue feliz siquiera cuando el Fiorentina desembolsó tres millones por él y puso a su disposición 18 billetes a Brasil por curso, dos coches y una mansión. A Sócrates le pudo la saudade y regresó a casa, al Flamengo, y luego al Santos. "El fútbol se agota pronto, por lo que le dedico mi tiempo. Ya vendrá mi otra pasión, lo que me gusta por encima de todas las cosas". Se refería a la medicina. Tampoco le fue demasiado bien, quizá porque sus ideas curativas eran demasiado transgresoras. Inquieto, sin embargo, probó como pintor, pero sin clientela ni críticas positivas se centró también en la música, donde compuso dos discos que se mantienen inéditos. "No se me daba muy bien", reconocía no hace tanto. Lo suyo era el fútbol. Por eso, en una última aventura, a los 50, bien cascado, fue durante un mes al Gartforth Town, club norteño de Inglaterra. Tiempos pasados; tiempos peores. Quizá porque, paradójicamente, ya no tenía el micro que le dio el fútbol, porque rechazó meterse en la política, por más que el expresidente Lula y otros se lo pidieran.

"Los futbolistas somos artistas y, por tanto, somos los únicos que tenemos más poder que sus jefes", argumentaba el centrocampista. De eso se dio cuenta en 1982, cuando junto a Wladimir y Casagrande, entre otros, además de Adilson Monteiro, el entonces director deportivo del Corinthians, ya cansados de la opresión de la dictadura militar de Figueiredo, decidieron crear un curioso sistema de democracia en el O Timao.

"Para mí", reflexionaba Sócrates; "lo ideal sería un socialismo perfecto, donde todos los hombres tengan los mismos derechos y los mismo deberes. Una concepción del mundo sin poder". Por eso defendió a ultranza lo que se conoció como la democracia corinthiana, forma de gobierno bajo el lema de "Libertad con responsabilidad", donde el club actuaba como una comunidad de personas en la que todos sus miembros, desde los suplentes o utileros hasta los más altos directivos, tomaban en conjunto todas las decisiones que los afectaban, y en la que todos los votos contaban por igual. La mayoría, el consenso, mandaba. Así, se establecieron los horarios de los entrenamientos, las comidas, las alineaciones, fichajes, despidos... todo. Incluso se aprobó la libertad de acción del futbolista a deshoras fuera de la cancha, nada mejor para Sócrates, que siempre defendió su derecho a fumar un cigarrillo tras otro, a beber. "El vaso de cerveza es mi mejor psicólogo", decía con esa voz susurrante, entremezclada con gallos. Entre otras cosas porque nunca le hizo falta correr demasiado; le alcanzaba con su cerebro, con sus pies.

Por más que lo defendiera, sin embargo, este admirador de Marx nunca fue uno más en el vestuario del Corinthians, club que se convirtió en la imagen de la revolución brasileña en contra de la dictadura, que ya estaba al final de su mandato. No era raro ver imágenes del equipo, ante sus 80.000 fieles seguidores, con pancartas antes de los partidos como "Democracia", "Quiero votar a mi presidente" y "Derechos ya". Ese el otro éxito del Corinthians, que se laureó con los campeonatos del 82 y, ya en Pacaembú, en 1983, el día de la final paulista ante 37.000 gargantas alborotadas, voces perdidas entre el ruido... Sócrates marcó el único gol, el del triunfo.

miércoles, noviembre 30, 2011

LA LEYENDA DEL 'TRINCHE' por Informe Robinson

Hoy no se roba un artículo escrito pero sí una de esas historias que tanto entusiasman en este blog. Informe Robinson (no escatimen elogios ante esa rareza necesaria dentro de la televisión actual) traza líneas maestras, a través de distintos testimonios, para entender algo del misterio que rodea a uno de esos genios que, por su propia genialidad o su pura inconsciencia, deciden no llegar a ningún sitio. O mejor dicho, llegar simplemente donde les apetece llegar, cómo y cuándo quieren, porque, equivocadamente o no, quién es nadie para juzgar lo que cada uno decide hacer con su destino.

Como si de un cuento del Negro Fontanarrosa se tratara, la del Trinche Carlovich es la historia de un perdedor, con toda su mística, su leyenda y su misterio a cuestas. Un hombre que sabe que podría ganar y decide perder siempre, sólo por nihilismo, por incordiar o, simplemente, por salir a pescar. Quién lo sabe.

No queda otra que apretarnos un poco y dejar al Trinche el sitio que se merece en esta galería de historias y mitos del fútbol y alrededores. Y de la vida, al fin y al cabo.

martes, septiembre 06, 2011

'MISTER' CLOUGH Y LA HAZAÑA DEL FOREST por Enric González

Anoche La 2 de TVE tuvo a bien el detalle de programar la recomendabilísima película "The Damned United", que versa sobre la figura del mítico entrenador británico Brian Clough. Una excusa sin más para recuperar un artículo de hace un par de años, cuando todavía se podía disfrutar de las "Cenizas de fútbol" cada lunes en El País.

La última gran batalla del viejo laborismo británico, socialista y cristiano, concluyó en marzo de 1985 con una derrota definitiva. Tras un año de huelga contra el Gobierno de Margaret Thatcher, los mineros se rindieron y en poco tiempo, una a una, las minas fueron cerrándose. Pero, antes de la huelga y del triunfo de Thatcher, aquella izquierda había disfrutado de una gloria irrepetible. Nunca en el fútbol europeo se había visto algo así. ¿Fútbol y política? Sí, por supuesto. A veces ocurre. El mundo de los símbolos es así de complejo.

Tomemos una ciudad: Nottingham, en el corazón industrial de Inglaterra. A mediados de los 70, Nottingham estaba perdiendo con rapidez sus fábricas textiles. La población decrecía. La crisis económica y la crisis del laborismo se unían en una sensación generalizada de declive.

Tomemos un equipo: el Nottingham Forest, tan histórico como deprimido. El Forest fue fundado en 1865 y adoptó el color rojo del revolucionario italiano Garibaldi; en 1976 poseía un pasado notabilísimo (patrocinó el nacimiento del Arsenal londinense, fue el primer equipo en experimentar las redes en las porterías y el arbitraje con silbato en vez de banderas) y un presente mediocre en la Segunda División.

Tomemos un joven entrenador: Brian Clough, que destacaba por su efectividad (le había dado una Liga al modesto Derby County en 1972), por su tremendo carácter y por su filiación laborista. Cuando había una huelga minera en las Midlands, Clough estaba ahí, animando a los piquetes y donando parte de su sueldo. Mister Clough, como exigía ser llamado, no puede ser comparado con los Mourinho o los Ferguson de hoy porque éstos no resisten la comparación. Una de sus frases célebres: "Ya sé que Roma no se construyó en un día, pero es que yo no me encargué de ese trabajo".

Ya tenemos la ciudad, el equipo y el técnico: una mezcla explosiva. En 1977, Mister Clough logró que el Forest ascendiera a la máxima categoría. Entonces empezó la fiesta: en la temporada siguiente, 1977-78, el Forest fue campeón de Liga. En 1979, el año en que Thatcher llegó al Gobierno, fue campeón de Europa. Y en 1980 lo fue otra vez. Ningún otro equipo europeo posee más Copas de Europa que títulos ligueros. El Forest logró la hazaña jugando limpio y raso: fue el primer equipo británico que amó el balón. Otra frase de Clough: "Si Dios hubiera querido que el fútbol se jugara en las nubes, no habría puesto hierba en el suelo".

Luego llegó la decadencia. Las estrellas como Peter Shilton y Trevor Francis se eclipsaron. Mister Clough se hundió en el alcoholismo. El 15 de abril de 1989, cuando Forest y Liverpool iniciaban una semifinal de Copa en el estadio de Hillsborough (Sheffield), una avalancha de espectadores causó 96 víctimas mortales. La tragedia de Hillsborough simbolizó el fin de una época. En 1993 llegaron el descenso y la despedida de Mister Clough.

El mejor entrenador británico (este título podría discutírselo su amigo Bill Shankly, pero nunca Alex Ferguson) murió en 2004, tras un trasplante de hígado que le dio unos pocos meses de tiempo suplementario. El Nottingham Forest malvive en la Segunda División inglesa. Lo que hicieron Mister Clough y el Forest nunca será superado.

sábado, agosto 20, 2011

OBDULIO VARELA. EL AUTOR INTELECTUAL

Este texto ha sido "robado" de la web http://www.11wsports.com/ aunque no aparece firmado por ningún autor, por ello no me queda claro si es un editorial de la propia página. Si es así, mis felicitaciones a la misma. Que quede constancia.


“Un ladrón había roto el vidrio de su vehículo y se había llevado el bolso del zaguero de la selección celeste. En su interior tenía el celular, dinero, sus pasaportes y un libro sobre la vida de Obdulio Varela, héroe del Maracanazo de 1950…”. La información periodística, conocida días después de este hecho, daba cuenta que todo había terminado bien y que ese “botín” perteneciente a Diego Lugano ya estaba en poder del jugador. Faltaba algo más de un mes para que el defensor uruguayo, junto a Diego Forlán, a las puertas de cuya casa en Carrasco se había producido el robo, y el resto de sus compañeros lograran por 15ª vez la Copa América.

La devolución incluía el libro de Obdulio Varela, un regalo con el que Oscar Washington Tabárez obsequió a cada jugador del plantel campeón con la obligación de leerlo, antes que todos se llenaran la boca hablando del campeón. Antes del debut con Perú y antes, quizás sin saberlo, de que se cumplan, como este 2 de agosto, 15 años de la muerte de Obdulio. Así, a secas, o El Negro Jefe, no tan a secas.

Cuando una actuación inteligente, con jugadores muy bien aprovechados en sus mejores posibilidades, con dos delanteros fantásticos y una protección defensiva al momento de perder la pelota que hace a la marca en el orillo de Uruguay, permite superar obstáculos que se presumen superiores, el fútbol charrúa está en su salsa. Y nadie conoce mejor que ellos sus propias limitaciones –nada grave, por cierto- y nadie sabe mejor que ellos que un cúmulo de condiciones confluyeron en el momento en que desplegaron su mayor virtud, la prueba de carácter. Que es un claro, intransferible trazo de identidad futbolera. Que tiene un símbolo, de ahí ese libro que el Maestro Tabárez depositó en las manos de cada jugador, en la búsqueda de una continuidad de aspectos esenciales que hacen al fútbol de ese país.

Nacido un 20 de setiembre de 1917 en Montevideo, Obdulio largó la escuela casi sin tocarla, para arrancar una carrera futbolística inolvidable. Campeón con Peñarol en seis ocasiones, con 51 partidos en la Selección, capitán de ese equipo que construyó tal vez el hecho futbolístico más espectacular del siglo XX, el Maracanazo. Una leyenda que contiene la menor cuota de datos ficticios en un relato lleno de hechos reales, que en pleno festejo de la clasificación de Uruguay ante Argentina apareció en boca de los jugadores, al darse el mismo día del 61 aniversario de aquel 2 a 1 imborrable contra Brasil.

En Brasil 1950, Obdulio empató su único partido en mundiales (los 6 restantes los ganó todos), ante España. Perdida frente al peso histórico de su actitud en la final con los locales, su reacción en el vestuario después de aquel 2 a 2 poco se conoció: “¿Te das cuenta, Juan (López)? ¿Qué van a decir de nosotros los campeones olímpicos y mundiales, qué va a decir el Gallego Lorenzo? ¡Que mejor no hubiéramos venido! ¡Que vinimos a pasar vergüenza!”, dijo llorando, desde la bronca, pensando en la defraudación hacia un pasado glorioso.

Era el mismo Obdulio que recogen las crónicas interminables, volcadas en libros de historia, de literatura, ensayos, películas, ganando esa final de 1950 desde el vestuario, donde a su frase memorable de “los de afuera son de palo” le agregó el cantito “vayan pelando la chaucha, aunque les cueste trabajo; donde juega la celeste, donde juega la celeste, todo el mundo boca abajo”. Y todos a cantar, mientras 200 mil personas hacían sonar bombas, cohetes, esperando a los equipos.

El mismo Obdulio que empezó ganado el sorteo de los arcos eligiendo la cara de la moneda; el que se puso la pelota abajo del brazo después del gol de Brasil para calmar a un rival superior y a una multitud ardiente; el que le dijo a Ghiggia que por su lugar, la derecha, Uruguay iba a tener las oportunidades que necesitaba, mientras “acomodaba” su débil marcador Bigode; el que se bancó estar convencido de que podían ganar, siendo uno de los escasos habitantes de este mundo en pensar de esa manera.

El mismo Obdulio del particular festejo, sólo en bares brasileños, la noche del partido. Contó Obdulio: “Nosotros habíamos arruinado todo y no habíamos ganado nada. Teníamos el título pero ¿qué era eso ante tanta tristeza. Pensé en Uruguay. Allí la gente estaría felíz. Pero yo estaba ahí, en Río de Janeiro, en medio de tantas personas infelices. Me acordé de mi saña cuando nos hicieron el gol…el dueño del baro se acercó a nosotros con el grandote y le dijo ´¿Sabe quién es este?¿Obidulio!´ (así le llamaban en Brasil). Yo pensé que el tipo me iba a matar. Pero me miró, me dio un abrazo y siguió llorando. Al rato me dijo: ´Obidulio ¿se vendría a tomar unas copas con nosotros”

El Negro Jefe representaba todo eso. Y algunos, como Tabárez –que lejos está de renegar de los tiempos en los que vive, al menos desde lo futbolístico- creen imprescindible rescatar la cuestión central de aquellos valores para enfrentar nuevos desafíos, teniendo la medida de la historia y de la realidad que le toca transitar.

Por eso suena extraño, que algunos que vieron en Uruguay un modelo a seguir renieguen de la propia historia, haciendo una lectura cerrada de un logro, remitiéndolo apenas a la conquista. Pasando por alto el valor incalculable del libro que le intentaron robar a Lugano, el capitán de este equipo Celeste campeón, como lo era Obdulio en el 50. Lejos estaba aquél Negro Jefe de creer que lo único que importa es ganar.

domingo, julio 24, 2011

LA OFICINA DE CRUYFF por Juan Villoro

Me gusta cuando Juan Villoro se asoma a los alrededores del fútbol.


Acostumbrado a la originalidad, Johan Cruyff aceptó el número 14 cuando nadie más lo usaba y le pareció magnífico fumar un cigarrillo en el descanso del partido.

Sus logros son tan incuestionables como su capacidad de reinventar el lenguaje. George Steiner ha dicho que un lugar común es una verdad cansada. En consecuencia, un disparate puede ser una verdad precipitada. Cruyff es el gran precipitado del fútbol: tiene razón antes de que sepamos lo que quiso decir.

No es posible ejercer esta conducta sin temple de profeta. El Flaco no admite la duda ni el error: "Estoy en contra de todo hasta que tomo una decisión; entonces estoy a favor. Me parece lógico".

Algunos famosos hablan de sí mismos como próceres, en tercera persona. Cruyff es distinto; habla de tú para referirse a sí mismo: Dios vive en el corazón de los creyentes. Para el iluminado holandés, las otras religiones no tienen cabida en el campo, y da una prueba empírica: todos los jugadores se persignan al salir al campo; si Dios les hiciera caso, solo habría empates.

Cruyff criticaba más a sus mejores futbolistas porque debían asumir una responsabilidad mayor. Juzgó que Bergkamp no se tomaba en serio por ser guapo y lo hizo entrenar entre dos defensas que le recordaron las desventajas de tener cara. Cuando Koeman fue operado, exigió estar junto al cirujano, por si hacía falta un milagro.

Su pasión parlanchina viene de 1966. Georg Kessler, entrenador de Holanda, lo convenció de que Alemania e Inglaterra habían llegado a la final en Wembley porque eran los que más hablaban en la cancha. Desde entonces es un comunicador desbocado. Nadie ha podido callarlo y no acabaremos de interpretarlo. La sociedad lingüística Onze Taal (Nuestro Idioma) le dedicó un número de su revista y Edwin Winkles revisó su trayectoria en un singular tratado de filología futbolística: Escuchando a Cruyff.

Al llegar a España, El Flaco pensó que perdería fluidez si reparaba en el género de los sustantivos. Decidió que "todos los palabras" fueran masculinos (salvo "mujer" y "chica"). Así evitó el horror de titubear.

Amante de la paradoja, ha lanzado axiomas incontrovertibles: "Si no marcas a un jugador, no puede desmarcarse". Gerd Müller anotaba de un solo toque, pero no sabía burlar contrarios: obligado a controlar el balón era un palmípedo.

La idea de dejar solo a un delantero es discutible. Más sensata es la propuesta de que el árbitro lleve el silbato en la mano y no en la boca para que piense antes de marcar. Esta sabia consideración proviene de alguien con el silbato en la boca.

Otra obsesión cruyffiana es el empleo del tiempo. El partido depende de segundos decisivos, pero no hay modo de localizarlos: "Cada segundo puede ser un momento".

El error es la comicidad de Dios. Una de las expresiones más conocidas de Cruyff es "gallina de piel", superior a la común "piel de gallina".

El fútbol existe para ser discutido y le debe enormidades al hijo de un vendedor de naranjas que dignificó la camiseta de Orange.

Cuando Sergi Pàmies lo fue a ver al campo, Cruyff lo recibió sentado en el balón: "Estoy en mi oficina", dijo.

De ahí han salido inolvidables aforismos. Uno de ellos resume los misterios del fútbol: "La casualidad es lógica".

Juan Villoro es escritor mexicano

martes, julio 19, 2011

UNA COPA PARA FONTANARROSA por Ariel Scher


Hoy hace cuatro años que murió Roberto "el negro" Fontanarrosa, posiblemente el mejor escritor de fútbol de todos los tiempos. Para qué decir más.




Analistas del fútbol: cesen. Nada más absurdo que tratar de explicar esta Copa absurda. No hay muchas vueltas. Si los pronósticos sufren una derrota atrás de la otra no es porque a los equipos con mejores individuos para jugar les falte ser mejores en lo colectivo para jugar, como más de un comentarista proclamó escondido en un televisor. Aquí acontece otra cosa. La Copa América será absurda pero también es generosa: decidió dejar de ser Copa para transformarse en un guión hecho de ironías y de absurdos como homenaje al Negro Fontanarrosa. Al Negro Fontanarrosa, que no está para escribirla, pero igual está.

Por las dudas o porque el mundo a veces amaga con volverse una colección de olvidos, el diccionario de las gentes valiosas resumirá más o menos ésto: Roberto Fontanarrosa, patrimonio de la humanidad y de Rosario, descubridor imparable de gracias profundas entre las desgracias cotidianas, fabricante de carcajadas en un mundo que suele detener la producción en ese rubro, apasionado del fútbol como nadie a partir de la certeza de que en el fútbol cabe todo, artista del arte de transformar en risa a la melancolía, experto en conseguir que los sinsentidos de la existencia le den sentido a la existencia, dibujante, narrador, imaginador de personajes tan o más queribles que las personas, docente en ternuras, genio con hábitos de señor cualquiera, grandísimo tipo.

Fontanarrosa murió hace cuatro años, el 19 de julio de 2007, en Rosario, que era donde hacía todo. Antes, entre tantas cosas, había sido cronista de la Copa América con el propósito de que su Hermana Rosa y su Yaya Serenelli filosofaran juntos sobre qué ocurriría con cada pelotazo y combinaran lo más sabio de la ciencia y lo más honesto de la chantada argentina para vaticinar cómo saldrían los partidos. Por supuesto, esa sociedad de aventureros hubiera sido la única capaz de aventurar que a las semifinales de la Copa arribarían Venezuela, Perú, Paraguay y Uruguay y que se marcharían Argentina, Brasil, Chile y Colombia. Y desde su corazón insuperable de hincha de Central, el Negro induciría a que la Hermana Rosa y el Yaya atribuyeran a un conjuro rojinegro (en términos del hinchismo de Fontanarrosa) las eliminaciones sorpresivas de Chile y de Brasil porque a ambos los dejaron fuera las punterías de Gabriel Cichero (el del segundo gol de Venezuela) y de Marcelo Estigarribia (el del primer penal que acertó Paraguay), dos que integraron hace muy poco el más flojo Newell's en mucho tiempo... Prueba a la vista: la Copa de reales absurdos se parece a las tramas literarias que enhebraba el Negro.

Sin portar a Rosario en la cédula de identidad pero hermanados con Fontanarrosa por la voluntad de crear, dos buenos futboleros porteños dedicaron su anochecer posterior a los cuartos de final a inferir qué apuntes hubiera soltado el Negro ante una Copa que patea a los vaticinios y los tira más lejos que los peores penales. Justamente, uno de esos futboleros se animó a intuir que Fontanarrosa se fascinaría con los cuatro penales fallados por Brasil y que encontraría oro en polvo en la excusa también brasileña de que la superficie del área parecía mansa y fiable, pero, en realidad, conspiraba y embrujaba los botines de los jugadores. Y aseguró que, así como una vez Fontanarrosa se sentó al lado del titular de la Real Academia Española y reivindicó la magnitud de la palabra "mierda", ahora se ubicaría cerca del mismo interlocutor para convencerlo de que, para América Latina, el punto del penal es tan o más importante que el punto y seguido. El otro futbolero le contestó que era cierto. Igual de cierto que a esa buena ocurrencia, el Negro la hubiera contado diez veces mejor.

Futboleros, escritores, lectores, hinchas, argentinos, los que sean, saben que durante la Copa de los absurdos el Negro Fontanarrosa detectaría cómo exaltar los esmeros de la selección demasiado joven de México, y que hallaría un chiste oculto entre los bigotes inquietos de La Volpe, y que inventaría nuevos héroes para que vivieran en sus textos, o sea en un territorio infinito que queda entre el grotesco y la dulzura. También saben que no se hubiera ensañado con ningún vencido porque eso, simplemente, jamás lo hizo y porque eso jamás se hace.

Así que basta de desesperaciones para argumentar lo que pasó en un torneo de razones perdidas. Y basta de intentos sesudos de comprensión. Y basta de perseguir causas y efectos. Lo mínimo que se merecía Fontanarrosa era que una Copa América resignara su lógica de Copa -al cabo, nada tan importante- y funcionara como un desconcierto consecutivo con el que sólo hubiera fantaseado un crack como el Negro. En definitiva, no es tan raro. Con frecuencia, la vida y el fútbol avanzan como un absurdo al que hay que buscarle sanos pretextos. Por fortuna, existen unos cuantos. Entre los más bonitos, los más emocionantes y los más humanos, está y seguirá estando leer a Fontanarrosa.


Texto robado de http://www.11wsports.com

Aquí dejo la despedida de Víctor Hugo Morales el día de su muerte